LXXII

–¡Una naumaquia!– Contestó el lanista mientras anotaba cifras en sus tablillas de cuento– ¡Una batalla naval para los juegos seculares! Inundando el coliseo con agua bombeada del Tiber y meten barcos cargados de gladiadores.¿ Sabes nadar?

Hercules se bebió hasta la última gota de vino de su jarra y respondió:–Sí

–Bien, bien. He visto a buenos gladiadores caerse al agua y morir ahogados. Sería una pena que te sucediera.

Hercules soltó una obscenidad y se marchó.

En el nuevo patio de entrenamiento que se había construido con las ganancias de sus premios, Hercules realizo cuatro combates de prácticas. Acabó agotado y sin aliento.

Se levanto cansado, con los huesos machacados, y le costaba salir de la cama.

Ya tenia unos treinta y tantos, había pasado los últimos ocho en la arena. Una carrera larga.

Tres veces más duradera que la mayoría de los gladiadores. Sus combates se reservaban con meses de antelación. Su fortuna "o más bien, la de su lanista" seguía creciendo. Era agasajado y alabado allá donde fuera. Su nombre estaba permanentemente en las bocas de los luchadores. Decían que era el mejor gladiador que había conocido Roma.

Ocho años, ochos putos años…. Pensó.

–¿Otra pelea?– Le preguntó, con respeto, el entrenador.

–No

–No aguantarías un combate más– Dijo una voz a sus espaldas– Ya no tienes la fuerza de semidiós, supuesto hijo de Zeus…

–Todavía tengo fuerzas para tirarte por la ventana.

Ícaro lo miro– ¡Te cuesta respirar!

–Porque estoy borracho.

–Siempre lo estás, desde que te dejo esa mujer…toma. Ten un poco más.

Hercules se apoyó en la pared, con los ojos cerrados para que no le cegara el sol.

Ícaro llevaba un absurdo parasol sobre la cabeza y se sentó en el borde del muro con los pies colgando.

Formaban una extraña pareja, pero ya no atraían a las miradas de la gente, pues todo el mundo sabía que Hercules e Ícaro eran como hermanos.

Recordó la primera vez que se conocieron:

Hola, ahí arriba– se había presentado Ícaro, con su voz chillona– Soy nuevo, soy el como dicen... así, el inventor jeje, Tú debes de ser el chuletón.

–¿El que?– Dijo Hercules, sin comprender

–El chuletón, el plato principal. Yo seria el entrante.– Dijo a carcajadas

–Cuidado con quién llamas chuletón, enano– Le advirtió desde la mesa vecina.

–¡Pero si eres todo un mastodonte!– Comento Ícaro

Hercules sonrío, le hacía gracia ese sinvergüenza.

–¿ Te apetece tomar un poco de vino?– Dijo Hercules, mostrándole la copa,

Ícaro acepto.

–¿ Qué es esa historia de una batalla naval?– Pregunto Ícaro– Supongo que tú harás del poderoso Neptuno.

–Entonces, si yo seré Neptuno en la batalla naval, ¿ Que vas a ser tú?– Pregunto Hercules con una media sonrisa.

–Un renacuajo– Dijo sin mas, provocando una carcajada a Hercules– No te rías, los renacuajos sobreviven cuando el resto de los peces han sido pescado–Dijo Ícaro con una sonrisa.

–Vaya, vaya.

–Seré el encargado de la maquinaria seguramente, jeje– le dijo Ícaro dando un trago. – Igual ha llegado la hora que te pesquen– Bromeo Ícaro.

Hercules le dio un empujón– Se quedaran con las ganas– Dijo

–Oye, como quieres que te llamen Hercules, Heracles, Herculito, Herc…

–Prefiero Herc, gracias– Contesto Hercules riendo.

–Ok, Herc.

–¿ Que aburrimiento?

Claudia no le apetecía ver a Hercules hacer de estrella en la naumaquia, pero los juegos seculares eran el acontecimiento de la temporada, así que allí fue, envuelta en sedas blancas, con un fabuloso collar de oro labrado de Egipto alrededor del cuello y un cuarteto de esclavos.

El día había amanecido claro y caluroso, y el coliseo estaba a reventar. La plebe jaleaba a los legionarios victoriosos.

Paulino ocupaba un lugar de honor, Claudia lo observaba con atención. Había pasado casi un año y medio desde la última vez que lo vio. Había estado ocupado en Germania, arreglando las cosas tras la rebelión de Saturnino. Más de un año, pero no le había olvidado, a juzgar por el torrente de cartas que le envió, en las que se mostraba desde sumiso a enrabietado. Claudia pensó que para el próximo festival, estaría sentada junto a Paulino.

Los vitoreos que recibió el emperador había estado lleno de emoción. Pero nada, nada, igualaba la locura con la que las masas recibieron a Hercules cuando apareció en las galeras, ofreciéndoles la carnaza que esperaba.

–¡Húndelo!¡Húndelo!– gritaba la plebe, y Hercules los complacía.

Cuatro galeras comenzaban la naumaquia, dos con velas azules, de los espartanos, y dos con velas rojas, de los atenienses. Uno de los barcos ateniense, de mástil rojo, comenzó a arder. Hercules emergió del fuego, contemplando cómo sus enemigos, abajo, se afanaban con cubos.

–¡Cuidado!– Gritaban algunos, cuando la galera ateniense se escoró a un lado, pero Hercules recuperó el equilibrio sobre el mástil y bajó por el palo, con las cuerdas enroscadas en una mano y la espada presta en la otra.

–¡Así se hace!– gritaban

Era bueno, por los dioses. Pensaba Claudia, últimamente iba más al circo que al coliseo, pues no le gustaba ver cómo animaban a un hombre que había salido con vida después de raparle el pelo.

