Yendo a lugares Misteriosos
Notas:
Disclaimer: Algunas partes de estos diálogos han sido copiadas de los libros de Cassie tal como antes. Solo quería estipular nuevamente, que este trabajo no es mío. También que sepan que este capítulo contiene sexo explícito. Como siempre, amo recibir sus comentarios. Estoy encantada con todos los kudos y comentarios que he recibido hasta ahora. 3 para todos.
Alec
Alec se sorprendió al recibir el mensaje de Camille en el que le pedía verse. Ella iba a cumplir su promesa de ayudarle, así que fue a reunirse con ella. Durante su primer encuentro ella le había dicho que no existía manera de hacerse inmortal. La única otra opción era hacer que Magnus perdiera la suya y ella estaba dispuesta a ayudarle con el proceso. Por supuesto, había algo que ella necesitaba a cambio de la ayuda. Ella había sido bastante insistente e incluso habían peleado por ello, dejando un moretón en la mejilla de Alec que no supo cómo explicar.
Ir a ver a Camille era una estupidez y él lo sabía, pero, de algún modo, Camille lo jalaba como la miel a las abejas. Ella era alguien que había conocido a Magnus. Alguien que posiblemente tenía las respuestas a las preguntas que él tenía. Y de verdad necesitaba respuestas.
Estaba sorprendido. Había creído que el estar tan enfadado con Jace no le permitiría enfocarse en ninguna otra cosa, pero no fue así. Magnus también estaba seguro de lo mismo, pero la verdad era que aunque Alec en realidad estaba muy molesto con la situación actual en lo que concernía a Jace, la realidad era que él estaba muy a gusto con Magnus. Se había concentrado en la sensación de paz que había sentido aquella mañana en la casa del brujo aún con Jace desaparecido. Estar con Magnus, era lo que más quería en esos momentos. Nada había cambiado al respecto, pero el brujo era tan cerrado. Alec se sentía dejado de lado por Magnus. Era como si el brujo estuviese determinado a ocultarle su pasado. Alec realmente no sabía mucho de él. No sabía quién era su padre, ni cuando había nacido realmente.
Camille sabría eso. Alec había considerado su oferta para quitarle a Magnus su inmortalidad pero lo había descartado casi inmediatamente, sintiéndose horrible por siquiera imaginarlo. Tampoco había podido cumplir con la parte final del trato que era acabar con Raphael Santiago. No había manera. Él no rompería la ley de la Alianza sin una buena razón.
A Alec no le importaba tener que romper la ley si eso era para salvar la vida a las personas que amaba. Como en estos momentos el caso de Jace. No le daba importancia al hecho de que se hubiese invocado a un demonio en el departamento de Magnus justo después de haberse enterado de que Jace estaba unido a Sebastian. Ellos le habían preguntado al demonio acerca de los posibles métodos para separar el lazo de unión, pero la única opción que el demonio les había dado envolvía la liberación de un príncipe del infierno en la tierra y obviamente eso era imposible aparte de tiempo mal gastado. El demonio había hecho referencia al padre de Magnus en el proceso y por supuesto, la curiosidad de Alec había sido movida una vez más. Pero como muchas otras veces, Magnus se había ido por la tangente, incapaz de contestar.
De modo que Alec se refugió en Camille. Él nunca podría y jamás rompería la ley para algo tan egoísta como terminar la inmortalidad de Magnus y así se lo había dado a conocer a la vampira, aunque no en persona. Sin embargo, aún deseaba hablar con ella. Ver si ella sabía algo acerca de Magnus. Algún dato que llenara el agobiante vacío que Alec sentía, había entre los dos. Está era una brecha que se ampliaba por siglos y Alec se estaba sintiendo imposibilitado para unirla. Más aún, Magnus estaba echando abajo cada uno de los intentos que el cazador hacía para acercarse.
Camille estaba molesta por no haber respetado el trato que tenían. Había tratado de persuadirlo pero Alec no cambió de opinión. Sí trató, sin embargo de indagar lo más que pudo acerca de Magnus. Descubrió que él era de Indonesia pero no logró sacarle el nombre de su padre.
—Me da la sensación de que su padre es un poderoso demonio pero no logro hacer que Magnus hable de él. –dijo Alec.
Camille le volteo a ver con ojos entrecerrados y le dijo:" Bueno, por supuesto que no. Uno debe preservar algo de misterio en una relación, Alec Lightwood. Un libro que no ha sido leído siempre es mucho más excitante que uno que ha sido memorizado.
— ¿Quieres decir qué le conté demasiado? –preguntó Alec.
