Epílogo 2 - Bienvenido a la familia.
-¿No tardan mucho? ¿Cuánto es lo normal en practicar una cesárea?- preguntó incesantemente Rosalie repiqueteando con su zapato el suelo de linóleo de la sala de espera- En Forks esto no habría pasado, nadie nos haría esperar. Allí apellidarse Cullen significaba algo. Esas son las ideas de Edward: debimos quedarnos todos en Forks después de Acción de Gracias y Bella no hubiera tenido complicaciones y ahora estaríamos todos alrededor de su cama.
Esme sólo le negó con la cabeza y Alice, echada hacia delante en su silla y con los dedos en las sienes sólo apartó una de sus manos de la cabeza para ponérsela en la rodilla y que cesara el repiqueteo, aunque después suspirara resignada.
-Es imposible, no puedo. Y el dolor de cabeza me está matando.
-Estamos en un Hospital- dijo Rosalie en su tono duro- Quizás tengas suerte, pidas una aspirina y te la den.
-Rosalie- suspiró Esme.
La chica se levantó en otro taconeo y empezó a pasear por la habitación. Llegó a la ventana para ver que era completamente de noche fuera. Llegó hasta la máquina de refrescos y no le apeteció nada de lo que ofrecían. Llegó hasta el control de enfermeras y le regaló una mirada gélida a la que unos minutos antes le había dicho que debían de esperar allí. Y para volver a sentarse lo hizo en los sillones contrarios a los que estaba su familia.
-El jefe Swan ha llegado a Hanover. Está intentando conseguir un taxi- dijo Alice- Que birria de visión.
Esme la rodeó con el brazo para atraerla contra su hombro, lo que Alice respondió cerrando los ojos y se concentró para relajarse. En medio del sonido del teléfono incesante del control de enfermeras y del repiqueteo del zapato de Rosalie vio una imagen de Edward cruzando un pasillo largo vestido con un uniforme de Hospital y abrió los ojos justo cuando la puerta que tenía enfrente se separó para dejarle salir.
-¡Edward!- exclamó Esme.
Su cara de felicidad era increíble y no necesitó ninguna de sus visiones tardías y pobres para saber que todo había salido bien. Cruzó hasta ellas, las abrazó a ambas a la vez y dijo:
-Toda ha ido muy bien, Bella y Alexander están perfectamente. Ahora les podréis ver.
Explicó cuando Rosalie también se acercó a abrazarle todo lo ocurrido, aunque esto fue entre sus flashes, de problemas con un anestesista y que Carlisle decidió intentar un parto natural. Partes de ahí prefirió saltárselas porque eran realmente desagradables, pero en pasado pudo ver a Bella abrazando a su bebé y dándole besos entre lágrimas.
-Se parece a ti, Edward- dijo- Se parece mucho a ti. Es muy guapo. Tiene los ojos verdes y una pelusilla rubia muy graciosa. Menos mal que hemos comprado un montón de gorritos para el invierno.
-Estamos muy felices, Edward, muy orgullosos de ti y de Bella- respondió Esme- No puedo esperar para poder abrazarlos a los dos.
Edward abrazó de nuevo a su madre y apretándola contra su pecho vio que la puerta del pasillo se abría. El jefe Swan entraba en la sala con gesto despistado y totalmente fuera de lugar, jadeando como si hubiera venido corriendo desde el mismo Forks.
-¡Edward!- exclamó batiendo la mano.
Soltó a Esme y apenas dio un par de pasos, Charlie corrió hacia él para… ¿abrazarle? Le chocó porque excepto el día de la boda al darle la enhorabuena pocas veces más el padre de Bella le había mostrado su afecto - si acaso se lo tenía y no en demasía- y sus saludos se reducían a apretones de manos, así que le palmeó la espalda disfrutándolo al máximo por si no se volvía a repetir.
-Todo está bien, señor. Tiene una hija increíble. Y un nieto precioso.
Ya le tenía allí y era incluso mejor de lo que se había imaginado: un mini-Edward sólo para ella. ¿Se le parecía en algo? No. Bueno, quizás la forma de la carita era suya, o los deditos. Sí, los deditos eran suyos, pero aquel rostro minúsculo era una copia perfecta del de Edward: desde la forma de las cejas que ahora fruncía, a los ojos y el color de los mismos, las pestañas, la nariz y los labios.
Sin duda mejor de lo que se había imaginado.
Se había quedado en aquel frío y horrible quirófano cuando Edward salió a hablar con la familia observándole entre el personal médico mientras una enfermera le decía algo de una inyección para expulsar la placenta que poco le importó y algo de la presión arterial que tampoco quiso escuchar. Le curaron, le ayudaron a cambiarse el camisón y cuando estaba de nuevo en la camilla, Carlisle volvió con Alexander en brazos.
Le arrullaba mientras le daba besos y parecía tremendamente feliz con él. Con su nieto. Era gracioso porque aparentaba la treintena. Pero tenía la misma sonrisa que cualquier orgulloso abuelo del mundo.
-Aquí le tienes- dijo- Ve con mamá, Alexander.
Era verdad, ya era la madre de alguien.
Bella tendió los brazos para que Carlisle se lo pasara y se amoldó en su regazo como si hubiera sido diseñado para sostenerle. Había llegado a pensar que todo su cuerpo estaba diseñado y le pertenecía a Edward pero tendría que compartirlo con su bebé que pareció feliz por el cambio de brazos: movió una manita por fuera de la mantita, hizo un amago de sonrisa y la miró con sus preciosos ojos verdes.
-Es igual que Edward- musitó.
-Sí, yo también lo creo- corroboró Carlisle- Ahora sabremos cómo era de pequeño- dijo con una sonrisa.
