Disclaimer: Los personajes de OUAT no me pertenecen, yo solo escribo por y para entretener.
Bosque Encantado. Años atrás.
—¿De dónde sacaste esto? —Cuestionó Malcolm fascinado e intrigado mientras examinaba la sortija donde se veía grabado el escudo del rey. Aquel anillo había estado envenenado y me había encargado de robarlo del rey para que no terminase muerto.
—Lo tomé prestado en el último baile que ofreció aquel hombre. —Repuse con simpleza. Los ojos esmeraldas de Malcolm se desviaron para fijarse en los míos; el adolescente arqueó una ceja con una sonrisa traviesa creciendo en su rostro.
—¿Aquel hombre? —Interrogó con burla. —Es tú rey. Además no creo que el rey sepa que tú tomaste la sortija ¿no es asi?
—Él definitivamente no es mi rey. —Respondí mientras me acomodaba la bufanda que cubría mi cuello. El chico parpadeó dos veces con diversión. —Si fuera mi rey le debería mi lealtad y mis servicios —Argumenté mientras rodaba los ojos. —Y no lo haré, Malcolm, he visto como trata a sus súbditos y a los nobles. Y no, no lo sabe.
—¿Lo estás juzgando?
—Yo diría, más bien, que aquel hombre solo finge proteger a su pueblo pero únicamente busca su beneficio. Es política.
—No es como si fuera secreto de estado. —Concordó conmigo. El chico tomó mi mano izquierda con delicadeza y se inclinó frente a mí. Colocó su rodilla frente al césped recientemente rociado por la lluvia de otoño. —Si a alguien le podría jurar mi lealtad sé a quién se la daría sin dudarlo. —Musitó en un murmullo mientras miraba el anillo en mi dedo anular.
Mis ojos se clavaron en sus manos sosteniendo con gentileza las mías. Mi corazón dio un vuelco porque aquello se podría malinterpretar. Y aquel pensamiento me agrado mucho más de lo que debería. Carraspeé ligeramente y desvíe la mirada. —Sería excelente encontrar un lugar donde no gobernase ningún rey. —Musité para acallar aquellos pensamientos acalorados y nada correctos. Había imaginado, solo por un instante, una vida junto a Malcolm. Una vida tranquila e íntima con aquel niño de ojos brillantes y curiosos; aquel joven con alma aventurera y llena de espíritu.
—Lástima que no exista. —Concordó. Un silencio se fue armando en aquella zona alejada del pueblo. La noche estaba por llegar pero el sol aún no se ocultaba. —¿Te he incomodado? —Cuestionó de pronto. Sonreí ligeramente. No sabía cuándo Malcolm había aprendido a leerme con aquella facilidad. Le miré de reojo y el chico alzó la barbilla cuando sus ojos conectaron un instante con los míos. —Lo he hecho. —Afirmó solo entonces. El adolescente se despeinó cuando pasó sus dedos por las hebras de su cabello. —No diré que lo lamento, porque sería una mentira. —Soltó poco después con una sonrisa sincera pero un tanto orgullosa.
—Pero tampoco esperas una respuesta. —Terminé por él. Cuidando en todo momento las palabras que le dirigía. Por más ilusión que me hiciera conocer y escuchar aquellas palabras no podía darme el lujo de decirle que el sentimiento… tampoco me era desagradable ni mucho menos. No podía comunicarle que mi corazón buscó salirse de mi pecho. No sería correcto y si me dejaba llevar por mis sentimientos estos no podrían durar por mucho tiempo y sólo conseguiría un corazón roto, nada más.
El precio de la inmortalidad es un sendero solitario.
Escuché su risa pero cualquier palabra que buscó salirse por sus labios fue cortada por el sonido de los cascos de los caballos acercándose. Al encontrarnos en una orilla de los caminos cercanos al pueblo no se me hacía raro que pasaran por ellos animales y sus dueños; lo que se me hizo raro fue escuchar un carruaje. Los nobles no solían pasar por ahí, y eran esas personas las que tenían el lujo de comprarse un medio de transporte, la otra opción era que se tratara de la realeza (lo cual era el doble de improbable).
Pero hoy parecía ser el día de las sorpresas.
El carruaje diseñado con sumo cuidado y con un gusto exquisito decidió parar su camino hacia el pueblo frente a nosotros. Malcolm se recargó contra el tronco de un árbol cercano pero cuando los soldados se acercaron a la puerta del carruaje y la abrieron el adolescente cambió su posición de una tranquila a una tensa. Arqueé una ceja y observé las botas pulidas y bien lustradas que se visualizaron cuando el gobernante bajó los escalones metálicos del carruaje.
—¡Su majestad, el rey del Bosque Encantado! —Anunció con estridor uno de los soldados. Podía sentir la mirada del resto de los soldados sobre nosotros. Me levanté de aquella enorme y un tanto mohosa roca para observar al gobernante de aquel reino.
La mirada celeste que portaba el rey mostraba su serenidad pero ocultaba su falsa benevolencia. Los risos negruzcos caían con gracia y eran ligeramente aplastados en su coronilla a causa de la enorme y ostentosa corona. El rey me miró fijamente y ladeé el rostro; parecía que esperaba algo de mí. Miré de reojo a Malcolm que se había inclinado frente a su majestad y sonreí al percatarme de lo que él estaba esperando. Mi atención regresó al gobernante de aquellas tierras e hice una ligera y delicada reverencia. Lo único que provoqué fue que el rey alzara ambas cejas de forma escéptica y apareciera una sonrisa fría.
Ah, ahí estaba el hombre que ocultaba tras su falsa carisma. La pesada tela rojiza que cubría sus hombros (su capa) se movió ligeramente, siguiendo el ritmo de sus movimientos, al inclinar ligeramente el cuerpo hacia nosotros. —¿Puedo preguntar qué hacen dos de mis súbditos tan lejos de casa? Tan jóvenes e insensatos. —Aquella palabra la remarcó entre dientes cuando su mirada se fijó sobre mí. —¿Ocurre algo en mi pueblo? ¿Por qué están tan lejos?
