Nota de la autora: Erchomai. I am coming.Me ha costado volver, pero estoy volviendo. Estoy en ello. Hace tanto que no escribo que me siento bastante insegura, y quizás este capítulo peque un poco de introductorio a lo que vendrá después… pero estamos calentando motores, y en 2016 sí que sí llegará la conclusión de este fic (y esta vez de verdad).Dicho lo cual…
Disclaimer: Ha pasado el tiempo pero los personajes siguen perteneciendo a la diosa grandiosa Cassandra Clare. Aquellos con nombres de famosos no pretenden tener ningún parecido con su vida real. Este capítulo (el comienzo de éste) contiene spoilers de Princesa Mecánica. Si no lo has leído todavía, puedes pasarte la primera parte porque no influirá demasiado a la historia. Si quieres saber lo que pasó cuando Magnus y Alec viajaron a Cadair Idris (sí, al fin lo desvelo y siento que no estará a la altura), en cambio…
CAPÍTULO LII
En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente.
KHALIL GIBRAN
—¿Me estás diciendo que Will, ese Will, era antepasado de Jace? –preguntó Alec, entre risas ahogadas.
Magnus parecía perplejo.
—¿Y tú me estás diciendo que después de tantos años de celos acumulados contra su persona, ahora resulta que te echas a reír al conocer su apellido?
—Bueno es que… creía que detestabas a los Herondale.
—En realidad, cariño, te equivocas. Detestaba a los Lightwood.
La cara de Alec fue lo que se suele decir un poema, y en este caso se aproximaba a un cuadro de Picasso.
—¡Tu tataratatara y lo que sigue fue un gusano! —Magnus sonrió, recordando—. Eso a Will le hizo tanta gracia…
—¿Un gusano en sentido figurado?
—Figurado no, literal. Contrajo viruela demoníaca —ante la cara de mayor incomprensión de su novio, se explicó—; una venérea. Tu tataratatara era muy promiscuo. Promiscuo con… demonios.
—¡¿Qué?! Acaso eso es… es… ¡¿posible?!
—Mi tierno y dulce Alec… sí, lo es. Creía que después de aquel incidente, os lo explicaban en las clases de orientación sexual para nefilim. ¿Las hay, por cierto? Debería haberlas. Pero tranquilo, garbancito, eran demonios hembra todos. Tú sigues siendo la primera florecilla gay del clan Lightwood.
—Serás tonto… —Alec, que hasta el momento había estado sentado sobre la hierba a su lado, se tiró encima de él para placarle. Sin embargo, fue incapaz de contenerse la risa.
—¿Y ahora por qué te ríes?
La respuesta tardó un rato en llegar, y al brujo acabó contagiándosele la risa entretanto.
—¿Entonces no tuviste nada con Will? —el cazador de sombras agachó su mirada para entrelazarla con la del brujo.
—Bueno, llegué a besarle, en realidad.
—Pero me has dicho que fue una farsa para que Camille…
—En efecto, así fue. Will era una obra de arte digna de admirar (y mira que ese detalle él lo conocía bien y se aprovechaba de ello). Pero aparte de eso… nada más.
—¿Nada de… nada? —Si aquello era posible, el cazador de sombras le miró aún más profundamente a los ojos.
—Absolutamente nada.
La sinceridad en sus palabras resultó más que evidente.
—¿Entonces… por qué? ¿Por qué no me lo explicaste antes? Cuando Camille lo dijo en el Instituto…
—Por varias razones. Ya sabes que no me gusta hablar de mi pasado… y también, te pusiste tan mono cuando te acecharon aquellos celos completamente infundados…
—Magnus —le recriminó.
—Lo sé, lo sé. Debí habértelo dicho. Ahora lo estoy haciendo, ¿no? Mejor tarde que nunca, dicen… También debo explicarte por qué he elegido este lugar para hablarte de Will.
Magnus hizo ademán de señalar a su alrededor, pero como tenía justo encima a Alec, lo que hizo fue apoyar las manos en el trasero de éste y apretarlo fuertemente. Así, lo atrajo aún más hacia sí.
