Estuvimos caminando durante varios minutos sin ver otra cosa que pasillos por todos lados.
-Juvia, creo que ya hemos pasado antes por aquí.
-Si, yo también, creo que estamos andando en círculos –dijo ella mirando los distintos caminos que teníamos.
-Bien, ¿Y ahora que hacemos? –preguntó Akane.
-Shh –dijo Juvia con un dedo en los labios-. ¿Escucháis eso?
Al final del pasillo comenzaron a escucharse leves murmullos, más de una persona estaba en una habitación continua a nuestra posición actual.
-Pensé que no habría nadie en el templo –dije.
-Puede que entraran cuando nadie les viera. Será mejor que continuemos, ellos pueden llevarnos hasta la sala de la daga –dijo Juvia comenzando a caminar.
Akane y yo nos miramos y seguimos a Juvia por los pasillos.
-La pared está llena de palabras. ¿Juv, sabes lo que significa?
-Cuentan la historia de la daga y de ese pueblo.
-¿Te los has leído?
-No, lo leí en la leyenda de la daga de Poseidón.
Seguimos andando por los pasillos- cada vez más lentas intentando que aquellos que estaban en la cueva no descubrieran que nosotras también estábamos allí. Los murmullos eran cada vez más fuertes. Comenzaron también a escucharse cristales rotos y otros golpes.
-Deben de estar rompiendo cosas –dije mientras nos acercamos.
Llegamos al último pasillo iluminado por la luz que había al final. Nos acercamos con más cuidado que antes.
-"Tenemos que tener cuidado, esos –refiriéndome a los que estaban rompiendo cosas- no huelen a nada. Y eso es muy extraño."
-"Puede que sean vampiros, como aquellos que vimos en la ciudad de Utans. Ellos tampoco olían a nada, pero aún así eran vampiros. "
Llegamos al final del pasillo y espiamos a aquellos que estaban revolviendo las cosas de la sala.
-Vaya, es enorme.
-Son todos los tesoros del Rey Poseidón –explicó Juvia-. Pero no veo la daga por ningún lado, debe de estar en otro lugar.
En aquella sala había al menos diez personas rebuscando entre los objetos antiguos. Ninguno de ellos olía como un vampiro pero todos ellos eran muy pálidos y tenían los ojos rojos.
-Me parece que vamos a tener que intervenir, no me gusta nada lo que están haciendo –dijo Juvia poniéndose cada vez más furiosa al ver que estaban destrozando las antigüedades de la sala.
-Tranquila Juv, tenemos que tener paciencia –intentó calmarla Akane.
Pero antes de que se tranquilizara Juvia saltó encima de uno de los vampiros y acabó con él en un plis. Akane y yo miramos aún escondidas como Juvia no dejaba ningún vampiro con vida. Salí de mi escondite y me apoyé en la pared para ver con mayor claridad lo que Juvia era capad de hacer cuando la cabreaban. Cuando Juvia acababa con uno de los vampiros, saltaba a por el siguiente y hacia lo mismo con él.
-Lo que hay que ver –dijo Akane saliendo del escondite y poniéndose a mi lado.
-Ya sabemos lo que a Juvia no le gusta –dije sin dejar de mirarla.
-Bueno. A ti te pasaría lo mismo si las antigüedades fueran los tesoros egipcios, ¿verdad? –Akane había dado en el clavo.
-Si, supongo que tienes mucha razón. Venga, sigamos, ya ha terminado el espectáculo.
Caminamos hasta la posición de Juvia. Akane siguió, pero yo me paré antes de llegar. Vi, al lado del cuerpo de uno de los vampiros, antes de que se convirtiera en arena, unos cristales de colores. Eran unos cristales distintos a los que había encontrado aquel día en Utans. Estos parecían restos de gemas preciosas.
-¿Vienes Raisa? –dijo Akane.
-Si, ya voy –me guardé los cristales y me puse a la altura de Akane.
Juvia se puso a buscar por toda la sala.
-Juvia, ¿Encuentras la daga? –pregunté.
-No, no está en la sala, pero tiene que estar en algún lado.
