Los ojos azules pertenecientes a Viktor seguían cada movimiento de su hijo, quien se encontraba practicando en el patio trasero, sin zapatos, con el cabello suelto y sin música en lo absoluto.
Viktor no pudo adivinar qué pieza se hallaba interpretando el menor hasta que, de un momento al otro, Yuuri se detuvo en seco y cambió por entero de estilo. De moverse con la delicadeza de una pluma danzando con el viento, pasó a convertirse en un torbellino giratorio demasiado potente, todo sin perder la precisión y concentración.
Yuuri les había prohibido a sus padres asistir al duelo, así que Viktor solo contaría con los vídeos que Phichit le aseguró filmaría, de principio a fin.
Yuuri al menos lo dejaba verlo practicar, y Viktor lo agradecía.
No había mejor forma de olvidarse por unas horas del pesado trabajo que contemplar a la mayor fuente de adoración con la que contaba.
Yuuri se detuvo, el sudor corriendo por su frente y cuello, jadeante.
—¿Qué te pareció? —preguntó al fin el menor.
Viktor sonrió, sus labios adaptando la forma de corazón que tanto le gustaba a su hijo.
—Amazing.
Yuuri sonrió.
