SIRIUS:

Se sentía horrible. Parecía que todo lo que había estado haciendo después de que lo sacaran del sótano traicionaba o lastimaba a Remus. Pasaba una y otra vez, y parecía no poder evitarlo. Primero con su promesa de no beber. Después con no poder satisfacer su necesidad de afecto físico, a pesar de saber que, aunque Remus raramente lo pedía, lo necesitaba desesperadamente. Sabía que se estaba destrozando por dentro (y por fuera, con la luna) gracias a la preocupación que sentía por la condición de Sirius. Y ahora lo había vuelto a hacer. Había llegado tan lejos como para decirle traidor.

Tomó otro sorbo de la botella que tenía en la mano. La ironía por el hecho de que estaba en una habitación que egoístamente había mantenido en secreto, haciendo lo que había prometido no hacer, era bastante obvia.

Enterró la cara en la tela roja y dorada del sillón donde estaba y dejó salir un hipo miserable. Rojo y dorado. Los colores de Gryffindor. No se sentía muy valiente en ese momento.

Remus estaba solo en la enfermería, temblando mientras sus músculos y tendones se estiraban y preparaban para la transformación que pronto ocurriría. Sabía que, si salía corriendo, podía llegar a verlo antes de que fuera al Sauce Boxeador, pero no podía. No podía decidir si arreglaría las cosas –podía disculparse y mostrarle lo mucho que se arrepentía- o si empeoraría todo –estaba borracho, después de todo, y Remus le había ordenado que no lo siguiera.

¿Y por qué estaba tomando esa noche, de todas formas? Vagamente recordaba haber salido de la biblioteca, con la culpa carcomiéndole el estómago y tironeando todos y cada uno de sus órganos internos. Recordaba sus propios pensamientos escupiéndole verdades una y otra vez, no merecía a Remus, y no debería forzarlo a perdonarlo tan pronto.

Había terminado en la cocina sin darse cuenta, y los elfos, siempre desesperados por complacer, le habían puesto una botella de vino en las manos sin que siquiera la pidiera. No había podido resistir el atractivo de no pensar que le traía ese estado.

Volvió a ver la botella y repentinamente sintió nauseas. Era culpa del alcohol, pensó. Todo había empezado con él. Había empezado al ordenarle al elfo doméstico que le trajera el mejor whisky de fuego que tuviera. De ahí habían sido los posters en la pared que reamente no había decidido pegar. Después el sótano y los barriles de vino y los demonios-sombras que crecían y mutaban en la oscuridad.

Y claro, la promesa a Remus. La promesa rota.

Era todo culpa del alcohol.

Miró a la botella que tenía en la mano y se acercó al borde del sillón para vomitar en el piso. Enderezándose de nuevo, tiró a botella contra la pared con su típico drama. Se rompió con un satisfactorio sonido, y pedazos de vidrio saltaron por todas partes, brillando a la luz de las velas flotantes.

Se dio cuenta de que tenía que ver a madame Pomfrey. Ella lo ayudaría, y sabía que sería discreta. Seguramente hasta podría persuadirla de no mencionárselo a Dumbledore o McGonagall. O peor, a los Potter o los Anders.

Se quedó quieto por unos momentos, observando el brillante rio de vino que se alejaba lentamente de las paredes y se metía en las hendiduras del blanco piso de piedra. El color le recordó los ojos de Remus, algo que, rápidamente se aseguró, no hubiera pasado de no estar tan borracho.

Se paró bruscamente, sacando su varita del bolsillo para ver la hora. Era mucho más tarde de lo que había creído. La luna ya había salido, y Remus debía de estar completamente seguro en la Casa de los Gritos. Tenía que ver a Pomfrey inmediatamente, antes de perder el coraje.

No podía esperar para decirle a Remus.


No fue hasta que caminó por el pasillo y el movimiento provocó que el alcohol le corriera rápidamente por las venas que se dio cuenta de cuánto había tomado. Parecía no poder caminar en línea recta, y no dejaba de sentir ganas de reír al pensar en la cara alegre de Remus cuando le contara su plan.

Sus pensamientos comenzaron a ponerse más borrosos, y así fue como tomó el pasillo equivocado, terminando en el pasillo principal, justo afuera del comedor y las puertas principales. ¡Mierda! ¡Concéntrate, Sirius!

Frunció, forzando a su cerebro a recordar el camino más rápido a la enfermería. Sí, a la izquierda, pasando por el tapete. Dio media vuelta, y se encontró con Snape, de toda la gente.

Arrugó la nariz con asco. Era una nariz tan prominente que el disgusto literalmente irradiaba de ella. Reprimió más ganas de reírse.

-¡Por Dios, Black! –Exclamó.- ¿Qué demonios has estado bebiendo? Hueles a alfombra vieja de bar. –A pesar de sus valientes palabras, estuvo seguro de notar un poco de miedo en su mirada al sentir el fuerte olor a alcohol en su aliento. Le recordó perturbadoramente a la mirada de Remus al descubrir la botella de whisky en el cajón de la enfermería.

