Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.

Leer bajo tu responsabilidad.

Gracias a Lily Perozo, la autora por permitirme adaptar su historia, sin ella esto no fuera sido posible.

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Capítulo No. 48

Un terrible zumbido invadía los oídos de Edward, completamente turbado intentaba hacer a un lado la bolsa de aire del sistema de seguridad de la camioneta que se encontraba envuelta en una nube blanca que había dejado el estallido de la bolsa de aire.

Más allá de cualquier dolor estaba el alivio de saberse con vida y apenas lograba asimilarlo, con los latidos del corazón alterados y su cuerpo sumamente trémulo agarró la primera bocanada de aire, el valiente intento lo obligó a jadear ante el dolor en el pecho y parte derecha de su cadera.

Las heladas ráfagas de viento hacían remolinos dentro de la camioneta y el asiento del copiloto estaba colmado de nieve, él mismo estaba casi sepultado en hielo, que empezó a retirar para poder desabrocharse el cinturón.

Al girar ligeramente el torso, sintió que el músculo del trapecio se le tensaba y automáticamente desvió la mirada.

—No —Edward se quejó cerrando automáticamente los ojos, tratando de evadir lo que había visto y al ser consciente empezó a sentir que la sangre tibia le corría por la espalda y hombro izquierdo. Suponiendo que la lata que tenía incrustada le había alcanzado la clavícula.

Respiró profundo un par de veces para llenarse de valor, desabrochó el cinturón de seguridad y temía quitarse la lata porque no estaba seguro si sería peor, una vez más la miró y supo que tenerla ahí le haría más difícil la salida de la camioneta.

Sin siquiera pensarlo y en un rápido movimiento se la quitó y no pudo evitar el grito de dolor, ni mucho menos ponerse a llorar como un niño mientras se presionaba con la mano la herida que ante la falta del metal empezó a salir sangre a borbotones traspasando la tela del pesado abrigo.

Tomaba aire por la nariz y lo soltaba por la boca tratando de calmarse un poco, porque sabía que estando nervioso y asustado empeoraría su situación.

De lo que estaba completamente seguro era que no podía quedarse dentro del auto a esperar por ayuda porque no tenía idea de donde se encontraba, ni mucho menos qué tanto había descendido por el barranco.

Dejó de presionarse la herida y retiró la bolsa de aire que cubría las puertas, manchándolas de sangre. Los vidrios habían estallado y por más que intentó abrir una de las puertas no logró hacerlo, suponía que era porque estaba agotado y adolorido por lo que decidió ayudarse con los pies, buscando valor donde lo tenía para soportar el dolor en la cadera.

Utilizó un pie, luego dos y la puerta no cedía, sus energías se agotaban con mucha rapidez y la falta de aliento le quemaba la garganta. Así que se dejó vencer para reponerse un poco.

Por más que aguzara el oído no escuchaba nada, nadie parecía haberse percatado del accidente, no había sirenas, ni gente preguntando por él.

No estaría pasando por esa tortura si le hubiese hecho caso a su tío, si la razón le hubiese ganado al corazón, pero ahí estaba a punto de morir de hipotermia por buscar a la mujer de la que se había enamorado y que para su mayor desgracia resultó ser hija y sobrina de los asesinos de su madre.

Era algo que no merecía, no entendía porque todo lo unía a un pasado tan doloroso. El maldito destino o lo que fuera se burlaba de él, manejaba las piezas a su antojo para mantenerlo en una constante tortura. Hilos de lágrimas corrían por sus sienes calentado a su paso la piel e intentaba mentalmente minimizar el dolor que se apoderaba de su cuerpo.

Necesitaba algo para salir de ese lugar, tenía que pedir ayuda, entonces recordó su teléfono móvil, que no tenía idea de dónde lo había dejado, se tanteó el abrigo buscando el iPhone en los bolsillos, pero no le encontró y al recordar que lo había dejado en el asiento del copiloto no le quedó más que soltar un pesado suspiro. Con su mirada buscó en lo que había quedado del suelo de la camioneta, pero no lo halló, ladeó la cabeza para buscar en la parte trasera y nada.

Una vez más se dejó vencer e inevitablemente volvía a sollozar al recordar ese momento en que Bella le decía que era hija de James Borden y la sangre se le calentaba ante la rabia, no obstante de esa confesión resaltó la frase "No tengo la culpa, nunca la tuve" Su corazón volvía a latir por ella, así que se obligó a erradicar ese desliz en sus sentimientos.

