"Hija de la Tempestad"
Cap. 52: Buscando una señal.
Aquella noche las campanas de la Capilla de Stendarr de Chorrol habían tocado en mitad de una cálida noche de verano las doce en punto ominosamente, casi como una oscura premonición de desastre.
Doce en punto, hora de brujas.
La madre había continuado con su labor de trocear en sendas rodajas redondos y perfectos tomates con los que tenía planeado hacerse una ensalada con la que acallar el gusanillo que le había venido rondando todo el día al haber desayunado y comido apenas muy frugalmente.
Era una mujer hermosa, extremadamente delgada, aún joven y que trabajaba muy duro para sacar adelante a la pequeña familia que tenía compuesta por ella misma y su hijo de ocho años. Hacía poco que había salido huyendo de un matrimonio abusivo y sus esfuerzos por seguir con su vida eran encomiables.
El redondo y pequeño vegetal rojo ronzó ligeramente y desparramó su frío jugo sobre las manos de la mujer, cubriéndoselas de rojo al completo mientras ella recogía las rodajas y las depositaba descuidadamente sobre un bol que tenía al lado en la encimera de la cocina. Tras ella, el niño entró a la estancia canturreando alegremente para sí mientras jugaba con un pequeño soldadito de plomo pintado, el regalo que ella le había hecho días atrás por su último cumpleaños.
- Cariño, ¿aún estás despierto? - le había dicho la mujer sonriente limpiándose las manos en su pulcro delantal y dejando el cuchillo de cocina con el que había estado picando el tomate sobre la encimera – ¿No puedes dormir?
- No tengo sueño. - había replicado el infante encogiéndose de hombros, igualmente sonriente - ¿Puedo quedarme aquí, mamá?
- Bueno. – consintió la mujer asintiendo ligeramente – Pero cuando mamá termine de cenar te vas derecho a la cama, caballerete.
- Sí.
Al cabo de un rato, cuando se había girado de nuevo para seguir con su labor se percató, inconscientemente, de que al tomar la lechuga para lavarla sus manos temblaban incontrolablemente y su corazón martilleaba casi dolorosamente contra su pecho.
Tomó una jarra de latón y vertió el agua que esta contenía en un vaso que, acto seguido, tomó para bebérselo entero casi de un trago para tranquilizarse, no muy segura del motivo por el cual su cuerpo estaba reaccionando de aquella manera... como si...
Para aquel entonces el niño se había percatado a su vez del extraño comportamiento de su madre y la observó con sus enormes ojos oscuros, de un negro brillante.
- ¿Mami?
Pronto, la estancia se había tornado... extrañamente fría pese a estar casi a treinta grados en pleno mes de Última Semilla.
Unos ojos oscuros y predadores habían observado intencionalmente la escena familiar desde las sombras en absoluto silencio. Y tras el dueño de aquellos ojos, que parecían refulgir en la negrura de la estancia contigua, había quedado la puerta del piso de abajo abierta, forzada y reventada con ganzúas que habían sido conducidas por expertas y firmes manos enguantadas en cuero.
Finalmente, con una leve inspiración, el acechador dio un paso al frente y pronto su silueta encapuchada emergió de la oscuridad para hacerse visible a la tenue luz de la cocina, su rostro contorsionado en una mueca fiera y sonriente en el resplandor dorado. El único sonido que siguió a tan espeluznante aparición fue el tintineo de la jarra que la madre había dejado caer al suelo con los ojos, fijos y aterrorizados, puestos en los de su inesperado huésped.
Las lágrimas hicieron inmediatamente acto de aparición en los ojos de ella al leer la frialdad y determinación en los de aquel acechador de las sombras, apenas un muchacho que no superaría los dieciocho o veinte años, quien, sin dejar de sonreír, reprodujo una complicada y estudiadísima reverencia cortesana para saludarla.
El niño había dejado caer su soldadito de plomo y había corrido a refugiarse en las faldas de su madre mientras esta permanecía quieta, inmóvil como una estatua de alabastro. Afuera, las campanas de la capilla habían cesado en su lúgubre repiqueteo y la presente estancia pronto se halló inundada de un denso y pesado silencio.
- Me temo que aún no nos conocemos, querida señora. Por ello, permíteme que me presente como es debido: soy Lucien Lachance, sirviente del Padre Terror. - dijo el joven con voz grave, casi demasiado grave para alguien de su edad mientras estudiaba lánguidamente con la mirada el cuerpo de la mujer y se deslizaba graciosamente por el encerado en silencio, como si sus pasos más que pisar, flotaran en el aire a escasos milímetros del suelo – Es una lástima que tengamos que conocernos en tan... particulares y penosas circunstancias, querida señora, pues si en algo tengo personalmente alta estima en este mundo es la belleza. - observó girando levemente el cuello hacia un lado sin romper el contacto visual, habiéndose posicionado increíblemente deprisa a escasos centímetros del cuerpo de ella, intimidándola con su proximidad física.
Ella tembló de un modo casi salvaje y las lágrimas, hasta ahora contenidas en las esquinas de sus ojos claros, rodaron libremente por su tersa faz hasta encontrar el final del mentón y de ahí gotear hasta su clavícula.
El muchacho tomó con una mano enguantada su húmeda barbilla y le alzó el rostro como para observarla mejor.
- ¿Sabes el motivo de que yo esté aquí? - preguntó - ¿Por qué el Pavoroso Padre te requiere a sus pies?
Los ojos de él observaron detenidamente los de ella, buscando, inquiriendo, antes de fruncir el ceño.
- ¿No? Una lástima entonces. - dejó caer su mano y dio un paso atrás, liberando tensión y observando de refilón al asustado chiquillo, aún prendido de las faldas de su madre.
La mujer no habló y se limitó a asirse al borde de la encimera con los nudillos blancos a consecuencia de la mucha fuerza que estaba empleando en ello.
- ¿Prefieres el silencio entonces? Al igual que yo, mi querida señora... Sin embargo nunca antes me había topado con una mujer que, voluntariamente, permitiese a su hijo contemplar cómo muere. - el joven sacudió su cabeza levemente de lado a lado, negando – Esperaba más de ti, Lady Montabell.
Entonces, girando los globos oculares hasta volver a enmarcar la pequeña figura del infante, el joven redujo su profundo tono de voz a un simple y punzante siseo.
- ¿Por qué no vuelves a tu cuarto, pequeño? Este no es lugar para un niño.
El pequeño alzó la vista hacia su madre, quien asintió levemente con todo el color ido del rostro. Rápidamente el infante soltó la tela de su falda que sus manitas asían, se deslizó por el suelo rodeando la alta figura del joven y salió corriendo, sus pasos haciendo eco en la oscuridad del pasillo.
Una vez el niño estuvo fuera del alcance auditivo de tan peligrosa situación, el asesino, pues aquel joven no era otra cosa que un oscuro sicario venido con oscuras intenciones al servicio de una entidad igualmente oscura, rodeó el cuello de la mujer con una mano enguantada y presionó el pulgar contra la vena yugular, notando el cada vez más acelerado pulso retumbar a través de su tacto.
La mujer entonces, asiendo con ambas manos la muñeca de él, encontró finalmente la voz.
- Por favor... - suplicaba – Haré lo que sea... ¡lo que sea!
- La negociación es parte de la aceptación de la propia muerte, lo comprendo, querida señora. - repuso el joven impasiblemente – Pero resistirte solo prolongará tu agonía mental. Yo en tu lugar me limitaría a cerrar los ojos y dejar que la paz te llegue en el momento en que menos te lo esperes.
Aquellas palabras... habían tomado un cauce que podría haber sido perfectamente piadoso, hasta para un asesino... o, por el contrario, una retorcida muestra de la mucha crueldad de la que aquel muchacho era capaz.
Ella pareció obedecer un instante, cerrando los ojos tal y como se le había instruido... hasta que su mano, pálida y delgada, había encontrado tanteando el mango del cuchillo reposando en la encimera tras ella y, de un rápido movimiento ciego, atinó a pegar un corte en el brazo que sujetaba su garganta de tal modo que, ante el dolor y la sorpresa de la maniobra, el asesino la había liberado momentáneamente por reflejo.
Aquellos preciosos segundos le habían otorgado a la mujer la oportunidad de escabullirse de tan peligroso adversario y, corriendo con la adrenalina a flor de piel, se internó asimismo en las sombras del pasillo, asiéndose las faldas con violencia para no tropezarse mientras subía escalones arriba con la intención de hallar el cuarto de su hijo y encerrarse los dos juntos para pedir auxilio por la ventana.
Pero el joven había sido más rápido y, antes de que la mano de ella hubiera podido soltar el pomo de la puerta del cuarto del niño tras abrirla, la había asido del pelo con una mano mientras que con la otra, herida pero no inutilizada, haciendo gala de una fuerza insólita producto de la adrenalina, de un rápido movimiento que le salpicó de carmesí la cara y la armadura de cuero que vestía, le había sajado el cuello de un tajo limpio que escindió la cabeza de la mujer de su cuerpo.
El cadáver decapitado había caído al suelo con un golpe seco mientras que la cabeza había rodado hasta los pies de la cama del chiquillo, debajo de la cual, agazapado y aterrorizado, se había refugiado el infante temblando de miedo y con los oídos tapados.