—No ocurre nada, ya nos íbamos —Repuso Malcolm, acercándose a mí y rozando sus dedos contra los míos.
—Veo que los dos son jovencitos muy insolentes, me gustaría hablar con sus padres. —Comentó el rey disgustado. El rostro del rey era muy fino, especialmente porque los huesos de las mejillas se marcaban por la delgada y demacrada piel. Sus ojeras eran marcadas y negruzcas. —¡Guardias!
—Yo no haría eso si fuera tú. —Murmuró Malcolm con tranquilidad. Me sorprendí ¿estaba retando a su rey? Si hasta hace unos instantes él me cuestionaba sobre la lealtad que yo tenía hacia sus gobernantes. Los soldados desenvainaron sus espadas y empezaron a rodearnos.
—¿Se encuentra bien, rey Frederick? —Cuestioné cuando un soldado tiró de mi brazo. Malcolm me miró significativamente, el adolescente se había percatado de un posible atentado de regicidio contra Frederick (era notable la mala condición de salud que portaba)
—Miren, una linda cortesana, mataremos al muchacho y luego disfrutaremos con ella. —Soltó el que me había agarrado. — ¿No te gusta la idea preciosa?
—Suéltala. —Ordenó Malcolm desenvainando su cuchilla. Hubo risas por parte de los soldados y una mueca de desprecio de parte del rey, quien no dudó en darse la vuelta y regresar al carruaje. —¡Usted está envenenado, su majestad! —Gritó Malcolm cuando se vio rodeado a pesar de andar defendiéndose majestuosamente contra los guardias del rey; el metal de su arma chocaba contra las espadas y, aunque esto solo duraba un instante, había hecho retroceder a los soldados. Un niño sabía manejar mejor un arma que ellos y eso los tenía desconcertados. —¡Rey Frederick! —Exclamó agitado Malcolm al ver que no le hacía caso.
El soldado me agitaba como si fuera una vil muñeca de trapo. —¿Has acabado? —Cuestioné cuando el guardia me analizó de arriba abajo y apartó la capa de mí; dejando que el vestido con la falda echa de holanes negruzcos y vaporosos saltaran a la luz. —¿Por qué has parado? —Interrogué fríamente. El soldado dio unos pasos hacia atrás y pareció como si la sangre huyera de su cara. Me acomodé el cuello en "A" del vestido y el cinturón (con apariencia de metal) color dorado. —¿Y bien?
—¿Eres una noble? —Cuestionó en voz baja. Sus ojos subieron a mi rostro y luego a mi cabeza donde adornaba una tiara sencilla las hebras de mi cabello.
—No exactamente. —Musité con una sonrisa ladeada. El rey me miró de forma perspicaz. —Pero yo cuidaría mis modos de tratar al rey de Atlantis. —Murmuré con cuidado. Frederick abrió ligeramente los ojos y su atención se desvió a Malcolm.
—¡Suficiente! —Detuvo el rey de pronto. Los soldados se alejaron y mostraron a un adolescente un tanto lastimado por las ropas rasgadas y cortes en la mejilla. Me acerqué a Malcolm de forma apresurada y el chico no dudó en abrazarme de forma protectora. —¿De qué hablabas…? —Cuestionó el monarca sin saber cómo dirigirse a nosotros.
Miré a Malcolm cuando sentí su mirada pesada sobre mí. Le desabotoné la capa y la dejé caer. Su atuendo combinaba perfectamente con mi vestido. Los ojos esmeraldas del adolescente se abrieron más de lo normal al observar su pantalón negro y el justillo de cuero a juego (con decoraciones doradas) —Le dije que se encuentra envenenado, rey Frederick. —Repuso Malcolm con seguridad, recuperando la compostura en un instante.
Deslicé mi mano por la camisa de algodón de Malcolm, la cual era de manga larga y holgada que se ajustaba solo en la muñeca del chico y era del mismo color que los ojos del dueño. —¿Cómo sabes eso? ¿Cómo sé que no me mienten y les robaron esos atuendos a unos nobles? ¿Dónde está tu corona? ¡Nunca he hablado de Atlantis! — Exclamó el rey.
—Es una lástima que no haya escuchado jamás de Atlantis, porque veníamos a hacer negociaciones, esto es una pena. —Solté con suavidad. —Nada más basta con verle, rey Frederik. Ni los nobles se dan cuenta de sus condiciones, mi rey, Malcolm... —Miré de reojo al chico, el niño alzó una ceja con una sonrisilla bailoteando en el rostro, sabía que aquel gesto nació porque le había llamado de esa manera. El adolescente estaba disfrutando esto tanto como yo. —Le advirtió de sus condiciones y le ignoró, en cambio mandó a sus guardias a atacarnos ¿qué clase de gobernante es aquel que hiere a su pueblo?
Los ojos perturbados del rey nos miraban de forma alternativa. —No sabrán nada si mueren ¿no es así? Una muerte rápida y sin testigos. —El hombre miró a sus guardias y les asintió en nuestra dirección. Sentí como el corazón de Malcolm se aceleraba. Apreté sus manos con delicadeza.
—Eso no sería sabio. —Argumentó Malcolm. Su voz no le falló en ningún momento. —El virrey sabe de nuestra visita. Si no tiene noticias de nosotros pronto desatará una guerra y estoy seguro que no quiere eso. Desafiarme a mí y… —Los ojos esmeraldas de Malcolm, que habían visto a su rey (Frederik) de forma peligrosa se desviaron a los míos y al instante se suavizaron ligeramente. —… a mi reina, será un error que le prometo… hará que pierda absolutamente todo.
La sonrisa fría del gobernante detuvo a sus guardias por un segundo. —¿Estás amenazándome a mí?