-Es maravilloso, mágico. Es increíble que algo tan perfecto lo haya hecho yo- musitó.
-Tú eres la maravillosa, Bella- respondió Carlisle para darle un beso en la cabeza- Tú nos has hecho a todos ser como somos.
Le miró con los ojos empañados e iba a darle las gracias, por estar allí, por apoyarle y por hacerla parte de su familia cuando un hombre del personal médico le dijo algo a Carlisle y éste asintió así que era la hora de abandonar el quirófano y reunirse con la familia. Y hasta le puso nerviosa. Todos esperaban ver, abrazar y besar a Alexander y había estado con él sólo unos segundos.
¿Habría llegado Charlie? Odiaba volar. ¿Y Rosalie? No escogería nada que ponerle si Alice no estaba allí por si lo que fuera no le conjuntara con los ojos o con la escasa pelusilla rubia que tenía.
Qué gracia, así que Edward había sido rubio de pequeño, ella desde luego no. Quizás era la herencia de Renee. Esperara que tornara a reflejos color bronce cuando fuera mayor.
Avanzó con la camilla pasillo adelante, por el mismo donde había bajado - antes sola y muerta de miedo - y le hicieron doblar una esquina para esperar un ascensor. Carlisle le seguía y mientras aguardaban se detuvo a hablar con otro médico para mostrarle orgulloso a su nieto. Éste le miró como si estuviera loco - no era para menos - pero le dio la enhorabuena, y dijo que era muy guapo, lo mismo que el grupo de tres enfermeras que se bajaron del ascensor.
Salieron a la planta que ya conocía donde estaba la matrona que le había mirado más entre las piernas que la cara y regresó a la habitación de antes donde estaban sus cosas, como el bolso y el abrigo de Esme, la bolsa de la ropita de Alexander o la cazadora de Edward. Ahora había una cosa nueva: una cunita con el nombre de Alexander Cullen escrito con colores.
-Avisaré al resto de que ya estamos aquí- le dijo cuando colocaron su camilla al lado de la cunita- ¿Quieres que alguien pase primero y puedas estar a solas?
Todos se merecían estar a solas con él: Esme por estar allí apoyándole como si su propia madre se tratara. Rosalie por la ayuda brindada. Alice por ser… Alice. Y Charlie por luchar contra sus demonios y aceptar que era parte de la familia Cullen. Pero seguro que todos comprendía que ese era un momento de los dos y nadie se enfadara.
-Que venga Edward, por favor.
-Muy bien- le volvió a besar en la cabeza- Enseguida vuelvo, Alexander- le cogió la manita, que el bebé aferró- No te olvides de tu abuelo Cullen.
Carlisle cerró la puerta dejándola allí sola y ella ni siquiera apartó la vista del bebé. Ahora comprendió la fascinación que tenía Edward por verla dormir - antes y ahora- porque ella podría pasarse contemplando aquella carita durante años. Movió los labios - juntándolos, del mismo modo que Edward hacía cuando dormía - volvió a fruncir el ceño, pero sus espesas pestañas se pegaron como si hiciera siglos que no dormía.
Le acarició la carita con la nariz e incluso respiró su esencia: no era nada en concreto, la mantita olía simplemente a limpio y en el quirófano lo habían lavado con agua, así que aquel olor era suyo, de Alexander. A vida, a una vida maravillosa que le esperaba, larga y dichosa por delante.
Y en ese momento comprendió cada una de las veces que Charlie se puso tozudo con ella o intransigente porque sentía que haría cualquier cosa por aquella cosita.
-Hola, amor.
Levantó la vista pero tenía los ojos tan empañados que ni siquiera pudo ver a Edward en el umbral. Un borrón azul nada más porque no se había cambiado el uniforme con el pelo revuelto. Sonrió en un gemido y estiró la mano para que se acercara aferrándosela, lo que Edward aceptó, no sólo eso, sentándose incluso en la cama para abrazarles.
-¿Qué pasa? ¿Aún tienes dolores?
-No- gurgutó- Bueno, sí, pero son lágrimas de felicidad. Es increíble que sea nuestro.
-Es posible, mi amor. Claro que es posible. Tú lo has hecho posible- le besó la frente- Le has querido, amado y protegido desde que supiste que estabas embarazada. Y ahora le tienes en tus brazos. Yo tampoco podría ser más feliz que, de todos los hombres de la tierra, hayas querido compartir esta experiencia conmigo.
-Oh, Edward…- gimoteó.
Él se rió y le volvió a besar la frente y así acarició la carita al bebé, que dormía. Sí, ahora que podía mirarle más detenidamente quizás se parecía a él, sería gracioso que su hijo le recordara su propia infancia. Incluso fruncía el ceño de la manera que él lo hacía, aunque tenía las mejillas sonrosadas como Bella. ¡Y sus deditos! Eran iguales que las manos de Bella.
-Cógelo- sorbió la nariz- cógelo tú. Quiero verte otra vez con él en brazos.
Edward estiró los brazos y con sumo cuidado Bella se lo posó en ellos, con cuidado de no moverle la cabecita. El bebé apenas volvió a fruncir el ceño y los labios, pero siguió en el más absoluto de las calmas con sus pobladas pestañas pegadas con sus párpados color lavanda cerrados.
Él sólo sonrió, le acarició la carita con la nariz y después besó a Bella en la cabeza que se recostó en su brazo. Si existía la felicidad completa y no la había experimentado desde que Bella había dicho el sí, quiero era esa.
-Creo que voy a echar de menos que esté dentro de mí- dijo Bella acariciándose el vientre- Me gustaba mucho cuando estaba dentro de mí y me daba patadas, mi pequeño renacuajo.