—Aunque eso podríamos dejarlo para otro día, en verano… —alzó el rostro de forma en que su nariz acarició el cuello de Alec. Después, prosiguió, y llevó sus labios a los de él…
—¿Y el fundador del praetor lupus? ¿Qué hay de ése? —inquirió el cazador de sombras en el justo momento en que iba a ser besado.
Magnus hizo un mohín.
—Culpable.
—¿Muy culpable, un poco culpable… hasta cuánto de culpable?
—Alexander —Magnus pasó uno de sus brazos a la espalda del nefilim e hizo que giraran sus cuerpos, para quedar así él encima—. Ya es suficiente por el momento. Hicimos cosas… hicimos cosas hace mucho tiempo. Cosas que quedan en nada comparadas a las que hemos hecho tú y yo.
En esta ocasión, fue el brujo quien agachó el rostro para entrelazar sus miradas.
—Al fin y al cabo, él no es ni de lejos el amor de mi vida —concluyó con una gran y alegre sonrisa.
Ante esto, los ojos de Alec se abrieron ligeramente por la sorpresa para, instantes después, mudar de expresión. Con una sonrisa juguetona y llena de confianza en los labios, preguntó:
—¿Y quién es el amor de tu vida?
—Oh, Alexander. ¿Y tú me lo preguntas?
No dijo nada más, ni dejó que se dijera. Se fundieron ambos en un cálido beso que bien podía batallar contra el gélido enero en el que se hallaban.
Alec sonrió al recordarlo. O al menos, su cuerpo trató de hacerlo. El dolor se lo impidió. Cuando abrió los ojos y despertó —o quizás no había estado durmiendo, simplemente recordando con los ojos cerrados— notó el dolor punzante de las heridas abiertas que recorrían su cuerpo, y el olor de sangre que lo impregnaba todo. De su propia sangre.
Aquella noche no tuvo una pesadilla. Debería haberlo interpretado como el primer signo de que las cosas iban mal.
Pero el sueño estaba siendo demasiado placentero, estaba descansando de verdad como no lo hacía en mucho tiempo. Y se sentía demasiado real.
—Te quiero. No te puedo decir que te quiera más que nunca, ni que cada día te quiera más. No te puedo decir que te quiero infinitamente, porque eso sería demasiado pretencioso, incluso para nuestro amor. Aunque de algún modo todo lo que te acabo de decir es cierto. Magnus Bane, te quiero como nunca pensé que querría a alguien, te quiero cada día y mi amor por ti cada día es de una manera distinta. No pienso dar más ejemplos sobre de qué maneras te quiero porque, uno, Simon está grabando esto y mi hermana nos pondrá el vídeo todos los años para avergonzarnos y dos, porque rompería mi imagen de tipo duro, ya rota por otro lado al llevar este traje tan… tan tú, y al estar tan rodeado de flores que el ataque alérgico que me dará será inminente. El punto es que, te amo. Y por eso digo… —realizó una pausa teatral—. Sí, quiero.
De acuerdo, quizás no era muy real. Alec nunca hablaría durante tanto rato sin ponerse ni un pelín colorado, y mucho menos rodeado de tantísimos invitados. Y de tantas, tantísimas flores. Y globos corazones en todos los colores del arco iris. Por no hablar de los querubines de hielo. Aunque Isabelle sí que llevaba un vestido que sólo ella llevaría para una boda que no era la suya…
—Magnus… te he dicho que sí. ¿Vas a decir tú lo mismo o me vas a dejar plantado en el día de nuestra boda?
Una boda. Se estaban casando. Y sonaba el timbre. El timbre en medio de una catedral gótica. ¿Dónde estaría aquel timbre que no paraba de sonar? Era tremendamente repetitivo, tanto que los irises azules de Alec empezaban a desdibujarse…
—Alexander, yo…
Sus propias palabras le despertaron. Las había dicho en voz alta, y no en el mundo de los sueños.