No podía permitirse sentir algo tan poderoso, algo tan bonito por la hija y sobrina de los hombres que le arrancaron de manera tan violenta a su madre. Había vivido dieciocho años de su vida odiando, no sólo a esos malditos sino a todo lo que los relacionaba, incluyendo a su padre que fue el principal culpable de todo, tanto como para renegar de él.

James Borden fue el primero en violársela, no le importó tener mujer y mucho menos tener una hija, porque ya Bella contaba con cinco años. No se condolió y no lo haría porque ellas también eran víctimas.

—Oh Dios, lo siento Bella —sollozó al darse cuenta de la equivocación que había cometido y no pudo evitar recordar algunas de las palabras de la confesión que ella le había hecho el día de la muerte de Charlie.

Lo odié cuando cumplí trece años y ya usaba sus malditos puños para pegarme en la cara como si estuviese enfrentando a un hombre.

Confirmaba con que violencia había sido tratada, su cuerpo se sacudió ante el escalofrío que le causó una corriente de aire y el saber a lo que estuvo expuesta la mujer a la que amaba. Tener la certeza de que pasó muchos años bajo las garras de un enfermo y que le creía el odio que dijo sentía por su padre. Él mejor que nadie sabía que se podía erradicar definitivamente del alma a personas que en algún momento formaron parte importante de sus vidas, sin importar qué lazos los unía.

La necesidad por buscarla y pedir perdón lo asaltó con impaciencia, por lo que se armó de valor y una vez más estudió las posibilidades de salir de la camioneta. Utilizó la bolsa de aire ya completamente desinflada y retiró los vidrios que aún se encontraban incrustados en la ventanilla.

En medio de jadeó de dolor se acercó a la ventana por donde intentó salir, fallando en dos oportunidades. El dolor en la cadera no se lo permitía y sentía el más mínimo esfuerzo que hacía en la herida.

—Sí puedo —se alentó una vez más y a la tercera era la vencida, logró sacar más de la mitad del cuerpo y se dejó caer, el golpe contra el suelo rocoso cubierto de nieve le sacó todo el aire, desvió la mirada hacia donde estaba la carretera y tenía que subir al menos unos cien metros. Los que empezó a ascender una vez recuperado el aliento.

La botas de Bella se enterraban en la nieve y le hacía mucho más difícil y agotante correr y a cada minuto que pasaba su angustia aumentaba, ya se había alejado lo suficiente de la cabaña y de Edward sólo tenía las huellas del vehículo.

Se vio obligada a detenerse en su carrera ante la falta de oxígeno, jadeando en busca de aire para llenar los pulmones mientras la inclemencia del frío la golpeaba sin piedad.

— ¡Edward! Ed —gritaba en el lugar que se encontraba prácticamente inhóspito.

Reanudó la carrera aunque sus fuerzas fueran mínimas, no se daría por vencida, porque tenía un horrible presentimiento jugando con sus más grandes miedos. Sí algo le pasaba a Edward no se lo perdonaría.

A la distancia vio una figura masculina salir con dificultad del barranco, la ropa que llevaba puesta le confirmaba que se trataba de Edward, entonces apresuró su carrera y no pudo contener más sus temores y la compuerta del llanto se derrumbó.

En ese momento para Edward, Bella era como un ángel que venía a salvarlo, estaba seguro que no soportaría mucho tiempo caminando hasta encontrar a alguien que lo auxiliara, pero ahí venía ella a su encuentro, y sacó fuerzas de donde no las tenía; aunque no podía correr sí hizo el intento y caminó tan rápido como su adolorido cuerpo se lo permitía.

Bella dejaba sus fuerzas a cada segundo, estaba segura que nunca en su vida había corrido tan rápido y apenas estuvo lo suficientemente cerca se amarró a él en un abrazo.

Edward la recibió y la estrechó con las fuerzas que en ese momento poseía, sintiendo que ese extraordinario cuerpo que le quitaba el aliento, le había hecho tanta falta, por más que quiso no pudo seguir manteniéndose en pie y se dejó caer de rodillas llevándose a Bella con él.

—Dios mío, Dios mío. Ed lo siento, ¿qué te ha pasado? —preguntó ahogada por el llanto viéndose una de las manos manchadas de sangre, sin coordinar las palabras que salían de su boca ante la conmoción que la embargaba.