-Pues yo no- respondió Edward divertido- No quiero recordar las últimas semanas y lo que no pudimos hacer. Ni quiero que vuelva a salir: no ha sido nada fácil contemplar cómo te retorcías de dolor o pensar que tendría que escoger entre ti o él.
-Se te olvidará de aquí a dos años cuando tengamos el próximo bebé en brazos- contestó Bella con una sonrisa.
-Tendremos que mudarnos. Esa casa sí que es pequeña para dos bebés- respondió con su sonrisa de medio lado.
-¿Sólo dos?- respondió sonriendo también.
Edward le besó sonoramente en los labios y se recostó contra el cabecero de la camilla para que ambos pudieran abrazar al bebé hasta que la puerta se abrió con un ligero toque y Carlisle asomó la cabeza con una sonrisa.
-No puedo contenerles más. Es cruel hacerles esperar.
Bella miró a Edward que asintió dándole otro beso en la cabeza e hizo un gesto con la mano.
-Que entren. Aunque está dormido y creo que no será muy hospitalario.
No hizo falta nada más. Probablemente quien estaba detrás de Carlisle- Rosalie- le empujó porque fue la primera en entrar taconeando en la habitación. Tenía su precioso rostro tenso, e incluso enfadado, pero en cuanto se encaminó hacia la cama, cambió por completo para incluso llevarse las manos a la boca, emocionaba. Aunque a Bella no le extrañaba: aquella pequeña cosita haría deshacerse hasta a un témpano de hielo.
-¿Me lo dejarás coger, Edward?- fue lo único que dijo.
-Claro que sí, Rose. Todos le cogeréis, aunque creo que dos personas van por delante de ti.
Alice seguía de cerca a su hermana, incluso dando saltitos, pero ella rodeó la cama para llegar hasta Bella y fundirse en su abrazo. Bella tuvo que separarse unos segundos para ver en qué había cambiado ahora - las extensiones del pelo terminaban en mechas arrubiadas y estaba visiblemente más bronceada - pero después la volvió a aferrar para gimotear de nuevo.
-¡Te he echado tanto de menos, Alice! ¿Por qué tienes que vivir tan lejos? ¿Por qué no te vienes aquí con Esme y con Carlisle? ¿Quién me ayudará a vestir conjuntado a Alexander?
-Te haré un protocolo de emergencia, no temas. Este niño no tendrá los problemas de moda de sus padres. ¿Tengo que ir detrás de Rosalie para cogerle? ¿Soy la última, entonces?- hizo un adorable puchero.
Un carraspeo en la puerta y otro gimoteo le atrajo la atención donde estaban las dos personas que faltaban, quien debían compartir el honor de coger al bebé el primero. Esme sollozaba emocionada y la cara de Charlie era indescriptible: con la boca abierta como si se le hubiera descolgado y los ojos grandes como platos.
-Papá…- musitó Bella.
-He venido lo antes que he podido, Bells. Siento no haberte ayudado en nada. Aunque sé que Edward y Carlisle han hecho todo lo que estaba en su mano.
-Han sido estupendos.
-No, tú has sido la estupenda- respondió Carlisle- Yo ya he tenido la suerte de tomarle en brazos, por lo que los abuelos Cullen ya están representados, así que… ¿Charlie? ¿Quieres coger a tu nieto?
-Oh, no, no- batió las manos incluso echando un paso hacia atrás- Ni sabría- soltó una risita nerviosa- Hace 19 años que no cojo a ningún bebé, y creo que entonces tampoco se me daba muy bien.
-Yo le ayudaré, señor- se ofreció Edward- Yo tampoco había cogido ningún bebé, creo que es algo innato.
Aún con sus dudas, Charlie cruzó la habitación hacia donde estaba Edward que se levantó de la camilla con el bebé en brazos. Una vez en frente de su yerno puso los brazos de una posición torpe y después de otra dejando incluso un enorme hueco en medio por donde, evidentemente, el pequeño se resbalaría.
-¿Y si se sienta en una silla?- sugirió Rosalie.
-Mejor en la cama, con Bella- sugirió Esme.
-Junta los brazos, papá- añadió Bella.
Pero entre los tres - Edward, Charlie y Alexander - no necesitaron más comunicación porque Edward se adelantó hacia él y se lo tendió y los torpes brazos de Charlie Swan se amoldaron perfectamente a su nieto.
-Es… es… es asombroso. No había visto una criatura tan hermosa desde que tú eras bebé, Bells. Aunque no se parece demasiado a ti…
Charlie Swan observó concentrado a su nieto, a cada fracción de su pequeña carita, le acarició incluso la pelusilla rubia y después le cogió la manita que tenía fuera de la mantita, entonces, tomando aire, dijo:
-¿Tú también vas a crisparme los nervios como tu padre, pequeño? ¿Y serás bueno en todo?
Todos rieron y empezaron a sucederse el turno del coger al bebé hasta que éste - frunciendo el ceño - comenzó a protestar y fue el momento de volver al regazo de su madre: Esme sucedió a Charlie, después fue el turno de Rosalie y Alice lo cogió justo antes de que protestara porque el pañal que le habían puesto era horrible, la manta le daría alergia y se lo pasara a Carlisle para buscar en su bolsa algo más bonito que ponerle.
Cuando la enfermera entró para darle las instrucciones para su primera comida, Bella creía que Alexander aborrecía los pases de moda de Alice tanto como ellos dos y se quedó con el primer pijama de nubecitas, el gorrito y los calcetines que iba a juego.
Emmett y Jasper llegaron en las horas siguientes. Emmett se lanzó a abrazar a Bella en la cama para darle la enhorabuena y si Carlisle no estuviera allí presente para recordarle que había pasado un parto y que estaba convaleciente la hubiera levantado en peso para zarandearla. Menos mal que el don de controlar las emociones de Jasper no era un carácter sólo de vampiro y en su presencia todo era más sosegado. Como Alice también había cambiado mucho físicamente: ahora llevaba el pelo rapado al estilo militar y un bronceado del desierto de sus horas de instrucción. Parecía realmente feliz lo mismo que ella.