–No entiendo por qué os gusta tanto– Comento Claudia, mientras Hercules se lanzaba de cabeza al mar artificial desde el barco hundiéndose.

Nadie le prestó atención. Y, de todos modos, comprendía por qué les gustaba tanto.

Hercules emergió al otro lado de la galera ateniense con la espada entre los dientes, como un pirata. Se agarró a un remo y trepó a cubierta, escupiendo la espada a la mano y lanzándose al ataque. Muchos antes de que sus compañeros gladiadores remaran en su galera para combatir su gloria, los atenienses ya estaban corriendo en círculos asustados y sus barcos rojos ardían.

Claudia contuvo el aliento cuando Hercules emergió de la masacre. Tenía un flecha clavada en un hombro y la mitad del pelo quemado, pero con el fondo de barcos en llamas y cadáveres amontonados, parecía la reencarnación de Marte en la tierra.

Sin darse la vuelta para mirar a sus compañeros, se lanzó a rematar su victoria. Se sumergió en las aguas y resurgió con energía. Ignoro los gritos, los lamentos y el crepitar de la madera en llamas, se tumbó de espaldas como un niño chapoteando en una piscina y flotó, con los ojos cerrados bajo el cielo azul.

Los aplausos, los gritos , la lluvia de monedas de plata y pétalo de rosa durante una hora entera, mientras Hercules estaba tumbado en medio de la batalla naval, con los ojos cerrados.

Nunca Claudia había deseado tanto a un hombre. ¿ por qué no le había aceptado?¿por qué había preferido a Meg?¿Por qué no ella?

–El rudius– dijeron algunos.

De repente, todo el mundo repetía aquella palabra por las gradas del coliseo.

–¡El rudius! Van a darle el rudius… El César va a dárselo.

Hercules abrió los ojos meneó la cabeza para sacarse el agua de los oídos. Miró de reojo hacía el palco imperial. El emperador se había levantado y bajaba las escaleras.

Hercules oyó cómo chapoteaban sus sandalias mientras un miembro de la guardia Pretoriana lo acompañaba escaleras arriba. Algunas mujeres se acercaron chillando. Oía por todas partes la palabra rudius.¡La espada de madera! Llevaba años soñando con ella.

–Inclínate ante el emperador– Le ordeno el guardia, clavándole el mango de la lanza en la espada. Hercules agachó levemente la cabeza ante el emperador César Augusto.

César lo miro de arriba a bajo.

–Has combatido muy bien, Hercules, llevo ocho años viéndote… Mucho tiempo.¿ Por qué no has decidido colgar tu espada todavía?

–Soy un esclavo, mi señor…

–Dicen que los esclavos son criaturas cobardes.– El emperador alzó el brazo y chasqueó los dedos, un esclavo se acercó con una bandeja de plata sobre la que había… Hercules se le cortó la respiración.

–Un rudius– Dijo el emperador, a la vez que palpaba la espada de madera– Puede ser para ti, ya veremos…

Chasqueó de nuevo los dedos y un hombre avanzó.

–Nessus– Le dijo el emperador,– Tú, que lees el futuro igual que el resto de los mortales leemos el alfabeto, ¿Qué le depara los astros a este hombre?

Hercules miró al astro, luego al rudius y finalmente al emperador. Nessus extendió una mano imperiosa.

–Tu palma, por favor.

Estudió las líneas de su mano, recito un par de tonterías místicas, palpando la palma de la mano. Luego, miró el rostro de Hercules, comentó:

–Qué interesante.

–¿Interesante?– Repitió el emperador, acercándose– ¿Qué has visto?

–Veo… bueno, señor, es una mano muy extraña. Veo tres muertes.

–¿Tres?– Exclamaron al unísono César y Hercules

–Tres, muy extraño, la verdad. La mayoría de las personas solo morimos una vez… Pero este hombre morirá una vez por el fuego, otra por la espada y otra de viejo…

–¿No ves un rudius?– Pregunto el emperador

–Pues…– Dijo Nessus, y le lanzó una mirada nerviosa a Hercules

Este le devolvió la mirada, ¿ Que dirían los astros…?

* Las naumaquias eran espectáculos más sangrientos aún que las luchas de gladiadores, que implicaban menos efectivos, y en los que los combates no terminaban sistemáticamente con la muerte de los vencidos. Para ser más exactos, el nacimiento de las naumaquias está estrechamente ligado a la aparición, ligeramente anterior, de otro espectáculo, el «combate de tropas», que enfrentaba no a parejas de combatientes, sino a dos pequeños ejércitos. También en este caso, los combatientes eran a menudo condenados a muerte sin ningún entrenamiento específico, no auténticos gladiadores. Lo único que hizo César, creador de la naumaquia, fue trasladar el principio de este espectáculo de batallas a un decorado naval.

Sin embargo, al contrario de los combates de tropas, las naumaquias tenían la particularidad de desarrollar temas históricos o pseudohistóricos. Así cada una de las flotas que se enfrentaban encarnaba a un pueblo famoso por su poderío marítimo en la Grecia clásica o en el Oriente helenístico: las flotas de Egipto y Tiro para la naumaquia de César, Persia y Atenas en la de Augusto, navíos de Sicilia y Rodas en la de Claudio. Por otra parte, las naumaquias necesitaban de medios considerables para su realización, superiores incluso a los necesarios para la celebración de los mayores combates de tropas, por lo que los espectáculos de naumaquias se reservaban para ocasiones excepcionales, estrechamente ligadas a las celebraciones del emperador, sus victorias y sus monumentos.

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