50
Joshua yacía en una estrecha mesa de metal, su cuerpo eternamente inmóvil. Parecía pacíficamente dormido, su hermoso rostro joven inundado de un secreto y lejano sueño. Bella había visto esa expresión cientos de veces mientras Joshua dormía en su cama caliente y ella se sentaba en el costado para contemplarle la cara, llena de un amor que le parecía tan grande que la impresionaba. ¿Y cuántas veces había arreglado cariñosamente sus frazadas para protegerlo del frío de la noche?
Ahora el frío estaba dentro del cuerpo de Joshua. No volvería a estar caliente nunca más. Esos ojos brillantes no se volverían a abrir para mirarla, nunca más vería la sonrisa de sus labios, ni oiría su voz, ni sentiría sus pequeños y fuertes brazos alrededor de ella. Estaba desnudo debajo de la sábana.
Bella dijo al doctor:
—Quiero que lo tapen con una frazada, puede tener frío.
—No puede… —y el doctor Morris miró a Bella a los ojos y lo que vio en ellos le hizo decir—: Sí, por supuesto, señora Swan—y se volvió a la enfermera y le ordenó— consiga una frazada.
Había unas cuantas personas en la habitación, la mayoría con guardapolvos blancos, y todos parecían estar hablándole, pero Bella no los podía oír. Era como si estuviese dentro de una campana que resonara, separándola del resto de ellos. Podía ver que movían los labios, pero no había sonido. Quería gritarles que se fueran, pero temía asustar a Joshua. Alguien la tomó por un brazo y la campana se rompió y el cuarto se llenó súbitamente de sonidos, todos parecieron estar hablando al mismo tiempo.
El doctor Morris estaba diciendo:
…necesario practicar la autopsia.
Bella dijo tranquilamente:
—Si usted toca a mi hijo de nuevo lo mataré.
Y sonrió a todos los que estaban allí porque no quería que trataran mal a Joshua.
Una enfermera trató de convencerla de que abandonara la habitación, pero ella sacudió la cabeza.
—No puedo dejarlo solo. Alguien puede apagar las luces. Joshua tiene miedo a la oscuridad.
Alguien le pellizcó el brazo y Bella sintió el pinchazo de una aguja y un momento después sintió una gran calma y paz y se quedó dormida.
Cuando Bella despertó, era casi de noche. Estaba en una pequeña habitación del hospital y alguien la había desvestido y puesto una camisa del hospital. Se levantó, se vistió y salió a buscar al doctor Morris. Estaba sobrenaturalmente calma.
—Nosotros haremos todos los arreglos del funeral por usted, señora Swan—dijo el doctor Morris—. Usted no tendrá que…
—Yo me encargaré de todo.
—Muy bien —dudó incómodo—. Sobre la autopsia, yo sé que usted no quiso decir lo que dijo esta mañana, yo…
—Está usted equivocado.
Durante los dos días siguientes, Bella pasó por todos los rituales de la muerte.
Fue a la funeraria local e hizo los arreglos del funeral. Eligió un cajón blanco con forro de satén. Era dueña de sí misma y con los ojos sin lágrimas y más tarde cuando trató de pensar en ello no tenía ninguna vivencia de lo que ocurrió. Era cómo si otra persona se hubiera adueñado de su cuerpo y su mente, y hubiera actuado por ella.
Estaba en un estado de profundo shock, escondida detrás de una protectora caparazón para evitar volverse loca.
Cuando Bella abandonaba la oficina de la funeraria, el encargado le dijo:
—Si hay alguna ropa especial con la que quiere que su hijo sea enterrado, señora Swan nos la puede traer y nosotros lo vestiremos.
—Yo vestiré a Joshua.
La miró sorprendido.
—Si usted quiere… por supuesto pero… —la miró irse, pensando si ella sabría lo que era vestir a un cadáver.
Bella condujo hasta su casa, dejó el auto, en la entrada y abrió la puerta.
La señora Mackey estaba en la cocina con los ojos enrojecidos con la cara marcada por el dolor.
—¡Oh señora Swan! No puedo creerlo…
Bella ni la vio ni la oyó. Siguió de largo y subió, dirigiéndose al cuarto de Joshua. Estaba como siempre. Nada había cambiado, con excepción de que estaba vacío. Los libros de Joshua, sus juegos, su equipo de béisbol y los esquíes, todo estaba allí esperándolo. Bella se quedó en la puerta, tratando de recordar para qué había ido. Ah, sí. La ropa para Joshua Se dirigió al placard. Había un traje azul oscuro que ella le regaló para su último cumpleaños. Joshua lo llevaba puesto el día que fueron a comer a Lutèce. Recordaba vivamente ese episodio. Joshua parecía tan grande y Bella había pensado con dolor: Un día estará sentado aquí con la chica con la que se va a casar Ese día no llegaría nunca. Nunca crecería. No habría una chica. Ni una vida.
Al lado del traje azul había varios pares de jeans, y chaquetas y remeras, una con el nombre del equipo de béisbol. Bella se detuvo pasando sus manos por la ropa, como a la deriva, perdiendo toda noción del tiempo.
