NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung! ¡Tarmo Flake ist zurückgekehrt!

Un día estamos disfrutando de la vida, cavilando y pensando que el futuro luce prometedor… Y al siguiente, publico un episodio más. La vida es dolor.

Pero, dejándonos de malas bromas, lo saludos al volver de mi larga ausencia. Sí, ya sé que soy lento para escribir, pero si les dijera que estos días estuve ocupado con el trabajo, las finanzas, las malditas lluvias y demás cosas que me exprimían el tiempo, me tacharían de mentiroso. Así que en lugar de usar la verdad, diré que estuve vagando por más de dos semanas y esa es la razón del retraso. Sueno más convincente cuando miento.

Pero en todo caso, es hora del show principal, ¡comencemos!

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena le recuerda que se cuiden de los animes animalosos y adictivos! ¡El único culto que deben seguir es el de ella y nadie más!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 52


Ugh…

La luz del astro rey me pegó directo en la cara, sin cortinas que filtraran los rayos de Helios que tercamente se rehusaban a ceder ante las bajas temperaturas que comenzaban a asentarse entre más se acercaba el invierno. Con mis seis globos oculares carmesí parpadeando repetidamente por la intensidad de los fotones concentrados por el vidrio de las ventanas, lentamente me incorporé de mi lugar de reposo, emitiendo más gruñidos de inconformidad debido al dolor corporal, el cual me cubría totalmente el físico. Mi usual bostezo matutino se vio reducido a un simple y modesto susurro, ya que incluso el abrir la mandíbula me causaba malestar y no solamente por mi horrible aliento mañanero.

Me duele hasta el cabello…

Aquello podría sonar como una típica hipérbole para remarcar la incomodidad experimentada al despertar, pero gracias a la cantidad de desafortunados sucesos ocurridos ayer, los cuales se extendieron hasta las últimas horas de la noche, el castigo proveído por la miríada de personas en mi (ya muy exigua) vida provocó que incluso mis folículos capilares compartieran el calvario de mi entidad corpórea. Intentando evitar quejarme del disgusto al estirar mí adolorido cuerpo, lleno de no muy grandes pero igual de visibles hematomas, retiré las lagañas de mis ojos y contemplé el lugar donde me hallaba.

De nuevo, dormí en el sofá.

Aquel extenso mueble color verde localizado en la sala se volvió mi lecho de descanso luego de que Lala me propinara un buen correctivo a base de guadañazos en el cráneo, como dejaba en evidencia el enorme chichón sobresaliendo del lado izquierdo de mi cabeza. Mis largas piernas no cupieron en su totalidad, pero tanto mi torso humanoide y mi abdomen arácnido se acomodaron sin problemas, siempre y cuando no me moviera. Conciliar el sueño en tan reducido espacio no fue sencillo con sólo una almohada para hacerle frente al frío nocturno, siendo negada alguna otra clase de prenda por parte de la dullahan como castigo.

El resto de los inquilinos ya se encontraban en los reinos de Morfeo cuando regresamos de nuestra persecución por el centro de la urbe, así que ignoraban por completo mi vapuleado estado. O quizás sí, pero mis recuerdos eran tan difusos que únicamente podía remembrar el estar huyendo a toda velocidad de una iracunda hija del Abismo hasta los hechos sucedidos esta mañana. A pesar de haber dormido perfectamente gracias a los sumamente contundentes métodos para sancionarme empleados por la segadora, la jaqueca difícilmente me abandonaría al igual que el malestar que proseguía extendiéndose por mi dilacerado ser. Por un momento me arrepentí de haberme levantado, pues el mundo onírico no era tan doloroso como la cruel realidad.

– "Dia dhuit ar maidin, A chuisle."

Hasta que la oí.

– "Guten Morgen, Spatzi."

Dándole los buenos días de vuelta a mi amada peliblanca, recordé que únicamente necesitaba escuchar sus dulces palabras pronunciadas con ese deífico acento irlandés para olvidarme de todo lo que me afligía. Bastaban un par de movimientos sincronizados de su boca, lengua y laringe para borrar todo el peso del ayer y reiterarme que ni el sueño más placentero puede compararse con la apoteósica dicha de la compañía de mi musa de añil epidermis. Cargando con el pequeño Haruhiko en sus brazos, la sonriente dullahan se acercó a mí y colocándose en la punta de sus dedos para alcanzarme, conmigo ayudándole al bajar mi altura, me propinó un dulce beso en mis labios.

Sí, después de todo, es una excelente mañana.

– "¿Dormiste bien, A chuisle?" – Preguntó ella, con una mueca ligeramente triste. – "Es decir, ¿mi comportamiento anoche no…?"

– "Tranquila, linda." – Le sonreí, acariciando su mejilla. – "Esta arachne es más resistente que un Jagdpanther; Especialmente mi dura cabezota."

– "Aún así…" – Miró hacia el suelo, apenada. – "Quizás me excedí en mi represalia."

– "Lala, está bien. No es preciso que te disculpes."." – Le aseguré, alzando su barbilla y volteando su rostro hacia el mío. – "Y sinceramente me lo merecía en esta ocasión por ambiciosa."

– "¿No crees que estás siendo demasiado tolerante?"

– "De vez en cuando hace falta un buen escarmiento para evitar que esta alemana atrevida se salga de control." – Encogí los hombros. – "Y tú ya has soportado suficiente mis idioteces, Spatzi. Me sorprende que no duerma en el sofá más seguido."

– "Cosa que no me agrada en lo más mínimo." – Admitió. – "Incluso con todas las sábanas y mantas disponibles para mi uso, la cama se siente demasiado fría sin ti a mi lado."

– "Eres tan dulce, mi reina azul. Descuida, prometo portarme bien." – Besé su frente y le guiñé. – "Y jale de mi correa cuantas veces sea necesario. Ya sabe que me encanta cuando es agresiva, mi ama y señora."

– "¿Nunca pierdes tu lascivia, descendiente de Arachne?" – Disintió lentamente con la cabeza, sonriendo. – "Deseaba que me acompañaras a tomar nuestro baño matutino y asear a Haruhiko, pero ahora me pregunto si serás una mala influencia para el pequeño."

– "Si este enano fuera mayor, lo expulsarían de la escuela por andar levantándole el vestido a sus compañeras." – Aclaré, señalándolo. – "De hecho, te recomiendo que primero nos duchemos y luego lo limpiemos a él. No quiero que este pequeño demonio nos vea en cueros, especialmente a ti."

– "¿Tanto desconfías de un infante?" – Alzó su ceja, riendo extrañada. – "Y creí que yo era la celosa."

– "¡Ja! Si tan sólo lo hubieras visto en la oficina. Nos manoseó lo suficiente como para darle cadena perpetua en Guantánamo." – Miré al chaval, torciendo la boca. – "Nope, déjalo en el cuarto y aseémonos nosotras primero. Las chicas lo lavarán después. Además, sólo tenemos una hora antes de que te vayas."

– "¿No crees que exageras, A chuisle?"

Yo respondí señalando mi chichón y ella aceptó mi propuesta, algo avergonzada. Calmándola con un par de besitos en su mejilla (aún me preocupa mi aliento después de todo) y recordándole que jamás me enojaría con mi querida gorrioncita azul, la segadora me entregó al bebé y ella se adelantó al cuarto de baño. Con Haru en brazos, me encaminé a mi habitación para dejarlo reposar, sea donde sea que haya pasado la noche. Sólo espero que no haya tenido que compartir la cama con mi irlandesa, porque el diminuto tamaño de ese mocoso es inversamente proporcional a su perversidad e ignoro qué cosas le hubiera hecho a la peliblanca de haber dormido a su lado.

Por suerte, no tendría que cortarle las manos en represalia, porque al entrar me topé con una pequeña hamaca hecha de fina seda de telaraña, evidente regalo de Rachnera. Se mantenía firmemente atada a los lados de la pared en una esquina, a una altura baja y lucía sumamente resistente para garantizar la seguridad del pequeñín. Sonreí ligeramente al imaginarme a una afanosa tejedora creando con ahínco la ropa y demás amenidades para el pequeño Haruhiko, demostrando no sólo sus capacidades natas de su estirpe, sino su generalmente oculto instinto maternal. Rachnee no sólo sería una excelente niñera, sino una amorosa madre. Ojalá Kimihito la honre con tan importante papel en el futuro.

Eso espero, sería lindo tener sobrinitas.

Pero dejando de lado mis sueños de ver feliz a mi congénere y expandir la influencia de las arachnes sobre el mundo, deposité gentilmente al niño en su red de descanso y, junto a su biberón y su peluche de dragón en sus manitas, el heredero de los Sarver parecía que entraría de nuevo en su mundo de infantiles sueños. Por supuesto, eso sería si la vida fuera perfecta y justa.

– "¡Wah!" – Expresó el chavalín, pataleando. – "¡Wah!"

– "¿Y ahora qué, condenado enano?" – Cuestioné, volviéndolo a tomar en brazos. – "No me salgas con que ya te hiciste en el pañal porque no tengo ganas de andar cambiándote, así que deberás andar con el trasero manchado por un buen tiempo."

– "¡Ala!" – Replicó, alzando las manitas. – "¡Ala!"

– "¿Cuál ala? ¿Te crees una arpía o algo así?"

– "¡Zul! ¡Zul!" – Hizo un movimiento de usar una herramienta a dos manos. – "¡Ala!"

– "Espera, ¿Azul? ¿Te refieres a Lala?" – Me pausé. – "¡Ah, no! ¡Eso sí que no, mocoso!"

– "¡Adia!" – Declaró mi nombre, frunciendo el ceño. – "¡Azi!"

– "¡No me llames Nazi, chaparro fastidioso!" – Le respondí, igual de molesta. – "¡Ni creas que tendrás el privilegio de que mi majestuosa novia pase sus delicados dedos sobre tu mugroso cuerpo de mono sin pelo!"

– "¡Azi, azi, azi!" – Contestó con más fuerza, pataleando. – "¡Ala, ala!"

– "¡Te lo prohíbo, renacuajo mamífero! ¡No vas a espiar a mi irlandesa, pervertido en miniatura!" – Lo alcé. – "¡Y te callas, taponcete gritón!"

– "¡Ala!" – Comenzó a agitarse. – "¡Alaaa!"

– "¡Que no!" – Lo sacudí. – "¡Que nooo!"

– "¡Aria! ¿Qué estás haciendo?"

Con manos en la cintura, una expresión de desaprobación y golpeando el suelo con su pie derecho, Lala esperaba en la puerta, deteniéndome al instante con la mirada. Antes que yo pudiera protestar o al menos justificar mis acciones, ese pérfido y alevoso diablillo comenzó a llorar, apuntándome disimuladamente con su rechoncho dedo acusador y derramando lágrimas y mucosidad a granel. Su vil estratagema funcionó a la perfección y, la segadora, sin quitarme de encima su mueca de enojo, me arrebató al crío. Sin decir nada, salió de la recámara, acariciando la cabeza de ese manipulador bebé, el cual me miraba con una carita jactanciosa de satisfacción.

¡Desgraciado granuja, no lo arrojo por la ventana sólo porque mi salario (y mi vida) depende de la suya!

Yendo tras de ellos, traté de dialogar con la peliblanca, pero esta simplemente me ignoró y prosiguió su afásica caminata hasta el cuarto de aseo al tiempo que Haruhiko continuaba sonriendo maliciosamente. No habrá aprendido todavía a vivir, pero sí que sabe cómo aprovecharse para llevar una buena vida. Sin darme oportunidad de hacer recapacitar a mi obstinada emperatriz del Éire, esta abrió la entrada del baño y la cerró en mi cara. Sin rendirme y sabiendo que la dignidad de mi dama corría peligro estando a solas junto a ese auténtico engendro mefistofélico de corrompida mente y pervertidos dedos, pegué mi oreja a la puerta de blanca madera, esperando a que ese demonio con rostro de querubín mostrara sus infernales intenciones.

– "¡Ah, Haru!" – Oí exclamar a la dullahan. – "¡No me toques ahí!"

¡Lo sabia! ¡Maldita sea, lo sabía perfectamente! ¡Un segundo a solas y ese sucio arrapiezo le pone sus mugrosas manos a mi inocente irlandesita! ¡Ya se lo cargó la araña!

Sin dilación, pateé la puerta con ambos pedipalpos, pulverizando la perilla en el proceso. Importándome un bledo si el profesor Sarver y Smith me mandaban al paredón por agredir al mocoso o si Kurusu me corría por destruir su casa (él ya no está cubierto por mis acciones después de todo), entré como un caballero legendario rescatando a la princesa del malvado dragón. Y aunque sólo fuera un niño, no iba a dejar que mi querida Abismal siguiera siendo presa de ese depravado monstruillo que simulaba ser un impoluto angelito. Gruñendo salvajemente y poniendo mi rostro más fiero que pudiera conjeturar, entré fastuosa de un salto al lugar, lista para devorarme a esa infausta bestia en miniatura que osó profanar a mi inmaculada diosa de níveos cabellos.

– "¡Aria! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!"

Seguir demostrando lo negra que era mi suerte, contestaría.

En lugar de encontrarme con el retoño de Sarver sobrepasándose en alguna de sus indecentes jugarretas con mi bella cazadora de almas, me hallé con una irlandesa batallando para que el pequeñín, remojándose en la tina, alejara sus inocentes manitas de su largo pelo platinado, todo sin que ella estuviera carente de prenda alguna que permitiera admirar sus secciones corporales reservadas únicamente para el deleite privado de mi persona. Después de causar un alboroto con mi tumultuosa aparición, me quedé con ambos pedipalpos en el aire y una absurda pose que trataba de emular a las usadas en las estereotípicas cintas de artes marciales, sin contar mi expresión de idiota contrastada por los áureos globos oculares entrecerrados de mi azul domadora, que continuaba juzgándome con la vista a cada segundo transcurrido.

– "Te hice una pregunta, Jaëgersturm…" – Volvió a hablar ella, liberándose del agarre del chaval. – "¿Qué rayos sucede contigo?"

– "Uhm… Bueno…" – Balbuceé, congelada en mi posición. – "¿Vine a darte una mano?"

– "¿Destruyendo la propiedad privada e ignorando mi orden implícita de no irrumpir, especialmente de forma tan abruptamente gresca?"

– "Si lo pones así, yo terminaré viéndome mal."

– "¿Qué quieres, Aria?" – Suspiró, posiblemente suprimiendo su deseo de hacer mi chichón más grande. – "Te dije que deseaba lavar al bebé."

– "Es que escuché que te quejabas y pensé…" – Me rasqué detrás de la cabeza, sonrojada de la vergüenza. – "No, olvídalo. ¿Deseas que te ayude?"

– "Considero que higienizar a un infante mortal es una tarea suficientemente sencilla para mí." – Reiteró la segadora, prosiguiendo su labor. – "Pero si en verdad estás dispuesta a cooperar, te sugiero colocarte tus guantes y buscar un atavío limpio para el crío. ¿Entendido?"

– "¡J-jawohl, meine Königin!" – Saludé militarmente. – "¡Ich werde zurückkommen!"

– "¡Entes!" – Exclamó Haru. – "¡Entes!"

– "Erm… ¿Qué dijo?" – Cuestioné.

– "Los niños pequeños poseen un olfato más sensible que el adulto." – Respondió la segadora. – "Me parece que está sugiriendo que consideres repasar tu higiene bucal, A chuisle."

¡Argh! ¡Ese endemoniado enano volvió a hacer de las suyas! ¡Y recurriendo a mis fobias personales, el muy canalla! ¡No me pagan lo suficiente para esto!

Refunfuñando y pisoteando de la rabia el suelo con mis ocho extremidades, regresé al cuarto y de mala gana hurgué en la mochila con las pertenencias de ese enano fastidioso y, tomando un trajecito para bebé con diseño dracónida, volví al cuarto de aseo. Consideraba que un traje de cucaracha le quedaría mejor a tan molesta peste, pero no era yo la que elegía su vestimenta. Al entrar de nuevo, deposité su atuendo en la canasta de ropa limpia y me aseguré de darle a mis dientes una triple sesión de limpieza, gastándome el dentífrico sabor a yerbabuena y lastimando mis encías de tanto repasar el cepillo. Intentando no prestarle atención a la yaga en mi mejilla interior al chocar la cabeza del instrumento con esta, al retornar a la tina, descubrí que Lala había perdido la cabeza.

Literalmente.

Desconozco la razón (o quizás sí), pero ahora el cuerpo acéfalo de la dullahan se hallaba buscando infructuosa su sesera dentro de la bañera. Se supone que la presión del líquido debería hacerla flotar, pero Haruhiko, demostrando nuevamente que era la reencarnación de algún ser infernal, le mantenía presa bajo el agua. No es que ella necesitara respirar o estuviera en peligro de morir, ¡pero tampoco iba a permitir que ese diminuto bicharraco siguiera maltratando a mi chica!

– "¡Quita tus horribles garras de mi mujer, renacuajo hijo de tu humana madre!" – Proferí, tomando a la criatura de sus costados. – "¡Ya estuvo, te voy a vender al circo más cercano para que alimenten a los leones!"

– "¡Adia maia!" – Protestó el crío al ser sacado tan súbitamente. – "¡Maia, maia! ¡Azi maia!"

– "¡Mala la gente que te enseñó tan malos modales, menudo canijo!" – Le contesté, depositándolo a un lado. – "¡Después de doy tu tunda, piojoso! ¡Ahora quítate, que debo rescatar a mi bella dama!"

Sarver trató de tomarme del brazo pero lo hice a un lado, dejando que se deslizara por el húmedo piso. Sin prestarle atención, metí mis manos a la tina y rescaté a la cabeza de la afligida peliblanca, que intentaba articular palabras bajo el agua, creando burbujas. Al liberarla de la líquida prisión, ella tosió al momento que parte del agua se escapaba tanto de su boca como de su esófago cercenado. Quitándome la camisa, la sequé lo más que pude y volví a acomodarla con su entidad corpórea.

– "Gura míle, A chuisle. Gráím thú." – Agradeció y volvió a toser la dullahan. – "Siento que me encontraras en tan penosa situación, pero te aseguro que el niño es completamente inocente a pesar de las incriminatorias apariencias."

– "No trates de defender a ese mozalbete, Spatzi." – Le dije, acariciándola. – "De no haberte tenido que atenderte, lo hubiera llevado al techo y arrojado de este."

– "Agradezco tu preocupación, pero te repito que estoy perfectamente. Sólo fue un accidente." – Aclaró, exprimiendo su cabello. – "Además, soy inmortal, un poco de agua no me afecta."

– "Incluso si fuera solamente un mosquito tratando de picarte, yo acudiría a tu salvación, linda. Lo juré por mi vida y lo sigo al pie de la letra." – Besé su frente. – "Pero en todo caso, ¿Qué fue lo que pasó? ¿Te entró el espíritu de Julio Verne para ponerte a jugar a 'Veinte mil leguas de viaje submarino'?"

– "Te parecerá una razón absurda, pero actualmente sufrí un desliz al resbalar con una esponja mojada en el suelo." –Rió ligeramente. – "El pequeño, de hecho intentó sacarme del agua, pero esta se filtró dentro de mí y aumentó mi peso, impidiéndome flotar o permitirle alzarme. Un percance poco dignificante para una hija del Abismo, debo admitir."

– "Bueno, al menos me tranquiliza que no fuera el intento de asesinato más joven que ha existido." – Suspiré. – "Supongo le debo una disculpa al pobre Haru."

– "Honestamente, A chuisle, me sorprende que de todas las personas en este planeta, estés celosa de un bebé." – Disintió lentamente con la cabeza. – "Especialmente después de tu ósculo prohibido con la descendiente de Hécate. Eso no es lo que esperaría de mi laureada heroína Sparassediana."

– "Lo sé. Lo lamento de verdad, ¿sí? Pero no conoces a ese párvulo como yo, linda." – Manifesté. – "Si manosearnos a mí y a las chicas, provocar que Saadia intente fútilmente suicidarse y llamarme por balbuceantes términos despectivos no es suficiente para convencerte de la maldad contenida en ese diablillo, ignoro que más necesites."

– "Aria, te estás comportando más inmadura que el niño."

– "¡Es la verdad, mujer! ¡Ese arrapiezo es un delincuente en potencia! ¡Deberíamos enviarlo al reformatorio infantil de inmediato!" – Aseveré. – "¡Y de paso arrestar a toda la residencia Sarver! ¡En especial a esa condenada cambiaformas bromista del averno! ¡Agh, y pensar que la terminamos invitando a la fiesta!"

– "Antes que continúes imprecando disquisiciones respecto a la criatura y su familia…" – Injirió la irlandesa. – "¿Puedo preguntar dónde se encuentra?"

– "Ahí, justo en ese…" – Me volteé. – "Lugar…"

Como la luz de Helios durante una tempestad diluviana, el pequeño Haruhiko ahora brillaba por su ausencia. Estaba segura que no era un fantasma para desaparecer de esa manera, así que mis seis ojos y los de Lala se dieron a la tarea de buscarlo en los alrededores del baño frenéticamente. No necesité mucho para deducir el paradero del chiquillo y, haciendo uso de mi habilidad de detectar la luz ultravioleta, pude distinguir el débil rastro que el niño siguió al salir del lugar. Ordenando a la segadora que no se preocupara, pues pronto yo regresaría con el chaval sano y salvo en menos tiempo de lo que les llevó rendirse a los franceses al vernos aplastar a su ejército en 1940, salí disparada de ahí y comencé el rastreo del joven Sarver.

Él debió secarse antes de salir, porque no veía los vestigios de agua que hubiera dejado. Desconozco cómo logró escabullirse de manera tan rápida y eficiente, pero ese enano se ha vuelto una piedrita en mi zapato desde que lo conocí, y eso que no uso calzado alguno. Ya habría tiempo de formular mejores metáforas respecto a la molestia que era cuidar de ese mocoso en otra ocasión, mi única prioridad en ese momento era asegurarme que el arrapiezo no terminara convirtiéndose en decoración permanente del suelo por un accidente y yo en la más reciente prófuga de la justicia. Afortunadamente, logré dar con el fugitivo, perfectamente de una pieza.

Desafortunadamente, estaba en la parte superior de la alacena en la cocina.

– "¡Scheisse, scheisse!" – Me apresuré a intentar rescatarlo. – "¡No sé como rayos te subiste ahí, pero bájate de una vez, criatura de demonio! ¡Ni que fueras un maldito mono!"

– "¡No! ¡Adia maia!" – Respondió él, internándose entre latas de conserva. – "¡Adia azi fea!"

– "¡Deja de llamarme así, mozalbete!" – Traté de alcanzarlo. – "¡Me da igual si te mueres, pero mi saldo y existencia dependen de la tuya! ¡Ya bájate!"

– "¡Fea!"

– "¡Fea la más vieja de tu casa, maleducado!" – Vociferé. – "¡Déjate de tonterías y vuelve aqu-¡Ay, ay!"

– "¡Maia, maia!"

Estoy totalmente segura que si alguien visualizara un escenario donde un bebé de catorce meses desnudo se enfrente a una araña alemana de más de dos metros de alto, sería catalogado de demente al instante y posteriormente sería puesto en una camisa de fuerza a la brevedad posible. Sin embargo, y por algún cruel capricho del destino, eso era precisamente lo que estaba sucediendo. Haciéndose con nuestras abundantes reservas de alimentos envasados y atrincherándose como un reacio tanque KV-2, Haru comenzó a bombardearme con pesadas latas desde los contenedores, demostrando una precisión insólita para una criatura de su edad.

¡Una puntería demasiado dolorosa!

– "¡Ay, sohn einer Hündin! ¡Esa era de piñas, malcriado! ¡Gah!" – Exclamé, cubriéndome de los metálicos obuses. – "¡Te voy a dar una tunda legendaria! ¡Auch! ¡Te dejaré las nalgas tan rojas hasta que parezcas mandril, zafio!"

Mis amenazas eran en vano. La (literalmente) latosa artillería seguía lloviendo sobre mí, haciéndome preguntar cuando rayos compramos tantas. Por suerte, la munición no era infinita y cuando el envase final de duraznos en almíbar chocó contra mis quitinosas extremidades, me preparé para reprender a ese sinvergüenza que seguía gateando en cueros por la cocina, bajándose como un simio diestramente de la alacena y dirigiéndose a los demás estantes. Cuando estaba a punto de atraparlo y ponerlo dentro de una jaula para después arrojarlo al mar, el muy avispado tomó una bolsa a la mitad de harina y me la lanzó directamente, dejándome el rostro totalmente blanco.

Ojalá se hubiera limitado a darme la apariencia de un mimo polvoso. Sin detenerse, Sarver persistió en su afán de volver las artes cisorias en una doctrina de batalla y reanudó sus asaltos, arremetiendo con todo lo que entraba en contacto con sus audaces dedos. Tres cebollas, cuatro patatas más una berenjena después y mi cara ostentaba el peor collage culinario que pudiera existir. Cuando el niño tomó un afilado cuchillo, ambos nos paralizamos por varios incómodos segundos, analizando lo tétrica que se había vuelto la situación tan de repente. Haru también debió reconocerlo y con cuidado colocó el objeto punzocortante de nuevo en su lugar. Suspiré tranquila y volví a mi tarea de frenar la absurda reyerta.

Y entonces él me tiró un tomate.

La guerra estaba más que declarada, así que me hice con un verde repollo a la mitad y, haciendo honor a los cromañones durante sus enfrentamientos con los neandertales, lo impelí con celeridad usando ambas manos hacia ese gamberro al momento que este hacía lo mismo con otro rojo tomate. El tiempo se dilató por los tensos segundos en los que nuestros proyectiles vegetales volaron por los aires, en busca de su encuentro con los semblantes de los briosos combatientes.

Sin embargo, la estructura poco aerodinámica de mi verdura elegida provocó que sus revoluciones por segundo la desviaran del camino esperado y mientras la brasicácea se desintegraba en la pared detrás del niño, el jitomate impactó directamente en mi frente y explotó en una fuente carmesí de licopeno y antioxidantes que me manchó la cara por completo. Aprovechando que mis seis globos oculares se encontraban temporalmente inutilizados, Haruhiko escapó del campo de contienda. Pero esta vez no huiría tan fácil.

Tomando un trapo para limpiarme, seguí el rastro de harina que Sarver dejó. Confieso que me sigue sorprendiendo la velocidad con la que se mueve, pero no era nada comparado con la rapidez de una sparassidae y prontamente pude atraparlo en infraganti cuando se introdujo a mi habitación, posiblemente creyendo que hallaría seguridad en los aposentos que comparto con la dullahan. Grave error. Entré raudamente a la recámara y adoptando una pose intimidante, apunté al pequeño culpable con mi dedo, preparada para dictar su sentencia.

Y entonces, me detuve.

Continúo sin comprender si esa criatura tan mezquina es en verdad un infante o si se trata de algún Abismal de antropomórfica apariencia, pero la acción actual sólo podría calificarse de absolutamente cruel e inhumana. Ese microbio semi-bípedo, de alguna inexplicable y despiadada manera, había logrado adjudicarse uno de los atuendos militares que Rachnera cuidadosamente tejió para mí como felicitación. Pero no era el hecho que haya podido sacarlo del clóset lo que me preocupaba, sino el que se hallara casi erguido por completo sobre este, pisando la prenda que todavía no había tenido el privilegio de vestir, y mirándome con una expresión amenazadora.

Sabiendo que yo no haría movimientos bruscos y mi afásico estado en el que tan impactante escena me dejó, el arrapiezo, sin ropa y sin vergüenza alguna, tomó su diminuto miembro entre sus manos y lo apuntó directamente al atavío sobre el que encontraba parado. Mi corazón casi se detiene y mi primera reacción fue apartarlo de mi vestimenta, pero volví a frenarme tan pronto él amenazó con descargar su vejiga urinaria sobre esta. No sé mucho de los padres de este crío, pero sin duda han creado un monstruo.

– "H-Haru… Bebé bonito…" – Supliqué, tragando sonoramente saliva. – "Por f-favor, no hagas lo que creo que piensas hacer…"

– "Atás…" – Respondió, entrecerrando sus ojos y encañonando su 'arma'. – "O pí…"

– "Vamos, querubín, no hay necesidad de tomar medidas tan extremas." – Sonreí temblorosamente. – "¿N-no quieres un dulce? ¿Un juguete nuevo? Ya sé, ¿Qué tal si te llevo al parque?"

– "Adia maia…" – Reiteró. – "Hadu pí…"

– "No, Aria buena y Haru no hace pipí…" – Corregí. – "Los niños lindos obedecen a sus mayores, y tú eres el más lindo de todos, ¿verdad?"

– "No quiedes Hadu." – Apuntó hacia mí, tambaleándose pero sin caerse. – "Hadu no quiede Adia…"

– "Te querré más si te portas bien." – Asentí, sin quitar mi sonrisa desesperada. – "Vamos, cosita, finjamos que esto nunca pasó y volvamos al baño, ¿vale?"

– "Maia."

– "Por favor…"

– "No…" – Disintió lentamente con la cabeza y miró al piso. – "Pí…"

Lo hizo.

Contra toda plegaria, toda advertencia, toda apreciación por el sentido común y la auto-preservación, lo hizo. Desafiando a la vida misma, ese auténtico descarado de tan joven edad ignoró que había profanado la propiedad de una agente de MON entrenada y como si deseara morir de la forma más violenta posible, mojó enteramente mi preciado uniforme con el ligeramente amarillento líquido que su aún no desarrollado aparato reproductor expulsó con calculado tino. El ocre de mi exoesqueleto pasó a un blanco casi total cuando contemplé la orina impregnar mi virgen atuendo, absorbiendo la mayoría de la sustancia mientras el resto salpicaba el suelo con diminutas gotas.

Arachne mía, ten piedad de su alma, porque yo no…

– "¡Pequeño demonio! ¡¿Cómo te atreves a mearme el traje, chaparro desgraciado?!" – Proferí, tomándolo de los costados y sacudiéndolo violentamente. – "¡Esa indumentaria vale más que la poca vida que te queda, condenado mocoso! ¡Al carajo con las consecuencias, tus días están contados! ¡Has despertado la ira de la imparable Aria Jaëgersturm y ahora serás testigo de su vesania infern-AY!"

– "¡Aria! ¡Por el Eterno Abismo, ¿qué estás haciendo?!"

Mi rabia fue neutralizada al instante cuando una igualmente furiosa irlandesa usó un contundente rodillo de cocina como herramienta pacificadora y lo estrelló contra mi cráneo. Vi estrellitas y demás astros metafóricos por unos momentos antes de voltearme y protestar.

– "¡Santa araña patona! ¡Lala, eso duele!" – Clamé, sin soltar a Sarver. – "¡¿Por qué tanta agresividad?!"

– "¡Eso es lo que te pregunto a ti, germana necia!" – Me reprendió, arrebatándome al chaval y jalando de mi oreja. – "¡Si no lo hubiera presenciado, jamás lo creería! ¡Una defensora de la ley, conminando a un inocente bebé indefenso! ¡¿Qué rayos pasa por tu cabeza, Jaëgersturm?!"

– "¡Qué inocente ni que ocho cuartos, mujer! ¡Este ladino es un criminal juvenil!" – Vociferé, queriendo escapar inútilmente de su firme agarre. – "¡Me arrojó toda la cocina encima, casi abre la sesera con latas y para colmo se orina encima del uniforme que Rachnee me cosió con esmero! ¡¿Llamas a eso inofensivos actos de un tierno niño?!"

– "¡¿Y acaso zarandearlo como un muñeco de trapo te parece mejor, teutona troglodita?!" – Cuestionó directo a mi oído. – "¡Debería sacarte un par de chichones más para ver si compongo esa cabeza tan dura que te cargas!"

– "¡Tampoco me grites, segadora!"

– "¡Lo hago porque obviamente mis palabras no le llegan adecuadamente a tu cerebro de cavernaria! ¡Suficiente, me llevo al pequeño y se lo dejaré a alguno de los inquilinos para que lo vigile! ¡Incluso prefiero que esa peste alada se haga cargo de él en vez de ti!"

– "¡Por mí encantada! ¡Pero no confío en dejar a este delincuente en miniatura a solas contigo! ¡Es por tu bien, Spatzi, recapacita!"

– "No, Aria, tú eres la que debe sentarse un momento y darse cuenta que está creando un litigio inexistente con un retoño humano." – Aseveró, dirigiéndose a la puerta. – "Se hace tarde. Voy a terminar de bañarlo. Tú quédate aquí a meditar sobre lo que hiciste, y ni se te ocurra salir hasta que te lo indique."

– "Espera, ¿Me estás castigando en mi cuarto?" – La miré, incrédula. – "¡¿Por qué?!"

– "Si te rebajas a discutir de esa forma con un infante de catorce meses, obviamente estoy tratando con una inmadura." – Retrucó. – "Pórtate bien, patata, no me obligues a escarmentarte aún peor."

– "P-pero…"

– "Ven, querubín, es hora de adecentarte." – Proclamó la peliblanca, besando en la frente al chico e ignorándome. – "¿Verdad que quieres quedar limpiecito? ¿Verdad que sí?"

Saliendo de la recámara, ella cerró la puerta, dejándome abandonada y amonestada. Oyendo el eco que tal acción creó, me mantuve inerte, viendo incrédula hacia el horizonte. Al salir de la impresión y naturalmente demostrando mi capacidad de autocontrol como la adulta que soy, comencé a patalear y a despedir enciclopedias enteras de improperios y demás palabras altisonantes. Haciendo el berrinche más infantil que no había recreado desde mis días como una rapazuela con dientes de leche, rodé por el suelo y después me subí a la cama y empecé a saltar, colérica y rabiosa por tantas injusticias.

Habiendo pateado las almohadas hacia la pared y con mis ánimos de proseguir tan insensata rabieta disminuidos, dejé caer mi cuerpo sobre el suelo y suspiré, exhausta. Maldita mi suerte. Alzando la mirada, contemplé la vacía estancia, con sólo los restos de mi destrucción, mi enojo y mi uniforme lleno de orina para acompañarme. Derrotada por un bebito, vaya laureada guerrera que resulté.

Me gustaría hallar algún paralelo metafórico para no sentirme tan mal. Quizás esto pudiera verlo como una prueba alegórica hacia los posibles momentos que pudiera sufrir en un futuro, debido a los obstáculos del nepotismo. Tal vez un día nos hallemos con un sospechoso el cual resulte poseer conexiones con altos e intocables mandos del gobierno u otra esfera del poder, totalmente inmune a nuestra jurisdicción y obligándonos a ceder a nuestro afán de justicia.

Haru podía representar perfectamente esa irónica impotencia ante un objetivo aparentemente sencillo pero que revela que el asociarse con las personas correctas, le otorga poder para mearse encima de la ley y lo que esta representa, mientras nosotras únicamente podemos observar indefensas. Sí, aquello sería una excelente parábola.

Pero no, en realidad yo sólo era una idiota con la cara oliendo a harina y tomate.

Volviendo a exhalar, esperé pacientemente a que mamá Abismal regresara. Tomé mi atavío mojado y lo coloqué en un gancho, alzándolo un poco para que se secara. Al menos no olía mal o se desquitó con otra prenda. Transcurrieron varios minutos, entreteniéndome yo con observar las verdes paredes del lugar y las pinturas de paisajes en estos. Siempre me pregunté si tales cuadros eran propiedad de Kimihito o si la irlandesa los trajo de casa, aunque tal vez fueran una especie de obsequio de su primera familia, la pudiente. De todas maneras, la ausencia de algún retrato nuestro debería ser arreglada cuando nos fuera posible.

No es que sea tan fatua para admirarme en una fotografía (o que fuera fotogénica) y ostentarla vanidosamente en nuestros aposentos; Únicamente deseaba capturar nuestras imágenes para la posteridad, conservar una pequeña instancia de tiempo congelada tras un marco de diáfano vidrio y tallada madera o plástico que nos recuerde un momento agradable al verla. Parecerá extraño que me esté decantando por hablar tan rebuscadamente respecto a tal tema, pero el percance del día anterior con Smith, aunado al suceso en el Aizawa, me recordaron que siempre estaré en riesgo y que algún día ya no podría estar aquí para disfrutar de la paz y felicidad a lado de mi amada familia.

Sacudí mi cabeza, no era momento para desalentarme, especialmente estando en casa. Ni siquiera Meroune, nuestra (ex)fatalista residente, se decantaría por tan funestos pensamientos. Y aún así, ese sentimiento seguía ahí, implantado en mi mente desde que acepté tan gigantesca tarea sobre mis hombros. Soy una agente de élite novata, una soldado inexperta y una cazadora muy joven. Al final del día, sigo siendo una mortal, y una muy temerosa.

– "¿A chuisle?" – Preguntó la dullahan, entrando al cuarto. – "¿Estás bien?"

Hasta que esa dulce voz me recordó la razón por la cual sigo luchando.

– "Sí, Spatzi." – Le sonreí. – "Estoy bien."

