Capítulo 54
-Buenos días, mi ángel- Emma abrió los ojos y vio a Regina mirándola, con el cabello desgreñado y los labios hinchados.
-Buenos días- sonrió, mirando alrededor –No me puedo creer que durmiéramos aquí, Regina- miró en dirección a la chimenea que solo tenía las cenizas de la madera quemada.
-Acabamos quedándonos dormidas. No te preocupes, que nadie ha entrado- dijo acariciando el rostro de la rubia, y en ese momento escucharon pasos entrando en la sala
-Señora Mills, le gustaría que…- dijo Edeline entrando en la sala y viendo a Emma y Regina envueltas en una fina sábana –Señora…Perdón…pensé que ya se había levantado.
-Todo bien, Edeline- dijo Regina mirando a la mujer –Nos vamos al cuarto y pida que recojan aquí y sirvan el desayuno
-Claro- dijo sonriendo avergonzada y salió. Regina encaró a Emma y esta tenía el ceño fruncido
-"No te preocupes, que nadie ha entrado"- dijo imitando la voz de la mujer y se levantó –Vamos, Regina Mills- recogió las ropas y subió al cuarto, la morena la siguió.
-No pongas esa cara, Emma- dijo Regina intentando esconder la sonrisa
-¿Cómo quieres que esté? Tu empleada nos pilla prácticamente desnudas en tu sala y encima se queda mirando.
-No, Emma, no es mi empleada ni mi casa, es nuestra.
-¿Qué?- miró a Regina mientras se secaba el pelo
-Lo que es mío es tuyo, Emma, ya te lo dije- se acercó a la mujer y cogió sus manos y se las llevó a los labios dándole un beso –Cuando nos casamos, Emma, nos volvimos una sola. ¿Conoces aquella canción de El Rey León?- Emma frunció el ceño
-¿El Rey León, Regina?- la morena se acercó a su oído y le susurró la canción
-En una sola dirección, tenemos un solo corazón. En la alegría o en el dolor nuestra fuerza es el amor. Es solo ver para creer, somos uno- miró a Emma, la rubia estaba sonriendo
-¿Eres hermosa, lo sabías? Eres el ser más hermoso que he tenido la suerte de conocer. Claro, después de nuestros hijos- sonrió
-Solo voy a aceptar eso porque son nuestros hijos, eh, Emma Swan Mills- la rubia le dio un beso en la mejilla y cogió el cepillo para peinarse sus largos cabellos rubios.
-Voy a coger a nuestros hijos, estaremos en la sala de música
-Ok. Dijo viendo a la morena dirigirse a la puerta
-Tú te quedas aquí, Henry- colocó al pequeño en el capazo encima del piano, e hizo lo mismo con Allison. Regina se sentó y pasó los dedos por las teclas y comenzó a tocar acompañando bajito con su voz
"Amigo mío
Mira acá
Esta sonrisa de oreja a oreja
Intenta guardar, es solo para ti
Por alterar mi paz, la armadura y mi calma
Es tan bueno acompañarte
Y verte siendo tú
Observarte adivinarme
Y leerme sin subtítulo alguno
Es tan fácil gustarte
Conviértete en parte del vivir
Si no te envaneces
Prometo siempre decirte
Que esa sonrisa es para ti"
Dejó de cantar y miró a los hijos durmiendo, sonrió, bajó la tapa del piano y miró hacia la puerta, Emma estaba parada allí con lágrimas en los ojos
-¡Qué bella canción!- Regina la miró y la llamó con el dedo, Emma caminó hacia ella y se sentó en sus piernas-Cantas tan bien, creo que desde que nos conocimos solo te he escuchado cantar una vez- Regina enrojeció
-Le cantaba mucho a Neal, principalmente cuando veníamos para acá, después de lo sucedido, solo he cantado aquella vez para ti y ahora
-Tu voz es linda, y a tus hijos les ha gustado mucho, a mí me ha gustado mucho.
-Cantaré más veces de ahora en adelante, pues tengo tres motivos para cantar
-¿Puedo saber cuáles son?- dijo colocando sus brazos alrededor del cuello de la morena
-Emma Swan Mills, Allison Cameron y Henry Daniel- Emma sonrió, besando a su mujer.
Anocheció, Emma y Regina estaban echadas en la cama con los bebés en medio, Emma acariciaba los pies de Henry y Regina, la cabeza de Allison.