—Ya decía yo… —pegó un resoplido—. Alec, ¿a que no sabes…? —comenzó a preguntar, tocando de manera inconsciente el lado derecho de la cama, en el que debería descansar el cazador de sombras.
Pero éste estaba frío. Y su pijama seguía bajo la almohada.
El timbre seguía sonando. Aquello no había formado parte del sueño, sino de una realidad que cada vez se iba tornando más oscura y le pesaba más.
Sin perder un solo segundo en coger su bata o taparse un poco, corrió escaleras abajo y abrió el portal de la casa, esperando encontrarse a su querido nefilim.
Pero no era él.
Era Godfrey.
Un Godfrey desorientado y sin aliento.
Mientras tanto, la conciencia de Alec iba y venía. Dicen que cuando estás a punto de morir, tu vida pasa ante tus ojos. Él no se hallaba ante aquella situación, a pesar de que todo su cuerpo lo habría afirmado, pero trataba de mantener la mente concentrada en todos los momentos que había pasado con Magnus. Era una de las técnicas de Jamie, su terapeuta. Le decía que cuando estuviera a punto de tener una crisis de ansiedad, pensase en situaciones positivas de su vida, motivos por los que sonreír. Ahora, si sobrevivía, le diría que también servía para mantener la mente despierta y con vida.
—Alexander Lightwood. ¿A qué debo el placer? —aquella simple frase, había sido el comienzo de todo. De su historia.
Recordó la sensación de ser observado por primera vez con deseo, el cosquilleo ante la espera de cada mensaje suyo, la eterna duda de si le volvería a llamar o no, sus nervios, sus temores a ser descubierto, que iban de la mano al mismo tiempo por el deseo de que todo el mundo lo supiera y que la farsa llegara a su fin. Sus miradas cómplices, sus cálidas manos, sus guiños incitantes. Aquellas huellas dactilares que le habían tatuado el cuerpo entero. Las contenidas caricias a aquel cuerpo tembloroso de dieciocho años, temeroso y avergonzado de ser tocado por primera vez. El día en que depositó toda su fuerza en Magnus, ese mismo día en que se dio cuenta de que se entregaría a él una y mil veces. El cariño con el que le abrazó cuando lloró por la muerte de Max, en silencio, a la espera de que soltara todo aquello que llevaba dentro. La paciencia, la eterna paciencia que Magnus siempre había tenido con él, en cualquier situación que se les presentase. El modo en que le miró después de aquel beso en el Salón de los acuerdos, y la sonrisa deslumbrante que lo acompañó. El momento en que se dibujaron la runa que les hizo compartir sus poderes. Su viaje por Europa, corto pero intenso, que ni siquiera olvidó en todos sus años de ausencia. Y por supuesto, su reencuentro, y todos los momentos que le siguieron a éste.
Pero ante todo, estaba el beso que le había prometido que le daría cuando volviera a casa.
Porque tenía que volver, o hacer todo lo posible con tal de lograrlo.
Sin embargo, una aguja se introdujo en su piel, y Alec sintió que no había sido la primera vez que sucedía en toda su estadía en aquella extraña y oscura celda.
—¿Qué le ha pasado a Alec? ¿Godfrey? ¡Godfrey! —Magnus le exigió, zarandeándole.
—No lo sé, Magnus. Ni él ni George dan señales de vida. Estuvieron en el Ojos de Gato, todo el mundo los recuerda. Pero en cierto momento de la noche, desaparecieron y nadie les volvió a ver. Magnus, tengo un mal presentimiento. Uno muy malo.
El Gran Brujo le quitó las manos de encima y se metió en la casa, ahora las manos las tenía sobre la boca. Inspiró y expiró profundamente.
—¿Crees que…?
—No lo sé, y no lo digas —le respondió—. Voy a vestirme, tenemos que contárselo a Isabelle.
—Pero ella no sabe nada…
—Pues ha llegado la hora de contárselo. Y no va a ser tarea fácil.