Cargando al pequeño, ahora rechinando de limpio y vestido en su trajecito con forma de dragón, Lala se acercó a mí y acarició suavemente mi mejilla. Yo tomé su mano y la besé tiernamente, sosteniéndola para continuar mimándome. Incluso Haruhiko lucía alegre por tan sencillo pero reconfortante despliegue silencioso de cariño. Curioso, a pesar de ser una arachne tan pesimista, esta hermosa irlandesa me levanta la moral con su sola presencia. Esa es la verdadera magia del amor.

– "Creí que también tomarías un baño, linda." – Mencioné al notar que continuara con sus mismas ropas. – "¿Dejarás a este mocoso aquí para disfrutar a gusto nuestro tiempo privado?"

– "Me aseé en la mañana, antes de levantar al niño." – Respondió, dejando que el crío mordiera sus dedos. – "Sabía que me tomaría algo de tiempo el limpiarlo, así que me adelanté para no perder mucho."

– "Ya veo. ¿Entonces puedo ir yo?" – Señalé mi ropa sucia. – "Huelo a salsa de tomate. Y necesito retirarle el perfume que nuestro querubín amablemente roció sobre mi traje."

– "Adelante, A chuisle. Te espero."

– "¿No te me unirás? Un segundo remojón te caería bien."

– "Agradezco la oferta, pero debo preparar el alimento lácteo del niño, además de tu desayuno." – Disintió, sonriendo. – "Pronto deberé partir al trabajo, así que también debo arreglarme. No tardes."

– "Vale, vale." – Me incorporé, suspirando. – "Ya vuelvo. Y ni se te ocurra amamantarlo, tus gemelas son sólo mías."

– "Cesa de farfullar mas fruslerías y aséate, Jaëgersturm." – Torció ligeramente la boca. – "Luego hablaremos del desastre que dejaste en la cocina y como arreglarlo."

– "¡Eso fue culpa de él!"

– "Y tú le seguiste el juego." – Reiteró. – "Por ahora dedícate a tu limpieza corporal, no pienso repetirlo."

– "Ugh, jawohl…" – Accedí, con los hombros caídos. – "Condenado bebé piojoso…"

Aceptando que tampoco ganaría esa batalla, me encaminé a ducharme y liberar el estrés con un regaderazo rejuvenecedor. Esa palabra significa que me daré un baño con el instrumento señalado, aunque también se refiere a la acción de golpearse con este. Ambas eran buenas opciones. Ya adentro, deposité mi ropa, en la cesta de prendas sucias. Espero Cerea no piense que sufro de incontinencia o algo así al notar mi atuendo con olor a orina.

Girando la perilla de la ducha con mango móvil, recorrí mi cuerpo con el ligeramente frío chorro y enjaboné mi cuerpo, sin olvidarme de pulir mi quitina con mi cepillo especializado. Cuando estuve a punto de tomar el enjuague para el cabello, noté que este se encontraba desaparecido. Una rápida búsqueda por los diferentes acondicionadores y líquidos de aseo disponibles confirmó que, en efecto, las últimas reservas del shampoo Schnee habían sido mermadas.

¡Condenado demonio en pañales! ¡Seguramente se lo gastó todo! ¡Y era la edición 'No más lágrimas' que no lastima mis ojitos!

– "¡Lala!" – Hablé a la peliblanca, envolviéndome con una toalla. – "¡Lala, ven aquí!"

– "Puedo escucharte perfectamente, A chuisle, no es necesario alzar tanto los decibeles." – Acotó la aludida, abriendo la puerta y asomándose parcialmente. – "¿Qué sucede?"

– "¡Se acabó el shampoo!" – Repliqué, agitando el envase vacío. – "¿Sabes si Herr Kommandant o alguien más posee alguno? Aunque sea de esos que huelen a petróleo crudo."

– "Me temo que no contamos con más existencias, querida." – Disintió. – "Usé las provisiones restantes para adecentar a Haru!"

– "¡Argh, lo sabía! ¡Ese enano es el responsable!" – Agité el puño en el aire. – "¡Saadia tenía razón, todo es culpa de Sarver!"

– "Calma tus ímpetus, A chuisle. Aún puedes aviar tu cuero cabelludo propiamente con algún método alternativo."

– "¿Eh? ¿Tienes algún líquido natural especial?"

– "No es natural pero si especializado en diversos campos. Me refiero al bicarbonato de sodio."

– "¿Bicarbonato? ¿Y crees que me servirá para tal función?"

– "Así es. Cuando era pequeña, solía usarlo en ocasiones durante mis sesiones de baño." – Afirmó. – "Su uso continuo es adverso en los folículos capilares, pero es una opción para sacarte del apuro."

– "¿Segura que no me pasará nada? En Sparassus lo usábamos para hacer explotar cucarachas cuando estas se lo comían."

– "Te garantizo que no sufrirás efectos indeseados, A chuisle. ¿O acaso piensas que sería capaz de herirte?"

– "¿Qué tal si deseas reclamar mi alma antes de tiempo para evitar que siga besando arpías pechugonas?" – Bromeé. – "¿O empusas traviesas?"

– "Sigue aludiendo ese infame ósculo con la descendiente de Hécate y quizás mi falce se haga con tu ánima, Jaëgersturm." – Respondió sardónicamente. – "Ya vengo, no te muevas."

– "Porque obviamente tengo muchas razones para salir en cueros…" – Musité sardónicamente.

– "¡Te oí!"

Silbando inocentemente para fingir fútilmente mi nula inocencia, espere obedientemente hasta que la dullahan regresó con una taza del níveo polvo. Después de darme las correctas instrucciones para su uso, le agradecí con un beso rápido y ella se retiró. Así, empecé mi primera experiencia para higienizar mi pelo con hidrogenocarbonato sódico. Confieso que no desconocía de tales usos para una sustancia tan versátil, pero nunca había recurrido a esta para tal tarea; La soberbia de mi abuela jamás se hubiera rebajado a usar un producto de cocina como una simple plebeya, parafraseando sus palabras. Pero debo admitir que mi azulita tenía razón y al final el cristalino compuesto dejó presentable mi rubia cabellera.

E incluso neutralizaba el olor de mi quitina, ¿no es fantástico?

Terminada de lavarme, me arropé y fui a la cocina para encontrarme con Lala, vestida con su delantal rosado y cocinando carne en la estufa. Haru se mantenía perfectamente quietecito detrás de ella gracias a una especie de mochila que lo sostenía con firmeza. Sonreí al reconocer la seda de Rachnera, confeccionada de manera tan laboriosa. Con su blanco color y simplista diseño liso, permitía que el pequeñín pudiera mover sus brazos y piernas libremente, ofreciendo un pequeño espacio para que su torso se mantuviera liberado, pero sin comprometer su seguridad. Sencillo, eficiente y resistente, perfecto ejemplo del ingenio arachne.

– "Déjame adivinar..." – Dije, tomando mi lugar en la mesa. – "¿Las chicas se pelearon por quien lo cargaría y la tejedora se robó el momento colocando al chiquillo en el morral?"

– "Actualmente, tan útil accesorio fue un encargo personal de mi parte." – Reveló, moviendo la sartén. – "Tu congénere fue muy amable en manufacturarlo. Pero ella se encargó de probarlo por unos minutos, alegando comprobar la comodidad para el portador."

– "Esa Rachnee, siempre tan ella." – Reí ligeramente. – "¿Y qué tal? ¿No cansa?"

– "El soporte distribuye equitativamente el peso, evitando la fatiga aún durante el uso prologando." – Reseñó, moviendo el alimento con la espátula. – "Debido a mi exiguo tiempo disponible, te hice algo ligero, pero satisfaciente. ¿No hay problema, A chuisle?"

– "Spatzi, podrías darme pan simple y seguiría siendo perfecto para mí." – Sonreí. – "Incluso el cereal con leche preparado por ti es divino."

– "Agradezco tus repetidas lisonjas, amor, pero sigo pensando que no es suficiente."

– "¿Mi empalagosa zalamería?"

– "El tiempo dedicado a alimentarte correctamente." – Corrigió, colocando la carne en el plato. – "Y estoy segura que tales momentos serán más escasos en el futuro."

– "Te entiendo, linda." – Mencioné, bajando la mirada. – "Entrenaremos por dieciséis horas diarias por tres meses y supongo los nuevos cuarteles aquí en Asaka se volverán mi residencia habitual."

– "¡¿Qué?! ¡¿Tres meses?!" – La segadora se volteó, impactada. – "¿Tanto tiempo?"

– "Desgraciadamente sí. Créeme, Lala, tampoco me agrada la idea." – Exhalé. – "Lamento tener que revelarlo así, pero apenas nos dieron la sorpresiva noticia ayer."

– "Sabía que algo así sucedería, pero decidí distraerme pensado en que lo contrario acontecería." – Se tornó triste, abriendo el refrigerador y tomando una jarra de limonada. – "No puedo contradecir las órdenes de tus superiores, pero espero no te ausentes demasiado, A chuisle."

– "También te extrañaré, Spatzi." – Ofrecí una pequeña sonrisa. – "Prometo estar en contacto tan pronto me sea posible. Por eso deseaba conseguirte al menos un celular, pero habrá que esperar al primer salario."

Cosa innecesaria si no hubiera mandando al infierno los cuatrocientos mil, pero ya es muy tarde para lamentarse. Y esa tacaña de Ekaterina tampoco ayudó mucho. La irlandesa colocó el platillo finalizado, vertió la bebida sabor limón en mi vaso y se sentó a mi lado, sin decir nada. Se quitó la mochila y tomó al niño en sus brazos, arrullándolo al tiempo que descansaba sobre mi cuerpo. Agradeciendo el silencioso pero reconfortante acto de su parte, inicié por degustar mi desayuno, acariciando el largo cabello de mi amada. Luego de todo lo que pasamos ayer, la idea de estar tanto tiempo separada de ella me parecía aún más que inaceptable. Era irónico, la primera vez que tuve un empleo en este país, casi terminaba deportada por órdenes de Smith; Y ahora que laboro para ella, nuevamente debo alejarme de la mujer que juré proteger eternamente.

La vida es una cruel adicta a las repeticiones.

– "¡Adia, Ala!" – Habló de repente el infante. – "¡Bosa, bosa!"

– "¿Qué pasa, churumbel?" – Preguntó la peliblanca, colocando su mano en su frente. – "¿Te sientes mal?"

– "¡Bosa! ¡Bosa!"

– "O está diciendo bolsa…" – Opiné. – "O nos está llamando babosas."

– "¡Arto!" – Insistió el chaval, apuntando con su dedo. – "¡Bosa arto!"

– "Tal vez no sea experta en su rudimentario lenguaje…" – Dijo la segadora. – "Pero me parece que quiere que regresemos a nuestro aposento, A chuisle."

– "Esa opción me gusta más." – Me incorporé. – "Bien, guíenos a la victoria, kleiner Kommandant."

Con el índice de Sarver sin parar de apuntar hacia nuestro cuarto, entramos a este y él señaló hacia arriba del ropero. Confirmando con sus infantiles palabras que se refería a la bolsa con sus pertenencias arriba del mueble, tomamos el objeto en cuestión y escudriñamos dentro de este. No sabíamos la razón de buscar en tal mochila o siquiera qué era lo que debíamos hallar en primer lugar, pero el pequeño continuaba insistiendo en que persistiéramos en nuestra labor. Luego de unos momentos de repasar su posesión personal de peluches, juguetes y ropa, mi dullahan y yo nos encontramos con un pequeño paquete rectangular de ligeramente considerable peso envuelto en negro plástico. Los ánimos del chiquillo aumentaron al notarlo y gesticuló para que retiráramos la envoltura.

– "Aria…" – La segadora me miró, extrañada. – "¿Estás pensando lo mismo que yo?"

– "Por supuesto, linda..." – Observé el fardo. – "Ganaremos mucha plata traficándol-¡Ay!"

– "No digas ridiculeces, arachne." – Reclamó después de darme un ligero coscorrón. – "Hablaba de la gran capacidad cognoscitiva de Haruhiko. A pesar de su breve existencia, exhibe una inteligencia sobresaliente."

– "Sí, sí, es un genio. Wunderbar." – Tallé mi cabeza. Demonios, fue en el chichón. – "¿Eso que tiene que ver con esta cosa?"

– "Que quizás el pequeño esté consciente de nuestros problemas y desee ayudarnos regalándonos algo valioso para él." – Afirmó. – "Me baso meramente en conjeturas de pruebas empíricas, pero considero que es una alta posibilidad de validar su elevado raciocinio."

– "Lo más estimable para este enano ha de ser algún peluche que terminó llenando de baba. ¿En qué nos ayudaría?"

– "En nada, realmente." – Disintió, sonriendo. – "Pero aprecio que incluso el bebé desee levantar nuestra moral con un sencillo acto de prodigalidad."

– "Uy, que magnánimo." – Giré mis ojos. – "Como sea, veamos que nimiedad pretende obsequiarnos este mocos… Oh…"

Mi cizaña hacia la generosidad del joven Sarver se amainó al instante cuando al retirar la cubierta de polímero de tan misterioso paquete, descubrí el inesperado contenido. De un lado de los polícromos pedazos de fino papel hechos de mitsumata y abacá, se ostentaba la efigie de la escritora y poeta Ichiyō Higuchi, mientras en el reverso desplegaba la pintura estilizada de irises japoneses, bellas flores. Sin embargo, lo que nos dejó estupefactas fue tanto la cantidad física de tales notas impresas como las cifras impregnadas en las esquinas de estas, otorgándoles un valor muy superior a lo que los materiales para crearlas.

– "Meine göttin…" – Musité, trémulamente sosteniendo uno de los delgados rectángulos. – "Spatzi, pellízcame."

– "No estás soñando, A chuisle." – Obedeció, pinchándome sin quitarle sus áureos ojos de encima a los hermosos objetos hallados. – "Tampoco agregué alucinógenos a tu desayuno. O eso creo."

– "Danke schön, Tyche…" – Expresé en voz baja, conteniendo mis ímpetus. – "Du bist der beste…"

Ochenta.

Ochenta billetes de cinco mil yenes en perfectas condiciones eran el presente que el extraordinariamente altruista Haruhiko Sarver nos había gratificado. Alineados cuidadosamente con una cinta de papel fácilmente retirable, habían sido divididos en grupos de veinte, por lo que cada conjunto contenían cien mil netos. Desconocía la razón de cuándo, cómo o por qué el dinero que habíamos creído perdido entre las voraces llamas se encontraba justo en mis manos, pero la alegría que germinó súbitamente en mi interior era mayor que mi instinto de hallar explicación alguna. La lógica no era lo importante, pues mi absoluta sonrisa que mi cara mostraba era más que comentario suficiente para demostrar mi sentir al descubrir los cuatrocientos mil completamente intactos.

Sin pensarlo dos veces, tomé al niño en mis brazos y alzándolo en el aire, giré sobre mi propio eje, uniéndonos en un dueto de jubilosas carcajadas de alegría. Después de haber emulado al ciclo rotatorio terrestre, acerqué al chiquillo hacia mí para tapizarle su infantil rostro de tantos besos como fuera físicamente posible. Curioso, fue un bebé quien resultó ser el primer hombre en mi vida a quien le demostraba tanto afecto.

Y lo tenía bien merecido, porque a pesar de que él me había faltado el respeto, infringido las reglas con mis posesiones y territorio en repetidas ocasiones, sin contar que el escapar de su carriola desatara una desafortunada serie de eventos que desembocaron en una violenta lección de parte de Smith y compañía, esta benévola acción filantrópica condensada en papel moneda lo exoneraba prácticamente de todo pecado. Seguí entregando ósculos a diestra y siniestra para finalmente tomar a mi bellísima novia y plantarle un gigantesco y profundo contacto bucal que se prolongó gracias a que recurrí a mi sistema respiratorio alterno.

– "¡Ah, esto es grandioso! ¡La vida es gloriosamente hermosa!" – Proclamé, volviendo a alzar al retoño. – "¿Quién es el niño más lindo que existe? ¡Tú lo eres! ¿Verdad que sí, verdad?"

– "Es bueno verte tan eufórica, A chuisle." – Opinó la irlandesa, sonriendo.

– "¿Eufórica? ¡Estoy extasiada, Spatzi!" – Contesté a altos decibeles. – "¿Recuerdas la anécdota del carricoche que incendiamos para matar a los insectos y el entrenamiento posterior de la capitana? Todo eso fue debido a estas condenadas notas de valor monetario."

– "Lo sé. Cetania fue muy efusiva en recalcar la importancia de la moneda en curso legal en tal asunto."

–"Creí que mi salario final sería nulo. Las chicas también lo pensaron." – Volví a besar la frente del chiquillo. – "Pero eso finalmente acaba de probar ser incorrecto, gracias a este milagroso angelito. ¡Ah, como te quiero, Haru!"

– "Comprendo. Me alegra que obtengas tu merecida recompensa." – Sonrió. – "Y me tranquiliza que hayas también cesado tu innecesaria animadversión hacia el niño."

– "Su argumento económico fue muy convincente." – Bromeé, abrazando al susodicho. – "Además, ¿Cómo puedo enojarme con este querubín tan prechocho?"

– "Tanto tiempo a lado de esa estadounidense capitalista te ha hecho susceptible a la persuasión monetaria." – Fue su turno de hacer chistes. – "Podría hacer paralelos sobre las amistades entre naciones nacidas a partir de un acuerdo crematístico, pero es demasiado temprano para hablar de diplomacia internacional. Centrándonos en asuntos más locales, ¿Qué harás ahora con tan abundante cantidad?"

– "¡Gastarlo en juegos de azar y mujerzue-¡GACK!"

Ignoraba de dónde sacó ese rodillo si acabábamos de alejarnos de la cocina. Misterios Abismales que la ciencia no puede responder.

– "Auch. No era en serio, Spatzi." – Tallé mi cabeza. Ese chichón nunca desaparecerá. – "De hecho, pensaba repartirlo equitativamente entre mis aliadas, además de darle una parte a Herr Kommandant."

– "Admiro tu abnegación, A chuisle, pero pensé que conservarías la suma neta."

– "¿Spatzi?" – Sonreí maliciosamente. – "¿Acaso dices que debemos ser tacañas?"

– "Considero que podría venirnos bien el tener a la mano pecuniarias reservas para tiempos imprevistos y evitar los agobios de su ausencia."

– "Ingeniosa facundia para darme la razón." – Reí ligeramente. – "Comprendo que sería excelente quedárnoslo en su totalidad, pero deseo remunerar a las chicas por su esfuerzo y retribuirle algo a Herr Kommandant por su apoyo incondicional. Ellos harían lo mismo por mí."

– "Sí que eres noble, A chuisle." – Sonrió. – "Entonces, contamos con cien mil yenes para nuestro uso personal."

– "Cincuenta mil." – Aclaré, dejando que Haru jugara con mi dedo. – "Le daré la mitad de mi parte a Mei. ¿Recuerdas a la lagartijita?"

– "La gecko a quien le regalaste el cetáceo de juguete que obtuviste en la feria." – Respondió entrecerrando tenuemente su mirada. – "No la he olvidado."

– "Precisamente, pero no se trata de un capricho en esta ocasión."

– "Como tu ósculo con esa empusa." – Se cruzó de brazos. – "O con los que realizas con la descendiente de Electra, de los cuales ignoro la razón de mi inusual tolerancia hacia estos."

– "No traigamos nuevamente ese tema ahora, linda." – Disipé con mi mano. – "Mi consideración con la escamosa se debe a que ella también nos fue de extrema utilidad al reparar la furgoneta de MON y generosamente transportarnos en su automóvil, especialmente cuando me enteré del incidente en el Aizawa. Incluso Smith la quiere contratar de mecánica, así que sería un excelente método de persuasión."

– "Entiendo, y admito que concuerdo." – Suspiró. – "Descuida, tampoco voy a decirte que hacer con el dinero que te has ganado, A chuisle. Y me alegra que seas tan generosa."

– "Danke, Spatzi. Eres tan comprensiva." – Le di un besito rápido. – "Además, así me perdonarán tantas estupideces. Y Herr Kommandant no me lanzará a la calle por destrozar la cocina."

– "Esa también es una razón válida." – Añadió. – "Bueno, el tiempo sigue corriendo y debo vestirme. Te toca cargar con el chiquitín mientras me atavío para la faena, A chuisle."

– "Vale, igual me hace falta terminar de desayunar."

Guardé el dinero dentro de su envoltorio y lo metí en la bolsa de mi camisa. La dullahan se retiró la mochila y le entregué al bebé, devolviéndomelo cuando me coloqué el accesorio frente a mí. Acomodando al niño en su lugar, le di otra muestra de cariño labial a mi peliblanca y regresé con el pequeñito a la cocina para concluir de degustar mis alimentos. Ya en la mesa, deglutí esa deliciosa carne junto algo de salsa, mientras Sarver se entretenía con una caja de macarrones con queso y la mascotita en forma de ratón antropomórfico del empaque. No pasó mucho tiempo y el dueño de la casa hizo acto de presencia, saludando antes de dirigirse a su baño matutino.

– "Guten Morgen, Herr Kommandant. ¿Durmió bien?"

– "Buenos días, Aria. Sí, gracias." – Sonrió, ahogando un bostezo. – "También buenos para ti, Haru."

– "¡Kusu!" – Saludó el aludido, agitando su manita.

– "Je, en verdad que es lindo." – Sus ojos se abrieron más al mirar detenidamente. – "Erm, ¿pasó un huracán por aquí o sólo es mi imaginación?"

– "Pequeño percance con la gravedad y el efecto dominó de esta sobre nuestros víveres." – Dije, esperando que tanta perífrasis lo distrajera. – "No se preocupe, lo limpiaré tan pronto termine de comer."

– "De acuerdo." – Bostezó tenuemente, estirándose. – "Puse el trapeador afuera, junto a la escoba, por si los buscabas. Voy a tomarme una ducha. Buen provecho."

– "Vale, Herr Kommandant. Danke."

Él se retiró y yo acabé poco después de desayunar. Mientras lavaba el plato y me preparaba para arreglar el desastre que el chicuelo y yo causamos, la segadora regresó, arreglada y con su atuendo de trabajo en mano junto al bolso que le compré. También llevaba puesto el collar de edelweiss y su áureo pin de araña en el pecho, accesorios permanentes de su apariencia diaria como su bufanda y sus oscuras medias. La congratulé por siempre lucir tan radiante y con un beso me entregó el bolso de mano.

– "¿Eh? ¿Y por qué me la das, linda?" – Pregunté. – "¿Ya no te gusta?

– "Te será más útil, ya que planeas cuidar hoy a Haru." – Respondió, acariciando la cabeza del mencionado. – "Ya podremos comprar otra después, aunque espero que no sea tan cara como esta."

– "Entiendo. Y ya que mencionas las compras, supongo que podríamos buscarte un celular cuando salgas del trabajo. ¿Te parece si te pasamos a recoger al restaurante?"

– "Me parece bien. Prepararé algo especial para ti."

– "Je, ¿asegurándole más clientes a Mio, Spatzi?" – Bromeé. – "Claro, trataremos de llegar una hora antes de que cierren. Si no es mucho pedir, quisiera algo con toque alemán."

– "Por supuesto." – Asintió. – "Eso me recuerda, Cetania te asistirá hoy en custodiar al chavalín, ¿cierto?"

– "Síp." – Alejé mi dedo de volver a ser mordido. Este niño parece tiburón de tanto que lo hace. – "Es nuestra misión después de todo. Espero no te moleste hacerle algo a ella. Ya sabes, seguirle demostrando lo fantástica que eres en la cocina."

– "No hay problema, será excelente oportunidad para probar esa receta con carne de ternera, vegetales asiáticos..." – Sonrió maliciosamente. – "Y veneno para rata."

– "Muy graciosa, azulita." – Torcí la boca. – "Creí que se habían vuelto aliadas después de que denunciara mis pecados."

– "Una pequeña tregua aceptable entre rivales, A chuisle." – Colocó su índice en mi nariz. – "Eso no significa que mi opinión respecto a esa peste alada haya mejorado. Aunque nuevamente deberé soportarla, ya que me comprometí a ayudarla con la celebración de mi jefa."

– "Discutiremos eso cuando te veamos, linda. Y te aseguró que nos serás invaluable, invitamos a casi todo el mundo." – Mencioné. – "La familia entera mas Kuroko y el resto de MON ya requieren de por sí a un personal entero. No me sorprendería que Herr Kommandant terminara uniéndosenos para darnos abasto."

– "Trataré de dar lo mejor de mí, así como tú te esfuerzas todos los días. Incluso en tareas aparentemente sencillas como ser niñera."

– "Gracias por el halago, bonita. De verdad, este diablillo es más problemático que una guardería entera." – Mencioné, asegurando la mochila en una silla. – "Ni todo el entrenamiento nos preparó para este huracán en pañales."

– "Crecemos para enfrentar los retos, A chuisle. Y sé que podrás con el torbellino de Sarver." – Besó mi frente. – "Me voy, no quiero llegar tarde. Te espero a las tres en el restaurante."

Antes que se retirara por la puerta de la cocina, un pesado sentimiento se apoderó de mí al instante. Sin dilación, corrí hacia ella y la abracé desde atrás, pegándola a mi cuerpo y sosteniéndola con firmeza. Pasaron varios segundos en los que no dijimos nada, con únicamente mis brazos rodeándola y las cálidas lágrimas que comenzaban a escaparse de mis ojos, revelando silenciosamente todo lo que nuestras afásicas bocas no expresaban. Ella comprendía perfectamente la razón de mi repentino actuar y, manteniendo el voto afónico, con delicadeza tomó mi mano derecha y la colocó en su mejilla, donde yo respondí acariciando su tersa piel añil.

Suavemente, tomó mi extremidad izquierda y la colocó sobre el collar con la flor de la nieves que le obsequié, prueba física de mi juramento a mi empeño en nuestra relación. La posición central de tal presea me permitía sentir el latido de su corazón, pulsando tan fuerte como el mío. Como si estos lo supieran, el ritmo acelerado poco a poco fue ralentizándose paulatinamente hasta quedar en perfecta sincronía. Apreté ligeramente el adorno y ella hizo lo mismo con su mano, colocándola sobre la mía. Dejamos el tiempo pasar, simplemente palpando nuestros latidos al unísono y disfrutando de una pequeña cápsula temporal que ambas no deseábamos que terminara.

Amainando nuestro abrazo, ella se separó lentamente. Volteándose y viéndome directamente a mis seis globos oculares, la irlandesa me ofreció una igualmente seria expresión, gesto que emulé. Entonces, acercándome, le planté un largo y metódico beso. Adictivo al paladar, reconfortante al corazón y reparador para el alma, un ósculo era la forma perfecta para disipar los temores latentes en mi interior, deshaciéndolos como niebla ante la luz del sol. Permitimos a nuestras bocas seguir disfrutando de su tierno encuentro hasta desprendernos, ahora ostentando amplias muecas de felicidad en nuestros rostros. La dullahan pasó un dedo por mis mejillas, limpiando la última lágrima que aún se paseaba por la comisura de mis ojos. No habrían más, ya no sentía temor.

Nuevamente, la vida se repetía en sus interminables paralelos. Estaba más que segura que ese miedo que acababa de desaparecer de mi persona era el mismo que ella sentía cada vez que yo me encaminaba a mi labor, sabiendo que esta torpe araña arriesgaba su vida a diario entre balas, explosivos y objetos punzocortantes. Ella era inmortal, yo no. Y aún así, la dullahan continuaba confiando en mi incólume regreso, porque incluso cuando es hija del Eterno Vacío y mi existencia es tan irrelevante en la escala universal, ella se permitía tener fe en una simple arachne como yo. Ambas los sabíamos, lo comprendíamos por completo sin necesidad de decir nada. Tal era nuestro vínculo, nuestra conexión.

Nuestro amor.

Con eso, ella asintió con su cabeza y yo la imité, entendiéndonos mutuamente. Golpeé mi pecho con mi puño y ella sostuvo su edelweiss, despidiéndonos. Lala se dio la vuelta y, abriendo la puerta, emprendió el camino a su trabajo. Escuchando la pieza de madera cerrarse y haciendo un tenue sonido, me permití un último suspiro y regresé a la cocina. Haru me observó en silencio, como si también intuyera la vorágine de emociones que se desarrollaron de forma tan taciturna. Sonriéndole, lo tomé en brazos y él, magnificado por su inocencia infantil, me proveyó un muy afectuoso abrazo. Agradeciendo silentemente por ello, le di un beso en su frente y lo pegué hacia mí, meciéndolo con cariño.

Vistiendo la resistente mochila hecha de seda y colocando al pequeño en esta, enfrente de mí, me dirigí al lugar donde residían los instrumentos de limpieza para adecentar la cocina. El ambiente se mantuvo sereno, y con mi humor en mejor estado, tarareé mentalmente una melodía para acompañar los leves balbuceos del bebé. Recogiendo y barriendo los restos de repollo combinados con harina en el suelo, noté entonces que el niño y yo no nos encontrábamos solos.

Recostándose en el marco de la puerta se hallaba Kimihito, contemplando en silencio y portando una mueca de felicidad por tan pacífica escena. Alzando mi mano para darle la bienvenida al casero, el respondió de la misma manera y continuando con preservar el virtualmente mudo entorno, empezó a preparar los platillos para las inquilinas a nuestro lado. Cuando Miia hizo acto de presencia, el muchacho le indicó discretamente que no rompiera la implícita circunspección ambiental, conservada incluso por el joven Sarver, y esta obedeció, encaminándose al baño después de hacer una reverencia.

– "¡Esposo, Aria-nee, Haru-chan! ¡Buenos días!"

Bien, tampoco es que pudiéramos quedarnos mudos por toda la eternidad, especialmente en compañía del dúo más travieso y vivaracho de la morada. Aunque, a juzgar por sus briosos achuchones, también son el par más dulce de todos. Indicándoles Kurusu a las nenitas que acompañaran a la lamia en su aseo matutino y dándole ósculos en sus cabecitas, estas se retiraron llevando su algarabía y esparciéndola sonoramente por la residencia entera.

– "Vida nunca falta vida en esta casa, ¿cierto, Herr Kommandant?" – Pregunté al momento que le auxiliaba a cortar un par de vegetales. Ya había terminado de limpiar. – "Y hablando de ello, ¿cómo le fue cuidado al primogénito de su amigo ayer?"

– "Confieso que no esperaba que de todas las personas, fuera Karu quien decidiera procrear un niño tan… Bueno, humano." – Contestó el muchacho, calentando el arroz. – "Él siempre fue un ente raro, y eso que me acostumbré rápido a su excentricismo. Siempre pensé que su descendencia sería con alguna liminal."

– "Ya veo, ¿Un entusiasta de las extraespecies?"

– "De lo estrafalario." – Aclaró. – "Antes de que supiéramos que ustedes existían, sus intereses eran por chicas igual de únicas como él. En su caso, que fueran casi tan nerds como el demente de Sarver. Y aunque no era un donjuán, admito que tenía su toque para lograr que las chicas cayeran por él."

– "Debió pegárselo a usted, Herr Kommandant. Mire que trae a más de una loquita por usted." – Reí, tomando una patata para pelarla. – "Al menos cuenta con varias fervorosas nodrizas para aligerarle la carga."

– "Si es que logran coordinarse primero." – Abrió la tapa para checar la cocción de la comida. – "Agradezco que sean entusiastas en cuanto a cuidar al chiquillo, es hermoso verlas tan animadas, pero sería mejor si no pelearan por su posesión a cada momento. No quiero imaginarme como lidiará Karu con sus inquilinas."

– "En defensa de las chicas, debe comprender que sus instintos maternales se despertaron con mayores ímpetus al hallarse cerca de la persona amada." – Indiqué, tomando una segunda papa. – "Intentan demostrar que están perfectamente capacitadas para cuidar de su descendencia. La reproducción es crítica para ellas, no lo olvide."

– "Tú y Lala son inseparables y aún así se comportan muy calmadas con él." – Señaló. – "De acuerdo, son lesbianas y sin tal presión biológica, pero eso no significa que no tengan sentimientos similares por un bebé."

– "La segadora desarrolló algo de experiencia durante su infancia, cuidando a su mejor amiga. Y ya que nuestra relación está solidificada, no hay necesidad de tan efusivos despliegues." – Expliqué. – "Aunque tampoco me use como buen ejemplo; De no ser por la intervención de Cetania y Dyne, este mocoso ya hubiera sido arrojado desde la terraza de las oficinas de MON el primer día."

El menor aludido me sacó la lengua y yo le regresé el gesto.

– "Comprendo, aunque no es que pueda decir muchas alabanzas sobre el trato que las chicas le dan al chaval." – Reiteró. – "Por Madoka, que Mero casi lo ahoga al pobre."

– "Vale, puede que parezcan demasiado excesivas en su trato y hasta peligrosas, pero es sólo la combinación de la inexperiencia junto al vehemente afán de exhibir sus habilidades." – Encogí los hombros. – "Tranquilo, Herr Kommandant, estoy segura que el rorro estará bien en sus manos, sólo debe hablar con ellas."

– "Lo intentaré. Ah, ya está." – Retiró la cacerola del fuego. – "Sinceramente, Aria, el mayor temor actualmente es por mí."

– "¿A qué se refiere?"

– "Bien, aunque fueran las chicas quienes pasaron un mayor tiempo con el niño, verlas el lidiar con este me sirvió para darme cuenta de que no es fácil ser padre." – Se recargó cerca de la pequeña pared. – "Sólo el estar al tanto de sus alimentos, sus necesidades, especialmente cuando no entiendes que desea y ni siquiera la conexión mental de Suu es capaz de descifrarlo, son suficientes para marearlo a uno."

– "Toda una odisea. Y sin Atenea que nos guíe por el viaje." – Eché los vegetales en otra cacerola y se la di. – "Créame, yo también aprendí lo duro de la faena. Incluso me despejó varias dudas sobre la crianza, y me hizo respetar más a aquellas parejas que deciden dar un paso tan importante."

– "Precisamente." – Puso el recipiente en la estufa. – "Me hizo preguntarme si estaré listo para asumir tan enorme responsabilidad. Súmale mis preocupaciones a cimentar una relación en primer lugar y sabrás por qué el intenso temor."

– "Totalmente entendible." – Tomé al crío en mis manos y se lo entregué. – "Aún así, debe conceder que a pesar de todos los problemas que estas criaturitas nos dan, en verdad son rayitos de felicidad comprimidos, ¿no lo cree?"

– "Completamente de acuerdo." – Sonrió, sosteniéndolo y meciéndolo suavemente. – "¿Te confieso algo, Aria? Cuando vi a las chicas jugando y riendo con este querubín, tan despreocupadas de la vida, sentí esa calidez nostálgica que no experimentaba desde que era un arrapiezo que se escondía tras las faldas de su madre y buscaba tranquilidad en su regazo. Casi lloro."

– "Que hermoso." – Dije con sinceridad. – "Es increíble como los actos más simples son los que más llegan al corazón, ¿cierto?"

– "Definitivamente." – Permitió al chiquillo morderle el dedo. Ya es costumbre. – "Y lo mejor, me hizo darme cuenta que después de todo, tienes razón. Serían buenas madres; Fantásticas, cariñosas y dedicadas. Merecen gozar de esa dicha todos los días."

Me alegraba el alma escuchar al casero hablar de esa manera. Me sentía identificado con él; Ambos somos jóvenes a cargo de grandes responsabilidades que la mayoría del tiempo pueden lucir abrumadoras. Y aún así, son actos diminutos pero con mucho significado los que nos recuerdan la razón de nuestro esfuerzo.

– "No hay duda, pero, ¿no cree que se está adelantando demasiado, Herr Kommandant?" – Le pregunté, asentándome. – "Es decir, todavía no se decide por ninguna chica y ya está nervioso por los bebés."

– "Sucederá eventualmente, no nos hagamos los inocentes, Aria." – Confesó, regresándome a Sarver. – "Seis candidatas, todas deseosas, todas amorosas, ¡Y todas hermosas! Sería un idiota si no aprovechara tal oportunidad."

– "Entonces, ¿admite que sí terminará poniéndoles el anillo a alguna de ellas?"

– "¿Qué hay de usted, agente?" – Rió, sonriendo con complicidad. – "¿Cuándo planea convertir a nuestra dullahan residente en la distinguida señora Jaëgersturm? ¿Esperará hasta agregar a su aliada rapaz para volverla una proposición doble?"

– "Aceptaré esa distracción y responderé que tal día llegará cuando usted vuelva a sus seis inquilinas en las señoras Kurusu."

– "Es un trato." – Ofreció la mano. Le seguí el juego y la estreché. – "Sólo no se los digas a las demás o podrían…"

Al verlo tornarse tan petrificado como una estatua, miré hacia la dirección en la que sus ojos se fijaban tanto. Mi mala suerte debió filtrársele al pobre hospedador, porque no era una, ni dos, sino las seis inquilinas quienes nos observaban absortas desde la puerta de la cocina. Pasaron varios realmente tensos segundos donde el silencio imperó intransigentemente y ni siquiera una mosca se atrevía a decir pío. No había excusa ni ingeniosa coartada que nos salvara en esta ocasión; El grupo entero escuchó perfectamente el revelador discurso del muchacho y a juzgar por el brillo en los ojos de las presentes, tenían mucho, pero mucho interés en enterarse del resto.