—Piénselo bien, rey Frederik. Podrá acabar con nosotros pero eso lo llevará a la guerra, más ¿podrá defender su reino y su linaje si el veneno llega antes a su corazón? No sería lo mejor ¿no lo cree? —Musité.
Los ojos del rey se suavizaron ligeramente y un suspiro cansado se deslizó entre sus labios. Lo habíamos logrado; habíamos convencido al rey del Bosque Encantado de nuestra pequeña mentira. Habíamos armado todo aquello sin haberlo planeado y Malcolm se adecuó a mi versión de la historia como si fuera realidad. Al final, Malcolm y yo no éramos un mal equipo.
Inframundo. Actualidad.
La doble puerta de roble se abrió tras una fría y potente brisa. El Aprendiz se giró bruscamente cuando me vio en medio de la sala de estar.
—¿Rapunzel? —Cuestionó con incertidumbre y esperanza, esperanza de que no fuera yo la que estuviera en aquel temido lugar. Una sonrisa suave pero nada sincera se plantó en mi rostro.
—Michael. —Saludé con una leve inclinación de rostro. Tomé asiento en uno de los sofás achocolatados con estilo renacentista, el cual tenía pequeños detalles italianos. —Mi padre siempre ha tenido un gusto bastante particular. —Musité al tiempo que deslizaba las yemas de mis dedos por la suave tela que tapizaba el mueble. —¿No lo crees?
—¿Qué estás haciendo aquí? —Cuestionó de vuelta sin responder a mis preguntas. Podía notar el tono tranquilo pero defensivo en el aprendiz. Mi sonrisa creció ligeramente.
—¿Es posible que mi padre no haya compartido sus planes contigo, Michael? —Interrogué con inocencia aunque pareció más sarcasmo por mi tono; mis ojos buscaron los del aprendiz para buscar la verdad en ellos pero el hechicero se rehusó a verme, era incapaz de mirarme, él lo sabía. —Lo supuse, estabas al tanto de los planes de Merlín ¿Por qué no me dijiste nada? Tuviste tantas oportunidades. —Recriminé con el ceño fruncido. El hombre se relamió los labios y cruzó sus manos delante. — Supongo que tu lealtad será eterna hacia el hechicero más sabio y poderoso de todos los tiempos.
—Rapunzel, yo no… —El aprendiz tomó una bocanada de aire y, a pesar de los esfuerzos, consiguió que su mirada se topara con la mía. —… yo creo que lo hizo por tu bien.
—¿Por mi bien? —Interrogué con tranquilidad. —Por favor. —Solté fríamente con un mohín de desagrado. —Si fuera así me hubieran dado la oportunidad de elegir.
—¿No es eso lo que estabas haciendo tú con la vida de tu padre? — Interrogó Michael. Le miré unos segundos cuando empecé a sentir un nudo formarse en mi garganta. —¿Acaso tú no estabas decidiendo el destino de Merlín? Haciendo todos esos planes para traerlo de vuelta y mantenerlo con vid-
—¡Era mi padre! —Exclamé; levantándome del sofá con un movimiento seco y brusco. —¡Y fue mi culpa que estuviera encerrado ahí e hiciera un trato con Hades! Él no mere-
—Aun así estabas forzando un destino que él no quería. La inmortalidad es un camino solitario, bien lo sabes, él no deseaba permanecer por mucho más tiempo en tu mundo. —Defendió con fervor. Mi ceño se iba frunciendo cada vez más por lo que escuchaba. —¡Tú no puedes juzgarlo por sus acciones si tú hiciste exactamente lo mismo!
—¡Eso no es cierto! — Vociferé. En ese momento los ventanales estallaron y los cristales repiquetearon en el suelo. Cerré mis manos con fuerza. Los ojos del aprendiz me miraban de forma consternada pero yo empezaba a ver borroso por la ira. —Merlín sabía perfectamente lo que estaba haciendo; nunca me detuvo. —Vi que Michael quería interrumpirme pero alcé la mano para que omitiera cualquier comentario. —Jamás me dijo abiertamente que quería que parara. Nunca. Yo sí le di la oportunidad de elegir. Me dijo que quería que fuera feliz. —Tomé una bocanada de aire y me dejé caer en el sofá.
—Él te conocía, Rapunzel, sabía lo testaruda que eres. —El aprendiz hablaba en voz baja, de forma cuidadosa, quizás esperando a no tocar ningún nervio para hacerme explotar de nuevo. —Sabes que nunca haría algo para herirte ¿no? Si lo ayudé fue porque creí en él.
—Pero no creíste en mi. —Musité mientras escondía el rostro entre mis manos. Sentía mis ojos picar pero me rehusaba a llorar frente a él. — Como siempre. Lo elegiste a él, como todos siempre hacen, confían ciegamente en mi padre pero jamás en mí.
—Eso no es verdad, mi niña. —El aprendiz se fue acercando, sus pasos apenas escuchándose contra el mármol, pero yo sí que sentía su presencia más cerca de mi posición.
—No trates de apaciguar tu culpa, Michael. —Solté de forma brusca. Levantándome del sofá. —He venido a comprobar tu colaboración en el plan de Merlín y Pan. —Agregué de forma fría. Mis ojos perforaron sin piedad a los del aprendiz, podía observar la culpa y remordimiento en ellos más no había arrepentimiento, aquello solo provocó que alzara la barbilla con desdén. —Qué bueno que el hechicero ya no está aquí. Si lo estuviera… bueno, nunca podría cruzar al otro lado, porque jamás lo perdonaré.
El país de las maravillas. Años atrás.
—¡Oh! — Me levanté del trono en un brinco y me lancé a los brazos de Felipe. —¿Dónde estabas? Te había estado buscando.