La señora Mackey apareció a su lado.
—¿Está usted bien, señora Swan?
Bella contestó con amabilidad.
—Estoy muy bien, muchas gracias señora Mackey.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—No, muchas gracias. Voy a vestir a Joshua. ¿Qué le parece que le gustaría que le pusiera? —Su voz era brillante y alegre, pero sus ojos estaban sin vida.
La señora Mackey la miró y tuvo miedo.
—¿Por qué no se acuesta un poco querida? Voy a llamar al doctor.
Las manos de Bella seguían moviéndose entre la ropa. Sacó el uniforme de béisbol de la percha.
—Creo que a Joshua le va a gustar esto. Vamos a ver: ¿Qué otra cosa necesito?
La señora Mackey observó desconsolada como Bella sacaba ropa interior, medias y zapatos. Joshua necesita todas estas cosas porque se va de vacaciones.
Unas largas vacaciones
—¿Le parece que tendrá suficiente abrigo?
La señora Mackey rompió en sollozos.
—Por favor, no haga eso —suplicó—. Deje esas cosas. Yo me ocuparé.
Pero Bella ya había bajado con la ropa.
El cuerpo estaba en la sala de la funeraria. Habían colocado el cuerpo de Joshua en una gran tabla que achicaba más la pequeña figura.
Cuando Bella volvió con la ropa de Joshua, el encargado de la funeraria intentó convencerla una vez más.
—Hablé con el doctor Morris. Los dos estuvimos de acuerdo en que esto va a ser demasiado para usted, señora Swan. Si nos deja nosotros nos encargaremos, estamos acostumbrados…
Bella le sonrió.
—Fuera de aquí.
El hombre tragó saliva y contestó:
—Sí, señora Swan.
Bella esperó que el hombre se retirara y después se volvió hacia su hijo.
Miró su cara dormida y dijo:
—Tu madre te va a cuidar, querido. Te voy a poner tu uniforme de béisbol. ¿Te gusta verdad?
Sacó la sábana y miró el cuerpo desnudo y encogido, y empezó a vestirlo. Empezó a ponerle los calzoncillos y se asustó de lo fría que estaba su piel. Era tan dura como el mármol. Bella trató de convencerse de que ese pedazo de fría carne sin vida, no era su hijo, pero no podía creer eso. Era Joshua el que estaba sobre la mesa. El cuerpo de Bella empezó a temblar. Era como si tuviera el frío adentro de ella. Joshua estaba dentro de ella helándola hasta los tuétanos. Se dijo enfurecida a sí misma:
¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!
Tomó aire profundamente a grandes bocanadas, y cuando estuvo finalmente en calma, siguió vistiendo a su hijo hablándole todo el tiempo. Le puso los calzoncillos, los pantalones y cuando lo levantaba para ponerle la remera, su cabeza se deslizó y golpeó contra la mesa, y Bella lloró:
—¡Perdóname Joshua! ¡Lo siento tanto! —y empezó a sollozar.
Vestir a Joshua le llevó casi tres horas. Le puso su uniforme de béisbol y su remera preferida, medias blancas y sneakers. La gorra de béisbol ensombrecía la cara así que Bella se la colocó sobre el pecho.
—Puedes llevarla contigo, querido.
Cuando el encargado de la funeraria entró al cuarto, Bella estaba parada al lado del cuerpo vestido, apretando la mano de Joshua y hablándole.
El hombre se le aproximó y le dijo amablemente:
—Ahora nos vamos a encargar nosotros de él.
Bella dirigió una última mirada a su hijo.
—Por favor sean cuidadosos con él. Se lastimó la cabeza, ¿sabe?
El funeral fue sencillo. Bella y la señora Mackey eran las únicas que estuvieron para ver como el pequeño cajón blanco era colocado en la fosa. Bella pensó en avisarle a Jasper Witlock porque Jas y Joshua se querían mucho, pero Jas ya no pertenecía a sus vidas.
Cuando tiraron la primera palada de tierra sobre el cajón, la señora Mackey dijo:
—Vamos, querida, venga que la voy a llevar a casa.
—Estoy bien —contestó amablemente Bella —. Joshua y yo no la vamos a necesitar más, señora Mackey. Le pagaré un año de sueldo y le daré las referencias. Joshua y yo le agradecemos mucho por todo lo que hizo.
La señora Mackey se quedó mirando como Bella se daba vuelta y se iba.
Caminaba con cuidado, se mantenía muy erguida, como si fuera por un eterno pasillo en el que hubiera lugar para una sola persona.
La casa estaba silenciosa y en paz. Subió al dormitorio de Joshua, cerró la puerta detrás de ella y se tiró en la cama, mirando todas las cosas que eran de él, que había amado. Todo su mundo estaba en ese cuarto. Ahora ella no tenía nada que hacer, ni ningún lugar a donde ir. Sólo estaba Joshua. Bella empezó a recordar el día que nació y revivió todos los recuerdos.