Mi padre solía tomar esto…

-Déjame en paz, Quejicus. –Le contestó. No estaba de humor para pelear con el Slytherin. Además, había sentido una asquerosa puñalada de piedad al notar ese miedo. Desafortunadamente estaba más que un poco borracho, y lo que dijo sonó más como "D'jame'npaz, Quejicos"

Snape lo miró con maliciosa alegría.- Ooh, estás bastante borracho, ¿no, Black? Dime, ¿qué harías si McGonagall se enterara? ¿O tu precioso profesor Dumbledore? Cree que los rayos de sol te salen del culo, ¿no? El Slytherin convertido en Gryffindor. El que tuvo la fuerza para resistir la casa de las serpientes.

Luchó por enfocar su mente. Mentalmente se maldijo por estar borracho. De haber estado sobrio, hubiera hechizado a Snape y lo hubiera dejado podrirse en un charco de su propia grasa. Pero de no haberlo estado, nada de eso hubiera pasado, ¿o sí?

-No teatrevas'a decirles, -le contestó, finalmente encontrándole el sentido a las palabras del Slytherin. El tono amenazante arruinado por su forma de hablar.

-¿O qué? –Se rió Snape.- ¿Me vas a vomitar encima? –Apoyó su huesudo cuerpo contra la pared. Sirius supuso que quería lucir despreocupado, pero lo que realmente logró fue parecer un buitre colgado de un perchero por el cuello.

Abrió la boca, tratando de pensar una respuesta inteligente.

-¿Es un secreto tuyo, Black? –Preguntó cruelmente.- ¿Eres alcohólico en secreto? Apuesto a que tienes muchos secretos, ¿no?

Sirius lo miró confundido.

-Lo sé todo sobre secretos, sabes, -continuó.- Y sé lo dañinos que pueden ser. –Sus labios formaron una expresión que alguien ciego, ligeramente confundido y borracho podría confundir con una sonrisa.- Por ejemplo, sé lo de Lupin.

La corta oración le cayó encima como un balde de agua fría. ¡El maldito Quejicus sabía lo de la licantropía de Remus! ¡Pordiospordiospordios! ¡Que me ayude merlin! ¿Qué carajo va a pasarle a Remus si lo cuenta? Por DIOS, el ministerio… reservas… látigos de plata…

Y finalmente su sorprendida y borracha mente lo comprendió.- Me va a chantajear. Y no puedo hacer nada. Tengo que hacer lo que diga. Por Lunático.

-¿Qué quieres? –Susurró débilmente.- ¿Pa' no decir nada? –Por Merlín, cómo le hubiera gustado estar sobrio. Necesitaba pensar.

Snape sonrió.- Me impresionas, Black. Hasta borracho como estás te das cuenta de las cosas rápidamente.

Tambaleó y se sostuvo con una mano contra la pared. Snape rió.

-Me encontraré con alguien en Hogsmade esta noche. Unos amigos míos me lo presentarán. Es algo Slytherin, tú entiendes. –Lo miró burlonamente.- O no, en tu caso. Dudo que puedas entender algo ahora, además de que te estoy chantajeando de aquí a la China. Iba a tratar de salir por la puerta principal. –Asintió hacia las gigantescas, y cerradas, puertas.- Pero, sé que tú y tus amiguitos conocen túneles secretos hacia todos lados. Dime cómo ir a Hogsmade, o se los diré a todos.

Se quedó sin aliento. No le estaba pidiendo algo terrible. Salirse hasta Hogsmade. Claro que no sería todo. Snape ya tenía el secreto de Lunático en las manos. Podía forzarlo a él o a cualquiera de los otros Merodeadores a hacer cualquier cosa, en cualquier momento, hasta que se graduaran, o incluso más adelante. La vida de Remus se arruinaría para siempre por ello.

-No puedo hacer nada, -comprendió.- Tengo que decirle.

Bueno, había tres túneles hasta Hogsmade desde la escuela. El que estaba detrás del espejo. El de la bruja jorobada, y por supuesto, el de la Casa de los Gritos. No podía darle ese. Especialmente no esa noche. Era luna llena y Remus estaba…

Merlín.

Era brillante. Una salida del problema. Dios, era un genio, incluso cuando estaba borracho. Sería la máxima venganza. Una broma superior a todas las otras. Una forma de demostrar que nadie se mete con los Merodeadores, y especialmente su Lunático. Podían deshacerse de Snape y su chantaje para siempre.

¡Cuánta genialidad!

-Bien, Quejicus, -le dijo, intentando no sonar victorioso.- Te diré 'onde'stá'el maldito túnel. 'Stá bajo'las raíces del sauce boseador. Hayuna puerta en'el pasillo de la enfermería. necesitasun palo pa' detener las ramas. El túnel va Hogsmade.

Snape sonrió triunfantemente, y se dio vuelta.- Más vale que estés diciendo la verdad, Black. -Habló por encima del hombro.- ¡Si no, le diré a toda la escuela o de tu perversa relación con Lupin!

Se congeló. ¿QUÉ?

Y de repente sintió que otro balde de agua helada le caía encima. Este casi lo hizo sentir sobrio. Tenía el secreto equivocado. Snape sabía de su relación, no que Remus era un hombre lobo.

Y se dio cuenta de algo más.- Por Dios, estoy a punto de matar a Snape. No, Lunático va a matar a Snape. Haré que Remus sea un asesino. Por Dios, es imposible que escondamos eso del Ministerio…

-¿Qué carajo hice?