Camille contestó esa y algunas otras preguntas sin renuencia. Le dio algunos consejos para navegar en el mar de su relación. Ni siquiera pidió nada a cambio solo le pidió que le llamará si quería algo y que reconsiderara acerca de su trato.
En el regreso a Brooklyn reflexionó en sus palabras, dejar algo de misterio en la relación. Él iba a tomar su consejo a fondo.
Una vez en la casa, se metió rápidamente en la cama, se desvistió hasta quedar en calzoncillos y se deslizó a un lado de Magnus. Quería ser sigiloso y estaba feliz que el brujo ya estuviera durmiendo, pero Presidente Meow tenía otros planes. Se situó a un lado de la cama y el gato maulló al golpearse accidentalmente contra el codo de Alec.
Magnus saltó de la cama girando la vista hacia el ruido. — ¿Qué sucede?
—Nada. –contestó Alec, acallando los ruidos del gato. —No podía dormir.
— ¿Y saliste a la calle? –comentó Magnus rodando de lado y tocando el hombro del cazador. —Estás frío y hueles a la noche.
—Solo di una vuelta. –contestó.
— ¿Una vuelta? ¿Dónde?
—Por ahí. –dijo sin darle importancia. —Ya sabes, lugares misteriosos.
— ¿Lugares misteriosos? –repitió Magnus, arqueando las cejas. Alec solo asintió con un movimiento de cabeza.
— Ya veo que fuiste a Pueblo Loco. –dijo Magnus recostándose sobre las almohadas y cerrando sus ojos. — ¿Me trajiste alguna cosa?
Alec se inclinó encima del brujo y lo besó en la boca. —Solo esto. –dijo quedamente regresando a su lugar, pero el brujo ya se había asido de sus brazos y sonreía maliciosamente.
—Bueno, si me vas a despertar, -dijo. —Bien puedes hacer que valga la pena. –terminó tirando de Alec y colocándolo encima de él.
Alec alcanzó el rostro de Magnus con la mano y el brujo recargó su mejilla en ella. —
— ¡Bésame! –declaró musitando al oído de Alec y éste bajó la cabeza obedeciendo inmediatamente.
Las manos del brujo le acariciaban la espalda con ternura. Separándose del beso se disculpó por haberle abandonado la otra noche. Alec solo volvió a besarle haciéndole saber que todo estaba bien, y perdiéndose en el apasionado embrujo de las manos de Magnus sobre su cuerpo.
—Te amo. –dejó escapar Alec contra los labios de Magnus dejando una hilera de besos que descendían a lo largo del mentón y terminaban en la garganta del brujo. Se detuvo un poco más a deleitarse en la suavidad de su pecho, sus anchos hombros y su cuello, llenándole de besos.
Magnus ronroneó un poco al mismo tiempo que tiró de los calzoncillos de Alec para liberarle. Entonces se desvistió también lo más rápido que pudo y se inclinó nuevamente sobre su amado mirándole directamente a los ojos.
—Dime, que quieres. –logró preguntar el cazador de sombras. Hasta ese día, Magnus siempre había hecho lo que él había pedido, pero eso estaba a punto de cambiar.
Magnus le sonrió. — Te quiero a ti. –y tiró con fuerza del cazador haciendo que esté cayese directamente en su regazo y presionando su dura erección contra él. Alec gimió al sentir al brujo y esté le estrechó más aún entre sus brazos mientras lograba que giraran en la cama quedando él ahora encima. Magnus presionaba sus labios contra el mentón del cazador y lamia y succionaba el cuello de este sin tregua.
Alec le quería más cerca. Deseaba sentirlo dentro de él. Quería abrir su corazón y hablarle. Besarle hasta perder los sentidos y saber que no podía tenerlo todo, le frustraba; y se desquitaba con Magnus al ser poco gentil.
Magnus se ofuscó al sentir la repentina presión que Alec ejercía en él y levantó el rostro un poco pero sin dejar de sonreír. — "Ouch" –dijo. — ¿Estamos cambiando al sadismo ahora?
— ¡No! –contestó Alec mientras hurgaba en la mente las posibles implicaciones en lo que Magnus acababa de decir. —Lo siento, me deje llevar.
Magnus lo besó suavemente. —No hay problema, puedo manejarlo.
Alec bajó sus manos un poco más para alcanzar los muslos del brujo y poder jalar de él para acercarlo.
—Te quiero dentro de mí, -le dijo más como un murmullo.
— ¡Oh! Creí que íbamos a hacer lo que yo quisiera, -declaró Magnus.
— Sí, sí. –tartamudeó Alec. — ¿Pero no te gustaría?