—Estaba defendiendo tu reinado, su majestad. —Soltó el risueño consejero. Me separé de él y sonreí al ver sus rizos alborotados por el viaje a caballo. La armadura plateada con el escudo real relucía en su pecho.
—¿Hubo protestas? —Cuestioné mientras caminaba ligeramente por la sala. La cola del vestido color blanco se arrastraba ligeramente. La mano de Félix detuvo mi andar cuando se posó gentilmente en mi antebrazo.
—Muchos la quieren muerta, mi reina, nadie la ha visto y temen por sus vidas. —Expuso. —Además… —La mirada del consejero recorrió mi atuendo. Observé lo que él veía: mi vestido. La falda tenía dos capas, la interna era de gasa y la más externa era de seda con espirales plateadas, se podían observar las dos telas porque había un corte triangular que se unía justo a la mitad de la cintura (debajo del ombligo). —…Hay ciertos rumores sobre su forma de vestir. — El jubón era de la misma tela (blanca con espirales) y el cuello tenía un escote cuadrado, en la parte superior de este se encontraban cuerdas trenzadas formando rombos hasta alcanzar mi cuello.
—¿Ahora quieren mi cabeza por mi forma de vestir? —Cuestioné divertida.
—El blanco, refleja pureza, pero el pueblo está acostumbrado al carmín. —Soltó con una ligera sonrisa. —No están acostumbrados a una reina blanca.
—Bueno, yo no pido la decapitación. —Murmuré mientras le devolvía la sonrisa. —Así que tampoco iré de carmín.
—Sería mucho más sencilla mi labor, su majestad, con el debido respeto si usted… —Sus ojos grisáceos me observaron unos segundos antes de finalizar. —… me acompañara y visitara a su pueblo.
—Claro ¿por qué no? —Accedí y me giré levemente hacia el conejo blanco, quien había estado todo el tiempo escuchando. —Prepara un carruaje para nuestra visita. Avisa a mi dama que me traiga una capa.
—¿Necesita a sus guardias, mi reina? —Cuestionó con amabilidad el conejo. Negué ligeramente y después de eso el conejo partió para cumplir mis órdenes. El salón se vació completamente solo entonces.
—¿Sabes quién está alentando al pueblo para que se levante contra mí? —Cuestioné a Felipe de forma seria. Félix asintió ligeramente.
—La oruga.
Inframundo. Actualidad.
— ¡Estás bien! —Emma me envolvió en un cálido abrazo. Mis brazos le regresaron el gesto al tiempo que escondía mi rostro en su cuello. De pronto todas mis preocupaciones se evaporaron y la herida, que había sido creada por la traición de las personas que más quería y que parecía estar al rojo vivo, pareció apaciguarse poco a poco. — ¿Dónde te habías metido? Estaba muy preocupada. —La voz llena de alivio, con un rezago de angustia, provocó que mi corazón se oprimiera aún más. Le estaba ocultando cosas a la salvadora y sabía que tarde o temprano descubriría la verdad por su famoso súper poder.
—Estábamos. —Corrigió Regina con reproche. —pero Emma tiene razón. Henry no supo nada más de ti. Estaba solo cuando vino. No vuelvas a pedirnos que lo dejemos a tu cargo.
—¡Regina! — Exclamó Robin.
—Está bien, fue… culpa mía. —Admití mientras me separaba del cálido conforte de los brazos de Emma. La Salvadora buscó mi mirada pero mis ojos se toparon con los de la Reina malvada. —Entenderás que, como tú, tengo bastos enemigos aquí abajo. —Solté, pensando cuidadosamente las palabras que les dirigía. —Pero también… tenía aliados que al parecer se volvieron contra mí.
—No hay mucha novedad. —Repuso Regina mientras me jalaba hacia ella y me besaba la frente. —Conozco esa mirada, Rapunzel, has perdido a alguien ¿qué sucedió? —La mano de la mujer rozaba mi antebrazo como medio de consuelo. Suspiré.
—¿Perdido? ¿Hay alguien que no conozcamos que murió y lo encontraste aquí? —Cuestionó Emma.
—No exactamente. —Respondí a Emma quien me miraba con el ceño fruncido. — Supongamos que me encontré con aquellos que mató Gold. —Empecé mientras veía a las dos hechiceras de forma intermitente, cuidando sus gestos y posibles reacciones.
—¿Hablas del Aprendiz? —Cuestionó Regina. Asentí. —¿Qué sucedió con él?
—Digamos que planearon algo a mis espaldas. —Continué.
—Espera ¿planearon? —Interrogó Robin. Emma puso los ojos en blanco por las continuas interrupciones.
—Sí, el Aprendiz —Admití. Miré a los presentes en la cocina del departamento de Mary. Por un momento dudé en contarles, temía que me diesen la espalda como lo habían hecho los demás, pero por otro lado sino lo hacía era hacer lo mismo que mi padre. Debía decirles la verdad para que ellos eligieran qué hacer. —Él y Pan.
País de las maravillas. Años atrás.
Mis manos se deslizaron por el metal dorado de ambos lados del trono. Miré al conejo blanco cuando anunció al siguiente noble que debía escuchar. La oruga entró a la sala, sus ojos me analizaron al instante que se toparon conmigo, aquel súbdito me había provocado muchos dolores de cabeza por sus atentados (con el mero propósito de derrocarme); al parecer no estaba bien visto que una reina gobernara el país de las maravillas sin un rey a su lado.
—Su majestad. —La oruga hizo una reverencia exagerada. Su voz era rasposa y un tanto lenta. Cuidaba en separar las palabras como si le hablara a un bebé.
—¿Qué problemas tiene? —Cuestioné de forma tranquila.