George apenas tenía unos rasguños en los brazos, y unos ojos profundamente enrojecidos. No le daba vergüenza admitirlo, se había pasado la noche llorando. Ahora, en cambio, su rostro se mostraba impertérrito.
—Muy bien, George, ahora ya lo sabes todo sobre La hermandad de la luna —dijo en tono solemne nada más y nada menos que Jack, el líder de la manada. Sonreía, muy pero que muy pagado de sí mismo.
El pelirrojo bajó la vista y la fijó por un momento en sus manos. Seguía llevando su anillo de compromiso, lo había rescatado del suelo tras habérsele saltado al convertirse de manera completamente involuntaria durante un forcejeo. Después, y con gran valor, volvió sus ojos a los de su interlocutor, que estaba a la espera. Esperaba que le dijera algo. O esperaba a ver su reacción. O ambas cosas a la vez.
Pero la naturaleza de George no le pedía decir nada. Su ser le decía que lo mejor era permanecer callado, a la espera. Poner la mejilla y esperar la bofetada. Aceptar lo que le dijeran con tal de ser libre, y de no ser eso posible, obedecer hasta que alguien lo rescatara. Alguien como Godfrey, que tenía contactos importantes. O alguien fuerte, como Alec.
Alec. Aquél era el problema. Alec estaba en peligro, sabía que estaba mucho peor que él. Los lobos a él no lo habían tratado mal, o al menos no todavía, pues no les había dicho aún que no pensaba unirse a su lucha. Pero Alec era un cazador de sombras, una escoria para ellos; peor aún, su máximo enemigo. Alec no estaba ni mucho menos en condiciones de salvarle.
Por ello, habló. Con una voz firme y segura que nunca había salido de sus cuerdas vocales.
—¿Es ahora cuando debo decidir si me uno a vosotros o estoy en vuestra contra?
Los acólitos de Jack, dos lobos que se encontraban al fondo de la sala, soltaron unas risitas en las sombras.
—¿Te crees que tienes poder de decisión? Un mierda como tú, barrigón y encima marica —Al decirle esto, le dirigió una mirada aún más cargada de desprecio—, no tiene nada que hacer por ahí solo. Te acabo de explicar cuál será tu camino a partir de ahora. De qué modo las cosas de ahora en adelante irán a mejor.
—¿Para mí?
—Para todos, George. Ya te lo he dicho; aquí todos somos iguales, hermanos. Así que, pronuncia tu juramento o condénate al destierro y, por tanto, a la muerte.
Y George, para sorpresa de todos, en lugar de temblar, sonrió.
—Estás muerto, mi pequeño Jedi —enunció Isabelle apenas segundos antes de darle su estocada final.
Así fue, y Simon se tiró al suelo para dramatizar su derrota. No obstante, el sonido de alguien llamando a la puerta hizo que se levantara de un respingo. Acudió a abrir, todavía con sus gafas de realidad virtual puestas y la empuñadura de la espada láser en la mano.
Esperaba encontrarse a Alec, mas no fue así.
—Buenos días —dijo, todavía, con una sonrisa, que decayó al mismo tiempo que preguntaba—. ¿Qué hacéis aquí?
—¿Estáis Izzy y tú juntos? —preguntó Magnus, pues Godfrey en aquel momento llevaba el teléfono en la oreja y hablaba atropelladamente en lo que parecía ser chino.
—Sí.
No hubo lugar a un mayor intercambio de palabras. La aludida ya se encaminaba hacia ellos, entonando:
—Perezoso Jedi, ¿qué haces? ¿Te escapas de mí?
Se notaba que tenía aquella sonrisa ganadora que la hacía tan hermosa. Sus blancos dientes estarían reluciendo en aquel justo momento. Simon cerró los ojos, aguardando lo que se avecinaba. Estaba claro que a Alec le había pasado algo, no había otra cosa en el planeta que pudiera poner tal consternación en el rostro de Magnus. Y también sabía que si Magnus estaba así, era inevitable que Isabelle estuviera igual e incluso peor.
Resultaba inevitable. El dolor no tardaría en llegar, era tan sólo una cuestión de segundos.