—Me he enamorado, eso me ha pasado… —dijo tomándole el rostro en las manos para que lo mirara a los ojos, pero ella estaba con la vista anclada al manchón de sangre que se filtraba por la ropa.

—No hables, no hables —le pidió con voz temblorosa y el llanto ahogándola.

—Bella mírame. Estoy bien, estoy bien…

—No, no los estás y es mi culpa, ha sido mi culpa —murmuraba con las lágrimas bañándole el rostro y en su habitual imposición de negación hacía oídos sordos a las palabras de Edward.

Él desesperado por sacarse el sentimiento que lo ahogaba y completamente decidido a no a perder la oportunidad aprisionó con mayor fuerza ambos lados del cuello de Bella, enterrando los dedos del ahora cabello corto de su diseñadora.

— ¡Te amo! ¡Te amo Bella Swan! —le dijo con determinación sin dejar que le desviara la mirada, asegurándoselo una y otra vez.

Entonces Bella se quedó estática, sólo cortando el momento con un sollozo, porque había sido extraordinario ese instante. Esa frase, era lo más bonito que había escuchado en su vida, estaba llena de sinceridad, de calidez, de sentimiento. No era como su padre la decía, no con la misma contundencia y entonces comprendía que todos los "te amo" de su padre habían estado vacíos, carentes de cualquier sentimiento verdadero.

—Atravesé medio mundo por ti, te escondiste en un lugar donde no podrías importarle a nadie, pero para mí eres lo más importante, más importante que mi propia existencia, y esto que siento es algo que me estaba reventando el pecho porque no me dejabas decírtelo. Te amo, así tí no puedas hacerlo. No puedes impedirlo, no puedes gobernar mis sentimientos, no puedes —las lágrimas rodaban por el rostro de Edward mientras negaba con la cabeza y su dolor físico pasó a segundo plano, las emociones eran demasiado poderosas como para restarle importancia.

—Lo hago, aunque no quiera lo hago —dijo ahogada en llanto—. Te amo mi Pantera. Me lo negaba día y noche. Yo no sé amar, no sé cómo se hace. No sé si es amor, no es como yo veo el amor, pero lo que siento por ti lo es todo, lo abarca todo Edward Cullen y sentí morirme todos estos días, deseé no conocerte, deseé que no me hubieses contado por lo que habías pasado, no quería saber de tu dolor. Y si me odiabas lo tenía merecido, tenías tus razones.

Edward empezó a negar con la cabeza y pegó su frente a la de Bella sin dejar de lado la negación, respirando el mismo aire que ella, refugiándose en su aliento y escuchando atentamente como los corazones de ambos latían frenéticamente, podía jurar que casi al mismo ritmo.

Eran marionetas de sus emociones y del frío que los hacía temblar casi sin control, pero eso no era suficiente para obligarlos a interrumpir la confesión más sincera de sus sentimientos.

—No ha sido tu culpa. Perdóname por no haber hecho algo por ti mucho antes, perdóname por no evitarte tanto dolor. Soy un bruto, un completo estúpido, te juzgué sin mirar más allá de mi propio dolor, ese dolor que se volvió insoportable al saber que me arrancaba a la mujer que amo —sin poder soportar más la escasa distancia que lo separaba de la boca de Bella, y que para él en ese momento era una abismo, buscó los labios de su mujer y la besó, lo hizo con las fuerzas y ganas que poseía.

Ella se entregó a su primer beso de amor declarado, al menos era como el resto del mundo definía la fortaleza de ese sentimiento, ese en el que Edward era su primer pensamiento al despertar y el último antes de dormir, en el que aún sin estar presente la hacía reír al recordar sus ocurrencias, o que inadvertidamente le arrancaba suspiros y que para ella el lugar más bonito era ese en el que estuviese Edward.

Arrodillados en la nieve y en medio de un largo y tierno beso por fin se confesaban el amor que sentían ese que iba más allá del pasado doloroso que los unía y como si el universo aún conspirara a su favor, el sol salía tras las montañas nevadas iluminando el momento, dejándoles claro que el amor todo lo podía.

—No será fácil. Edward no podré soportar que algún día reproches mi procedencia y que no le des importancia a mis sentimientos. Sí antes que no sabía las cosas que dolorosamente nos involucran, pensaba que sería complicado vivir lo nuestro, ahora creo que lo es mucho más.