Tenía que detener a Snape. Salió corriendo por el pasillo, chocándose con las paredes mientras su mareado cuerpo intentaba obedecerle. HayqueencontraraSnapehayquedeteneraSnape.

¡Ahí! Una persona con ropa oscura delante, caminando rápidamente por el pasillo.- ¡Snape! ¡Espera!

-¿Sirius?

Se detuvo de repente.- ¿James?

-¡Te estuve buscando por todos lados! ¿Sabes qué hora es? Creí que habías hecho algo estúpido.

-¡Por Dios, James, lo hice! ¡Hice algo horrible! ¡Tienes que ayudarme! –Lo agarró por los hombros y lo sacudió.-

-¿Qué? ¿Qué hiciste?

-Le dije a Snape cómo llegar al Sauce Boxeador. Está yendo para allá.

Hasta con la poca luz del pasillo, pudo ver cómo la cara de James se ponía blanca.- Por favor dime que estás bromeando. –Dejó salir un hipo y sacudió la cabeza.- Y de vuelta estás borracho. Mierda, tenemos que detenerlo. –Volvió a asentir, preparándose para correr.- ¡No! Tú sólo… ¡mierda! Ve a decirle a Dumbledore. No estás en condiciones de rescatar a Snape.

-Pero…

-¡Sólo haz lo que te dije!

Retrocedió unos pasos y asintió débilmente. James se dio vuelta y salió corriendo detrás de Snape.

¿Qué hice? ¿Qué hice? ¿Qué hice?


Estaba helado. No tenía ideas en la cabeza, ninguna emoción. Su mente completa se había vuelto un enorme agujero de shock. Resultaba que la forma más rápida de llegar a ese estado sin pensamientos no era el alcohol, sino la irreparable traición a la persona que más quería en el mundo.

Ni siquiera podía recordar la reacción de Dumbledore. Se acordaba de haber subido las escaleras de la oficina de Dumbledore y golpeado con fuerza la puerta de su cuarto privado. Supuso que había contado todo, porque lo siguiente que recordaba era que lo ponían bruscamente en la silla de su oficina, y Dumbledore se había ido, todavía usando los pijamas a rayas naranjas y purpura. No estaba seguro, pero creía que Dumbledore ni siquiera había estado usando zapatos.

El único sonido en la oficina era el del suave movimiento de los extraños instrumentos que cubrían cada superficie de la habitación, y el suave fuego que se apagaba en la gigantesca chimenea de la pared.

No podía sentir pasar el tiempo. Podían haber sido minutos, horas, días… no tenía idea. ¿Snape estaba muerto?

Tenía la mente en blanco y se le revolvía el estómago, lo que provocaba que el ácido le subiera y le quemara la garganta.

¿Y Lunático? ¿Había hecho pedazos al Slytherin?

El estómago se le revolvió de nuevo, y se acercó hasta el brazo del sillón para vomitar. No tenía más que el resto del vino en el estómago, y después de largos minutos de arcadas violentas, sólo pudo sacar ácido estomacal y negra bilis. Cada musculo de su abdomen se sentía adolorido y tenso.

Terminó tirado débilmente en el brazo del sillón, mirando al charco de vómito debajo, incapaz de moverse mientras respiraba agitadamente.

Le sería imposible decir cuánto tiempo había estado en esa posición. No notó la luna ponerse, y sólo notó el amanecer cuando los primeros rayos de sol le tocaron la mejilla. Volvió a vomitar.

¿Dónde estaría Dumbledore? Debía haber estado esperando por horas.

Como para responderle, se escuchó el fuerte sonido de las gárgolas y las escaleras de la entrada moviéndose. La puerta se abrió unos segundos después y Sirius intentó levantar la cabeza. Parecía que la habían llenado de cemento y apenas llegó a ver los ridículos pijamas de Dumbledore y las dos personas que lo seguían, cuando tuvo que volver a apoyar su cabeza en el brazo del sillón con un crack.

-Tomen asiento, señor Potter, señor Snape.

Observó cómo James y Snape obedecían rápidamente, dándole miradas, llevando los ojos del charco en el piso a su cara distraída y manchada. Una parte muy, muy distante de su mente se sintió terriblemente aliviada al ver su nariz ganchuda en perfecto estado. Snape se sostenía el brazo derecho con una mueca de dolor, y James tenía un rasguño en la mejilla, además de un bulto en el hombro que supuso sería por unas vendas debajo.

-Tenemos un asunto serio en las manos, caballeros, -habló Dumbledore. Su voz no mostraba emoción, y los ojos azules le brillaban, pero su expresión no irradiaba calidez. Era brillo como de diamante, frío, antiguo e impersonal.

-Black debería ser expulsado, -exclamó Snape.- ¡Trató de matarme!

-Le aseguro, señor Snape, -contestó Dumbledore firmemente.- Que lidiaré con el señor Black muy severamente. Sin embargo, como estoy seguro usted sabe, el señor Black no estaba, y sigue sin estar, en condición para considerar lógicamente todas las repercusiones de sus acciones.

-¡No puedo creerlo! –Snape se veía furioso e indefenso.- ¿Todavía lo defiende? ¿Sólo porque es uno de los chicos dorados de Gryffindor? –Escupió las últimas palabras como si le dejaran un sabor amargo en la boca.