-Prométeme que no le jalearás. Es un recién nacido- le advirtió su hermano- Apenas tiene horas de vida. Y tú eres un camorrista peligroso que sigue sin controlar su fuerza.
-Blah, blah, blah- le imitó- Suelta aquí a mi sobrino.
Movió los brazos impaciente sentado en la silla y con la ayuda de Rosalie- que en estas horas parecía la más experta de la habitación en cuidados de bebés sobre cómo colarse a la hora de darle el pecho o cómo sacarle los gases- le recogió sobre su regazo. Con su nuevo chupete puesto - a juego con calcetines y gorrito- Bella pudo ver cómo fruncía el ceño de nuevo como si así mostrara su descontento. Era gracioso, tan pequeño, como en su vientre, ya mostraba su personalidad. Pero Emmett le arrulló, Rosalie le cogió una de las manitas e incluso le acarició con la nariz su carita, gesto que todos y cada uno habían repetido cuando le tenían en brazos.
-Este niño tiene pinta de muermo, como su padre.- dijo Emmett molesto- ¿Cuándo comenzará a hacer algo divertido? ¿Cuándo podré enseñarle unos cuantos trucos para que nos entretenga?
-Dentro de mucho tiempo- replicó Edward- porque voy a mantenerle lo máximo que pueda alejado de ti.
-¡Ja! Eso no te lo crees ni tú. ¿Ves como tu padre es un muermo, canijo?- dijo- Lo más divertido que hizo fue hace nueve meses concebirte dentro de un coche.
El silencio se hizo en la habitación, o quizás no. Se oyó el golpearse de la mano en la cara de Edward totalmente abochornado, a Carlisle reprocharle a Emmett que se callara o el codazo en las costillas que de no haber tenido al niño en brazos Rosalie le había propinado más fuerte a su pareja.
-Trae aquí al bebé- le dijo entre dientes- Ya le has tenido demasiado tiempo.
-¿Qué he dicho?- preguntó inocente.
Rosalie cogió al pequeño y le volvió a arrullar. Hacía unos ruiditos muy graciosos y le besaba suavemente con la punta de los labios, parecía disfrutar mucho cogiéndole y la única que no estaba avergonzada en aquella habitación.
-Esto…- carraspeó Charlie Swan.
Cuando Bella levantó la vista y seguía notando sus mejillas encendidas, al menos le tranquilizó medianamente ver que su padre también las tenía, además de que le costara sostenerle la mirada y le apeteciera más clavarla en el suelo. Con los Cullen todo era más fácil, incluso hablar de ciertos temas privados que le mortificaran, Carlisle siempre les daba consejos y desde que las Alice y Rosalie eran humanas no es que se contaran sus intimidades pero sí que estaban más unidas. Pero quizás, ahora que tenía a Alexander, le llegaba a comprender que nunca un padre estará preparado para escuchar qué tipo de cosas por muy casada que estuviera o por mucho que hubiera alumbrado a un bebé que evidente fue concebido de una única manera.
-Creo que me voy a ir retirando ya. Tengo que buscar un Hotel y…
-Oh, no, de ninguna manera, Charlie. Te quedas en casa con nosotros. Lo hablamos en Acción de Gracias- respondió rápidamente Esme.
-No quiero molestar, si seguro…
-No hay más que hablar- intervino Carlisle- Yo ya he hecho más de dos turnos seguidos y quiero celebrar el nacimiento de mi primer nieto en familia con una buena cena. Creo que hay cervezas en alguna parte de la nevera. Vamos a casa todos juntos.
Aún reticente, a Charlie no le quedó más remedio que aceptar y despedirse de Bella y Alexander para irse en compañía de los Cullen. ¿Quién lo diría? Charlie bajo el mismo techo que los Cullen, en su Mansión, casi réplica de la que tenían en Forks con su decenas de habitaciones - cada una para cada miembro de la familia más las suficientes de invitados -. Prometió que al día siguiente estaría allí a primera hora y Bella sólo tuvo que susurrarle a Esme y a Rosalie que le dejaran venir solo para que pudiera disfrutar de Alexander antes de marcharse a Forks. Aún hasta con gesto fruncido, la hermana de Edward aceptó y eso que en ese mismo momento aún tenía al bebé en brazos como si nunca estuviera el suficiente tiempo con él.
Hubo besos y abrazos y la partida de la familia trajo un poco de calma a la habitación, tanto que Bella puso al bebé en la cama, ella se recostó de lado, Edward junto a ella y así pudieron observarle en su sueño.
-Debería ir a cambiarme- dijo Edward.
-Sí, deberías hacerlo, porque cada vez que entra la enfermera te mira de reojo y seguro que está preguntando qué turno es el tuyo para cambiarse ella y trabajar juntos- bromeó Bella.
-Tonta Bella- le besó sonoramente en la coronilla- Más bien mira con cara de que las patas de la cama no aguantan el peso de dos personas.
-¿También sabe de tu habilidad de cargarte patas de camas? Sí, deberías de cambiarte- bromeó.
Se rió y le dio otro sonoro beso en la coronilla para seguir acariciando con el dedo la manita del bebé. Chupaba rítmicamente el chupete y con sus pestañas pegadas parecía que nada le iba a enturbiar.
-No quiero separarme de vosotros.
-Estaremos bien. Y deberías irte a casa a dormir.