—Es mi prueba de fuego, y te amo con tu pasado, con tus malditos demonios, con mis miedos y mi odio, porque amo lo que desatamos cuando estamos juntos y no voy a permitir que te alejes ni un paso. —Edward se repasó la lengua por los labios para humedecerlos, los sentía demasiado resecos ante la sed y la debilidad empezaba a superar sus emociones, tanto como para que puntos blancos nublaran su visión—. Así que es momento de decidir. Decide Bella. ¿Quieres aceptarme con todo lo que soy, con mis malos y buenos momentos? ¿Quieres equilibrar mi vida? —preguntó con la ansiedad gobernando cada nervio de su cuerpo.

—No quiero equilibrar tu vida —dijo pausando sus palabras para darle un beso en los labios y atarse a la locura que esa boca le provocaba—. Te quiero desequilibrado, desmedido, apasionado, no quiero que me quieras a medias, quiero que te vayas a los putos extremos y me hagas saber que todo vale la pena, que nunca podré arrepentirme de los segundos a tu lado. No sé si con los años esta intensidad en mis sentimientos termine desapareciendo, pero sólo por si acaso quiero te asegures que no pueda olvidarte, metete en mi vida y que cada detalle que en ella exista me haga pensar en ti.

—Prometo que lo haré, me meteré en tu vida y ya no podrá ser la misma, desde que te conocí me lo he propuesto y no descansaré aun sí mis sentimientos cambien —sonrió y ella también lo hizo precediendo a que él saldría con una de sus ocurrencias—. Aunque ya no te quiera, lo haría sólo por joderte la vida, para que en medio de nuestras amadas discusiones terminemos arrancándonos la ropa, nos diéramos un revolcón y después seguiremos odiándonos. ¿Dime si te gusta la idea?

—Me parece atractiva —confesó sonriendo en la misma medida en que él lo hacía—. ¿Qué te parece si nos vamos a la cabaña a discutir? Necesito calentarme el cuerpo —propuso poniéndose de pie y le tendió la manos a Edward para ayudarlo a poner en pie.

Con dificultad Edward logró hacerlo y entonces Bella le tomó uno de los brazos y se lo pasó por encima de los hombros.

—Déjame ayudarte, —le pidió al notar la renuencia en él—. ¿Seguro que te sientes bien?

—En realidad siento el cuerpo como si hubiésemos cogido una semana sin parar, pero estoy bien.

—Entonces no estás bien Ed, porque estás adolorido más no satisfecho. Llamaré al hotel para que nos envíen un médico y él decidirá si no es grave lo que tienes —Edward iba hablar pero ella le hizo un ademán para que no lo hiciera—. No acepto negativas, Pantera testaruda —le dijo ayudándolo a caminar

—Está bien Mariposa mandona —se acercó y le dio un beso en la cien—. Lo que no te perdono es el cabello —susurró contra la piel de la frente de la chica—. ¿Vas a decirme por qué lo hiciste?

—De alguna manera quería dejar de ser yo —murmuró, la voz se le quebró y buscó la boca de Edward sollozando una vez más en los labios del chico—. Sentí miedo, mucho miedo… pensé que me llevarías con él, que ese era tu plan, hacerme daño y ponérmelo en frente. No quiero verlo nunca más, no quiero.

Edward suspiró en la boca de Bella conteniendo la rabia que burbujeaba en su interior, pero estaba seguro que Borden pagaría todo el daño que le había hecho a esa niña, y que ahora era su niña que protegería con su vida.

—Juro que nunca más lo verás, nunca más —musitó regalándole un par de toque de labios, disfrutando esa maravillosa sensación que atacaba todo su cuerpo.

—Yo lo siento tanto Ed, siento lo de tu mamá y más aún saber que algo me une a esa acción tan cruel. No lo merecías. —lo miraba a los ojos, hermosas flamas que se anclaban en sus pupilas.

—No, no lo merecía, tú tampoco lo merecías, mi madre no lo merecía. Ni siquiera merecíamos ser hijos de quienes somos y he luchado tanto por encontrar respuestas a todo esto que ya estoy cansado, verdaderamente cansado de hacerme preguntas. Lo único que deseo es que todos los culpables del sufrimiento de mi madre y ahora del tuyo, paguen. —le regaló tres besos, uno en los labios, otro en la punta de la nariz y el último en la frente.

