Neriah abrió los ojos y contempló el techo de piedra. La cabeza le daba vueltas, la boca le sabía a yeso y a sangre seca y apenas sentía el resto de su cuerpo. Murmuró algo parecido a un lastimero "ay" mientras trataba de recordar cómo había llegado ahí.

Había luchado contra Rose, y eso la había dejado literalmente para el arrastre. Aún así, ella se había lanzado a salvar a los hermanos de la chica. Se había desecho de uno de los guardias de William sin mayor problema. Lo único que recordaba a partir de entonces era un fuerte dolor en la cabeza y haberse desplomado en el suelo.

Un rayo de luz se filtró a través de una ventana. Amanecía. Neriah se incorporó como pudo y apartó de un manotazo al soldado muerto. Luego se puso en pie. Más arriba, se escuchaban dos sonidos amortiguados, como llantos de niño. Ella se apresuró a subir todo lo deprisa que le permitió su agarrotado cuerpo para encontrarse a Aaron y a Diane abrazados y acurrucados en un rincón. Ellos se encogieron aún más al verla, pero ella alzó las manos y se acercó a la luz para que los niños distinguieran su rostro. Entonces, Diane se lanzó hacia ella y le rodeó la cintura con sus bracitos. Neriah no supo qué hacer entonces. Echó los hombros hacia atrás y se quedó contemplando a la cría durante unos momentos. Apenas la habían abrazado de esa forma en la vida, y no sabía cómo reaccionar. Decidió imitar la conducta de Aurora.

-Estooo…-farfulló-. Diane… ¿Q-Qué ha pasado?

Pero la cría lloraba con todas sus fuerzas, incapaz de hablar. Aaron se puso en pie y fue hacia su hermana, tratando de contener el llanto.

-Es Rose –señaló la puerta-. Está allí. Él la ha matado…

Diane gimió con más fuerza al oír la última frase y se aferró con más fuerza a la mujer. Neriah supo que tenía que decirles algo, de tranquilizarles, pero eso no iba con ella. Además, no sabía cómo tratar con niños. Pero tampoco podía dejarlos así.

Hizo un gesto al niño y Aaron se le acercó. Ella puso las manos en las cabezas de los niños.

-Iirkemet –les susurró, poniendo la voz más suave y tierna que pudo encontrar. Al instante, Aaron y Diane cerraron los ojos, profundamente dormidos. Ella murmuró otro hechizo y los dejó en sus camas, durmiendo como si nada. Luego volvió a aparecerse en la torre.

Aurora dormía, al parecer completamente agotada. Rose, a la que la luz del sol daba de lleno, yacía en el centro de la sala, sobre un gran charco de sangre. La Espada de la Verdad estaba tirada en el suelo algo lejos de ella, empapada en la sangre de la joven. Neriah se acercó lentamente, sabiendo que ya no podía hacer nada por ella.

Rose miraba al techo con los ojos desprovistos de toda vida y los labios entreabiertos como a punto de decir una última frase que nunca llegaría. Neriah se arrodilló ante ella y le cerró los ojos con delicadeza. Luego se apresuró a limpiar la sangre de la Espada de la Verdad, porque sentía que el destino les había jugado a Aurora y a Philip la peor de las malas pasadas. El arma que había acabado con Maleficent, la que hiciera que ellos pudieran vivir felices, había causado la muerte de su propia hija. Limpiándola les libraría de ese peso. Nadie salvo ella sabría que una de las armas de la Justicia había herido a la joven Rose.

Metió la Espada de la Verdad en su vaina y la situó junto a Aurora, apoyada contra la pared. Luego desapareció.


Aurora despertó al poco rato, sintiéndose completamente exhausta. Abrió los ojos y examinó la estancia con la vista nublada. Parpadeó, considerando la idea de volver a dormirse…

Entonces, un bulto tendido en el suelo captó su atención. Aurora alzó la cabeza, sin reconocer del todo la sala y sin recordar nada. Se puso en pie sin muchas prisas y se restregó los ojos, para acto seguido ahogar un grito.

Aurora reconoció el bulto como su propia hija. Se precipitó hacia ella y se arrodilló a su lado. Se empapó el camisón de sangre, pero no le importó lo más mínimo. Colocó la cabeza de Rose en su regazo. Tenía los ojos cerrados y la expresión serena, como si durmiera. Tenía una enorme herida a la altura del vientre. Estaba muerta.

Aurora ahogó un gemido y se convulsionó como si fuese a vomitar. Entonces alzó la cabeza y gritó. Fue un bramido de dolor, de rabia contenida y de frustración, tras el cual Aurora empezó a gemir con todas sus fuerzas, mirando al techo y sujetando el inerte cuerpo de su hija. Así la encontraron los soldados enviados por Philip, que se apresuraron a llamar a su señor. Él se quedó en el umbral, mirando a su mujer, pero fue el primero de todos en recobrar la compostura. Se le acercó de puntillas y la tocó en un hombro. Aurora ni se inmutó.