—Bien, verá, en el pasado… —Alcé ambas cejas al escuchar cómo recalcaba la última palabra. —… cuando gobernaban los antiguos reye-
—¿Los usurpadores? —Cuestioné interrumpiéndole. La oruga se incomodó por cómo me había dirigido a sus antiguos regentes. —¿No lo sabe? —Agregué con una ligera sonrisa sardónica. —Ellos le arrebataron el trono a los legítimos reyes y casi matan a su heredero. —Los ojos de la oruga brillaron con perspicacia. —Oh, sí, conozco quién es el príncipe de sangre.
—Disculpe mi impertinencia, su majestad ¿pero el príncipe de sangre se encuentra aquí, en el país de las maravillas?
— ¿Debería saberlo? —Cuestioné de vuelta con cierta inocencia. La oruga parpadeó y su atención se duplicó en mis gestos y acciones. Oh, sí sabía quién era el príncipe: Felipe, pero aún no estaba listo para tomar el trono; si Félix llegase a portar la corona en los próximos días de su coronación estaríamos celebrando su funeral, había demasiados enemigos contra la corona y el chico no podía manejar aquello por su cuenta.
—Supongo que no. —Admitió con astucia la Oruga. —Pero bien, cambiando de tema, el motivo de mi venida es simple. Quiero tierras.
— ¿Oh? —Le miré con curiosidad. — ¿Y qué podría hacerte creer que yo te las daré? —Cuestioné con simpleza pero con voz firme. Los ojos de mi súbdito destellaron.
—Siempre he sido amigo de la corona. —Reprimí mis ganas de poner los ojos en blanco, si ser amigo de la corona era sinónimo de alentar los atentados contra mi persona me rehusaba a hacer aquella clase de amistades. —Verá, su majestad, tengo relaciones y poder; le recomiendo mantener ciertas amistades para que usted pueda mantener su imperio ya que puede que necesite ayuda si suceden… cosas desagradables.
Ah. Ahora tenía sentido. La Oruga estaba alzando al pueblo en mi contra para que yo le concediera a él más poder; la Oruga podría acabar con los atentados fingiendo estar de mi lado pero al mismo tiempo, si hacia algo que le desagradara, podría ponerlos en mi contra con mucho más fervor si le brindaba más tierras (porque conseguiría más poder). Era un arma de doble filo.
—Pensaré su petición. —Admití. La Oruga hizo una elegante reverencia. —Por lo mientras le invito al baile que se celebrará dentro de dos días; vendrán reyes de otros reinos, es una oportunidad única, creo que nunca antes se había celebrado un evento de este calibre. No es como si uno pudiese viajar de un reino a otro tan fácil ¿no es así? — Aquella invitación también había sido una clara advertencia. Los antiguos regentes no habían celebrado nada parecido porque el viaje al país de las maravillas solía ser complicado. Era un reino aislado del resto, por lo mismo se necesitaba una vía de llegada, pero para eso se requería magia. Un antiguo y complejo hechizo: un portal.
Los ojos pequeños pero brillantes de la Oruga relucieron con una pizca de astucia. Sí, él había entendido el mensaje pero se mostraba incrédulo de que algo así sucediera. Seguramente aquellos dos días los estaría esperando con mucho… entusiasmo.
Inframundo. Actualidad.
—¿Pan? —Repitió por enésima vez la Salvadora.
—Lo ha dicho muchas veces, Swan, no eres sorda. —Repuso Regina mientras paraba su andar de un lado a otro, parecía un león encerrado, y no era para menos puesto que les acababa de lanzar una bomba y ellos estaban sopesando todo lo que podría ocurrir. Les había contado que debía traer a Peter Pan de regreso.
—Lo siento, es solo que no me lo creo. —Repuso a la defensiva la aludida. —Rapunzel ¿No ves que podría ser un peligro para todos nosotros? Especialmente para Henry. —Regina miró a Emma y después su mirada se posó en mí.
—Él no necesitaría más de su corazón. —Admití.
—Pero eso no quita su deseo de venganza. —Recalcó Regina con poco entusiasmo.
—Dudo mucho que la venganza este como su primera prioridad. —Solté lentamente. —Nosotros no estamos en buenos términos, Gina. —Murmuré con una mueca. —Ha hecho más que suficiente. Dudo que Pan busque meterse en mis asuntos nuevamente, es decir el niño no es estúpido. —Aunque tenía mis dudas, pero al menos sabía que su instinto de supervivencia estaba bien desarrollado por lo que haría lo que fuera para mantenerse con vida una vez que lo sacara de este lugar. —Y ha hecho suficiente, no volverá a meterse con aquello que me importa si no quiere terminar nuevamente aquí.
— ¿Cómo podemos estar seguros de eso? —Cuestionó Robin. —Sabemos de tus… capacidades. —Admitió el ladrón con cierta incomodidad. —Pero ¿y si Pan encuentra aliados? No importa que tan fuerte seas, él podr-
—Ella no está sola, Robin. —Interrumpió Emma de forma abrupta con el ceño fruncido.
—Pero Pan es un villano, no juega limpio, Emma. —Recalcó el ladrón.
—Robin tiene su punto. —Admitió Regina con pesadez mientras descansaba las palmas de sus manos sobre la mesa estilo bar. —Tendríamos que vivir de forma constante con la angustia de saber si atacará o no. Rapunzel, es muy arriesgado.
—Lo sé. Pero no he pedido su opinión. —Musité de forma tranquila. Los tres pares de ojos se enfocaron en mí con cierta incredulidad. —He venido a avisarles. Sí, podrán vivir en la constante angustia pero deberán confiar en mí, les prometo que no será así, y cómo les he venido a advertir mis planes, a pesar de que pude no hacerlo, espero que al menos ustedes si puedan depositar una pizca de fe en mí. —Admití mientras me levantaba del banquillo. —Entenderé sino lo hacen. Les he dado motivos, es cierto.
El silencio inundó la habitación. Tomé una bocanada de aire antes de dirigirme a a puerta y girar la perilla. —Espera, Rosa. — La voz de Emma rompió el ambiente tenso. —Me has enseñado que no rompes tus promesas; por favor, ten cuidado y si necesitas algo, dímelo.
