"Embarazado... "

"Embarazado... "

"Shuichi está embarazado…"

Aquellas palabras resonaban en su cabeza como un mantra. ¿Embarazado? ¿Shuichi embarazado? ¿Cómo era posible? Cuando K le había dado aquellos libros para que los leyera, había entendido por completo el proceso fisiológico del embarazo, proceso al que nunca le había mostrado el más mínimo interés pero, que supiera, a Shuichi... Le faltaba todo lo necesario para ello, después de todo, Shuichi era un varón.

¿Acaso esto sería una broma?

Se quedó sin palabras. No sabía que pensar. No sabía que decir. ¿Cómo saberlo? Cuando toda su vida había sido el perfecto kaizoku, una carcasa sin sentimientos gracias a Tohma. ¿Cómo saber cuál debería ser su reacción ante ello? No conocía bien los sentimientos humanos. La teoría era fácil de entender, pero ¿cómo asociar el nombre de un sentimiento a lo que estaba sintiendo en esos momentos? ¿Cómo identificar lo que en esos mismos instantes aquejaba a su cuerpo y a su mente?

—Eso... Eso es imposible K... Los hombres no —empezó Eiri, volteando a ver al rubio.

—Shuichi es especial —Lo interrumpió el de ojos azules—. Shuichi es miembro de una familia que por generaciones han tenido este... Don.

Eiri regresó su vista a Shuichi y entonces su mirada viajó al vientre del joven que seguía cubierto por la sábana. Fue sencillo alargar la mano un poco y deslizar la tela hacia abajo hasta donde comenzaba la pequeña ropa interior. Ahí estaba. Una pequeña curva que se elevaba de la zona abdominal. Al menos cinco centímetros de elevación. La piel de la zona se había distendido para abarcar lo que fuera que estuviera creciendo dentro de él.

Lo observó con consternación. Casi con miedo.

»Él está embarazado de tu hijo Eiri, y ahora necesita tu ayuda.

Embarazado. Seguía sin poder procesar todas esas palabras en la misma oración. ¿Embarazado? ¿Pero cómo? Era algo en extremo extraño de oír. Después de todo, entre los kaizokus, Tohma se encargaba de "crear" a los hijos y eran prácticamente criados por personas ajenas a los padres, brindándoles una educación excepcional para integrarse a la sociedad kaizoku. El contacto sexual entre los kaizokus era casi considerado ilegal.

¿Cómo saber qué hacer o cómo reaccionar ante el hecho de saber que en ese lugar, en el vientre de Shuichi, se estaba gestando su hijo? Su hijo.

Crawd podía ver la lucha interna del kaizoku. Ni siquiera podía imaginarse lo que estaría pasando por la cabeza de su amigo. En un par de minutos se había reencontrado con el esclavo que lo había tenido como zombi por semanas y además iba a tener un hijo gestado por dicho esclavo.

Ya sabía que Tohma le había dicho en contadas ocasiones que era momento de buscar una esposa influyente para que la familia Uesugi tuviera un heredero digno de su estirpe pero en todas las ocasiones, Eiri se había negado sin decir más. Sabía que tenía que darle tiempo para que pudiera procesar la noticia, pero eso era lo que menos tenían en esos momentos.

»¿Qué le sucede a Shuichi, Keitaro?

El doctor salió de su ensimismamiento de ver a un kaizoku tan vulnerable y volteó a ver a quien le había hecho la pregunta.

—Winchester-san, Shuichi está grave. A pesar de los exámenes que le he hecho, no logro encontrar la causa de una anemia que ha tenido desde el inicio del embarazo. Los niveles de nutrientes en su sangre son demasiado bajos. El bebé parece estar absorbiendo todo lo que Shuichi consume. He intentado darle cocteles de vitaminas y minerales concentrados pero no parece ser suficiente. Si esto sigue así, él no...

Las palabras del doctor quedaron inconclusas pero el mensaje era claro.

—¿Puede perder el producto?

Esas palabras tan frías hicieron que Crawd, Keitaro y hasta Tatsuha voltearan a ver a Eiri que tenía su mano sobre el vientre de Shuichi. ¿Era eso acaso algún tipo de preocupación?

Eiri había escuchado claramente la explicación del doctor. La vida de Shuichi peligraba por culpa de ese... Eso... Ni siquiera era capaz de otorgarle un nombre.

«He de decir que usted no me es indiferente... después de meses de estar en su cama, era imposible que no pasara... Si las circunstancias hubieran sido diferentes...»