-Él se parece cada día más a ti
-¿De verdad?- Regina miro al pequeño, se quedó observándolo
-Sí, los ojos son del mismo color que los tuyos
-Solo lo dices para agradarme
-Ya te he dicho que no, Regina, no importa si adoptaste a Neal, era tu hijo, así como Henry y Allison lo son. Si te digo que se parece a ti, es porque es verdad. Neal era tu hijo, biológico o no, lo era y se parecía a ti, lo mismo con Henry. Es tu hijo, nuestro hijo- encaró a la morena, Regina se levanto y fue hasta ella, y la besó
-Eres la mujer más increíble que he conocido, Emma Swan Mills
-Yo estoy casada con la mujer más increíble del mundo- dijo Emma sonriéndole. Miraron a los bebes y estaban durmiendo –Voy a ponerlos en las cunas- se levantó, cogió a Henry, y Regina, a Allison, dejaron a los bebés en el cuarto dándoles un beso de buenas noches, y volvieron al cuarto de matrimonio. Emma se echó en la cama y Regina hizo lo mismo-¿Vemos una película?
-Claro, ¿y después hacemos el amor?
-Hoy no, Regina Swan Mills, hoy solo quiero abrazarte y aprovechar nuestro momento- Regina la miró, no se enfadó, ni nada, adoraba esos momentos románticos con Emma. Se levantó y puso A perfect ending, y se echó al lado de Emma. Pasaron la noche viendo la película y entre cariños y caricias.
Pasaron unos días, Regina y Emma estaban más próximas la una de la otra, como al comienzo del noviazgo. Salieron a visitar los puntos turísticos de Londres.
Museo Británico
-Es hermoso, Regina- Emma hablaba admirada al ver las grandes obras del museo- Las piezas del juego de ajedrez de Lewis son maravillosas- Regina la miró sonriendo, admirando el entusiasmo de la rubia –Mira, Allison, son bonitas, ¿no?- la pequeña miró hacia donde la madre señalaba y esbozó una sonrisa desdentada, Emma la apretó besando su mejilla
-A mí me gusta esta, Emma- dijo empujando el carrito del hijo entrando en la sala 52 –El Tesoro de Oxus, son piezas hechas en oro y plata, son magníficas, Emma- dijo Regina mirando a su mujer –Ven- la empujó de la mano mientras miraba las piezas
-No eres la única a la que le gustan esas piezas, mira a Henry –Emma miró al hijo que parecía estar con los ojos desorbitados mirando las piezas
-Sí, Henry salió a su mamá Regina-dijo besando al pequeño
Regent's Park
Aunque hiciera frío en Londres, el parque estaba igual de hermoso, Emma y Regina estaban sentadas en un banco con los hijos en los carritos envueltos en sus mantitas. Emma miraba los árboles cubiertos de nieve, algunos niños patinando en un lago cercano; Regina observaba a Emma, era todo perfecto. Ella, sus cabellos rubios cubiertos por el gorro gris, los labios rosados por el frío, a veces cuando batía un soplo de viento helado, ellos temblaban, Regina lo encontraba la cosa más linda de ver. Las manos cubiertas con los guantes buscando las suyas. Regina, sin sombra de duda, amaba todo lo que era Emma Swan Mills.
-Si quieres, podemos venir a patinar sobre el hielo- dijo Regina quebrando el silencio, los ojos verdes la miraban ahora, brillando –Podemos dejar a los pequeños con Edeline
-Me encantaría- dijo Emma sonriendo, Regina se acercó y la besó
Hyde Park
Ya estaba anocheciendo cuando Emma y Regina llegaron al parque, estaba cubierto de nieve, blanco con algunas luces sobre los árboles dando iluminación a todo el parque.
Emma y Regina se colocaron los patines, la morena cogió la mano de Emma y caminaron hasta el lago congelado. Emma se deslizó por la superficie helado y dio varias vueltas, miró hacia atrás y vio a Regina observándola, se dirigió a la mujer y cogió su mano.
-¿Va algo mal?
-No, es que no patino desde hace mucho tiempo. Desde que Neal era pequeño. Veníamos aquí en invierno y nos quedábamos toda la tarde patinando.
-Si no quieres, lo entenderé
-Quiero- dijo dando un paso hacia delante y deslizándose por el hielo –Soy una gran patinadora, señora Swan Mills- dijo guiñándole un ojo a Emma que se echó a reír
-Veremos, señora Swan Mills- se deslizó disparada por delante de Regina.
Se quedaron patinando por un buen rato, ora apostando, ora Regina cogía a Emma por la cintura y la abrazaba deslizando por el hielo pegada a ella. Emma se giró hacia la morena y le dio un beso apartándose después y echando a correr lejos de ella.
-Emma Swan Mills, ven aquí- Regina la llamó sin embargo Emma se giro hacia ella y continuó deslizándose por el hielo de espaldas -¡Emma cuidado!
