Capítulo 53: En el barco de Cervantes
Por fin.
Tras una semana de espera, el marinero con el que había hablado Ivy fue a verla a la posada en la que se hospedaba para decirle que el presunto barco de Cervantes había llegado. Aquel barco del que sólo una vez había visto salir a alguien.
Lo que no sabían es que ese barco estaba tripulado por zombis capaces de hacerse invisibles ante los humanos si querían.
Ivy decidió acercarse a investigar, algo a lo que nunca nadie se había atrevido.
Se quedó aterrorizada al ver que el barco había llegado hasta allí sin nadie a bordo que lo controlara.
Pero, sin que ella lo supiera, varios zombis estaban pasando en esos instantes por su lado.
Subió al navío y empezó a inspeccionarlo. En apariencia era un barco normal, aunque lo cierto es que se respiraba una atmósfera siniestra. Daba la sensación de que en cualquier momento algo malo iba a pasar.
Ivy se armó de valor y bajó hacia los camarotes.
En la mayoría no encontró nada de utilidad, pero en uno de ellos había algo que le llamó la atención.
En el camarote del capitán, el de Cervantes, había un pequeño diario de a bordo sobre la cama.
Ivy estaba decidida a leer su interior cuando la puerta del camarote se cerró sola.
Ivy dio un grito sobresaltada y dejó caer el libro.
Miró a su alrededor asustada, buscando alguna explicación lógica para que la puerta se hubiese cerrado así. No encontró nada.
Entonces, de repente, una voz aterradora que parecía surgir de las paredes del camarote dijo:
- ¿Quién eres y qué haces en mi barco?
Ivy estaba empezando a arrepentirse de haber entrado en el barco, pero ahora no podía echarse atrás.
- Me llamo Isabella Valentine. – dijo. - ¿Y quién eres tú?
En ese momento, un zombi vestido con un lujoso traje de pirata apareció ante ella, de la nada, paralizándole los músculos de terror.
- Me llamo Cervantes de León. – se presentó el zombi. – Y voy a matarte.
El pirata sacó una pistola y apuntó a Ivy a la cabeza, pero antes de que apretara el gatillo ella suplicó:
- Espera. Espera, por favor. Quiero enseñarte algo.
Cervantes estaba dispuesto a matarla, pero no pudo evitar sentir curiosidad.
- ¿Qué es? – preguntó sin dejar de apuntarla.
Ivy le mostró el portabebés en el que estaba bordado el nombre del pirata.
- ¿Por qué aparece tu nombre en este portabebés? – preguntó ella.
Cervantes lo cogió y lo examinó.
- ¿Portabebés? – gruñó. – Esto no es un portabebés.
- ¿Y...qué es entonces? – inquirió Ivy muy sorprendida.
- Esto está hecho con un trozo de un traje que me pertenecía. Un traje que perdí en una visita al Imperio Británico.
Ivy no entendía nada de lo que ocurría, así que preguntó:
- ¿Dónde lo perdió, exactamente?
Cervantes rió con malicia.
- Debí dejármelo en casa de Joanne Stuart. – dijo con un tono que denotaba que estaba recordando tiempos muy viejos. – Su marido llegó antes de tiempo y no me dio tiempo a vestirme del todo.
Soltó una carcajada. Se había olvidado de que estaba apuntando a una mujer que había intentado leer su diario.
Pero Ivy acababa de descubrir algo. El nombre de Joanne Stuart le sonaba, y sabía de qué: Era la anciana a la que había visitado en Inglaterra, a la que también había visitado su padre, que había sido asesinada la noche del día en que fue a verla y que tenía un cuadro de Cervantes en su mansión.
Ahora sólo le quedaba saber qué había ocurrido con el traje de Cervantes para acabar convertido en un portabebés y, sobre todo, para haber terminado en la mansión de los Valentine.
Estaba pensando en ello y de repente se le ocurrió una idea, cuando Cervantes dijo:
- Bueno, si no hay más preguntas...
Iba a disparar cuando Ivy gritó:
- ¡No! ¡No lo hagas!
- ¿Y por qué no iba a hacerlo? – preguntó Cervantes riendo.
- Porque...porque creo que...soy tu hija.
