– Y bien, – le dije. – ¿Alguna idea para empezar?
– Tú ordenas – replicó.
– Un sello... un sello... – murmuraba mientras me encaminaba hacia la entrada. – Tiene que ser... una puerta, trampilla...
– Puede.
– Con "puede" no ayudas nada.
– ¿Qué quieres que diga? – se quejó. – ¿"¡Oh, Rido, tu sabiduría es superior a la de cualquiera de los mortales!"?
– Es un paso... pero esos peloteos se los dejamos a Eliaz – carcajeé.
– Lo cierto es que es más que lógico que sea algún tipo de puerta.
– ¿Ves?
– Ahora sólo te queda encontrarla
– Esa actitud no es muy cooperativa.
– No me pagas para que lo sea – me devolvió la burla que había hecho antes. – De hecho no me pagas.
– Míralo desde este punto de vista, si abrimos esa puerta la fiesta...
– Será más escandalosa...
– Estoy convencido de que todo lo contrario, pero ¿qué perdemos con probar?
– La paciencia.
– Pues te jodes – le espeté. – Tú me hiciste lo mismo a mí.
– ¿Cuándo?
– ¿Te suena algo como "Sólo hice una hipótesis, tuve suerte, acerté" o "Mera suposición"? Ambas las dijiste en referencia a haber puesto mi vida en el filo de la navaja.
– Mea culpa – admitió.
– Toda tuya.
– Hay otra cosa que quiero preguntarte – comentó al poco, cuando ya atravesábamos el claustro.
– Dispara.
– ¿Estás seguro?
– ¿Seguro? ¿Te refieres a seguro de hacer esto?
– Exacto.
– ¿Por qué lo preguntas?
– Porque te conozco tan bien o mejor que tú – sentenció. – ¿Dónde ha quedado el "Ése no soy yo"?
– ¿Vamos a citarnos el uno al otro?
– Tú empezaste.
– Perfecto, yo empecé.
– ¿Por qué evades mi pregunta?
– Porque... – me detuve frente a la fuente y me giré hacia el. – Ya sé que ese Rido no es este Rido, pero...
– ..."pero es el verdadero"
– Eso es...
– ¿Te das cuenta de lo que dices? – me abroncó. – "Es el verdadero"... ¿Y entonces tú que eres? ¿Mera ilusión?
– ¡No! Yo... Ese Rido, el que se esconde en alguna parte de esta casa es el que realmente merece estar en esa familia y... es el verdadero mejor amigo de Nalya.
– ¿Y por ello te arriesgas a perder tu identidad?
– Sí... No... Sí...
– Aclárate.
– No es tan fácil... – me disculpé. – Es decir... tú quisiste que conociera esos lazos que tuvo mi anterior yo con la gente que me rodeaba para ganar una especie de... "estabilidad emocional", para tener algo a lo que agarrarme.
– Sí, pero...
– Nada de peros – le corté. – ¿Qué son todos esos lazos en relación a mí sino un espejismo?
– Ellos saben tan bien como tú que tú no eres Akano Rido.
– ¡Lo sé!
– Pero...
– ¿Los Akano me tratarían así si no fuera la reencarnación de su hijo? ¿Lo hubiera hecho Yonas, mi abuelo o incluso Nalya? – le pregunté. – No.
– Eso no lo sabes – advirtió. – Es injusto para con ellos además.
– No es injusto, esa es la verdadera realidad: sólo me tratan así porque soy un espejismo de algo que perdieron hace mucho tiempo – repuse. – Un espejismo de su sentimiento de culpa. ¡Estoy harto de ser un puto espejismo!
– Autocompadeciéndote no llegarás a nada.
– No me autocompadezco – repliqué.
– ¿Sí lo haces?
– ¿Es que acaso no es verdad? – pregunté, elevando el tono de mi voz. – Yonas... ¿no se acercó a mí porque se sentía culpable por haber matado a Akano Rido? El maestro, ¿no dijo Kyo que se sentía culpable de mi muerte y que instruyéndome trataba también de redimirse a sí mismo? ¿No pasa lo mismo con Nalya? ¿Con mis padres?
– Sí, pero...
– "Pero" nada.
– ¿Acaso Yonas no te enseñó qué es la amistad? ¿Acaso tu maestro no te enseñó todo lo que sabía? ¿Te dijeron ellos algo de "Tu eres Akano Rido el elegido de una raza superior para traer la paz a la Tierra" o alguna frase de película que marcara totalmente tu existencia? – devolvió la tanda de preguntas con tono insolente. – Tus padres te quieren, aún sabiendo que eres otra persona, porque tú te has mostrado a ellos como eres y Nalya... quién sabe como piensa esa mujer.
– Vale, vale, te entiendo.
– Entonces, ¿qué vas a hacer?
– Voy a abrir esa puerta.
– No has escuchado nada de lo que he dicho.
– Sí, lo he escuchado.
– ¡Pues para esto no te mandé a una realidad alternativa durante diez años! – exclamó. – Lo hice para que confiaras en ti mismo, para que aprendieras a qué te enfrentas. No para que renuncies a toda tu identidad así como así.