Y debería llamar a la facultad para comunicar lo ocurrido o incluso a algún compañero para que le recogiera las tareas porque pensaba faltar por lo menos durante cuatro o cinco días. Y debería de además cambiarse, darse una ducha, o cenar o ir a ver si Sparkles tenía comida y agua porque por la mañana no lo había comprobado y…
… ¡pero estaba tan bien con ellos dos allí!
-Quizás más tarde, cuando vosotros os durmáis.
Bella simuló un bostezo y teatralmente dejó la cabeza caer sobre la almohada. Edward se rió de nuevo y se deslizó fuera de la cama para ahora, besarla en la frente.
-Está bien, mensaje captado. Iré a cambiarme y volveré a daros las buenas noches. Pero no hagáis nada divertido ni interesante sin mí.
-Lo prometemos, papá- respondió Bella fingiendo una voz infantil.
Le besó en los labios, besó al pequeño en la pelusilla rubia y sin más salió del cuarto. Le oyó hablar con alguien fuera, quizás la enfermera de las miradas pero después se empezó a suceder un timbre así que sólo escuchó el trajín normal del Hospital por lo que se centró en Alexander.
Contó sus respiraciones, como el aire entraba y salía de aquella nariz tan perfecta. Contó sus diez deditos de manos y los pliegues tan bonitos que hacía la piel. Acarició su pelusilla fina y suave que esperaba que se convirtiera pronto en cabello consistente o Alice le aburriría calándole gorros. Contó…
-Espero no haber llegado demasiado tarde- dijo una voz en la puerta de la habitación.
Levantó la cabeza saliendo de su ensimismamiento para ver como hacía semanas en Forks, a Jacob, sonriendo.
-¿Qué… haces aquí?
-¿Esa es la manera de darme la bienvenida? ¡Es la primera vez que salgo de Seattle! ¿Y para esto?
-No, perdona- rió nerviosa- Sólo que… me sorprende que estés aquí. ¿Quién…? ¿Quién te llamó?
-La pequeñaja. Dijo que tú y Edward habíais acordado, por si pasaba algo grave, esperar a que el bebé naciera, pero tuvo una idea genial porque no me perdería conocer a mi ahijado en el primer día de su vida.
Bella sonrió y sí, allí estaban de nuevo las lágrimas de felicidad, indicándole que se acercara para poder ver a Alexander de cerca, que el chico aceptó. Sintió, aferrando la mano de su amigo, que ahora, con toda su familia pasando por aquella habitación, se sentía completa y más querida que nunca antes porque le importaba a un montón de personas increíbles que se lo demostraban constantemente. No sólo a ella, a Alexander también, y eso era lo más importante.
-Es muy guapo, Bella, increíblemente guapo- acarició con su enorme mano de piel morena la pequeña manita del bebé, sonrosadita.
-¿Quieres cogerle?
-No, no, no quiero que se despierte. Mejor en unos meses, cuando le vaga el guante que Charlie le regaló- sonrió.
-Se ha subido en un avión, como tú, ¿puedes creerlo?
-Forks se ha quedado sin gente interesante- bromeó- ¿Cuándo volverás tú?
-En Navidad.
-Me refiero a… vivir allí. ¿Viviréis allí?
-No lo sé- acarició también la mano del pequeño- No sé qué querrá hacer Edward. Me gusta mucho vivir aquí, pero me mudaría de nuevo a Forks si él quisiera ejercer allí, como hizo su padre. Me gustaría estar con Charlie y al fin y al cabo, Forks no es un sitio malo para crecer.
-Y Lexie podría ir al instituto de la reserva donde está la gente realmente guay de Forks.
-Oh, sí- rió Bella- A Edward le encantaría.
Unos leves toques en la puerta les hizo a los dos mirar hacia allí. Edward primero asomó la cabeza - quizás comprobando si dormía o le molestaba - pero al verla acompañada cambió completamente el semblante para mostrarle una amplia sonrisa y entrar en la habitación incluso abriendo los brazos con intención de abrazarle.
-¡Jake! ¡Has venido!- exclamó jovial.
-Sí- respondió él- Y no sería porque tú me llamases, capullo. Dale las gracias a tu hermana la pequeñaja porque sigue siendo la única que me cae bien de los Cullen: el médico y la mamá han vuelto a mi lista negra, sobre todo después de mudarse aquí al haberme alejado de Bella y mi ahijado.
Edward incluso patinó y sus zapatillas deportivas chirriaron en el linóleo del suelo. Su rostro fue ahora un poema pero fue divertido ver el ceño fruncido que Alexander le copiaba a la perfección.
-Bella y yo decidimos que…
-Lo sé, lo sé- estalló en carcajadas- Era broma, tío. Enhorabuena- y le abrazó.
Se rió meneando la cabeza y correspondió al chico palmeándole la espalda. Aquello era lo más grandioso del día, más incluso que abrazar a Charlie Swan. Su familia se completaba y lo más gracioso con Jacob Black en ella.
-¿Qué te parece?- le preguntó.
-Que hacéis unos bebés muy guapos. Estaréis dispuestos a repoblar el mundo de pequeños y repelentes Cullen, ¿verdad?
-Lo intentaremos sólo si tú eres su padrino- respondió Edward.
-¡Menuda responsabilidad, tío!- contestó divertido.
Edward también rió y se volvió a sentar en la cama junto a Bella. Los tres centraron toda su atención en el bebé, dormidito con su chupete y su ceño fruncido cada vez que alguien le cogía de la manita más de unos segundos sacando parecidos aquí o allá hasta que la matrona volvió a la habitación:
-Lo siento, señores, pero la hora de visitas ha pasado hace bastante y creo que la mamá y el bebé necesitarían descansar.
Había sido aún más amable cuando se dedicó a mirarle entre las piernas y a darle malas noticias sobre los centímetros que no dilataba como si no fuera capaz de hacer lo único que debiera. Se quedó allí, en el umbral y sólo cerró la puerta tras que Jacob y Edward se despidieran hasta el día siguiente.