-Te…-balbuceó Philip-. Tenemos que bajar.

Philip extendió los brazos para coger a Rose, pero Aurora bajó súbitamente la cabeza, agarró a Rose con todas sus fuerzas y la apartó de él. Le miraba con los ojos inundados de lágrimas, triste y furiosa, como si Philip fuera un demonio.

-¡No! –gimió-. ¡Es mi niña, y no vas a llevártela!

-Pero…

-¡NO!

En ese momento apareció Galen, todo sudado y con un pequeño rastro de sangre seca en la cara. Contempló la escena durante unos segundos y, viendo que su padre no sabía qué hacer, decidió actuar él.

-¡Madre! –Gritó, con voz suave pero firme-. Por favor, Madre…

Se arrodilló junto a ella y la abrazó. Aurora siguió llorando en el hombro de su hijo y, al poco rato, sus brazos se aflojaron. Philip aprovechó y le quitó a Rose con mucha suavidad.

-Era mi niña, mi pequeña…–sollozaba Aurora una y otra vez.

-Lo sé –contestó Galen. Intercambió una mirada con su padre que le daba a entender que podía llevarse a Rose. Philip cogió a su hija en volandas y les dio la espalda a ambos, muy sereno, pero una vez atravesado el umbral empezó a llorar en silencio.


Dejó a Rose en su cama y ordenó a sus criadas que la cosieran la herida, la bañaran y la vistieran. Acto seguido fue a los aposentos de William, donde lo esperaba su criado personal. Allí habían descubierto el cuerpo sin vida del joven, justo al lado del catre donde descansaba el pequeño Conrad. Cuando llegó, el niño acababa de levantarse y exigía a voces su desayuno. Philip pasó por encima del cuerpo de William sin hacerle el menor caso y cogió al bebé en brazos.

-¡Má! –le espetó Conrad. Después giró la cabeza para buscar a su madre.

Philip suspiró y llamó a la aya del niño. Lo puso en sus brazos y le ordenó que le diera de comer. Luego ordenó llamar al enterrador y dio instrucciones para enterrar el cuerpo de William junto a la tapia del cementerio sin lápida que lo recordara.

Neriah apareció unas horas después con los dos sirvientes de William. Philip los mandó automáticamente al potro para que confesaran, pero no hizo falta. Los dos se arrodillaron delante de él y le besaron las botas, deseosos de ganarse su favor. Lo contaron absolutamente todo: que William tenía amenazada a Rose con matar a su familia con sus propias flechas si ésta no le ayudaba, después la ira del joven por la muerte de su madre y cómo había ido perdiendo los estribos. También dijeron que Rose se había acobardado en el último momento y que por eso William había ordenado matar al pequeño Conrad si Rose le dejaba.

Philip escuchó pacientemente todo aquello mientras su secretario tomaba nota de todo. Al acabar, los dos hombres tocaron el suelo con la frente, implorando de nuevo perdón, pero Philip estaba harto. Ordenó que les dieran a los dos un baño de aceite hirviendo.

-¿No crees que te has pasado un poco? –preguntó una voz a sus espaldas.

-No –se limitó a responder Philip-. He…He ordenado que preparen un sepulcro para Rose en el panteón real. Hasta entonces, va a descansar en ataúd.

Neriah suspiró.

-¿Y Aurora?

-No sé cómo se lo tomará –Philip se acercó a una ventana y se asomó. Bajó la cabeza-. Al fin y al cabo, Rose era joven, y tenía toda una vida por delante. Y Conrad…

Neriah se le acercó, sintiendo disminuir notablemente el resentimiento hacia él.

-¿Qué hacemos con Aaron y Diane? –Dijo, cambiando de tema-. Vieron morir a su hermana.

Philip negó con la cabeza.

-¿Qué sugieres?

-Puedo hacerlos olvidar. Así creerán que se pasaron esa noche en la cama, durmiendo como si nada.

-Pero la muerte de Rose seguirá ahí –zanjó Philip. Carraspeó-. Tienes mi permiso.


-Vamos, Madre –dijo Galen a media voz, levantando a Aurora del suelo. Ella se apoyó en su hombro. Había dejado de llorar, pero a las lágrimas le había seguido el más absoluto de los silencios.

Galen echó a andar hacia la puerta, pero de camino pisó algo. El joven se apartó de su madre y se agachó. Lo que había pisado eran dos anillos de oro unidos, por los que pasaba un cordón de plata roto. Galen recogió la joya y la examinó, extrañado. Dentro de cada anillo había grabado un nombre; Rose y William.

-¿Galen? –oyó.

El príncipe giró la cabeza e hizo un amago de sonrisa a su madre. Se guardó el collar en el bolsillo y cogió de nuevo a su madre del brazo.

-No es nada, Madre. Sigamos.