Oh, Arachne mía, ten piedad…

– "¡C-Cariño! ¡¿D-d-de verdad lo dices en serio?! ¡¿Realmente planeas…?! ¡Hey!"

– "¡Amado, me llena de célico júbilo el contemplar nuestro futuro juntos! ¡De aceptarme como su eterna compañera, le prometo llenar su vida de apoteósicas exultaciones! ¡La Gran Sir-!"

– "¡Mi Señor! ¡¿Mis oídos han escuchado correctamente?! ¡¿Mis denodadas plegarias finalmente han rendido frutos y usted ha decidid-!?"

– "¡Esposo, tengo hambre! ¡Y Suu también!"

– "¡Comida, comida!"

Como un tornado, las residentes de esta singular familia se encontraban más que deseosas de que el afligido casero confesara lo que él prácticamente había gritado a los cuatro vientos. Excepto las pequeñas, cuya preocupación recaía en la exigua cantidad de alimentos en sus estómagos que en los hipotéticos asuntos matrimoniales. Me gustaría decir que mi arácnida congénere se mantuvo estoica y se izó solemnemente como un perfecto axioma de circunspección y sensatez, pero ella seguía siendo una mujer con el corazón ilusionado y antes que pudiera intervenir en auxilio del pelinegro, la tejedora apartó a todas diestramente y tomó al estupefacto Kimihito, abrazándolo con todo y pedipalpos.

– "¡Largo, mujerzuelas! ¡Él es mío, mío! ¡Es mi Querido! ¡Mi… Precioso…!"

Emitiendo una risa digna de alguna saga de terror (y evitando pensar en cuán parecida era a las que escuché durante la persecución de ayer), Rachnera salió corriendo del lugar con muchacho en manos, siendo perseguida sin dilación por un iracundo pelotón de liminales, posiblemente pensando en hacer lo mismo si llegaran a adjudicarse a Kurusu. El tumulto provocó que Meroune callera de su silla mientras las otras corrían tras la tejedora. Pero eso no detuvo a la terca sirena, ávida de posar sus aletas sobre su amado administrador y reclamarlo para sí misma, y raudamente prosiguió la cacería de Arachnera dando energéticos saltos en el suelo, aprovechando la humedad de su cuerpo para deslizarse con mayor facilidad. Únicamente la arpía y la limo se quedaron junto a Haru y a mí.

– "Uhm… ¿Aria-nee?" – Habló la pajarita, viendo al torbellino de escamas y pelo alejarse. – "¿No vas a hacer nada?"

– "Bleh, mi misión actual es cuidar de Haru." – Encogí los hombros. – "Y ya les hacía falta ejercicio. ¿Tienen hambre, niñas?"

– "¡Sí, sí tenemos!" – Replicó Papi, alzando su ala y siendo imitada por su gelatinosa contraparte. – "¡Las tripitas nos hacen ruido!"

– "Sehr gut, siéntense y enseguida les sirvo." – Deposité al bebé en la silla, asegurando la mochila. – "Vigilen al nene, no tardaré."

Con eso, ellas pacientemente esperaron en la mesa y reanudé lo que el chico dejó cociendo en la estufa. Podía escuchar el caos que se había desatado por todo el inmueble, además de los diversos improperios que la lamia y la arachne intercambiaban, uniéndoseles incluso la centáuride y la sirena cuando la severidad de las amenazas aumentó. Sé que es mi deber evitar esta clase de percances entre los habitantes y que sería mejor frenarlos antes que terminaran agarrándose a garras y dientes, pero sinceramente (y desgraciadamente), tales incidentes son tan comunes que prefiero que se solucionen solos. Mientras mi irlandesa y el mocoso estén bien, por mí el resto puede asesinarse cuando quiera. Rayos, me he vuelto tan perezosa como Kuroko. Bueno, son gajes del oficio.

O quizás me pegó la apatía con sus piojos, yo qué sé.

El arroz y demás salsa del curry quedaron listos y los distribuí entre las hambrientas pequeñas que comenzaron a devorar como si no hubiera mañana. También me di a la tarea de abastecer al resto de los habitantes, aunque estaba indecisa entre concentrarme en calentar más alimentos o llamar a emergencias, a juzgar por los gritos que proseguían retumbando en el ambiente. Opté por quedarme para vigilar al pequeño y al dúo plumas-gelatina. Total, no salgo herida, las funerarias ofrecen descuento por volumen y con suerte Meroune me haya dejado parte de su herencia real. ¡Todos salimos ganando!

Ay, demonios, en verdad me estoy comportando igual que Smith. ¡Ya me infectó!

Antes que pudiera seguir indagando en cómo la cercanía de la coordinadora empezaba a afectarme o si sólo me rehusaba a admitir que soy una araña mezquina, el timbre sonó, captando nuestra atención. Dado que el dueño de la casa seguía en su papel de manzana de la discordia y las chicas recreaban la segunda guerra de Troya en suelo nipón, recayó en mí el recibir a nuestro invitado. Le solicité a la glauca limo que fuera tan amable de vigilar a Sarver mientras yo atendía la entrada, accediendo ella y dándome un saludo marcial con su probóscide. Agradeciéndole, me dirigí a la puerta y la abrí, revelando a una agradable visita.

– "Guten Morgen, Manako-san." – Saludé a la cíclope. – "¿Que la trae por aquí?"

– "Buenos días, Aria-san. Únicamente deseaba entregarle sus pertenencias." – Mostró una caja pequeña en sus manos. – "La Jefa las guardó antes de darles tremendo… Uhm, entrenamiento. Descuide, todo se halla incólume."

– "Ah, danke schön, scharfschützerin." – Agarré el recipiente y le hice una reverencia. – "Genial, mi gorra, mi peluche y mis muñequitos. Erm, no me pregunte por esos últimos."

– "Descuide, Aria-san, no lo haré. Y sinceramente, Tio-san posee una colección enorme de animales de felpa, no tiene por qué avergonzarse." – Sonrió y me ofreció otra caja. – "Por cierto, aquí también están su placa y armas. Bina-san informa que incluyó munición perforadora y de casquillo de cuproníquel."

– "Esa Zoe, siempre tan considerada." – Reí. – "Se lo agradezco, alférez, aunque no creo que necesite cargar con balas tan poderosas por ahora."

En ese momento la silla de ruedas de Lorelei, con todo y sirena incluida, salió volando por la ventana y aterrizó cerca de nosotras. A la velocidad del rayo, la denodada princesa se incorporó con ayuda de sus aletas pélvicas y, blandiendo una gigantesca caracola en su mano, montó nuevamente su transporte, empujándose vehementemente con sus brazos hasta la morada y reentrando dramáticamente a esta por la otra ventana, atravesando el vidrio.

– "Uhm, yo creo que sí." – Mencionó la francotiradora, ignorando el griterío que salía del interior. – "¿Necesita ayuda, Aria-san?"

– "Estaremos bien." – Disentí casualmente con la mano. – "Luego le paso la cuenta a la capitana. Y dígame, ¿cómo va todo por ahí? ¿Comieron bien ayer, después de todo?"

– "Tuvimos que aceptar el saciarnos en un Burger Fox, la furgoneta sufrió un desperfecto y tuvimos que recorrer el resto del camino a pie, dejándonos demasiado lejos de un buen restaurante." – Explicó la chica de un solo ojo. – "Aparte de eso, logramos interrogar al profesor Geber en el hospital, aunque según la Jefa, aún deberemos seguir investigando. De hecho, ahora mismo iba a las oficinas para llevarle todo el papeleo a Emily, sólo necesito entregarle sus posesiones a Cetania-san."

– "No se preocupe, alférez, yo misma lo haré por usted." – Afirmé. – "Ella vendrá más al rato y precisamente necesitaba darle algo personalmente."

– "Le agradezco su amabilidad, Aria-san." – Hizo una reverencia y me facilitó otro par de cajas. – "¿Cómo se encuentra el tierno Haruhiko?"

– "Mejor que todas nosotras. Y no exagero."

– "Bien, en ese caso, paso a retirarme. Gracias de nuevo por auxiliarme, amiga, que tenga un excelente día."

– "¡Miia, no lo hagas!" – Oímos a alguien exclamar desde la casa. – "¡Dispárale a ella, a ella!"

– "¿Segura que no necesita asistencia?" – Interrogó la cíclope. – "Tengo tranquilizantes en el auto."

– "Es sólo una inofensiva reyerta familiar." – Dije sonriendo, haciendo caso omiso al sonido de fuertes golpes. O tal vez fueran disparos, no estaba segura. – "Acabará antes de que lo que canta un gallo, no se moleste."

– "Si usted lo dice." – Suspiró la francotiradora. – "Nos vemos, Aria-san. Y por favor, no dude en llamarnos de ser necesario."

– "Todo estará bajo control. ¿Ya está lista para la celebración de mañana?"

– "Por supuesto. Hoy mismo iremos a conseguir un buen obsequio para Mio-san."

– "Me alegra."

El teléfono de la chica de púrpura cabello sonó repentinamente. Callando la curiosa melodía que había elegido como tono, oprimió el verde botón virtual y atendió sin dilación.

– "Manako aquí." – Cuestionó la veterana de MON. – "Me encuentro en la residencia Kurusu. Ya devolví sus pertenencias a Aria-san. ¿Qué sucede, Jefa? ¡¿Eh, de verdad?! ¡C-claro, enseguida voy! ¡No tardaré!"

– "¿Cuál es la situación, alférez?"

– "Llamada de emergencia. Una misión." – Dilucidó, guardando su celular. – "¿Recuerda los casos de homicidio que han sucedido en el bosque donde usted y las chicas terminaron?"

– "No quisiera hacerlo, pero sí." – Incliné la cabeza. – "¿No me diga que…?"

– "Aún es inconcluso, sin embargo parece que han dado con el culpable. O 'la culpable', en este caso."

– "¿Liminal?"

– "Una arachne." – Afirmó. – "Tarántula, para ser precisa. Deberé llevar las tranquilizadoras de alta concentración."

– "Entiendo. No le quito más su tiempo, Manako-san, suerte."

– "De acuerdo. ¡Adiós!"

– "¡Espere, alférez!"

– "¿Sí?" – Se detuvo, volteándose.

– "Las peludas no le temen al fuego, pero sí a ahogarse." – Elucidé. – "Sus vellos absorben líquidos rápidamente y las hacen demasiado pesadas para flotar. Pero cuidado, una vez rodeadas, lucharán hasta la muerte."

– "Descuide, Aria-san, no será la primera de su especie con quien lidiamos." – Hizo una reverencia. – "Gracias por la preocupación. ¡Nos vemos!"

– "¡Auf Wiedersehen!"

La veterana de MON subió a su vehículo y sin prestarle atención a una silla que chocó contra su transporte, partió en dirección hacia la salida de la ciudad. Yo suspiré y, tomando las cajas en mis manos, regresé al interior del campo de batalla en el que se había transformado la residencia Kurusu. Sorteando la tierra de nadie antes conocida como sala y asegurándome que el bebé continuara bajo la vigilancia de la leal Suu, deposité los contenedores en mi habitación y los guardé dentro del ropero. A continuación, me hice con mis fieles Hummel y Erika, revisando que estuvieran preparadas con al menos una bala y las coloqué en mis fundas. Tampoco es que planeara llenar de plomo a las inquilinas, pero cuando se trata de una liminal con el yanderismo desatado y multiplicado por cuatro, nunca se pueden tener suficientes precauciones.

Eso o mi naturaleza de asesina serial finalmente ha despertado… Ay, mamá araña, lo de ayer si me afectó.

Lista y cargada, tomé mi gorra de las SturmSchütze y ostenté mi reluciente placa en mi cinturón. Estaba vestida de manera regular, pero con dos pistolas y mi porte natural de depredadora, era más que suficiente para imponer mi autoridad sobre cualquiera, no importa que tan motivadas las hormonas les hayan puesto. Usando mi expresión más pétrea y el paso más marcial que pude concebir en ese momento, me encaminé guiándome por la intensidad de los improperios que las cuatro azoradas mujeres proferían casi al unísono desde el segundo piso. Kimihito se mantenía afónico, tal vez impedido para hablar por la seda de Rachnera, quizás por hallarse en inconsciente estado o incluso por haber encontrado la muerte durante el ajetreo, pero eso lo comprobaría en poco tiempo.

Caminé lentamente por las escaleras, contemplando casi estupefacta las diversas marcas de garras, escamas y pezuñas perisodáctilas en las paredes mientras subía. Había también cabellos de diversos colores y un líquido que esperaba fuera sudor regados por los escalones. Entre más avanzaba, las imprecaciones aumentaban así como los daños en los muros, como una bizarra galería audiovisual de arte dedicada a la violencia existencial. Entonces, mi recorrido me llevó hasta el ático, donde la cacofonía apenas y era camuflada por la madera, permitiendo seguir oyendo con claridad la ferocidad de la dantesca lucha que debía estarse desarrollando.

Revisando que mis armas no tuvieran el seguro colocado y rezando a Tique por otro pequeño destello de fortuna, tragué saliva sonoramente al tiempo que jalaba la cadena que liberaba la pequeña escalera hacia los aposentos de mi congénere tejedora. Creando un agudo chillido al descender, los peldaños igual dejaban ver algunas de sus secciones rotas. Tronando los huesos de mi cuello y estirando mis dedos, desenfundé mis armas y paulatinamente subí hasta la trampilla que permite acceso al cuarto de Rachnera. Encomendándome a mis dioses, abrí la puertecilla y raudamente me introduje lo más rápido que mi destreza de sparassidae me permitió, apuntando las pistolas, lista para actuar.

– "¡Quietas ahí! ¡Por la autoridad que me conceden el Keisatsu-chō, el Departamento de Operaciones Especiales y el escuadrón Monster Ops: Extermination, quedan todas detenidas! ¡Las manos al aire y-!"

– "¡Ahí está esa zanquilarga!" – Exclamó Miia, señalándome. – "¡Atrápenla!"

– "¿Eh?"

Sin importarles que una cazadora perteneciente al equipo de élite liminal por excelencia estuviera apuntándoles con dos pistolas y contara con la autorización legal para apresarlas y posteriormente deportarlas, el grupo de cuatro logró tomarme a mí por sorpresa. Ignorando cómo, por qué o siquiera haciendo lógica alguna, pronto me volví la prisionera y me encontré capturada en una sedosa prisión.

Y con eso me refiero a que me obligaron a usar un vestido de novia.

Bueno, no un atavío nupcial precisamente, más bien un diseño muy prematuro a manera de boceto que la tejedora debió crear en un santiamén, compuesto únicamente de una sola pieza blanca, con uniones algo toscas y que quedaban muy holgadas para mi esbelta figura. También iba acompañado de un velo corto semitransparente, el cual era actualmente un simple pañuelo. Antes que pudiera procesar lo que sucedía, las chicas me revisaron de pies a cabeza, dividiéndose diversas funciones y, contrastando completamente con el comportamiento de hace unos minutos, trabajando en conjunto.

– "Noventa y dos de busto." – Anunció la centáuride, mesurándome con una cinta métrica. – "Cincuenta y tres de cintura."

– "Un momento…" – Intenté protestar.

– "Ochenta y cuatro de cadera." – Complementó la ofidia, usando otra. – "Doscientos treinta de altura. ¿Lo estoy haciendo correctamente, Rachnee?"

– "Muy bien, Miia." – Respondió la aludida. – "Recuerden que la tela debe permitir espacio para que los pedipalpos no dejen al descubierto mucho de la zona. Mero, ¿Cómo va ese pedido?"

– "¿Perdón?" – Traté nuevamente. – "Quisiera decir…"

– "Deme un momento, Rachnee-sama." – Replicó la ojizarca de pelo rosado. – "¿Creen que el anillo de Lala-sama combine mejor con un diáfano diamante o un añil zafiro?"

– "¡Pide ambos si es necesario, aliento de pescado!" – Ordenó la pelirroja. – "¡Lo importante es que Aria se lo ponga en el dedo!"

– "Miia, por favor, sosiega tus impetuosos arrebatos." – Habló la rubia, midiendo mis brazos. – "Recuerda que también debemos incluir a Cetania en la ecuación y convencerla de aceptar."

– "¿Alguien podría decirme que está sucediendo?" – Probé por tercera ocasión. – "¿Y dónde está Herr Kommandant?"

– "Por supuesto que la rapaz accederá." – Acotó la tejedora. – "Tan pronto vea la argolla en su dígito, olvidará toda rivalidad y formará una alianza con la dullahan para vivir felizmente con su alemana."

– "Más te vale, pulga gigante, de lo contrario nuestro plan se viene abajo." – Respondió la ofidia. – "¿No pudiste hacer algo mejor, insecto de ocho patas? Este vestido es más grande que esas sobrecamas que Cerea usa de falda."

– "¡Oye!" – Reclamó Shianus.

– "Intenta crear un atavío de la nada en menos de cinco minutos, lombriz aguada." – Contestó Rachnera. – "Esto es sólo una prueba, haré el verdadero una vez se confirme la boda."

– "¡ALTO!"

Con esa vociferación a toda mi capacidad pulmonar, logré detener tanta farfulla y obtener la atención de las presentes.

– "Bien, señoritas, ¿podrían tener la minúscula amabilidad de informarme lo que acontece aquí?" – Interrogué, cruzándome de brazos. – "No se los pido únicamente como su amiga, sino como una ejecutora de la ley. Y, si cooperaran con despejarme las innumerables dudas que tengo, se los agradecería mucho."

– "¿No es obvio, cazadora?" – Inquirió Rachnera. – "Te estamos preparando un traje de novia."

– "¿Eh? ¿Y para qué?"

– "Para que contraigas matrimonio con Lala." – Aclaró Centorea.

– "Oh, ya veo, dan-¡¿Qué?!"

– "Y Cetania-san." – Habló Lorerei. – "No se olvide de la señorita arpía, Centorea-san."

– "¡¿Qué qué?!"

– "Y ya que Mero no se resuelve, también deberías elegir los anillos." – Terció la poiquiloterma. – "El precio no importa, que ella es millonaria."

– "¡¿Por qué?!"

– "¿Acaso debo repetírtelo, germana?" – La tejedora injirió. – "Para desposar a tus amadas."

– "¡¿Qué?!"

– "Disculpa nuestra abrupta decisión sobre tu futuro, Aria." – Intervino la centáuride. – "Pero es necesario que celebremos su boda para que nosotras también podamos."

– "¡¿Y eso por qué?!"

– "Son las condiciones que usted y mi Amado concordaron respecto a nuestras nupcias, Aria-sama." – Externó la sirena. – "¿O es que usted no quiere enlazarse con las mujeres que tanto adora?

– "Bueno, claro que sí…" – Me pausé. – "¡No, ese no es el punto! ¡Por el casco de Ares, díganme que rayos está pasando de una maldita vez!"

Repentinamente, el llanto de Haruhiko resonó desde la planta baja, captando la atención absoluta de todas. Sin dilación, las cuatro acudieron al llamado del pequeño y se retiraron raudamente como manada más o menos organizada del lugar, dejándome sola. Antes que me fuera posible hacer otra rabieta por tanta ridiculez ocurrida en un intervalo tan escaso de tiempo, el sonido de alguien haciendo ruidos ahogadamente me hizo dirigir mis seis ojos al techo.

Me sorprendí al ver a Kimihito pegado con telaraña al techo, amordazado con esta y perfectamente inmóvil, excepto por sus resignadas expresiones faciales. Quitándome la prenda de encima, acudí en auxilio del hospedador, escalando el techo y deshaciéndome de mis guantes. Procurando no lastimarlo, corté los sedosos amarres con mis filosas garras, liberando al vapuleado muchacho y depositándolo en el suelo.

– "Uf, gracias, Aria." – Suspiró el pelinegro. – "Sin duda, esa fue una demostración algo drástica del poder de las palabras."

– "Luce demasiado calmado para haber sobrevivido a tremendo huracán de progesterona liminal, Herr Kommandant." – Comenté, colocándome mis armas de nuevo. – "¿Tan habituado está a esto?"

– "C'est la vie." – Encogió sus hombros. – "Eso que no nos mata, nos acostumbra a la vida marital."

– "Y eso que Nietzsche nunca se casó." – Reí. – "Admiro su voluntad de acero, mein Herr. Eso o en verdad ya quedó tocado de tanto convivir con nosotras."

– "Un poco de ambos." – Bromeó también. – "Y si crees que estoy loco, en el fondo lo disfruto."

– "Lo perdimos definitivamente." – Disentí con la cabeza. – "En fin, mejor veamos que Haru tampoco se vea envuelto en otra trifulca a manos de las cuatro jinetes del Apocalipsis."

– "Y las cuatro son muerte."

Bajando del ático, llegamos hasta la sala, encontrando a las chicas trabajando diligentemente para cambiar el pañal sucio del joven Sarver. Nuevamente, desplegaban una contradicción absoluta de su comportamiento anterior, actuando calmadamente como un grupo unido en pos del bienestar del pequeñín. Era curioso, un niño de catorce meses poseía más poder de pacificación que una agente armada. El dueño de la casa sonrió ante tan bonita escena, yo sólo me alegré que no continuaran causando más destrozos.

Eso y porque significaba que yo no tendría que limpiarlo otra vez.

Con el retoño atildado y durmiendo tranquilamente en los brazos de la ojizarca centáuride, quien luego me lo entregó, las presentes tomaron asiento en la mesa y empezaron su desayuno, agradeciéndome por tomarme la molestia de alimentarlas a pesar de su reprobable conducta. Me sentía como una madre que le perdonaba temporalmente las travesuras a sus mocosas porque sabía que no podía dejarlas con el estómago vacío. Me gustaría también usar calzado para aplacarlas con ocho chanclas, como decía Titania que es costumbre en su país, aunque para estas escandalosas sería preferible darles con botas militares.

– "Entonces, todo fue una broma…" – Mencionó la lamia, meneando su vaso con desgano. – "Debiste decirlo desde el principio, Cariño."

– "Lo intenté, pero no me dejaron hacerlo." – Respondió el mencionado, tomando el arroz con sus palillos.

– "En todo caso, creo que jugar con un tema tan delicado no fue la mejor opción, Mi Señor." – Comentó Cerea, degustando su ensalada. Le echó un poco de sal porque no soy vegetariana y el sabor nunca me queda bien. – "Especialmente sabiendo lo importante que es para nosotras."

– "Aunque nuestro proceder tampoco fue muy ilustre, Centorea-san." – Injirió Meroune. – "Le rogamos nos exonere de tan deplorable conducta, Amado."

– "Está bien, Mero, lo importante es que ya pasó." – La reconfortó el chico. – "Aún así, agradecería que me dejaran hablar antes de apresarme y de paso enredar a la pobre Aria."

– "Y en todo caso, realmente dieron un paso atrás, chicas." – Comenté. – "Creí que ya habían abandonado su fase obsesiva. Especialmente tú, Rachnee; Eres como mi hermana mayor, deberías poner el ejemplo."

– "No me sermonees, cazadora, que tampoco eres una inocente angelita." – La tejedora sonrió maliciosamente. – "¿Oh ya olvidaste al fantasma?"

– "¡D-d-de todas maneras! ¿Qué te hizo actuar tan impulsivamente y quebrar tu usual madurez? ¿Estás en tus días?"

– "Ugh, creo que esos dulces de café estaban demasiado concentrados." – Talló su sien. – "Mero, ¿dónde los ordenaste?"

– "Me los envió una buena amiga actriz como agradecimiento por mi ayuda con un papel importante para ella." – Replicó la acuática. – "Pero la cuestión principal es: Amado, incluso si sus declaraciones anteriores no eran serias, ¿Sus temores respecto al matrimonio y paternidad son reales?"

– "De hecho… Sí, lo son." – Admitió Kimihito, exhalando y mirando al techo. – "Chicas, las adoro, en verdad. Convivir con ustedes es una dicha, lo mejor que me ha pasado en mi intrascendental existencia. No hay día que no agradezca que ustedes hayan llegado a mi vida y no hay momento en que desee que alguna falte. Así es, se han vuelto parte demasiado importante para mí y en este punto, no tiene sentido seguir fingiendo lo obvio."

– "¿A qué te refieres, Querido?" – Indagó la tejedora.

– "Que todas merecen ser felices." – Declaró con una tenue sonrisa. – "Y son dignas de ver sus sueños hechos realidad."

Eso fue un bombardeo total al corazón de las comensales. El muchacho abandonó toda sutilidad y descargó la artillería pesada directamente sobre sus objetivos, sin darles oportunidad de resguardarse en las trincheras. Si bien no usó las palabras precisas, fueron lo suficientemente contundentes para dejar el mensaje claro. Las seis mujeres que conformaban el ahora declarado harén del administrador, enmudecieron al instante y sus globos oculares se abrieron tanto que podrían salirse de orbita de continuar tan estupefactos. Mientras tanto, observando desde la periferia, yo me debatía entre aplaudirle al chico por finalmente sincerarse y aceptar tan osada misión… O darle un par de coscorrones por haber empeorado la situación.

Fuera cual fuera la reacción de ellas, ninguna terminaría de manera pacífica o segura para Kurusu.

– "¡¿C-C-Cariño?!" – Miia fue la primera en quebrar el incómodo silencio y tomar al hospedador de sus hombros. – "¡¿A-acaso estás confesando que en verdad planeas desposarnos, después de todo?!"

– "Bueno, yo…" – Trató de decir algo. Sentí un enorme déjà-vu.

– "¡¿A todas?!" – Injirió Lorelei.

– "¡¿Al mismo tiempo?!" – Terció Arachnera.

– "Me refería a…" – Intentó nuevamente. Conozco lo fútil que es eso.

– "¡¿Paso demasiado tiempo junto a Jaëgersturm, verdad, Mi Señor?!" – Cuestionó Shianus.

– "¡Hey!" – Protesté.

– "¡Nos vamos a casar! ¡A casar!" – Manifestaba jubilosa Papi. Bien por ella.

– "¡Amo ama a todas!" – Declaró la limo. – "¡Suu también!"

– "Chicas, nunca dije explícitamente que…" – El titular de la residencia insistió en captar su atención. Inopia en su máxima expresión.

– "Eso significa…" – La ofidia observó fijamente a las demás, su rostro tornándose tétrico. – "Que después de todos mis esfuerzos…"

– "Uhm, ¿Miia?" – El pelinegro tembló por esa mirada. Yo también, y me alejé lentamente del epicentro.- "¿Q-qué pasa?"

– "Yo…" – Musitó con voz gutural la pelirroja. – "Yo…"

– "Ay, mamacita…"

– "¡Al final podré usar un vestido de novia!" – Exclamó la poiquiloterma, sus ojos tan brillantes como estrellas. – "¡No puedo creerlo, mi sueño se realizó!"

– "¿Eh?" – Dijimos yo y Kimihito al unísono.

– "¡El esperado día ha llegado!" – Expresó Meroune, con la misma mueca extasiada. – "¡Ya casi puedo oír las campanas sonando majestuosamente en la catedral!"

– "¡Debo avisar a mi progenitora de inmediato!" – Clamó la rubia centáuride, sonrojada pero embelesada de fantasiosos ímpetus. – "¡Hacerle saber que pronto será abuela!"

– "¡U-un momento, no se me descontrolen de nuevo!" – Imploró el asustado Kurusu. – "¡Rachnee, ayúdame aquí!"

– "Gracias, Arachne mía, por bendecirme con tanta felicidad…" – Musitaba ensimismada con sus manos juntas en el pecho, viendo al horizonte. – "Que tu sempiterna seda nos una a mí y a mi Querido por toda la eternidad…"

– "¡Spinne weniger, Herr Kommandant!" – Proferí. – "¡La perdimos, la perdimos!"

– "Santa Madoka que estás en el cielo…" – Empezó a orar desesperado. – "Olvidé el resto, pero ya me entendiste, Madokita."

No había salida, incluso Papi y Suu habían sido absorbidas en el trance. En ese instante, las llamas del Olimpo se encendieron dentro de mi cerebro; Era momento de usar mi as bajo la manga. Sólo esperaba no me saliera el tiro por la culata y acaba empeorando las cosas, aunque ignoraba como podría ser menos favorable. Corriendo a mi cuarto y dejando a Haru junto a un peluche de pulpito, perfectamente a salvo en su hamaca, tomé el objeto crítico de mi plan y regresé con celeridad hacia la zona de batalla. Llegué en el momento indicado, cuando las ahora seis diabólicas liminales estaban a punto de hacer cosas indescriptibles con el indefenso muchacho.

– "¡Achtung!" – Alcé mi mano y los decibeles de mi voz. – "¿Darf ich um Ihre Aufmerksamkeit bitten?"

– "¿Qué dijo?" – Se preguntaron todas.

– "Creo que sólo quiere que le prestemos atención." – Opinó Kimihito. – "Adelante, Aria."

– "Danke, mein Herr." – Hice una reverencia. – "Bien, ahora que tengo su interés, quítense el cerumen de las orejas, abran sus oídos y cierren sus bocas porque no lo repetiré. ¿Verstanden?"

Todos asintieron. Me crucé de brazos y aclaré mi garganta.

– "Sehr gut. Como decía, en vista de que ustedes parecen actuar antes de usar el sentido común y siendo yo la única agente autorizada para ejercer directamente la jurisprudencia en esta casa, me veo en la necesidad de actuar como la intérprete de nuestro casero." – Aclaré. – "En primer lugar y antes de seguir perdiéndose en sus entelequias y sueños de adolescentes, quisiera esclarecer que Herr Kommandant, aquí presente, nunca manifestó en concreto que iba a volverlas sus esposas, especialmente en este momento."

– "Pero…" – Cerea alzó el dedo tímidamente.

– "Centorea, heredera de la familia Shianus, recuerdo haberles pedido silencio." – Enuncié pétreamente. – "¿Pretende desobedecer la orden directa de un elemento de la ley?"

– "Aria-nee…" – Papi cruzó sus alas. – "No seas mala con Cerea-nee… O te acuso con tu novia."

– "C-continuando con mi discurso…" – Tartamudeé, intentando ignorar a la arpía. ¡Odio cuando explotan mis puntos débiles! – "Ehem… Es necesario que sepan también que eso no significa que tal desenlace pueda no pueda ser posible, ¡Y recalco en el término 'posible'!"

– "¿Podrías cesar tanto circunloquio e ir directo al grano, araña?" – Sugirió Miia. – "Ya ni Lala abusa de la perífrasis."

– "Bien." – Acepté torciendo la boca. ¡Demonios, no me arruinen la inspiración! – "Lo que deseo expresar, es que en lugar de pelear como niñas chiquitas por nimias promesas que ustedes efusivamente han conjeturado de la nada, sería mejor que se concentraran en ser mejores personas para con el pobre Kimihito. ¿Lo aman? Seguro que él también, ¿pero acaso esperan que les ponga el anillo tan abruptamente? Y aunque pudiera materializar uno de la nada, ¿en verdad piensan que el muchacho va a proponérseles así de rápido sólo porque ustedes están más desesperadas que animales en celo?"

– "Tú lo oíste también, cazadora." – Injirió Arachnera. – "Prácticamente se nos declaró."

– "Me sorprende de ti, hermana. Siempre me has figurado tan paciente. ¿Los dulces de café siguen afectándote?"

– "Sabes perfectamente lo importante que es una confesión de esa índole, Sparassediana. Yo me tomo más en serio tal tema de lo que piensas."

– "Y yo también, pero no ando hostigando a Lala o presionándola para que se vuelva mi esposa."

– "Es fácil para ti decirlo, Aria." – Fue el turno de Miia. – "Se aman y ya se volvieron pareja, no tienes que preocuparte por nada excepto de no cometer alguna tontería. Y mira que casi rompen en una ocasión."

Gracias, escamosa, eso era precisamente lo que quería escuchar.

– "Y dime, Miia." – Incliné la cabeza. – "¿No se supone que tu Cariño también te ama, como supuestamente acaba de confesar?"

– "¿Nos das la razón?"

– "Tú me la estás dando." – Sonreí. – "Si se supone que ha revelado su devoción hacia ustedes, ¿entonces cual es la preocupación? ¿Temen a que deje de quererlas? ¿Por qué lo haría? ¿Su mal comportamiento?"

– "Sólo deseamos asegurar nuestro futuro, Aria-san." – Intervino la sirena.

– "Y el acoso es la mejor manera, ¿cierto?" – Repliqué sardónicamente. – "Miren, no quiero juzgarlas, chicas. Ya saben que he cometido tantos errores que ignoro como sigo viva. Y comprendo que ustedes hayan esperado por una confesión de parte de Herr Kommandant desde hace mucho que yo llegara aquí, pero si en verdad desean que su sueño pase de lo hipotético a lo tangible, sería mejor que tomaran una ruta menos fustigante."

– "¿Qué sugieres entonces?" – Interrogó Centorea.

– "Lo mismo que hice para lograr que una mensajera de la muerte lograra fijarse en esta torpe alemana: Dialogar." – Manifesté con seguridad. – "Así de simple."

– "¿Eso es todo?"

– "Síp." – Miré al chico. – "¿Herr Kommandant?"

– "Entiendo." – Caminó hasta el centro del lugar, frente a todas. – "Chicas, las quiero y todo. Y sí, al demonio, algún día tendré que dar ese paso, el cual estaré más que encantado de aceptar."

– "¡Eso quiere decir que…!" – Vociferó entusiasmada la serpiente.

– "Pero…" – El pelinegro colocó su mano en señal de alto. – "Eso será mucho después. No hoy, no mañana, ni el próximo mes. Necesito tiempo para ordenar demasiadas cosas en mi vida, como buscar un trabajo que me permita mantener tan siquiera a una de manera decente."

Suspiró y observó el color crema del techo.

– "Casarme con cualquiera significaría que pierden los beneficios del Programa y aunque sé que todas podrían apoyar económicamente, siento que es mi deber no sólo como esposo, sino también como hombre, el ser el proveedor principal." – Expuso. – "No deseo sonar machista, pero mi único deseo es que ustedes sean felices sin tener que preocuparse por cuestiones económicas. Además, si pasara todo el tiempo estresado por las finanzas, no podría concentrarme en el trabajo ni en la casa, dejándome con menos tiempo para disfrutar tranquilamente en su compañía. Así que, humildemente les pido que me tengan paciencia." – Bajó la vista y las miró a los ojos. – "Prometo no decepcionarlas ni dejarlas mal, eso se lo juro; Pero es necesario que esperen un poco más."

Hubo un pequeño momento silente después de eso. Algunas veían al piso, otras hacia un lado, acariciando sus brazos, apenadas. Tan simple discurso nos hubiera ahorrado tanta palabrería desde un principio, pero como el elocuente soliloquio del muchacho pregona, a veces sólo requerimos temple y paciencia para lograr nuestro cometido. Y al final, nadie salió herido ni tuve que recurrir a mis balas perforadoras.

– "Pero, Mi Señor…" – Musitó Centorea. – "Lo que todas queremos saber, es si usted, a pesar de nuestros defectos, nos ama…"

Exhalando, el aludido se acercó a la centáuride y, con metódica apacibilidad, colocó sus manos sobre el rostro de la mujer para lentamente plantar un breve pero concluyente ósculo en la mejilla de la rubia, cuya piel adquirió un rojo intenso en cuestión de cronones. Así, Kurusu se separó de la ruborizada equina, sonriendo.

– "Cerea…" – Susurró él, con una gallarda expresión que hipnotizó a la ojizarca. – "¿Acaso piensas que podría negarme a las albricias de su divino amor?"

No tendré un olfato tan sensible como el de Cetania, pero pude sentir la gigantesca descarga de estrógeno que las presentes despidieron al instante. Boquiabiertas, las seis féminas se mantuvieron paralizadas en sus lugares. Suu literalmente se derritió, volviéndose una glauca alfombra en la castaña madera del piso, con su probóscide oscilando vehementemente y una mueca de arrobamiento en sus pequeños ojos. Para ellas, Kimihito debía lucir como el donjuán de sus más vívidas fantasías en ese momento, especialmente con esa mueca de galán que rehusaba a borrar de su boca.

Debo pedirle que me enseñe la técnica; ¡Tendría a medio mundo a mis pies!

– "Por cierto, Aria." – Él chico volteó en mi dirección. – "¿Para qué te retiraste hace un momento?"

– "Oh, nada importante, Herr Kommandant." – Tomé los billetes de la bolsa de mi camisa, amarrados con una tira de papel. – "Sólo un poco de dinero que su amigo, el profesor Sarver, nos regaló para usted. Mi arma secreta para distraerlas, pero creo que ya no será necesario."

– "¿Eh? ¿Karu me envió efectivo? ¿Por qué?"

– "Nuestra recompensa por cuidar de su querubín." – Encogí los hombros y le ofrecí el paquete. – "Tenga, cien mil yenes enteritos para usted y sus novias, mein Herr."