Mordisqueándose una uña Jacob continuó observando el tráfico desde la ventanilla del copiloto. Cómo las luces se sucedían o cómo el camión junto al que pasaban estaba demasiado pegado. Nunca le gustaba ir en un coche que él no condujera, rara vez lo hacía y si lo pensaba era la primera vez que se subía en el Volvo de Edward.
-En serio, tío, no quiero molestar. Estarás echo polvo. ¿Desde cuándo llevas en el Hospital con Bella? Querrás tumbarte a sobar- insistió una vez más.
-Y yo ya te he dicho que no molestas. Tenemos un sofá en el estudio, Esme estuvo ocupando la habitación de invitados todos estos días, es todo lo que te puedo ofrecer. Aunque la casa de Esme y de Carlisle está apenas a 10 minutos y tienen habitaciones de sobra, te puedo dejar allí.
-Será el mismo Ritz, estoy seguro- le dijo sonriente.
Edward le respondió a la sonrisa y tomó un desvío. Dejaron lo que parecían las calles principales de Hannover - por lo menos el distrito Universitario - y entraron en una zona residencial de bonitas casas unifamiliares con jardines cuidados, céspedes cortados y setos podados. Automáticamente pensó que era el sitio que Edward escogería para vivir con Bella, una casa normal para la familia normal que eran, y sonrió a sus capacidades adivinatorias cuando tomó otro desvío que accedía a la rampa del garaje de una de las viviendas.
De por seguro no era la Mansión de los Cullen de Forks ni que la del doctor Cullen poseía aquí porque si tenía habitaciones para el resto de los Cullen, para Charlie y aún sobraba algún felpudo para él, sería un palacio. Tenía dos pisos y ni era la más grande de la manzana ni la más pequeña. Era una casa… normal. En la fachada externa se veían dos ventanales, lo mismo que el superior con una bonita terraza con plantas. Parecía un sitio muy tranquilo.
-¿Qué tal va el instituto?- le preguntó- ¿Te graduarás este año?
-Sí, estoy tomando clases extras de mecánica. Gracias por las piezas, tío, debieron de salirte por un pastón.
-Te lo había prometido.
-Si encuentro más, ¿las pagarás?- bromeó.
-Y el coche entero, ya lo sabes.
-No hace falta- sonrió de nuevo- ¿Y vosotros? ¿Serás médico el mes próximo?- bromeó.
-Va muy bien, estoy en las clases avanzadas. Y a Bella se le da bien el programa online. Tengo que llamar a su tutora para que le aplacen los exámenes unas semanas, pero han sido muy compresivos.
-Con el nuevo ala Cullen de la Biblioteca, supongo…- bromeó de nuevo.
-Ni siquiera hizo falta y eso que estábamos preparados- rió- Bella está siendo excepcional. Con las clases y el embarazo. Y ahora con Lexie lo será aún más.
Edward accionó un mando que abrió el portón de garaje y guardó el Volvo dentro tras el Volkswagen de Bella. El coche estaba impoluto: relucía, así que supuso que Bella con lo desastre que era no había sido muy responsable de su nuevo automóvil y que el cuidado lo estaba haciendo Edward. Estaba encerado y no tenía ni un abollón. Definitivamente, no era cosa de Bella.
Salió del coche tras él, recogió su mochila y le siguió, antes mirándolo todo curioso: la pulcritud del garaje donde incluso había una mesa de herramientas ordenada con todos sus utensilios colgados. Si le dijera que se le daba bien el bricolage tampoco le sorprenderían.
Accedieron al interior de la vivienda por una puerta que les condujo a la cocina. Una cocina… normal. Como a Bella le gustaría. Era de colores alegres, amarillos y azules y la luz llegaba por todas partes: por un ventanal que daba al exterior e incluso una puerta que daba a un jardín. La mesa estaba puesta de lo que parecía un desayuno y el fregadero sin recoger, algo que pareció turbar a Edward que pidió disculpas y metió los platos allí para que casi rebosaran.
Había estado demasiadas veces en la cocina de Charlie para que un poco de desorden le molestara.
Siguió con su curiosidad: en la encimera había una cafetera, un tostador e incluso un exprimidor. Un juego de cuchillos de metal. La vajilla también era de colores. Y la nevera aparte de tener una especie de horario pegado con imanes - supuso que de las clases de Edward en la Universidad - tenía menús de comida rápida y varias fotos: de la pequeñaja sacando la lengua, de Esme y de Carlisle, una de Charlie con su uniforme y otra de la rubia y el grandullón en una especie de desierto a sus espaldas. En medio había una foto de ambos besándose y otra de Bella con su enorme vientre y un gatito en brazos.
-¿Sparkles?
Jacob salió de su ensimismamiento para ver a Edward agacharse y coger al mismo gatito blanco de la foto, pero evidentemente más crecido. Le acarició lo que el animal contestó con un maullido y fue hacia la nevera con él. Sacó un cartón de leche para vertérselo en un cuenco en el suelo con su nombre y después sacó una lata de comida. Ahí le dio la risa lo que Edward contestó levantándole una ceja con gesto perspicaz.
-Perdona, tío- volvió a reír- Sólo que es gracioso verte con un gato. Sé que se lo regalaste a Bella por su cumpleaños y en un regalo genial, nada de joyas y esas cosas que agobian a Bella, pero es que…- volvió a reír- tú antes te los comías. Tú y el resto.
Se levantó con la misma mirada perspicaz y meneó la cabeza para sonreírle de medio lado.
-Nunca me comí un gato. Ni yo y el resto. Tienen muy poca sangre.
-Estoy seguro que lo intentaste- insistió.