—Supongo que no existe otra. No me hagas arrepentirme de esto, Rapunzel. —Soltó Regina aun con cierta desconfianza y de forma tosca. Estaba molesta pero a pesar de ello no me había dado la espalda, lo cual valoraba.
—Lo prometo. Ustedes ni si quiera sabrán si en realidad lo logré o no. —Admití con una ligera sonrisa.
—Por cierto, si conoces una forma de llegar a Garfio… —Empezó Emma con duda. La miré sobre mi hombro, ya que les daba la espalda, y asentí ligeramente. —… un mensajero vendrá dentro de poco y te dará una solución a tus problemas, Emms.
—¿Debemos preocuparnos de volver a verte? —Cuestionó Regina. —Ya que desapareces y apareces cuando te da la gana.
Reí sin poder evitarlo. —No se preocupen por mí. Yo puedo ir y venir a mi antojo del Inframundo a nuestro mundo.
Bosque Encantado. Años atrás.
— ¿Por qué le dijiste al rey Frederick que yo era el gobernante de Atlantis? Cuando nos descubran nos decapitarán por mentirle. —Repuso Malcolm, quien se acomodaba el jubón anaranjado (el cual tenía bordado algunas hojas con hilo de oro); cuando se giró me miró con hastío.
—Es la capa ¿cierto? — Repuse con diversión. Observé la pesada capa color carmín que descansaba en los hombros del adolescente. —Es una buena tela, terciopelo, se ve bien.
—Pesa. —Se quejó con un mohín. —Y la lana es demasiado llamativa. Parezco más león que humano. —Me reí. Observé la lana con tonalidades cálidas, la cual se encontraba en el borde de las amplias mangas y en los costados donde se abría la capa, ahí dejaba ver lo poco del jubón y el pantalón negro.
—Te ves como un rey, no te quejes y disfruta el baile que se celebrará. —Solté risueña. El adolescente se acercó y colocó sus manos sobre mis hombros descubiertos mientras alzaba ambas cejas. —¿Qué?
—Te ves bien. —Admitió con una sonrisa traviesa mientras bajaba la mirada. Al instante sentí mi rostro arder. El vestido tenía las mangas debajo de los hombros en forma de sisas (color anaranjadas, las cuales eran anchas) y poco después dejaban ver la segunda tela que se ajustaba a mis brazos (cambiando a ser una casi transparente con aplicaciones de encaje doradas). El escote parecía ir en línea horizontal con las mangas y dejaba ver un poco más de mi piel.
—¿Nunca desaprovechas una oportunidad, no es así? —Cuestione con cierta sorna aunque estaba jugando. Había cierto encaje dorado en la zona del pecho con ciertas perlas agregadas. El vestido se afianzaba a mi cintura, era de la misma tela que el jubón de Malcolm: anaranjado con hojas bordadas con hilo dorado —Al menos tú no llevas crinolina.
—¿Estoy escuchando quejas, mi reina? —Interrogó burlón con una sonrisa ladina.
Los toques en la puerta y posteriormente la entrada de un guardia pidiendo nuestra presencia en el salón principal por orden del rey cortó cualquier palabra que quisiese salir de mi boca.
—¿Crees que hayan descubierto nuestra mentira? —Interrogó Malcolm con seriedad.
—¿Cuál mentira? —Cuestioné al tiempo que doblaba mi brazo. Malcolm pasó su mano y yo me apoyé en su antebrazo. Nos encaminamos al gran salón siendo guiados, o más bien vigilados, por los guardias del castillo.
El salón era demasiado espacioso, con tonalidades blanquecinas (por el mármol e incrustaciones de piedras preciosas en los bordes de la habitación) y negras (por el color del trono y las columnas cilíndricas de mármol que adornaban el camino al asiento del gobernante).
—Su majestad. —Malcolm hizo una ligera inclinación y yo opté por hacer una reverencia sutil pero delicada. — ¿Lo hemos hecho esperar? —Continuó Malcolm con voz segura y potente.
—No. —Soltó al tiempo que se levantaba del tono y se acercaba a nosotros. —Al contrario, me han hecho pensar. Envíe a mis guardias a investigar la localización de Atlantis. —Admitió con falsa vergüenza. Malcolm se tensó y yo me limité a agarrar su mano de forma cálida. Le di un ligero apretón para tranquilizarlo. El rey nos observó unos instantes. —Me informaron que no lograron encontrar al reino pero mis súbditos afirman haber escuchado de este reino.
—Es normal que hiciera eso, rey Frederick, pero no somos enemigos de la corona. —Aseguré. —Hemos venido porque nuestro consejero nos advirtió de su estado.
—El que lo haya envenenado tiene que pagar. —Agregó Malcolm con un ligero asentimiento de cabeza. El adolescente me miró de reojo para comprobar que había dicho algo a nuestro favor y no en contra; le sonreí para tranquilizarlo.
—¿Ustedes saben quién fue? ¿Qué consejero puede tener información tan confidencial e íntima? —Interrogó el desconfiado rey. —Solo un vidente o un espía. —Su voz sonó silbante, casi amenazante.
Malcolm alzó el rostro cuando notó la amenaza implícita y estrechó los ojos con suspicacia. —¿Es esa una amenaza, rey Frederick? —Cuestionó con tono tranquilo a pesar de la mirada molesta que le dedicaba Malcolm a su regente. —Porque le aseguro qu-
—Nosotros hemos venido a advertirle. —Interrumpí antes que Malcolm dejara salir palabras de más por culpa del enojo que estaba sintiendo. —El nombre de nuestro consejero no puede salir a la luz, somos un reino pacifista, no queremos conflictos con otras naciones. Si supiesen de ésta persona y sus cualidades únicas muchos vendrían a buscarlo ¿no es así?
