NOTA: Saludos a los nuevos lectores y mil gracias a quienes han recorrido este camino conmigo desde el principio.
EL SONIDO QUE TODO LO CALLA
Tras el regreso de Shirayuki, la normalidad llegó con esa facilidad que dan la costumbre y la rutina. Como si nunca hubiera estado ausente, volvieron los desayunos en familia, vacíos ahora de añoranza y de nostalgia, con Shirayuki untándole las tostadas a Akari mientras procuraba que Toshiro y Armin no tramaran nuevos planes para alguna incursión nocturna en las cocinas de palacio, que Hanako se aprendiera los nombres de los ríos y lagos de Clarines y que Kain cuidara su salud y no trasnochara demasiado en sus estudios. Izana contemplaba en silencio la escena y se preguntaba —no por primera vez— cómo es que había vivido tantos años sin esto. Sin ver crecer a sus hijos, sin conocerlos de verdad, encomendándole a Haki su cuidado, mientras él —ocupado en el oficio de ser rey, ciertamente—, los veía crecer como un padre ausente y distante. En su descargo, se decía, fue así cómo él creció, siempre al cuidado de niñeras primero y de instructores después, anhelando los escasos y valiosos momentos en que su padre requería de su presencia para aleccionarle sobre lo que esperaba de él cuando le sucediera en el trono. En cambio, de su madre guardaba mejores recuerdos infantiles, pintados de afecto y buen humor, hasta que la tristeza y el corazón roto la alejaron de Wistal tras la muerte de su padre.
¡Qué idiota fue! Cuánto tiempo perdido…
—¿Izana? —pregunta Shirayuki, desde el otro lado de la mesa. Él parpadea una vez, arrancado de sus pensamientos y ladea suavemente la cabeza.
—¿Disculpa?
—Parecías absorto en algo —comenta ella con suavidad. Los niños detienen sus conversaciones y fingen no prestar atención.
—Solo pensaba… —responde él, con aire ausente. Shirayuki alzó una ceja inquisitiva, en un gesto más propio de él que de ella, e Izana no pudo evitar que una sonrisa se asomara a sus labios—. Creaba un recuerdo…
Kain y Armin lo miraron como si de repente le hubiera crecido otra cabeza. Desde cuándo su padre era tan…, tan…, ¿tan qué?
Percibiendo el desconcierto de sus hijos y la curiosidad en los ojos de los demás, incluida la propia Shirayuki, Izana toma la servilleta y la desdobla, colocándosela con exagerada lentitud en el regazo, retrasando deliberadamente su respuesta, solo por hacer crecer la expectación. En resumen: por diversión.
—Es algo que me dijo mi madre una vez, cuando tenía más o menos tu edad, Hanako —Al oír su nombre, la niña adelantó el torso mostrando (más) su interés—. Me dijo que para crear un recuerdo, debía observar con atención, aprenderme los detalles, las palabras y las sonrisas, el brillo en los ojos, el olor de la habitación… Pero que sobre todo, y esto es lo más importante —puntualizó, alzando el dedo índice—, debía recordar mi corazón, cómo me sentía yo y lo que me hacían sentir las otras personas, y que debía dejar que ese sentimiento me llenara por dentro y me envolviera por completo, hasta que un día, cuando más lo necesitara, o cuando estuviera triste o fuera un anciano (todavía falta para eso, muchas gracias, Kain) —precisó Izana, con la sonrisa de nuevo en los labios. Se escucharon unas risitas mal disimuladas y un 'umpf' de falso enojo de su hijo mayor—, pudiera traer ese recuerdo de vuelta y volver a sentirme exactamente igual que entonces.
Los niños se miran unos a otros, preguntándose en silencio qué tiene de especial un desayuno más. Shirayuki lo observa a él, con un brillo en los ojos que Izana quisiera pensar que es ternura. Ternura hacia él, por él…
—Yo por supuesto, no le hice caso… —continúa Izana—. Era muy tonto en esa época —reconoce, y agita suavemente una mano en el aire, lo que provoca nuevas risitas de las niñas—. Pero niños —les dijo, paseando la mirada por cada uno de ellos—, su abuela siempre tiene razón.
Todos ellos asintieron. Incluso Kain, que aún estaba lidiando con la idea de que su padre haya podido ser muy tonto alguna vez.