-Sí, y saben peor que un lobo.
Le hizo un ruidito de burla como si le temiera para darle un golpecito con el codo para agacharse él también a acariciar a Sparkles. A Edward le hizo mucha gracia que de todo el mundo, de la gente que estaba conociendo ahora en clase o de la gente que había conocido a lo largo de su existencia, Bella, su familia y paradójicamente Jacob Black eran de las pocas personas con las que podía ser él mismo. Jacob Black era su amigo, podía contarle cosas, hacer bromas como éstas que nadie comprendería y se sentía realmente bien en su presencia.
-Vamos, te enseñaré el estudio.
Subieron escaleras arriba y le indicó la habitación que ocuparía. Jacob sin más tiró su mochila sobre el sofá y poco le volvió a importar el desorden: que la aspiradora se hubiera quedado en medio de la escalera o que libros y notas coparan el escritorio.
-Tienes en ese arcón mantas y sábanas, además de almohadas extra- señaló el pasillo- Puedes usar el baño de este piso- le señaló ahora la puerta al fondo- Hay toallas en el armario.
-Gracias, tío- repitió.
-Buenas noches.
Le sonrió y salió del cuarto para dejarle allí a solas. Antes de sentarse en el sofá volvió a mirarlo todo curioso. Podría adivinar cuál era el lado de Bella del escritorio sin buscar de qué era los libros porque uno estaba ordenado y en el otro reinaba el caos. Un ordenador de sobre mesa estaba en el medio, un portátil en la esquina y papeles y libros y notas campaban por doquier. Vaya, parecía que Bella tenía examen en tres días. No creía que llegara a hacerlo.
Cuando salió al pasillo a por las mantas, la única puerta con luz estaba cerrada así que Edward ya estaría rumbo a la cama. Intentó hacer el menor ruido y volvió al estudio. Tras descalzarse se tumbó en el sofá y se arropó con la manta. Si hace un año alguien le dijera que iba a quedarse a dormir en casa de Bella, que estaba casada con Edward y que él sería el padrino de su bebé, se moriría de la risa.
Antes de meterse en la cama, Edward se dio una merecida ducha e incluso estuvo a punto de quedarse dormido bajo el chorro. En ese momento se dio cuenta de lo cansado que estaba o lo largo que había sido el día. Y lo especial. ¡Era padre! Hoy, 2 de diciembre su vida había cambiado por completo. Más incluso que cuando recuperó su mortalidad, volvió a Forks a por Bella, aceptó el compromiso o recuperó a toda su familia en Italia.
Eso incluso quedaba tapado por el día de hoy. Bella estaba en lo cierto: Alexander había sido la razón de todo eso, incluso antes de haber existido. Cuando nació en el siglo pasado lo había hecho para vivir 90 años como vampiro, conocer a Bella, recuperar su mortalidad y engendrarle. Hoy nunca le había visto más sentido.
Secándose con la toalla, salió de nuevo a su cuarto y moviendo un poco las sábanas hizo la cama más presentable. Esme se moriría si supiera que había dormido en una cama sin hacer o sin sábanas limpias, pero se quedaría en secreto. Se puso la ropa interior y la primera camiseta que encontró y recordando mentalmente que debía preparar una bolsa para ropa con camisones bonitos como había ordenado Alice, se tumbó en la cama, hecho un capullo con el edredón.
Iba a ser su primera noche sin Bella desde que se habían casado. Pero pensar que iría al día siguiente a verla, la acortaba. A verla a ella y a Alexander. No podía esperar más para tenerles a los dos bajo el mismo techo y disfrutar de esa maravillosa familia que ya eran.
Era una tontería, pero temía que si cerraba los ojos Alexander desaparecería. No que le fuera a ocurrir nada malo o que alguien se lo llevara. Si no que se despertase de nuevo embarazadísima clavada en su cama y que alguien le dijera que había sido un sueño. O que aquella maravilla no era suya. Tenía la misma sensación que tenía con el Edward de antes de que desapareciera porque era un ser mágico y no correspondía a este mundo.
Sería cosa de las drogas del gotero. O del subidón hormonal. Estaba bien, Lexie estaba bien y dormía con el chupete puesto.
Le acarició la manita y se acurrucó en la cama para mirarle en la cunita. Ahora que estaba sola podía admitir que se moría de dolor. Era como… como si un bebé hubiera salido de dentro de ella, le hubiera arrollado un tren y hubiera retado a Emmett a un pulso. Todo a la vez. Le dolía cada centímetro de su piel, dudaba que pudiera juntar las piernas del todo en una buena temporada y que Esme tuviera razón con lo de perder todo el volumen porque su vientre estaba allí igual, lo que pasa que ahora vacío.
Sí, iba a echar mucho de menos a su pequeño renacuajo.
Tenía el pelo pegajoso de haber sudado y después haberse secado. Como su piel. Y aquel camisón era horrible. Se sentía como un despojo humano. Le maravillaba que Edward hubiera aceptado a la idea de hacer más bebés con ella y no hubiera huido despavorido al verla con semejante facha.
Aunque quizás, sólo quizás, las circunstancias era pasajera y la seguía viendo con los mismos ojos que cuando la miraba en la isla y le arrancaba la ropa o cuando, tiempo atrás, ella le rogaba y le rogaba que cambiara de idea y él luchaba contra sus arcaicas hormonas.
¿Eso era madurar, verdad? Hoy se sentía más madura que nunca. Lo que sentía por Edward se transformaría pero jamás disminuiría. Eso le había quedado claro en el día de hoy, cuando, oficialmente habían pasado de ser dos a ser tres.