El rey entrelazó sus manos por encima del cinturón que atenuaba su inflado abdomen. —Puede ser, pero ¿no han dicho que han venido en paz? Necesito tener argumentos para creerles. No hay reino, solo rumores y ustedes sabían que me habían envenenado pero no tienen testigo ¿Cómo puedo hacerlo? Además dos soberanos platicando tan cerca de mi reino, sin protección y sin pertenecías. Son tan jóvenes y los jóvenes suelen ser tan astutos y mentirosos.
—Tenga cuidado con sus palabras, rey Frederick. —Soltó Malcolm, teniendo especial cuidado en separar las palabras como si quisiera dejar muy en claro el asunto. —Está siendo impertinente.
—¡Estoy siendo meticuloso y cuidadoso! —Exclamó indignado.
—Así es, pero no quita el hecho de que se sienta el toque de agresión. —Admití con serenidad. —Si usted no nos cree podemos enseñarle Atlantis, es un viaje corto. — La mirada pesada de Malcolm la sentí al segundo siguiente. Su cuerpo se tensó y carraspeó ligeramente para llamar mi atención, le miré de reojo y le sonreí suavemente. —Creo que es tiempo que Atlantis abra sus puertas a otras naciones ¿No lo crees, mi rey?
Los ojos esmeraldas de Malcolm indagaron en los míos una fracción de segundo. Estaba sopesado todo lo que estaba ocurriendo, pensado cuidadosamente las palabras que debía decir para no estropearlo y estaba sopesando en continuar con todo aquello o simplemente dejarlo. Estaba pensando a quién debería darle su lealtad.
—Tienes razón, Vivian. Es hora de abrir las puertas a nuevas oportunidades. —Admitió cuando desvió sus ojos de los míos. Sonreí suavemente. No hablaba precisamente de nuestra mentira, estaba hablando de nosotros y había jurado de forma silenciosa mantener su lealtad hacia mi persona.
Mi corazón dio un vuelco y una sensación cálida inundó cada rincón de mi cuerpo.
¿Es esto a lo que llaman amor?
Inframundo. Actualidad.
—Pan quiere verte. —La voz de Félix salió de sus labios de forma monótona. Parecía más un muerto que un vivo por su falta de expresividad.
—Bueno dile a tu líder que puede venir si quiere; puede verme todo lo que quiera pero eso no afirma que hablaré con él.
El bufido de Felipe sonó sarcástico. —Vamos, niña, no lo hagas más difícil.
— ¿Por qué no ha venido él? —Cuestioné sin mirarle aun. Dejé el vaso de limonada sobre la cantina. — ¿Quizás está ocupado con Tigrilla? — El silencio entre los dos se hizo presente. Fue mi turno de bufar y rodar los ojos.
— ¿Qué esperabas después de dejarlo plantado y arruinar su local?
— ¿Qué esperaba él después de destruir la mínima confianza que le tenía? —Cuestioné en retorno con voz seca. — ¿Para qué quiere verme? Seguramente para participar en sus reuniones. De una u otra forma no estoy interesada. — La música del local cambió bruscamente a una tonalidad portuguesa. Esa canción martilleó mis oídos una y otra vez. Era Ismaël De Saint Léger de Tête à Tête. La conocía pero no sabía porque. — ¿Ahora qué? —Cuestioné con un creciente dolor de cabeza.
—Ahora es cuando me aceptas esta pieza. — La voz de Peter Pan sonó a mis espaldas.
Y en ese momento un recuerdo que había olvidado regresó a mi cabeza.
País de las Maravillas. Años atrás.
—Su alteza, ésta fiesta es tan majestuosa como usted. — Admitió Titania viendo asombrada las flores silvestres tan variadas que adornaban el gran salón. Titania era la representante de Apolo, ya que él no había podido venir pero había mandado a aquella dulce dama en su lugar. Titania era famosa por brindar su auxilio en casos de melancolía, sueños inalcanzables y el encuentro del amor verdadero. —No puedo creer que usted celebre Lugnasadah ¡el festival solar de la cosecha!
—Es un evento digno de celebrar, señorita Titania. —Solté de forma suave. La mujer asintió con fervor, agitando los rizos plateados que caían fuera de su peinado meticulosamente recogido.
— ¡Su majestad! —Exclamó el conejo blanco entre la multitud.
—Si me disculpa. —Musité a la dama antes de dirigirme a mi consejero. —¿Sucede algo, conejo?
—Sí, los guardias me han informado de un rey que no estaba en la lista, entró afirmando que lo había invitado usted personalmente. —Soltó un agitado y alterado conejo con sus ojos saltones mirando nuestro alrededor como si esperara un golpe contra la corona en cualquier momento.
—Tranquilo, conejo. —Solté de forma conciliadora mientras acariciaba una de sus orejas. —¿Sabes cuál es su nombre?
—No. —Repuso avergonzado. La música que estaba de fondo, una suave y tranquila cambió a una más rápida y sensual. Nunca había escuchado una tonada con tanta vida. Miré a mí alrededor; nadie tenía permitido darles órdenes a los músicos. —He venido tan a prisa a avisarle que he olvidado preguntar el nombre. —Pero me han informado los guardias que es el rey de Atlantis.
Entre la multitud pude verlo; ahí estaba él un tanto alejado de resto, en vestimenta oscura y con la corona fundida de oro contrastando contra su cabello café claro, se encontraba Malcolm, quien me sonreía de una forma traviesa y enigmática. Aquello solo fue el principio de mi sorpresa. No solo estaba aquí, en el país de las Maravillas, se había logrado infiltrar a la fiesta y por sobre todas las cosas… era joven de nuevo.
Los sentimientos se empezaron a amontonar uno tras otro hasta lograr marearme.
—Su majestad ¿se encuentra bien? —Interrogó el conejo a mi lado.