Joshua dando los primeros pasos… Joshua diciendo tútú y mami ve a jugar con tus juguetes… Joshua saliendo del colegio solo por primera vez, una figura delgada y valiente… Joshua postrado en cama con sarampión, su cuerpo atormentado por el dolor… Joshua bateando y ganando el partido para su equipo… Joshua navegando… Joshua dándole de comer a un elefante en el zoológico… Joshua cantando Shine On, Harvest Moon en el día de la Madre… Los recuerdos fluían a su mente, como una película familiar. Se detenían en el día en que Bella y Joshua fueron a Acapulco.
Acapulco… donde ella y Edward hicieron el amor. La habían castigado por haber pensado sólo en sí misma. Por supuesto, pensó Bella, éste es mi castigo. Mi infierno.
Y empezaba todo de nuevo con el día del nacimiento de Joshua… Joshua dando sus primeros pasos… Joshua diciendo tútú y mami ve a jugar con tus juguetes…
El tiempo pasaba. Algunas veces Bella oía sonar el teléfono en algún lugar distante de la casa y una vez oyó que alguien golpeaba en la puerta de entrada, pero esos sonidos no tenían ningún significado para ella. No quería permitir que nadie interrumpiera ese estar con su hijo. Se quedaba en la habitación sin comer ni beber, perdida en su propio mundo privado con Joshua. No tenía idea del tiempo, no sabía cuanto hacía que estaba allí.
Cinco días más tarde, Bella volvió a oír el sonido del timbre de la puerta de entrada y de alguien que golpeaba la puerta, pero no le prestó atención. Quienquiera que fuese se iría y la dejaría tranquila. Débilmente oyó el ruido de un vidrio roto y unos momentos más tarde la puerta del cuarto de Joshua se abrió y Felix Moretti penetró en la habitación.
Echó una mirada a la figura demacrada y ojerosa que lo miraba desde la cama y exclamó:
—¡Dios mío!
Felix Moretti tuvo que usar toda su fuerza para conseguir que Bella abandonara la habitación. Peleó histérica contra él, pegándole y arañándolo. Alec Vito esperaba abajo y necesitaron la fuerza de los dos para meterla en el auto. Bella no tenía idea de dónde estaba o de quiénes eran ellos. Lo único que sabía era que la estaban alejando de su hijo. Trató de decirles que ella moriría si le hacían eso, pero estaba tan cansada de luchar que finalmente se durmió.
Cuando Bella despertó, estaba en una habitación brillante y limpia con una ventana panorámica que daba a las montañas y a un lago azul lejano. Una enfermera uniformada estaba sentada en una silla cercana a su cama, leyendo una revista. La miró cuando Bella abrió los ojos.
—¿Dónde estoy? —Le dolía la garganta al hablar.
—Está con amigos, señorita Swan. El señor Moretti la trajo aquí. Ha estado muy preocupado por usted. Va a estar muy contento al saber que se ha despertado.
La enfermera salió del cuarto. Bella permaneció allí con la mente en blanco.
Pero los recuerdos empezaron a surgir espontáneamente y no había a dónde ir para escapar de ellos, ningún lugar para esconderse. Bella se dio cuenta de que había estado tratando de suicidarse sin tener el coraje necesario para realizarlo. Simplemente había querido morir y estuvo deseando que sucediera. Felix la había salvado. Era una ironía. No Edward sino Felix. Supuso que era injusto el culpar a Edward. Ella le había ocultado la verdad, lo había mantenido en la ignorancia de que su hijo había nacido y que ahora estaba muerto. Joshua estaba muerto. Bella podía enfrentarlo ahora. El dolor era profundo y terrible, y sabía que ese dolor iba a permanecer con ella todo el tiempo que durara su vida, pero ahora debía aceptarlo. Era la justicia que se cobraba su pago.
Bella oyó pasos y levantó la vista. Felix había entrado en la habitación. Se detuvo allí, mirándola con ansiedad. Cuando Bella desapareció se convirtió en un salvaje. Casi no podía pensar de miedo de que a Bella le hubiera sucedido algo.
Se acercó a la cama y le dijo:
—¿Por qué no me lo dijiste? —se sentó en un costado de la cama—. Lo siento mucho.
Bella le tomó la mano.
—Gracias por traerme aquí. Yo… creo que estaba un poco loca.
—Un poquito.
—¿Durante cuánto tiempo he estado aquí?
—Cuatro días. El médico te alimentaba por vía intravenosa.
Bella asintió, e incluso el más mínimo movimiento le costaba un esfuerzo. Se sentía terriblemente débil.
—Ya te traen el desayuno. Me han dicho que tengo que hacerte engordar.
—No tengo hambre. No creo que quiera comer nunca más.
—Comerás.
Y para sorpresa de Bella, Felixtenía razón. Cuando la enfermera le trajo huevos y tostadas y té en una bandeja, se dio cuenta de que estaba famélica.
Felix se quedó allí, mirándola y cuando Bella terminó le dijo:
—Tengo que volver a Nueva York para encargarme de unas pocas cosas. Volveré en un par de días.
Se acercó y la besó dulcemente.
—Te veré el jueves. —Suavemente recorrió su cara con los dedos. —Te quiero sana pronto. ¿Me oyes?
Bella lo miró y contestó:
—Te oigo.