—¿Magnus? ¿Godfrey? —preguntó la cazadora de sombras, que se quitó de inmediato las gafas para observar mejor qué es lo que estaba pasando.
El vampiro dio un barrido con la mirada a su alrededor, a aquella escena fatal. Un instante después estaba rodeando con un brazo en posición protectora a Isabelle, y dejaba pasar a los dos asiáticos. Sin mediar palabra, todos tomaron asiento en los sofás. Godfrey colgó el teléfono.
—Ellos tampoco saben nada —dijo, obviamente a Magnus, que debía estar enterado del tema.
—Magnus. Godfrey. ¿Dónde está mi hermano? —preguntó Isabelle directamente en tono monocorde.
El Gran Brujo fue incapaz de mantenerle la mirada.
—No lo sabemos. Anoche salió con George y en torno a la medianoche nadie les ha vuelto a ver.
—He preguntado a todos mis contactos —no tardó en seguir relatando Godfrey—en la ciudad y alrededores, y nadie sabe nada.
Isabelle, tras unos breves segundos, volvió a hablar.
—Ahora contadme por qué tenéis esas caras. Qué es lo que puede estar pasando para que os estéis temiendo lo peor. Y no me vale que seáis unos novios muy temerosos y sobreprotectores. Me habéis estado ocultando algo —apretó la mano de Simon contra su pecho, y cerró los ojos, para tratar de serenar lo inserenable—. Nos habéis ocultado algo, ¿verdad?
Para su sorpresa, fue Godfrey quien tomó la palabra.
—Están… pasando cosas. Cosas muy malas. No sé si estáis enterados, pero este año volverán a firmarse los acuerdos y… no todos están a favor de que ello se produzca. Tanto subterráneos como cazadores de sombras. Por una parte, una sección de la Clave muy radical quiere escindirse de todo trato con los subterráneos. En su programa sólo les falta añadir la palabra exterminio, básicamente. En efecto —añadió al notar cómo tanto Simon como Isabelle rodaban los ojos—, la historia vuelve a repetirse. Y por otra, hay ciertos clanes de subterráneos que no quieren seguir a buenas con los cazadores de sombras. Ya pasó con las hadas en 2011… hay algunos clanes de vampiros que se están rebelando en el este de Europa…
—¿Y en Londres? —preguntó Simon, adelantándose a su pareja, que al igual que él, quería acortar y llegar a lo que realmente les atañía.
—Hombres lobo. La hermandad de la luna, se hacen llamar. Es un clan muy, muy fuerte. Prácticamente todos los lobos de la ciudad les son fieles, y son muchísimos. Han estado convirtiendo sin ton ni son… seguramente George —añadió, con gran pesar en su voz—, fuese obra de uno de sus planes de superpoblación.
—Vayamos a su sede, entonces. Hablemos con ellos. No pueden llevárselo a la fuerza. Mi hermano es un nefilim. Y a George tampoco…
—Isabelle —la interrumpió Magnus—. No podemos hacer lo que hicisteis hace tanto tiempo por Simon. Para empezar, La hermandad de la luna no tiene una sede, sino múltiples, por toda la ciudad. De tratarse de ellos, no sabemos dónde están.
—Localízalos. Tú puedes hacerlo —de nuevo, Isabelle habló con una practicidad que rayaba la inocencia.
—Lo he intentado. Tanto Alec como George se encuentran en un lugar oculto bajo un hechizo fuerte. No me llega ninguna señal de ellos.
Nadie mencionó la otra posibilidad. La de que no los pudiera localizar porque estuviesen muertos.
—Entonces siguen juntos —dijo Simon, que hasta el momento había permanecido en silencio—. ¿Para qué pueden querer a Alec? —Ante las miradas de Magnus e Isabelle, añadió—: sin ánimo de menospreciarlo. Ellos quieren más lobos, no nefilim.
—O quizás… crean que ya tienen lobos suficientes —murmuró Magnus, casi para sí.
Pero todos los presentes tenían los oídos muy finos.