– "Bueno, gracias. Vaya, no sé qué decir." – Los agarró, silbando. – "Sabía que Karu estaba algo chiflado, pero nunca que fuera tan generoso. Tal vez ser padre debió cambiarlo en más de una forma, ¿cierto?"

– "O quizás está consciente de lo extenuante que es vigilar a ese diablillo en pañales." – Bromeé. – "Originalmente eran cuatrocientos mil para MOE, pero repartiré el resto entre mi equipo."

– "¿No te parece mucho para mí?"

– "Después de todo lo que ha hecho, como darme asilo, tenerme paciencia, darme apoyo y sobre todo, hospedar a la mujer que amo…" – Enumeré. – "Esto es lo mínimo que puedo hacer para agradecerle su magnanimidad, Herr Kommandant. Disfrútelo, se lo merece."

– "Vale. Muchas gracias, Aria." – Me dio la mano y la estreché. – "¿Qué haríamos sin ti?"

– "Bueno, para empezar, se ahorrarían mucho en tapones para los oídos."

Ambos reímos. En ese momento, la lamia salió de su estupefacto estado y, como si la iluminación de Buda la hubiera alcanzado y llevado al nirvana, chasqueó sus dedos y apuntó enérgicamente a los billetes.

– "¡Un momento, Cariño!" – Gritó la ofidia. – "¡¿Cien mil yenes?! ¡¿Íntegros?!"

– "Erm… ¿Sí?"

– "¡Lo sabía!" – Prorrumpió la liminal de sangre fría. – "¡Tus amistades ya te envían dinero! ¡Es el regalo de bodas!"

– "¡¿Qué?!"

Ay, mamá araña… Lo hice peor.

Con sus fuerzas reanimadas y con los ojos brillando como faros, la manada de hambrientas predadoras se acercó lentamente al azorado casero, con las manos, alas y gelatinosos apéndices preparados para otro secuestro express en medio del día. Quise actuar, pero la mirada de Suu me advirtió que me mantuviera alejada o sufriría un castigo a base de acuosos tentáculos. Dado que la limo era invulnerable a mis balas, opté por acatar su afásica orden y observar desde el otro extremo de la cocina como el muchacho era rodeado por seis adictas al romance obsesivo. La poiquiloterma era la más cercana y fue la primera en dar el paso inicial, abalanzándose como una anaconda sobre un indefenso conejo, lista para literalmente sofocarlo en su frenesí de infatuación excesiva.

Y entonces, lo abrazó.

Sorpresivamente y desafiando nuestros preconceptos sobre la impulsiva sierpe, Miia rodeó a su amado con sus brazos y tiernamente lo acercó a ella, reposando su pelirroja cabeza en el hombro del hospedador. Nada de vituperaciones por parte del humano para escapar de la constrictora fuerza de la ofidia u otros exaltados despliegues de obcecación amatoria; simplemente una tranquila y afectuosa muestra de cariño sincero entre dos personas que, bajo las circunstancias menos esperadas, aceptaban sus sentimientos. Tal opinión era compartida entre el resto de las presentes, sonriendo en aprobación por tan gentil acción. Cerrando con broche de oro, la lamia propinó un breve beso a la frente de Kurusu, siendo el turno del administrador para sonrojarse. Nuevamente, la vida intercambiaba los papeles con una veloz vuelta de hoja.

– "Cariño…" – Susurró la poiquiloterma. – "¿Acaso piensas que podríamos seguir maltratando a nuestra razón de vivir?"

– "Miia…" – Musitó el aludido, atónito tanto por las palabras como lo hipnotizante que lucía la serpiente en ese momento.

– "Tranquilo, Cariño…" – Ella le puso un dedo en la boca. – "Sólo estábamos bromeando. No te preocupes, ya no seguiremos presionándote; Sabemos que necesitas tiempo, y nosotras estamos aquí para ayudarte."

– "Siempre podrá contar con nuestro apoyo, Mi Señor." – Cerea ofreció una ligera reverencia.

– "Y ya sea la que decisión que usted tome..." – Añadió Lorelei, luciendo muy regia. – "La aceptaremos incondicionalmente."

– "Sabemos que harás lo correcto, Querido." – Rachnera sonrió. – "Siempre lo has hecho."

– "¡Papi nunca dejará de querer a su Esposo!" – Manifestó la pajarita. – "¡Y Esposo nunca dejará de querernos también!"

– "Porque somos familia." – Acotó Suu. – "Y la familia siempre se mantendrá unida."

– "Chicas…" – Murmuró un conmovido Kimihito.

– "Y además…" – La pelirroja acarició su mejilla, acortando paulatinamente la distancia entre sus labios. – "Todavía falta lo más importante, guapo…"

– "¿Qué, Miia?" – Susurró, embelesado por su compañera de bífida lengua.

– "¡Medirte el traje de novio, por supuesto!"

Esperen, ¿Qué?

– "¡Papi, Suu, sosténgalo!" – Ordenó la serpiente. – "¡Cerea, todas las medidas que te sean permisibles! ¡Mero, pide cuantos anillos con diamantes te sean posibles! ¡Rachnera, necesitamos toda tu seda! ¡Vamos, equipo, la vida es demasiado corta para desperdiciarla soltera!"

– "¡Sí, señora!" – Replicaron al unísono las mencionadas.

Raudamente, la variopinta estampida salió con Kurusu en manos de la cocina y, trabajando impecablemente en equipo, subieron las escaleras hasta oírlas abrir la trampilla del cuarto de la tejedora, seguramente para torturar al infortunado hospedador con una sinuosa sesión de moda prenupcial contra su voluntad. Normalmente me preocuparía, pero sinceramente, ya estaba cansada de tan absurdo teatro y preferí regresar con Haruhiko. Además, si el chico ya admitió que les va a cumplir, que comience a acostumbrarse a los peculiares rituales de sus futuras esposas.

Total, ya tiene para pagar su terapia.

Sin prestarle atención a los lamentos de auxilio del afligido pelinegro, me encaminé a mi habitación. En el trayecto, bajando las mullidas escaleras, mi celular empezó a vibrar enérgicamente y las estruendosas guitarras del grupo Iron Maiden interpretando su éxito, Flight of the Icarus, resonaron por la bocina monofónica. Sonriendo al reconocer la identidad del llamante, tomé el teléfono y oprimí el gran botón verde de su digital pantalla para contestar.

– "Guten Morgen, Süsse." – Saludé a Cetania. – "¿Qué cuenta la arpía más guapa en este plano existencial?"

– "¿Eh? ¿Entonces sí sigues viva, besucona?" – Bromeó ella. – "Creí que ya estabas hundiéndote en el Aqueronte por cortesía de esa tirana de piel azul."

– "Ya extrañaba tu terrible sentido del humor, pajarraca." – Giré los ojos. – "¿Qué sucede, emplumada? ¿Arrepentida por andar de soplona?"

– "Al contrario, me gustó acusarte con tu mami como niña chiquita." – Rió. – "Nah, sólo avisarte que estoy a punto de ir para allá. ¿El demonio en miniatura está bien?"

– "El pacto de la familia Sarver con las fuerzas malignas le otorgan inmunidad a su retoño. Entonces, ¿ya vienes?"

– "Es lo que acabo de decir. Bien, deja me termino de arreglar y en menos de diez minutos ya estaré allá." – La oí revisar algunos cajones. – "Dime, araña, ¿te gustan más los aretes de atrapasueños o prefieres unos de bolita disco?"

– "Tú siempre luces hermosa con lo que lleves puesto, linda."

– "Sé que esperas que te agradezca por el cumplido, pero también quisiste decir que mi apariencia no cambia a pesar de mi esfuerzo por mejorarla."

– "Ay, siempre matando el romance, plumero parlante. Vale, usa el tribal, ¿sí? Me gustan tus raíces nativo-americanas."

– "Alright. ¿Llevo sostén o voy al natural?"

– "Ven más tapada que una monja, exhibicionista. Hace algo de frío y no quiero que andes con las luces altas frente a todo el mundo."

Además que debería hablar con Smith sobre el atuendo formal de la rapaz. Ya sé que ella no puede vestir pantalones como Dyne, pero eso de usar falda cuando se es una criatura voladora como que no cuadra. Al menos la americana se asegura de usar shorts debajo de esta para no andar enseñando las bragas.

– "Serénate, rubia, que era broma. Ush, eres peor que Palakya." – Contestó sardónicamente. – "Ah, rayos, no encuentro mi collar. Más le vale a Smith que no me lo haya robado o la arrojo al mar encadenada de un yunque."

– "Oh, de hecho Manako pasó esta mañana a entregarme mis pertenencias y le pedí que me dejara las tuyas. Aquí deben estar."

– "Ah, ya veo. Bien, eso me tranquiliza. Ya casi termino. ¿Alguna prenda en especial que desees verme usar, flaquita?"

– "¿Y ahora por qué el repentino interés en la moda?"

– "Hey, ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una cita hecha y derecha? Digo, la más reciente terminó con balazos y terroristas. Quiero que esta sea mejor."

– "Vamos a cuidar al bebé como nos ordenaron, pajarucha, no a pasear como un par de enamoradas."

– "Y luego dices que soy la que arruina el romance…" – Hizo sonido de desaprobación. – "Vamos, araña, sólo quiero lucir presentable cuando nos vean juntas. Y espero que también te hayas esmerado con tu vestimenta. No andarás con trapos regulares, ¿verdad?"

– "¿Y qué si los ando?"

– "Ah-ah, nada de eso, flaca. O te pones bonita o te quedas solita."

– "Conociéndote, la segunda opción no está tan mal."

– "Ojalá mi arma tampoco se encuentre ahí, o te abriré un par de fosas nasales nuevas, insolente. ¿Te vas a arreglar o no?"

– "Sólo te importa la apariencia…" – Fingí tristeza. – "No creí que fueras tan superficial, Cetania…"

– "Si no puedo arreglarte el olor, al menos que luzcas bien."

– "¡Cállate!"

– "Es broma, es broma." – Se rió. – "Dejándonos de tonterías, te veo en diez. ¿Ya pensaste en dónde iremos?"

– "Tengo algunas ideas, pero las discutiremos cuando llegues." – Retomé camino a mi habitación. – "Por cierto, debemos asegurarnos de llegar a las tres en punto al Aizawa."

– "¿Van a correr finalmente a la dullahan?"

– "Me haces perder la cabeza de la risa." – Torcí la boca. – "No, incordio alado, es tanto para disfrutar de las deíficas viandas de Lala como para discutir el asunto de la fiesta."

– "Bueno, eso suena mejor." – Hizo una pausa. – "Lo de hablar, no lo de la comida. Para eso llevo medicina para el estómago, por si acaso."

– "Sólo trae tu trasero emplumado de una vez, fastidiosa. Y ponte ropa interior, no quiero repetir lo del gimnasio."

– "Sí, sí. Tenme paciencia. Y ponte algo tan bonito como esta grandiosa rapaz."

– "¿Un pañal usado de Haru?"

– "Kiss my ass, Blondie."

– "Con mucho gusto." – Solté otra risa. – "Vale, vale, te espero, pajarita. Me pondré como supermodelo para dejarte con la boca abierta."

– "Espero eso incluya cirugía plástica."

– "Verpiss dich, falke." – Le saqué la lengua. Daba igual que no pudiera verme. – "Apúrate, ¿sí?"

– "Ya voy, desesperada. Ocho minutos, flaca, ¿ok?"

– "Sehr gut. Ich liebe dich, Süsse."

– "I love ya too, Blondie. ¡See ya soon!"

– "¡Auf Wiedersehen!"

– "Por cierto, ¿me pongo labial o crees que me vería muy falsa?"

– "¡Date prisa, con un demonio!"

Ignorando yo sus vituperaciones en anglosajona lengua, ella finalmente finalizó la explayada conversación. Guardando mi teléfono, entré a mi recamara y me encontré con el pequeño Sarver, durmiendo plácidamente en su hamaca. Será todo un mocoso llorón, fastidioso y gritón con incansables pulmones de dictador austriaco, pero hay que reconocer que luce como un verdadero serafín cuando está tan calmado y abrazando su peluche. Tratando de no despertar al joven durmiente, me deshice de mis prendas actuales para trajearme como me indicó la castaña. Confieso que también deseaba verme bien para nuestra reunión, y admito que igualmente la consideraba una cita, aunque fuera con niño incluido. Sólo esperaba no terminar cubierta de escombros como la vez anterior.

Ya que realmente no contaba con mucha ropa que no fuera igual que la que llevaba puesta, decidí que el segundo uniforme que Rachnee me hizo sería la elección para pavonearme por la urbe de concreto a lado de mi amada americana, y, si Tique me era generosa, también junto a mi adorada irlandesa. Además, ya tenía ganas de estrenarlo. Abotonando la gris camisa y palpando la suavidad de la tela de la tejedora, me coloqué la falda negra encima, seguida del oscuro saco y complementado por el cinturón y la gorra de las SturmSchütze.

Confiada y sabiendo que la opinión no cambiaría con mi ya de por sí fascista apariencia, también agregué la banda roja en mi brazo. Como toque final, situé los pines de tanque y guadaña sobre las bolsas pectorales. Me di varias vueltas frente al espejo, admirando lo perfecta que me quedaba tan marcial vestimenta. Agradeciendo mentalmente a mi congénere por haber concebido tan esplendorosa maravilla textil, me di un golpe en el pecho. Estaba lista.

– "Y les pregunto, señores míos…" – Hice ademán soberbio a mi reflejo. – "¿Quién puede negar que la gran Aria Jaëgersturm no es menos que esplendorosa?"

– "¡Adia!" – Habló de repente el chaval. – "¡Azi fea!"

Como odio a ese niño.

Tomé el bolso de mano, el grande con las pertenencias del chiquillo, me puse la mochila en el frente, coloqué al niño dentro de esta y me trasladé hasta la sala a esperar a la halcón, faltando apenas un par de minutos para que arribara. Descubrí que las chicas habían retomado el desayuno y las saludé, informándoles que pronto saldría a cumplir mi misión junto a mi aliada emplumada. Deseándome suerte y regresándoles el gesto, prosiguieron charlando y degustando sus alimentos. No hice mención de Kimihito, sentado en la silla del centro y con una patidifusa expresión en su rostro. A juzgar por lo despeinado de su cabello y las numerosas marcas de lápiz labial cubriéndole casi en su totalidad su cara, asumí que estaba más que bien.

No pregunté si algo más que una invasión de ósculos aconteció entre él y las inquilinas, realmente no quería saber.

Puntualmente, la falconiforme aterrizó frente al portón de la residencia y ahorrándole la necesidad de tocar el timbre, abrí la puerta para recibirla con un efusivo abrazo y un cariñoso beso en sus hermosos labios, sin ninguna clase de pintura. Excelente, mi dama voladora no requería de maquillaje ni pintarrajearse artificialmente para verse radiante. Separándonos (y dejando respirar a Haru), contemplé lo bien arreglada que se había puesto la estadounidense. Como sugerí, se engalanó con sus pendientes tribales, además de llevar un muy ajustado pantalón de mezclilla azul que acentuaba perfectamente sus curvas, más un bolso rojo que reposaba en su lado izquierdo. Tal vez no fuera el ajuar más formal, pero no iba a quejarme por su impecable porte.

– "Sé que son geniales y todo…" – Mencioné a la arpía. – "¿Pero era también necesaria la camiseta de Iron Maiden, Süsse?"

– "Oye, es la edición especial del tour 'Somewhere Back in Time', cien por ciento genuina." – Infló su agraciado pecho. – "Me costó un mes de salario y otro medio más el conseguirla importada a Hachijō-jima, así que voy a usarla cuando se me pegue mi halcona gana."

– "Bueno, pero no te enojes, linda." – Alcé ambas manos en señal de paz. – "Te queda perfecta, en serio. Es que después que me comandaras a vestir mis mejores atuendos, creí que usarías algo más formal."

– "Dije que te pusieras guapa, no que te pusieras como la realeza, flaca." – Hizo ademán de despreocupación. – "Además, tomando en cuenta que nuevamente te endomingaste con tu uniforme del Tercer Reich, creo que mi iconoclasta indumentaria es lo de menos."

– "Como sea, ¿no vas a saludar también al diablillo que tengo colgado?"

– "¡Claro que sí!" – Se colocó sus manos postizas para agarrarlo y juntar su nariz con la de él. – "¿Cómo está este pedacito de cielo? ¿Me extrañaste, prechocho? ¿Esta alemana no te pegó sus liendres europeas?"

– "¡Tania nita!" – Reía el infante. – "¡Nita, nita!"

– "Oye, este nene sí que es muy inteligente." – Dijo la rapaz. – "Claro, chiquitín, yo soy la más bonita. ¡Y tú también!"

– "No puedo disputar la verdad en esta ocasión." – Reí, acariciando el pelo de la castaña. – "Hey, bebito, ¿y qué hay de mí? ¿También alabarás mi beldad?"

– "Fea." – Replicó secamente.

¡Argh! ¡Hijo de su…! ¡Carajo, ni siquiera puedo pensar en un improperio que exprese la bilis que este gremlin me hace derramar!

– "¡Pequeño demonio!" – Vociferé, queriendo estrujarle el cuello. – "¡Te voy a enseñar a respetar a la especie superior!"

– "Y además nunca miente. Todo un erudito en potencia." – Se mofó la americana, impidiendo que me acercara. – "En fin, ¿ya decidiste a dónde iremos, flaca? Y que no sea a una librería como sugeriste en aquella ocasión."

– "¿Todavía te acuerdas de eso, plumífera?" – Calmé mis ímpetus. No iba a pelear por un tonto comentario de ese enano.

– "¿Cómo olvidar nuestro primer paseo juntas por la jungla urbana, cazadora?" – Dejó que Sarver mordiera su dedo protético. No sé si tiene complejo de carnívoro. – "Yo enamorada de ti y tú ni siquiera captabas mis coqueteos. ¿Tan ingenua eras o en verdad Lala te traía como babieca?"

– "Oye, no seas tan dura conmigo, pajarita." – Respondí. – "Pasé toda mi vida sin que nadie me demostrara esa clase de afecto más allá del platónico o familiar, y este último ya era demasiado exiguo. No niego que en ocasiones sea una cabeza dura, pero tampoco puedes culparme por no darme cuenta de tus sentimientos. Perdón si crees que fui negligente, simplemente nadie había hecho algo similar conmigo en ese entonces."

– "Está bien, Aria, no quería hacerte sentir mal." – Me besó la frente. – "Tranquila, no te me aflijas. Además, también era mi primera vez tratando de seducir a alguien. Supongo tampoco puedo jactarme de ser una conocedora del tema."

– "¿Eh? ¿De verdad?" – Me extrañé. – "Es decir, ¿nunca intentaste conquistar a alguna chica de tu tribu? ¿O cuando emigraste al país? ¿Al menos insinuártele?"

– "Los Wankatanka me hubieran pateado por conductas degeneradas y aquí no conocía realmente a nadie. Las mujeres con las que trabajaba en Hachijō-jima nunca entablaron más allá de relaciones laboreales conmigo. Además, ninguna me gustaba." – Confesó, meciendo lentamente a Haru. – "Incluso al encontrar empleo aquí, mis compañeras seguían siendo reservadas. Yo era la única rapaz en un grupo compuesto mayoritariamente de comunes y corredoras, así que me tenían algo de miedo. Y no necesito decirte que incluso con mi familia adoptiva me sentía muy sola, hasta que te conocí."

– "Entiendo, Cetania. Realmente no lo sabía." – La rodeé con mi brazo y la pequé hacia mí. – "De verdad, gracias por haberme elegido como esa persona especial en tu vida. Prometo nunca decepcionarte, amor."

– "Lo sé, Aria." – Reposó su cabeza en mi hombro. – "Prometiste poner un anillo de compromiso después de todo, no puedes retractarte."

– "Lo juro por mi sempiterna alma, linda. Te amo."

– "Yo también."

Dándonos un tierno ósculo bajo la luz del sol matutino y el lejano trinar de las aves citadinas, reforzamos ese lazo tan fuerte que une a nuestros apasionados corazones, haciéndoles latir al unísono en una sinfonía de afecto y amor condensado en la unión bucal de un par de melosas enamoradas. Terminando el beso, la abracé afectuosamente mientras ella seguía con el pequeño en sus alas. Adoraba a esta musa que llegó desde el otro lado del mundo y, al igual que sus antepasados en las guerras mundiales, conquistó completamente a esta alemana y le entregó el preciado regalo del amor eterno. Estaba agradecida infinitamente con ella, y me aseguraría de que nuestro destino juntas fuera más que perfecto.

– "Rayos, flaca, siempre terminamos llorando como personajes de novela romántica amateur." – Rió la halcón, separándose y limpiándose una lágrima. – "¿Cuándo nos volvimos tan lloronas?"

– "Debe haber epidemia del síndrome sirenaico." – Bromeé. – "¿Te sientes mejor?"

– "Sí, gracias." – Besó la cabeza del bebé. – "¿Te importa si lo cargo un rato? Me siento muy maternal este día."

– "Todo tuyo, guapa. Ya tuve suficiente de él toda la mañana." – Le entregué la mochila para transportarlo. – "Deberíamos decidir a dónde lo llevaremos hoy. ¿Alguna idea?"

– "Creí que ya tenías algunas para considerar."

– "Todas eran terribles. Ninguna consideraba a Haru en la ecuación." – Hice una pausa. – "O a ti. Yo quería visitar las exhibiciones militares del Campo Asaka."

– "Ay, sólo piensas en ti, egoísta." – Me sacó la lengua al tiempo que se colocaba la bolsa con el niño. – "Yo pensaba en regresar al acuario y ver a las sirenas cantantes, pero creo que el chavalín se aburriría de volver al mismo lugar de ayer."

– "¿Qué tal si consultamos con la familia?" – Apunté con mi pulgar hacia adentro. – "Pasa, Peaches, esta es tu casa también. Lo digo en serio, estamos casi comprometidas, ¿no?"

– "Gracias, patata dulce." – Respondió, cerrando la reja. – "Pero ni creas que me mudaré a la misma morada que esa dullahan."

– "Descuida, dormirás encadenada afuera." – Reí. – "¿Quieres algo?"

– "Me encantaría otro poco más de ese té sabor durazno, si no es molestia."

– "Klein problem."

Entrando a la residencia, nos hallamos con Cerea atendiendo el teléfono situado en el genkan. Notó nuestra presencia e hizo ademán de que esperáramos un poco mientras terminaba la llamada.

– "Comprendo. Es una lástima, pero al menos está mejor." – Decía la ojizarca por el auricular. – "Sí, entiendo. Gracias de todas maneras, que tenga un buen día. Adiós."

– "¿Pasó algo, amiga?" – Indagué a la centáuride.

– "Sólo trataba de contactar al profesor Geber para tratar mis estudios en la universidad." – Respondió, colocando la bocina en su lugar. – "Pero eso deberá esperar, ya que sigue hospitalizado. Oh, hola, Cetania, bienvenida."

– "Buenos días, Cerea." – Saludó la falconiforme. – "Espera, ¿el tal Geber te está ayudando con la escuela?"

– "Correcto. Deseo estudiar medicina y el docente amablemente se ofreció a auxiliarme en mi inscripción." Explicó la equina. – "Me informó que sólo debía mencionar su nombre y el director se encargaría de buscarme un lugar, pero prefiero tratar directamente con el profesor para despejar algunas dudas. En todo caso, no hay por qué preocuparse."

– "Entiendo. Espero puedas seguir tu sueño, compañera."

– "Gracias, Cetania." – La rubia hizo una reverencia. – "Ahora, disculpa la pregunta, Aria, ¿pero pasa algo? Pensé que estabas lista para sacar a pasear a Haru."

– "Lo estamos, pero aún no sabemos a dónde llevarlo." – Admití, encogiendo los hombros. – "Suena absurdo que no podamos con una decisión tan sencilla, pero nunca habíamos tratado con niños y sólo queremos lo mejor para el chavalín."

– "Ya veo. Hmm…" – La ojizarca caviló unos segundos. – "Bueno, por lo que he leído y aunque suene a cliché, los pequeños disfrutan mucho de los animales. A juzgar por el apego que el joven Sarver tiene por sus criaturas de felpa, supongo que disfrutaría un recorrido por el zoológico."

Por supuesto, era tan simple. Incluso me pareció oírla en las recomendaciones de la lista de Ekaterina. No sé si me gusta conjeturar demasiado las cosas o si en verdad soy tan obtusa para no haber pensado en tan obvia respuesta. Qué bueno que cuento con gente normal para auxiliar a esta excéntrica arachne.

– "Eso suena excelente." – Asentí. – "¿Te parece bien, Süsse?"

– "Sounds good to me." – Dio un pulgar arriba y acercó al nene. – "¿Qué dices, chiquitín? ¿Quieres ver animalitos con tus mamis?"

– "Decidido, será el zoológico." – Aseguré al ver la reacción positiva del crío. – "¿Alguno que recomiendes, Cerea?"

– "Una vez fuimos al Tama, a insistencia de Papi y Suu. Lindo lugar, se los recomiendo. Las niñas adoraron las especies de la sabana." – Comentó Shianus. – "Pero me temo que no laboran los miércoles. Es el único que conozco, quizás Mi Señor sepa más."

– "Actualmente, decidieron que esta semana operarán diario." – Mencionó Kimihito, acercándose a nosotras. – "Oh, perdón por interrumpir, chicas, pero es lo que escuché en la tienda de mangas la última vez."

– "¿Sigue trabajando ahí, Mi Señor?" – Interrogó la centáuride. – "Pensé que había renunciado."

– "Aún necesito asegurarme de hallar otro empleo. Tranquila, ya lo encontraré." – Aclaró, dando palmaditas en su hombro. – "Como decía, aparentemente un anime ha puesto a los zoológicos en un enorme auge y estos optaron por trabajar diario para cubrir la demanda de visitantes. Sucede igual con los otros, como el Tobu y el Higashimatsuyama."

– "Es verdad, flaca, la página web lo dice aquí." – Informó la arpía, enseñando su celular. – "También agregaron nuevas atracciones, incluso una exhibición con varias especies de pingüinos. Se oye interesante, yo quiero ir."

– "Ugh, no soy muy aficionada a esos pajarracos antárticos, pero de acuerdo." – Contesté, recordando las bromas de esa enana canadiense. – "Sólo ten cuidado si tratan de venderte helado o terminarás con diarrea."

– "Si sobreviví a la comida de Lala, también a los mantecados de pájaros bobos."

– "Ay, nos fastidies, emplumada." – Le di un golpecito en la cabeza. – "Bien, creo que ya nos vamos. Danke schön a ambos, nos fueron de mucha ayuda."

– "Sólo cooperamos con la labor de un par de agentes." – Bromeó el muchacho. – "Si toman el tren de la línea Tobu-Tojo, llegarán por alrededor de una hora. Que se diviertan, chicas."

– "Thanks." – La rapaz hizo una reverencia.

Entonces, el niño comenzó a patalear. Dudaba que fuera hambre o que hubiera hecho sus necesidades.

– "¿Eh? ¿Qué pasa, churumbel?" – Cuestionó la castaña. – "¿No quieres ver pingüinitos?"

– "¡Ceda, ceda!" – Exclamaba el aludido, estirando sus brazos.

– "Me parece que dice tu nombre, Centorea." – Opiné. – "Seguramente quiere manosearte como el mañoso que en realidad es."

– "¡Azi fea!" – Me recriminó el arrapiezo y volvió su atención a la rubia. – "¡Ceda, nita!"

– "Ya, ya, pequeño, aquí estoy." – La ojizarca se acercó. – "Uhm, ¿puedo?"

– "Claro." – La americana se lo entregó.

– "Gracias." – Shianus lo tomó en brazos. – "¿Qué es lo que lo incordia, pequeño amo?"

– "¡Becho!"

Sin previo aviso y tomándonos por sorpresa, el muy atrevido de Sarver colocó audazmente un beso en los labios de la centáuride. Incluso con la vasta diferencia de madurez mental, el mozalbete logró ejecutarlo con casi la maestría de un profesional, pero con la gracia e inocencia inherentes a su pueril edad. Los demás nos debatíamos si aquella muestra repentina de ¿cariño? era tierna, afectuosa o si debíamos preocuparnos de que alguien había corrompido la pureza de Haruhiko. Aunque, si a las pruebas me remito, este mocoso es un pervertido ingénito. El párvulo cortó el contacto bucal y ofreció otra sonrisa que casi lo absolvía de tan tremenda osadía. La equina, por su parte, se mantenía totalmente roja, temblorosa y confusa sobre cómo responder ante ello.

– "Uhm… Lamentamos eso." – Me disculpé con ella.

– "Tranquilas, es sólo un bebé." – Respondió un comprensivo Kimihito. – "Aunque deberé tener una larga charla con Karurosu sobre la crianza de su peculiar retoño."

– "¿Estás bien, Cerea?" – Preguntó la halcón.

– "Descuiden. Como Mi Señor ha dicho, se trata del candor de su juventud." – Contestó la aludida, recobrando la compostura. – "Podrá parecernos un proceder algo temerario, pero estoy segura que el jovencito únicamente deseaba demostrar su gran amistad y-¡EEK!"

Su discurso que trataba de indultarlo fue interrumpido cuando la rubia cuadrúpeda sintió las desvergonzadas manos de Haru recorrer la circunferencia de sus imponentes pechos, todavía sin dejar de reír como un impoluto angelito. El brillo en sus ojos demostraba que bien sabía lo que hacía, de eso estaba segura. Centorea pasó de temblequeo corporal a inmovilidad absoluta y su piel adquiría nuevas tonalidades de rojo posibles dentro del espectro visible a cada segundo.

– "¿Chicas…?" – Habló el casero, con una inusual expresión seria en su generalmente afable rostro. – "¿Cuál es la condena por infanticidio en primer grado?"

– "D-descuide, señor Kurusu, ya nos vamos de todas formas." – La arpía tomó al diminuto infractor. – "¡Vamos, Blondie, o llegaremos tarde!"

– "¡Ah, c-claro!" – Me apresuré a abrir la puerta. – "¡Volvemos luego, familia! ¡Auf Wiedersehen!"

Sin reverencias, ni abrazos o cualquier otra forma de despedida formal, dos liminales y un (¡muy malcriado!) bebé salieron de la residencia de blancas paredes exteriores y rojas tejas, saltando la reja cerrada y alejándose lo más raudamente posible para evitar desatar otra serie de asesinatos en medio de Asaka. Por suerte me aseguré de llevar un paraguas con nosotras antes de huir despavorida. Cuando nos hallamos al menos a cien metros de la morada, bajamos nuestra velocidad y retomamos el ritmo regular de nuestro caminar, así como el de nuestros corazones.

– "¡Esto es tu culpa, flaca!" – Me reprendió la rapaz. – "¡Si este mocoso sigue así, nos acusarán de corrupción de menores!"

– "¡Díselo a los irresponsables de sus padres, plumífera! Espera, ¡¿por qué me echas la culpa?!"

– "¡¿De quién más pudo haber aprendido sino de la fanática que besa empusas cochinas?! ¡¿O acaso fue esa execrable dullahan quien le enseño tales mañas?!"

– "¡Lala es una santa! ¡Más respeto, incordio alado!"

– "¡Ay, a ella si la defiendes y proteges, ¿verdad?!" – Mencionó con sarcasmo. – "¡Pero a esta arpía idiota, que arriesga su vida para salvarte, le estrellas la cabeza contra el techo de las furgonetas como si nada!"

– "¡Carajo, mujer, te dije que lo sentía! ¡Como si al estar amarrada y con una psicópata detrás de nosotras mi mayor preocupación fueran unos cuantos chichones!"

– "¡Y yo te haré otros si me sigues gritando así!"

– "¡Tú comenzaste!"

– "¡Tú continuaste!"

– "¡Pues termina lo que empezaste!"

– "¡Lo haría, pero mi arma se quedó en tu casa!"

– "¡Traje las mías, elige la que quieras!"

– "¡Bah! ¡No vales la pena!"

– "¡¿Por qué estamos peleando en primer lugar?! ¡Todo es culpa de este condenado hijo de su demente padre!"

– "¡Tampoco metas al pobrecito! ¡No puede defenderse!"

– "¡Pero bien que querías despellejarlo cuanto te manoseó, ¿cierto?!"

– "¡Tú le querías dejar caer una maceta encima!"

– "¡¿Y eso es peor que arrojarlo por la ventana?!"

– "¡¿Por qué estamos discutiendo sobre esto en primer lugar?!"

– "¡Tú comenzaste! ¡Espera, yo fui quien lo cuestionó antes!"

– "¡Cuidado, mensa!"

Jalándome con su ala, la estadounidense evitó que un muy irresponsable conductor tuviera que explicarle a la aseguradora por qué su parabrisas contenía restos de quitina ocre y sangre. Calmando nuestros briosos arrebatos, los cuales llamaron la atención de más de uno, pero que por suerte mi placa a la vista evitó que media docena de policías liminales nos esposaran por crear escándalo en la vía pública, optamos por descansar un momento junto a unas bancas.

– "Gracias, pajarita." – Suspiré. – "Por poco y me vuelvo parte del pavimento."

– "Qué inteligente eres." – Replicó sardónicamente. Sí, ya sé que eso es obvio. – "Debí dejar que le decoraras las llantas a ese camión, a ver si con eso se quita lo bruta."

– "Si ni los balazos pudieron componerme la sesera, menos el ser atropellada." – Reí, ladeando mi cabeza y viéndola. – "Sigues molesta por lo de ayer, ¿verdad?"

– "¿Cómo crees?" – Volteó ligeramente hacia el otro lado. – "Araña tonta…"

– "Sí que eres sutil, emplumada." – Disentí con la cabeza. – "Creí que ya había quedado claro que sólo fue un impulso. Sabes que no te cambiaría por esa gruñona mediterránea."

– "Claro, ahora sí eres mi perro leal y fiel. Me pregunto si esas veces que te reunías con Zombina en su cuarto también eran para lengüetearse hasta el amanecer."

– "Ay, por favor. ¿Qué debo hacer para que me perdones? Es decir, aparte de dejarte apretujarme la tráquea y acusarme con la segadora mientras te ríes como la bruja malvada de los cuentos."

– "Morir." – Aseveró tajante, sin girarse. – "Eso o arrastrarte como la cucaracha inmunda que en verdad eres mientras suplicas clemencia. Y después morir."

– "¿Ah, sí?" – Preparé mis cartas de la victoria. – "¿Y qué tal si te presento a mi amiga Ichiyō Higuchi y sus hermanas gemelas?"

Jactanciosamente, quité la cinta que los rodeaba y extendí los veinte billetes frente a ella a manera de abanico. Dado que sus habilidades aritméticas eran superiores a las mías, rápidamente descifró la cantidad desplegada y con algo de duda, los tomó de mis manos para verlos más de cerca. Sostuvo uno contra la luz del sol y los movió de un lado a otro para asegurarse que fueran genuinos y no copias baratas sacadas con una impresora a color. Convencida por las marcas de agua, hologramas y demás medidas anti-piratería del papel moneda, me observó, incrédula.

– "Flaca…" – Me miró de reojo. – "¿Acaso esto es lo que yo creo?"

– "No estás soñando, linda." – Guiñé tres de mis globos oculares. – "Cien mil enteritos. Y todos para ti solita."

– "Eso ya lo sé. Me refiero a que esto es un descarado intento de soborno."

– "Si lo analizamos desde el punto de vista actual, puede parecer una coacción monetaria, pero te aseguro que es sólo una muestra afectuosa en forma de ayuda económica para demostrarte mi aprecio."

– "Aria…" – Entrecerró sus ojos. – "Jamás creí que tú, una heroína supuestamente incorruptible, llegara al cohecho para salvar tu quitinoso trasero…"

– "Oye, tampoco me digas tan feo…"

– "Si acaso piensas que vas a lograr que te perdone tan fácilmente por un poco de dinero… ¡Estás en lo cierto!"

– "¿Eh?"

De un salto (y sin importarle que con eso aplastara al pobre niño), la voladora me rodeó con sus alas y conectó sus dulces labios a los míos. Sabía que se alegraría, aunque no esperaba que fuera tan efusiva. Aunque tampoco iba a quejarme por compartir otro ósculo con mi adorada cazadora del aire y sencillamente disfruté del momento.

– "¡Woo! ¡Cien mil morlacos! ¡Gracias, flaquita bonita, te quiero tanto!" – Declaró mientras me continuaba tapizando el rostro de besos. – "¿Cómo los conseguiste? ¿A quién mataste? ¿Secuestraste a un millonario? ¿También estás en el negocio, como Yuuko?"

– "Claro que no, yanqui capitalista. Es sólo tu paga por cuidar a "Perver-hiko". Espera, ¿Qué fue eso último?"

– "¿Eh? Un momento, ¿Nos pagaron después de todo? ¿Cómo? No me digas que invitaste a toda la residencia Sarver."