Si las circunstancias hubieran sido diferentes había dicho Shuichi antes de irse con el anillo de Kumiko. Ya sabía de su embarazo cuando se había ido. Y no le era indiferente. Si ese... Feto no existiera... Todo seguiría igual pero... Ahora que sabía de su existencia, ¿sería capaz de hacerlo desaparecer para salvar la vida del esclavo?

—El bebé está absorbiendo todos sus nutrientes —explicó el doctor—. Si esto llega a un nivel crítico habrá que interrumpir el embarazo o Shuichi podría morir. El aborto sería la última opción pues Shuichi estaba muy ilusionado...

Las palabras de Keitaro iban cargadas de un aura de tristeza. En el poco tiempo que había vivido con el esclavo, había aprendido a quererlo como a un amigo, y su situación iba más allá de sus conocimientos médicos... Ya no sabía qué más hacer.

»No conozco la manera en que los kaizokus son procreados, si tuviera la oportunidad de...

—Iré a NG —Lo interrumpió Eiri, sorprendiendo con sus palabras a los otros dos kaizokus en la habitación.

¿Ir a NG? ¿Ir a la fuente de todo este problema? ¿Decirle a Tohma? ¿Es que Eiri se había vuelto loco?

—¿Estás seguro de esto Eiri? —preguntó Crawd, aún consternado. No lograba entender.

Eiri no estaba seguro de nada, pero si lo que decían esos libros era cierto, si Shuichi perdía a ese bebé, podría sumirse en una profunda depresión según ciertos testimonios incluidos en los textos y esa depresión podría culminar en un intento de suicido. Y no quería eso. Aún no estaba seguro de lo que sentía. Le impresionaba la manera en que Tatsuha había afirmado estar "enamorado" del esclavo que le regaló, pero él no podía afirmar lo mismo después de todo, ¿qué era el amor? ¿Cómo definirlo? ¿Cuáles eran las características propias de dicho sentimiento tan subjetivo?

—Vámonos K. Tatsuha, tú te quedas aquí, me comunicaré contigo más tarde.

Sin darle oportunidad de contestar, Eiri salió por la puerta principal siendo seguido de cerca por Crawd que aún no salía de su asombro por la tan precipitada decisión. Aún a pesar de tener años de conocerlo, a veces le era imposible entender del todo su comportamiento.

Keitaro los observó salir de su casa rápidamente. Otra oportunidad para comentarles sobre el kaizoku que dormía en la habitación contigua se le había escapado.


Antes de salir, ambos activaron sus collares de mimetismo para no ser reconocidos y entraron al auto. Esta vez, Eiri tomó el volante.

—¿Qué piensas de todo esto Eiri?

Crawd rompió el tétrico silencio que se había instaurado en el vehículo tras unos minutos de recorrido. El rubio se veía reacio a contestar, pero pareció buscar una respuesta.

—No lo sé K... No sé qué pensar... No sé qué decir... No sé cómo se supone que debo sentirme con esta noticia

Era natural. Crawd sabía que Eiri era, probablemente, el kaizoku con menor noción de los sentimientos humanos que podría haber después de Tohma. Era obvio que no supiera cómo reaccionar ante el hecho de saber que el esclavo por el cual tenía "sentimientos desconocidos", estuviera gestando un hijo. Su hijo.

Un ser tan aparentemente frío y calculador como él, vería todas las opciones y posibles consecuencias del asunto antes de tomar una decisión.

Keitaro los observó salir de su casa rápidamente. Otra oportunidad para comentarles sobre el kaizoku que dormía en la habitación contigua se le había escapado.


Cuando Takako abrió los ojos, deseó no haberlo hecho. Hubiera sido mejor quedarse dormido para siempre. Dormir y no despertar. No se sentía capaz de moverse pues su cuerpo parecía no querer responder. Los recuerdos de la noche anterior acudían como flashes a su mente. Había sido prácticamente violado por dos esclavos que no conocía para finalmente sufrir la cogida de su vida por parte de ese kaizoku que aparentemente disfrutaba más con la vista que con el acto en sí.

Le dolía hasta el más pequeño rincón de su cuerpo y sabía que esto no terminaba ahí. Eran tres días. Tres malditos días los que tendría que soportar al lado de ese odioso kaizokus que le daba asco cada vez que le ponía las manos encima.

Con esfuerzo logró girarse en la cama hasta quedar de espaldas a la puerta de la habitación donde lo habían dejado. Tendría que levantarse si quería comer algo en el comedor de esclavos pero no se sentía con suficientes fuerzas. Mejor quedarse ahí. Con suerte podría dormir un poco más antes de que su suplicio comenzara de nuevo. Con mucha más suerte moriría antes del atardecer.


—Kaoru, lleva este platillo a la segunda habitación del ala de esclavos de lado izquierdo. La que está enseguida de la tuya.