– ¡No renuncio a mi identidad! Mis recuerdos y mis sentimientos seguirán estando aquí...
– ¿Seguro?
– ¿Tienes miedo de desaparecer? – le pregunté capciosamente.
– ¿Acaso no es ese un miedo que tenemos todos?
– No me salgas con una reflexión antropológica sobre el miedo a la muerte.
– Pues entonces no me provoques para que lo haga.
– ¡Dios! – protesté a gritos desesperado mientras me sentaba en la fuente. – ¡Eres más pesado que Eliaz cuando se pone metafísico!
– Es que no quieres entenderme...
– Ni tú tampoco a mí
– A ver... vamos a dejar las cosas claras – dijo él, sentándose también. – A mí me da igual si vas ahí y abres o cierras esa puerta. Seguramente pase lo que tú dices, sus recuerdos y sentimientos se unan a los tuyos pero no los borrarán
– Por eso montas este follón.
– No, monto este follón porque no es propio de ti venderte de esta forma y renunciar a tu vida.
– Recuerda con quién estás hablando, viejo encapuchado.
– Oh, perdóneme usted, Señor "No tengo perdón porque me he suicidado" – contestó en tono burlón. – Creí que habíamos superado esa fase hace tiempo.
– Y está superada.
– ¿Entonces por qué vuelves una y otra vez sobre lo mismo?
– ¿Cómo hemos llegado a hablar de esto?
– Tú sabrás, yo sólo...
– ..."soy una parte de ti" – concluí. – Me conozco esa cantinela de memoria.
– Bien, como veo que no entras en razón, – resopló – lo dejaré. Pero que conste no llego a comprender tus motivos.
– No quiero ser más un espejismo – le conté. – ¿Es tan difícil de entender que incluso tú, es decir, yo mismo, me pones estos problemas?
– Es impropio de ti – insistió.
– Puede que no sea muy propio de mí, pero es lo que voy a hacer.
– ¿No hay nada que te pueda hacer cambiar de opinión?
– ¿No dices que no te importa lo que haga?
– Y es verdad – respondió. – Pero comprende que me preocupe al ver como alguien que normalmente piensa tanto las cosas tome decisiones tan importantes bastante a la ligera...
– Está bien, te entiendo – admití cansado ya de la discusión.
– Entonces... ¿Estás seguro?
– Tanto como de que no quiero seguir discutiendo contigo.
– Entonces, – dijo mientras se levantaba – vamos allá. ¿Por dónde quieres empezar?
– Vamos a ver... habíamos quedado en una puerta o una trampilla o algo por el estilo...
– Define "algo por el estilo".
– Un "nuevo" arco en una pared oculto tras una estantería que se desplaza cuando accionas un mecanismo que se activa al mover un libro llamado "Los mitos griegos clásicos en la filosofía de la última mitad del siglo dieciséis" – reí irónico. – ¿Sabes de algún sitio así?
– Obviamente, no.
– ¡Cachis! – me quejé entre sonrisas. – Hubiera sido más fácil.
– Sé serio. Sé... tú.
– Lo intento, pero de veras que no puedo – aclaré mientras me ponía yo también en pie. – ¿Te acuerdas de dónde comenzó la fiesta?
– De... allí – señaló hacia el pasillo que llevaba al otro claustro.
– Pues vayamos hacia allá – ordené siguiendo la dirección de su dedo.
– Aquí el ruido es un poco más fuerte.
– Parece que viene de las escaleras.
– ¿Subimos? – propuso, cuando yo ya avanzaba por el tramo de escaleras.
– ¡Mira! – exclamé mirando hacia la puerta que había en el descansillo y que, en mis visitas anteriores solía estar atrancada, algo que no se cumplía esta vez. – Estoy seguro de que tiene que ser eso. Además es el primer piso, yo siempre he estado por el segundo – pensé en alto. – Tiene su lógica, una lógica un poco retorcida pero lógica a fin de cuentas. ¿Cómo no te habías dado cuenta? ¿Es que no miras por donde andas?
– ¿De qué hablas? – preguntó confuso, mientras se acercaba a mi posición.
– Hablo de eso, cegato – volví a enseñarle la puerta entreabierta. – ¿No te suena que esa puerta solía tener una gran tranca de metal y un candado más grande que tu cabezota?
– ¡Es cierto!
– Muy poco te fijas tú.
– La verdad es que sí – aceptó. – Pero en mi defensa debo decir que hace bastante que no paseo por aquí. Desde la última vez que viniste tú, probablemente.
– "Defensa", ya.
– Pues sí, "defensa".
– Venga, Perry Mason, vamos – subí el tramo de escaleras que nos separaba de aquel llamativo umbral.
– ¿Estás...?
– Que sí – atajé. – No volvamos a la discusión de antes.
– Suerte entonces.
– ¿Cómo que suerte? – le increpé. – Sube aquí a ayudarme que esto pesa Dios y ayuda.
– Está bien... – resopló.
– Vago...
– Petardo...
– Venga, a la de tres – acordé. – Una... Dos... y... Tres – conté para, a continuación, empujar la puerta con la ayuda de Balmung.
