DISCLAIMER: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

AMOR DE VERANO

CAPITULO LIII

Aterrizaron en el aeropuerto de Fiumicino y un taxi los llevó directamente al Palazzo Manfredi, donde Edward había reservado una suite espectacular.

Los ojos de Bella parecían salirse de sus órbitas mientras observaba extasiada a través de las ventanas el tan famoso Coliseo.

Edward se acercó a ella abrazándola por la espalda después de despedir al botones que subiera su equipaje.

- Dios, Edward, esto es precioso – murmuró recostándose contra él

- Tú eres preciosa – le corrigió bajando sus labios al cuello de la chica

- Gracias por invitarme.

Rió divertido mientras llevaba sus manos al cierre delantero de la chaqueta de ella para abrirla.

- Lo creas o no, soy muy egoísta.

- Ah, ¿sí?

- Completamente. Esto me gusta más a mí que a ti.

- No estoy tan segura...

- Igual creo que puedes compensármelo. – sugirió separando las solapas de la chaqueta para deslizarla por sus hombros y quitársela

- Y ¿qué compensación crees que pueda ofrecerte? – dijo sugerente volviéndose en sus brazos para quedar frente a él

- Estoy seguro de que se te ocurrirá algo – aseguró rodeando su cintura con un brazo para alzarla y estrellar sus labios contra los de ella.

Bella enredó sus brazos en su cuello riendo divertida ante el impetuoso asalto.

- Te amo, Bella – aseguró él caminando con ella en brazos los pasos que le separaban de la enorme cama.

- Te amo, Edward.

La tumbó sobre la cama y se acostó sobre ella sin dejar de besarla.

Se deshizo del enorme jersey de lana que la cubría para encontrarse una camiseta que le separaba de su piel.

Gruñendo se deshizo de ésta también y finalmente pudo acariciar la suave piel de su vientre y su torso.

Llevó las manos a su espalda para desabrochar su sujetador y se lo quitó dejándolo caer junto a la cama.

Bajó sus labios por su cuello y su pecho hasta alcanzar un pezón rosado que se endureció entre sus labios.

Los dedos de Bella se enredaron en su cabello mientras se rendía ante el hombre que amaba.

Edward besó, sobó y acarició sus pechos sensibles endureciéndolos.

Desabotonó los vaqueros de Bella y los bajó por sus piernas antes de toparse con las botas de la chica que le dificultaron la labor.

Bella se carcajeó viendo al chico luchar contra su ropa.

- Ríete, bruja – refunfuñó

- Déjame a mí – pidió sentándose en la cama y volviendo a acomodar sus pantalones para quitar primero sus botas altas

Cuando volvió la vista hacia el chico, éste ya había hecho lo propio y estaba cubierto sólo por unos bóxer oscuros que lo hacían ver como un perfecto anuncio de ropa interior.

- Ven aquí – ordenó tirando de su mano para volver a tumbarla en la cama y acostarse sobre ella – Me tienes completamente loco – confesó golpeando su pubis con la erección que confinaban sus bóxer.

- Hazme el amor, Edward – rogó separando sus piernas para darle cabida

Edward se deshizo de las dos últimas prendas que les separaban y acarició los inflamados labios íntimos de Bella.

Estaba muy húmeda, tibia y temblorosa, y excitado se introdujo en su interior.

Respirando dificultosamente dio unos suaves embates antes de detenerse.

Bella le observó confundida y necesitada.

- Creo que puede parecer precipitado – dijo extrañándola aún más – y tal vez lo sea, pero quiero contarte mis planes o al menos algunas de las cosas que quiero vivir contigo.

- Ahora mismo espero que tus planes incluyan moverte en mi interior – comentó haciéndole reír

- Desde luego que sí, pero hay algo que tengo que comentar contigo antes de hacerlo, ya que en cuanto me mueva no tendré opción

- Ok, ¿de qué se trata?