Los ojos negros del crío se habían encontrado un breve instante con los claros de su madre sin vida antes de que la tenebrosa figura del encapuchado pusiera los pies dentro de la estancia y, con una mirada despreciativa y el brazo derecho goteando un hilo de sangre, hubiera encontrado sus ojos fríos con los del tembloroso chiquillo incapaz de llorar o gritar.
- Agradece a Sithis su misericordia. - fueron sus últimas palabras antes de darse la vuelta y desaparecer por donde había entrado, dejando tras de sí a la decapitada madre y al, ahora sí, lloroso hijo.
Lucien Lachance despertó de su sueño con tanta violencia que, al izarse súbitamente de entre las mantas del saco de dormir que había dado refugio hasta ahora a su muy cansado cuerpo, comenzó a ver puntos de colores en el aire para, acto seguido, inundarle una nada agradable sensación de mareo.
Oooh... demonios... - pensó llevándose ambas manos a la sudorosa cabeza como tratando de sujetársela para que el mundo a su alrededor dejase de dar vueltas de una buena vez.
Inspiró hondo, se recostó contra la almohadilla que venía con el saco de dormir y cerró los ojos sin apartar aún las manos de su muy desorientada cabeza. Estaba empapado de arriba abajo de un sudor tan atroz que no le cabía en la cabeza cómo no tenía sed dado el grado de deshidratación que su cuerpo debía estar padeciendo en aquellos instantes.
"Bienvenido de vuelta al mundo real, bastardo. ¿Has dormido bien?"
Ay, no... otra vez no. Otra vez aquella puñetera voz incansable llenando su cabeza, ahogando sus pensamientos y dictándole amenazas para mermarle la moral a marchas forzadas... Creía habérsela quitado de encima tiempo atrás...
"Ni en tus más locas fantasías, Lachance. Deberías saber que cuando un espíritu decide perseguirte no hay forma humana de deshacerse de su influencia." - se burló la voz - "Intenta probar algún exorcismo, me muero por verte acudiendo a los sacerdotes de Zenithar en busca de ayuda."
Lucien tomó aire lentamente. Cada vez que tenía que hacer frente a las voces en su cabeza debía mantener un agarre muy tenso con su propia cordura.
Soltó el aire entonces con la misma lentitud que con la que lo había inspirado.
Montabell... supongo que debí de haber captado la indirecta del anagrama cuando nos presentaron. - pensó gravemente, recolocando todos y cada uno de sus pensamientos en su lugar. Aquel espectro, con todo el caos que traía a su psique, le tenía frito, literalmente.
"Supones bien, desgraciado. Te lo puse extremadamente fácil. Quise pensar que te acordarías de aquello... pero fue demasiado pedir para alguien con el ego tan inflado como el tuyo."
Delante de sus ojos, a los pies del saco de dormir, pestañeando un par de veces para adaptar su vista nictálope a la oscuridad, el Hombre Oscuro pudo divisar malamente en mitad de la negrura de la tienda de campaña la silueta borrosa y etérea del fantasma que había venido siendo su tortura mental desde el mismo instante en que su vida pereciera a manos del entrenado asesino.
- Estoy harto de ti. - le espetó con la voz trocada en apenas un susurro, pues no quería que el resto de ciudadanos acampados en las inmediaciones de los restos de la desolada ciudad de Bravil pudieran tomarle por loco si le oían hablar solo - ¿Por qué me persigues?, ¿qué quieres de mí?
"Quiero verte estirando la pata tras una larga y ardua agonía, Lachance, entre otras muchas cosas."
Lucien bufó, cruzándose de brazos, aún sentado en el saco de dormir y observando sin pestañear la difusa silueta espectral con una mirada dura como el granito.
"Tampoco me disgustaría verte sufrir por la pérdida de todo aquello en lo que crees y amas. Sería un muy justo castigo para alguien tan desalmado y que ha cometido tantas atrocidades a lo largo de su muy miserable existencia."
- No entiendo ése empeño tuyo por seguir dándole vueltas a algo que no tiene arreglo. – argumentó Lucien negando con la cabeza – Hice lo que hice y no me arrepiento. Fue un contrato que cumplí y punto. No hubo nada personal en ello, simplemente... cumplí con las Órdenes que se me adjudicaron."
"Pero disfrutaste, malnacido. Disfrutaste jugando con una pobre mujer indefensa para luego acabar con ella de la manera más cruenta y atroz posible. Te deleitaste en su muerte. Ahí radica lo personal del asunto."
- Por Sithis, yo era un maldito crío.
"Sí, lo eras. Un crío cruel y sanguinario como el hombre que sigues siendo. Un crío con una vida de mierda al que no se le ocurrió nada más inteligente que hacer de la vida de otro crío un infierno."
- Cumplía Órdenes. ¿Cuándo se te va a meter eso en la cabeza?
"La Eternidad da para mucho, Lachance. Podemos seguir con esta disputa nuestra incluso después de que tú mueras."
- ¿Qué quieres que haga?, ¿pedirte perdón? - en el tono del Oyente había una leve sombra de mofa – No me hagas reír... sabes muy bien que no lo siento ni podré sentirlo. Como he dicho: no fue personal, cumplía Órdenes.
"Soy muy consciente de que alguien como tú es incapaz de sentir verdadero arrepentimiento por nada, Lachance. Pero tal vez puedas hacer algo para que las almas de mi madre y mía puedan descansar en paz."
- ¿Y qué gano yo con eso?
"Mi completa ausencia de tu pútrida mente."
El trato era tentador... casi demasiado bueno para ser verdad.
"No creas que lo hago por ti, alimaña, lo hago por ella."
Ah, ciertamente que sí.
Había ido a Bravil... o lo que quedaba de la ciudad en pie, para oír una vez más el llamado de la Madre Noche ya que, tras su discusión con Vicente, tenía muy claro que sus acciones dentro de la Mano Negra estaban siendo examinadas con lupa.
Se había encontrado a la gente reconstruyendo sus hogares a base de talar árboles, hacerlos tablas y lijarlos para volver a su estilo arquitectónico pobre y precario. Nada que no hubiera imaginado ya.
No había visto a Luciana ya que, muy probablemente, la mujer se hubiera mudado temporalmente a Leyawiin a una posada cara para seguir viviendo como una marquesa con los ahorros que tenía metidos en el Banco de Cyrodiil los cuales, otra cosa no, pero Lucien estimaba que debían de ser cuantiosos en sumo grado.
Cansado del viaje, había acampado junto con la piña de ciudadanos y obreros del lugar y había dormido apenas un par de horas para verse envuelto en aquella conversación tan sobrenatural como indeseada.
Llevaba un tiempo deprimido y, justo cuando creía haberse sacado las voces de su cabeza de encima, ahí estaba el fallecido traidor para perseguir sus sueños.
En aquel momento hubiera hecho cualquier cosa por quitárselo de en medio. Cualquier cosa.
- Te escucho. - respondió sin más a la presencia fantasmagórica frente a él.
El ánima rió lúgubremente. La cadena de negociaciones acababa de abrirse ante ellos como un amplio abanico de posibilidades.
Posibilidades que no dudaría en aprovechar en su favor dado el precario equilibrio mental de su interlocutor.
- ¿Y tú estás segura de que es por aquí? Llevamos dos horas dando rodeos por las inmediaciones y, de momento, ni rastro de la Ermita de Arkay, Tempest.
Y era cierto, ya iban dos vueltas y pico de reloj desde que, al abandonar Anvil, se hubieran echado al Camino Dorado para, buscando por la zona Norte de la Costa Dorada del condado de Anvil, localizar la más cercana de las Ermitas del camino donde el anciano Profeta les había dicho que debían rezar.
- Mira tú el mapa que el Profeta ése nos ha dado, so listo. - replicó ácidamente la pequeña imperial de pelo verde sujeta casi con pinzas a la cintura acorazada de su acompañante para no caerse del caballo en el que ambos iban montados mientras le ponía el arrugado plano amarillento a un palmo de las narices – Te digo que, según esto, tiene que estar por aquí.
Hieronymus Lex suspiró. El mal humor de la chica le estaba poniendo las cosas muy difíciles a la hora de colaborar con ella.
Porque había sido ella la que había decidido hacer aquel absurdo peregrinaje tras el susto con la criatura aquella de armadura dorada que le había atacado en la profanada Capilla de Dibella. La joven estaba empeñada en que el viejo tenía razón y que, cualquiera que fuera el peligro que estuviera amenazando Tamriel (además de los pertinentes Portones al Oblivion, naturalmente) había que hacerle frente lo antes posible antes de que se les fuera de las manos y ya no hubiera solución.
Y nada de lo que le dijo había podido disuadirla de hacer lo contrario.
La había acompañado por no dejarla sola. A fin de cuentas todas sus misiones imposibles y llenas de baches siempre se las había tenido que chupar ella sola y Lex, en cierto modo, se sentía responsable por ello, por no haberla echado un cable en su día en vez de abofetearla y gritarle que era una desgracia.
Era un hombre de honor y sentía que, de alguna manera, debía compensarla por su mal comportamiento del pasado.
