Holaaa ke tal?' recuerden ke a esta historia le keda muuy poco por terminar
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 49
Bella entró por la puerta de atrás de la librería, saludó alegremente a Lulú y subió al café. Una vez allí, se movió como el rayo.
Dos minutos después, llamó a Rosalie con un tono de voz que expresaba impotencia y disculpas.
—Rose, lo siento, ¿podrías subir un minuto?
—A estas alturas ya debería ser capaz de organizarse sola —masculló Lulú mientras la jefa la miraba de soslayo.
—A estas alturas, tú deberías ser capaz de darle un respiro —le replicó Rosalie mientras iba a hacia las escaleras.
Bella estaba junto a una de las mesas del café donde había una tarta glaseada que resplandecía bajo unas velas de cumpleaños; también había una cajita envuelta y tres floreros rebosantes de mimosas.
—Feliz cumpleaños.
La amabilidad del gesto la cogió desprevenida, lo cual era muy raro que ocurriera. Rosalie sonrió emocionada y encantada.
—Gracias. Tarta... —arqueó una ceja y tomó uno de los floreros con mimosas—. Mimosas y regalos. Casi merece la pena cumplir treinta años.
—Treinta —gruñó Lulú detrás de ella—. Una niña. Hablaremos cuando llegues a los cincuenta —sacó otro paquete más grande—. Feliz cumpleaños.
—Gracias. No sé por dónde empezar.
—Lo primero, el deseo y soplar las velas —ordenó Bella.
Hacía mucho tiempo que no hacía algo tan sencillo como formular un deseo, pero obedeció y sopló las velas.
—Tienes que cortar el primer trozo —Bella le pasó un cuchillo.
—De acuerdo. Luego quiero los regalos.
Rosalie cortó la tarta y abrió el paquete más grande. La colcha era suave como el agua y del color del cielo a medianoche. Llevaba estampados los signos del zodiaco.
—¡Lulú, es fabulosa!
—Te mantendrá caliente.
—Es preciosa —Bella acarició la colcha—. Intenté imaginármela cuando me la describió Lulú, pero es mucho mejor.
—Gracias —Rosalie se volvió y acarició la mejilla de Lulú con la suya antes de besarla.
A Lulú se le sonrojaron las mejillas de puro placer, pero fue ella la que apartó a Rosalie.
—Vamos abre el regalo de Bella antes de que reviente.
—Me recordaron a ti —dijo Bella mientras Rosalie desataba el cordón de la cajita.
Había unos pendientes. Unas estrellas de plata que colgaban y centelleaban contra diminutas esferas de piedra de luna.
—Son preciosos —Rosalie los levantó a la luz antes de besar a Bella—. Y muy adecuados, sobre todo hoy —añadió mientras alargaba los brazos.
Iba vestida de negro otra vez, pero la tela lisa y brillante estaba salpicada de pequeñas estrellas y lunas plateadas.
—No pude resistir ponérmelo precisamente en Halloween y ahora esto... —se quitó rápidamente los pendientes que se había puesto esa mañana y los sustituyó por los de Bella—. Son el remate perfecto.
—Muy bien —Lulú levantó su vaso—. Por los treinta.
—Lulú, no lo estropees —rió Rosalie mientras brindaba—. Quiero tarta —levantó el pequeño reloj de plata que colgaba de una de sus cadenas—. Hoy abriremos un poco más tarde.
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No fue difícil encontrar la casita amarilla. James aminoró la velocidad para ver la pequeña casa escondida entre los árboles. Pensó que era poco más que una choza y casi se sintió irritado por el insulto que suponía. Marie prefería vivir en ese cuchitril en vez de en las casas maravillosas que él le había proporcionado. Tuvo que contener la urgencia por ir al café y sacarla a la calle a rastras. Se recordó que las escenas en público no eran la mejor manera de tratar a una esposa mentirosa.
Esas cosas exigían intimidad. Volvió al pueblo, aparcó el coche y echó a andar. Un estudio minucioso le llevó comprobar que ninguna de las casas vecinas estaba lo suficientemente cerca como para preocuparle. No obstante, primero fue a la arboleda, la recorrió y permaneció entre las sombras observando la casa. Al ver que no se movía nada, que no había agitación, fue hacia la puerta trasera.
Le llegó una oleada de un olor poderoso y molesto. Era como si lo empujara, como si lo apartara de la puerta. Por un momento, sintió en la piel algo parecido al miedo y se encontró dando un paso atrás, fuera de la entrada.
La furia le dominó y barrió todo temor. Una repentina ráfaga de viento hizo que las estrellas que colgaban del alero repicaran estruendosamente, pero él atravesó lo que parecía una pared de aire y agarró el picaporte. Ella ni siquiera cerraba con llave la casa, pensó con irritación. Qué descuidada era, qué estúpida. Estuvo a punto de gritar cuando vio el gato. Detestaba a los animales. Le parecían unas criaturas repugnantes. Se miraron durante un buen rato y hasta que Diego se marchó.
James echó una ojeada a la cocina y deambuló por la casa. Quería ver cómo había vivido su mujer durante el último año.
Apenas podía esperar para volver a verla.
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Bella se puso en camino hacia su casa una docena de veces, pero el pueblo estaba muy animado. Casi todos los comerciantes se habían disfrazado para celebrar Halloween. Había demonios que vendían ferretería y hadas que anunciaban sus productos.