- Quiero que tengamos otro hijo – reconoció sorprendiéndola – Sé que puede parecerte precipitado y con esto no quiero decir que quiera que lo hagamos de inmediato, pero quiero tener un bebé contigo. Quiero compartir contigo lo que no pudimos compartir durante el embarazo de Ness.

- Lamento que te lo perdieras, Edward – reconoció acariciando su rostro

- Y yo, pero no quiero que nos apenemos por el pasado sino que miremos hacia delante. Y delante nuestro quiero que haya un bebé, quiero un embarazo, quiero salir de casa a la madrugada para ir a comprar helado y fresas con nata. Quiero verte comiendo combinaciones horribles de patatas fritas con batido de chocolate. Quiero que te vuelvas sensible e irritable y me grites por cualquier tontería...

- ¿Quieres que te grite por cualquier tontería?

- Sí, y que después te excuses echándole la culpa a las hormonas. Quiero que tus hormonas se revolucionen y estés excitada todo el tiempo.

- Ya, eso sí te gustaría, Cullen.

- Sí, creo que sí – reconoció sonriendo – Pero quiero también ser quien esté a tu lado en las horas que dure el parto, quiero poder gritarle al médico que no se decida a eliminar tu sufrimiento, y espere diecisiete horas para decidirse a practicar una cesárea; quiero ser el destinatario de tus insultos – dijo haciéndola estremecer al recordar esas conversaciones tan lejanas – Quiero ser quien traiga al bebé desde su cuna cuando te despiertes por la noche con los pechos llenos. Quiero cargar una bolsa con pañales y biberones para ir a hacer la compra, quiero llorar contigo cuando nuestro hijo tenga dolor de oídos, y consolarte contra mi pecho.

No pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.

- Te amo, Edward – gimió – Hazme el amor – suplicó rodeando su torso con los brazos

- No estoy utilizando protección.

- No importa. Quiero tener un bebé contigo. Tenemos una hija que cumplirá seis en dos meses, es una buena edad para tener un hermano.

Sonrió complacido y feliz para abocarse a besarla mientras retomaba el vaivén que sus cuerpos ansiaban.

Se despertó desnuda enredada entre las mantas de la enorme cama vacía.

Su corazón se saltó un latido al sentirse sola, pero tan solo alzar la vista sirvió para calmarse.

Vestido sólo con sus bóxer, Edward estaba sentado a la pequeña mesa que había junto a la cama, tecleando en su ordenador portátil.

Se quedó mirándole extasiada ante la visión del hombre que amaba y que en tan sólo seis meses había pasado a formar parte de su universo. Aquel que hasta entonces ocupaba su hija en exclusividad.

Un cambio en el ritmo de su respiración llamó la atención del chico que volvió la mirada hacia ella.

Al verla allí, despierta y contemplativa una sonrisa se dibujó en su rostro.

- Buenos días, dormilona

- ¿Cuánto he dormido?

- No mucho, un par de horas o tres.

- ¿Y tú?

- Nada. Roncas como un camionero – se burló

- No es verdad – le regañó lanzándole un cojín.

Lo cogió riendo y se levantó de su asiento para tumbarse en la cama junto a ella.

- No, no es verdad. Dormité un rato pero ya sabes, el jet lag. Además tenía que enviar algunos correos. Royce llegará mañana y necesitaré que Carmen me envíe algunas cosas. – explicó – ¿Qué tienes ganas de hacer hoy? – indagó sugerente llevando su mano al pecho desnudo que la sábana había revelado – Podemos salir a dar un paseo por la ciudad pero también podemos quedarnos todo el día en la habitación sin necesidad de vestirnos.

- Buena oferta – rió — Pero preferiría conocer algo de Roma.

- De acuerdo. He pedido comida al restaurante del hotel, así que podemos comer algo antes de salir.

- Me parece una brillante idea. Necesitaré comida y una ducha.

- Las duchas que tienen en este hotel son sólo compartidas – comentó con solemnidad

- ¿Ah, sí?

- Sip.

- ¿Y puedo elegir con quién compartirla?

- Nop.

- ¿No?

- No te daré la opción de que no me elijas.