Había pedido una excedencia a la condesa Umbranox para abordar tan preocupante tema de forma oficial y, visto el ataque a la Capilla de Dibella, la noble dama no había dudado ni un solo instante y se la había concedido muy gustosamente si con ello su hombre de mayor confianza daba, junto con la colaboración de la celebérrima Heroína de Kvatch (otra de las muchas sorpresas de Tempest que habían dejado la moral del capitán para el arrastre), con el origen de la amenaza.
- Escucha, Tempest. – dijo calmadamente, haciendo acopio de paciencia con la malhumorada muchacha – No te lo tomes a mal, pero... digamos que la interpretación de un mapa requiere... de cierto sentido de la orientación. Y tú, por lo que he podido deducir a lo largo de estas dos horas, no te orientas con demasiada soltura, ¿verdad?
Aquello había herido el orgullo de la joven.
- Vaya, ¿y tú sí? - le espetó molesta - ¿Porque eres un hombre y los hombres estáis hechos para estas cosas mientras que las mujeres deberíamos cruzarnos de brazos, quedarnos en casita y no aprender nunca a orientarnos? ¿Por ahí van los tiros, Lex?
El capitán se llevó una mano acorazada a la frente para masajearse las sienes. Su ex-novia, a todas luces, era rencorosa de narices.
- Te he dicho que no te lo tomases a mal. No es una cuestión de sexos, es una cuestión de saberse orientar y punto, Tempest. - trató de explicarle.
- Mira Lex, mejor será que dejemos de hablar un rato antes de que me pongas de mala hostia ya del todo. - le interrumpió ella con un bufido – Hoy no tengo el día muy fino y quiero encontrar ésa condenada Ermita de ruta y la siguiente que hay cerca de Skingrad antes de que anochezca.
Y así se había hecho de nuevo el silencio entre ambos. Un silencio tenso que les duró hasta que, viendo sus esfuerzos recompensados finalmente, habían encontrado la famosa Ermita de ruta a un lado del camino, escondida entre la nieve y la maleza: un altar redondo en forma de fuente con hasta tres escalones construido en piedra blanca rodeado de ocho columnas que sostenían los restos de lo que antaño debió de haber sido un techo.
La piedra, como consecuencia de estar al aire libre, estaba impregnada de musgo y nieve, y Tempest y Lex tuvieron que limpiar con las manos desnudas buena parte del altar para poder leer bien las inscripciones talladas en la base del susodicho.
- "Un espíritu inmaculado alegra a Arkay." - leyó Tempest en voz alta frunciendo levemente su pálido ceño.
Entonces a Arkay no le va a hacer ni puñetera gracia que ore en su altar. - pensó deprimida – Sin embargo aquel hombre me dijo que no pasaba nada...
Porque antes de partir, llevándose a un lado al Profeta para que el capitán de la Guardia no les oyera, le había comentado muy por encima que su vida no había sido... lo que se dice un cúmulo de virtudes que pudieran agradar a Los Nueve dadas las circunstancias.
- ¿Y aun así buscarías las Sagradas Reliquias? Serás un juguete interesante para los dioses, no me cabe ninguna duda. - le había dicho el anciano muy seriamente.
Pero aquella declaración no había cuajado lo que se dice muy bien en la personalidad de la chiquilla quien, desde que aprendiera a pensar por sí misma, siempre había pensado en hacer lo que le diera la real gana sin ser manipulada por mortal o entidad sobrenatural alguna... aunque, a estas alturas, sus pretensiones estuvieran ya quizás un poco fuera de lugar.
- ¿Dónde encontraremos las Reliquias?, ¿qué tiene que ver el peregrinaje este para llevar a cabo la misión sagrada de la que hablas? - le había preguntado aquella mañana tras prepararse con un día de diferencia para salir, inquieta en caso de que los dioses decidieran juzgarla... poco merecedora de sus caprichosos designios.
- Los dioses otorgan clarividencia a quienes ellos consideran dignos. Por qué y cuándo actúan no es algo predecible. - había contestado el viejo tranquilamente - Lo que sí puedo decirte es que, tradicionalmente, los Caballeros que deseaban ir en busca de las Reliquias hacían el Camino de los Peregrinos. Si los dioses os consideran dignos a ti o a tu amigo... – había dicho señalando a lo lejos con la vista al impaciente Hieronymus Lex - … recibiréis una señal. Partid pues con las bendiciones de Los Ocho y El Uno.
- ¿Por qué los llamas así? Quiero decir... son Los Nueve.
- En un tiempo lejano, ocho eran las divinidades, pero Tiber Septim se convirtió en Talos y Los Ocho pasaron a ser Nueve. Yo sigo las viejas costumbres y venero a Los Ocho, aunque también respeto a Talos, el que ascendió y se tornó en Uno.
Akatosh, había sido la conversación más extraña e intelectual que Tempest había tenido en mucho tiempo desde que ya no visitase más la Universidad Arcana. Había obtenido respuestas a sus preguntas pese a que, no obstante, siguiese inquieta por el posible rechazo que los dioses pudieran tener hacia una asesina, una ladrona, una mentirosa y una hereje (pues no por nada el tema de soltar alegremente de tanto en tanto aquello de "Sithis, Akatosh y su puta madre" era una herejía en toda regla, se mirase por donde se mirase).
Por lo que había podido vislumbrar en la capilla de Skingrad de las veces que había ido a rezar es que, según los pesos de la Balanza de Julianos, al Divino debía de caerle en gracia ya que no le negaba las bendiciones de su altar, pero... ¿y con los otros ocho restantes?
Hincando cuidadosamente las rodillas en los escalones bajos de la fría piedra recubierta parcialmente por nieve, Tempest apoyó los codos sobre el pétreo altar, juntó las manos, agachó la cabeza y cerró los ojos, no muy segura de qué pedir exactamente.
Por favor, Arkay, no te tomes a mal mis muchas imperfecciones y ayúdame a encontrar las Sagradas Reliquias para la noble causa del Profeta. - enunció en su mente mientras inspiraba hondo el gélido aire circundante – Dame una señal de tu gracia, por favor.
A su lado, Hieronymus Lex, una vez hubo atado al caballo a una de las columnas de la Ermita, hincó a su vez la rodilla junto a la chica y se sumió en un coloquio interior que, si bien se hallaba sumamente regado de escepticismo, no carecía de sus mejores intenciones.
Permanecieron un rato así, quietos y concentrados, hasta que sus peticiones internas llegaron a su fin. De momento Arkay no había dado señales de vida.
Esto es una completa pérdida de tiempo. - pensaron ambos imperiales al unísono mientras se ponían en pie, desanimados por la falta de respuesta de un dios al que las cuitas mortales, como al resto de sus camaradas, parecían traer al descuido.
Sin embargo no desistieron y, pese al frío y al silencio de la campiña, montaron de nuevo en el caballo y fueron a trote tranquilo dirección Skingrad, directos, según el mapa, a la siguiente Ermita de ruta, la erigida en honor a Mara.
Un peregrinaje es un peregrinaje y, hasta que no lo hubieran completado, no podrían decir con absoluta seguridad si sus esfuerzos estaban siendo en balde... o al menos eso era lo que la Hija de la Tempestad quería, muy en el fondo de su corazón, pensar.
Esto es repugnante, sencillamente repugnante. - pensó el Oyente de la Mano Negra asqueado, su rostro contorsionado en una mueca de absoluta animadversión según iba sacando paladas de tierra del enorme hoyo que estaba cavando a un lado del Camino Verde, cerca del río Larsius, a treinta minutos a pie de la desolada Bravil.
"Cierra el pico y sigue cavando, Lachance."
Agh... ahí estaba otra vez el muy bastardo, no se cansaba nunca.
"Por supuesto que no. Es mi cuerpo lo que estás desenterrando, desgraciado."
El cuerpo, el cadáver del traidor. A tres metros bajo tierra mínimo donde los de la Mano Negra (o, para ser más exactos, unos subordinados de la Mano Negra) le habían enterrado en el camino, con el cuerpo boca abajo y decapitado, como el hereje que era. Sus restos eran demasiado ofensivos como para que permanecieran pudriéndose en la cripta de la Madre Noche por siempre jamás.
Lachance no es que fuera lo que se dice forofo en el tema de enterrar o desenterrar cadáveres ya que pese a su profesión era, al igual que con el tema de la sangre coagulada, bastante escrupuloso a la hora de tocar cosas muertas, y máxime si se trataba de cosas muertas rancias de hace un tiempo y no recientes, vaya.
Le estaba costando una Eternidad hincar bien la pala que se había apropiado indebidamente en el campamento de supervivientes de Bravil sobre la tierra helada de la campiña, dura y compacta a más no poder a consecuencia del eterno clima invernal.
Al cabo de un buen rato, tras mucho sudar en su nuevo cometido de desenterrador, Lucien dio finalmente con los despojos fríos y amoratados del hombre que una vez pusiera en jaque a toda una Organización criminal: Mathieu Bellamont... o Montabell, como quiera que fuera.