—¿Lobos suficientes para qué?
—Para armarse contra la Clave. Quizás Alec sea su inicio de la guerra contra los nefilim.
—Pero ellos no saben… no saben nada de Alec. No saben que es especial —repuso Isabelle, en tono agresivo. Lo decía así para no llegar al otro lado, al de la tristeza y las lágrimas—. ¿Qué está haciendo la Clave al respecto?
—¿Qué creéis? —preguntó retóricamente el brujo—. Están más pendientes de sus propios ombligos, de sus reyertas internas. Con la elección de nuevos cargos del gobierno, parecen no dar para más. Yo mismo he acudido a varias reuniones del Consejo en las que les hemos pedido ayuda, les hemos tratado de mostrar hasta dónde están llegando las cosas y no nos han hecho ningún caso. Les dio igual que muriera uno de los nuestros… —dijo, refiriéndose a uno de su raza—. Ahora creo que sé por qué los lobos derramaron su sangre. Seguramente querrían esta protección tan potente que tienen para sus escondrijos.
—Entonces sólo nos queda una opción —concluyó la nefilim, tras lo que se puso en pie—.Voy a ir al Instituto.
—Izzy… —comenzó a decir Simon, pero los ojos azabaches de la chica le cortaron. Se miraron, se sostuvieron la mirada durante unos segundos en los que mantuvieron una discusión silenciosa.
—Soy Isabelle Lightwood, una cazadora de sombras importante, y quien anda perdido es mi hermano. Tendrán que escucharme. Y si para rescatar a mi hermano se tienen que enterar de nuestro gran secreto, estoy dispuesta a correr el riesgo.
El discurso fue terminante. La decisión estaba tomada. Pero entonces…
—Oh sí, oh, sí —exclamó con gran júbilo Godfrey tras haber echado un vistazo a su teléfono, que acababa de vibrar—. Ya sé dónde están.
Otra ocasión diferente hubiera dado pie a algún chiste. Se encontraban ante la puerta del 221B de Baker Street.
Había resultado muy difícil convencerla, pero al final había claudicado. Isabelle, junto a Simon, esperaba en el coche al otro lado de la calle. Los dos asiáticos, más unidos que nunca, hicieron uso de la aldaba de la puerta.
Para su sorpresa, una chica pequeña, de ojos profundamente negros y figura curvilínea semioculta tras unas pieles (seguramente de lobo) les abrió la puerta. Otro elemento de su atavío que llamaba enormemente la atención era el collar de perro en oro y diamantes que lucía en el cuello, y que daba paso a un largo escote.
—¿Quiénes sois y por qué llamáis a las puertas de La hermandad? —fue su protocolaria pregunta, tras haberlos repasado de arriba abajo.
—Godfrey, la voz de los Subterráneos. Y el Gran Brujo Magnus Bane. Queremos hablar con Jack.
—¿Con Jack? —la chica soltó una risotada que mostró unos dientes afilados y les cerró la puerta.
Ambos se miraron en silencio, y esperaron.
La chica volvió a abrir unos minutos después.
—Seguidme.
Lo hicieron en silencio. El lugar, efectivamente, apestaba a lobo. O simplemente a perro, para aquellos que tuviesen una nariz menos fina. Sin embargo, no cruzaron las miradas con ninguno de ellos ni al recorrer los pasillos ni al subir las escaleras. Aunque se sintieron observados en todo momento, no obstante.
La chica dio tres toques a una puerta antigua, tras lo cual la abrió y les dejó pasar.
Entraron y ella les cerró.
Jack estaba sentado tras un escritorio enorme de caoba que parecía haber sido colocado simplemente para una interpretación. No tenía pinta de que se hubiese escrito encima de él ni una carta.
—Mi queridísimo amigo Godfrey, qué placer volver a verte de nuevo —dijo, entusiasta, con una gran sonrisa en los labios—. Y el Gran Brujo Magnus Bane, creo que no teníamos el placer de haber sido presentados antes. Sentaos, sentaos. ¿Queréis tomar algo? Lupa prepara unos cócteles estupendos.