- ¿Y a quién elegiría si no?

- No lo sé, pero los italianos tienen fama de conquistadores.

- Lo sé. No es que conozca muchos, pero hace seis años, en Ibiza...

- No hace falta que me lo recuerdes – gruñó – Tuve que rescatarte de entre la jauría de italianos que había en aquel yate.

- No recuerdo haberme sentido justamente en peligro.

- No, tú no. Yo estaba en peligro. Peligro de perderte.

- Tonto – rió – Vamos a comer algo. ¿Qué hora es en Seattle?

- Las 5. Demasiado pronto para llamar. – contestó burlón.

Después de una ducha compartida que les consumió dos horas más de las necesarias, y un desayuno suculento, dejaron el hotel.

A sólo doscientos metros estaba el Coliseo, así que fue la primera visita obligada, para continuar su paseo por la Via dei Fori Imperiali, y acabar cenando en un restaurante con vista al Coliseo, que iluminado por la noche, a Bella se le antojó una vista poética.

Tres días después, después de que Edward y Royce resolvieran final y exitosamente su audiencia, estaban listos para volar a Barcelona.

Al día siguiente por la mañana salía su vuelo rumbo a la ciudad condal, pero Edward tenía grandes planes para esa noche.

Así fue que llevó a la chica a cenar, pero antes de volver al hotel, la sorprendió alquilando una Vespa, para dar una vuelta a la ciudad en el transporte más tradicional de Roma.

- ¿Dónde estamos? – preguntó Bella cuando Edward se detuvo y la ayudó a bajar de la motocicleta.

- Este es el Ponte Milvio – explicó entrelazando sus manos y dirigiéndola por el puente.

- ¿Qué significan todos esos candados?

- Hace unos años, Federico Moccia, un escritor italiano, publicó una novela, Tengo ganas de ti, en la cual los protagonistas, una pareja de enamorados, sellan su amor eterno con un candado en el tercer farol del lado norte de este puente – explicó a la vez que se detenía frente a la farola en cuestión y del bolsillo de su chaqueta sacaba un candado con su llave – Desde entonces, es una costumbre de los enamorados jurarse amor eterno en este lugar. – agregó pasando el candado a través de un eslabón de una de las cadenas que colgaba para tal fin.

Los ojos de Bella se humedecieron cuando vio la sonrisa tierna que Edwad le dedicó, al enseñarle la inscripción en el candado.

"Por siempre y para siempre jamás. Edward & Bella".

- Porque quiero vivir contigo el resto de mis días – dijo solemne cerrando el candado y tirando la llave al cauce del Tíber.

Bella sonrió con amor viendo a Edward volver a rebuscar algo en el bolsillo interior de su abrigo.

Su respiración se aceleró cuando vio su mano.

- ¿Aceptarías ser mi esposa, Bella? ¿Me harías el increíble honor de compartir conmigo el resto de nuestras vidas? – preguntó clavando su rodilla en el suelo frente a ella y cogiendo entre sus dedos el anillo que había sacado ya de su cajita de terciopelo.


Bueno, estoy segura que ahora todos amamos a Edward un poco más que durante todo el fic.

Espero que lo disfrutaran.

Nos queda sólo un capi y el epílogo.

Gracias a todos por los reviews, alertas, favoritos, recomendaciones y por leer.

- ¿Te asusta?

- Un poco.

- ¿Qué es lo que te asusta?

- No sé, todo. Sea como sea, tú y yo nos estamos conociendo...

- Te amo, Bella, estoy seguro de eso.

- Lo sé, y yo estoy segura de amarte a ti...

- ¿Entonces?

- No sé, Edward – reconoció con aflicción – Tengo miedo de no conocernos lo suficiente...

Les invito al grupo de Facebook: Las Sex Tensas de Kiki, para compartir comentarios, encuestas, adelantos, imágenes, etc.

Y les recomiendo a quienes aún no lo visitaran, a pasarse por los OUTTAKES de este fic y el TRAILER cuyos links encuentran en mi perfil.

Besitos y a leer!