– "Lo creas o no, resulta que este enano de alguna manera logró esconder los cuatrocientos mil de su carrito antes que lo quemáramos." – Expliqué. – "Ya aparté los cien mil de Dyne y le di otros cien a Kimihito. De lo restante, guardé la mitad para Mei, para agradecerle su ayuda. Ella igual se lo merece."

– "Sí que te hace falta volver a la primaria, patata, porque con eso sólo quedan cincuenta mil para ti."

– "Lo sé. No necesito tanto."

– "Mientras tenga mi plata completa, allá tú y tus finanzas." – Encogió sus hombros y guardó el dinero en su cartera. Entonces tomó a Haru y le plantó varios besos en su cara. – "¡Ah, gracias también a ti, guapo! ¡Ya tengo para completar mi colección de los Irons! ¡Y un reproductor para mi cuarto! ¡Y bragas nuevas, que las otras se rompieron en la lavadora!"

– "Apenas tienes un poco de pasta y ya te lo piensas gastar, pajarraca. Y luego dicen que la economía anda mal."

– "Oye, es mi dinero. Además, si quiero y puedo, lo hago." – Me sacó la lengua. ¿Cómo sabe esa frase? – "¿Y tú, que harás con tus cincuenta mil? ¿Te comprarás un nuevo cerebro?"

– "Conseguirle un teléfono a Lala y quizás que estrene un bolso. Cosas baratas, ya aprendí mi lección con el chasco de esa tienda tan hoi oligoi."

– "A esa decapitada la consientes con dádivas y a este plumero parlante no le regalas ni siquiera lencería sexy." – Torció la boca. – "Y luego dices que yo soy la que te trata mal."

– "Te di cien mil íntegros."

– "No es sobre la cantidad, flaca, sino la intención." – Colocó al bebé en la mochila. – "Mímame de vez en cuando llevándome a algún lado, sorpréndeme con un regalo. No pido mucho, sólo algo de la atención que tu azulita recibe a diario."

– "Cetania, sé… Sé que parece que no te estimo tanto como Lala, y admito que la favorezco la mayoría del tiempo, a pesar de que tú fuiste la primera en declarárteme, sin olvidar que tomaste mi primer beso." – Retirándole sus manos protéticas, tomé sus dígitos naturales en los míos. – "Reconozco que no soy la más considerada ni la más sensata. De hecho, aún me sigo preguntando qué es lo que ves en mí. Cualquiera diría que mereces algo mejor que una arachne tan torpe y egoísta, sentimiento que comparto. Tú vales demasiado como para conformarte conmigo."

Acercándome, reposé mi cabeza en su hombro, imitando la acción que ella realizó conmigo en la mañana.

– "Y sin embargo, a pesar de que podrías conseguir a otra mujer, una digna de una exitosa heroína, destacada agente y majestuosa cazadora como tú en cualquier momento, sigues soportando y perdonando mis numerosas faltas y defectos." – Explayé – "Cetania, no hay día que no agradezca que hayas llegado a mi gris vida. Incluso cuando siempre estoy arruinando todo, continúas depositando tu invaluable confianza en mí. Siempre, eternamente estaré en deuda contigo por haberme elegido como la mujer de tu vida, es mucho más de lo que merezco. Te quiero, te necesito con toda el alma, y jamás dejaré de hacerlo."

Separándome, la miré directamente a sus bellos ojos occidentales, con un iris tan dorado como el astro rey que nos cubría con su cálido manto solar.

– "Te lo diré ahora, porque deseo que quede completamente claro: Cumpliré mi promesa." – Manifesté. – "Te pondré una argolla y ostentarás el vestido de novia más oneroso y bello que pueda conseguir, serás la envidia de todos y lucirás radiantemente elegante mientras unimos nuestras vidas para siempre. Llevarás mi apellido, pero iniciaremos nuestro propio legado, juntas."

Acaricié con delicadeza su mejilla.

– "Trabajaré arduamente, de sol a sol, día a día, por siempre, incluso si debo partirme la espalda y vender el alma en el proceso. Viviremos en una enorme casa donde te sentirás tan libre como en el cielo y compartiremos una cama tan gigantesca para estirarnos y disfrutar a placer. Me esforzaré más allá de mis límites para asegurarme que nada te falte nunca." – Declaré, con voz firme. – "Te proveeré de todos los lujos y comodidades que se me permitan ofrecerte y te trataré como la inmaculada emperatriz que eres. Te amaré, protegeré y haré una persona dichosa todos los días; Lo juro, porque mereces ser feliz; Y lo más importante: Porque te amo, Cetania."

Acorté nuestra distancia de nuestros rostros hasta estar a milímetros de la otra.

– "Tú serás mi esposa."

Sellado con un apasionado beso, di por concluido mi denodado discurso y reafirmé mi compromiso para con la rapaz. El impacto de este fue tal que incluso cuando nuestras lenguas danzaron abrazadas con vehemente frenesí, los únicos sonidos provenientes de ella eran su fuerte respiración y los aún más enérgicos latidos de su corazón. Ningún festín terrestre se comparaba con el exquisito sabor tan salvaje de la mujer alada, el cual alegró mis papilas gustativas al degustarlo. Terminando el ósculo, la mirada tan ilusionada de la castaña, enfatizada por sus vidriosas ventanas del alma, me provocó que la contemplara de la misma forma. En verdad que era hermosa.

– "Pero…" – Rompió el breve silencio. – "¿Qué hay de Lala?"

Sonreí.

– "Trabajo en equipo, pajarita." – Guiñé. – "Será una casa grande después de todo."

Antes que ella pudiera protestar, la silencié nuevamente con otro beso. En esta ocasión, ella intentó finalizarlo prematuramente, sin duda para demanda una explicación más a fondo sobre mi osada propuesta. Mi respuesta a su afásica cuestión fue ahondar mi contacto bucal y mis gemidos, eventualmente haciéndola ceder de sus ligeros golpes en mi espalda que exigían su liberación y transformándolos en otro abrazo. Estaba segura que ella no había aceptado aún el compartirme con la segadora, pero por ese momento, la falconiforme decidió que dejaría de mortificarse y simplemente se permitiría disfrutar de nuestro amor, concediéndome la victoria por ese día.

¿Quién dice que Alemania no sabe de diplomacia?

Rompiendo el ósculo, más no el hechizo, como evidenciabas nuestras sonrisas, preferimos reemprender nuestro camino hacia la estación de tren. Rodeándole con mi brazo y pegándola a mi lado derecho, recorrimos el trayecto silentemente hasta llegar a nuestro destino. Abordando el vagón, intercambiamos tareas y ella cargó con las pertenencias de Haru mientras yo andaba con el pequeño. Frente a nosotras, una pareja de jóvenes, con argentíferos anillos en sus dedos que denotaban su estado civil, charlaban sobre el futuro bebé que se encontraba en el vientre de la expectante madre, regalándose muestras de afecto entre las melosas frases de su plática.

La estadounidense, al igual que yo, observó la cotidiana pero apacible escena en silencio, indudablemente pensando en los paralelos entre nosotras y aquellos muchachos que iniciaban, aunque suene a verso, una nueva etapa en su vida con vida nueva. Verlos tan alegres, felices por el pedacito de dicha que les alegraría la existencia, también me recordó que eso es precisamente lo que nosotras tratábamos de conservar, haciéndome regresar por momentos, a ese estado de duda e incertidumbre, al remembrar que arriesgábamos todo en tan peligroso trabajo.

Al igual que con la irlandesa, Cetania supo perfectamente cuál era mi sentir y me tranquilizó sosteniendo mi mano, apretándola yo en respuesta hasta que tan infausto pensamiento abandonó mi persona. Agradeciéndole de forma afásica, acariciando su largo cabello castaño, ella reposó sobre mi cuerpo, cerrando los ojos y rodeándonos a Haru y a mí con una colorida ala. Podía estar tranquila, pues mi amada guerrera voladora siempre estaría ahí para protegernos. Pasaron varios minutos en el escasamente interrumpido viaje, con la pareja bajando en la estación Fuchühomnachi, dejándonos con apenas unos cuantos pasajeros en el vagón.

– "Eres demasiado ambiciosa, flaca. Haces honor a tus antepasados conquistadores." – Dijo la halcón, rompiendo el bien conservado silencio que manteníamos. – "¿Pero sabes? A mí no me interesa si jamás me pavoneo en un níveo vestido nupcial ni disfruto de opulentas y fastas riquezas en una titánica mansión, porque mi único deseo es disfrutar de la vida a tu lado."

– "Me alegra que digas eso, Süsse." – Respondí, mimando su cabeza. – "Significa que no deberemos gastar mucho."

– "Ay, tú tan tacaña." – Rió tenuemente, pinchando mi mejilla. – "Seguramente tu supuesta argolla de compromiso será una sacada de las cajitas de cereal."

– "De hecho la ganaría si enviaba cien sobres de té sabor durazno a la compañía, pero la otra idea no es mala."

– "Payasa." – Me sacó la lengua.

– "En todo caso…" – Bajé la mirada para encontrarme con la suya. – "¿Qué dices? ¿Aceptas?"

– "Cuando los cerdos vuelen."

– "De hecho hay un grupo de orcos aviadores que realizan espectáculos aéreos en Hokkaido."

– "Ya me entendiste, mensa." – Giró los ojos. – "Como si fuera a compartirte con esa chaparra peliblanca. Y ni hablar de dormir en la misma cama, prefiero que me hagan pollo asado a que me ponga sus sucias manos azules encima."

– "Si lo piensas detenidamente, ya me están compartiendo. Incluso estas consciente de que también la pruebas a ella al besarme."

– "Estamos compitiendo. Y no puedo evitar que andes revolcando con esa dullahan al vivir bajo el mismo techo." – Se acercó a mi cara. – "Ella te inserta la lengua, manos y la guadaña hasta el fondo mientras yo tengo que conformarme con estos fríos dedos postizos o doblarme como fenómeno de circo, fantaseando con la arachne que se supone me ama más que su vida y que se rehúsa a siquiera jugar con mis pechos."

– "Sabes que Lala y yo estamos en una relación. Incluso tú me impediste cruzar la línea en tu vulnerable estado durante la luna llena."

– "Comienzo a arrepentirme de ser tan noble." – Jaló la corbata debajo de mi saco y pegamos nuestras frentes. – "No es justo que ella te goce plenamente y a mí apenas me permitan hacer contacto bucal, de manera clandestina. Creí que eras equitativa, Jaëgersturm."

– "Entonces acepta…" – Quedamos a milímetros. – "Y prometo que será infinito tu gozo…"

– "Oblígame…"

Estación Tachikawa. Por favor, no olvide sus pertenencias. Gracias por viajar con JR East, que tenga un excelente día.

La voz femenina en la bocina anunció que nuestro viaje en los ferrocarriles nacionales había terminado justo al momento que todo indicaba que nuestro discurso remataría con otro ósculo, aunque ignoraba si era para validar el pacto o simplemente evitar dar una respuesta concluyente. De ser lo segundo, entonces todavía había esperanza y sólo debía ser paciente. Creo que al final, el plan iba mejor de lo esperado. No intercambiamos otra cosa que no fuera a Haru al salir del vagón y caminamos alrededor de tres minutos hasta el monorriel en Tachikawa-Kita que nos llevaría hacia el Tama Center.

– "¿Süsse?" – Quebré la afonía.

– "¿Hmm?" – Musitó, alimentando al pequeño con un biberón.

– "Tómate el tiempo que necesites. No deseo presionarte." – Sonreí. – "Y sea cual sea tu respuesta, yo la aceptaré."

– "¿Qué te hace estar tan confiada?"

– "Sé que tomarás la decisión correcta." – Besé su mejilla. – "Eres una buena niña."

– "Podría no favorecerte."

– "Eso significaría dejar de amarme." – Aseguré. – "Te conozco, pajarita, nunca me rechazarías."

– "Alemania fue igual de ambiciosa durante las dos guerras, luchando dos frentes al mismo tiempo, cazadora." – Aseveró. – "Y en ambas les recordamos el precio de la soberbia."

– "La tercera es la vencida, yanqui." – Guiñé y aceleré mi caminar. – "Ven, linda, ya veo la entrada."

– "No deberías ser tan engreída, Jaëgersturm." – Dijo, alcanzándome. – "La respuesta podría no gustarte."

– "Oblígame."

Acercándome y dándole un apretón a uno de sus glúteos, recibiendo un bufido de su parte, rodeé a la falconiforme con mi brazo. La castaña forcejeó débilmente y renuentemente cedió a mi achuchón, haciendo mi sonrisa más grande. Quizás pareciera que me comportaba demasiado ufana, pero ese pequeño rayito de optimismo que la emplumada dejó ver fue lo suficientemente alentador para atreverme sentirme con mayor júbilo. El retoño de Sarver no interrumpió de alguna forma, pues después de tomar su jugo de manzana verde, quedó observando ensimismado los diversos carteles con polícromas imágenes de los nuevos animales de las más recientes atracciones y sobre todo, a la enorme estatua de elefante que daba la bienvenida a los numerosos visitantes.

Pagando dos boletos de seiscientos yenes en la taquilla, entramos al complejo. Había descuentos para extraespecies que pertenecieran a las especies del mes, en este caso siendo animales de la región asiática. Quizás fuera irónico que los liminales asistieran a un zoológico, pero para nosotros era igual que un humano viendo a un chimpancé en un circo; Ambos serán homínidos y compartirán noventa y ocho por ciento de código genético, pero uno es una criatura salvaje que pelea constantemente con sus congéneres y hace escándalo todo el tiempo, mientras el otro es un simple simio. Y por si se lo preguntan: No, no puedo hablar con las arañas; Son muy groseras, las maleducadas.

Como había indicado Kurusu, la afluencia de personas era considerable. Aunque cargar con dos pistolas visibles en mi cinturón (además de ser una arañota vestida como Nacionalsocialista) pudiera causar algunas miradas extrañadas, mi brillante placa les enteraba de la situación. Diversas personas ataviadas en simpáticos trajes de animales, posiblemente de la serie animada que Kimihito mencionó, saludaban a niños y adultos que se hallaban ávidos de tomarse fotos con ellas. Aunque, en términos de popularidad, eran los liminales de las especies anunciadas los que se llevaban toda la atención.

– "¿A dónde quieres ir primero, plumitas?" – Le pregunté a mi compañera, revisando el enorme mapa incrustado en un mural. – "¿Animales del continente a la izquierda, africanos a la derecha o vemos las criaturas del insectario?"

– "Para bichos feos, contigo me basta y sobra, flaca." – Bromeó, recostada sobre mí. – "Pasemos por la zona asiática, quiero ver a las ardillitas voladoras."

– "Jawohl, meine Kaiserin."

Obedeciendo a mi dama de Montana (que bonito rima), tomamos el camino que llevaba a la zona que contenía ejemplares de este lado del hemisferio, como grullas siberianas, macacos nipones y osos negros. A pesar de lo tupido del lugar, nos movíamos sin problemas de instalación en instalación. Nuestra altura física fue de ayuda para admirar a los animales por encima de las paredes humanas de adultos y niños, con el bebé beneficiándose de tales vistas preferenciales. Quizás la zoología no me sea tan fascinante como a los críos a nuestro alrededor, pero me encontré igualmente interesada por las explicaciones que los guías ofrecían sobre los especímenes mostrados, ya sean hechas por personas actuales o los parlantes instalados.

Tomamos varias fotos con nuestros teléfonos, capturando tan relajantes momentos con la lente y riéndome al ver a Cetania hacer caras graciosas para animar a Haru. Después de contemplar a los dicromáticos tapires malayos y que mis acompañantes adoraran la ternura de las ardillas voladoras, llegamos a la sección de los macacos, donde pudimos contemplar a un par de despreocupados especímenes dando rienda sus pasiones naturales.

– "Mamá." – Interrogó un pequeñín a su progenitora. – "¿Qué hacen los monitos?"

– "Nada, hijo. Sólo están… bailando."

– "Oh."

Ah, la inocencia de los niños. Cómo extraño esa época donde las nubes eran de algodón, la luna de queso y la arañita de los dientes te dejaba una moneda bajo la almohada al mudar los colmillos. Es una lástima que el mundo actual les destruya la magia de tan idílica edad. Crecen tan rápido.

– "¡Papá, mira! ¡Están haciendo lo mismo que tú y el vecino!"

Demasiado rápido.

Alejándonos con celeridad de un muy abochornado sujeto y su posible ex-pareja junto a un futuro mocoso en adopción, nos dirigimos a relajarnos con las nutrias. Por suerte esas no eran enanas metiches e insolentes como aquella periodista finlandesa. Recorrimos el aviario de pelecaniformes, haciéndole bromas a la castaña sobre evitar que la internaran como parte de la exhibición, ganándome un par de coscorrones y tener que cambiarle el pañal al arrapiezo cuando este ensució el que llevaba. No vuelvo a abrir mi bocota, mi pajarita es una persona, no un animal.

– "¿Cómo me llamaste, perico subdesarrollado?" – Vociferó la halcón. – "¡Ven aquí y dímelo en la cara, sabandija!"

– "Cetania…" – Le hablé, preocupada. – "Déjalo."

– "¡No te metas, flaca! ¡Ese hijo de su desconchinflada madre va a saber que estoy hecha!"

– "Por favor, estás armando una escena."

– "¡Pues será una del crimen, porque no dejaré que ese malnacido me insulte como si nada! ¡Mira, lo volvió a hacer!"

– "Linda… Es sólo un búho, un animal."

– "¡Por supuesto que lo es! ¡Me llamó de forma tan despectiva que sólo un salvaje se atrevería!" – Se pausó al escucharlo de nuevo. – "¡Argh, pajarraco asqueroso! ¡Tu mamá es hombre!"

– "Ay, contigo, buscabullas." – La jalé hacia la salida. – "Vámonos, antes que te vuelvas parte de la colección taxidérmica. Y cuidado, que llevas al bebé."

– "¡Maldito avechucho! ¡Pero ya me las pagarás! ¡Te haré en caldo!"

Afortunadamente, la arpía de presa sosegó su vesánica furia contra el estrígido al llegar a la zona de los renos, los emús y los canguros australianos. Sarver apuntó efusivamente a los rangíferos, reconociéndolos por ser los famosos ayudantes de cierto viejo de blancas barbas y rojo traje en las festividades decembrinas, tradición introducida a tierras sintoístas por los occidentales. Ya que Sparassus no comparte tales creencias, tampoco celebrábamos Navidad, aunque eso no evitaba ver decoraciones alusivas durante el invierno. ¡Y no estoy tocando tal tema porque alguna vez le escribiera a Papá Noel y el maldito gordinflón no me trajera mi muñeca de la Princesa Tomate!

– "Mira, Harukin, es una cigüeña." – Le informó la falconiforme al nene, señalando a la criatura en cuestión. – "Ella te trajo de chiquito. Dile 'hola'. Anda, saluda."

– "Je, es irónico que una arpía use el cuento de la cigüeña, ¿No crees, Süsse?" – Comenté al ver al niño agitar la mano al pájaro.

– "Lo sé, pero ser transportada por un ciconiforme me parece más digno que lo de ser encontrada en una col o que hayan plantado una semilla en la panza de alguien."

– "¿Cómo explicaban a las menores en su tribu cuando hacían la pregunta que todo padre teme contestar?"

– "Bueno, poner huevos era cosa cotidiana, así que simplemente nos decían que en ocasiones la diosa bendecía a nuestras madres y de ahí veníamos." – Explicó. – "¿Qué hay de ustedes? ¿Eran creadas en fábricas militares? ¿Las hallaban en la basura?"

– "La Gran Arachne nos tejía con su áurea seda, nos rellenaba de arena y dando su soplo divino, nos otorgaba la vida, entregándonos posteriormente a nuestras progenitoras." – Contesté, gesticulando para ejemplificar. – "Aunque creo que a mí me crearon con lodo, por todo lo que me pasa."

– "O te echaron un gas, por el olor."

– "¡Ay, no empieces, avechucha! ¡Sabes que soy sensible respecto a mi aroma!"

– "Es broma, flaquita. No te me enojes" – Me dio un beso rápido. – "Y dime, ¿Cuándo te diste cuenta de la horrible verdad?"

– "La escuela." – Exhalé ligeramente. – "Una de las chicas llevó una revista para adultos, de humanos solamente, y ahí murió mi último rastro de candidez a los ocho años. ¿Qué hay de ti? ¿La vieja Palakya llevó un novio a casa y lo hicieron en la sala?"

– "Esa anciana antipática no atraería a nadie ni aunque se paseara desnuda en una prisión. No me extrañaría que Atseelia también fuera adoptada." – Desestimó con el ala. – "Nah, simplemente un día me encontré a una de las hijas mayores de la vecina haciendo de las suyas con un par de exploradores mientras recorría las cercanías del lago Red Eagle."

– "¿Dos al mismo tiempo?"

– "Yep. Y aunque se encontraban protegidos por los árboles en un lugar aislado, sus tremendos gemidos y el intenso olor los delataban." – Tembló. – "Yo no era más que una avecita de siete y te juro que contemplar a esa gavilán siendo enclochada por ambos agujeros me dio pesadillas por meses. Que jodida nuestra vida, ¿no?"

– "Bueno, al menos significa que ya estás acostumbrada a los tríos."

– "Oh, cierra esa sucia boca, degenerada." – Me dio un golpecito en el hombro. – "¿Qué no ves que el niño te está oyendo?"

– "Porque obviamente tu anécdota fue para todas las edades." – Giré los ojos. Me alegro que nadie estuviera cerca para oírnos revelar nuestro pasado. – "Y conociendo a este demonio, seguramente podrá darnos una cátedra sobre reproducción cuando asista al kindergarten."

– "Los perdemos cada vez más jóvenes." – Rió. – "Pero en fin, algún día tendríamos que aprender que no nos traen de París, ¿cierto?"

– "Ugh, no digas esas cosas, Süsse." – Hice mueca de desagrado. – "Prefiero ser cucaracha a ser una condenada francesa."

– "¡Hey!"

Oyendo una voz femenina detrás de nosotras, nos dimos la vuelta para hallarnos con una fémina de castaño cabello, alrededor de dos metros de altura, más un par de cuernos en su cabeza. Su cola bovina ostentaba un moño polícromo al final de esta. Tragué saliva al darme cuenta que no era más que Amanda, la minotauro gala que conocimos justamente ayer y que reveló ser la huésped de Roberto, el soldado que les salvó el pellejo a todos en el Aizawa. Y hablando del militar, García se encontraba junto a su compañera, cruzado de brazos y con una mirada que podría paralizar a todo un batallón Panzer, obviamente nada contento por mi despectivo comentario respecto hacia la patria de su amiga, el cual resultó hiriente para la sensible chica.

¿Lo ven? Los franchutes siempre serán problemas para los alemanes.

– "¡Ay, ay! ¡Ya para, Süsse!" – Protesté. – "¡No era en serio! ¡Auch!"

– "¡Endemoniada araña! ¡Tú y tu bocota siempre nos meten en líos!" – Me recriminaba la estadounidense, golpeando repetidamente mi cráneo. – "¡Ya sabía que andarte vistiendo como ese cabrón de Hitler era mala señal! ¡Te voy a quitar lo Nazi a porrazos!"

– "¡Gah! ¡Querrás decir Himmler; Hitler nunca usó el atuendo de las Allgeme-¡Ay, ay!"

– "¡No me cambies el tema, idiota! ¡Toma, por respondona!" – Siguió reprendiéndome. – "¡Anda, discúlpate con la pobre Amanda o no me detengo hasta que termines morada!"

– "¡Auch! ¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Ya entendí!" – Tallé mi adolorida sesera. – "Carajo, emplumada, ni la guadaña de Lala es tan dura."

– "¡Jum! Ya, déjate de tonterías y pide perdón."

– "Ya voy, mamá." – Disentí con la cabeza. – "Uy, y luego dicen que yo soy la que tiene complejo de dictadora."

– "¡No me hagas sacarte el relleno, patas aguadas!"

– "Vale, tranquila." – Retrocedí ante la iracunda falconiforme y ofrecí una reverencia a la pareja. – "Uhm, l-lamento mi deplorable comportamiento y les ruego me indulten por tan grave falta. No era mi intención ofender a la nación francesa, sus habitantes o descendientes. Bitte verzeih mir."

¡Ah, scheisse! ¡Nuevamente la gran Germania ha sido obligada a admitir la derrota ante los galos! ¡Y como siempre, necesita que otras naciones les salven el trasero! ¡Pero algún día nos la pagarán!

– "¿Qué dices, Amanda?" – Preguntó el mexicano a su contraparte. – "¿Aceptas su oferta de rendición."

– "Bueno…" – La minotauro caviló unos segundos. – "Sólo si se compromete a reparar los daños de la guerra."

– "Ya la oyó, general Cetania, la magnánima Amanda I de Francia ha decidido que las ofensas de Alemania deben ser indultadas." – Replicó el latino. Ay, estos mexicanos tan dramáticos. – "¿Qué acción propone para resanar las infracciones bélicas y traer nuevamente paz entre nuestros estados?"

– "Opino, general García, que una ronda de helados obtenidos en las cercanías de la casa de los koalas sería una excelente manera para absolver a nuestra beligerante germana." – Contestó la americana. – "¿Le parece satisfactorio?"

– "Estoy de acuerdo con tales términos, colega." – El chico rió. – "Bueno, Frau Jaëgersturm, ¿podemos iniciar a ejercer los estatutos establecidos en el tratado?"

– "Sí, sí. Ouch." – Me incorporé, tallando mi ya muy inflado chichón. – "Este es más abusivo que el de Versalles, ¿saben?"

– "Te lo mereces, por boquifloja, borrica." – La arpía me dio otro golpe. ¿No está violando la convención de Geneva? – "Sorry, Big Boy, no le puse el bozal a esta flacucha esta mañana. ¿Y qué los trae hoy por aquí?"

– "Andamos liberando al mundo de la dictadura alemana." – Bromeó. – "Nah, queríamos relajarnos un poco en compañía de las bellas criaturitas de la naturaleza."

– "Entendemos. Hay una especie de magia al observar a las bestias salvajes." – Comenté. – "Aunque por lo visto, algunas todavía andan suelt-¡Ay!"

– "Shut the fuck up, Blondie." – Susurró la estadounidense con una tenue patada. – "Ya veo. Nosotras estamos paseando al chiquitín. ¿Se divierten?"

– "Es ciertamente estimulante. ¡Y hay tantos animales interesantes! ¡La granjita de cobayas es tan linda!" – Declaró la minotauro. Lo admito, es tierna como una niña. – "Pasamos por el insectario y había muchas mariposas y colibríes. Vimos una mantis que nos recordó de inmediato a la señorita Nikos. ¿No vino ella con ustedes?"

– "Nope, se tomó el día libre. Aunque la extraño, no es fácil cuidar de dos seres inmaduros, ¿saben?" – Bromeó la halcón. – "En fin, ¿les parece si vamos por esos helados?"

– "Très bien."

Los cuatro victoriosos de la guerra más efímera e injusta que existió se encaminaron a sentarse en una mesa de la zona de picnic, junto a un pequeño lago al tiempo que yo les conseguía sus productos fríos a base de lactosa. Por suerte no se pusieron exigentes y me dieron la oportunidad de elegir, así que tomé los moderadamente decentes (y baratos) y regresé con una bandeja de cartón cargando cinco mantecados de variados sabores cubiertos con chocolate y una roja fresa sobre el cacao derretido. Al volver con ellos, escuchándolos charlar sobre la lindura del caballito de Przewalski, noté algo inusual en el mexicano, específicamente en sus miembros inferiores.

– "Aquí tienen, fuerzas aliadas. Cuatro muestras de amistad germana para celebrar nuestra conferencia de paz." – Dije, entregándoles sus golosinas. – "Por cierto, no quiero sonar grosera, pero noté algo raro con tu pierna, Roberto."

– "Ah, sí. Descuida, no hay problema. Iba a revelárselos de todas formas." – El militar alzó su pantalón revelando una pierna postiza con camuflaje urbano. – "Me la colocaron esta mañana. Promesa de la agente Smith que milagrosamente cumplió. Contiene tecnología alemana..."

– "¿Lo ven? Y ustedes maltratando a esta inocente arañita."

– "Y también rusa. Fueron dos científicos."

– "Bleh, nos la robaron." – Me asenté.

– "Es resistente, tiene aditamento para descargas eléctricas de autodefensa y además luce fantástica. ¿Qué opinan?"

– "Pretty cool shit, Rob." – Silbó la falconiforme. – "No me digas que también contiene espacio para guardar la pistola como RoboCop."

– "De hecho, sí." – Confirmó García. – "Pero sólo puedo poseer una característica a la vez, según los doctores. Ya sé que suena a ciencia ficción, sin embargo..."

– "Nosotras probamos que cualquier cosa es posible." – Acotó la minotauro. Asentimos al unísono. – "Pero, ya sea con extras o no, lo importante es que Robie ya puede caminar de nuevo sin necesidad de sus muletas. ¿No lo creen?"

– "Sin duda, compañera." – Concedí. – "Ahora podrá patearle el trasero debidamente a los malhechores."

– "O al menos darles una buena sacudida." – Se unió la emplumada. – "Y dime, RobieCop, ¿Qué siente volver a estar de nuevo completito?"

– "Brutal." – Replicó el aludido, riendo. – "Aunque sólo mi cuerpo se sentía incompleto, Cetania, porque el corazón de un guerrero siempre se mantiene intacto."

Dicho como buen soldado. ¿Por qué a nosotras nos tocó la enana malhablada de Titania?

– "Esa es la actitud, Unteroffizier." – Ofrecí mi puño en su dirección.

– "Tú lo has dicho, amiga." – Chocó el suyo con el mío. – "Pero sí, es genial volver al mundo bípedo. Es más, pienso en que podría empezar a laborar tan pronto me acostumbre en su totalidad a la prótesis."

– "Sí que eres entusiasta, Big Boy. ¿Ya pensaste en dónde?" – Habló la voladora, sosteniendo al niño que lamía vehementemente su helado. – "Considero que serías bueno trabajando en el campo de la defensa."

– "Concuerdo con Süsse, Roberto." – Opiné. – "¿Has pensando en seguridad privada? Tienes todas las habilidades para destacarte."

– "Créanme que lo he meditado y he estado investigando." – Dijo el chico, degustando otro pedazo de mantecado. – "¿Qué tal si me meto a MON?"

– "¿Para que Kuroko te ponga a lavar baños y a traer papeles como mojigato? No te desprecies así, compañero." – Respondí. – "¿Qué hay de TALIO? Nuestra amiga Mei nos contó que pensó en unírseles en un principio, pero lo requerimientos eran algo exigentes para ella."

– "No sería mala idea, aunque yo pensaba en algo más… No lo sé, ¿de élite?"

– "Sí que eres ambicioso, amigo."

– "Mira quién lo dice." – Se burló la halcón. Yo le saqué la lengua. – "En fin, espero halles lo que buscas, Rob. Sólo no se te ocurra perder la otra pierna, a menos que desees volverte el verdadero hombre biónico al final del año."

– "Robie, ¿en verdad quieres volver a arriesgarte?" – Fue el turno de su compañera bovina, sonando preocupada. – "Es decir, apenas recuperaste la pierna y… No, debes pensarlo mejor. Es mucho riesgo."

– "Amanda, está bien." – El muchacho colocó su mano en el hombro de ella. – "No me pasará nada."

– "Pero, ¿cómo lo sabes?" – Cuestionó la francesa. Lágrimas querían formarse en la comisura de sus ojos. – "Una cosa son un par de criminales o un asaltante con un arma vacía, pero otra lo son auténticos dementes armados hasta los dientes. Tú mismo sabes lo peligroso que es esa clase de trabajo."

– "Lo sé, estoy plenamente consciente del riesgo que conlleva." – Tomó la mano de la bovina, provocándole sonrojar. – "Pero me conoces; Proteger y servir no es sólo un aforismo laboral, sino mi descripción lacónica como soldado y mi forma de vida. Es lo que hago y lo que me motiva."

– "No quiero perderte, Roberto." – Tomó la extremidad del muchacho entre las suyas, jugando suavemente con sus dedos. – "No quiero. No después de todo lo que hemos vivido; Porque si bien no ha sido mucho, lo poco que hemos disfrutado es simplemente maravilloso."

– "Amanda…"

– "No quiero que todo eso desaparezca, que se desvanezca como un castillo que al final resultó de arena ante las inclementes olas del mar." – Una solitaria lágrima, la cual expresaba todo su pesar, recorrió su mejilla. – "Yo… No quiero olvidarte. No a ti, nunca."

García, tan conmovido como nosotras, rodeó a la apesadumbrada mujer con sus brazos, permitiéndole desahogarse sobre su camisa de marcial camuflaje verde. No le importó que las personas los observaran extrañadas al contemplar a una minotauro tan alta en tan vulnerable y frágil estado, que los sollozos de la francesa crearan una contrastante dicotomía ambiental con las risas alegres de las familias alrededor o que parte del helado que la fémina intentaba degustar ahora reposara como una mancha blanca en la ropa de su anfitrión; El mexicano simplemente se mantuvo firme como montaña mientras su castaña compañera proseguía con su plañir, acariciando delicadamente su espalda.

Pasado el tiempo, el hipar de la europea menguó de intensidad y sus músculos se relajaron. Con un par de reconfortantes mimos de parte de su hospedador, la bovina se separó lentamente de este, pero sin romper la unión de sus brazos alrededor de ambos. Con delicadeza, el subteniente pasó un dedo por el rostro de su amiga, limpiando la última lágrima que había logrado escapar de sus ojos y seguir el trayecto de sus semejantes.

– "Perdón, Robie…" – Se disculpó la francófona, hipando tenuemente. – "No era mi intención desanimarte. Es sólo que no puedo dejar de preocuparme por tu bienestar."

– "Y en verdad te lo agradezco." – Respondió el aludido, sonriéndole. – "Cesa tus lágrimas, que la tristeza no te queda. Luces infinitamente mejor cuando puedo ver tu hermosa sonrisa."

– "Gracias, pero aún me siento mal. No por ti, sino por mí." – Talló su ojo. – "Mírame, impidiéndote que sigas con tu vida sólo porque tengo miedo. No debería hacerlo, lo sé, y aún así deseo que lo pienses detenidamente. Ayer perdiste una pierna, mañana quizás la vida."

– "Lo sé, y si te soy sincero, también tengo miedo. Estoy aterrado, la incertidumbre que aún siento dentro de mí, aunadas a los traumas que tan fatídica misión me dejó, continúan atormentándome. Después de sobrevivir a tal pesadilla, lo menos que alguien sensato querría hacer sería regresar ahí."

– "Entonces, dime, ¿por qué insistes en volver a ese infierno?"

– "Porque es lo correcto." – Aseveró. – "Al igual que MON y MOE, ponemos nuestra vida frente a todo para preservar a quienes nos importan. Tal vez suene irresponsable arriesgar algo tan importante como la existencia, pero alguien tiene que hacerlo. Lo viví en México y lo vengo encontrando aquí; Simplemente no puedo quedarme de brazos cruzados mientras cualquier malandro se aprovecha de los inocentes y amenaza con arrebatarnos lo que tanto nos costó obtener. Llámame tonto, orgulloso o testarudo, puedo aceptarlo, pero al menos comprende que es mi deber como soldado, hombre y persona el asegurarme que este mundo sea mejor para quienes nos importan."

El militar se acercó a ella, contemplándola fijamente a sus cristalinos ojos negros y acariciando sutilmente las delicadas facciones faciales de la minotauro.

– "Además…" – Susurró. – "¿Realmente piensas que me atrevería a abandonarte, Amanda?"

Como un veterano francotirador, ese comentario impactó directo sobre la sorprendida francesa, que se mantuvo absorta por tan diáfanamente franca declaración. Nosotras no sabíamos si su relación aún se mantenía en el espectro platónico, pero el lazo que ambos compartían se había reforzado como el más duro acero en ese pequeño instante. La rapaz y yo sonreímos plenamente no sólo por la sinceridad de las palabras del latino, sino por su convicción por proteger lo que más amaba. Las dos conocíamos ese sentimiento y el muchacho logró expresar perfectamente lo que nos motivaba día a día a darlo todo para conservar esa alegría que ahora irradiaba de la ligera sonrisa de la bovina gala.

Humanos, liminales; al final, todos deseamos la misma felicidad.

– "¡Gueña!" – Exclamó de repente Haruhiko, apuntando al cielo.

Un par de cigüeñas, no de las exactas especies de las presentadas en el zoológico, pero con el mismo níveo plumaje, se elevaban hacia las alturas, a los reinos de las nubes y el viento. Eras unas simples aves migrando a otro lugar, nada fuera de lo común; Pero de alguna manera, se sintió casi como un presagio para el mexicano y la francesa, al menos ante mis ojos. Quizás augurando que ambos alcanzarían la felicidad en equipo, alzando el vuelo majestuosamente hasta el cenit de la dicha. O tal vez, en su interpretación más tradicional, eran un guiño del futuro. Me gusta pensar en lo segundo, es más romántico.