—Claro Minho. ¿Quién está ahí? —preguntó Kaoru tomando la bandeja con comida y un botiquín de primero auxilios que el mayordomo le pasó.

—El amo pidió prestado un esclavo ayer y parece que lo "usó" de más. Ya le dieron un poco de morfina en la madrugada, pero ya debe de haber pasado el efecto y necesita estas cremas para borrar sus hematomas. ¿Puedes encargarte de esto? Tengo muchas cosas que hacer.

—Claro pero... ¿Por qué yo? ¿No debería ser un sirviente? —preguntó Kaoru. Estaba más que gustoso de ayudar, pero aún así tenía la curiosidad.

—Lo sé, pero andamos un poco cortos de personal y el amo no ha contratado nuevos sirvientes... Parece sólo recordar que le faltan esclavos nuevos.

Kaoru sonrió. Sí, definitivamente su amo sólo recordaba traer nuevos esclavos con regularidad.

—No te preocupes por ellos Minho, me encargaré de este esclavo. ¿Sabes su nombre?

—Por desgracia no. Llegó ayer en la noche y fue a parar directamente a la habitación del amo —Kaoru suspiró.

Era algo típico en general. Su amo era adicto a la carne fresca. Daba gracias al cielo que estaba en su último año de esclavitud pues acababa de cumplir los diecinueve hacía unas semanas. Sabía que su amo lo conservaba más por su experiencia que por su cuerpo. Su amo tenía un alma voyerista nata y disfrutaba más viendo que tocando y él estaba muy bien proporcionado para otorgarle buen placer visual.

Suspiró.

¿Quién sería el esclavo que había tenido la "dicha" de ser prestado a su amo? Se preguntaba si el actual dueño lo aceptaría "roto" de regreso porque de seguro sería la única forma en que regresaría.

Recorrió un camino ya conocido hasta su habitación, llegando hasta la siguiente puerta que era la que ocupaba el esclavo en cuestión. Tocó un par de veces sin recibir respuestas y decidió entrar, oprimiendo un botón en el panel de control a un lado del cerrojo de la misma.

Ahí lo vio.

El esclavo estaba dándole la espalda y cubierto por las sábanas de la cama. El bulto que formaba, subía y bajaba en un ritmo constante junto con el sonido de las respiraciones acompasadas. Probablemente seguía dormido.

Se acercó hasta la cama y dejó la bandeja que traía en la mesita de noche.

—Hey... despierta. Te traigo comida.

Le dio la vuelta a la cama para quedar frente a él y poder observarlo, pero el esclavo estaba tapado hasta la coronilla. Se acercó y retiró las sábanas, encontrándose con una melena castaña toda revuelta. El esclavo estaba boca abajo y dejaba ver una espalda esculpida, pero desafortunadamente adornada por moretones y rasguños.

Suspiró.

No le extrañaba. Ahora le tocaría a él aplicarle un ungüento para el dolor si no podía aplicárselo solo.

»Hey... Hora de levantarse —insistió.

Posó su mano sobre el hombro que le quedaba cerca y lo que recibió fue un gemido de dolor, lo que hizo que retirara la mano en el acto.

El esclavo se removió un poco levantó el rostro, mostrando unos brillantes ojos almendrados que le quitaron al moreno la respiración. Ahí, frente a él, estaba el esclavo que le había causado una fuerte impresión unos días atrás. Al parecer, su amo al fin había conseguido que el kaizoku Tatsuha Uesugi se lo prestara.

»Vaya, vaya, pero a quién tenemos aquí.

Aquel timbre de voz no pasó desapercibido para Takako. Lo conocía, estaba seguro de que lo conocía. Su mirada se enfocó en el esclavo que estaba frente a él. Gruesas piernas torneadas, abdomen esculpido y bien marcado, pasando a unos pectorales definidos, todo esto cubierto por una tostada piel. Su examen visual terminó en su rostro, en esos ojos tan oscuros como la misma noche.

Entonces lo reconoció. Aquel esclavo que le había robado un beso... Aquel que lo había envuelto entre sus brazos. Quería gritarle mil cosas. Gritarle por el beso robado, por haberse atrevido a abrazarlo, pero no tenía fuerzas.

—Déjame sólo —gruñó sin fuerzas. Con suerte quizás se iría y podría hacer esfuerzos para sentarse y comer un poco... Aunque quizás solo se quedara en "hacer el esfuerzo".

Entonces sintió un pinchazo de dolor en uno de sus brazos y al voltear a ver, se encontró con que el esclavo le había inyectado algo. La furia lo invadió.