-Bien, busquémosla, entre las tres puede que encontremos algo.
Entre las tres nos pusimos a buscar la daga de Poseidón. Pero no estaba por ningún lado de la sala. Busqué por debajo de otras cosas. Pero solo había baratijas. Mientras seguía buscando por el suelo y las paredes, en las que había también antigüedades, noté un aroma distinto a los que había en la sala, uno que no había olidos desde hacia mucho tiempo.
-Vaya, no esperaba encontrar a nadie en ese te lugar – se escuchó una voz masculina por toda la sala.
Alcé la vista y vi que Juvia estaba mirando al hombre del que había salido la voz.
-"Juvia tranquila –la dije."
Las pisadas de aquel hombre se iban acercando a nosotras.
-¿Qué haces aquí?
-Solo pasaba por aquí –dijo aquella voz.
Me fui acercando ha Juvia quien no se había movido de su sitio. Akane hizo lo mismo que yo. Allí en una de las entradas a la sala en la que estábamos las chicas, estaba un hombre de unos 19-20 años de edad. Era pelirrojo y llevaba un parche en uno de los ojos.
-Volveré a preguntártelo, ¿Qué haces aquí Bookman?
-¿Bookman? ¿Ahora me llamas como al viejo? Nunca pensé que te escucharía decirme algo así.
-No tengo porqué tratarte con respeto después lo que me hiciste –dijo Juvia con odio hacia lo que fue su mayor amor.
-Juvia, podemos dejar los rencores a un lado y hablar de lo que pasó.
-¡Jamás! –Juvia formó una enorme masa de agua y la tiró sobre Lavi haciendo que este saltara por los aires.
Akane formó en sus manos un halo de luz verde. En mis manos hice aparecer dos ázames.
-¡No! –gritó Juvia- Él es mi enemigo.
Akane y yo nos quedamos paradas viendo como Juvia y Lavi comenzaban a pelear. Juvia le lanzaba agua hirviendo y agua helada intentando darle. Lavi hizo uno de sus conjuros que ya había visto antes, la primera vez que nos vimos. Por encima de su cabeza aparecieron los sellos que usaba para atacarnos. Y tras ellos aparecieron las dos serpientes de fuego que se alzaron por encima de la cabeza de Lavi.
-¡Juvia! –grité con miedo de que la dieran.
Pero las dos serpientes desaparecieron y Lavi apareció tirando en el suelo.
-Nadie prenderá fuego a las antigüedades –dijo otra voz masculina.
La nueva voz apareció detrás de Lavi. Era un hombre de la misma edad que Lavi. Este nuevo hombre tenía el pelo azul y la piel pálida como la de un vampiro.
-Creo que esto se va ha poner interesante –dije mirando a la nueva persona y pensando en lo que podía avecinarse apartir de ahora.
-Es que Juvia va levantando pasiones –dijo Akane mirando a los dos que estaban peleando por ella.
-Y que lo digas –contesté.
El chico de pelo azul se acercó a Juvia y se puso delante de ella protegiéndola del chico pelirrojo.
-¿Quién se supone que eres tú? –Dijo Lavi cuando se levantó del suelo y volvió a coger su martillo.
-Me llamo Aoba –dijo el chico.
-Aoba ¿Qué estás haciendo aquí?
-Las explicaciones para después, ahora me ocuparé de este cazador.
Lavi al escuchar aquello se puso en guardia haciendo crecer su martillo. Aoba por el contrario usó el poder que provenía de sus manos. Juvia se había quedado parada en el mismo lugar, detrás de Aoba. Las manos de Aoba comenzaron a brillar en un tono más azul que el de Juvia. De ella salieron dos serpientes de agua que se lanzaron con furia hacia Lavi.
Lavi previó aquel ataque y lanzó sus dos serpientes de fuego contra las dos de agua de Aoba.
Cuando aquellas cuatro serpientes chocaron produjeron un leve terremoto que hizo que las antigüedades que estaban en las paredes se cayeran y rompieran en mil pedazos.