Comió a última hora con Alice y tuvo una reunión improvisada con Dorcas sobre un posible encargo para una fiesta de Navidad. Parecía que todas las personas con las que se cruzaba querían pararla para darle la enhorabuena por su compromiso de boda. Pertenecía al pueblo. Pertenecía a Edward y además, por fin, se pertenecía a sí misma.
Fue a la comisaría para quedar con él en entregar juntos las bolsas de caramelos que había preparado para los pequeños fantasmas y duendes que se pasarían por su casa al caer la tarde.
—Quizá llegue un poco tarde —le dijo Edward—. Tengo que meter en cintura a algunos de los niños mayores. Ya me he encontrado con algunos que querían convencerme de que los doce rollos de papel higiénico que estaban comprando eran para sus madres.
—¿De dónde sacabas tú el papel higiénico para ir por las casas cuando eras pequeño?
—Lo robaba del cuarto de baño de casa, como cualquiera con dos dedos de frente.
Ella sonrió.
—¿Ha habido más calabazas explosivas?
—No, creo que se ha corrido la voz —inclinó la cabeza—. Hoy pareces contenta.
—Hoy estoy contenta.
Se acercó y le rodeó el cuello con los brazos. En ese momento, sonó el teléfono.
—Sigue así —le dijo él antes de contestar—. Despacho del sheriff. Sí. Señora Stubens. ¿Mmm? —separó la cadera de la mesa y se irguió—. ¿Algún herido? Perfecto. No, quédese ahí. Voy inmediatamente. Nancy Stubens —le dijo a Bella mientras se ponía la cazadora—. Estaba enseñando a conducir a su hijo y han chocado contra el coche aparcado de los Bigelow.
—¿Ha pasado algo?
—No. Iré para arreglar las cosas. Los Bigelow acababan de estrenar el coche.
—Ya sabes dónde encontrarme.
Lo acompañó fuera y sintió que le rebosaba la felicidad cuando él se inclinó para darle un beso de despedida. Luego, cada uno fue en una dirección.
Estaba a mitad de la manzana cuando Gladys Macey la llamó con un grito.
—¡Bella! Espera —con la respiración entrecortada por el esfuerzo de alcanzarla, la mujer se dio una palmada en el corazón—. Déjame ver ese anillo del que tanto he oído hablar.
Antes de que Bella pudiera levantar la mano, Gladys ya se la había agarrado y miraba fija y detenidamente la joya.
—Debería haber supuesto que Edward se comportaría —asintió con la cabeza y miró a Bella—. Te llevas una buena pieza, y no me refiero al zafiro.
—Lo sé.
—Lo he visto crecer. Cuando se hizo un hombrecito, ya sabes lo que quiero decir, me preguntaba qué mujer lo cazaría. Me alegro de que seas tú. Te he cogido cariño.
—Señora Macey —Bella, emocionada, la abrazó—. Gracias.
—Serás una buena esposa —dio unas palmadas en la espalda de Bella—. Y él será un buen marido. Yo sé que has pasado por momentos difíciles —se limitó a asentir con la cabeza cuando Bella se apartó—. Tenías algo en la mirada cuando llegaste. Ya no lo tienes.
—Lo dejé todo atrás. Estoy feliz.
—Se nota. ¿Habéis fijado la fecha?
—No, todavía, no —Bella se acordó de los abogados, de los problemas, de James. Podría con todo, se dijo, con todo—. En cuanto podamos.
—Quiero estar en primera fila el día de la boda.
—Lo estará. Y podrá beber todo el champán que le apetezca en nuestro treinta aniversario.
—Lo apunto. Bueno, tengo que irme, dentro de poco los monstruos estarán llamando a la puerta y no quiero que me embadurnen las ventanas. Dile a tu hombre que se ha comportado.
—Se lo diré —«su hombre», Bella pensó que era una expresión preciosa.
Aceleró el paso. Tendría que darse prisa para que la tarde no se le echara encima.
Fue a la parte delantera de la casa y miró alrededor con cierta timidez. Se cercioró de que estaba sola en la luz del crepúsculo, alargó los brazos hacia las calabazas, tomó aire y se concentró. Necesitó un esfuerzo considerable, lo habría hecho más rápidamente con una cerilla, pero no le habría producido la misma emoción que ver que las velas se encendían con el fuego que producía su mente.
¡Caray! Resopló con fuerza. Eso sí que era guay. Comprendió que no se trataba sólo de la magia. Era saber quién y qué era ella. Era encontrar su fuerza, su objetivo en la vida y su corazón. Recuperar el dominio de sí misma para poder compartirlo con un hombre que creía en ella. En ese momento era Bella y lo sería independientemente de lo que pasara al día siguiente o un año después.
Subió los escalones alegremente y entró en su casa.
—¡Diego!He vuelto. No vas a creer el día que he pasado. El mejor, sin duda.
Pasó a la cocina y encendió la luz. Puso a calentar agua para el té antes de llenar una gran cesta de mimbre con bolsas de caramelos.
—Espero que vengan muchos niños. Hace años que no llaman a la puerta de mi casa —abrió un armario—. ¡No puedo creérmelo, me he olvidado del coche en la librería! ¿En qué estaría pensando?
—Siempre fuiste muy distraída.
La tasa que sujetaba se le cayó, como si fuera agua entre los dedos, se estrelló contra la encimera y se hizo añicos contra el suelo. Oyó aquella voz terrible mientras se giraba.
—Hola, Marie —James se acercó lentamente hacia ella—. Me alegro de verte.
OMG la encontrooo... ke pasara ahora?
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