A Izana lo despierta el ruido atronador. Con el corazón sobresaltado, abre los ojos, desorientado y con la mirada desenfocada por el abrupto despertar, mientras a su alrededor el trueno canta su canción de tormenta y rabia.
Ahí está de nuevo… La luz del relámpago, que todo lo ilumina, como si fuera de día en plena noche. Y luego, segundos después, cuando regresa la oscuridad, el rugido, brutal y ensordecedor, del trueno, que hace vibrar los cristales de las ventanas de su despacho. Como si el cielo se quebrara y fuera a caer sobre su cabeza, como si el mundo se estuviera partiendo en dos. Y solo después, cuando parece que aún seguimos vivos, llega la lluvia, violenta y gruesa, golpeando feroz el mundo de nuevo en sombras y anegándola.
Cuando la luz del más reciente relámpago se extingue, Izana advierte que aún quedan rescoldos vivos en la chimenea. Se levanta y se estira, y aunque su espalda protesta por la pose forzada de su sueño improvisado sobre el escritorio, cruza la estancia hasta el hogar. Con el atizador se asegura de sofocar las ascuas y luego se emboza en su capa antes de salir en busca de su propia cama, de pesadas y cálidas mantas y tupidos cortinajes que aíslan su dormitorio de la tormenta que azota afuera.
La lluvia cae sobre los atrios de palacio, repiqueteando con fuerza en las tejas y en los suelos de piedra. Los canalones y desagües apenas dan abasto y escorrentías y grandes charcos se forman allí por donde esa misma tarde paseaba con su familia. La temperatura ha bajado desde que empezó la lluvia y hay en el aire ese olor eléctrico de la tormenta, como de metal y de vegetación en descomposición. No es el olor de la infancia, el de la tierra mojada en un día de verano, limpio y lleno de luz, sino ese otro, acre, penetrante y un tanto desagradable que se crece en las tormentas eléctricas.
Izana aviva el paso por los pasillos cubiertos de palacio, donde las antorchas desafían la brusca oscuridad que viene tras el relámpago. Algún soldado, de los que hacen guardia durante la noche, cierra los ojos cuando viene el trueno y finge una indiferencia que no siente. Y es entonces, al verlo, con una punzada de disgusto, que Izana lo recuerda.
A Armin, su pequeño Armin, no le gustan las tormentas. Haki se lo decía. Ella lo consolaba, ella le susurraba palabras de valor para afrontar las noches de truenos… Pero como siempre, el cuidado de los niños quedaba en manos de Haki… Ese debería haber sido su primer pensamiento en una noche como esta. Su hijo.
Con los labios apretados y disgustado consigo mismo, Izana desvía sus pasos al pasillo de palacio en el que se alojan sus hijos. Los dos guardias que custodian la entrada se ponen firmes ante él e Izana continúa, rumiándose una severa auto-reprimenda por su negligencia como padre, hasta que llega a la estancia de su hijo menor. Toca con suavidad y abre la puerta y entra, esperando encontrarlo escondido bajo sus mantas.
Pero la habitación está vacía.
Izana frunce el ceño pero, racional como es, y antes de hacer sonar todas las alarmas del castillo, decide comprobar si acaso Armin está en la habitación de su hermano. De vez en cuando recuerda, con ese sabor agridulce que tienen algunos recuerdos, que su hermano solía buscarlo cuando estaba preocupado. Zen era tan pequeño, estaba tan solo… Tantas son las cosas que debió haber hecho de otra forma…
Y como antes, toca y entra en la habitación.
Pero tampoco hay nadie.
No puede ser que Armin y Toshiro hayan enredado a Kain para una expedición a las cocinas, ¿verdad? No, Kain es sensato, no haría tal cosa… Pero ninguno de sus hijos está donde se supone que tienen que estar… El sabor de algo amargo le sube por la garganta y siente cómo un agujero empieza a crecerle dentro del pecho.
¿Y los guardias?
Un trueno corea sus pensamientos, dando voz a la ira y a la preocupación.
Izana desanda el camino hasta la entrada del pasillo con pasos secos, que resuenan en las paredes. Los pobres guardias se enderezan de nuevo en la posición de firmes y ni se atreven a mirar al rey. Puede ser a causa del hielo azul de sus ojos, o la ira envolviéndolos como en oleadas, mirándolos, decidiendo si deben morir hoy o ser destinados a algún puesto perdido en las montañas…
—¿Las doncellas de mis hijos? —pregunta con voz tonante. El soldado frente a él traga saliva, pero acierta a encontrar la voz para responderle, porque si el rey pregunta, el rey debe tener una respuesta.