Sabía que normalmente reaccionaría, seguramente con rabia, pero seguía sintiéndose distante de su cuerpo, y ni siquiera se movió al mirar a Snape con los ojos vacíos. Notó la mirada medio preocupada, medio furiosa que le daba James y ni siquiera pudo formar una expresión para calmarlo.

-Su casa no tiene nada que ver con…

-¡Oh, claro que no! –Snape realmente parecía al borde de las lágrimas.- Porque si hubiera sido yo quien enviara a Potter o Black a enfrentar la muerte a manos de un violento hombre lobo, también me dejaría ir sin castigo.

La sorpresa de escuchar a Snape decir "hombre lobo" fue tan fuerte que esta vez sí se movió. Sintió un espasmo involuntario y se quedó sin aliento. Snape podía no haber sabido lo que era Remus, pero ahora era imposible negarlo. La esperanza que le quedaba se marchitó y murió en su pecho.

-Creo que las acciones del señor Potter pueden ser suficientes como para dejarlo fuera de las acusaciones, -agregó Dumbledore repentinamente.- Salvó su vida, señor Snape.

-¡Después de que su mejor amigo intentara quitármela en primer lugar! –Respondió, enviándole una mirada llena de odio a James, que estaba sentado a su lado.- ¡Seguramente estaba metido en el plan desde el principio y se acobardó!

Esa acusación lo atravesó incluso con más fuerza. Él podía ser un idiota traicionero de sangre oscura, pero acusar a James, que había arriesgado su vida para salvar la de Snape, simplemente estaba mal. Él era la única razón por la que Remus no estaba siendo enviado al ministerio en ese mismo momento como un asesino, aunque no fuera culpa suya.

Levantó su cabeza llena de concreto e intento gruñirle a Snape.- No, -dijo, con la garganta áspera y ardiendo por una noche completa de vomitar ácido estomacal.- Él no estaba, no tuvo nada que ver. Y lo sabes, S-S-Sn… -no podía forzarse a darle el respeto de llamarlo por su apellido, pero la culpa no le permitía decirle "Quejicus".

-¡Ay, cállate, sucio pervertido! –Respondió, con una mueca burlona.- ¡Sé exactamente lo que eres!

-¡Suficiente!

Los tres dieron un salto. Ninguno había escuchado a Dumbledore enojarse antes. Sus grises cejas formaban un ceño fruncido que no se veía fuera de lugar en su cara. Repentinamente se dio cuenta de que Dumbledore había derrotado al mago oscuro más poderoso en tres siglos por sí solo. Era la persona más poderosa del momento, y tenía su futuro en las manos.

-Señor Snape, -continuó, sus ojos yendo de una cara a la otra.- Por lo que sé, usted tampoco fue completamente inocente en este incidente. Estaba usando un secreto muy personal para chantajear al señor Black. Aunque, por supuesto, esto no perdona sus acciones, las suyas tampoco perdonan las de usted. Estará castigado por un mes, y me prometerá no hablar de la condición del señor Lupin ni su relación con el señor Black, o informaré a ciertas autoridades exactamente con quién iba a encontrarse en Hogsmade anoche, y por qué.

Snape se puso terriblemente pálido, y Sirius sintió un ligero interés atravesar la sorpresa que sentía. La cabeza de James también se inclinó curiosamente en su dirección.

-Señor Black, -volvió a hablar Dumbledore, dirigiéndose a él.- Tendrá castigos con la jefa de su casa, desde ahora hasta Navidad. Además irá regularmente a ver a madame Pomfrey para resolver su problema con la bebida, cosa que, por lo que dice el señor Potter, ha estado presente desde hace tiempo.

Eso le llamó la atención. Qué ironía. El hecho de que había estado en camino a ver a madame Pomfrey al empezar ese desastre. Recordaba lo decidido que se había sentido, la valentía. Recordaba haber pensado en lo orgulloso que se sentiría Remus porque enfrentara su problema.

Pero ya no. Remus nunca lo perdonaría. James y Peter nunca lo perdonarían. Bellatrix tenía razón, no puedes escapar de la sangre que corre por tus venas. Las sombras, esos demonios que circulaban por el borde de su mente, no venían de la inocente oscuridad de abajo de una cama o detrás de un armario. Tenía derecho a tenerles miedo porque venían de su familia. De su sangre. De él mismo. No intentaban atraparlo. Eran él. Lo hacían malvado y cruel. Lo convertían en traidor y enemigo. Había discutido para escaparse de Slytherin al principio del primer año, pero no podía discutir para escapar de su sangre. Su propia sangre sucia.

Distraídamente se dio cuenta de que se estaba riendo. Medio riendo, medio llorando. Como si la situación fuera tan terriblemente irónica que casi era graciosa. La forma en que se había estado engañando todos esos años. Creyendo que era un maldito Gryffindor y digno de James y Remus y Peter. Por Dios, era demasiado gracioso.

Alguien lo sacudía, alguien le pegó una cachetada. Alguien le gritaba, sobre cómo no tenía derecho a volverse loco, no ahora, no después de esto. Después un frasco de poción en los labios y esperó que fuera algún tipo de veneno. Algo que lo dejara escapar de eso, su vida, su sangre. Lo tomó rápidamente y el mundo se oscureció.


Se despertó por unos penosos chillidos. Se escuchaban poco a través de la pared de piedra, pero seguían siendo lo suficientemente conocidos y perturbadores como para arrancarlo del sueño inducido por poción.