Con absoluta repelencia y dando gracias a Sithis por que, con el frío, el cadáver no se hallara en un estado de descomposición avanzada, el Oyente de la Mano Negra extrajo primero el cuerpo y luego la cabeza para depositarlos a lo largo de la manta que había usado la noche anterior con objeto de guarecerse del frío mientras dormía y enrollarlos en ella como si fuera una alfombra para, finalmente, anudar la parte donde estaba la cabeza, no fuera a ser que durante el traslado se le escapase sin querer.
Echándose el fardo sobre un hombro descuidadamente, lo mismo que si fuera un vulgar saco de patatas, Lachance se aproximó entonces a su distante montura, Shadowmere, la cual había estado esperándole hasta aquel momento a un lado, hundiendo de tanto en tanto su oscuro hocico en la nieve hasta derretirla por efecto del calor que sus amplias fosas nasales desprendían.
La yegua sombría observó entonces con los ígneos ojos rojos a su jinete y, tras olisquear brevemente aquello que portaba al hombro, dio un poderoso relincho de descontento.
- Detesto tener que hacer esto, vieja amiga. – le dijo Lucien pasándole una comprensiva mano enguantada por las crines de ébano cariñosamente. A decir verdad, Shadowmere era la única criatura viviente con la que demostraba un cierto grado de afecto mayor que con cualquier otro ser humano – Pero no me queda otro remedio. Necesito tu ayuda para trasladar... esto. - enunció con una mueca de repugnancia indicando con los ojos el cadáver envuelto en la tela mientras lo depositaba sobre la grupa de su montura – Y créeme cuando te digo que con la voz de nuestra Oscura Señora tengo suficiente para llenar mi cabeza por entero; no necesito también la voz de un traidor que persiga mis sueños y confunda mi mente hasta el final de mis días. Es más de lo que puedo soportar.
Resoplando con viva elocuencia pero resignada a la vil tarea que su jinete compartiría con ella, Shadowmere simplemente restregó su oscuro hocico contra una de las afeitadas mejillas de Lucien en símbolo de que entendía sus motivos y le dejó izarse sobre su lomo para, tras tomar las riendas y acomodarse pertinentemente, inclinarse sobre su oreja y susurrarle con su cálida voz profunda:
- Ahora necesito que me lleves hasta Anvil, querida. Tras eso te prometo que solo abusaré de tu gentileza una última vez cuando, de allí, partamos hacia Chorrol, nuestro destino final.
La yegua sacudió un instante sus largas crines de criatura sobrenatural y, tras aquello, emprendió sin más dilación su habitual desenfrenado galope rumbo al Oeste.
Cuanto antes llegaran, antes completarían aquella tarea odiosa ante la que, no sin bastante aversión, ambos se habían plegado.
El viaje hasta Bruma había sido agotador.
Quizás, pese a la torpeza inicial, aquel peregrinaje de Ermita de ruta en Ermita de ruta estaba resultando, si bien de momento infructuoso, extremadamente rápido para lo que Tempest y el capitán Lex habían previsto en una primera instancia.
De momento ya habían rezado a Arkay, a Mara, a Dibella y a Akatosh. Cuatro en una sola jornada no estaba nada de mal teniendo en cuenta la dispersión de los santuarios por toda la provincia según el mapa, no estando precisamente cerca los unos de los otros.
- Estoy molido. - suspiró Hieronymus Lex tras estirar un par de veces sobre la grupa de su caballo sus muy entumecidos miembros – Creo que por hoy ya hemos tenido suficiente viaje, Tempest. - dijo observando detenidamente el cielo estrellado sobre las cabezas de ambos – No sé tú, pero yo pienso pedirme una buena y cómoda habitación en Bruma para cenar como es debido y descansar. Tengo la espalda adolorida de tantas horas yendo a caballo.
La chica no estaba en mejores condiciones, ya que le dolían las posaderas una cosa mala tras tanto trote de acá para allá... pero optó por no decir nada y no quejarse. Al fin y al cabo el tema del peregrinaje había sido cosa suya.
Aproximándose entonces tranquilamente hacia los establos de la ciudad, Lex dejó su montura bajo los cuidados de un mozo de cuadra (al cual, todo hay que decirlo, la dueña hubo de despertar ya que era tarde de narices), y, siguiendo de cerca los pasos de la pequeña Tempest, ambos accedieron a la población para ir derechos a la "Vista del Jerall".
- Yo me voy al Gremio de Magos, que la cena y la cama me salen gratis. - dijo la muchacha tras haber acompañado al capitán hasta la puerta de la posada - ¿A qué hora quedamos mañana?
- Te recogeré a las siete y media en la puerta del Gremio. - dijo el hombre simplemente.
Tempest frunció el ceño y se cruzó de brazos.
- No hace falta que "me recojas", Lex, puedo venir perfectamente y por mi propio pie yo solita hasta la puerta de la "Vista del Jerall" a ésa hora.
Lex se llevó entonces una mano a la frente, masajeándose las sienes con los dedos enguantados. Estaba demasiado agotado como para empezar con ésas tonterías.
- Por Talos, Tempest... ¿vas a ponerte también a discutir por semejante nimiedad?
La chica enarcó una ceja, viendo su punto de razón... pero su tozudez en aquel momento le pudo más que las buenas maneras y el cansancio.
- No quiero que me trates con ésa condescendencia, como si fuera tonta o inválida, Lex. - argumentó – No soy ninguna damisela en apuros a la que debas ofrecer tu brazo por hacer honor a ésa noción machista que se entiende por "caballerosidad".
- Estás llevando un simple gesto de cortesía a unos extremos absurdos e irracionales.
- Teniendo en cuenta con quién estoy tratando, no me lo parece en absoluto.
Hieronymus Lex comenzó a perder la paciencia, harto de ser tratado con tanto desprecio y de ser catalogado una y otra vez por su exasperante ex-novia como "machista". Desde hacía un año que sus nociones en lo referente a los roles que ambos sexos desempeñaban habían cambiado mucho, y él creía que para mejor.
- ¡Las personas cambian, Tempest, maldita sea! - exclamó – Para bien o para mal, tú y yo hemos cambiado en el último año. - explicó, no ya solo molesto, sino casi... desesperado por hacerse entender frente a ella - Quiero creer que somos personas diferentes a aquel capitán de la Guardia al que tú considerabas machista y a aquella chica extraña y misteriosa a la que yo consideraba exasperante y problemática. Si tienes la pretensión, no ya de que nos llevemos bien, sino de llevar este peregrinaje de la mejor manera posible... te pediría no ya solo un poco de flexibilidad, sino de respeto. Eso que tanto demandas para ti misma has de darlo de igual manera.
La chica solo suspiró.
- Mira... – comenzó de nuevo Lex, confiando en que el silencio de ella fuera una pequeña brecha de comprensión que con tanto esmero pretendía abrir en su ánimo irascible – Ya sé que aquella vez me comporté mal y lo siento.
- Te comportaste como un auténtico capullo. - replicó Tempest muy serenamente.
El capitán aguantó de igual modo sereno aquella estocada. Era un hombre orgulloso, ciertamente... pero sabía que con orgullo uno no llega muy lejos en esta vida. Y máxime en lo tocante al género femenino.
- Touché. - asintió galantemente – Te concedo eso, Tempest, porque no hay más que una razón y, en este caso, tú la tienes... y, por ése mismo motivo, además de disculpas, me gustaría pedirte una oportunidad.
Tempest enarcó una ceja y arrugó la naricilla de duende, suspicaz.
- ¿Una oportunidad para qué? - preguntó.
- Una oportunidad para demostrarte... que no soy ningún cafre.
Tempest estudió un momento los ojos ultramar de su interlocutor sopesándole, estudiando su expresión facial. Era cierto que seguía resentida por lo acontecido un año atrás y por el dolor a nivel personal, tanto de orgullo como de sentimientos, que la ruptura había traído consigo.
Aquel hombre le había hecho mucho daño y su amor propio le decía que lo mandase a freír espárragos una vez más, que despreciase sus disculpas y su ayuda una y cien veces ya que no era más que un patán...
Pero...
Pero...
- Muy bien. – suspiró la chica finalmente, asintiendo de mala gana – Nos comportaremos como personas civilizadas. Hecho. - y, al ver el deje de satisfacción en la cara del tipo, frunció el ceño – Pero como oiga algún comentario machista o despreciativo de cualquier naturaleza, ya te puedes ir por dónde has venido. - advirtió.
Tragándose la pronta mala respuesta que su orgullo le pedía a gritos que soltase, el capitán asintió, tratando de suprimir una inconsciente mueca ofensiva que amenazaba con adornar sus facciones de un momento a otro y, prodigando educadamente las buenas noches a su difícil compañera, se metió en la "Vista del Jerall" tras quedar a la mañana siguiente a las siete y media en un punto intermedio del Distrito superior de Bruma para que no hubiera cabida a discusión por ninguna de ambas partes en lo concerniente a quién va a recoger a quién. No le gustaba nada aquel apaño, pero era mejor que nada. Con lo mal que se había comportado en el pasado, era la única oportunidad que Tempest le concedería para enmendarse. Las reglas las ponía ella.
La joven Hija de la Tempestad, por su parte, marchó a paso lento dirección al novísimo edificio del Gremio de Magos en la ciudad tras el incendio del que había sido víctima el anterior y se metió en él tras esquivar los cuantiosos andamios que aún había colocados en el exterior del mismo.