—Durmiendo, Su Majestad.
—¿Durmiendo? —repite Izana, oscura la voz, y siente la ira cosquilleándole en la punta de los dedos—. ¿Sin atender a los niños que tienen a su cargo?
El pobre hombre se encoge dentro de su uniforme y traga saliva una vez más, tratando de humedecer su reseca garganta… ¿Las montañas? Sí, cualquier cosa sería mejor que afrontar la cólera del rey…
—Kain-ouji dijo que él se haría cargo, Majestad —dice su compañero, atrayendo sobre sí la mirada helada del rey. Todo un acto de valentía, dadas las circunstancias…
Izana se lleva dos dedos al puente de la nariz, intentando que el naciente dolor de cabeza no vaya a más. Puede sentir el miedo, el temor, que inspira en los hombres, y por un brevísimo instante se recrea en el poder que ejerce sobre ellos. Pero sus padres le enseñaron que el respeto no se impone con el miedo, sino con la fortaleza y la bondad. Así que inspira una sola vez, buscando suavizar la voz, esconder el enojo y que los desdichados no se le desmayen ahí mismo…
—¿Dijo adónde iban?
El guardia negó vigorosamente.
—Asegúrate de preguntárselo antes la próxima vez… —Y se dio la vuelta y se marchó, el sonido de sus botas punteado por el trueno y la lluvia, mientras uno de los guardias se dejaba caer contra la pared, débiles las rodillas, y el otro exhalaba un suspiro de alivio infinito… Bueno, de momento, y gracias a los dioses, las montañas tendrán que esperar…
Izana encamina sus pasos a la otra ala de la familia porque ahora sabe —intuye— (y eso es lo único que ha impedido hasta ahora que las campanas de palacio toquen a rebato) dónde estarán los jóvenes prófugos... Pues naturalmente, con la madre que les queda…
Les oyó reír desde lejos.
Los guardias apostados a la entrada del pasillo sonreían al escuchar las carcajadas infantiles —en absoluto discretas— que provenían de la cámara de la princesa Wistalia, pero en cuanto advirtieron al mismísimo rey frente a ellos se enderezaron con brusquedad y mudaron el semblante a la seriedad debida. Izana reprimió una mueca de diversión y despidió a los guardias, recorrió el largo pasillo y tocó a la puerta.
Las risas callaron de golpe.
—Adelante —la escuchó responder desde dentro.
Realmente nunca se imaginó la estampa que ofrecía su familia. Todos, absolutamente todos, estaban en la cama de Shirayuki. Las niñas, a cada lado de su madre, cubiertas con las mantas hasta la barbilla, Toshiro y Armin, a sus pies, flanqueándolas, y Kain, sentado a un lado, tratando de parecer que no disfrutaba demasiado de la reunión improvisada (ya es algo mayor para estas cosas). Shirayuki, con el cabello suelto sobre la gruesa bata de paño —una visión perturbadora e inocente que sin duda lo acosará y le robará el sueño—, y rodeada de todos sus niños en aquel lecho que compartió con su hermano.
—Mis protectores… —le dijo ella, llevándose teatralmente las manos al corazón—. Somos chicas, débiles y temerosas de la tormenta —añadió, con la risa bailando en sus ojos.
A Izana le brillan también los suyos. No solo por ese humor desenfadado que ella muestra con él, sino porque afuera canta el trueno y su hijo no tiembla, sino sonríe.
E Izana, inevitablemente, también sonríe.
—Tío Izana, estoy creando un recuerdo —dijo la mayor de las niñas.
—Yo también, querida Hanako —le respondió, mirando a cada de uno de ellos, aprendiéndose cada expresión, cada gesto, porque jamás querría olvidarse de esto. Y cuando llegó a Shirayuki, puede que se demorara un poco más, y ella, cosa maravillosamente extraña, se ruborizó.
—Y yo —dijeron Armin y Toshiro a la vez.
—Y yo —dijo a su vez Shirayuki.
—Y yo —admitió Kain, volteando un poco los ojos.
—¡Yo tambén! —exclamó Akari, con su media lengua infantil.
Y las risas hicieron callar el fragor del trueno.