-¡Canuto! ¡Canuto! ¡Perdón, perdón!

A pesar de estar drogado y medio dormido, no necesitaba preguntar qué pasaba. Los eventos de la noche anterior le volvieron a la cabeza como una amarga ola de ácido estomacal y sintió que tensaba mientras lo recorría.

-¡Por favor! ¡Por favor! Lunático perdón… perdónperdónperdón.

Abrió los ojos y se encontró en la enfermería. La voz de Remus, por supuesto, venía del cuarto al costado. No pudo evitar que un quejido de violenta emoción se le escapara por la garganta al pensar en Remus después de la luna sentado en su cama, llamándolo, creyendo que había hecho algo para molestarlo lo suficiente como para no presentarse.

Las voces de madame Pomfrey y los demás Merodeadores eran bajas y ahogadas, se esforzaban por calmar y tranquilizar al hombre lobo.

Quería tener el olvido de vuelta, pero parecía haberse disuelto mientras dormía, y el cemento que le había llenado la cabeza para vaciarla y hacerla pesar había bajado hasta su corazón. Todo le dolía.

Le hubiera gustado levantarse de la cama y abrir la puerta. Ver los ojos ámbar de Remus iluminarse por la aliviada dicha y sentirlo acercarse inevitablemente, sus dedos delgados enredándose en la ropa y era extraña voz de hombre que al mismo tiempo lograba sonar inocente murmurando "CanutoCanutoCanuto".

Sabía que no tenía derecho a querer esas cosas. Había dejado de tener ese privilegio, pero no podía evitar quererlo de vuelta

No hizo ningún ruido. No se movió, pero sintió las lágrimas calientes que se le escapaban de los ojos mientras la voz de Remus continuaba. La garganta se le cerró y la nariz le goteaba, pero no se movió para evitarlo. Se quedó tirado, sintiéndose pesado y feo y inútil mientras los chillidos se volvían quejidos, hasta eventualmente desaparecer también. Supuso que Remus se había quedado dormido.

Después de un largo silencio desde la otra habitación, la puerta se abrió y una conocida persona salió. Le ardían bastante los ojos y veía borroso, pero el pelo de James era inconfundible, incluso en esas circunstancias.

Dudó en la puerta, el blanco manchón de su cara dirigiéndose hacia Sirius y obviamente notando que sus ojos estaban abiertos. Hubo una larga pausa hasta que se acercó al borde de su cama. Sirius se tensó, pero no se movió más. Estaba acurrucado en su costado y no podía mirar la cara de su mejor amigo, o ex-mejor amigo. No le quedaba suficiente emoción como para avergonzarse por el hecho de que las lágrimas y el moco le corrían por la cara y mojaban su pelo y almohada.

-Te prometí algo el año pasado, -dijo James, con un tono ilegible de voz.- ¿Recuerdas?

Se quedó mirando el frente de su túnica. Era azul oscuro, y el manchón que estaba a nivel con sus ojos tenía una borrosa huella chocolatosa, como si hubiera sido sostenida por dedos frenéticos.

-Me hiciste prometerlo, -continuó, como si tratara de convencerse.- No puedes romper tus promesas, Sirius.

Se preguntó si Remus se había comido el chocolate, o si alguno de los otros lo había desenvuelto y entregado para intentar calmarlo, y simplemente se le había derretido en la mano.

-Fue ese día por el sauce, no el boxeador; el otro, cerca del lago. Te dije que dejaras a Remus porque no quería que lo lastimaras o te lastimaras tú. Y dijiste que nunca lo lastimarías, y yo te dije que a veces dices cosas tontas sin pensar y que no sería a propósito, pero podrías hacerlo. ¿Recuerdas?

¿Quién había limpiado a Remus después de que se quedara dormido? Se preguntó. Quién habría hecho su trabajo, cuidadosamente limpiando cada uno de los dedos que se apretaban por el sueño, limpiado su boca medio abierta de la que salía aliento con olor a chocolate.

-Me hiciste prometer. –James sonaba agitado.- Me hiciste prometer que si llegabas a lastimarlo, sin importar si era a propósito o no, sin importar las circunstancias, tenía que elegirlo antes que a ti. ¿Recuerdas? Lo dijiste, Sirius. Él antes, siempre.

¿Cuánto recordaría Remus de la noche? ¿Se despertaría creyendo que todo estaba bien? ¿Tendría alguien que decirle todo lo que había pasado? ¿Cómo reaccionaría? ¿Lloraría? O peor, pondría esa vieja expresión resignada, que decía "claro. Claro que Sirius me traicionó. Soy un ser oscuro y un hombre lobo. Me lo merecía. No es culpa de él."

Sería terrible que lo perdonaran bajo esas condiciones. Nunca aceptaría un perdón que venía del odio a sí mismo, sin importar cuanto lo deseara.

-Así que no puedo ser tu amigo, -explicó James, y su voz, por primera vez que Sirius recordara, sonaba vieja. Sonaba maduro y cansado y frustrado con el mundo.- No puedo ser tu amigo hasta que Remus te perdone.

La puerta de la habitación de Remus se abrió y Peter caminó silenciosamente hacia James.

-Si es que te perdona, -agregó, y en vez de cruel, su voz sonaba llena de pena.