Observando el entarimado de madera lijada que sus pies pisaban, aún sin barnizar, Tempest se dirigió arrastrando las botas, llevándose por delante consigo serrín y polvo de la obra, hacia la parte subterránea del Gremio donde se hallaban habilitados temporalmente tanto el comedor como los dormitorios al estar aún el hall y la parte superior del edificio en obras. Los seguidores de Mannimarco la habían liado bien parda el día en que se les piró el panchito y atacaron la sede hasta reducirla a cenizas.
J'skarr no había vuelto a Bruma desde el tema del incidente pese a haber sido el único superviviente del ataque y las únicas personas que había residiendo en la sede eran magos de batalla enviados por la Universidad Arcana para velar por la seguridad del edificio cuyos gastos en reparaciones estaban saliendo de las arcas del Tesoro Real. Un dispendio por el cual el Canciller Ocato había tenido que sudar tinta akaviri tras exponer la situación frente al Consejo de Ancianos.
Tempest los saludó con la mano sin ganas, mostrando en alto su juego de llaves común a todas las sedes y, rendida, cenó muy frugalmente en silencio mientras escuchaba trozos de conversación de los magos de batalla que no estaban de guardia a aquellas horas.
- Me alegra saber que todavía se están llevando a cabo investigaciones importantes, aunque parece que las cosas están algo tensas estos días. - comentaba uno de ellos con el ceño fruncido, un hombre imperial - ¿Has averiguado algo más sobre lo que sabe el Consejo de estos nigromantes que quemaron la sede? Algo no marcha bien. El khajiita ése que salió con vida andaba balbuciendo incoherencias acerca del Rey de los Gusanos y no ha querido volver aquí. Hay quien dice que se ha vuelto loco de remate.
- ¿No lo sabes? - la mujer con la que estaba hablando, una bretona, se llevó una mano a la boca, escandalizada - ¡Han disuelto el Consejo de Magos! ¡El Archimago Traven ha desertado!
Tempest agudizó el oído ante semejante comentario.
- ¿Qué dices?, ¿es eso cierto?
- Tras el ataque a la sede de aquí de Bruma y los rumores que el khajiita aquel expandió sobre el retorno de Mannimarco ha habido mucha polémica y el Canciller Ocato ha declarado que no puede ayudarnos ya que, con la presente crisis en el Imperio, no puede comprometer ni al Ejército Imperial ni prestarnos más ayudas económicas. El tema de la reconstrucción de la sede ha sido ya un gasto que el propio Consejo de Ancianos ha mirado con muy malos ojos. Estamos solos.
Tempest contuvo el aliento.
Por Sithis, Akatosh y su puta madre... primero Mehrunes Dagon y sus seguidores conspirando contra la línea sucesoria de los Septim. Después el Portal hacia Shivering Isles con Sheogorath a punto de convertirse en Jyggalag y arrasarlo todo. Más tarde la movida de Umaril y los bichos ésos dorados... ¿y ahora tenemos al Archimago en plena crisis existencial por el tema del ataque a la sede? Se ve que si uno de los malos da por el culo, el resto se animan y la lían parda también. Joder... el mundo se va a la mierda, lento pero seguro.
Y ella allí, sin un mísero septim, con el culo machacado, peregrinando por Ermitas repartidas en el quinto carajo de Cyrodiil en compañía de su ex, peleada con el jefe y...
Y preñada. Cojonudo, sencillamente cojonudo. Si es que la piden más gafe que yo y no la encuentran.
Como protestando por aquel repentino bajón de ánimo, la criatura en su vientre se retorció un instante de tal manera que, además de ponerle a Tempest el estómago de corbata, la mareó e hizo que le entraran náuseas.
- Oh, mierda... - se quejó la muchacha en voz baja agarrándose con ambas manos la tripa y dirigiéndose a trompicones hacia la habitación donde estaban habilitadas las camas – Estate quieto, estate quieto...
Sin molestarse en descalzarse, Tempest abrió la cama y se metió bajo las mantas para echarse de lado en posición fetal masajeándose el vientre con movimientos circulares para apaciguar a aquel renacuajo tan susceptible.
- Hale, ya. Ya está. ¿Ves qué bien? - susurró con suavidad al ver que la náusea remitía lentamente – Vamos a portarnos bien, ¿eh? Ahora a mimir los dos, tú y yo, ¿de acuerdo?
Parecía tonta... hablar sola con supuestamente un mico que no podría ni oírla ni entenderla a través de las capas de carne... el cansancio estaba dando lo peor de ella.
Seguía sin hacerle mucha ilusión lo de ser mamá. Seguía sin estar convencida de poder hacerse cargo de una criatura a la cual, muchas veces, no la consideraba ni suya.
En ocasiones le atormentaba pensar que lo correcto sería quererla en vez de pensar en ella como una especie de parásito que le habían contagiado por no preocuparse de haber usado protección.
Ya, pero yo pensaba que el que tendría que tener cuidado en no ir dejando descendencia indeseada por ahí era él y no yo.
Qué idea más tonta... ahora lo veía claro. Se supone que las que tenían que tener cuidado eran ellas ya que su cuerpo sería luego el afectado, no el de ellos. A los tíos eso les importaba un pito. Ellos solo venían, cumplían y si te he visto no me acuerdo.
Aunque lo cierto era que aquellas ideas se las estaba formando ella sola sin haber hablado con el padre de aquel asunto. Era simplemente lo que ella se figuraba... aunque, conociendo de sobras como conocía al jefe no había cabida para darle una oportunidad al asunto.
Ni por asomo. Te mandaría a hacer puñetas en menos de lo que tardases en siquiera pestañear.
Sacudiendo la cabeza de lado a lado para quitarse tan traicioneros pensamientos de la mente, la joven permaneció en aquella misma postura, sin dejar de frotarse el vientre, hasta que la tranquilidad les llegó a ella y a su hijo no nato en forma de reparador y tranquilizador sueño.
Y, en su inconsciencia, Tempest deseó internamente poder permanecer allí... siempre.
Llevaba casi tres días sin comer.
No es que el pasar hambre fuera algo ajeno a él. En casa casi siempre tenía que pasar un auténtico suplicio para poder llevarse a la boca las sobras que aquel desgraciado hijo de puta dejaba descuidadamente sobre la desvencijada mesa donde el uno comía mientras el otro aguardaba con la mirada fija y hambrienta de un perro famélico a la espera de poder abalanzarse sobre los huesos y las mondas de fruta y patatas sobre el plato.
Algunas veces, especialmente cuando era más pequeño, el muy cerdo había desarrollado una especial predilección por una suerte de jueguecito cruel que consistía en hacerle suplicar por comida con objeto de, a la hora de concedérsela, hacer que comiera muy despacio, sin apartar la vista del plato y sin dejar nada que pudiera sobrar para, una vez terminada la comida, hacerle suplicar de nuevo por poder levantarse de la silla.
Con cinco años había llegado a permanecer horas y horas sentado, con las manos temblándole de miedo y de rabia al saber que si hacía un solo movimiento en falso no solo no comería al día siguiente, sino que se llevaría una paliza donde acabaría vomitando hasta la primera papilla. El muy bastardo le golpeaba siempre en el estómago para verle retorcerse de dolor y reírse en su cara.
De aquel modo, indirectamente, había aprendido cómo controlar sus impulsos más violentos que le dictaban abalanzarse sobre la cara de aquel borracho, tenedor en mano, y sacarle un ojo.
Con ocho años, sin embargo, se había hartado de arrastrar su orgullo para comer y se contentaba con las sobras. Si bien le gustaban menos y estaban frías, al menos no debía pasar por el penoso proceso de las súplicas y la silla.
Pero ahora, solo y en la calle como se había quedado por haber salido huyendo de casa tras el "incidente" con las escaleras, no sabía muy bien qué hacer.
Y su estómago le estaba matando.
De modo que había tomado una decisión.
Pese a que tenía muy claro que el agua del Rumare no es que fuera precisamente la más prístina de la provincia, se había esmerado en lavarse a conciencia hasta sustituir todas las costras de heridas viejas y la suciedad por un leve olor a salitre para, una vez terminados aquellos preparativos, encaminarse tranquilamente por el paseo marítimo hasta la puerta que daba al Distrito que conectaba la Ciudad Imperial con Waterfront: el Distrito del Templo del Único.
De allí, esquivando las tensas miradas de los guardias de la Legión, había acortado por el Distrito céntrico de Palacio para, finalmente, colarse en el del Mercado.
Aprovechando el gentío a aquellas horas de la mañana, había tratado de no llamar demasiado la atención pese a lo evidente de su aspecto demacrado y al desgaste de su atuendo y, uniéndose discretamente a las numerosas faldas de las mujeres que iban a comprar a los puestos callejeros, en un descuido del tendero había deslizado suavemente la pequeña mano por una esquina del tenderete hasta alcanzar una tersa y jugosa manzana roja más grande que sus dos puños juntos.