Magnus sonrió y colocó ambas manos alrededor del rostro del cazador. —Por supuesto, -contestó. Alec sintió como levantaba uno de sus dedos y supo que acababa de conjurar una botella de lubricante. Miró hacia un lado y lo vio acomodado sobre la cama. Lo alcanzó y casi se le derrama el contenido. Magnus que no perdía detalle, se rió.
— ¡Cuidado! Es aceite. Tendré que cambiar las sábanas.
—A quién le importa, -contestó Alec en voz baja. La idea de tener a Magnus dentro de él estaba haciendo que el corazón le latiera con más fuerza y mucho más rápido. Estaba recordando cómo había sido la primera vez allá en Rotterdam. Lo fascinante y extrañamente raro pero delicioso que se había sentido. No quería perder ni un segundo pensando en sabanas y aceites.
En realidad no quería perder el tiempo en nada. Cosas como lo difícil que era la vida ahora que Jace se había ido; o cosas como el que su padre lo ignorara porque ahora estaba seguro de que era gay. O quizás, las cosas que sucederían con el apellido Lightwood ahora que el no produciría ningún heredero. Que ya de por sí era bastante malo por qué no podría pasar sus maravillosos genes a otro ser humano. Estaba tan cansado de sentirse culpable de todo. Como si reproducirse fuese la más grande de todas las cosas que había para ser y hubiese fallado. Alec amaba ser Cazador de sombras pero el conservacionismo que se manejaba y con el cual él tenía que acoplarse era cansador. Quería desaparecer. Quería que todo el mundo desapareciera o que él pudiese vivir en una especie de cueva, aislado del mundo, solo con Magnus. Solamente Magnus.
Alec gimió al sentir las manos del brujo en su abdomen, bajando lentamente por la ingle y acariciando sus muslos. El roce suave como plumas. Cerró los ojos y se concentró totalmente en las caricias dejando todos los problemas de lado.
Los dedos rasguñaron los muslos al tiempo que presionaban las piernas para que las separara y poder así finalmente introducir sus dedos en él. Alec cerró los ojos más fuerte y se entregó a la sensación y la expectativa de lo que estaba por venir. Magnus se movió entre sus piernas y presionó su miembro contra la entrada del cazador.
— ¿Estás bien? –murmuró en su oído. — ¿No te lastimo?
—A quién le importa. –repitió Alec en un entrecortado suspiro.
Magnus se detuvo al instante. —A mí me importa. –dijo.
Alec sonrió para y tiró de Magnus con la mano que tenía en su cadera. —Estoy bien. Yo estoy deseando esto. –dijo en un suspiró. —Ahora, vamos.
Magnus se movió despacio en él asintiendo. Describir la sensación de tener a Magnus dentro de él era difícil. Algo encantador, vibrante con un toque de placer y dolor que corría a lo largo de su cuerpo haciéndole respirar con mucha dificultad mientras Magnus se hundía completamente dentro de él y comenzaba a retroceder lentamente. Enseguida sintió los dedos del brujo aferrarse a su cadera. —Esta vez no me olvidare de ti. – confesó.
Alec lo quería cerca, fundirse y ser uno solo y por ahora podía olvidarse del mundo y de todo lo que estaba mal entre ellos. Podía perderse en la calidez del sentimiento y la satisfacción que obtenía al tener sexo con Magnus. Alec prensó la mandíbula y la abrió nuevamente para jalar una bocanada de aire.
—Te amo. Dijo Magnus pesadamente. —Eres tan bello. –se reclinó sobre el cazador y lo besó impacientemente. Alec no pudo contestar, el sentimiento al escuchar a Magnus y el sentirlo encima de él le sobrepasó. Su visión se estaba haciendo borrosa y el respirar se hacía mucho más difícil. Su cuerpo estaba tomando absoluto control de los movimientos. Un grave gemido se escapó de su boca al alcanzar el clímax. Todo el resto del mundo se borró de su mente dejando espacio sol para Magnus. Eso era lo que el final él quería. Magnus se le unió segundos después, dejándolos en el aire, volando como águilas libres que atraviesan el cielo sin nada en su camino que les estorbe.
Alec envolvió a Magnus con sus brazos fuertemente y le miro a los ojos. El brujo le veía en un aire de encantamiento que el cazador conocía bastante bien. Esa era la mirada que había logrado que se enamorase de él. Era esa mirada la que le hacía ser quien era, sin pretender, sin engañar. Ser el Alec que era cuando estaba con él.
Alec deslizó sus manos en la espalda de Magnus tirando de él, anhelando el contacto de su piel con la suya.
En respuesta, el brujo enterró su rostro en la nuca de de Alec; aún respiraba entrecortadamente. —Alexander. –fue lo único que pudo articular.
Alec cerró los ojos y sonrió.