»¿¡Qué estás haciendo¡? —gritó cuando la aguja se alejó de su piel y se incorporó, dándose cuenta al instante que la mayor parte del dolor en su cuerpo había desaparecido. Volteó a ver al moreno que sólo le dirigió una sonrisa de autosuficiencia, mostrándole la inyección.

—El coctel de morfina hace maravillas en segundos —Dejó el aplicador a un lado y tomó la bandeja con su desayuno—, ahora a desayunar.

—No necesito de tu compasión —dijo, volteando la cara ante el tenedor con fruta que se acercaba a su rostro.

Kaoru suspiró. No cabía duda que ese esclavo tenía los humos demasiado altos y era lo que menos necesitaba en un momento como ese, en su situación actual.

—No es compasión...

—Ah, entonces es buena fe —farfulló interrumpiéndolo—. Si lo que quieres es coger, espera tu turno, tu amo me dijo que faltaban varios esclavos más.

Takako iba a continuar hablando cuando unos labios volvieron a posarse sobre los suyos robándole el aliento. No podía hablar, no podía pensar, sólo podía disfrutar de aquellos labios que le estaban dando el beso de su vida.

Cuando el beso terminó, Kaoru disfrutó de la maravillosa vista que eran esos ojos almendrados brillantes y las mejillas arreboladas junto con la boca abierta que parecía querer más.

Sonrió y posó una de sus manos bajo la barbilla del esclavo, levantando su rostro, encarando al suyo.

Takako estaba confundido. De todas las veces en que había tenido sexo de las mil y un maneras que conocía, su corazón nunca había latido tan aceleradamente. ¿Qué le estaba pasando con ese esclavo? Kaoru, si mal no recordaba. Podría ser que...

—No me dejaste decírtelo la primera vez que nos vimos pero... Me atraes...


En pocos minutos se encontraron frente a las puertas del magnífico edificio de NG. Una edificación de cuarenta y cinco pisos y un pent-house que constituía la "casa" del rey kaizoku. Con sus relucientes azulejos que reflejaban la gran ciudad.

Cuando habían entrado al sector kaizoku, desactivaron sus collares de mimetismo y los guardaron. Su disfraz no sería necesario.

Bajaron del vehículo y Eiri le dio las llaves a un sirviente para que lo fuera a guardar. Crawd lo seguían de cerca. Pronto se encontraron en recepción, donde una esclava atendía llamadas entrantes de varios comunicadores que tenía cerca de ella.

—¿Se encuentra Tohma? —fue la pregunta directa del de ojos mieles al llegar a escritorio.

La esclava dejó colgó el auricular o volteó a ver a su interlocutor, sorprendiéndose al ver al kaizoku favorito de su jefe. Eiri Uesugi.

—Sí se encuentra, pero se encuentra un poco ocupado en estos momentos y es posible que no...

Ni siquiera pudo terminar de hablar cuando Eiri ya había empezado a caminar hacia los ascensores y Crawd tuvo que apresurar su andar para no quedarse atrás. Presionando el botón número cuarenta y cinco, el ascensor se puso en movimiento. El silencio invadió el pequeño espacio hasta que Crawd decidió interrumpirlo.

—¿Qué vas a hacer Eiri?

Crawd aún no entendía qué iban a hacer. No creía que Eiri fuera a decirle a Tohma el estado de Shuichi, sería arriesgarse a que se lo quitaran y convertirlo en sujeto de experimentos, y sobre todo, perder a su hijo. Esa no era la idea, pero, ¿por qué otra razón querría Eiri hablar con Tohma?

A pesar de haber hecho la pregunta, el rubio no contestó. Eiri estaba cavilando todas las posibles consecuencias y repercusiones de lo que estaba por hacer. Tendría que ser muy inteligente para convencer a Tohma de su plan sin involucrar ni revelar ni un detalle de la situación actual.

Sería difícil.

Una alegre campanilla les indicó que habían llegado al piso escogido y en cuanto las puertas se abrieron, ambos kaizokus salieron enfilándose por un pasillo hasta un par de puertas.

Sin siquiera tocar, Eiri entró, sabiendo que su visita sería bien recibida y no se equivocó. El venerable rey kaizoku, Tohma Seguchi, lo esperaba con la más radiante de las sonrisas al verlo ahí después de que le gritara hacía unos días.

Tohma sonrió ante la presencia de Eiri en su oficina de forma tan inesperada. Lo veía más repuesto y con su acostumbrada mirada arrogante y superior de siempre. Lo que sí lo desubicó fue ver a Crawd Winchester con él.

—¿En qué te puedo ayudar Eiri? —preguntó con una sonrisa.

—Tohma... Quiero tener un hijo.