Los dos se dieron vuelta y salieron de la enfermería.


Nadie le informó quién, exactamente, le había contado a Remus lo sucedido. Definitivamente no había sido él. Apenas vio a los Merodeadores o a cualquiera de sus compañeros fuera de clases en los días que siguieron.

Se sentaba solo, tan lejos de los otros como fuera posible. Sentía las miradas especuladoras en él, y sabía que los demás se preguntaban qué cosa tan terrible había hecho para separar a los infamemente leales Merodeadores. Matar a alguien, había escuchado entre los tantos rumores, lo que no se apartaba mucho de la verdad. Elegir a su familia en vez de su casa, era otro. Acostarse con Lily Evans en la cama de James. Transfigurar toda la tarea de Remus en nifflers y soltarlos en la oficina de Dumbledore.

Nadie se atrevía a preguntarle a uno de los Merodeadores la verdad. Especialmente después de que James – JAMES POTTER – embrujara la túnica de LILY EVANS para que se pusiera verde lima y se encogiera dos medidas después de que lo molestara demasiadas veces. Si Lily Evans no podía obtener la verdad de los Merodeadores, nadie podría.

Justo después de que terminaran las clases, iba a la cocina para cenar. La primera vez que había hecho eso los elfos le habían entregado una botella de vino, la había tirado contra la pared y salido rápidamente de ahí. Viendo la frecuencia con la que se perdía el desayuno y el almuerzo en el comedor, se moría de hambre para cuando llegaba la hora de dormir.

Después de cenar, iba a la oficina de la profesora McGonagall por el castigo. A veces era escribir, otras limpiar o pulir, o separar ingredientes de pociones para Slughorn. Una vez había sido colocar la enorme caja con los castigos de hacía diez años atrás en orden cronológico. Había sido peor de lo que ella había creído, ver su nombre con los de James y Remus y Peter, como si perteneciera ahí

Cuatro años y cuarto de castigos, los cuatro llenando aproximadamente dos tercios de los castigos totales de Gryffindor en los pasados cinco años por sí solos.

Al volver McGonagall a verlo después de dos horas y encontrarlo casi a la mitad de su tercer año, sosteniendo un pedazo de papel fuertemente en su mano derecha, con la mirada fija y vacía, se lo quitó de forma sorprendentemente suave y lo envió a la enfermería.

Porque ahí era donde pasaba sus noches, en la enfermería, con las sombras ahora viviendo dentro suyo, provocando que ninguna luz externa las pudiera alejar. Se quedaba acostado, quieto en su cama, mientras las sombras se movían en su estómago y pecho, yendo hasta su cerebro y repitiendo una y otra vez sus estúpidas y malas acciones, riéndose mientras lo hacían.

A veces madame Pomfrey le daba poción para no soñar, lo que lo hacía despertarse con calambres en el estómago y dolores de cabeza, al protestar su cuerpo por la fuerza de los ingredientes.

Noche por noche, día tras día. Clases, cocina, castigo, enfermería, pesadillas… una y otra vez.


Nombre (s): James Potter, Sirius Black, Remus Lupin, Peter Pettigrew

Casa: Gryffindor

Clase: Tercer año, Herbología

Profesor/a: Pomona Sprout

Problema: Encantar las orejeras rosas de la profesora Sprout para pegarse a su cabeza y repetidamente cantar "I'm Too Sexy For My Earmuffs, Too Sexy For My Earmuffs, So Sexy It Hurts" una y otra vez, hasta que el profesor Flitwick pudiera quitar el encantamiento. Luego, intentar escapar del castigo argumentando que "Se VEÍA muy sexy y el viejo Sluggy no podía quitarle los ojos de encima."

Castigo: Volver a plantar todas las mandrágoras en el Vivero 3 delante de todos los alumnos que quieran ver, usando orejeras rosa.

Notas para el Jefe de la Casa: Minerva, por favor descubre dónde encontraron ese encantamiento y confisca el libro. Son demasiado inteligentes, y permitirles acceso a un libro de encantamientos avanzados es una receta para el desastre. Nunca había encontrado un grupo de traviesos tan unidos en el tiempo que llevo en esta escuela, como alumna y profesora. Muchas gracias, Pomona.


Hacía rato había pasado la hora de dormir, y no había nadie en la sala común mientras Sirius la recorría, vestido en el pijama de la enfermería. Estaba tan flaco que al ver su reflejo al pasar por una ventana oscura, notó que se parecía mucho a una sombrilla cerrada, por la forma en que la camisa, demasiado grande, la colgaba de los hombros.

Subió por las escaleras hasta la habitación de los Merodeadores y despacio, despacio abrió la puerta. Caminando en puntas de pie, rápidamente se acercó a la cama de Remus.

Sólo tenía que verlo. No lo despertaría. Solamente quería ver la conocida forma en que se acurrucaba en la cabeza de la cama como un lobo, dejando salir sonidos caninos mientras dormía. La forma en que el pelo castaño se le paraba por la estática y los puños se soltaban y apretaban de la almohada con fuerza engañosa.

Miró a través de sus cortinas y sintió que se le paraba el corazón. Remus no estaba ahí. ¡Por Dios! ¿Snape había contado todo? ¿Habían expulsado a Remus sin avisarle?