Lexie hizo una especie de tosidito y dejó su chupete caer para curvar sus perfectos labios hacia abajo mientras estos temblaban. Sus mejillas se enrojecieron, el ceño se frunció más y sólo despegó las pestañas un minuto para apretarlas con fuerza mientras una lágrima se formaba en el principio de su ojo.
-Ya, shh!, pequeño, mamá está aquí.
¿Había dicho eso? ¡Claro que sí! Ella era la mamá de aquel bebé tan precioso.
Se entornó hacia la cunita e incluso con su cuerpo dolorido le cogió en brazos. Gimoteó unos segundos más pero dejó de hacer ese ruidito para curvar más los labios. Bella le besó, le acarició con la nariz y le cogió la manita que movía.
-¿Tienes hambre, es eso? Creo que es hora de tu cena. Pero vamos a tener que ayudarnos mutuamente porque es la primera vez que hacemos esto solos, ¿de acuerdo?
Se colocó mejor, con la espalda recta, y se destapó el camisón para que el bebé llegara a su pecho. Y como por arte de magia, como si fuera los dos expertos en eso, Lexie hizo su parte y a ella sólo le quedó observar maravillada. La primera vez esa tarde todos los hombres fueron expulsados de la habitación - menos Edward, evidentemente- y se vio saturada de consejos sabios de Esme y de Rosalie - como si ella misma lo hubiera experimentado - mientras Alice compungía el gesto diciendo que eso tiene pinta de doler.
Pero no era dolor. Ni siquiera era molestia. Era algo increíble. Dependía de ese bebé y ese bebé dependía de ella lo que lo hacía aún maravilloso.
-Perdón- dijo la enfermera de las miradas con un carraspeo en la puerta- Le he dicho que es muy tarde y que quizás durmiera, pero ha dicho que ha venido desde México y que no se marcharía hasta que la dejase pasar.
Bella meneó la cabeza extrañada porque seguro que se había equivocado porque ni conocía a nadie en México y todos ya se habían marchado a casa a descansar cuando, tras la enfermera, alguien se abrió paso con un cesto de frutas y un montón de globos de colores que cegarían a cualquiera haciendo aspavientos.
-¡Oh, Bella!- dijo Renee con sus grititos- ¡He venido lo antes posible! ¡Siento tanto habérmelo perdido!
Tuvo que pestañear porque entre la cesta de frutas, los globos de colores y el modelito de Renee - una especie de chilaba con más colores que los globos - dudaba si eso era real, si la enfermera creyera que se había escapado del ala de Psiquiatría o si las drogas de su suero le estaban creando efectos alucinógenos.
-¿Ma…má?- titubeó.
La enfermera levantó una ceja porque quizás tuviera la esperanza que también se trataba de un error y poder echar a la de la cesta de frutas a patadas, pero dejó las manos caer aún en el umbral. Renee prácticamente corrió dentro, dejó sus presentes sobre la mesilla y a punto estuvo de tirarse al cuello de Bella si no tuviera a un bebé en brazos, y además, alimentándose.
-¡Mírate!- soltó otro gritito- ¡Pareces toda una experta! ¿Cuándo te has hecho tan mayor? ¿Cómo te atreves a hacerme abuela? Vale que a Charlie le haga ilusión porque es un vejete aburrido, pero yo…- se volvió a la enfermera- ¿Tengo pinta de abuela? ¿A que no?
La enfermera suspiró exhausta y soltó el pomo de la puerta. Después se volvió sobre sus talones para decir:
-No levante mucho la voz, por favor, esto es un Hospital y hay gente enferma.
Y la puerta cerró tras de sí.
Seguro que de no ser familia del doctor Cullen, Bella hacía apuestas a que estaría llamando al personal de seguridad para que la loca de las frutas, la madre primeriza que no dilataba y el bendito de su bebé durmieran en la calle.
-Creí que… no vendrías- dijo Bella.
-¿Por qué no iba a venir, corazón?- preguntó Renne con gesto extrañado.
-No sé, no viniste cuando te dije lo de las complicaciones.
-Dijiste expresamente que no viniera. Ni yo ni Charlie.
-Ya, pero…- miró a Lexie en sus brazos, sólo preocupado por comer- Me dio la impresión de que no te alegrabas del embarazo.
-Bueno…- suspiró, sentándose en la silla junto a la cama- No puedo decirte que me haya alegrado saber que mi hija ha sido tan estúpida por haberse casado con 18 años y para más datos embarazada, pero si a ti te hace feliz yo no podría serlo más.
-Lo soy, mamá, lo soy y mucho.
-Ahora me comprenderás más. No tienes que cometer los mismo errores que yo y proyectar tus frustraciones y tus fracasos en él, como yo hice contigo, inculcándote mis malas experiencias para que tú no las vivieras, algo que evidentemente me salió mal- rió- Pero comprenderás que aunque no estés a su lado, le querrás más que a nada.
-Gracias, mamá.
Renee sonrió y le besó la frente para echarle el pelo hacia atrás. Así se asomó en su regazo para mirar la carita del bebé que se alimentaba sin descanso.
-Es precioso- observó.
-Es más que eso- respondió Bella.
-No le dejes que me llame abuela. Prohíbeselo.
-Lo intentaré- bromeó Bella centrándose de nuevo en el bebé.
-Que bien se te da. Yo nunca fui capaz de darte el pecho. Parece que has nacido para esto.
Levantó la vista de la carita de Lexie y se encontró con la mirada azulada de su madre. Le besó la frente y le volvió a echar el pelo hacia atrás e incluso se apoyó en su hombro para poder mirar al pequeño así. Y por primera vez, quizás en toda su vida, en todas las locuras y excentricidades de Renee, tuvo que darle la razón.
Porque ahora, con ella allí, definitivamente ya estaba completa y sí, había nacido para ser la madre del bebé de Edward.
Para ser la madre de Alexander.