– Asombroso... – masculló el monje, cuya voz parecía ya bastante lejana.
– ¡Bienvenido! – saludó una sombra.
– ¿Quién eres?
– Soy tú...
– O sea que tu eres... – comencé a decir antes de prorrumpir en una sonora carcajada.
– ¿Qué es tan gracioso?
– ¿No ves la ironía?
– ¿Qué ironía?
– Había oído que eras un maestro de los dobles sentidos y los chistes surrealistas, – contesté con tono interesante – Señor "Gran Guerrero de las Sombras".
– Tienes razón – confesó entre carcajadas.
– Vengo a buscarte – le conté en un tono más serio.
– ¿Estás seguro? – preguntó sorprendido.
– No voy a tener esa discusión otra vez. Y menos con una sombra – corté por lo sano antes de comenzar una nueva charla sobre si estaba haciendo o no lo correcto. – Si quieres seguirme...
– Claro que quiero seguirte, estoy hasta las narices de estos pasillos.
– Pues venga, vamos.
– ¡Buenos días! – saludó mi padre animosamente.
– ¿Qué? – pregunté. – ¡Papá!
– ¿Cómo te encuentras?
– Somnoliento y desubicado.
– ¿Lo hiciste? – terció mi madre.
– Lo hice.
– ¿Seguro?
– Seguro.
– ¿De verdad?
– De verdad.
– ¿Y?
– Y... recuerdo todo – sonreí. – Vuelvo a ser Akano Rido... todo lo que recordaba y sentía ha pasado a mí... y no he perdido nada de "mi otro yo".
– ¿Seguro?
– ¿No te fías de mí? Está bien, os lo demostraré – propuse al incorporarme.
– No hace falta – dijo ella con un abrazo. – Te creo.
– Increíble... – balbuceaba impresionado mi padre.
– Sé que soy increíble – bromeé.
– Me refiero a... a tu...
– ¿A qué?
– Míralo tú mismo – indicó mi madre, situándome frente al espejo.
– Mierda – me quejé al ver mi espalda llena completamente de marcas, así como mis brazos. – Ahora parezco una cebra.
– Casi tan impresionante como las de tu abuelo – afirmó mi madre, satisfecha. – Mejoro la raza, cariño – se burló de mi padre.
– Increíble...
– ¿Es que no sabes decir otra cosa? – le chinché.
– ¿Y cómo te encuentras? – se preocupó mi madre.
– Es extraño – respondí. – Confuso, sobrepasado por los acontecimientos... pero... en líneas generales, bien, muy a gusto.
– Entonces todo ha salido bien – aseguró mi padre, invitándome a subir las escaleras delante de él para regresar al interior de la casa.
– Sí.
– ¡Vaya! – exclamó Wolf. – ¡Sí que habéis tardado!
– ¡Madrina! – saludé, lanzándome al cuello de Yuki al verla.
– ¿Madrina? – se sorprendió el viejo capitán. – Tilly...
– ¡¿Qué?! – replicó mi madre.
– Eres fantástica – rió. – ¿Has conseguido levantar el sello?
– Yo sólo le expliqué que existía un sello en el alma – afirmó llena de orgullo maternal. – Él lo encontró y buscó la forma de abrirla.
– Eso es aún más fascinante – afirmó mi recién descubierta madrina. – ¿Estás segura de que...?
– Sí, es hijo de Youichi – le echó la lengua.
– ¿Siempre son así? – pregunté por debajo a mi padre.
– Eran peores en la Academia – sonrió.
– Creo que debería irme a descansar – anuncié al cabo de un rato de recordar viejas historias de familia.
– ¿No te quedas en tu habitación? Mira que llueve una barbaridad.
– Da igual – sentencié, acompañando mi negación con un movimiento de cabeza. – Voy al cuartel.
– ¿Seguro?
– Seguro, quiero hablar con alguien antes de dormir un día entero.
– ¿Con quién?
– Con alguien – repliqué sonriente.
– Cotilla – le decía mi padre a mi madre.
– Me voy – me despedí con un beso a mi madre y a mi madrina. – Sed buenos.
– ¡Se supone que eso te lo debería decir yo! – protestaba mi padre mientras me alejaba.
– Buenos días, Irah – saludé a mi compañero.
– Buenos días – correspondió. – ¿Tú también? ¿Hubo...?
– ¿Yo también qué?
– Nada, nada... – se defendió.
– En fin... voy a secarme un poco y descansar, que estoy roto...
– Vaya, vaya – se reía con sarcasmo la nueva teniente en el comedor cuando me acerqué a tomar algo caliente, pues venía empapado. – ¿Tú también has pasado la noche fuera?
– Pues... sí – admití. – ¿Por?
– Nada, nada... – dijo con un tono realmente maquiavélico.
– La verdad es que no os comprendo – resoplé mientras echaba mano a un croissant y a la taza de chocolate que me acababa de servir. – Si alguien me necesita para algo más que para decir "Nada, nada..." estoy en mi habitación.
– Están los dos muy raros esta mañana, ¿verdad? – le cuchicheaba por detrás Hino a Artemisa cuando me crucé con ellas.
– Y ambos pasaron la noche fuera...