Se sentaron, sin mediar palabra.
—¿Acaso teníamos una reunión que he olvidado? ¿O cuál es el motivo que os trae por aquí?
Habían acordado que Godfrey tomaría la palabra, cosa que hizo:
—Anoche desaparecieron un licántropo y un cazador de sombras. ¿Sabes algo de eso, Jack?
El aludido fingió pensárselo.
—Sí, es posible. Lo que no sabía era que te ocupases de aquellos que no están bajo tu jurisdicción, Godfrey. ¿Desde cuándo te ocupas de los nefilim? Y… creía que los licántropos eran cosa mía, para algo soy el líder de la manada, ¿no?
—Mi jurisdicción es mediar entre las razas para mantener la estabilidad, Jack. Aunque estés al cargo de los licántropos de la zona, no puedes retener a uno en contra de su voluntad. Y mucho menos a un ne…
—Para el carro, para el carro. Ya sé por dónde vas y no quiero que sigas por ahí. Está claro que podéis marcharos ya mismo —él se puso en pie, y gesticuló para que ellos hicieran igual—. No hay discusión posible.
Godfrey estaba a punto de replicar, pero Jack se le adelantó.
—George Thomas forma parte de la Hermandad ahora. Se ha unido a nosotros voluntariamente. No puedes hacer que se marche, a no ser que él lo quiera. Podríais verlo justo ahora y os lo diría de viva voz él mismo, si no fuera porque acaba de marcharse a otra de nuestras sedes al sur de la ciudad. Qué pena.
—¿Y qué me dices del cazador de sombras? —preguntó en esta ocasión Magnus.
—Ya os lo he dicho, no hay reproches posibles. Lo mantuvimos retenido durante unas horas porque atacó a la manada sin razón alguna. Pero ahora ya lo hemos enviado con los suyos. Así que, ¿queréis que hablemos de algo más? Sed breves, tengo otros asuntos más importantes que tratar.
En lugar de preguntarle nada, Simon posó las manos sobre los hombros de Isabelle. Estaban, evidentemente, tensos. Los masajeó ligeramente, tanto como se lo permitía la cazadora de cuero que llevaba encima. Había vuelto a enfundarse en sus vestimentas nefilim; de hecho, se había puesto exactamente la misma ropa con la que tiempo atrás se despidió del Instituto de Nueva York. Ahora, veinte años después, se encontraba ante las imponentes puertas del de Londres.
En un movimiento brusco, la cazadora de sombras se dio la vuelta, tomó el rostro de su amante con ambas manos y le besó en los labios. Con dulzura, con ternura, con pasión y con furia a la vez. Aquel beso no sólo era de Isabelle, sino que era Isabelle en sí misma.
—Te veré pronto —le dijo, mirándole a los ojos.
Se giró y caminó hacia adelante con paso firme, hasta llegar a la puerta del edificio. No echó la vista atrás.
—Te esperaré —musitó el vampiro.
Cerró los ojos para quedarse con aquella imagen. Aquella poderosa figura decidida frente a aquella temible puerta. Se dio la vuelta, caminó unos pasos y se derrumbó contra el murete que rodeaba el edificio. Permaneció un buen rato recostado, poniendo la mente en blanco y pensando en todo lo posible a la vez. Cuando se puso en pie dispuesto a marcharse, se volteó.
Ya no había rastro de Isabelle.
Los ojos de Alec se abrieron de golpe. Tomó una gran bocanada de aire. Acababa de sentir como si le hubiesen devuelto a la vida.
Cuando enfocó la vista, tropezó con unos ojos amarillos rasgados.
—Magnus —murmuró, aunque con una voz incomprensible.
Le agarró del cuello y con fuerza lo atrajo hacia sí para besarle efusivamente.
Este capítulo está dedicado a todos los que me habéis pedido que continuase la historia, y en especial, a Mira Herondale. Feliz cumpleaños con retraso (como siempre). A todos los demás, feliz año nuevo, y espero que nos encontremos pronto :)
