(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducción tampoco me pertenece, le pertenece a Traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
*nota: si están inconformes con que utilice su traducción, favor de avisarme.
Capitulo 50.
Ella sabía que el cambio había sucedido, porque dolía como el infierno. Un destello de dolor insoportable mientras sus rasgos se liberaban del control que los escondía.
El demonio se abalanzó, y ella se desplomó dentro de la fuente de poder que desbordaba de ella.
Magia, salvaje e imperdonable, salía de ella, golpeando a la criatura y mandándola a volar. Fuego, hace años, su poder usualmente se manifestaba en fuego.
Ella podía olerlo todo, ver todo. Los sentidos amplificados llamaban su atención a cualquier lugar, diciéndole que este mundo estaba mal y que ella necesitaba salir ahora.
Pero ella no saldría, no hasta que Albert y Ligera estuvieran a salvo. La criatura dejó de rodar, en sus pies en un instante y Candy se colocó entre la criatura y Albert. El demonio la olfateó, apoyándose en sus cuartos traseros. Ella levantó a Damaris y gritó su desafío. Desde lejos en la niebla, rugidos le contestaron. Uno de los rugidos viniendo de la cosa en frente de ella.
Ella miró a Albert, aún de cuclillas sobre Ligera y mostró sus dientes, colmillos que irradiaban una luz gris. Albert la observaba. Ella podía oler su terror y su temor. Podía oler su sangre, tan humana y ordinaria. Ella sintió la magia brotando más y más, incontrolable, antigua y quemándola.
— Corre — gruñó ella, más como una súplica, que como una orden, porque la magia era un ente viviente y quería ser liberada y era tan probable que lo lastimara a él, al igual que a la criatura. Porque ese portal podría cerrarse en cualquier momento y dejarlas aquí para siempre.
Ella no esperó a ver lo que hacía Albert. La criatura se abalanzó hacia ella, desembocado por la carne blanca marchita. Ella corrió en dirección a la criatura, arrojando su poder inmortal como un golpe fantasma. Disparó una ráfaga azul de pólvora, pero la criatura la esquivó, al igual que el siguiente golpe y el siguiente.
Candy blandió a Damaris y la criatura se agachó antes de dar unos pasos hacia atrás. Los rugidos en la distancia se acercaban.
Un crujido de una roca se escuchó detrás de ella y supo que Albert estaba llegando cerca del portal.
El demonio empezó a acecharla. Después el crujido paró. Eso significaba que Albert estaba en el pasaje de nuevo, seguramente se había llevado a Ligera con él. Estaba a salvo. A salvo.
Esa cosa era demasiado lista y demasiado rápida, demasiado fuerte, a pesar de sus extremidades larguiruchas.
Y si otras cosas vinieran… si más de esas cosas pasaran por el portal antes de que se cerrara…
Su magia se estaba fortaleciendo nuevamente, surgiendo de más profundo ahora. Candy midió la distancia entre ellos mientras retrocedía en dirección al portal.
Ella tenía un poco de control sobre el poder, pero ella tenía una espada, una espada sagrada, hecha por las hadas, capaz de resistir la magia. Un conductor.
Al no tener el tiempo suficiente para pensar, ella arrojó todo su poder más puro hacia la espada dorada. Su espada brilló de color rojo caliente, los bordes crepitando con los rayos.
La criatura se tensó, como si pudiera sentir lo que ella estaba a punto de hacer cuando levantó la espada sobre su cabeza. Con un grito de batalla que rompió a través de la niebla, Candy hundió a Damaris en la tierra.
El suelo se abría en dirección al demonio, como una enorme red de líneas y fisuras. Y después el suelo que los separaba comenzó a colapsarse, pie por pie, hasta que la criatura estaba corriendo lejos.
Pronto hubo únicamente un pequeño borde de tierra rodeando a Candy, que estaba de espaldas al portal abierto y un inmenso abismo ante ella.
Candy arrancó a Damaris del suelo roto. Ella sabía que tenía que salir. Tenía que salir ahora.
Pero antes de que se pudiera mover, antes de que llegara al portal, la magia fluyó, tan violentamente que hizo ceder a sus rodillas. El dolor fluyó y cambio a su torpe y frágil cuerpo humano.
Y después sintió unas fuertes manos en sus hombros, unas manos que conocía tan bien, arrastrándola, a través del portal, dentro de Erilea, donde su magia se apagaría como una vela.
Terry llego justo a tiempo para ver a Albert acarreando a Candy de regresó al portal. Ella estaba consciente, pero era un peso muerto en los brazos del capitán mientras él la arrastraba por el suelo. Una vez que estuvieron del otro lado, él la dejó caer como si estuviera hecha de fuego y Candy yació jadeando en las piedras.
¿Qué había pasado? Antes había un terreno de roca más allá del portal y ahora... Ahora no había nada más que un pequeño saliente y un enorme cráter. La criatura pálida se había ido.
Candy se apoyó en sus codos, sus miembros temblando. La cabeza de Terry dolía, pero logró caminar hacia ellos. Él la había estado acarreando hace un momento y luego... Luego ella lo había noqueado. ¿Por qué?
—Ciérralo — le decía Albert, su cara tan blanca que la sangre salpicada en él destacaba aún más. — Ciérralo.