-¡Lavi! ¡Aoba! –escuché la voz de una mujer gritar el nombre de aquellos dos chicos que habían comenzado a pelearse.
Cuando el terremoto cedió pude ver que el choque de aquellos dos poderes había hecho un boquete en una de las paredes.
-Juvia, tú y las chicas marchaos de aquí, yo me ocuparé de él.
-Pero Aoba –dijo Juvia.
-Sin rechistar. ¡Moveos!
Juvia se negó al principio. Pero Aoba la tomó del brazo y tiró de ella hacia el boquete de la pared.
-Juvia, haz lo que te digo.
Dispuesta a correr hacia Juvia para llevarla al boquete, vi como Aoba se lanzaba a los labios de Juvia besándola con pasión. Corrí hasta ellos.
-Aoba, nosotras nos encargaremos de ella. No te preocupes –Aoba nos sonrió a Akane y a mí.
Entre las dos tiramos de Juvia y nos metimos en la pared.
-¡Aoba! –gritó Juvia cuando se dio cuenta que la habíamos separado de los chicos.
-Juvia, no es momento para ir tras ellos. Tenemos que encontrar la daga, para eso hemos venido.
Juvia pareció volver en sí y las tres comenzamos a caminar por los pasillos que había.
-Estas paredes también están llenas de palabras. ¿También pone lo mismo que en las otras? –preguntó Akane.
-No. En estas cuenta la historia del guerrero que devolvió la daga a su hogar. Y también del heredero de la daga.
-Me gustaría saber quien es.
-Y a mí.
Seguimos caminando siendo guiadas por Juvia. Las palabras en las paredes de los pasillos se acabaron cuando giramos en la última esquina. Delante de nosotras, se alzaba un pasillo largo como el anterior. Este al final tenía una brillante luz.
-Creo que hemos llegado –dijo Juvia cuando entramos en aquella enorme sala.
-Esto es enorme –dije al entrar.
La sala estaba construida bajo tierra sosteniendo el techo con columnas antiguas. Delante de nosotras, en lo más profundo de aquella sala había una enorme estatua de piedra. Esa estatua tenia la forma de un enorme hombre con la mitad del cuerpo superior humano y el inferior de pez. En la mano tenia un tridente idéntico al de los habitantes del pueblo, los cuales lo usaban como armas con las que nos amenazaron.
-Ese es el rey del mar, Poseidón –nos explicó Juvia.
-Pues si que era grande – le observé-. Juvia, ¿Lo qué tiene en la mano, es lo qué creo que es?
-Si, ahí arriba está la daga de Poseidón –dijo Juvia mirándola-. Bien, ya no podemos ir.
-¿Qué? –Dijimos Akane y yo a la vez- ¿Pero que dices?
-¿Qué pasa?
-Juvia, las dos sabemos que te mueres por saber quien es el heredero de esa daga.
-No, para nada.
La tierra tembló de nuevo, pero esta vez con mayor intensidad que la primera. El tejado comenzó a venirse abajo. Poco a poco las paredes comenzaron a lanzar las piedras que sujetaban el la pared. La entrada por la que habíamos pasado explotó de repente envolviéndonos a las tres chicas en una nube de polvo.
-Eres muy persistente Bookman.
- Lo mismo te digo Agüita.
Dos remolinos, uno de agua y otro de fuego se alzaron por encima de nosotras. El aire caliente y el frío expandieron el polvo y nos dejaron ver con claridad lo que estaba pasando en aquel lugar.
El demonio de agua y el cazador del martillo estaban peleando en la misma sala en la que nos encontrábamos. Aoba estaba volando por los aires enchufando a Lavi con su agua.
Las chicas comenzamos a correr por la sala para que no nos golpearan.
Vi que Aoba estaba sonriendo mientras se apoyaba en las paredes para darse impulso y volver a lanzarse sobre Lavi.
-¡Juvia! –Gritó Aoba desde lo alto de una de las columnas-. Coge la daga.
-¡Estás loco!
-¡Cógela! Has leído las palabras ¿verdad? Sabes porqué te lo digo -. ¡Cógela! –volvió a gritarla.