Lo sé, soy una boba cursi. No puedo evitarlo.

Terminamos de probar nuestros postres, Roberto convidando a Amanda del suyo y ella aceptando gustosa. Luego, proseguimos explorando el vasto santuario con una visita a su más reciente atracción: Pingüinos. Las aves esfenisciformes no son novedad en tierras niponas, pero eran la primeras en Tama y con cinco especies reunidas en un solo lugar, eran el foco de atención de grandes y pequeños. Que un quinteto de mujeres vestidas en trajes reminiscentes a las variantes presentadas en la instalación se encontrara interpretando una pegajosa melodía en las cercanías también ayudaba a atrapar el interés de los presentes.

Y sinceramente, ¿quién puede resistirse a esos animalitos tan tiernos?

– "¡¿Cómo me llamaste, svoloch?!" – Exclamó una femenina voz. – "¡Dímelo en la cara, imbécil! ¡No, tu mamá es hombre!"

Ay, no. Conozco esos insultos.

– "¡Suka blyat pizda! ¡Otvali, mudak!"

Y definitivamente conozco ese lenguaje.

– "¡Con un demonio, grandulona, ya cierra el pico!" – Vociferaba otra mujer a su lado, más bajita. – "¡Nos estás avergonzando frente a todos!"

– "¡Nyet! ¡Ese hijo de su condenada madre sabrá que nadie insulta a la madre patria!"

– "¡Es un maldito Aptenodytes, por todos los cielos! ¡No tiene ni puta idea de dónde queda Rusia!"

– "¡Pues ahora se va a enterar cuando le meta el pico por la cloaca! ¡Suéltame, chaparra, suéltame!"

– "¡Carajo, ¿por qué me casé contigo?!"

Sí, no había duda. Debí presentirlo con tantas referencias a tales aves dicromáticas. Discutiendo y con la mayor haciendo gala de su colorido lenguaje eslavo, se encontraban frente a nosotras aquellas que me ofrecieran mi primer trabajo estable en estas tierras. La arpía pingüino adelaida, Winona, ahora también apellidada como su nueva esposa, Pin Ivanovna Dragovskaya, de la sub-especie emperador, habían regresado a las andadas y ahora se encargaban de que todo el mundo las recordara no sólo por su exitosa franquicia de helados y demás golosinas congeladas. Sabía que las encontraría un día de estos, pero no esperaba que fuera tan pronto, y menos de esta manera. Es decir, para ellas, esa pequeña disputa estaba por debajo de la agresividad acostumbrada.

– "¡Asquerosa gigantona, te dije que dejes de hacer el ridículo!" – Imprecaba la pequeña canadiense, haciendo uso de sus nuevas manos postizas. – "¡Te voy a sacar huevos hasta por el culo!"

– "¡Gaack! ¡Wah!" – Respondía la rusa, tornándose paulatinamente azul. – "¡Pin… no… puedo… respir-Ack!"

– "¡Eso es lo que espero, bocafloja! ¡Por tu culpa nos volveremos el hazmerreír del público!" – Continuó anatemizando la adelaida. – "¡Maldita bolchevique comunista, no te soporto! ¡Juro que si nuestras ventas bajan por tu culpa, me divorciaré de ti a balazos!"

– "¡Graah! ¡La gente... nos está viend-Uck!"

– "¡Me vale un pepino! ¡Ya muérete!"

Ah, qué bonito es el amor verdadero.

Después de otro despliegue de ternura y melosidad por parte de las recién casadas, la arpía mayor se mantuvo en catatónico estado y ostentando un añilado tono dermal. Por supuesto, tan apasionado acto público provocó que un grupo de socorristas acudieran a recobrarle la consciencia a la rusa, sin embargo, estos fueron disuadidos por la cariñosa mirada psicópata de la nativa de Canadá. Honrando su papel de adorable esposa, la adelaida se encargó de revivir a su amada pareja a base de afectuosas patadas en los costados hasta hacerla reaccionar del intenso dolor. Eso no hizo que la pequeña se detuviera y prosiguió mimando a su adorada mujer con la punta del pie.

Me preocupa que estas cosas ya no me afecten.

– "¿Jaëgersturm?" – Dijo la pingüino de ojos verdes, cesando su agresión. – "¿Eres tú?"

– "Guten tag, Fräule… Frau Winona." – La saludé, disimulando el terror que sentía de ver a mi loca ex-jefa. – "¿Cómo ha estado?"

– "¡Devushka!" – La eslava levantó su cara del piso al notarme. – "¡Jar jar, es bueno verte, araña!"

– "Un gusto también, Frau Pin." – Le sonreí, ignorando la sangre que le escurría de la cabeza. – "No sabía que habían vuelto ya. Creí que viajarían por el mundo para la luna de miel."

– "Esta es nuestra luna de miel." – Aclaró la adelaida, otorgándole una última patada a su esposa. – "¿No se nota?"

– "Err… ¡Claro, claro!" – Forcé una risa. – "Es lindo. Aunque en lo personal, elegiría un lugar más exótico para celebrar la ocasión."

– "¿Me estás diciendo cómo carajos debo manejar mi propio matrimonio, arachne?" – Winona entrecerró sus ojos.

– "¡No, por supuesto que no, Frau!"

– "Bien." – Volteó en dirección a su pareja. – "Anda, tetas gordas, deja de besar el suelo y levántate."

– "Da, ya voy, gruñona." – La rusa obedeció, sacudiéndose el polvo. – "En fin, ¿qué cuentas, pirozhki? ¿Tú y la yanqui pudieron unirse a MON?"

– "Pues aunque usted no lo crea…" – Le facilité mi placa. – "La máquina de guerra germana está de vuelta."

– "¡Jar jar! ¡Sabía que lo lograrían!" – Ivanovna se la mostró a su cónyuge. – "¿Lo ves, Winny? Y tú decías que las correrían el primer día. Págame."

– "Carajo..." – Gruñó la mencionada, dándole unos cuantos billetes a la primera. – "Métetelos por la raja, aliento de pescado."

– "También te amo, enana." – Rió Pin, contando el efectivo. – "Por cierto, alemana, ¿dónde está la rapaz?"

– "Oh, justo detrás…" – Volteé, hallando a nadie. – "¿…De mí?"

Tanto la castaña como el resto se habían desvanecido sin previo aviso. Una búsqueda rápida escaneando el horizonte reveló que los cuatro ausentes se encontraban hechos bolita detrás de una estatua de león, evidentemente temerosos por el nada recomendable comportamiento de la adelaida. Aunque no podía culparlos por querer mantenerse alejados de esa chiflada arpía polar, los insté a salir de su escondite y saludar a la pareja. Aceptando que la efigie metálica de un felino africano no les protegería de una pingüino asesina, los cuatro aceptaron y le ofrecieron la mano a la rusa, que era la menos intimidante a pesar del tamaño.

Winona, Titania, Saukki, incluso Lala. Las chaparritas son las más peligrosas, de eso no hay duda.

Luego de las obligatorias introducciones y notando a Roberto siempre listo para aplicarle alguna especie de arte marcial a la canadiense, las ex-superiores nos felicitaron a mí y a mi dama por obtener el preciado puesto. Pin se mostró entusiasta respecto a mis fieles, Erika y Hummel, y se las presté para que admirara tan finas pistolas teutonas. Por su parte, Winona se limitaba a realizar preguntas y responder otras con su usual estoicismo.

Aunque, para sorpresa de todos, el pequeño Sarver resultó un excelente diplomático y su sola presencia logró amenizar la irascible actitud de la canadiense y, en un insólito acto que jamás se repetiría en los eones venideros, la malhumorada enana bicolor suavizó sus pétreas facciones y se acercó hasta la rapaz para solicitar afásicamente con sus aletas extendidas que le permitieran cargar con el nene.

Obedeciendo, más que nada por la muy sutil aura de autoridad que la adelaida imponía, la americana depositó al despreocupado chiquillo en las extremidades de Winona. Sonreímos al verla mecerlo con suavidad y dejar que le mordiera su aletita. Debíamos admitirlo, incluso el más frío corazón es capaz de ceder al cariño de un bebé. Esos angelitos poseen una especie de magia innata que nos hace olvidarnos de nuestros problemas.

– "Ugh…" – La canadiense hizo mueca de desagrado. – "¿Qué es ese nauseabundo olor?"

El hechizo se rompió.

Después de que la amable Amanda se ofreciera a cambiar el pañal de churumbel, indicándole a su compañero con un guiño que habría que prepararse por si las dudas, provocándole a este sonrojar, optamos por admirar a los parientes animales de las recién casadas, que se hallaban realizando lo que saben hacer mejor.

Es decir, caminar por ahí, nadar y defecar, en ese mismo orden. Son animales, ¿qué esperaban?

– "Me gusta ese, el del piquito rosado." – Dijo la minotauro, ahora cargando a Haru en brazos. – "¿Cómo dice que se llama, señora Winona?"

– "Pingüino de Humboldt." – Replicó la mencionada. – "Spheniscus humboldti. También conocido como 'Chileno', por habitar en tal parte de Sudamérica, donde se halla la mayor reserva natural de estos. Declarada especie vulnerable por la UICN. Le gustan los pulpos y cangrejos."

– "Oh. Impresionante." – Respondió, honestamente fascinada con la sabiduría de la adelaida. – "¿Y ese? ¿El chaparrito del penacho, asoleándose?"

– "Eudyptes chrysocome. Homónimamente llamado de 'penacho amarillo'. Aunque prefiero el literal, 'saltarrocas'."

– "¿Y ese grandote, el que está haciendo popis en la piscina?"

– "Aptenodytes forsteri. Pingüino emperador, la especie más grande de todas." – La canadiense sonrió ligeramente. – "Y también la más hermosa."

– "Usted quiere mucho a Pin, ¿verdad, señora Winona?"

– "Por eso me casé con ella. No entiendo por qué una mujer tan inigualable aceptó a alguien como yo en primer lugar, pero le agradezco que lo hiciera." – Miró al suelo. – "Estoy consciente que no soy una buena persona. De hecho, pensé que únicamente me toleraba por nuestro negocio. Pero, ella siguió demostrando que su amistad era sincera y a pesar de mis constantes metidas de pata, su lealtad hacia mí nunca flaqueó. No pude evitar enamorarme de tan divino ángel eslavo."

– "Es una buena persona, Winona." – La francesa le dio palmaditas en la espalda. – "Y estoy seguro que su esposa piensa lo mismo"

– "Gracias, Amanda." – Levantó la vista. – "Yo también creo que García opina lo mismo de ti."

– "¿E-eh?" – La bovina gala se ruborizó al instante. – "R-Robie… Bueno, él y yo ni siquiera… Nada de eso…"

– "Bien. Espero no lo olvides cuando decidan dejar de hacerse los inocentes." – Rió tenuemente. – "Solamente recuerda, amiga: No desperdicies el tiempo, o este va a desperdiciarte."

– "Entiendo. Merci."

– "You're welcome, kiddo."

Yo fui la solitaria y silente testigo de tal charla. No interrumpí, únicamente me limité a escuchar a dos mujeres exponiendo, a su manera, sus corazones. Una dejando fluir su alegría y ternura de manera exterior con su manera de actuar, ocultando sus profundos sentimientos. Mientras tanto, la otra era precisamente lo contrario y se escondía tras una caparazón de pétrea indiferencia, pero que sus palabras dejaban en claro que en verdad estaba enamorada. Paralelos, dicotomías, coincidencias; Qué pequeño es el mundo. Posteriormente, las recién casadas pasaron a despedirse, pues su luna de miel seguía en curso y deseaban visitar el resto de la ciudad.

– "Winny, ¿vamos por una pizza?" – Preguntó la rusa, tomando de la aleta a su esposa

– "No." – Respondió tajante la mencionada, sin soltarla.

– "¿Y si compramos algodón de azúcar?"

– "No."

– "¿Vamos al cine?"

– "No."

– "¿Al acuario?"

– "No."

– "¿Secuestramos a alguien?"

– "No."

– "¿Quieres un gorrito de jirafa?"

– "No."

– "¿Te gustó la bufanda que te regalé?"

– "No."

– "¿Me la das entonces?"

– "No."

– "¿Deseas que te cargue?"

– "No."

– "¿Y si te llevo en la espalda?"

– "No."

– "¿Quieres un beso?"

– "No."

– "Pero me amas, ¿verdad?"

– "Sí."

Con ellas ya habiéndose perdido en el horizonte, los cinco volvimos a nuestras andadas, explorando el resto del zoológico, fotografiando casi en tu totalidad el lugar y complaciendo cada capricho que el primogénito de Sarver decidía revelar al pasar cerca de alguna tienda de golosinas o al ver un juguete en alguna estantería. Tuvimos que empezar a racionar nuestro propio consumo al notar que el resto nuestras reservas monetarias comenzaban a menguar conforme avanzaba el día. Nuestro tramo final nos llevó hasta la zona africana, con los característicos animales de la región.

– "¡Kemono!" – Exclamó el niño, esta vez conmigo llevándolo. – "¡Kemono!"

– "No es un mono, Haru, es un serval." – Corregí al mozalbete. – "Ser-val. Es un felino. Lo mismo dijiste con los pingüinos."

– "¡Kemono!"

– "Terco como mula. Ha de ser de familia." – Apunté a la imagen de otro gato de la sabana en un cartel. – "Dime, mocoso testarudo, ¿qué animal es este?"

– "¡Lón!" – Replicó, identificando correctamente al clásico león.

– "Bien. ¿Y este otro?"

– "¡Paldo!" – Reconoció perfectamente al guepardo.

– "¿Ves? Tienes cerebro después de todo." – Señalé nuevamente al animal en disputa. – "¿Y bien? ¿Cómo se llama este?"

– "Hmm…" – Lo analizó detenidamente. – "¡Kemono!"

– "¡Ay, si serás bruto! ¡Y me sentía mal por no saberme las tablas de multiplicar!"

– "¿Aria?" – La arpía tocó mi hombro. – "¿Podrías dejar de armar una escena?"

– "¡Y ahora soy yo la del teatro, ¿verdad?! ¿Qué no ves que este arrapiezo no sabe distinguir un maldito gato de un simio?"

– "La que no sabe distinguir aquí eres tú, garrapata mensa."

Ella mostró su ala en dirección de otro anuncio, una con animales antropomórficos, aunque no eran liminales. El niño se me quedó viendo y torció la boca, yo lo ignoré.

– "¿Lo ves? El chiquitín tiene razón."

– "Kemono Cuatas." – Leí el título de la serie animada presentada. – "Ah, de esto era lo que hablaba Herr Kommandant."

– "Yep. Y precisamente una chica serval es el personaje principal."

– "Oh, ya veo. No lo sabía."

– "¡Fea!" – Me insultó Sarver. – "¡Azi maia!"

– "¡Ya deja de llamarme así, enano!" – Vociferé. – "¡O juro que te lanzo con tu maldito 'kemoco' para te devore, granuja!"

– "Honestamente, flaca…" – La rapaz disintió con la cabeza y se hizo con el crío. – "No sé cuál de ustedes es más inmaduro. Por cierto, ¿Qué hora es?"

– "Veamos…" – Revisé mi reloj. – "Faltan veinte minutos para las dos de la tarde."

– "¡Ah, Chihuahua! ¿Tan tarde?" – Expresó Roberto. – "¡Híjole, y se supone que íbamos al Club Deportivo Kobold a las tres!"

– "Está bien, Robie, aún podemos llegar." – Le calmó Amanda. – "Bueno, chicas, creo que aquí nos despedimos. Fue genial pasarla con ustedes. Deberíamos repetirlo uno de estos días."

– "Oh, eso me recuerda." – La castaña habló. – "Big Boy, Amanda, la fiesta de Mio será justamente mañana y me preguntaba si deseaban asistir. Nos sentiríamos mal si la persona que salvó el restaurante no nos acompañara."

– "Por mí no hay problema, estaría encantado." – Aclaró García. – "¿Qué dices, Amanda?"

– "¡Claro, sería fantástico!" – Replicó la alegre francesa. – "¿Dónde se realizará? ¿En el Aizawa?"

– "Actualmente, lo celebraremos en la casa de Yuuko." – Aclaró la americana. – "Big Boy, te estoy mandando la dirección GPS por mensajería al teléfono, ¿la tienes?"

– "Veamos… Síp, recibido, comadre." – Confirmó el chico. – "¿A qué hora llegamos?"

– "Alrededor de las doce de la tarde. Empezará a la una, para darnos tiempo de darle los últimos toques a la sorpresa. Los estaremos esperando."

– "Por supuesto." – El soldado ofreció ambas manos. – "Gracias, Cetania. Aria, te agradezco también. Nos vemos mañana."

– "Igualmente, Big Boy." – La pajarita la estrechó. – "Cuídense."

– "Y carga toda la noche la pierna por si las dudas, Unteroffizier." – Bromeé, regresándole el gesto. – "Nos vemos, amigos. Tengan cuidado."

– "Ustedes también, chicas. Y tú igual, Haruhiko." – La minotauro hizo una reverencia que imitamos y acarició la cabecita del chiquillo. – "¡Au revoir!"

Ambos partieron y nosotras volvimos a terminar el recorrido. No tardamos mucho ya que de hecho habíamos finalizado prácticamente una vez admirado al fiero guepardo y sus cachorritos deambular en su exhibición. Capturando el momento con otro par de fotografías, decidimos que era momento de volver a Asaka para cumplir nuestra promesa de almorzar en el Aizawa. Camino a la salida, Sarver deseó una última parada para hacerse con más miembros para su propio santuario animal agregando otro felpudo integrante a su familia de peluche. Rindiéndonos ante sus protestas en forma de lloriqueo, acatamos su orden e ingresamos a la tienda de recuerdos.

– "Toma, Süsse." – Le dije a la falconiforme, entregándole un jocoso muñeco de araña, una sparassidae. – "Para que te proteja de noche a ti y tu tortuga. Pero no la abraces más que a mí, ¿de acuerdo?"

– "Aww, que ternura. Thanks, Blondie." – La halcón me dio un beso en la mejilla y se la mostró al nene. – "Mira lo que mami me regaló, querubín. ¿Verdad que está bonita? ¿Verdad que sí?"

– "Es la última; me alegra que te guste, linda." – Tomé una foca blanca de Groenlandia. – "Le llevaré esta a Lala. Está bien pachoncita."

– "¿La foca o la dullahan?" – Se burló la arpía.

– "Las dos, aunque una tiene lo infladito donde realmente importa." – Repliqué, ignorando su obvia mofa hacia el peso de la irlandesa. – "¿Ya encontró algo el churumbel?"

– "No se decide si llevar al pingüino papúa o el de Humboldt." – Informó la castaña. – "O le gustaron tus antiguas jefas o ese anime en verdad que influencia a la juventud."

– "¿Por qué no ambos?"

– "Es posible. Espera, ¿hablas de comprarlo o del influjo?"

– "Ambos."

– "Ah, supongo que tienes razón." – Agarró el uno y el otro. – "Pero concuerdo. Cuando no puedes elegir, mejor tomas los d… Oh, sí que eres diabólica, flaca. Casi caigo en tu trampa."

– "Yo no fui la que hizo alusión al tal tema, genio." – Contesté sardónicamente, aunque sonreía por dentro. – "¿Cuánto tiempo nos queda?"

– "Uhm, siete minutos más para las dos." – Observó su celular. – "Mejor nos vamos ya, si queremos llegar a tiempo."

– "Vale."

Pagando por los artículos y tomándole una foto a Haru con una cosplayer disfrazada de su adorada serval 'kemono' (¡Nos están invadiendo!), nos retiramos de ahí y tomamos la ruta de trenes que nos trasladaría a Asaka. En el trayecto a la estación Nishi-Kokubunji, una pareja de ancianitos acompañados de su nieta de similar edad de Haru, se sentaron frente a nosotras y nos saludaron al notar al bebé en su llamativo trajecito dracónida. Me alegró que no les extrañara que fuéramos liminales, o que mi atuendo tan intimidante y mis armas les incomodaran. El estereotipo de que las viejas generaciones son las menos tolerantes a los cambios no siempre es cierto, cosa que aprecio. Arribamos a nuestro destino, justo con tres minutos para la hora acordada.

Tomamos un taxi adaptado para extraespecies y sin nada novedoso que sucediera, nos transportó hasta las puertas del restaurante donde mi amada peliblanca laboraba. Llegué con cuatro minutos de retraso, pero esperaba que tan insignificante discrepancia de lapso temporal no le importara. Habiéndome alimentado con puros mantecados durante nuestra excursión en el zoológico, mi sistema digestivo exigía sustento real a base de proteínas útiles en lugar de vitaminas huecas y carbohidratos saturados con endulzantes artificiales. Eso y amor que mi irlandesa le agregaba a cada exquisita vianda que preparaba; era parte importante de una comida saludable.

Entramos, hallando el sitio moderadamente lleno, aunque algunos comensales ya estaban en camino a retirarse. Una pequeña sensación de bienestar se desarrolló dentro de mí al volver a ver las conservadas paredes de madera café acompañadas de aterciopeladas secciones rojas en la base, más las plantas de sombra y uno que otro cuadro con hermosos castillos y paisajes del país del sol naciente. Y por supuesto, ese deífico aroma proveniente de la cocina que le abría a cualquiera el apetito. Cruzando el espacio entre la entrada y el sector principal, fuimos saludadas por la propia dueña, que se encontraba dándole indicaciones a un par de meseros y no dudó en atendernos personalmente.

– "¡Hola, chicas! ¡Bienvenidas!" – Exclamó la mujer de pelo azul, haciendo una reverencia. – "Un gusto verlas."

– "Guten tag, Fräulein Aizawa." – Emulé el gesto. – "El sentimiento es mutuo."

– "Good afternoon, Mio." – La castaña saludó. – "¿Cómo has estado? ¿Todo bien?"

– "Excelente, tomando en cuenta que apenas ayer nos decoraron las paredes de improviso con plomo." – Rió la administradora. – "Pero pasen, que de hecho las estábamos esperando. Les reservé una mesa durante todo el día, a petición de cierta dullahan."

– "Espero eso no le haya causado inconvenientes con los clientes, Mio." – Hablé, haciendo otra reverencia como disculpa.

– "Tranquila, Aria, que son las diseñadas para liminales grandes y la mayoría sólo requiere regulares." – Aclaró. Hizo seña que la siguiéramos. – "Y tampoco es que sea una molestia apartar un lugar a un par de agentes y su pequeñín. ¿Cómo se llama el dragoncito?"

– "Haruhiko Sarver." – Confirmó la halcón, detrás de ella. – "Acabamos de llevarlo al zoológico de Tama. Y creó que se enamoró de los pingüinos."

– "¿Quién no? Si son tan monos con ese tambaleo al moverse." – Nos invitó a tomar asiento mientras le hacía señas a una de las meseras. – "Yo fui hace unos días, cuando reemplazaron el bus de los leones por los pajaritos. ¿Se divirtieron?"

– "Fue tanto relajante como educativo. Y caro, estos condenados peluches son más costosos que en el acuario." – Opiné, asentándome. – "Cetania se puso a charlar con sus primos enjaulados, demostrando lo bien educada que-¡Auch!"

– "La que debería cerrar el pico debería ser otra." – Replicó ella, habiéndome pellizcado el brazo. – "En fin. Sí, fue entretenido. Incluso nos encontramos con el buen de Robie y Amanda."

– "Aww, ¿Y por qué no los invitaron también?" – Aizawa se hizo a un lado mientras una trabajadora limpiaba la mesa. – "Tener al héroe actual y a las de ayer sería buena publicidad."

– "Tuvieron que asistir al gimnasio Kobold." – Respondí. – "Espere, ¿del ayer? ¿Tan viejas son nuestras acciones en el centro comercial?"

– "No en ensañes, flaca. No lo dijo de esa manera." – Dijo la falconiforme, desestimando con el ala. – "Descuida, Mio, ya vendrán otro día. Sólo nos los uses como publicidad, o al menos de forma tan obvia. No querremos que la prensa los agobie como a nosotras."

– "Oh, vamos, Cetania, no soy tan mezquina." – Contestó la dueña del lugar. – "Aunque uno que otro recorte del diario detallando su valiente hazaña no haría daño, ¿verdad? Pero bueno, enseguida les traen su comida. Lala dijo que les preparó algo realmente especial."

– "Mientras no sea veneno." – Musitó la arpía. Yo le pellizqué el costado en represalia. – "Ouch. Te lo tomas todo en serio, araña. Por cierto, Mio, ¿tendrán un asiento para el chiquitín?"

– "Justamente ahí viene."

Como aseguró, otra de las meseras nos facilitó una sillita para bebé y, dejándolo en sus ropas regulares para colocarle apropiadamente su babero, acomodamos al chaval en el mueble mientras jugaba con sus peluches. La mujer de cabello azul nos informó que la segadora se nos uniría después que regresara de traer un encargo de algunos ingredientes y víveres para la cocina. Si bien ella era cocinera y en el restaurante contaba empleados que podrían realizar tales tareas ordinarias, Aizawa nos reiteró que su política de trabajo es que todos cooperaran, sin importar puesto. Incluso la chef principal se veía envuelta en tales labores de vez en cuando. Me recordó un poco a la filosofía en las oficinas de MON, aunque al menos aquí si les agradecían por el esfuerzo.

La administradora se retiró y nosotras esperamos pacientemente. Platiqué con la emplumada sobre trivialidades y nuestro paseo, conmigo provocándole sobre el asunto de mi propuesta poliamorosa y ella siempre evitando dar una respuesta que no fuera despectiva o mostrar el dedo medio con su mano postiza, a veces dos. Sarver no incordió, estando él ya lleno de su papilla de pomáceas. Al poco tiempo, oímos la campanita de la puerta principal sonar. Instintivamente dirigí mis manos hacia mis armas, lista por si algún idiota deseaba probar su suerte nuevamente y romper el récord terminar de más balas en el trasero en menos tiempo. Afortunadamente, mi paranoia probó ser innecesaria al reconocer la identidad de los invitados.

– "Te lo digo, Draco, aquí sirven un filete miñón que está como para chuparse el aguijón." – Mencionaba casualmente la chica serket emperador que conocí en la tienda del acuario. – "Y con eso no te estoy sugiriendo que hagas eso con el mío, ¿de acuerdo? No es que sea una zona sensible o algo así."

– "Ya hemos venido aquí con anterioridad, Aiur." – Le recordó su compañera dragonewt, junto a ella. – "Y descuida, no tengo interés en poner tu telson en mi boca."

– "Aunque, bueno, tal vez la base de mi colita también sea zona erógena."

– "Aiur, suenas a los personajes de esos mangas que lees." – Alzó una ceja la reptiliana. – "¿O acaso tú…?"

– "Hey, ¿no son esas las besuconas del tren?" – La escórpida señaló con una de sus pinzas – "Sí, definitivamente lo son. ¿Quieres ir a saludarlas?"

– "Quizás deseen estar solas."

– "Tanto como esa camaleona a la que te le quedaste viendo el trasero." – Retrucó la serket pelinegra. – "O a esa ryu-jin. Y eso que estaba algo plana."

– "¡No hablemos de eso, ¿sí?! Te repito que sería mejor que las dejaras comer en p-"

– "¡Hey, chicas! ¿Qué cuentan?" – Nos saludó la artrópoda, acercándose a nuestra mesa. – "¿Cómo trata la vida un par de enamoradas? ¿Ya consiguieron su amuleto de Mara?"

– "Guten tag, Aiur." – Ofrecí mi mano. – "Paseando con la esposa y el pequeño. ¿Qué hay de ti?"

– "Matando zergs, empalando nigromantes, recorriendo Sovngarde, estudiando para el condenado examen..." – Enumeró, estrechando mi mano. Sólo entendí un punto. – "Lo usual para una universitaria. ¿Dijiste esposa?"

– "Aún no, pero más le vale que se vuelva realidad." – Injirió la castaña. – "Aunque con esos términos que ofrece, quizás deba rechazar la propuesta. Por cierto, soy Cetania, nice to meet ya."

– "Aiur, aunque puedes decirme Ari. Un placer, pajarita." – Agarró la mano protética de la halcón. – "¿Qué fue lo que te pidió la araña? ¿Vestirse como Nazis y entrar a una sinagoga?"

– "No digas esas cosas, Ari." – Le susurró la dracónida. – "Son las nuevas agentes de MON, ¿recuerdas?"

– "Tranquilízate, que ellas saben que bromeo." – Desestimó con una pinza. – "Investigué sobre ustedes, tortolitas. Así que pertenecen a la ley. Espero no me arresten por vapulear inocentes en línea, a veces algunos engreídos necesitan que les recuerde quien es la emperatriz del Starcraft."

– "Erm, claro." – Respondí. No entiendo ni la mitad de sus referencias. – "Y díganme, ¿están en una cita también?"

– "Sólo vinimos a comer." – Aseveró la rubia dragonewt. – "Y ya que ustedes también, supongo deberíamos dejarlas en paz."

– "Oh, por el amor de Talos, Draco. ¿Podrías relajarte un poco?" – Exclamó la escorpiona. – "No van a arrestarte por lo que Erin le hizo… O quiso hacer a Jaeg-comosellame."

Nunca se lo aprenden. ¿En serio mi apellido es tan complicado? Se pronuncia 'Ye-gar-es-turm', no es tan difícil. Si conocieran los trabalenguas germanos, pensarían que decir el nombre real de Cthulhu con ocho glotis es cosa de niños.

– "Jaëgersturm." – Corregí.

– "Sí, eso." – Concedió Aiur. – "Como decía, lo que esa loca haga es cosa de ella, tú eres inocente."

– "Uhm, ¿puedo preguntar de que hablan?" – Pedí iluminación.

– "Draco cree que tú, prima arácnida, le tienes alguna especie de resentimiento por lo que su amiga Erin, la wyvern, trató de hacerte." – Explicó la pelinegra. – "Ya sabes, casi arrancarte el corazón en la heladería y luego querer patearte en tu propia casa. O eso es lo que me contó."

– "Oh, sí ya recuerdo. Bueno, sinceramente después de lo que nuestra propia jefa nos obliga a pasar, lo que haya intentado la tal Erin no es nada." – Encogí los hombros. – "Por supuesto, me encantaría que ya nunca lo volviera a hacer."

– "A nombre de ella, me disculpo." – La rubia hizo una ligera reverencia. – "No lo dijo explícitamente, pero tengo la seguridad que Erin se siente mal por ello."

– "Como si esa escamosa tuviera sentimientos." – Se mofó la serket. – "Es difícil verte de esa manera, Draco. Siempre me hablas del orgullo de los dragones y eso."

– "No quiero problemas con la ley, Aiur. Lo que esa fastidiosa de Polt me hizo pasar para cumplir mi servicio comunitario nunca se me olvidará."

– "¿Salir a correr junto a una demonio menor es tan cruel?"

– "¡Fue una maratón de diez kilómetros sin parar! ¡Terminé con la cola llena raspones, astillas y piedras! ¡Tuve que usar una pomada que huele a rayos por una semana! ¡Y esa maldita kobold insistió en que los repitiéramos al regresar!"

– "Es lo que te ganas por portarte mal." – Acotó Aiur. – "Eso me recuerda, ¿ya te respondió la tal… cómo se llamaba… Miia? ¿Te perdonó después de que le dijeras esas cosas tan feas?"

– "Bien, sobre eso… Verás…"

– "¿Todavía no contesta la víbora esa?" – La invertebrada alzó sus brazos. – "¡Pues no sé para qué insistes en rogarle si no le importas! Espera, ¿acaso serás tú quien se olvidó de volver a entablar conversación con ella?"

– "B-bueno…"

Recordé de inmediato la situación de la dragona. La lamia había revelado que Draco había hecho algo peor que zaherirle, lo que eventualmente me llevó a externar mi turbio pasado a la familia entera. Cierto, debería reclamarle por haber desatado tal bomba y hacerme recordar el amargo ayer; pero, al mismo tiempo, le estoy agradecida por haberme hecho expulsar esa espina de mi alma y al menos, entre las personas que importan, hallar el perdón que tanto había buscado desde ese fatídico momento. No podía guardar rencor a alguien que, al final, me ayudó a redimirme. De hecho, debería ayudarla. No sólo como mujer, hermana sáfica o como retribución, sino como amiga. Es lo correcto.

Eso espero.

– "Cetania." – Le susurré a la pajarita, acercándome a su oído. – "¿Te parece si las invitamos a la fiesta?"

– "¿Eh? ¿Por qué?"

– "Sería bueno que la reptil y Miia hicieran finalmente las paces."

– "No te ofendas, flaca, pero lo pueden hacer en tu casa."

– "Lo sé, pero la reunión sería perfecta para que se lograra una mayor aceptación por parte de la serpiente. Presión de grupo y eso."

– "¿No te parece algo mezquino el forzar algo así? Y pensé que lo Nazi sólo era la ropa."

– "Fue lo mismo que sucedió conmigo, ¿recuerdas? Y al final todo salió bien y me quité ese peso de encima."

– "¿Por qué piensas que funcionará con ellas de la misma manera?"

– "Créeme, cuando se trata de algo tan delicado como esto, ambos partidos sólo desean arreglarlo definitivamente." – Afirmé. – "Además, no tiene que ser precisamente en público, podrían hacerlo en privado. Pero saber que hay gente alrededor será suficiente para motivarlos a reconciliarse."

– "Sí que eres malvadamente truculenta, araña." – Suspiró. – "Aún así, ya son demasiados invitados. Incluso tu morada no se daría abasto."

– "Bueno, piensa en que también podríamos ayudar a Smith, quien estará presente, con la investigación sobre Geber." – Manifesté, alzando mi dedo. – "Ella y Draco lo conocen, y podrían saber algo útil."

– "Eso suena aún más mañoso que lo anterior, rubia manipuladora." – Inclinó la cabeza. – "¿Segura que no eres descendiente de Goebbels?"

– "No me jodas ahora, plumosa." – Torcí la boca. – "Además, ¿ya notaste que la escorpioncita está infatuada con la poiquiloterma?"

– "¿Infatuada? Está que derrama estrógeno. Pensé que ese olor era su quitina, pero no, las feromonas le salen a chorros." – Las miró de reojo. – "Y la otra es tan despistada como tú; ni se ha dado cuenta de los coqueteos de Aiur."

– "Precisamente. ¿No crees que sería bueno ayudarles un poco y unir los lazos para expandir el entendimiento y la paz entre individuos, como dicta la filosofía del Acta de Intercambio?"

– "Ay, deja la perífrasis, flaca. Ya entendí, ¿de acuerdo? Esa dullahan te influencia demasiado." – Giró los ojos. – "Bien, invítalas. Pero que no lleven a esa wyvern del averno; no quiero que Mio sea la que termine en el hospital."

– "Danke, Süsse. Eres la mejor."

Le di un ósculo rápido a mi voladora estadounidense y me volteé hacia las chicas, que continuaban enfrascadas en su litigio verbal.

– "Uhm, disculpen." – Carraspeé para llamar su atención. – "Díganme, ¿estarán libres mañana?"

– "¿Eh? ¿Por qué la pregunta?" – Cuestionó la serket.

– "Bien, Cetania y yo planeamos una fiesta…" – Les hice además con el dedo para que se acercaran. Obedecieron. – "La dueña de este restaurante. Será en casa de la arpía y queremos invitarlas a ambas. ¿Qué dicen?"

– "Le agradecemos la oferta, agente, pero nuestra presencia sería incómoda al no conocer a nadie." – se excusó la dragonewt.

– "Bueno, ahí está la cosa. Mi familia hospedadora entera atenderá también a la celebración, incluyendo a Miia."

– "¿Miia estará presente?" – Los ojos de la escamosa se iluminaron al instante. – "¿Está segura?"

– "Una agente policial no miente, amiga."

– "Entiendo, aunque…" – Desvió la mirada, insegura. – "No sé si sea una buena idea que ella me vea. Seguramente me aborrece."

– "Escucha, ella nos contó que tuvo un… malentendido contigo y, si me permites opinar, creo que ella está dispuesta a indultarte si se lo pides de nuevo." – Expliqué, con voz conciliadora y colocando mi mano en su hombro. – "Comprendo perfectamente lo que es cometer un error grave y la infausta culpa que te consume el alma. Y la enorme liberación que es el recibir perdón. No quiero presionarte ni obligarte, Draco, pero pienso que sería una buena oportunidad para reconstruir esos puentes, ¿no te parece?"

– "¿Usted… Usted cree que yo tenga oportunidad?"

– "Digamos que gracias a mí ya tiene experiencia con exonerar tales faltas."

– "Si usted lo piensa, agente… supongo… supongo que puedo aceptar." – Se giró hacia su quitinosa compañera. – "Aiur, ¿está bien si asistimos? Quiero redimirme, aunque falle. Y deseo que estés a mi lado, para darme fuerzas."

– "Claro, Draco." – La escórpida sonrió. Pude notar ese brillo esperanzado en sus seis ojos carmesí. – "Estaré más que encantada de acompañarte."