A Bella el trayecto de regreso se le hizo mucho más corto, más cálido y menos desesperante. Al entrar en la cabaña ayudó a Edward a sentarse en un sofá de dos plazas que estaba frente a la chimenea, lo suficientemente alejado para que no atentara contra su miedo, pero donde el calor le calentaba la piel.

Fue por un poco de agua y le dio de beber como si fuese un niño.

—Voy por unas mantas, para calentarnos un poco y por el botiquín de primeros auxilios —anunció Bella dejando el vaso de cristal en la mesa baja de un acabado en madera entre rústica y pulida.

Edward asintió en silencio y apenas Bella abandonó la sala se dio a la tarea de quitarse el pesado abrigo frunciendo la cara ante el dolor en el trapecio. Por primera vez agradecía al fuego el calor que le brindaba mientras se deshacía de las prendas que cubrían la parte superior de su cuerpo, quedándose solo con el jean.

Resopló temiendo al ver de soslayo la herida, no podía apreciarla totalmente pero consideraba que era más grande de lo que suponía, había dejado de brotar sangre, porque una ligera capa se había coagulado evitándole la hemorragia.

—Estoy seguro que esta mierda dolerá cuando tengan que limpiar —musitó compungido, teniendo la certeza de que sería bastante engorroso el momento y sobretodo que necesitaba un médico sí o sí.

Bella regresó con una manta de lana a cuadros de colores llamativos y una pequeña caja cofre que fungía como botiquín de primero auxilios. Al ver la herida de Edward dejó caer sobre el sofá lo que traía en las manos.

—No sé de donde mierda salió un pedazo de lata de la carrocería y se me incrustó, pero no es tan grave —acotó Edward antes de que ella pudiese decir algo. Tratando de minimizar la conmoción en Bella que tomaba asiento a su lado.

— ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó con voz ahogada paseando su mirada cargada de agonía de la herida al rostro de Edward.

—Perdí el control de la camioneta, y gracias a un árbol que detuvo el descenso estoy aquí. Confieso que fue imprudencia de mi parte… —hablaba cuando sintió que Bella cerraba con sus brazos la cintura y le pegó el rostro en el pecho, como si estuviese constatando que estaba en ese lugar con ella—. Eso ya no importa —murmuró contra los cabellos sedosos y revueltos de su mujer—. Ahora lo que verdaderamente importa es curarme la herida, llamar a mi tío porque debe estar preocupado y el teléfono lo perdí en el accidente, también tengo que comunicarme con la compañía de alquiler de autos para ver si pueden recuperar el vehículo.

Sabía que la Range Rover prácticamente se había destrozado y que estar con vida se acercaba a un milagro, pero no se lo diría a Bella para no angustiarla más.

—Voy llamar al hotel para que envíen ayuda médica, es necesario que te curen y después llamarás a tu tío. ¿De acuerdo? —preguntó encarándolo y recorriendo con su mirada el rostro de su fiscal.

Edward le llevó una de sus manos a la nuca y la acercó a su boca sin ninguna delicadeza, casi haciéndola estrellarse contra sus labios, separándolos y amenazando con comérsele la boca, hurgó con su lengua cada recoveco tibio y húmedo, rozando sus dientes con los de ella, y que también recorrió con la punta de la lengua. Como si de un famélico se tratara, la besaba con urgencia.

—Supongo que eso es estar de acuerdo —murmuró ella sonriente contra los labios de él y atacada por la necesidad volvió a la carga—. Te extrañé tanto Ed, extrañé tus besos, tus caricias, tus palabras —le confesaba en medio de cortas succiones.

—Pues no lo parece tanto, me has hecho sufrir Bella. Sin ti estoy jodido eso lo he confirmado, nadie lograba soportarme, ni yo mismo. Te necesitaba mi amor, mi hermosa mariposa nocturna.

—Prometí que me tendrías revoloteando en tu espacio y pienso cumplirlo, quiero estar con el hombre que amo, que deseo, el hombre apasionado que anhelo. Eres una combinación perfecta Edward Cullen, al menos para mí lo eres.

—Sí, prometiste revolotear en mi cielo, pero te has dado unas largas, muy largas vacaciones, lo peor de todo sin avisar y cuando más te quería anclada a mi lado.

—Lo siento —dijo frotándole el pecho brindándole a las palmas de sus manos la calidez y textura de la piel de Edward, le dio un beso en el pecho y se puso de pie.