Aoba volvió ha abalanzase contra Lavi y siguió peleando contra él.
Juvia dudó. Se miró la mano una y otra vez decidiendo si hacer lo que le decían o quedarse quieta.
-¡Juvia! –grité- ¿Qué estás haciendo? Esto se va ha hundir como no hagas algo.
- ¿Qué quieres que haga?
-Tú sabes algo que nosotras no sabemos. ¡Así que haz algo!
Juvia se volvió a mirar la mano y después salió corriendo. Una enorme roca comenzó a caer sobre mí, pero Akane fue rápida y me cubrió con su poder haciendo que unas enormes raíces nos cubrieran tanto a ella como a mí.
-¿Qué la pasa a Juvia? –preguntó Akane.
-No tengo ni idea, lleva rara desde que hemos entrado al templo.
La tierra temblaba cada vez más. Aquellos dos no paraban de lanzarse uno encima del otro intentando matarse el uno al otro.
El agua y el fuego de uno y otro pasaron muy cerca de nosotras.
-Cualquiera se mete en medio de esos dos – dijo Akane graciosa.
-Si, cualquiera se mete en una pelea por una mujer. Después dicen que las mujeres tenemos mucho peligro.
-Si.
Entonces, una luz, más cegadora que ninguna iluminó la habitación entera de un color azul.
Akane quitó sus plantas y nos dejó ver lo que estaba ocurriendo. Tanto Aoba como Lavi habían dejado de pelear. Elevé la mirada hacia aquella luz cegadora para descubrir lo que había pasado
Juvia estaba envuelta en esa luz cegadora. Cuando desapareció vi a Juvia cambiada. Su pelo había crecido y se le había peinado en unas trenzas que la pasaban por delante del hombro, y algunas formaban una corona en su cabeza. La ropa de Juvia también había cambiado. En vez de la ropa que ella solía usar para las misiones, esta vez tenía una falda corta pero larga por detrás separada en dos tiras. Tenía una coraza en la parte de arriba. Y uno de sus brazos, el mismo que la mano tenía agarrada la daga. La tenía totalmente protegida por otra coraza de color azul y negro.
-¿Qué ocurre? –pregunté perpleja.
-Ese es el uniforme del heredero de los poderes de la daga –dijo Aoba contestando a mi pregunta.
Akane y yo y también Lavi, mirábamos a Juvia con la boca abierta.
-Juvia… -susurró Lavi.
El suelo volvió a temblar.
-¡Tenemos que salir de aquí antes de que se nos caiga todo encima! –gritó Akane.
-Si, venga. Juvia vamos –Ella no contestó.
Alzó la daga hacía el techo y lo cubrió con una capa de agua parando las rocas que caían.
-Tenéis que salir todos de aquí – nos dijo Juvia.
-No Juvia, no nos marcharemos sin ti –dijo Akane.
-No hay tiempo que perder, ¡Tú! – gritó Aoba a Lavi- ¡Sácalas de aquí!
-No sin ella –rebatió Lavi.
-¡Hazlo! – volvió a gritar Aoba-. Yo me ocuparé de ella.
Aoba se dio la vuelta dándonos la espalda. Lavi se acercó a nosotras.
Lavi hizo un boquete en el techo de piedra, en un hueco que quedó libre. Se pudo ver el cielo del amanecer.
-¡Cogeos al martillo! –nos gritó.
-No nos pensamos ir sin Juvia.
-¡Ya está bien! Esto se va a derrumbar, y si no salimos todos vamos a morir.
-Pero Juvia…
-Ese Agüita se ocupará de ella –miré a Juvia que seguía con la daga en lo alto formando agua-. ¡Raisa! No pienso dejaros. Sé que ahora no somos de tu confianza, pero tienes que confiar en mí. No pienso dejarte aquí y morir, a ninguna de las dos, por que ellos me matarían.
Aquellas palabras de Lavi, de alguna manera, nos convencieron tanto a mi como a Akane. Las dos nos sentamos en el martillo. Lavi se sentó delante del todo como si fuera una bruja. El palo del martillo comenzó a elevarse hasta sacarnos de aquel lugar y dejarnos en tierra firme.