—Le aseguro que su reina se encuentra bien. —La voz de Malcolm fue segura y un tanto arrogante. El chico se había acercado hasta donde me encontraba y había hecho una reverencia cuando estuvo cerca. —Es más, su majestad ¿me aceptaría ésta pieza?
Miré al chico de forma escéptica. —Disculpa, ando un poco distraída, ¿rey…?
—¿Olvide presentarme? Qué tonto. —Soltó con una sonrisa un tanto engreída. El adolescente hizo una reverencia. —Malcolm, rey de Atlantis. — Musitó al tiempo que me tendía una esfera bañada en oro con incrustaciones de piedras preciosas. —Para usted, mi reina. — La posesividad impregnada en sus palabras me hizo estrechar los ojos. Decir que estaba impresionada era poco ¿realmente sería él? Pero ¿Cómo? Acepté el regalo y se lo tendí al conejo que aceptó este y se marchó, perdiéndose en el mar de gente, cuando le indicó con la cabeza a Félix donde me encontraba.
Sí, mis guardias me tenían cuidada en caso de que alguien, la Oruga, decidiera realizar algún movimiento.
—¿Sucede algo? —Cuestionó Malcolm luego de que le diese la bienvenida al baile.
—No ¿por qué lo pregunta? —Solté tranquilamente.
—Porque no ha aceptado mi baile ¿Le incomodo, su majestad? —Interrogó y estiró la mano en mi dirección, en una clara invitación, para ir al centro del salón e integrarnos en el baile.
Le miré con suspicacia. Miré a Felipe, quien no me había quitado la mirada de encima ni tampoco había alejado su mano del mango de su espada, le asentí para tranquilizarlo antes de tomar la mano de Malcolm.
La sensación de su mano sobre la mía fue como la primera vez que le toque. Nada había cambiado. El revoltijo en mi estómago y el cosquilleo naciendo donde nuestra piel se rozaba. Mi corazón dio un vuelco y mi mirada voló a la suya. El chico me miró de forma intensa mientras nos acercábamos a la pista.
Solo por un momento olvidé todo y a todos.
Porque como había pasado en nuestro primer día de reencuentro el chico volvió a arrebatarme el corazón.
Una música un tanto distinta sonó en el momento en que llegamos al centro. —Espero que no le moleste la petición que le he hecho a los músicos. Es Ismaël de Saint Léger —Susurró cerca de mi oído cuando empezó a rozar mis hombros y bajó hasta tomar mis manos, las cuales colocó alrededor de su nuca. Hubo exclamaciones de parte de los espectadores pero a Malcolm le tenía sin cuidado. El adolescente volvió su camino sobre mis brazos hasta colocar una de sus manos en mi espalda baja y otra en mi nuca. El chico me tiró hacia atrás y luego me jaló hacia él para después hacer que girara sobre mis talones. La falda plateada y vaporosa del vestido siguió mis movimientos como si se tratara de una nube. —La música la encuentro un tanto exótica como usted, Vivian. —Murmuró cuando apoyó su mano en mi espalda baja y me hizo inclinarme como si fuera una simple muñeca de trapo. Una corriente me estremeció y al segundo siguiente me jaló para que me irguiera. Su rostro quedó a centímetros del mío. Mi corazón empezó una carrera a toda prisa cuando sentí su aliento chocar contra mi rostro. —Tan misteriosa e inolvidable. —Continúo tras darme un giro. Sus manos abandonaron las mías mientras apenas rozaban mi cintura. Podía sentir la energía que desprendía Malcolm y era demasiado fuerte y embriagadora. Quitaba el aliento.
—Creo que me adulas más de lo sincero. Exagera, rey. —Susurré cuando recuperé la voz aunque solo fue un simple murmullo que a pesar de ello logró escuchar. El chico sonrió con gozo y superioridad.
—Yo pienso que está siendo demasiado franca. Y aun así con todo respeto, mi reina, le aseguro que se equivoca. — Malcolm me tomó de la cintura y me alzó en el aire.
—Tenemos ideas distintas. — Solté cuando toqué el suelo nuevamente. Malcolm arqueó una de sus cejas ante el reto en mi tono de voz.
—Debería confiar en mi buen criterio. —Musitó, haciendo que girara nuevamente, quedando de espaldas al chico. Todo mi cuerpo ardía y esperaba que mis mejillas no estuvieran color cereza a estas alturas. —En un acto de fe. —Terminó. Sus manos se colocaron en mi cintura y me alzaron, girando en el aire con elegancia y agilidad. Aquel acto podría pasar como atrevimiento; el baile era muy sensual e íntimo, más de lo permitido, y saber que había bastantes personas mirando no lo hacía más fácil.
El baile terminó. Mi rostro quedó a escaza distancia del rostro del chico. —Si quieres que confíe dame buenos motivos para hacerlo. —Murmuré por lo bajo. Desviando mi atención a sus labios. Sentía una opresión en el pecho, quizá porque estaba respirando de forma errática, o posiblemente por saber que también provocaba algo en Malcolm. Sus mejillas ligeramente sonrojadas me lo confirmaban.
—No dudes que lo haré, Vivian. Y yo nunca, jamás, rompo una promesa. —Murmuró con voz ronca. Sus labios apenas rozaron los míos antes de que me apartase y me abriera paso en medio del gentío. Y en aquella noche confirmé. Con la luna de testigo y el viento llevándose mis pensamientos; que aún tenía sentimientos por aquel chico.
—¿Qué me has hecho? —Musité a la nada.
Hola ;D
Pau: ¡Hola Pau, muchas gracias por el rr de la semana pasada!Que bueno que te gustaran esos momentos!, quería preguntar ¿qué opinas delos capis largos? no sé si dejarlos así y actualizar dos veces por semana ya que salí de vacaciones D: ¡Espero tu opinión! Ojalá te guste este capi que es más romántico y de recuerdos que de otra cosa ¡Un saludo!
Nos vemos el viernes!
BCM