– "Gracias. Creo que está decidido." – La dragona se volteó y ofreció su mano. – "Puede contar con nosotras. Gracias, agente Jaëgersturm."

– "Llámame Aria." – La estreché.

– "Vale, de acuerdo, Aria." – Se la dio igual a la rapaz. – "Y también a ti… Cetania, ¿cierto?"

– "Yup. Las estaremos esperando, compañeras." – Regresó el gesto. – "También tú, Aiur. No faltes"

– "Gracias. ¡Por Sithis, mira cuanto tiempo ha pasado!" – Exclamó la invertebrada al ver la hora en su celular. – "Vamos a sentarnos, dovahkiin, que aún debemos ver si ya está disponible el juego, ese del que te hablé. Gracias, tortolitas, las veremos en la fiesta. ¡Atentas a los cielos, caminantes!"

Despidiéndolas con la mano, nosotras volvimos a nuestros lugares y ellas se encaminaron a otra mesa con espacio para el cuerpo de la alacrana. Habían pasado casi diez minutos desde que arribamos y comenzaba a preocuparme por mi segadora, sin contar con el sonido que nuestros estómagos producían. Entonces, mi rostro esbozó una sonrisa de mejilla a mejilla al ver a mi divina irlandesa pasar la ventana, cargando una enorme caja repleta de víveres en sus manos y acompañando a una mujer de pálida tez y cabello verde. Supuse que esa sería Sanae Paromia, la amiga de la que ha hablado tanto. Naturalmente y con mi sentido de honor activado, me incorporé para liberar a mi peliblanca de tan pesada carga de sus delicadas extremidades.

– "Perdone, mi lozana dama…" – Le hablé a la dullahan, actuando como aristócrata. – "Pero si me lo permite, me encantaría auxiliarla con su labor y librarla de tan agraviante peso. Una mujer tan deífica no debe manchar su impoluta piel con impío sudor."

– "¡Ay, qué buena eres, araña!" – Exclamó Sanae. – "Ya me había cansado de cargar con tanto tomate y repollo.

– "¿Eh?"

– "Toma." – Paromia depositó en mis manos la caja que llevaba. – "Agárrala bien. No las tires o te las cobro, ¿de acuerdo? Ven, sígueme."

– "¿Uh?"

– "¿Qué esperas ahí parada, como estatua? Los platillos no se preparan con aire, ¿sabes? Muévete."

– "¿Wah?" – Sacudí mi cabeza, reaccionando. – "¡No, espera! ¡¿Qué está pasando?!"

– "Pasa que tienes ocho patas, pero ninguna se mueve." – La chica de pelo verde reanudó la marcha. – "Anda, que nos disminuirán el salario si tardamos."

– "Pero…"

– "Por aquí, A chuisle." – Dijo una muy divertida Lala, siguiendo a su amiga. – "Cuidado con las cebollas, suelen resbalarse."

Riendo las cómplices y dándome cuenta que caí en su juego, suspiré, carcajeándome tenuemente por lo jocoso que tal situación resultaba. Entramos por la puerta trasera, directamente a la cocina, siendo recibida tanto por el intenso aroma de la comida en nacimiento como las miradas extrañadas de las otras cocineras. Con la segadora revelándoles mi identidad, Kanako y Suwako, chef y sous-chef del Aizawa respectivamente, me saludaron amablemente y regresaron a sus labores mientras yo depositaba los contendedores donde se me indicó.

Dándole la mano a la lámpades y felicitándola tanto por ofrecerse a servirnos los platillos como por tan ingeniosa broma, regresé junto a mi azulita a nuestra mesa, donde la castaña y Haru nos esperaban. Al estar juntas, ambas rivales se lanzaron breves miradas retadoras, pero cesaron su silente litigio para centrarse en atender al pequeño, cuyo apetito había regresado y ahora lo alimentaban con papilla de ciruela. Irónico, Sarver se ha debatido todo este tiempo entre manzana de la discordia y diplomático reconciliador, pero siempre siendo la razón principal para que la falconiforme y la segadora se hallaran en la misma mesa. Quizás eso lo exonere de sus repetidas faltas de respeto hacia mi persona.

La mujer de verde cabellera volvió en poco tiempo, cargando no una sino dos enormes bandejas con nuestros platos en estas. Sonreí al distinguir la rostbrätel de la región de Turingia, que era chuleta de cerdo marinada sazonada con algunas bebidas alcohólicas, como kümmel. Aunque estaba segura que la irlandesa había hallado una forma de sustituir tales ingredientes con perfectos sustitutos. También estaba acompañada de papitas fritas y vegetales que agregaban el verde al café de la carne con salsa y el amarillo de las patatas junto al dorado de la cebolla. Ignoro por qué, pero variopinta paleta cromática me resultaba tan agradable como el delicioso olor.

Para la americana, se le presentó un plato de pollo Barbeton acompañado de ensalada de col blanca, papas fritas y salsa picante para sazonar. Estaba segura que servir carne de ave frita era un poco sutil mensaje por parte de la peliblanca a la castaña, pero esta última mencionó que tal vianda era un platillo de origen serbio pero adoptado en el medio oeste de Estados Unidos, específicamente en Ohio. Tal estado era conocido como el lugar de nacimiento de la aviación, al ser la tierra que vio crecer a los hermanos Wright y Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la luna, así que la arpía lo tomó como una muestra de sumo respeto y admiración, para disgusto de la dullahan.

Por último, la segadora optó por hacer honor a sus orígenes y se hizo un sencillo pero muy delicioso cottage pie, tan apetitoso como los que ella preparaba para mí. Dándole palmaditas al asiento imaginario a su izquierda, la Abismal me indicó silenciosamente que me asentara a su lado, mandato que obedecí sin dilación. Eso no detuvo a la rapaz y raudamente movió su silla para quedar a mi derecha, terminando así yo entre ambas. Eso estaba bien para mí. Y Haru, satisfecho y lleno, se había dormido en su silla, así que no molestaría, ¡mucho mejor!

Antes que tal desafío a las intenciones de la peliblanca terminara en disputa verbal, carraspeé para alabar a mi novia de piel añil por haberse tomado la molestia de guisar tan apoteósicos manjares para nosotras. Ahí, la dullahan reveló que parte del crédito también iba para su compañera, quien le ayudó enormemente para finalizar tres platillos a tiempo, a pesar de estar sumamente ocupadas con las órdenes. Agradeciéndole a la chica de pálida epidermis, ella se retiró con una reverencia y procedimos a llenar nuestros estómagos.

– "Así que la niña fantasmagórica se llama Sanae." – Comentó la halcón, tomando una pierna de pollo. – "¿Qué especie era ella? ¿Un espíritu chocarrero?"

– "Lámpades. Ninfas de la diosa Hécate." – Aclaró la irlandesa, cortando un pedazo de la corteza de patatas. – "La luz de sus mitológicas antorchas, según los mitos, era capaz de inducir a la locura. Obvio, tales fruslerías no eran más que risibles incoherencias."

– "Una griega descendiente de la deidad titánide de la noche." – Mencionó la falconiforme. – "Igual que nuestra Dyne."

– "Pero mucho más agradable." – Acoté, tomando un poco de mí bebida sabor uva. – "¿Dices que ella te ayudó con la mitad, Spatzi?"

– "Correcto, A chuisle. Le agradezco también por cubrirme en este momento." – Replicó la segadora, cortando otro poco del pastel. – "De hecho, ella fue quien logró hallar reemplazos perfectos para las bebidas fermentadas que componen los saborizantes de tu rostbrätel."

– "Gratifícala de mi parte nuevamente, linda." – Deglutí otro trozo de esa chuleta, era exquisito. – "Aunque tampoco seas tan modesta, estoy segura que este sazón es completamente tuyo."

– "División equitativa, A chuisle. Fue un trabajo de dos." – Remarcó. – "Una perfecta alianza que rindió los frutos esperados, especialmente a tu favor."

– "Conozco perfectamente de eso, amor." – Miré a la arpía, con una sonrisita. – "¿Cierto, Cetania?"

– "Por supuesto. Junto con la empusa, somos un equipo invencible." – Respondió la castaña, evadiendo mi insinuación. – "Como sea, la lámpades es agradable. Y ya que cocina tan bien, sería excelente auxiliar en la fiesta."

– "¿Piensas agregar a Paromia a la lista de invitados, mujer alada?" – Interrogó la peliblanca, después de tomar de su bebida. – "Me alegraría si no fuera por tu desvergonzada intención de volverla una simple peona de las artes cisorias para el beneficio de la homenajeada."

– "La cual también es su superior. Por la tanto, es un trato que terminaría favoreciéndolas a ambas sobradamente." – Retrucó la estadounidense. Admito que la pajarita ganó ese round. – "Además, no lo hago por tan mezquinas pretensiones, azulosa; simplemente deseo retribuirle este favor. Y tenerla como reemplazo en caso tú te ausentes, lo cual sería preferible."

– "Has invocado a fuerzas Abismales y difícilmente lograrás deshacerte de una de sus hijas, descendiente de Taumas." – Proclamó la peliblanca, degustando una cucharada de carne molida con guisantes y papas. – "Además, no pienso dejarte sola para que influencies negativamente tanto en mi amada como en mi mejor amiga."

– "Descuida, Aria y tú están más chifladas que esa lámpades." – Rió la voladora, devorado las patatas fritas. – "Joder, están riquísimas. Ojalá las preparen también mañana."

– "Concuerdo en su remarcable sabor y me aseguraré de repetir tan amena vitualla."

Al menos ya armonizaron con algo. Tomando nota: Un estómago satisfecho siempre está más dispuesto a amenizar las disputas. Y esta carne es divina, ya puedo morir en paz.

– "Por cierto, Spatzi, hasta ahora vengo notando lo abundantes que son estas en nuestros platillos." – Señalé la abundante cantidad de papas. – "¿Es temporada Rusa o sólo te encantó mi horrible apodo de MOE?"

– "Admito que eso se debe a una mezcla de efectivas zalamerías y circunloquios que lograron pillar a mi jefa." – Confesó la dullahan. – "Nuestros proveedores y el reciente surgimiento de la sobreproducción de tal producto, pudieron convencer a Aizawa de llenar sobradamente nuestras reservas de solanáceas. Es nuestro deber ahora el promover el consumo de tales tubérculos para evitar su desperdicio."

– "En términos simples, compraron demasiadas patatas y ahora deben deshacerse de ellas."

– "Lacónica y acertada síntesis, A chuisle." – Tomó otro sorbo de su vaso.

– "Genial, nos están dando sobras. Deliciosas, pero excedentes al fin y al cabo." – Comentó la arpía, comiendo más. Sabía que estaba siendo irónica. – "Espero que tampoco estén podridas."

– "Te garantizo su inmaculada frescura, hija de Electra." – Respondió la irlandesa. – "Nunca me atrevería a ofrecerle a mi pareja un producto de calidad inferior. Si contraes alguna infección estomacal, culpa a tu exigua higiene personal."

– "Sí, sí." – Desestimó con el ala. – "En fin, ya que mañana es el gran día, ¿crees que puedas venir con nostras a mi casa después de salir? Hay que planear lo antes posible."

– "Supongo que sería lo más recomendable para evitar contratiempos." – La segadora insertó el tenedor en la dura corteza ocre hecha a base de vegetales. – "Mo chuisle me dijo que MON también figura entre los invitados, por lo tanto deberemos redoblar los esfuerzos para satisfacer su insaciable gazuza."

– "Y también a Nikos, Mei, Ekaterina, Roberto, Amanda. Y no olvidemos a esa serket y la dragonewt." – Enumeró la falconiforme, pasando su carne por la salsa. – "Y ahora Paromia. Rayos, debimos alquilar el foro internacional de Tokio para contar con espacio suficiente. Sólo falta que Saadia y Titania nos caigan de sorpresa y Yuuko nos mande al diablo."

– "No nos eches la sal, pajarraca." – Temblé del miedo al pensar en tal posibilidad. – "Y hablando de eso, ¿Mei ya sabe que es parte de las nominadas?"

– "Al menos no de mi parte. Le dije a Dyne que le informara si la veía y me llamara para confirmarlo, aunque no se ha comunicado."

Como si fuera cierto personaje popular del cine que aparece cuando se menciona su nombre tres veces, el teléfono de la americana comenzó a timbrar, siendo contestado raudamente por ella. Reí ligeramente al reconocer que había elegido el canto de un grillo para la persona en particular que intentaba comunicarse, evidenciando su identidad de cómica manera. Oprimiendo el botón en la pantalla del aparato, la rapaz tomó la llamada y saludó a la inconfundible Nikos.

– "¿What's up, Pepper? ¿How ya doin', you crazy cricket?" – Habló la castaña en su lengua madre. – "¿Eh? ¿De verdad? Sí, por supuesto. Claro, dile que la esperaremos con gusto. Vale, muchas gracias, amiga. Igualmente, mantisita. Por cierto, Potato te manda más besitos. ¡Ja!"

Riendo, la halcón guardó su celular cuando la notablemente furiosa empusa terminó abruptamente la llamada, a juzgar por su vesánico vociferar claramente audible por la pequeña bocina del artilugio. Corroborándonos que la gecko pelirroja ya había confirmado su asistencia gracias a la intervención de la mediterránea, proseguimos con el almuerzo, charlando calmadamente sobre nuestra travesía en el zoológico y los acontecimientos cotidianos del restaurante. Mientras Cetania mostraba las fotos del paseo a Lala y ambas comentaban en lo tierno de los animales y el pequeño Haru, yo me mantuve sonriendo al disfrutar de la pacífica compañía de las mujeres que más quería en este mundo. Deseaba que momentos así duraran para siempre, porque sabía que, a pesar de lo disparatado que pudiera sonar todavía, podríamos alcanzar el cenit de la felicidad si nos dábamos oportunidad.

Y al igual que por la justicia, no dejaré de luchar hasta lograr ese sueño.

Concluimos nuestra comida y luego de esperar unos minutos para digerirla y evitar cólicos, como recomiendan los doctores, agradecimos a Mio por permitirnos el disfrutar de tan fantástica tarde e incluso por dejarnos todo a mitad de precio. Que la casa invitara hubiera sido la cereza del pastel, pero desgraciadamente no hubo malhechores que me permitieran obtener tales descuentos. Bueno, tampoco es que me quejara por presumir mi fajo de billetes, para sentirme mujer exitosa. Le heredé lo soberbia a mi difunta abuela, lo acepto. Nos despedimos de Aiur y Draco y, con la jefa de la dullahan dándole visto bueno para salir relativamente temprano al faltar apenas quince minutos para el cese de labores, los cuatro nos retiramos de ahí.

La irlandesa se ofreció a cargar con el bebé y lo llevó en brazos, yo adulándole lo maternal que siempre lucía e incluso retratándola con la lente de mi teléfono. Provoqué inesperada una competencia y pronto la falconiforme se halló tratando de ser la que llevara al niño y pidiera ser inmortalizada en digitales bits. No rechacé propuesta de ninguna y, con Tique sonriéndome, logré que ambas aceptaran compartir una foto sosteniendo las dos al chiquitín. Creo que Sarver también estuvo de acuerdo con tan favorable giro de eventos y sutilmente noté un guiño de su parte que le regresé con tres globos oculares. O quizás sólo era una basurita en el ojo, pero me gusta soñar.

Si bien acordamos asistir a la morada Honda para detallar los arreglos de la fiesta, optamos por conseguirle un medio de comunicación móvil a la segadora. En primera, porque después del asalto al Aizawa, yo no deseaba que mi novia se quedara sin medidas para solicitar ayuda o denunciar alguna falta en caso de presenciarla. Era lo esperado de la pareja de una policía. Y la segunda, era para que no extrañara tanto su presencia al ausentarme de casa. Incluso con las cartas y demás, no deseaba estar tan lejos de mi azulita. Y por supuesto, intercambiar fotos subidas de tono por mensajería para esas noches solitarias.

¡¿Qué?! ¡Es completamente normal! ¡Si nadie los quiere por feos, no es mi culpa!

Decantándonos por caminar, la castaña nos indicó el lugar indicado. Yo hubiera elegido donde acudí a solicitar el plan de datos para el mío, pero ella insistió en que podríamos conseguir mejores precios, así que la seguimos. Los cielos comenzaban a tornarse grises, aunque no anunciaban lluvia; no estaba preocupada, pues cargaba con el paraguas por si las moscas. La vista de tres liminales y un crío seguía llamando la atención y las lentes fotográficas de los más curiosos. No me molestaba, al contrario; deseaba mostrarle al mundo un despliegue muy claro de auténtica paz y convivencia entre especies. Es excelente publicidad para el departamento de justicia y ayuda a que la gente nos conozca y confíe.

Arribamos al centro comercial y entramos a un establecimiento con varias ofertas ostentados en llamativos carteles. La tecnología no escaseaba en uno de los principales innovadores mundiales de tal rama, así que era entendible que una sencilla tienda con un modesto anuncio con el nombre del comercio pudiera pasar desapercibida. Eso podría explicar los precios en su mayoría asequibles que comprobamos al checar el interior del almacén. Alineados tras estantes de cristal y con pequeños papeles de fluorescente color que indicaban la cantidad necesaria para adquirirlos, hallamos varios modelos y accesorios para el mundo de la telefonía portátil. Incluso nos topamos con ejemplares promocionando ese famoso anime y sus antropomórficos personajes que el chiquillo reconoció al instante al grito de "kemono".

Demonios, incluso yo empiezo a encontrarlos igual de monos. ¡Esto es magia negra!

– "¿Ya encontraste alguno, guapa?" – Pregunté a la peliblanca al tiempo que yo observaba las ofertas.

– "Me declaro neófita en esto, A chuisle." – Contestó la aludida, contemplando las repisas. – "¿Te importaría escoger por mí?"

– "No es física cuántica, linda. Elige el que desees. Todos son prácticamente lo mismo."

– "Hey, chica azul, ¿Qué te parece este?" – La estadounidense señaló uno, agachándose. – "Blu Vivo. No será de marca super-reconocida como las otras, pero las especificaciones no parecen mal."

– "De hecho, Herr Kommandant posee uno similar y siempre se está quejando de la poca batería." – Injerí, tomando un volante. Me gustan los catálogos. – "Ha de ser porque Papi y Suu se lo quitan en ocasiones para bajar sus juegos de la PlayStore, pero prefiero evitar chascos."

– "¿Quizás este Wileyfox Swift 2 Plus?" – Sugirió la irlandesa. – "El precio es accesible."

– "Nope, usan CyanogenOS y ya fue descontinuado." – Declaró la rapaz, sin voltear. – "Podrían darle soporte a Android puro en una actualización, pero la gama baja no siempre garantiza tales opciones."

– "¿ZTE Blade S6?" – La Abismal apuntó a otro.

– "Mediocre."

– "¿Airis TM420?"

– "No lo conozco."

– "¿Xiaomi Redmi?"

– "Yuuko lo usa. Lo odia con toda el alma."

– "¿Oppo F1?"

– "Tuve un Oppo. Lo odié más."

– "¿Te comiste a un crítico de tecnología en la mañana, Süsse?" – Le cuestioné a la castaña.

– "Se llama buscar reseñas en Google, flaca." – Mostró la pantalla de su celular. – "Tampoco te recomiendo el mismo que uso porque igual es terrible. Maldito LG."

– "¿Y si probamos con un iPhone, como Smith?"

– "Aria..." – Me miró con seriedad. – "Si compras una mierda de Apple, juro que te lo meto por el recto con una escoba, ¿entendiste?"

– "Jawohl." – Tragué saliva. – "Me asustas, pajarita."

– "Heil Android." – Regresó a su posición previa. – "Hmm, parece que los Honor 5C no se ven tan malos. Si no te importan las fotografías algo movidas, luce como una buena opción."

– "No tienes algún prejuicio en contra de la compañía, ¿verdad?"

– "Estos no te estafan con precios inflados ni tienen borregos hipsters de seguidores."

– "Sí que te tomas en serio esto, Süsse."

– "De hecho, lo hago para joder." – Sacó la lengua juguetonamente. – "Pero de verdad, incluso esta decapitada merece algo mejor que basura sobrevalorada de renombre."

– "Nerd."

– "Fascista."

– "Yanqui."

– "Fetichista de las armas."

– "Se dice hoplófila. Y tú eres una aracnofílica."

– "¿Puedes culparnos?" – Habló la dullahan.

– "Claro que no." – Reí.

Justo en ese momento, una mujer rubia entró al establecimiento, llevando carpeta color manila en una mano y celular en la otra. Por su expresión irritada y esas ojeras tan remarcadas que la hacían ver como un oso panda demasiado agrio, dedujimos que era mejor mantenerse alejadas de ella. Con pasos remarcados, pisoteando el suelo con sus botas como si del rinoceronte indio que admiramos en el Tama Zoo se tratara, ella se acercó al mostrador y estampó su teléfono en el mueble de vidrio. Por suerte, el impacto no causó deformaciones en el cristal. O en la encargada que atendía, que casi indiferente bajó la revista que estaba leyendo para mirar con cansada expresión a la furiosa chica frente a ella.

– "¿Qué es ahora, Wilde?" – Preguntó la desganada empleada. – "¿Se te borró el récord en el Kobold Race de nuevo?"

– "¡Ojalá fuera algo tan irrelevante, Yuki!" – Vociferó la otra.

– "¿Volviste a rootearlo con una ROM norcoreana?"

– "¡No tengo ni computadora para hacer esas cosas de nerds!"

– "¿Entonces?"

– "¡Que esta cochinada que me vendiste en un vil robo!" – Alzó el aparato telefónico frente a ella. – "¡Te exigiría mi dinero de vuelta, pero seguro lo gastaste en el inútil de tu novio!"

– "En primera, Michi no puede ser mi novio."

– "¡¿Por qué?! ¡¿Resultó ser invertido?!"

– "Es mi hermano, idiota."

– "¡Ya sé que Michi es idiota! ¡Mira, me importa un bledo tu vida incestuosa, Yuki, sólo cámbiame esta basura!"

– "Y en segunda, maldita bruja escandalosa…" – La trabajadora injirió, conteniendo las ganas de golpear a la clienta. – "No puedo cambiártelo."

– "¡¿Por qué no?! ¡¿Por políticas fascistas de la empresa?!"

– "No. Simplemente por el pequeño detalle que de nunca pagaste por ese equipo." – Aseveró Yuki. – "Lo ganaste en nuestro concurso de inauguración. ¿Recuerdas?"

– "¡¿Y eso qué?! ¡Tú me lo diste! ¡Ten la decencia de cambiarlo!"

– "Por última vez, Emily: No." – Reanudó su lectura. – "Ahora regresa a ese basurero del cual saliste y déjame en paz, ¿quieres?"

– "¡No me voy de aquí hasta que me des algo mejor que esta mierda!"

– "¿Te parece bien una patada en el culo? Y al final de cuentas, ¿cuál es el maldito problema que tiene?"

– "¡Mis fotos, mis videos! ¡Mis preciosos videos! ¡Esfumados como la economía argentina!"

– "¿Todo esto por unos jodidos archivos?"

– "¡Son importantes! ¡Especialmente el porno! ¡No olvides el hermoso porno!"

– "¿No volviste a insertar al revés la maldita tarjeta SD, degenerada?"

– "¡Tuve que venderla para pagar las deudas de este mes! ¡No, mis archivos estaban en la memoria interna y de repente desparecieron! ¡Tu maldito celular es un asco, cámbiamelo!"

– "Te dije que no, Wilde." – La empleada estiró su mano. – "Dámelo. Lo arreglaré, tú quedarás como una imbécil, harás un berrinche, te largarás y, con suerte, no volveré a saber de ti en mi vida."

– "Bien, compruébalo por ti misma, zopenca." – Se lo entregó.

La dependiente comenzó a revisar el aparato en silencio. Nosotras nos mantuvimos distanciadas, fingiendo estar ocupadas con los modelos en las vitrinas y tarareando disimuladamente la melodía J-Pop en los parlantes. Mirando de reojo, hice contacto visual con la impaciente rubia, con sus llamativos ojos verdes y esclerótica enrojecida por los abundantes vasos sanguíneos contrastando con sus oscuras ojeras, dándole un aspecto terrorífico, haciéndome desviar la mirada y silbar inocentemente. Pronto, la chica detrás del mostrador le regresó el aparato a su dueña.

– "¿Y bien?" – Preguntó la tal Emily, agarrándolo. – "¿Los encontraste?"

– "Nope."

– "Te lo dije. ¿Me darás otro?"

– "Nope."

– "¡¿Por qué no?!"

– "Porque el problema es que todos tus preciados archivos y demás basura se hallaban en la nube."

– "¿Eh?" – La rubia miró al cielo. – "¡Oh, sí! ¡La nube! Espera, ¿y eso qué tiene que ver?"

– "Que alguien los borró de tu cuenta en Google Drive."

– "Eso lo hago todo el tiempo. ¿Sabes lo rápido que los packs de Brazzers acaparan los quince gigabytes disponibles? Pero siempre me aseguro que sean los que ya no necesito."

– "¿Con todo y la cuenta en sí?"

– "Un momento… ¡¿Dices que eliminaron todo, incluyendo mi maldito perfil?!"

– "Síp. ¿No tienes copias de seguridad?"

– "Tuve que borrarlas de la SD cuando la vendí… ¡Carajo; todo se perdió, todo!" – Wilde se jaló el cabello. – "¡¿Pero cómo?!"

– "¿Se lo has prestado a alguien?"

– "¡Nadie más que yo lo opera! ¡Y no soy tan estúpida como para hacer algo así!"

– "Pues a menos que seas sonámbula y lo uses dormida, me temo que la única culpable eres tú." – Declaró Yuki. – "Por cierto, ¿trabajas en una jodida peluquería o algo así? Encontré cabellos anaranjados debajo de la carcasa."

– "No, yo aún laboro en…" – Hubo una pausa. – "Olvídalo, ya sé que debo hacer. Gracias, Yuki. Nos vemos."

– "Espero que no."

– "Sí, sí… Por cierto, ¿sabes de una tienda cercana donde vendan trasquiladoras?"

La empleada, ya habiendo regresado a su lectura, sencillamente apuntó a la izquierda. Con eso, la llamada Emily, cocinando rabia vesánica en su interior, salió raudamente del comercio, mascullando ininteligiblemente y pateando a un gatito en el camino. Nosotras nos quedamos mirándonos, confundidas y preferimos seguir indagando en los productos ofrecidos. La dependienta no dijo nada, posiblemente pensando en renunciar de tan estresante trabajo. Bueno, al menos no es la única que debe soportar seres gritones y que le joden la vida a una. Pero al menos Sarver es menos feo.

– "Cuantas complicaciones por un accesorio tan común." – Opinó la segadora, exhalando. – "Sería mejor abandonar tal idea. De todas maneras, no me hace realmente falta."

– "No digas eso, Spatzi. No permitiré que te quedes rezagada en medio de la era de la información." – Aseveré. – "Lo que deberías hacer es mandar al diablo las reseñas de Internet…"

– "O las opiniones de Cetania…"

– "Bleh." – La halcón le sacó la lengua.

– "…Y escoger el que más te agrade." – Completé. – "Es lo mismo que dije antes y lo sostengo. El dinero no importa, linda, sino tu satisfacción."

– "¡Kemono!" – Exclamó súbitamente Haru, agitándose en la mochila.

– "¿Qué sucede, churumbel?" – Preguntó la dullahan, tomándolo en brazos.

– "¡Kemono!" – Repitió el niño, apuntando a su derecha. – "¡Lulu, lulu!"

– "Creo que se refiere a ese teléfono, flaca." – Indicó la rapaz. – "Síp, definitivamente."

– "Ay, no…" – Suspiré. – "Esa cosa ya se volvió un culto."

Aunque no debería sorprenderme en este punto, el objeto en el que el arrapiezo tanto insistía se trataba ni más ni menos que un celular con la condenada imagen de uno de esos personajes animados, una mujer pingüino, plasmado en la tapa trasera del artilugio. El bebé ya había demostrado su apego por tales aves y ahora parecía que intentaba pasarle la enfermedad pingüinosa a la irlandesa, obligándola a acercarse al polícromo objeto decorado a la usanza anime. ¡Malditas compañías crueles e insensibles que enajenan a nuestros pequeños con sus lindas niñitas en trajes de animales! ¡Al menos usen liminales, que son más bonitas!

– "Es un Moto G4 Plus, edición especial Kemono Cuatas." – Explicó Yuki, sonriendo amablemente. ¿Cómo logró cambiar la actitud tan rápido? – "Viene con contenido precargado de la serie, un muñequito de colección y un cargador portable de regalo."

– "Cuatro gigas de RAM, cámara de dieciséis megapixeles, procesador de ocho núcleos Snapdragon, SIM dual…" – Inventarió la castaña, agachándose junto a la segadora. – "Esta cosa es mejor que mi vejestorio, flaca. Si no te lo llevas, lo haré yo."

– "Adelante, emplumada." – Le respondí. – "No quiero más de esos condenados chemonos y menos para mí azulita."

– "De hecho, me gusta." – Replicó la aludida, contemplándolo. – "Encuentro el diseño, no solo el de la efigie antropomórfica en la parte trasera, sino en general, estéticamente placentero."

– "No bromees, Spatzi. ¿De verdad quieres andar con esa cochinada por todos lados? ¿No te da cosa la mirada vacía de esa pingüino imaginaria?"

– "Considero que es tierna. Además…" – Me miró de reojo. – "¿Realmente puedes quejarte de la apariencia cuando estás vestida de esa forma?"

– "Touché." – Contesté, admitiendo la apabullante derrota.

– "Nice one, Lala." – La americana le ofreció un pulgar arriba.

– "Genial, sólo son amigas cuando se trata de humillarme." – Suspiré. – "¿Entonces te decidiste por este, Spatzi? ¿Segura?"

– "Mi veredicto está dado, A chuisle." – Afirmó la irlandesa. – "Y al parecer, Haruhiko también comparte la opinión."

– "¡Kemono!" – Manifestó el mocoso, alzando las manos en señal de victoria.

– "Ugh, de acuerdo. Sólo porque eres tú, Lala." – Me incorporé. – "¿Cuánto es el importe por este modelo, señorita?"

– "Treinta y tres mil yenes, amiga." – Replicó Yuki, sin quitar su sonrisa. – "Y si paga al contado, incluimos también una funda protectora y una tarjeta SD de treinta y dos gigabytes."

– "¡¿Qué?! ¡Pero el catálogo aquí dice que está a veintitrés mil!" – Protesté, mostrando el volante en mis manos. – "¡Esto es publicidad falsa! ¡Qué bueno que soy policía, porque ahora le va a caer toda la ANP por estafadora!"

– "Lamento bajarle los humos, agente, pero ese es el Moto G4 estándar." – Contestó, manteniendo aún su sonrisa. – "Este es la versión Plus y de edición limitada. Naturalmente, el precio es mayor."

– "¡¿Pues qué tanto trae para justificar esa diferencia del treinta por ciento?!" – Reclamé. Ignoro como atiné al porcentaje si soy terrible en aritmética. – "¡¿Está hecha de piel de pingüino real o qué?!"

– "Posee un lector digital de huellas para mayores opciones de seguridad, mejor cámara y garantía de dos años por desperfectos de fábrica." – Enlistó, su trémula sonrisa cada vez más cediendo. – "Sin contar que es el único en existencia que nos queda de tan popular anime."

– "¿No puedes darnos el estándar?"

– "Lo siento, sólo contamos con este."

– "¿Y no hay descuentos para agentes de MON?"

– "Somos imparciales."

– "¿No habrá uno similar, pero más barato?"

– "¡Maldita sea, eres más jodona que Emily! ¡Sólo sigo aquí porque el contrato me obliga, de lo contrario, ya hubiera renunciado!" – Vociferó la empleada, aporreando los puños en el mostrador. – "¡Cómpralo de una puta vez o deja de hacerme perder el maldito tiempo, araña tacaña!"

– "¡Vale, vale! ¡Lo siento!" – Retrocedí, alzando las manos al frente. – "¡Me lo llevo! ¡Ya cálmate de una vez!"

– "Excelente elección, amiga." – Su sonrisa humana regresó al instante. – "¿Efectivo o tarjeta?"

Recurriendo al papel moneda y sellando la transacción acordada con siete billetes de cinco mil yenes, la temible encargada sacó la caja que pertenecía al producto. Tomó el celular, envuelto en una bolsa plástica y recipiente transparente para protegerlo al estar fuera del empaque, y se aseguró que todo lo contenido estuviera en su lugar. Mostrándonos que todo lo prometido estaba incluido, metió el teléfono adentro y nos lo entregó junto a un cargador portátil, una memoria externa, una funda estilo billetera y una pequeña figura plástica con la efigie de la chica pingüino, la cual también fungía como llavero. Por lo menos descubrí que el 'Lulu' al cual el chaval se refería era actualmente 'Hululu', el nombre del personaje.

– "¡Muchas gracias por su compra! ¡Vuelvan pronto!"

Despidiéndose Yuki de la más tétricamente convincente manera, nosotras partimos de ahí, con artículo nuevo y treinta y tres mil yenes menos. Sin embargo, el saber que mi dullahan ya contaba con un medio para mantenernos en contacto en alguna emergencia era razón más que suficiente para no arrepentirse por tan relativamente costosa compra. Además, ya que nunca esperé obtener tal dinero en primer lugar, podría decirse que al final no perdí nada. Por supuesto, eso no significaba que no me doliera el haber dejado más escueta a mi cartera.

– "¿A dónde vamos ahora? Apenas son cuarto para las cinco." – Preguntó la arpía, con las alas detrás de la cabeza. – "Oí que hoy se estrena la nueva película de 'James Bullock va al Espacio' en 3D."

– "Dudo que nos permitan la entrada cargando con este enano, Süsse." – Dije yo, llevando al chiquillo. – "Y a menos que tengan lentes especiales para arachnes, no podré disfrutar las tres dimensiones."

– "¿Quizás a algún lugar para estimular tempranamente el intelecto de Haruhiko?" – Opinó la segadora, acariciando la foquita que le compré. – "Como el Museo Nacional de Ciencias Naturales. La diversa selección de salas y exhibiciones cuentan con temáticas para interesar a toda clase de público."

– "Ah, sí, el que está en Ueno. Fósiles de dinosaurios, dioramas de la fauna nipona, astronomía, etcétera." – Complementó la rapaz.

– "Eso es correcto." – Asintió la peliblanca. – "También artilugios espaciales y demás objetos históricos, incluyendo un verdadero caza nipón de la Segunda Guerra."

– "Eso es todo lo que necesito, Spatzi." – Chasqueé mis dedos y apunté hacia el horizonte. – "¡Directo al museo, mis leales tropas! ¡Panzer vor!"

– "Excepto que ahora está cerrado." – Mencionó la castaña, enseñando la pantalla de su móvil.

– "Scheisse…" – Bajé con desgano mi brazo. – "Bueno, al menos ya sabemos a dónde ir si nos vuelven a encargar a este diablillo. Por cierto, pajarita, ¿Cuánto dinero nos queda para el bebé?"

– "Veamos…" – Comenzó a contarlo. – "Cinco mil trescientos netos. Ese condenado zoológico sí que nos exprimió todo el jugo como limones. Al menos gasté poco de mis cien mil."

– "¿Podemos contar con tu apoyo económico en caso de una emergencia, bonita?" – Le pregunté. – "Incluyendo lo que gasté en los recuerdos del zoológico, únicamente cuento con quince mil seiscientos en mis reservas."

– "Of course, Blondie. You know I love ya." – Me rodeó con su ala derecha. – "Lo mío es tuyo y viceversa."

– "Un apotegma que tuve el honor de adoptar primero con las finanzas de Mo chuisle, hija de Electra." – La Abismal tomó la extremidad emplumada y la removió como si de alguien con lepra se tratara. – "Pero yo no tuve que recurrir a las promesas de bienes capitales para aumentar mi reputación con ella. Típico de un producto de un imperio ultra-capitalista."

– "Lo dice la demente de azul epidermis que tiene amarrada a mi arañita de una correa sentimental." – Retrucó la nativa de Montana. – "Incluso llegando al extremo de pedir permiso para recibir a sus amistades. ¿Quién era la del régimen controlador aquí?"

Me hubiera gustado dar mi opinión, pero sabía que me iría mal cuando ellas trataban de defenderme, por más contradictorias que fueran sus acciones. Muchas ventajas ofrece el silencio.

– "Atrevidas acusaciones para alguien que profana los sagrados labios de la mujer que por derecho es mía." – Lala giró su cabeza para encararla, sin cesar su marcha.

– "Y allá vamos de nuevo con la opresora." – La falconiforme la emuló. Yo quedé entre las dos beligerantes. – "¿Desde cuándo las personas te pertenecen como si fueran objetos?"

– "Creí que tu capacidad craneal denotaba un intelecto similar al socialmente aceptable para poder captar tan sencillo metáfora. Veo que me equivoqué."

– "¿En verdad? Cuesta creer que una déspota engreída acepte cometer errores."