-No, lo vi hoy en clase, -pensó.- No me miró, pero estuvo ahí. ¿Entonces dónde estaba?

Miró alrededor y sus ojos se dirigieron hasta su propia cama. Las cortinas estaban casi cerradas. Dudó por un largo momento. Seguramente no…

Se acercó silenciosamente y se metió por el pequeño espacio entre las cortinas. Y ahí estaba, justo como se lo había imaginado. Excepto que estaba acurrucado alrededor de la almohada de Sirius, no de la suya. Y su cuerpo delgado formaba una luna creciente bajo sus mantas rojas y doradas, no las de su cama.

Se quedó helado por una mezcla de sorpresa, esperanza y tristeza. No tuvo idea de cuánto tiempo se quedó mirando en silencio, hasta que repentinamente se acabó.

-Sé que estás ahí, idiota. –La voz de Remus sonaba cansada, pero fría.- Soy un maldito hombre lobo. Sé que lo sabes perfectamente, teniendo en cuenta que me usaste como arma asesina el otro día, pero quizás te hayas olvidado de mis agudos sentidos.

Se encogió y retrocedió un paso.

-¿Sirius? –Era la voz de James, sonaba incluso más profunda por el sueño que la de Remus.- ¿Qué carajo haces ahí?

Retrocedió otro paso, con el corazón latiendo locamente. No había estado preparado. No quería una confrontación.- No quise despertarlos, -susurró.- Ya me voy. –Se dirigió hacia la puerta.

-Espera. Lumos. –Su corazón tomó control de su cuerpo y evitó que saliera de la habitación ante la orden de Remus. Parpadeó por la repentina luz de la varita. Remus abrió las cortinas para que quedaran completamente abiertas.

-¿Qué hacías ahí? –Repitió Remus la pregunta de James.

Notó que Peter se sentaba en su cama y lo miraba con somnolienta curiosidad.

-Sólo… sólo quería ver… que siguieras siendo tan maravilloso como siempre. Que no sufrieras tanto por esto como yo. Que todavía te vieras tan bien mientras duermes.

-¿Ver qué? –Preguntó James rápidamente.

-Ver… ver… -se retorció las manos y retrocedió un paso más hacia la puerta. Entonces vio a Remus sentarse en su cama, con el pelo parado, y una expresión cuya emoción no pudo identificar.

-¡Merlín, lo siento, Lunático! –Repentinamente no se podía controlar.- Perdón, perdón. Por favor, no quise… no pensé… -Caminó hacia adelante y cayó al piso por su cama, acercándose para tomarle las manos. Remus las alejó, quitando la expresión de su cara.

-¡No me digas así! –Remus se quedó sin aliento.- ¡No tienes derecho a decirme así!

Sirius alejó sus manos y se las puso en su regazo, todavía arrodillado cerca de la cama.- Tienes razón, no, sé que no. –Respiró profundamente.- No quiero que me perdones, Remus. No te pido que lo hagas. Solamente quería contarte exactamente lo que pasó entre Snape y yo. Para que entiendas… no, no que entiendas, no hay nada que entender… sólo para que… sepas.

-No quiero saber, -susurró.- No quiero saber nada más de ese asunto.

Se volvió a sentar en el piso y llevó sus rodillas hasta su pecho, apretando la cara contra ellas.-

-Lunático, -habló James suavemente.- Quizás debas escucharlo. ¿No quieres saber por qué exactamente estás enojado con él?

-¡No! –Remus tembló.- Porque si me d-dice, lo voy a entender, y después lo voy a p-perdonar y estoy cansado de perdonarlo siempre. Perdonarlo y perdonarlo y perdonarlo.

No levantó la cabeza, pero escuchó que James salía de su cama y se acercaba a Remus. No levantó la cabeza para ver cómo el líder no electo de su pequeña jauría rodeaba a Remus con sus brazos, como debía haber sido su trabajo. Peter hizo lo mismo, y pudo escuchar el chillido de los resortes mientras los tres se acomodaban en su cama.

-¿Lunático? –Susurró James.

-Está bien, -habló Remus, sonando derrotado.- Que hable.

Y eso fue todo lo que necesitó. Dejó salir todo. Era como si vomitara las palabras. La habitación de luz frente al tapete de los trolls bailarines, la botella de vino tirada contra la pared, el encuentro con Snape y sus amenazas y chantaje. El malentendido de los secretos, la brillantemente estúpida idea de la Mejor Broma, la comprensión…

No estuvo seguro de su claridad. No paraba de retroceder y recordar cosas y olvidarlas. No dejaba de enredarse en detalles tontos como la pose de buitre de Snape contra la pared, y olvidar cosas importantes, por lo que tenía que volver a explicar. No levantó la vista durante ese tiempo, solamente hablando hacia sus rodillas.

Ninguno de los demás lo interrumpió, y eventualmente se calló, esperando la reacción, cualquier reacción, de los tres en la cama.

Eventualmente, Remus respiró profundamente. Sintió que sus ojos se iban hasta su cara. Remus tenía una expresión que nunca antes había visto. Era retorcida y dolida, tan llena de angustia que casi lo volvía feo. Nunca había pensado que fuera posible.

-Tú estuviste ahí, la última vez que hablé con mi padre, -habló, y en contraste con su cara, su voz sonaba suave y casi sin emoción.- ¿Recuerdas lo que se dijo? Lo viste todo por la ventana.