Con su botín guardado cuidadosamente bajo la camiseta había regresado a paso tranquilo para no levantar sospechas por donde había venido y, hallando un hueco, escondido entre las lápidas del cementerio central del Distrito de Palacio, había saboreado su triunfo en cuantiosos y ávidos mordiscos mientras el jugo de la fruta le resbalaba, dulce como la miel, por una de las comisuras de su boca.
Aquella había sido su primera comida decente y en libertad desde que tuviera uso de razón y, por ello mismo, se había convertido en su predilecta.
Siempre había sentido debilidad por las manzanas.
La mañana de aquel día, al igual que muchas mañanas anteriores desde que abandonase el Plano paralelo de Shivering Isles, se presentaba fría y gris incluso allí, donde siempre los inviernos habían sido los más agradables de pasar a lo largo y ancho de toda la provincia.
Anvil dormía como una bestia en estado de hibernación mientras los barcos anclados al muelle eran incapaces de levar anclas no solo a consecuencia del mal tiempo, sino de la presencia del hielo, aferrándose a los cascos de las embarcaciones como garras de un monstruo marítimo que deseaba mantener a toda costa a los marineros en tierra.
Lucien se había levantado ligeramente mareado y con dolor de cabeza producto de la resaca de la noche anterior.
Sí... había arribado bien entrada la tarde a la ciudad portuaria a lomos de su fiel montura Shadowmere para, una vez allí tras dejar el cadáver del traidor en un sitio seguro y lejos de miradas indiscretas, dirigirse directamente al faro y preguntar al dueño acerca de las pertenencias del anterior morador del sótano de la estructura.
Ulfgar "Ojo Nebuloso", el farero, en una primera instancia se había negado a cooperar... no obstante, en cuanto Lucien le acorraló contra una pared y le puso una navaja al cuello, las tornas cambiaron.
- Me parece que no me he expresado con la suficiente claridad, nórdico. – había siseado el Hombre Oscuro con una mano asiendo del cabello entrecano al infeliz mientras que con la otra mantenía el filo del arma apretada contra su garganta – La Hermandad Oscura te exige que me digas qué ha sido de las pertenencias del antiguo residente del sótano. Porque imagino que no seguirán aquí, ¿me equivoco?
El viejo norteño había sudado la gota gorda mientras su ojo sano había observado con terror el arma blanca rozándole apenas la piel. No se había atrevido ni a tragar saliva por miedo a cortarse con el filo.
- ¿L-la Hermandad Oscura? - había tartamudeado como un imbécil - ¡Está bien!, ¡está bien! ¡No me hagas daño! No diré ni una palabra, ¡lo juro! ¡Te diré todo lo que quieras saber!
Y Lucien había retirado apenas un par de milímetros la hoja de la carne.
- Habla. - había ordenado.
- D-de acuerdo. – había comenzado el otro a decir – H-hace unos meses que había alquilado ésa bodega a un tipo extraño... un tipo extraño que no volvió nunca y que dejó tras de sí una estela de cadáveres que guardaba ahí abajo. Luego vino la chica ésa en nombre de la Legión Imperial... me dijo que estaban investigando al tipo... pero después nadie vino a recoger el desastre y tuve por fuerza que llamar a la Guardia de Anvil... L-los cadáveres fueron enterrados y las pertenencias vendidas... ¡Es todo lo que sé, de verdad...!
- ¿Dónde fueron enterrados los cadáveres? - había presionado Lachance.
- E-en el cementerio local.
- ¿Cuántos había?
- N-no lo sé, ¡ni quiero saberlo! - había protestado el nórdico - ¡Tras aquel embolado tuve que responder a demasiadas preguntas y casi me meten en la cárcel! ¡Nunca debería haber alquilado esa bodega! ¡Nunca!
Tras aquello había tenido que informarse e ir hasta la casa del sepulturero local donde había tenido que untar bien al hombre de dinero para que le revelara no solo el número de cadáveres que la Guardia de Anvil había encontrado en la bodega, sino el acceder a desenterrar a aquel del que solo se había hallado su cabeza.
Habían quedado a la noche siguiente en el cementerio a las doce.
Después, sumamente agotado y molesto por tener que pasar por aquel proceso interminable de recuperar los cadáveres no solo del traidor, sino también el de su madre, Lucien se había metido en la taberna del puerto a beber una jarra de cerveza barata tras otra hasta que, seriamente ebrio, había montado una pelea en la cual se había medido a puñetazo limpio contra uno de los muchos marineros allí estancados a causa del frío bastante fornido y también bastante borracho. No recordaba si había conseguido ganar el combate o si los dueños le habían expulsado del local antes de que este terminase por haber roto durante el proceso no pocas partes del mobiliario del tugurio.
Así pues, una vez en la calle, había ido con un ojo morado y como una cuba andando a trompicones hasta la entrada de la ciudad, se había metido en la posada "Las Armas del Conde", había pagado por una habitación y se había dejado caer en plancha sobre la cama a dormir la mona.
Se había levantado con el ojo ya sanado y con las marcas de las sábanas en toda la cara.
Apartándose entonces la capucha de la cabeza, pues había dormido vestido, se revolvió un instante el desordenado cabello aún prendido en una caída coleta y bostezó con desgana mientras se rascoteaba aquí y allá. Ordenaría un barreño de agua para lavarse, que ya iba tocando.
Como una media hora más tarde, metido hasta el cuello en una humeante tinaja hasta los bordes de agua caliente y jabón, se había quedado quieto sacando de vez en cuando un brazo de entre los vapores del agua para observarse detenidamente las múltiples marcas blancuzcas que adornaban descuidadamente su piel cetrina.
Se pasó un índice con la yema ya arrugada por efecto de la humedad por encima de una línea especialmente larga, inusitadamente suave, que le nacía a la altura del tríceps izquierdo y descendía en un trazado neto y limpio a lo largo de su codo y antebrazo para morir casi en la primera falange del dedo meñique izquierdo.
Era en verdad una línea muy larga, muy fina, dibujada con una exquisitez y una precisión dignas de la maestra torturadora que había sido la alta elfa Arquen, diestra con el cuchillo como el mejor escritor es diestro con la pluma a la hora de infligir tormento en carne ajena.
Súbitamente embebido en los patrones irregulares blanquecinos que eran el recordatorio constante de unas heridas que permanecerían siempre abiertas en su orgullo, Lucien Lachance rememoró cómo la sangre se le había acumulado en la coronilla tras tantas horas colgado cabeza abajo.
Y se sintió mareado.
De aquella manera, prácticamente desnudo e indefenso como había estado a merced de sus torturadores, recordaba, pese a haber aceptado que irremediablemente iba a morir, haber temido dos cosas muy puntuales.
La primera había sido su hígado. Le había hecho sudar frío la perspectiva de que le pinchasen el hígado y que el color de su sangre se tiñera prontamente de aquel granate profundo que, mezclado con bilis, se volvía tan negro como el Vacío.
La segunda había sido que le castrasen.
Era ridículo y lo sabía muy bien preocuparse de que, mientras te están desollando vivo y sabes positivamente que no vas a salir de esta, te vayan a privar de una parte de tu cuerpo que no vas a necesitar en la Otra Vida, pero...
Lucien, como hombre que era, le tenía ciertamente bastante cariño a su miembro viril y no había cosa que más enfermo le pusiera que el pensar en que pudieran privarle de él.
Y, con estas divagaciones metidas en la cabeza, se encogió sobre sí mismo y se llevó una mano a la entrepierna casi como si la simple mención de quedarse sin ella le doliera.
El agua de la tinaja se había quedado fría.
Hundiendo la cabeza una última vez para despejarse, el infame Hombre Oscuro emergió de su baño ligeramente destemplado y, estirando un brazo para alcanzar la toalla que se había preparado sobre un taburete que había dejado cerca de la tinaja con agua, se secó con esmero hasta sentirse algo mejor.
Cuando le habían descolgado de aquella pose inhumana cabeza abajo había experimentado, pese a tener la mente medio inconsciente y nublada por el dolor, una sensación similar a que la que había tenido ahora saliendo del agua fría: la sangre había regresado a su sitio, su cuerpo había emergido de la prisión del tormento.
Y luego... un sutil cambio, algo que le había permitido a su maltrecha carcasa dejar de sangrar tan profusamente.
Después había venido la voz.
La voz le había sacado de las hondas piscinas de la irrealidad para darle a beber un mejunje repugnante con el que varias de sus heridas pequeñas habían sido cerradas.
Más adelante había notado escozor y, huyendo de lo desagradable de su experiencia física, se había quedado dormido.
Y lo último había sido la amenaza de unos pinchazos para abrir los ojos y encontrarse con la mujer aquella sujetándole los brazos con su cuerpecillo alfeñique, hablándole con un tono tan amable que casi pensó estar delirando.
A fuego habían quedado grabadas estas memorias en su cabeza, imborrables pese a todo lo demás, al tiempo, a los otros Planos y a las extrañas vivencias acontecidas después.
No había sido fácil sobreponerse a aquella experiencia como tampoco era fácil, a día de hoy, mantener su cordura bien amarrada junto con sus deberes para con la Hermandad al mismo tiempo que, terco como un mulo, iba en pos de los pasos de la persona que más líos y dificultades había traído a su existencia en el último año.