Miré el paisaje. Estábamos encima de una montaña. La tierra no dejó de temblar y la tierra que pisábamos comenzaba a hundirse bajo nuestros pies. Corrí los más que pude y me situé en un lugar que no se viniera abajo. A los pocos minutos, vi, como el templo por el que nos habíamos metido se venia abajo.
-¡Juvia! –grité al ver que ninguno de los dos salía. Las lagrimas comenzaron a caerme, pero no solo a mí, También a Akane y a Lavi, que intentaba mantenerse fuerte.
Cuando todo el suelo se derrumbó una esfera de agua se vio. Corrí hasta ella sin saber lo que iba a encontrarme. Al llegar, vi que Aoba y Juvia en sus brazos estaban cubiertos por esa esfera hecha de agua.
-Juvia –dije al verla.
-Solo está desmayada, el poder de la daga la ha agotado. Se recuperará.
Aoba dejó a Juvia en el suelo sobre mis rodillas y se acercó a Lavi.
-Será mejor que te largues.
-¿Estás loco? –dijo Lavi negándose.
-Este no es tu sitio, y ahora es mejor que ella no te vea. Cuando volvamos a vernos terminaremos la pelea. Pero ella no está en condiciones de verte.
-Eres… -Paré a Lavi antes de que dijera nada.
-Lavi, márchate. No debiste de haber venido – le miré con odio-. Dejamos claro que nuestra relación con vosotros había terminado el día que intentasteis matarnos a las dos.
-Pero… - volví a mirar a Juvia -. Márchate. Y llévate esto contigo –materialicé el mismo collar que él le había dado a Juvia una de las veces cuando se vieron en LandIce, y se lo lancé.
-Esto es… Pensé que ella lo había tirado.
-Lo recuperé días después para devolvértelo. Ahora márchate.
Tras eso, Lavi se marchó son decir nada.
Aoba nos llevó al pueblo y nos metió en una casa para que Juvia pudiera descansar. La ropa de Juvia había vuelto a la normalidad cuando quedó desmayada en los brazos de Aoba.
A la mañana siguiente, Juvia despertó.
-Juvia, menos mal, ¿Te encuentras bien? –la dije.
-Si, estoy bien, ¿Dónde estamos? –preguntó perdida.
-Estás en el pueblo, en la casa de Aoba.
Ella me miró sin comprender.
Por el pasillo se escuchó la voz de Akane y Aoba que iban conversando. Llegaron hasta la habitación, Aoba se adelantó y se sentó al otro lado de la cama. Cogió la mano de Juvia.
-Juvia, ¿te encuentras bien? –ella asintió -. Menudo susto me diste cuando te desmayaste.
-¿Pero qué a pasado? no me entero de nada –dijo ella muy perdida.
Aoba le contó lo que había sucedido desde que ella cogió la daga hasta ahora.
-Te desmayaste por que el poder de la daga aún no sabes controlarlo.
-Pero como es posible que yo sea la heredera. Es lo que no entiendo.
-Es una historia que se ha contado de generación en generación. La daga elige a quien será su próximo dueño, nadie sabe el porque de ello, pero así es, tú ahora controlas la daga de Poseidón.
-¿Y qué pintas tú en todo esto?
-Yo soy el guardián de la daga y de la persona que la controla.
-¿Tú eres el guerrero que devolvió la daga a su hogar? –el chico asintió ha mi pregunta.
-Pero es imposible, pensaba que esa persona era humana como todos los del pueblo.
-Me parece que no lo has entendido. ¿Por qué crees que el chamán del pueblo tiene tantos años? –me paré a pensar. Y di con la solución-. Así es, todos los habitantes del pueblo somos demonios de agua. Todos nosotros somos los verdaderos súbditos de Poseidón.
Intentaba seguir todo sin perderme, pero me costaba bastante.
-Yo, soy el hijo de Poseidón –dijo Aoba.
-Por eso me diste esa piedra –dijo Juvia.