-Solo dices eso para que pare
-No, Emma, el lago…-y no terminó de hablar, el lago se acabó haciendo que Emma tropezara con el borde de nieve y cayera de espaldas, Regina corrió hasta ella y se detuvo a su lado-Te avisé, ¿te has hecho daño?- preguntó, Emma abrió los ojos
-Ven aquí- llamó a Regina, esta se acercó y la rubia agarró la mano de la morena y la hizo caer a su lado -¿Haz un ángel conmigo?
-¿Cuántos años tienes? ¿Cinco?
-No, tengo algunos más y también tengo dos hijos de dos meses y estoy casada con una mujer, dueña de uno de los mejores hospitales de fertilización de Vancouver, ella es muy rigurosa, refinada como una reina y también es la más hermosa de todas- Emma miró a Regina –Así que, ¿haces ángeles en la nieve conmigo, mi reina?- los ojos de Regina estaban llorosos, se inclinó sobre la rubia y la besó atrayéndola para encima de ella –Creo que este no es el sitio apropiado para eso, hay niños por aquí- dijo Emma apartándose, sentándose en la nieve, para luego levantarse y limpiarse la ropa.
-Podemos ir a casa y acabar lo que hemos empezado- dijo Regina susurrando al oído de la rubia –Aún tenemos aquel libro entero con ilustraciones de posiciones para hacer- le dio un beso en el rostro a la rubia, quien cerró los ojos y respiró profundamente, los abrió y vio a la morena sonriendo, aquella sonrisa que le quitaba el aliento, que hacía que Emma quisiera quedarse observándola horas sin cansarse.
-Entonces vamos, mi reina- Emma extendió la mano hacia la mujer y las dos caminaron en dirección al coche de manos dadas.
Ya llevaban varios días en Londres, realmente se habían tomado ese tiempo solo para ellas. En todo el tiempo que llevaban juntas nunca habían estado tan pegadas. Junto con los hijos paseaban siempre por la tarde por las calles de Londres, o incluso se quedaban durmiendo toda la tarde.
Londres nunca había estado tan bella a ojos de Regina, la compañía hacía eso. Durante tanto tiempo se había privado de eso, de amar a alguien y de sentirse amada, ahora lo tenía, tenía una familia, hijos y los tenía con quien amaba, Emma Swan Mills. Ahora estaban echadas frente a la chimenea, una frente a otra.
-Eres increíble, Emma, cada parte de ti es increíble- acariciaba el rostro de la rubia mirando sus ojos verdes –Me haces feliz, me has dado unos hermosos hijos, me has dado un amor que jamás pensé que viviría. Gracias por aparecer en mi vida cuando ya pensaba que no tenía esperanzas de ser feliz, por amarme, por cuidarme, por ser más de lo que merezco- ambas tenían los ojos llorosos
-Tú me completas, Regina, sé que es un tópico, pero es la verdad, me haces feliz, aunque seas mandona y hayamos peleado varias veces- sonrió-Eres una mujer increíble, y si existen las almas gemelas, yo soy la tuya y tú eres la mía. No tengo duda de que hemos sido hechas una para la otra, pues cada detalle de tu cuerpo encaja en el mío perfectamente, como piezas de un puzle, una encaja en la otra, una completa a la otra, así como nosotras nos completamos. Te amo, Regina Swan Mills, y gracias por haberme dejado entrar en tu vida, por haber aceptado aquel baile, pues fue una de las maneras en las que me dejaste entra en tu vida.
-En realidad, te dejé entrar en mi vida antes de eso, cuando conversamos y te canté, nunca le había cantado a nadie antes a no ser a mi hijo, y fue en ese momento cuando algunas de mis barreras cayeron por tu causa. Te amo-se aceró y la besó, Emma dio pasó a la lengua de Regina, la morena se apartó, se levantó y atrajo a Emma por la mano, volvió a besarla cogiéndola en brazos y subiendo las escaleras, entraron en la habitación y Regina cerró la puerta. Colocó a Emma en el suelo, cerca de la cama, la morena le quitó la camisa y los pantalones, dejándola solamente con las braguitas, hizo lo mismo con sus propias ropas, volvieron a besarse mientras se echaban en la cama. Emma acariciaba los pechos de Regina, besaba el abdomen de la morena, descendiendo los besos hasta el tejido de las bragas. La rubia se las quitó, dejando a Regina completamente desnuda y besó la intimidad de la morena ya palpitante, provocando que Regina se retorciera bajo ella agarrándose a sus rizos rubios, ora tirando con fuerza, ora soltándolos. Emma subió y volvió a besar los labios de la morena, los cuerpos entrelazándose, los brazos rodeando los cuerpos ya sudados, enredándose durante toda la noche.