Aferrado a la toalla húmeda que aún daba cobijo a su cuerpo, Lucien rechinó los dientes con no poca frustración.
Applewatch había marcado un cambio tan atroz en la vida del asesino que ahora, invencible y poderoso como se veía a sí mismo tras haber sobrevivido a aquello, como si nada pudiera tocarle, veía seriamente trastornadas ésas ilusiones por cosas tan estúpidas e irrelevantes como honrar a unos muertos que ni siquiera eran suyos, defraudar las expectativas de su antiguo mentor y haberse peleado con una niñata irreverente.
De alguna manera... aquellas tres situaciones le generaban impotencia. En todas ellas había tratado de imponerse alzando la voz, tratando de dominar, de llevar las riendas.
Y en todas y cada una de ellas había perdido el control de la situación, pegándose la hostia de pleno contra la voluntad de tres personas que le tomaban básicamente por el pito del sereno.
Un muerto, un vampiro y una chica. Te ríes en la cara de un Daedra, pisoteas sus hordas de demonios, aniquilas a sus esbirros... y no puedes lidiar con un fiambre, un chupasangres y una adolescente.
Sithis, qué complicado era mantener su mente y su vida laboral y sexual medianamente equilibradas... cuando era Portavoz las cosas no eran tan difíciles, de verdad...
Arrojando la toalla finalmente sobre la cama de la alcoba, Lucien Lachance procedió a vestirse metódicamente, con tranquilidad, haciendo un gran esfuerzo por alejar sus presentes problemas de su cabeza.
Aprovecharía aquel día para tomarse un pequeño respiro. Comería bien y en abundancia, leería, se fumaría alguna que otra pipita de tabaco y andaría básicamente remoloneando por Anvil hasta que se hiciera de noche.
Porque aquella noche tocaba desenterrar restos mortales, una actividad que era de todo menos gratificante, especialmente para el olfato.
Pero ahora no quería pensar en ello. Su improvisado día libre acababa de empezar.
Hacía tanto tiempo que no se tomaba unas vacaciones propiamente dichas...
Con las manos ateridas por el frío y las rodillas entumecidas no ya solo por la falta de movimiento, sino por el rato que llevaba con ellas hincadas en la fría nieve del exterior, Tempest alzó su plegaria más enérgica hacia los cielos en nombre de Zenithar, el penúltimo Divino antes de alcanzar la última Ermita ubicada al Sur de Bravil, la de Stendarr.
Llevaban ya ocho Ermitas oradas y, de momento, ni una maldita señal que les indicase que estaban haciendo las cosas bien. Nada. Los Nueve Divinos parecían tan impersonales y lejanos a la fe de los dos peregrinos, el capitán y la Heroína de Kvatch, como sordos e inconmovibles ante el desgaste físico de ambos.
"¡Trabajas por la gloria de Zenithar!" rezaba, medio borrada a causa de las inclemencias del tiempo que habían azotado la piedra con el paso de los años, la frase que todo orador debía tener presente a la hora de hablarle a Zenithar, Dios del Trabajo y del Comercio.
Tempest no estaba muy segura de si aquella entidad sobrenatural simpatizaría demasiado con su currículum laboral. Proteger al Emperador, cerrar Portones, estudiar magia (bueno... algo así) y defender las causas de los ciudadanos de Cyrodiil eran trabajos dignos de elogio... pero el tema de robar y asesinar eran harina de otro costal.
Con todos los Divinos le ocurría lo mismo: sentía vergüenza de ser quien era.
Vamos, Zenithar... si nos oyes y nos haces caso prometo no volver a robar y me buscaré la manera de "jubilarme" de los asesinatos. De verdad. Palabrita de Tempest.
La verdad es que, ya tras tantas Ermitas encontradas y sin haber sacado aún provecho de aquel agotador recorrido por la provincia de Cyrodiil, las oraciones de Tempest habían comenzado a teñirse de cierto punto de cinismo.
Su compañero a su derecha, arrodillado del mismo modo que ella, no es que fuera mejor creyente.
Hieronymus Lex respetaba a Los Nueve, como todo buen ciudadano del Imperio que se preciase, pero... tras tantos años a la caza del Zorro Gris en pos de desmantelar el Gremio de Ladrones, gastándose dinero de su propio bolsillo en la imprenta que generaba los carteles de "Se Busca" para atrapar tan afamado criminal y soportando el ser básicamente el hazmerreír de prácticamente toda la Legión Imperial, que le tenían por un estirado, obseso y gilipollas... pues como que había descubierto por las malas que el rezar a Los Nueve por un poco de iluminación no servía para absolutamente nada.
Así pues, tras tomar una honda bocanada de aire y soltarla lentamente en algo bastante similar a un suspiro, Tempest terminó sus oraciones poniéndose en pie con evidente dificultad asiéndose del borde del altar de piedra para no caerse y, una vez volvió a sentir la sangre fluyendo con normalidad por sus piernas, pegó un par de saltitos para entrar en calor, se frotó unas cuantas veces los brazos e instó con un movimiento de cabeza a Lex a que ambos se subieran al caballo para buscar la última de aquellas paradas donde sus plegarias parecían estar cayendo en oídos sordos. Todavía les quedaba algo de tiempo hasta que la noche cayera sobre Cyrodiil.
Dándole un último vistazo a las columnas de piedra de la pequeña estructura después de ponerse en pie, Hieronymus Lex meneó la cabeza significativamente y, tras izarse sobre el lomo de su montura, tendió la mano a la chica para ayudarla a subir.
No partieron con demasiadas ganas y aquel desánimo se hizo patente hasta en el galopar del caballo: lento y desgarbado.
Lucien Lachance arrugó la nariz en un profundo gesto de desagrado.
Si ya de por sí el tema de exhumar cadáveres le repugnaba profundamente, el simple hecho de que, desde su buena distancia a dos metros, estuviera casi masticando un penetrante hedor a sobaco procedente del afanado sepulturero no ayudaba lo que se dice mucho a mejorar su sombrío ánimo.
Por Sithis... - pensó irritado al tiempo que se cubría la nariz un tanto delicadamente con el pañuelo que siempre llevaba pulcramente doblado en triángulo dentro de uno de los bolsillos de la túnica – Es... vomitivo...
¿Cómo, en nombre del Vacío, podía existir gente tan sumamente cerda? ¿No se olería a sí mismo aquel tipo o qué?
A lo largo de su vida Lucien había tratado con muchas personas de muy diversas clases y se había encontrado de todo.
La gente de a pie era, por norma general, bastante fea, mal hecha, muchas veces con el gusto en el vestir en el culo. Algunos gesticulaban mucho, otros tenían una risa insoportable, la mayoría se adolecían de unos modales ciertamente muy toscos... pero podía con ello.
También podía tolerar hasta cierto punto la estupidez, la ignorancia, el descaro, la prepotencia... incluso había tenido que hacer frente algunas veces al racismo y a la marginación según en qué colectivos debido a su apellido bretón, símbolo inequívoco del mestizaje del que era fruto.
Bien, podía con todo eso, de acuerdo.
Pero la falta de higiene... oh, por Sithis, aquello sencillamente le superaba. No podía con ello.
Sin ir más lejos: ya podía venirle de frente la mujer más hermosa y más ardiente del mundo, que como no se lavara...
El solo pensarlo le revolvía las tripas.
Y aquella... rata andrajosa, un bretón calvo y con las uñas largas y amarillas como un topo... apestaba a roña, a suciedad, a podredumbre. Y no era solo cosa de su oficio, no.
Aquel individuo era un guarro.
- ¡Ajá! - exclamó el susodicho guarro una vez su pala topó en sólido con algo - ¡Premio!
Aguantándose el asco, Lucien se aproximó unos cuantos pasos y alzó la cabeza, queriendo ver por encima del hombro del otro lo que se le estaba indicando.
El hombre portaba en sus manos una pequeña caja de estas que se usaban para transportar mercancías tiznada de tierra.
- Bien, aquí tiene lo acordado. - dijo el individuo abriendo la tapa del receptáculo y sacando con las manos desnudas el momificado cráneo de la que otrora fuese la bella señora de Montabell.
Lucien tiró para atrás repelido. Se le acababa de subir la cena de golpe al gaznate y se temía que, si no apartaban aquella cosa de su vista, sus tripas se vaciarían a no mucho tardar.
- ¡Por Sithis! - exclamó llevándose de nuevo el pañuelo a la nariz y a la boca - ¡Haga el favor de guardar eso! - bufó – Deme la caja, tape el agujero y usted no me ha visto nunca, ¿entendido?
Encogiéndose de hombros, el tipo volvió a meter la cabeza dentro de la caja y se la entregó a su oscuro cliente.
- Cristalino como el agua, señor. - replicó con una sonrisa llena de dientes picados.
Como el agua con la que TÚ no te lavas. - pensó Lachance repugnado y tomando el recipiente procurando no rozar siquiera los dedos de aquel mugriento.
Lo dejó echando paladas de tierra sobre el hoyo y, con los pies ligeros, el Oyente partió celero fuera del camposanto y de la misma ciudad para recoger el cadáver del traidor y llamar a Shadowmere desde el Vacío.