-Si, mi padre rompió la daga hace años para que ningún humano usara el poder que la daga podía tener, solo debía usarla el heredero.
-Por eso Ren apareció en mi habitación.
-Si, él estaba buscando también al heredero, por decirlo de alguna manera, él es una parte de mí y mientras yo estaba encarcelado, él siguió buscando y te probó para saber si en verdad eras la elegida. Y parece que no se equivocó.
Los dos tortolitos sonrieron.
-Bueno, creo que iré a tomar el aire –dije levantándome de la cama -. Akane, ¿me acompañas?
-Si claro.
Las dos salimos de la habitación pero entornamos un poco la puerta para saber lo que estaba pasando dentro. Aoba y ella se cambiaron unas palabras y antes de que nos diéramos cuenta él y Juvia se habían vuelto a besar, esta vez con mayor deseo que antes. Akane y yo sonreímos y salimos de la casa dejándoles intimidad.
El chaman de la isla había dado el visto bueno a Juvia y la concedió el poder de la daga ya que ahora ella era la dueña legítima. Pero nos dijo que cuando el poder de Juvia desapareciera, la daga volvería a su lugar de origen y esperaría la llegada de otro heredero.
Cuando el sol se hubo puesto de nuevo volvimos al castillo. En él había dos personas esperándonos en la puerta. Una de ellas se acercó a Akane y la envolvió entre sus brazos. La otra persona bajó la mirada y se marchó por la puerta de entrada. Las dos chicas me miraron pero no supe que hacer. Aoba acompañó a Juvia al pasillo de los dormitorios y Tiky y Akane se marcharon a la sala principal para estar solos.
Yo me quedé en la puerta esperando que hacer. Tras pensarlo un rato decidí salir del castillo y seguir el rastro de aquella persona que había salido por ella antes que yo.
Llegué hasta el bosque. No se veía nada debido a los densos árboles que casi no dejaban que pasara la luz.
-Sé, sé que estás aquí. Sal por favor, me gustaría hablar contigo –dije al aire esperando que él escuchara mis palabras.
Esperé paciente alguna respuesta. Pero no recibí ninguna.
-Yo… siento no haberte dicho nada, pero no sabía que decirte, estaba confundida –Seguí hablando esperando una pequeña señal de él -. Sé que debí de decirte algo antes, pero ya sabes como soy, cuando algo me entra en la cabeza no puedo parar hasta que consigo lo que quiero, y sabes que las cosas se me olvidan mucho –reí-. Esta misión me ha hecho pensar mucho en lo que me dijiste. No quiero perderte. Eres mi mejor amigo, pero no quiero que solo seas eso. Goshia, por favor –seguí hablando, pero nadie contestaba-. Lo siento, siento no habértelo dicho antes – tras aquel monólogo decidí irme.
Escuché el crujido de unas ramas que había en el suelo. Me di la vuelta rápidamente. Estaba un poco asustada por que no sabía lo que iba a encontrarme, pero lo hice esperando que fuera él. Detrás de mí vi a un lobo. Mucho más pequeño de lo que él lo era. Me gruñía enfadado. Saltó hacia mí para comerme. Me protegí para parar el golpe. Pero no hubo ningún golpe. Cuando volví a mirar había otro lobo enorme, de color negro con los ojos de distinto color. Me fui acercando poco a poco a él. Cuando estuve lo bastante cerca, pude acariciarle el pelo y abrazarle.
-Te quiero Goshia –le dije al oído.
Noté como é me abrazaba con una de sus patas delanteras. Con los ojos cerrados fui notando que el pelo del lobo iba desapareciendo. Que aquello que me abrazaba no era una garra si no una mano y al poco se juntó otra. Mi cabeza estaba apoyada en el pecho de aquel lobo que poco a poco se había ido convirtiendo en humano. El chico, alzó mi barbilla hasta poder mirarle con claridad. Él no dijo nada, pero poco a poco se iba acercando a mí y me besó lentamente en los labios, siendo esta vez los dos quienes disfrutáramos de aquel beso.