—No puedo — suspiró Candy. Terry se apoyó en la pared para no caer de rodillas debido al dolor de cabeza. Llegó hasta donde estaban ellos, en frente del portal, donde Ligera acariciaba a Candy.
—Seguirán cruzando — se quejó Albert. Algo andaba mal, Terry se dio cuenta, algo estaba mal entre ellos.
Albert no la tocaba, no la ayudaba.
Más allá del cráter dentro del portal, los rugidos se hacían más fuertes. Sin duda, esas cosas encontrarían una manera de cruzar.
—Estoy seca… Ya no tengo nada de magia para cerrar esta puerta— Candy hizo una mueca de dolor y levantó sus ojos hasta mirar a los de Terry — Pero tú si puedes.
Desde el rabillo de su ojo, Candy vio a Albert girar la cara hacia Terry. Ella se tambaleó, poniéndose de pie. Ligera se colocó nuevamente entre el portal y Candy, gruñendo en voz baja.
— Ayúdame — le susurró al príncipe, mientras algo de energía regresaba. Terry no miró a Albert y dio un paso hacia adelante.
— ¿Qué tengo que hacer?
—Necesito tu sangre. Lo demás lo puedo hacer yo, al menos eso espero.
Albert comenzó a objetar y Candy le lanzó una débil, amarga sonrisa.
— No te preocupes. Sólo será un corte en el brazo.
Desenvainando su espada, Terry subió la manga de su camisa y guió una daga por su brazo. Sangre salía del corte, rápida y brillante.
— ¿Cómo aprendiste a abrir un portal? — gruñó Albert.
— Encontré un libro— dijo ella. Era la verdad — Quería hablar con Annie. Se hizo el silencio, un lastimoso y espantoso silencio. Pero después ella añadió: — Y-yo creo que accidentalmente añadí un símbolo.
Señaló a las marcas del Wyrd que había hecho, una de las que había reorganizado.
— Fue direccionado al lugar incorrecto. Pero podríamos cerrar esta puerta, si tenemos suerte.
Lo que ella no les dijo fue que había una buena posibilidad de que no funcionara. Pero porque no había otros libros en sus aposentos y porque Archie se había llevado Los Muertos Vivientes con él, todo lo que tenía que hacer era el hechizo sellador que había usado en la puerta de la biblioteca.
Y no había manera, no había ninguna maldita manera, de que ella abandonara el portal abierto o que dejara a uno de ellos para cuidarlo. El portal se cerraría por sí mismo eventualmente, pero ella no sabía cuándo. Más de esas podrían arrastrarse del otro lado en cualquier momento. Así que ella intentaría esto, porque era su única opción. Se le ocurriría otro plan, si éste no funcionaba.
Funcionará, se decía a sí misma.
Terry puso una mano cálida, tranquilizadora en su espalda mientras ella metía los dedos en su sangre. Ella no se había dado cuenta de lo congeladas que estaban sus manos, hasta que el calor de su sangre calentó las yemas de sus dedos. Una a una ella dibujo las marcas selladoras sobre los símbolos color verde brillante. Terry nunca la soltó, únicamente la acercó más cuando ella se tambaleó. Albert no dijo nada.
Sus rodillas se doblaron, pero terminó de cubrir los símbolos con la sangre de Terry. Un rugido prolongado resonó en el maldito mundo cuando el último símbolo estalló, la niebla, las rocas y el barranco fundiéndose en negro, y luego convirtiéndose en la familiar piedra.
Candy mantuvo su respiración tranquila, utilizando toda su concentración en eso. Si mantenía así su respiración, no se desplomaría.
Terry bajó sus brazos y dejó salir un suspiro, finalmente soltándola.
— Vámonos — ordenó Albert, recogiendo a Ligera, quien se quejó de dolor y le dio un gruñido de advertencia.
— Creo que todos necesitamos un trago— dijo Terry silenciosamente —Y también una explicación.
Pero Candy miro a través del pasillo, en dirección a la escalera. Donde Archie había huido. ¿Había sido hace solo unos minutos? Se había sentido como una eternidad.
Pero solo habían sido unos minutos… Su respiración titubeó. Ella había descubierto la única salida del castillo y estaba segura que era por donde Archie se había ido. Después de lo que le había hecho a Annie, después de tomar el libro y abandonarlos con esa criatura…
El cansancio fue remplazado por esa familiar ira. La ira que ardía a través de todo, al igual que cuando Archie había destruido lo que ella amaba.
Albert intervino en su camino.
— Ni siquiera lo pienses…
Jadeando, Candy desenvainó a Damaris.
— Él es mío.
Antes de que Albert pudiera detenerla, ella se precipitó por las escaleras.
Continuara…
Hola chicas…
Bueno con está actualización me despido. Gracias por haber ledio, por sus comentarios que siempre me hispirán a seguir con este tipo de historias.
También a aquellas que se mantuvieron en el anonimato.
Laura GrandChester, CONNY G e irene.
Espero volver el siguiente año con Heredera de Fuego y se que el final de Corona de Medianoche las va a sorprender mucho!
Espero y lo hayan disfrutado.
Saludos!
Cellyta G.