No se molestaría en alquilar de nuevo la misma habitación para pasar la noche. Se pondría en camino hacia Chorrol lo antes posible y después descansaría muy merecidamente.
Quería acabar con aquello ya de una buena vez. Cuanto antes, mejor.
- Sabía que Bravil había sido asediada... pero no tenía ni idea de que la ciudad hubiera acabado en las mismas condiciones que Kvatch. - comentó Lex brevemente, más para romper el hielo que otra cosa, una vez sus pasos hubieron dejado atrás el improvisado campamento que ahora eran los remanentes de una ciudad que hacía mucho tiempo que había perdido su lustre y su orgullo.
Medio dormida no ya solo por el cansancio, sino porque eran nada menos que las dos de la madrugada ya pasadas, Tempest asintió bostezando.
- No sé adónde habrán ido a parar el conde Regulus Terentius y su hijo. – comentó la chica de pasada – Cuando el asedio terminó no les vimos el pelo. Probablemente huirían a Leyawiin a pedir asilo a los condes Caro. No veo yo a dos nobles, pese a que el padre sea un borracho y el hijo un drogadicto, quedándose en un campamento provisional mientras se reconstruye la ciudad cuando pueden gozar perfectamente de las comodidades de un castillo en la ciudad vecina.
Lex se tensó un momento bajo su agarre.
- ¿Me estás diciendo que estuviste presente también en el asedio a Bravil, Tempest? - preguntó.
Ella asintió bostezando de nuevo.
- El jefe y yo salimos del Portal Dimensional que se había abierto en la Bahía del Niben y, cuando alcanzamos la orilla en bote, la ciudad estaba ardiendo y con un Portón al Oblivion abierto delante de sus mismísimas murallas.
El hombre dio entonces un largo suspiro de resignación.
- ¿Queda acaso algún peligro mortal en Cyrodiil al que no te hayas enfrentado, Tempest?
La chica rió suavemente.
- Todavía no me he medido con Mannimarco. – admitió despreocupadamente, casi como si el asunto le hiciera gracia y todo – No sé si has oído los rumores que circulan en torno al Gremio de Magos, pero el ataque a la sede de Bruma no fue precisamente obra de unos cuantos pirómanos desorganizados.
El capitán calló un instante, pensativo.
- Has mencionado a tu jefe. - observó a cabo de unos minutos de silencio - ¿Quién es?, ¿tu Gran Maestro de los Cuchillas? No sabía que alguien de tal importancia pudiera ir con una subordinada a cerrar Portones descuidando la salvaguarda del Heredero.
Tempest tragó saliva. Maldita fuera su manía de hablar del jefe como si todo el mundo tuviera que conocerle.
- E-es... bueno, no es de los Cuchillas. - contestó atropelladamente – Me paga por... por otras cosas.
Y ahí Hieronymus Lex giró la cabeza hacia atrás para encararla con los ojos entornados, suspicaz.
- ¿Un civil que se mete en los Portones del Oblivion? - inquirió.
- Sí, es... cómo te diría... un buen guardaespaldas. - expuso Tempest, rogando por que con aquella explicación bastase.
Sus esperanzas resultaron demasiado ingenuas al parecer.
- ¿Para qué decías que te pagaba? - inquirió de nuevo el capitán, receloso.
Dioses, todos con la misma preguntita...
- ¿Qué es esto?, ¿un maldito interrogatorio, Lex? - bufó molesta – Ya te he dado demasiados detalles de las misiones secretas que realizo para los Cuchillas y se acabó. No más preguntas sobre lo que hago o dejo de hacer. - zanjó con un tono que no admitía réplica alguna - Y hale, mira para el frente, que el caballo no se guía solo.
Y a tomar por culo, hombre.
Irritados, la una por las preguntas del otro y el otro por la clase de respuestas obtenidas de la una, permanecieron de nuevo en silencio bajo el cielo nocturno, buscando con la vista la última de las Ermitas de ruta. Según el mapa deberían tenerla justo delante de las narices...
- ¿No es aquello de allí? - señaló Lex con el dedo al cabo de un buen rato en el cual Tempest se había quedado dormida asida a su espalda y a él comenzaban a pesarle los párpados.
Desperezándose momentáneamente y tratando de enfocar la vista cuando abrió los ojos, la pequeña Hija de la Tempestad pestañeó varias veces antes de bostezar sonoramente y aspirar por la nariz.
- Hum... – murmuró con voz adormilada – Está un poco... estropeado.
Y era verdad.
Si ya habían visto las anteriores Ermitas de ruta sucias, llenas de musgo y nieve, las columnas medio derruidas y la piedra del altar desgastada a más no poder... la de Stendarr se llevaba la palma en lo concerniente a su penosísimo estado de conservación.
Descendiendo del caballo y teniendo por fuerza que dejarlo atado a un árbol cercano ante la ausencia de columnas en la pequeña estructura, al acercarse ambos imperiales quedaron desolados al comprobar los remanentes de un Portón que había sido recientemente cerrado prácticamente encima de la Ermita.
Todavía asomaban de la tierra helada aquellos picos volcánicos, rojizos y negros, que tanto caracterizaban a la formación de aquellos Portales Dimensionales al Infierno.
Apartando las cenizas y pateando alguna que otra roca producto del magma solidificado, entre la chiquilla y el capitán lograron dejar en condiciones más o menos presentables el medio destruido altar de piedra.
"¡Bendiciones de Stendarr!" rezaba la piedra esta vez cuando Tempest buscó con la vista en mitad de la noche, farolillo en mano, el consabido mensaje tallado en la roca.
Cansados, prácticamente se dejaron caer de rodillas a los pies del altar cuando, juntando ambos sus manos para ponerse a orar, iniciaron de nuevo su coloquio interior.
Tempest se quedó dormida a mitad de sus rezos y permaneció completamente ajena del mundo, sobando como una bendita de rodillas con el cuerpo apoyado contra el altar y la barbilla reposando sobre sus nudillos, hasta que el graznido de un cuervo que se había posado sobre la piedra, justo en frente de ella, la despertó sobresaltándola.
- Pajarraco maleducado... - refunfuñó la chica espantando al ave de un manotazo y frotándose los ojos, preguntándose vagamente cuánto tiempo llevaría durmiendo, hasta que, al girarse para observar a su compañero, se lo encontró tirado en la nieve boca arriba y con los ojos abiertos con la mirada fija - ¡Lex!
Gateando hasta él a toda prisa, pudo apreciar que debía llevar su buen rato así ya que comenzaba a presentar vagos síntomas de hipotermia. La piel del rostro se le había puesto tan pálida que casi presentaba una sombra azulada.
Tempest primero le sacudió de los hombros y, al ver que el tipo no reaccionaba y las pupilas, negras como carbones y dilatadas hasta el punto de que no podía verle apenas el iris, no producían ningún tipo de reacción a la luz del farolillo, la joven Heroína de Kvatch comenzó a sudar frío.
Izó su cabeza de la nieve, le tomó el pulso y, levemente aliviada de encontrarlo, le palmeó la cara por ver si eso le hacía reaccionar.
Pero nada.
- Joder, Lex... joder, joder, joder... No me hagas esto. Espabila, por Akatosh, espabila... - farfulló con un deje histérico zarandeando esta vez violentamente al capitán inconsciente - ¡LEX!
Nota de la autora: ya iba siendo hora de actualizar, ¿eh? Lamento la demora, pero entre un examen que tenía que hacer y entre que he tenido un bloqueo bastante tocho de ideas no había manera de sacarme más de diez líneas al día, y ha salido largo de narices jajajajaja
Perdón si es muy largo pese a que es un capítulo de enlace, ya os digo que he estado bloqueada e iba escribiendo por ráfagas. He tenido que revisarlo entero para ver si todo cuadraba y puede que haya escrito más de lo necesario D:
Vale, una cosa: en el inicio, cuando el tema del asesinato de la madre de Mathieu Bellamont, me he basado en su mayor parte de un trozo de otro fanfic que se llama "Fear not the Night" por Nightlain. Me parecía tan bueno aquel fragmento que, pese a que lo he adaptado a mis necesidades, he usado su contexto en mi fic. Veréis que tomo a veces partes de otros fics de Oblivion que tienen pequeñas perlitas que cuadran muy bien con mi historia, así que los traduzco, los "pulo" un poco y los adapto. No creo que éso sea algo malo, ¿no?
Tule91: (snif, snif, gracias por ser un seguidor tan leal, es de agradecer un montón T_T) Pues Lex y Lucien no tardarán mucho en conocerse y, la verdad, no creo que vayan a caerse demasiado bien :D Al perro demoníaco tengo intención de volver a sacarlo de paseo, descuida, que en el Santuario no se queda :)
Vale, gentecilla, ya os digo que esto no se va a extender tanto como Shivering Isles (de hecho mi betatester me sugirió convertir esto en otro fic para que "Hija de la Tempestad" no fuera tan largo, pero deseché la idea. Ya es bastante largo, cuatro o cinco capítulos más no pueden hacer mucho daño). Cuando acabe KoTN retomaré la Main Quest y de ahí iremos descendiendo en picado hasta el final de este fic. Un saludo a todos y felices vacaciones.