– "Patético intento de escarnecimiento de una intranscendental mortal que niega a aceptar la evidente derrota."

– "Me encanta cuando recurres a tus ambages para simular parecer superior a tus oponentes. ¿Qué se siente llenarse la lengua y cabeza con ínfulas de intelectualismo?"

– "Lo mismo que intentar proyectar argumentos válidos con deplorable verborrea tan frágil como tu moralidad."

– "¡Lo dice la que intentó matarme!"

– "¡Y lo refuta la que intenta quedarse con mi novia!"

– "¡Loca decapitada!"

– "¡Peste alada!"

– "¡Demagoga altanera!"

– "¡Plumero parlante!"

– "¡Temporada de dullahans!"

– "¡De arpías!"

Ay, mamá araña. Si no las detengo, pasarán de las palabras a las trompadas… Otra vez. Y aunque disfrute verlas en tan apasionadas reyertas al sacar el arsenal de retóricas, alusiones y floridas expresiones que luego me toca buscar en el diccionario, era mejor disipar las tensiones antes de terminar lamentándolo. El pequeño Sarver también debió presentir que se necesitaban tomar medidas disuasorias o tal vez sintió miedo genuino, pues cuando la temperatura estaba en su apogeo de ebullición, la criatura empezó a llorar a todo pulmón, deteniendo de inmediato la trifulca y obligándolas a adoptar una tregua. Lo admito, este mocoso es más útil de lo que pensaba. Gracias por procrear, papás de Haru.

¡Aunque siga odiando a su condenado engendro!

La rabieta del churumbel fue auténtica, ya que se había hecho en su pañal y las tres nos turnamos para regresarlo a su pulcro estado. Ignoro cuantas veces él ya ha ido al baño, pero me alegraba que nuestras reservas de pañales se mantuvieran saludables. Tal vez este niño posee un metabolismo demasiado elevado, o quizás le hemos estado alimentando con laxante sin darnos cuenta. Bueno, espero nos agradezcan por desparasitarlo. No quiero recordar cuando tenía bichos en mi pancita y el inodoro se volvió mi mejor amigo durante las vacaciones de verano. ¡Malditos jabalíes salvajes y sus triquinelosis!

– "Chicas, ya sé que no se llevan bien, pero en vez de seguir peleando por nimiedades, deberíamos poner el ejemplo." – Comenté, colocándome al crío en la mochila. – "No sólo por Haru o por los que nos observan, sino por nuestro honor. Somos mejores que animales rabiosos."

– "Lo siento, Aria. No era nuestra intención reñir en medio de la calle." – Se disculpó la rapaz, sentándose en una banca. – "Tienes razón. Como dijo Smith al frenarnos en ese infausto día donde casi nos matamos: Ahora representamos públicamente no sólo a MON o la justica, sino al Programa de Intercambio en sí."

– "Acepto que nuestro proceder fue inaceptable, A chuisle," – Dijo la irlandesa, tomando el otro extremo del asiento. – "Y te pido perdón por tan embarazoso despliegue de agresividad."

– "Todos perdemos la cabeza de vez en cuando. Sin ofender, segadora." – Se apresuró a corregir Cetania. – "Al final, somos guerreras y seguimos nuestros instintos de batalla. Y nos olvidamos que en el proceso, dañamos a los inocentes que amamos."

– "Concuerdo." – Asintió la dullahan. Alzó la vista, para verme a los ojos. – "Pero, Aria, también debes comprender que mis razones para actuar tan impetuosa son totalmente válidas."

– "Sólo la rodeé con mi ala, ¿desde cuándo eso es delito?" – La castaña protestó, mirándola a ella. – "Es quizás la más simple expresión de amistad entre compañeras de trabajo."

– "Las connotaciones de tal gesto iban más allá de una sencilla muestra de afecto, emplumada." – Le replicó la segadora, observando en su dirección. – "Incluso te has dado el lujo de robarle ósculos bucales ilícitos a falta de mi presencia física. Es injusto que aproveches mi ausencia para llevar a cabo tan alevoso plan."

– "La mayoría de ellos, si no es que todos, fueron realizados por decisión propia, Spatzi." – Tercié. – "Sé que puede parecerte inaceptable, pero sabes que amo a Cetania tanto como a ti."

– "Además, si se trata de magnitudes íntimas, tú eres la que lleva toda la ventaja aquí, azul." – Continuó la falconiforme. – "Tú puedes acostarte con ella a voluntad; mientras tanto a mí, se me prohíben los abrazos. ¿Y me llamas la injusta?"

– "¡Aria es mi pareja y ella misma lo reconoce!" – Aseveró briosamente la Abismal, llevándose la mano al pecho. – "¡Quizás la ames, pero has llegado demasiado tarde! ¡No puedes tomarte esas libertades!"

– "¡¿Creí que seguíamos compitiendo?!" – Cuestionó retóricamente, inclinando la cabeza. – "¡Y no es infatuación unilateral, sino amor verdadero! ¡Por supuesto que puedo demostrarle mi afecto!"

– "¡Tú no haces las reglas aquí!"

– "Pero tú sí, ya que parece que te has auto-proclamado juez y verdugo. ¿Quién es la fascista de nuevo?"

Cuando estaban a menos de un metro, cosa que ellas no se percataron al enfrascarse en su acalorado litigio oral, me interpuse entre ellas, estirando mis brazos en ambas direcciones para detenerles. Dándose cuenta que casi vuelven a cometer el mismo error, retrocedieron con resignación a su posición original, con la cabeza y los hombros caídos. Por suerte la calle estaba poco transitada y no muchos se percataron del pequeño teatro dramático que ocurría sobre los grises adoquines de uno de los tantos parques en la urbe vespertina de Asaka.

– "Chicas, comprendo perfectamente que tengan ideas opuestas sobre lo que es aceptable o no. Y confieso que quizás hayamos sido algo faltas de respetar las implícitas reglas, siendo yo la mayor infractora." – Expresé. – "Pero si seguimos de esta manera tan irreflexiva, más allá de la disyuntiva sobre disputarse mi corazón, terminaremos haciendo cosas de las que nos arrepentiremos el resto de nuestras vidas. Ustedes son testigos de mis pecados. No requerimos sermones ni soliloquios para reafirmar lo que ya sabemos. Únicamente quiero saber si hay forma alguna de ponerle fin a este volátil conflicto."

Hubo segundos de silencio, con las principales contendientes mirando hacia un lado de la cada vez más oscura y vacía calle, tanto por las horas que plasmaban las manecillas del hipotético reloj como el estado del cielo, tornándose tan nublado y gris como nuestra situación actual. El mundo entero parecía una enorme metáfora de nuestro sentir.

– "¿Qué es lo que quieres, Aria?" – Fue Lala quien rompió la afonía ambiental, mirándome. – "¿Qué acepte tan flagrante atropello a las normas comunes y le permita a la descendiente de Taumas seguir ultrajando tus labios con los suyos? ¿O que consienta tus evidentes infracciones a los tácitos acuerdos de nuestra relación sentimental?"

– "¿Es delito enamorarse, Lala? ¿Acaso es calumnia el demostrar ese bello sentimiento con esa persona especial?" – Cuestioné. – "¿Se considera blasfemia es seguir los nobles deseos de nuestro corazón? ¿Especialmente entre individuos que han sufrido en carne propia más de una forma de discriminación?"

– "No evadas la cuestión principal ni ornes tu ingeniosa retórica, descendiente de Arachne." – Contrarrestó. – "No me has dado una razón válida por la cual debería tolerar esta clase de concomitancia pasional con Cetania."

– "Por la misma que ella tolera la nuestra en primer lugar y por la que se niega a tomar ventaja de tu ausencia para tentarme mezquinamente, como siempre has imprecado sobre la arpía." – Afirmé, tratando de no sonar molesta. Nunca podría estarlo con la dullahan. – "Porque Cetania acepta que te amo con toda el alma."

– "¿Qué necesidad tienes de hablar de su parte, estando ella presente?"

– "Porque Aria también me ama, y nuestros corazones comparten los mismos sentimientos." – La americana se incorporó. – "Podrán diferir en algunos puntos, pero las emociones son las mismas. Es verdad, yo sé que la arachne te adora y que eres parte indispensable de su vida. No me agrada, pero no puedo odiarte, porque sería injuriar contra mi propia persona. Tú y yo, Lala, somos lo mismo."

– "¿Estás dispuesta a consentirlo y darme la ventaja sobre el objeto de tus deseos, reduciendo cada vez más tus ya muy exiguas posibilidades de triunfar?"

– "Así es." – Asintió solemnemente. – "A veces debemos ceder territorio para eventualmente ganar la guerra."

– "Francia lo intentó, y terminó conquistada."

– "Pero soy americana, dullahan, no francesa." – Refutó. – "Perdimos las Filipinas ante Japón, y después, al recuperar nuestras fuerzas, las tomamos de vuelta hasta eventualmente ganar la guerra."

– "¿Qué te hace pensar que podrás superarme?"

– "El veredicto final aún no está dado, segadora. Incluso ahora, cuando pareciera que el resultado definitivo ya se ha decantado a tu favor desde hace mucho, yo sigo luchando."

– "Sólo eres testaruda."

– "Yo diría paciente." – Acotó la falconiforme. – "Porque mientras nada esté dicho, aún poseo oportunidad de lograr el éxito. Soy una cazadora, Lala; una oportunidad es todo lo que necesito."

– "Sí que eres optimista."

– "Y tú inusualmente negativa, especialmente cuando ya tienes el premio en tus manos." – La nativa de Montana se cruzó de brazos. – "¿Quizás en el fondo estás temerosa de perder ante esta anodina peste alada? ¿Consideras que una insignificante ave de presa como yo es capaz de vencer a una hija del Abismo?"

– "Debes estar flaqueando para menospreciarte con tales adjetivos, incordio alado." – Sonrió maliciosamente. – "Pero me complace que lo hagas, pues significa que eres capaz de comprender que yo nunca cedería ante una mortal ni a sus deseos."

– "Porque obviamente amar a una simple arachne de piernas largas no es abandonar tu orgullo para ofrecer tu corazón."

– "Aria me otorgó su vida y alma voluntariamente. Me dio todo lo de valor que posee, más allá de los temporales tangibles, de los efímeros placeres terrenales: Su eterno amor."

– "¿Y tú, dullahan? ¿Acaso tus sentimientos no son tan valiosos como los de ella?" – La halcón sonrió maliciosamente. – "¿Quién se menosprecia ahora?"

Con tan breve pero contundente exposición de agudeza mental, la rapaz demostró, ingeniosamente debo decir, que una intranscendental mortal era capaz de triunfar sobre una sempiterna hija del Abismo si se presentaba la oportunidad. Había logrado condensar toda esa retórica en una grandilocuente inversión de papeles, ganándole a la mujer de azul epidermis en su propio juego verbal. El trémulo labio inferior de la irlandesa dejaba en claro que esta deseaba rebatir de la misma manera los argumentos de su rival, pero, al final, la peliblanca no tuvo más remedio que conceder la victoria a la arpía en esa ocasión. Una conquista pequeña, pero innegable.

– "¿Qué es lo que quieres, Aria?" - Insistió en la misma pregunta la segadora.

– "Lo que todo soldado, persona y ser vivo desea más en la vida." – Repliqué.

– "¿Paz?"

– "¿Felicidad?" – Cuestionó la castaña.

– "Amor." – Contesté, sonriendo. – "Pilar fundamental de todo lo anterior."

– "¿Cuál es tu propuesta, Jaëgersturm?" – La dullahan se reclinó en su asiento, alzando una ceja. – "No pensarás que olvidaremos nuestros problemas y te compartiremos abiertamente como si nada sólo porque lo pides, ¿verdad?"

– "No soy tan ambiciosa, Spatzi." – Disentí tenuemente con la cabeza. – "Lo único que pido, es que se levantes esas innecesarias restricciones que niegan a Cetania el demostrarme su amor."

– "Espero no estés pensando en solicitarme el condescender los placeres de la carne."

– "Descuida, linda, sólo tú posees ese privilegio y no pienso arriesgarme a perder el mío." – Aseguré. – "No, mi propuesta es muy sencilla; permitirle las muestras de afecto más elementales pero significativas. Las mismas que adoro practicar contigo, querida."

– "Dejarme besarla y abrazarla." – Compendió la rapaz. – "Creo que comparado con la absoluta libertad que ostentas para disfrutar de la arachne, puedes concederme un pequeño beneficio, ¿no te parece?"

– "Incluso cuando es una demanda tan inocente…" – Arguyó la segadora. – "No me parece que el otorgarte autonomía total para el goce de los ósculos y las caricias con la mujer que amo sea lo correcto."

– "Lala, vamos." – Coloqué mi mano en su hombro. – "Únicamente te pido… No, ambas te pedimos ese minúsculo favor. Piénsalo; de estar en su lugar, querrías lo mismo, ¿o me equivoco?"

– "¿Qué hay de las reglas, A chuisle?"

– "Te estamos otorgando el honor de estipularlas, Spatzi."

– "Y estoy dispuesta a aceptar los términos." – Comentó la falconiforme. – "Porque confío en que serán razonables."

– "No te fíes tan ciegamente, vástago de Electra." – Manifestó la irlandesa. – "Podría imponer injustas cláusulas y draconianos límites paraa mi beneficio."

– "Somos mujeres de palabra, hija del Éire." – Contestó la aludida. – "Y como guerreras, tanto en materias terrenales como las del corazón, siempre respetamos el honor."

Tomé las azules manos de mi chica, juntándolas con las mías y las pegué al centro de mi pecho. Ella podía sentir a mi bomba sanguínea latir con la misma fuerza y brío de mi vehemente pasión.

– "Lala, sabes que nunca dejaré de amarte, y nadie podrá alejarme de ti." – Susurré, viéndola fijamente a sus áureos ojos. – "Lo he jurado y lo cumpliré hasta el final de los tiempos: Mi alma es tuya, mi vida te pertenece y estoy completamente a la disposición de tus designios. Pero, mi corazón también se volvió propiedad de Cetania desde hace mucho, es lo que deseo que entiendas y aceptes."

– "Puedo comprender lo que sientes… Pero…" – La peliblanca suspiró. – "Aria, si te concedo esto, ¿acaso será suficiente para ti?"

– "Por ahora." – Respondí, sonriendo con sinceridad. – "No negaré mi deseo de llevar esto más allá, y sé que ninguna aceptaría por más que les suplique. Pero aún así, aunque sé que estoy cayendo en la inopia y puedo perderlo todo, debo hacerlo. Porque soy una soldado, una combatiente, una guerrera; y no me rendiré sin intentarlo primero."

– "¿Estás de acuerdo con esto, Cetania?" – Le interrogó a la rapaz. – "¿Aún cuando yo sigo obteniendo la mejor parte?"

– "Un pequeño sacrificio aceptable para obtener mejores beneficios." – Le guiñó. – "Pierdo una batalla, pero no la guerra."

– "¿Incluso si el aceptar mis mandatos significa una derrota moral para tu orgullo?"

– "¿De qué nos sirve volar en alas de la soberbia, si entre más nos elevamos, más nos alejamos de lo realmente valioso?" – Sonrió, disintiendo suavemente con la cabeza. – "Mientras pueda disfrutar la vida junto a la mujer que amo, me basta y sobra."

– "Aegroto dum anima est…" – Expresó la segadora. – "Spes esse dicitur."

– "Se dice que mientras el enfermo siga vivo, todavía hay esperanza." – Replicó la americana. – "Cicerón; Cartas a Ático, noveno libro."

– "Absolutamente correcto." – La irlandesa dibujó una sonrisa y ofreció su mano. – "De acuerdo, Cetania; puedes dar por terminadas nuestras reyertas pasadas. Eres libre de manifestar tu afecto por Mo chuisle, incluso en mi presencia."

– "Algo que honestamente no necesitaba autorización en primer lugar, siendo un país libre y todo, pero no rechazaré la oferta." – Ella la estrechó. – "Thank you, Lala. Seguimos siendo rivales, ¿cierto?"

– "¿Deseas lo contrario?"

– "Nah, sería aburrido sin competencia." – Rió.

Además de que la divina sensación de ser disputada por dos mujeres satisface a mi ególatra araña interior. Por supuesto que no iba a revelarlo. Pero sigue siendo genial cuando se pelean por una. Soy mezquina, pero honesta.

– "¿Entonces…?" – Habló la castaña. - ¿Ya nos podemos besuquear y darnos de arrumacos cuanto queramos sin que quieras decapitarnos?"

– "Es lo que querían."

– "¿Con lengua profunda?"

– "Soy magnánima, aunque no tienten mi paciencia."

– "¿Le puedo dar apretones a sus glúteos?" – Pregunté, moviendo mis dedos con anticipación. – "¿Y darle nalgadas? Digo, son sólo otras formas de caricias, no veo mucho problema."

– "¿S-supongo…?" – Respondió la dullahan, dudosa. – "Pero asegúrate de…"

– "¡¿Y también jugar con sus pechos?!"

– "Espera… ¡¿Qué?!"

– "¡Oh, vamos, Spatzi! ¡Hay que ser equitativas! ¡Si contigo puedo, también con ella!" – La tomé de los hombros y la sacudí ligeramente. – "Además, podría ser beneficioso. ¿Qué tal si con eso logramos detectarle cáncer de mama a tiempo? Como defensora del bienestar ciudadano de esta gran nación, es mi deber prevenir catástrofes. ¡Y no cuesta!"

– "¡Pero…!"

– "¡Bitte, bitte! ¡Di que sí, di que sí!" – Le imploré, agitándola más fuerte. – "¡Ya te compré el celular! ¡Si quieres te doy otro y toda la tienda, pero acepta, linda! ¡Anda!"

– "¡Eso está más allá de…!"

– "¡¿Por qué me tratas así, segadora?! ¡¿Qué no he hecho todo lo que me pides?!" – Desprendí su cabeza de su cuerpo y la zarandeé. – "¡¿No me quieres ya?! ¡Qué mala eres! ¡Me arriesgo el exoesqueleto todos los días y no puedo ni agarrarle las tetas a la pajarita! ¡Acepta por favooor!"

– "¡D-de acuerdo, está bien!" – Exclamó la irlandesa, mareándose. – "¡Te permito palpar sus glándulas mamarias, p-pero ya bájame! ¡De prisa!"

– "¡Ah, eres la dullahan más hermosa que existe! ¡Te amo, te amo, te amo tanto!" – Cubrí su cabeza y su cuerpo acéfalo de besos. – "¡Danke, danke schön, Spatzi! ¡Du bist das beste!"

Después de tapizarla de pies a cabeza removible con mis ósculos, coloqué esta última en su lugar, para luego darle un par de vigorosos achuchones más a mi adorada peliblanca. La rapaz se rió por mi entusiasmo y por ver a Lala sonrojada de que todos pudieran oírnos, mientras Haruhiko protestaba que casi lo asfixiamos cada vez que abrazaba a la segadora. Calmando mis ánimos, pero sin perder la sonrisa de mis facciones, también le proveí una sesión entera de besos a la halcón. La Abismal, habiendo ya proclamado su visto bueno, no pudo reclamarnos, por más entrecerrados que sus ojos se hallaran. Y además, si juego mis cartas correctamente, los celos le harán querer demostrarme su superioridad amatoria en la cama.

Todo de acuerdo al plan…

Luego de mi sesión doble de celestiales ósculos, invité a mis bellas damas a proseguir nuestro paseo para comprarles algunos accesorios de femenina vanidad. Aceptando que podrían necesitar un bolso de mano o por lo menos una bufanda para el cercano invierno, cada una tomó uno de mis brazos cuando ofrecí ambos para celebrar nuestro tratado de amistad. Parafraseando al astronauta más célebre; era un pequeño paso para nuestra relación, pero un gran salto para el amor. Qué bueno que la familia Armstrong esté del otro lado del mundo, así no me demandan. Pero, dejándonos de malas bromas sobre famosos aforismos proferidos en el satélite selenita, no cabía duda que por un pequeño momento en la efímera brevedad del tiempo, todo era perfecto en el mundo.

– "Bien, ya que ahora las tres estamos en el mismo barco…" – Comenté. – "¿Qué tal si para celebrar, ustedes también se dan un besito?"

Afortunadamente la irlandesa era la que llevaba al bebé, o le hubiera triturado la humanidad con tremenda patada que ella me dio en el estómago, aunque no negaré que hubiera deseado que él hubiera amortiguado el golpe cuando casi devuelvo el almuerzo por la potencia impacto. Que una igualmente iracunda rapaz uniera su pierna al castigo tampoco ayudó a mi lucha por mantener la comida dentro de mi sistema digestivo. Posteriormente, y habiendo reunido suficientes fuerzas para dejar de tiritar en el suelo como cucaracha epiléptica por el dolor, entramos a una tienda de ropa, para hacernos con unos cuantos accesorios. No era una que hayamos visitado antes y tampoco ostentaba precios exorbitantes. Excelente, logré desparramar cincuenta mil en un solo día y siento que debo morderme la lengua por reclamarle a segadora cuando se gastó todo en ingredientes para mi pastel.

¡Ay, sí me la mordí! ¡Aagh!

– "Deberíamos unir nuestros fondos en una sola cuenta común." – Mencioné, inspeccionando los cinturones para dama.

– "¿Juntar nuestro dinero?" – Preguntó la castaña, a mi lado. – "¿El de las tres?"

– "Precisamente."

– "Aunque consideráramos tan abrupta proposición, evidentemente diseñado para tratar de acercarnos a mí y a la hija de Electra…" – Dijo la peliblanca, del otro lado. No es fácil engañar a una dullahan. – "¿Quién sería la encargada de administrarlo?"

– "Tú, Spatzi." – Contesté. – "Y la pajarita sería tu homóloga, para estar en igualdad."

Y no necesito mencionar que reprobar dos veces el condenado examen de matemáticas es prueba suficiente de que nunca seré tesorera. No tengo madera de astuta empresaria como Rachnera. ¡Demonios, incluso Papi hace mejor las cuentas!

– "Te agradecemos el voto de confianza, flaca, pero no creo que tu idea funcione sin que haya disputas por la plata." – Argumentó la falconiforme. – "Confieso que a veces el estereotipo del yanqui capitalista es verdad y me porto algo tacaña. Quizás porque el dinero siempre me fue exiguo hasta emigrar aquí."

– "Concuerdo con ella, A chuisle. Nuestra endeble amistad aún no es lo suficientemente sólida para asegurar que mantendremos la cordialidad en asuntos económicos." – Dilucidó la dullahan, inspeccionando unos guantes. – "Y no menciones que coincidamos en esto pero no en tu plan. Estamos de acuerdo en no estarlo."

– "Curioso retruécano, linda, pero muy acertado." – Suspiré. – "Bien, acepto que fui algo apresurada. ¿Por lo menos podemos convenir en ayudarnos mutuamente en caso de alguna emergencia monetaria? Nos ahorraríamos muchas preocupaciones."

– "Eso suena más sensato." – Opinó la nativa de Wicklow, probándose un par color morado. – "Aunque sigue siendo otra manera de compartir nuestros peculios."

– "Significaría que un día podría terminar comprándole las bragas a esta pitufo, flaca." – Bromeó la arpía, midiéndose una correa. – "No me gusta pensar que trabajo duro para mantener a tu azulosa."

– "El sentimiento es mutuo, descendiente de Taumas."

– "Debo recalcar que sería únicamente en un evento inesperado, salir de un apuro." – Reiteré. – "Estoy segura que ustedes no dudarían en auxiliarme y viceversa; así que simplemente incluyen a la otra en la ecuación y listo. Hay que poner el ejemplo ayudando al prójimo, ¿no?"

– "Eres persistente cuando se trata de llevar a cabo tus elaboradas maquinaciones, descendiente de Arachne." – La segadora disintió. – "Pero si Cetania está dispuesta a cooperar, aceptaré. Aunque sigo pensando que eres demasiado osada para tu propio bien, A chuisle."

– "Quien se atreve, lo logra." – Le guiñé tres ojos. – "¿Qué dices, Süsse? ¿Formamos nuestro propio Pacto Tripartito?"

– "Ah, ¿why the hell not?" – Encogió los hombros. – "Sólo espero que no te hagas la cicatera si llegara a necesitar para pagar la boda entre Aria y yo, enana añil."

– "Hilarantes fantasías que has concebido en tu vacua imaginación, peste alada." – Respondió la aludida. – "Ialdagorth se revelará contra el Caos Reptante antes que tú logres siquiera la primera fase de tu fútil utopía."

– "Sí, sí. Uy, eres fastidiosa cuando te dan cuerda." – La rapaz giró los ojos. – "Bien, flaca, ya lograste que aceptemos otro de tus discretos pero malvados planes. Creo que la verdadera villana del cuento siempre has sido tú."

– "Me descubriste, pajarraca. Lástima que no tengas cargues tu placa para poder arrestarme." – Me probé un bonito cinturón negro con la hebilla dorada. – "¿Qué dices? ¿Me queda bien?"

– "Combina perfectamente. Me gusta la calaverita del centro." – Se puso uno también, color rojo. – "¿Qué tal, Blondie? ¿Luzco sexy con este?"

– "Como un pelícano después de un derrame petrolero." – Provocó la irlandesa.

– "Tus celos lo dicen todo, enana. Me lo llevo."

Ella prosiguieron intercambiando mordacidades y demás muestras de ácida amistad mientras proseguíamos llenando nuestros guardarropas. Por suerte los asequibles precios y el hecho que fueran piezas de complemento me permitieron estirar el resto de mis escasos fondos. Como le prometí a mi novia de dorado iris y negra esclerótica, le compré un bonito bolso oscuro, más grande y (mucho) más barato que el anterior. Lo decoraría después agregando el muñeco del personaje animado al cierre principal de la bolsa. También le conseguí un lindo reloj análogo de doradas manecillas, con las horas plasmadas en áureos números arábigos. El fondo verde oscuro ostentaba un elaborado ideograma dorado de una línea que se entrelazaba entre sí, formando una figura de tres puntos, como una hélice.

– "Es una triqueta celta." – Elucidó la irlandesa, sosteniendo el artilugio. – "Simboliza la eternidad de la vida espiritual, su sempiterna existencia."

– "Totalmente adecuado para ti, Spatzi." – La rodeé con mi brazo. – "¿Te gusta? Es tuyo. Llévalo."

– "Go raibh maith agat, A chuisle. Es precioso." – Me besó la mejilla.

– "No tanto como tú, guapa." – Acaricié su cabello. – "Y al menos es barato. ¿Quieres algo más? ¿Unos aretes para aumentar tu ya insuperable belleza?"

– "Estoy bien, amor. Puedes cesar gastar el resto de nuestros ahorros en tan complaciente dádivas."

– "Uf, que bueno que digas eso." – Suspiré aliviada y le mostré unas camisetas. – "Ya puedo llevármelas. Ignoro quién sea Sabaton, pero los diseños bélicos son geniales. ¿Crees que le agraden a la pajarita?"

La segadora entrecerró sus ojos y torció la boca, mirándome de brazos cruzados con desaprobación, para después suspirar y reír tenuemente, agitando su cabeza. Ella sabía que no podía cambiar a su torpe germana, siempre saliendo con alguna tontería imprevista. Y eso era algo que ella apreciaba en mí. Concordando ella que satisfarían los criterios de la castaña, se los mostré a la estadounidense, declarando esta su veredicto con una sonrisa y varios besos. Y antes que se nos olvidara un asunto de suma importancia, nos hicimos con obsequios para la festejada de mañana, eligiéndole yo un argento collar con una rosa blanca plasmada a relieve en el centro del dije. La peliblanca reservó un par de plateados pendientes con forma de cubo. Según palabras de la dullahan, esa era la forma geométrica preferida de su jefa, así que estaba segura que le agradarían.

– "Por cierto, ¿qué le conseguiste a Mio, Süsse?" – Le pregunté a la voladora, dirigiéndonos a la caja. – "¿Ropa? ¿Dulces? ¿Un viaje a los baños termales? ¿Un vale de veinte por ciento de descuento en una tienda que ya no abre?"

– "Un traje sadomasoquista con todo y strap-on doble, para que cumpla las más degeneradas fantasías de Yuuko." – Rió ella. – "Nah, en realidad le planeo dar un set de pinturas acrílicas; le gusta pintar. De hecho, ella dibujaba doujins cuando iba en secundaria, ¿sabes? Aunque nunca se atrevió a publicar ni una sola de sus obras."

– "¿En serio?"

– "Lo juro con el ala." – La levantó para enfatizar. – "Y aunque suene difícil de creer, eran del género yaoi. Pero no se lo digan a nadie, sólo Yuuko y sus amigas cercanas lo saben."

– "¿Cómo te enteraste tú?"

– "No es muy resistente a la cerveza. Unas cuantas compartidas con Yuuko y ella olvida moderar el volumen de su voz, así como sus secretos."

– "Quién creería que la circunspecta Aizawa solía decantarse por las eróticas historias entre hombres." – Comentó Lala.

– "Bueno, no es nada raro a esa edad. Yo solía leer yuri de joven, Spatzi. Dado que la homosexualidad no es bien vista en Sparassus, conseguir tal material no era barato y debía hacerse casi en secreto." – Expliqué. – "La mayoría ni siquiera eran eróticas, pero mi imaginación me bastaba para alimentar mis sáficas fantasías."

– "Sí, flaca, pero en tu caso, eres una pervertida empedernida." – Se burló la falconiforme. – "No es que me moleste tanta fogosidad, por supuesto."

– "Lo dices como si pudieras disfrutar del cuerpo de Mo chuisle, incordio alado." – Acotó la dullahan. – "Ya te he dejado claro que los contactos tan íntimos están estrictamente prohibidos. No eches a perder nuestro ya de por sí frágil pacto."

– "No tienes que repetirlo, enana dictadora. Ush, no te soporto." – Bufó la halcón. – "Flaca, yo creo que tú y la azulada deberían intercambiar de vestimenta. A ella le queda mejor el papel de déspota."

– "En ese caso te prohíbo hablar mal de mí, yanqui decadente." – Rió la irlandesa. – "Hauptsturmführer Jaëgersturm, te ordeno ejecutar a esta insolente espía capitalista."

– "¡Jawohl, meine Führerin! ¡Für das Grössere Irische Reich!" – Le seguí la corriente e hice el famoso saludo Nacionalsocialista. – "Ein Volk, ein Reich, eine Dullahan. ¡Heil Lala!"

– "¡Heil Lala!" – Haru me imitó. Le aplaudo su excelente acento y sincronización.

– "¡Ay, los tiene totalmente controlados!" – Disintió con la cabeza. – "¡Pero un día los liberaré del cruel yugo de esta añil tirana y salvaré al mundo! ¡Ya lo verán!"

Los cuatro rompimos en risa por tan ridícula broma. No había nada mejor que disfrutar de esta clase de algarabías en compañía de buena gente. Llegando a la caja y cubriendo el importe de nuestras cosas, salimos del ahí con las manos llenas y mi cartera tan delgada como su dueña. La peliblanca se adornó con su folklórico reloj y presumió el excelente aspecto que le otorgaba a su azul muñeca. La castaña no se quedó atrás y, dejando que sus puntiagudas orejas quedaran descubiertas al hacerse un lado su cabello, se engalanó con un par de brillantes aretes dorados en forma de gota, decorados con un cristal color carmesí.

Tal vez fueran artículos baratos, sencillas mercancías económicas de un modesto establecimiento, pero para mí, era como si ellas ostentaran la más laureadas de las preseas, las más exuberantes de las joyas reales, los más preciados tesoros. Y todo porque ellas dos, esas invaluables mujeres que nunca fallaban en alegrarme el alma con su mera existencia, eran las dueñas de tales posesiones. No serán opulentas emperatrices de una poderosa nación ni contaran con las mayores riquezas materiales, pero, al igual que yo, se sentían tan prósperas como el mayor de los magnates. Porque me tenían a mí, y yo a ellas.

Después de todo, ¿qué puede ser más valioso que el amor?

La grises y gruesas nubes en el cielo, que apercibían desatar un legendario diluvio sobre la urbe, habían retrocedido paulatinamente, permitiendo a un pequeño pero visible haz de luz solar escaparse por un diminuto hueco entre los sombríos cumulonimbos de la tempestad. Nuevamente, la naturaleza recreaba con perfecta precisión mis pensamientos y daba forma física a un abstracto concepto como el optimismo. Ese minúsculo rayito de luz, tan endeble que podría desaparecer en cualquier momento entre las condensaciones de la atmósfera, poco a poco se hacía más grande, al igual que mi esperanza.

Como si fuera intervención divina, quizás un buen augurio, la claridad nos alcanzó, calentando agradablemente nuestros cuerpos con el calor que Helios proveía desde las alturas. Las sombras cedían lentamente, alejándose del fulgor del astro rey, que ya se asomaba cada vez más. Sonriente por tan bello panorama, tomé de la cintura a mis dos musas, mis razones para vivir y luchar hasta el final, y las besé tiernamente en sus tersos labios. No hubo protestas de parte de alguna por compartir la saliva de la otra, ni siquiera sonidos de desaprobación; únicamente podían oírse nuestros corazones latiendo en perfecta sincronía, interpretando una deífica sinfonía de paz, tranquilidad y sobre todo, amor.

– "¿Saben, chicas? No importa que tan oscuros sean los obstáculos que la vida ose imponernos para tratar de eclipsar nuestra felicidad." – Declaré, mirando al cielo y acercándolas a mí. – "Porque mientras nosotras estemos juntas, todos los días serán tan hermosos como este."

Y entonces, no paró de llover.


NOTAS DEL AUTOR: ¡Meine göttin! ¡600,000 palabras con tan sólo tres capítulos! ¡Seguimos siendo la historia más larga en esta sección! ¡Wunderbar!

Sin duda un episodio tan largo debía ser oportunidad de presentar una clásica aventura humorística y tratar el asunto del sueño poliamoroso de nuestra quitinosa heroína. Y claro, también darle un espacio al harén que Kimihito prácticamente ya ha asegurado, por más que le duelan los huesos debido a sus entusiastas inquilinas.

Partiré diciendo que sí, me atraparon: Me hice fanático del anime Kemono Friends y eso me inspiró aún más a que las protagonistas visitaran el zoológico de Tama y Haru convenciera a la dullahan de hacerse con un teléfono decorado a la usanza de la serie. Y por si se lo preguntan, mi "Friend" favorita es la perrita de las praderas. ¡Es la chica yuri; por supuesto que iba a agradarme!

Por supuesto, tal despliegue de fanboyismo no significa que el recorrido por el santuario animal fuera superfluo. Dyne había mencionado que la siguiente parada de su excursión con Haru sería el zoo de Ueno, pero fue cancelada por los sucesos en el Aizawa, así que tal acontecimiento ya estaba más que planeado. Además, de niño siempre me encantó asistir a tales lugares y admirar las bellezas de la naturaleza. Aún recuerdo las visitas al zoológico Miguel Álvarez del Toro, en Chiapas, y la ballena franca glacial que obtuve de recuerdo en una ocasión. Simple nostalgia para complacer a mi niño interior.

Aunque investigué detalladamente las instalaciones del zoo de Tama y me aseguré de describir las atracciones lo más fielmente posible, el lugar actualmente carece de pingüinos, siendo estos encontrados en los de Tobu y Ueno, por ejemplo. Sin embargo, ya que también han retirado el paseo de bus entre leones, dejando un espacio vacío en construcción, aproveché eso como oportunidad de agregar a las famosas aves del polo sur y de paso, además de más alusiones a mi serie animalística favorita, marcar el regreso del dúo antártico más famoso con la aparición de Pin y Winona, que siguen destilando amor y esa personalidad tan suya que las hace únicas.

Y claro, los cameos de personajes creados por otros compañeros escritores de nuestra pequeña pero fructífera comunidad no pueden pasar desapercibidos. Con Roberto y Amanda (Onix Star) uniéndoseles temporalmente a la arachne y la pajarita, Aiur (Arconte) junto a Draco siendo invitadas a la fiesta, la loca de Emily (JB-Defalt) acabando con los nervios de la hastiada empleada de la tienda mientras el impredecible Haruhiko (Alther) continúa poniendo de cabeza el mundo de Jaëgersturm. Muchas gracias a todos de corazón por confiarme sus creaciones, espero las hayan disfrutado al leer las interpretaciones como yo al escribirlas. Notarán que el amigo Paradoja el Inquisidor no obtuvo su referencia habitual y acepto responsabilidad por tal omisión, pero eso significa que también le estamos preparando algo para él. *Guiño*

Pero bueno, ya me explayé más de lo soportable. Me despido no sin antes invitarlos a dejar su siempre bienvenida opinión y agradecerles humildemente por continuar en este barco de demencias literarias, fruslerías cómicas y sáficos romances arácnidos. No hay nada mejor que el saber que la gente se entretiene con mis boberías. O al menos les hago sentir mejor al saber que alguien tan idiota como yo existe.

¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Danke schön, kameraden! ¡Auf Wiedersehen!