Miss Pauling entró en el despacho derrotada, pero con la pequeña alegría de saber que podía permitirse un descanso de cinco minutos para comer. Normalmente, no tenía la oportunidad de sentarse a llenar su estómago, al que había acostumbrado a no protestar y a mantenerse con poco, y menos sin estar leyendo o redactando informes mientras lo hacía, de modo que aquello era deliciosamente inusual para ella. Abrió la puerta, buscó a tientas el interruptor de la luz y fue a soltar la bolsa de tela en la que llevaba la comida...Pero, en el mismo momento en que la luz iluminó la habitación, se dio cuenta de que no tenía espacio para hacerlo, así que la soltó en el suelo.

La mesa estaba llena de flores. Flores de todas las variedades y tamaños. Distinguió rosas, margaritas silvestres, tulipanes, orquídeas, claveles, hasta un cactus que también estaba provisto de una flor; ni siquiera sabía el nombre de algunas. Aquel festival de colores y formas era una delicia para el ojo pero no pudo evitar sentirse algo nerviosa. Miró a su espalda pero comprobó que la Administradora seguía frente a la consola. Ella no podía haber sido, no era su estilo. Tampoco creía que los otros empleados de la empresa tuvieran algo que ver, ya que no había intimado lo suficiente con nadie como para llegar a recibir regalos como aquel. Se acercó tímidamente al montón de flores, en busca de una tarjeta u otra pista que diera cuenta del origen.

Y por fin lo encontró. Un ramo de flores que no podía identificar porque estaban chamuscadas. Pyro. Los mercenarios.

La sonrisa de Miss Pauling se borró y buscó inmediatamente el teléfono entre las flores. Mientras marcaba y esperaba, miró una y otra vez hacia la puerta, por si su jefa o alguien fuera a entrar y se encontrara con aquello.

- ¿Sí?-aquella era la voz de Demoman, sin duda.

- Demo.

- ¡Ah, Miss Pauling! ¡Eh, chicos, Pauling al teléfono! ¿Qué? ¿Dónde quiere que pateemos culos esta vez?

- ¡Miss Pauling!-la chica oyó unas cuantas voces hablando a la vez fuera del alcance del auricular, hasta que, finalmente, la voz de Scout sustituyó a la de Demoman-. Ey, ¿qué tal? ¿Cuál es problema?

- Las flores. Las flores que me han mandado-respondió Miss Pauling con un tono que no se parecía en nada a la voz jovial de Scout-. Habéis sido vosotros, ¿verdad?

- Jej. Nos ha pillado. ¡Sorpresa!

- ¡Feliz cumpleaños, señorita!-oyó decir a Soldier.

- Espera...¿Qué? ¿Cómo sabíais que hoy es mi...?

- Ah, osea que ha acertado. Vaya, ahora le debo a Spy veinte pavos...-Miss Pauling oyó una murmuración que no llegó a comprender pero sí a Scout, a pesar de que pusiera la mano sobre el auricular-. Vale, lo admito, estaba equivocado. No has perdido facultades, no estás chocho-un nuevo apunte-. Sí, soy un bocazas, lo que tú quieras. Ya hablaremos-Scout volvió a centrar su atención en Miss Pauling-. En fin, eh, ¡felicidades! Espero que le gustaran.

- ¿Esto ha sido cosa tuya, Scout?

- En realidad, no. Surgió hace casi un año, estábamos hablando de usted, no se ofenda, y salió a relucir el tema de la edad y, bueno, quisimos averiguar cuántos años tiene y de paso felicitar su cumpleaños. Nos conocemos desde hace tiempo y...

- Ya. Oye, Scout, y si no sabíais mi cumpleaños...¿no te dio por pensar que quizás había una razón por la cual no os lo había dicho?

- Euhm...¿No le ha gustado?

- No le ha gustado-oyó decir la chica a Soldier en el fondo.

- Esa no es la cuestión. No debisteis hacer eso. Se supone que os pagan para que hagáis todo lo que os digan. No somos colegas ni...

- ¿Mphm mmhm mhhh?-Pyro se hizo con el teléfono.

- No, no, no, Pyro. Son preciosas. Me encantan, de verdad. Muchísimas gracias-se apresuró a decir Miss Pauling con el tono de voz más amigable que pudo conseguir.

Pyro devolvió el teléfono a Scout con una risita satisfecha.

- La amistad no tiene cabida aquí, y menos entre nosotros-continuó Miss Pauling, volviendo a gruñir tras asegurarse de que no había peligro.

- Vale, vale, lo entiendo. Lo siento mucho-de nuevo, murmullos y voces-. Dicen los muchachos que puede tirarlas si quiere. Que lo sienten y que no se volverá a repetir.

Miss Pauling no respondió inmediatamente. Su mirada se volvió hacia las flores amarillas que tenía frente a sí. Alargó la mano para tocar sus suaves pétalos.

- ...Sí. Bien...Eso es todo. Ya os llamaré si surge algo. Oh, y...gracias.

Sin esperar la respuesta, la asistente colgó y se quedó mirando las flores. No podía evitar preguntarse cómo habían conseguido hacer llegar todas esas flores ahí sin que la Administradora lo supiera y protestara por ello. Cuántas molestias para...

- Pauling-la voz de Helen llegó a ella-. Ya han pasado los cinco minutos.

- ¡Voy!-respondió inmediatamente Miss Pauling.

Se puso en pie y volvió la mirada hacia la bolsa con la comida que no había llegado a tocar. Después, inevitablemente se giró hacia las flores.

¿Qué iba a hacer con todo eso? Tendría que ponerlas en agua y cuidarlas, pero no tenía tiempo para ello. Esperó encontrar un hueco para ello y para llevarse algo a la boca en alguna ocasión, aunque fuera antes de irse a dormir.