Edward no desamparó a Bella un segundo mientras ella conversaba por teléfono, apenas y podía creer la sucia jugada que les había hecho el destino. Estaba completamente seguro que no podría olvidar de quien era hija, pero no para culparla o hacerle algún reproche, sino para tener presente que debía protegerla, hacer con ella lo que no pudo hacer con su madre.

Durante la llamada Bella explicó el accidente que había sufrido Edward y ellos se ofrecieron a comunicarse con la agencia donde el señor Cullen había alquilado el vehículo.

—Me toca limpiarte la herida, el doctor me ha explicado cómo hacerlo, no quiere una infección, tratará de estar aquí en una hora.

— ¿Me toca ponerme en tus manos? —preguntó con gesto exagerado de pánico.

—Creí que estabas en mis manos —dijo poniéndose de rodillas sobre el sofá en color verde manaza.

—No de esta manera.

—Te tocará estarlo de todas las maneras… —alegó buscado en el botiquín de primeros auxilios si tenía gasa y solución antiséptica.

— ¿Estás segura de cómo hacerlo? —preguntó Edward al ver que Bella se alejaba.

—Completamente segura no, pero no creo que sea tan difícil. Sólo voy a limpiarla un poco —informó mientras se lavaba las manos.

Al regresar se las secó y se colocó unos guantes de látex y con los productos que el doctor le había indicado limpió alrededor de la herida retirando la sangre seca, llenándose cada vez más de agonía al ver la piel abierta.

— ¿Duele? —preguntó torciendo la boca.

—Te mentiría si digo que no.

Bella trató de hacerlo con más cuidado y exactamente como el doctor se lo había pedido. Al terminar colocó a un lado los productos usados, se quitó los guantes y se sentó un lado de Edward, entonces él le tomó la mano y entrelazó los dedos, llenándole los espacios vacíos como había prometido.

—Ed —musitó el nombre de él buscándole la mirada—. No suelo ser muy expresiva, tal vez me cueste decir a cada minuto que te amo y no sé con cuanta frecuencia quieres escucharlo, pero eso no quiere decir que no lo haga a cada segundo, a cada latido.

—Sé lo que sientes y eso es lo importante. Desde hace mucho he tenido la certeza de tus sentimientos sin que hayas tenido que confesarlo, no obstante quería escucharlo y que tu escucharas que ya no te quiero sólo como amiga, ni como amante, te quiero como la mujer de mi vida y suelo ser poco expresivo también.

—Eso me gusta —dijo sonriendo—. Quiero emocionarme cada vez que me lo digas, que sea en momentos cuando no me lo espere para que se me alteren los latidos aún más de lo que lo hace tu presencia y que no hagas una costumbre, completamente predecible de lo que creo es tan importante. No quiero perder el significado que le has dado al amor para mí y lo conviertas en el que ya conocía. —confesó siendo completamente sincera con él.

Edward sabía que los te amo para Bella estaban manchados por culpa del mal nacido que tenía por padre, pero él haría de cada momento en que se lo dijera el más especial de todos.

—El significado al te amo que te he dado, no lo encontrarás en otra parte, ni siquiera en otra vida si es que la hay. Mi amor por ti es único, lo que siento por ti Bella Swan es irreemplazable.

Edward la instó a que lo besara una vez más y ella así lo hizo, besos que pasaron de ser tiernos a apasionados y que irremediablemente empezaba a calentarle la sangre y a desear más, mucho más que besos. Tal vez hubiesen avanzado al dejarse arrastrar por el deseo, pero el doctor se anunció en la puerta, recordándoles que físicamente en cierta parte Edward estaba limitado.


Espero que les haya gustado el capítulo.

No creen que merezca Reviews.


Adelanto del próximo capítulo…

Juro que no lo sabía. Si al menos hubiese tenido la sospecha, ni siquiera me habría acercado. Sé lo que se siente estar roto por dentro. Confío en que nunca me harás daño, por favor no me permitas llegar al punto de mi madre. Cuando estés casando de mí prefiero que desaparezcas, que te vayas sin siquiera despedirte.

Nunca serás como tu madre, porque eres una mujer fuerte, decidida con ideas propias. No quieres vivir a la sombra de nadie y fue eso lo que me cautivó. Verte luchar por lo que quieres. —le pellizcó cariñosamente una mejilla y le lanzó un beso.