-Sí, -susurró, inseguro de adónde iba todo eso.

-Me mencionó un precio, -continuó, y esta vez fue él quien alejó la vista de la cara de Sirius.- Dijo que tenemos que pagar un precio. Dijo que siempre hay un precio que pagar por pertenecerle a alguien.

-No me perteneces, -interrumpió, sintiendo nauseas al pensarlo. Nunca lo había creído una pertenencia. Un regalo, sí, uno que no se merecía, pero no una pertenencia.- Nunca me perteneciste. Eres tu propia persona.

Pero Remus negó con la cabeza.- Te entregué mi persona. Todo lo que soy, Sirius, y lo tomaste, así que te pertenecí. Y tú hiciste lo mismo. Pero siempre estuvo el precio, Sirius, igual que con mi padre. Todas las bromas crueles, toda la preocupación, todas las noches sin dormir cuando tuve que abrazarte y vigilar tus sombras. Y me gustaba hacer eso porque te quiero. Pero la cosa es, que siempre tengo que perdonarte. Perdonarte por hacer bromas que sabes que no me gustan, por enredarme en ellas y hacer que me castiguen, incluso cuando no tenía nada que ver, por tomar tanto cariño de mi, y no darme nada cuando lo necesitaba. Perdonarte por romper tu promesa. Y ahora me lo pides de nuevo, Sirius. Más perdón. Y sé que también tienes mucho por qué perdonarme… mis excentricidades, mi ñoñez, mi licantropía, pero estoy tan cansado. Y ahora tengo que perdonar otra vez.

Era el discurso más largo que había escuchado de Remus de una vez, y cada palabra era como un golpe al pecho. Y lo peor era que era cierto. Todo lo que había dicho era cierto.

-No te estaba pidiendo que me perdonaras, -le dijo eventualmente, su voz apenas se podía escuchar.- Te dije que no quería que me perdonaras. Sólo quería que supieras por qué me odias. La verdad. Y estás equivocado con otras cosas. Nunca tuve que perdonarte por ninguna de esas cosas. No son cosas por las que te perdoné. Son las razones por las que me enamoré de ti en primer lugar. Son lo que te hacen lo que eres. Eso te hace nuestro Lunático. O el Lunático de James y Peter, supongo.

Remus dejó salir un hipo y alejó la vista. Se extendió un largo silencio.

La tensión era pesada e insoportable. Cada segundo lo rasguñaba, hasta que ya no lo pudo soportar.- ¿Sabes qué? Sólo… sólo… olvídalo. Ya me voy. –Se paró y rápidamente se dirigió hasta la puerta.

-¡Sirius, espera! –Lo llamó Remus.

Pero siguió adelante porque esta vez no iba a poder soportar el dolor de escucharlo de nuevo. Porque recordaba la última conversación de Remus con su padre. Recordaba cada palabra. Estaba marcada en su cerebro. Y recordaba claramente lo que le había dicho a su padre ese día.

¿Este es el precio de pertenecerte? Porque creo que ya no lo quiero pagar.


No volvió a la enfermería. Llegó hasta el pasillo de afuera y notó la puerta que salía al exterior. La abrió y salió. El aire de Octubre era frío y le atravesaba el fino pijama de la enfermería, llegando hasta la médula de sus huesos; pero todavía se sentía ahogado por la insoportable tensión que lo había seguido desde la torre de Gryffindor. Había perdido a Remus para siempre. Ya lo sabía con seguridad. Saberlo lo estaba ahogando.

Comenzó a correr, yendo locamente y sin aliento hasta el lago distante, ganando velocidad al bajar por la colina.

Tenía la cabeza llena de pensamientos e imágenes que no podía bloquear, nunca podría. Lo estaban volviendo loco con culpa y odio hacia él mismo, su familia y su sangre.

Le hubiera gustado tomar su magia y quemarlas. Quemar la mancha de las sombras y las artes oscuras. Quemar la impureza de los genes de su madre y padre, y todo lo que había heredado con ellos.

Quemarlos y dejar de pensar.

Sentía un ardor profundo en el estómago. Al principio creyó que era su imaginación, o un efecto de correr tan erráticamente. Pero había crecido con magia en su vida, y reconoció el calor del poder puro al sentirlo. Venía de su centro, profundo en su cuerpo, y se reunía en su estómago, moviéndose y creciendo.

Sonrió. Eso era todo. Se estaba quemando. Quemando todo. Sus pensamientos, su sangre, su maldad, su amor. Todo lo que era. Subía de su estómago en ríos de fuego a través de las venas, lo llenaba y lo hacía ponerse más y más caliente. Corrió más y más, bajando por la colina mientras el fuego lo llenaba. Eso era todo. ¿Cómo era que le decían? Combustión espontánea, ¿no? Cuando una persona simplemente se prendía fuego desde adentro. El olvido absoluto.

Y entonces explotó, llenándolo, expandiéndose. La fuerza lo hizo caer, terminó girando por la colina, con los ojos cerrados, moviendo sus extremidades hasta finalmente detenerse al pie.

Se quedó quieto por un momento, resoplando e intentando recobrar el aliento. ¿Seguía prendido fuego? ¿Por qué no le dolía?

Lentamente, lentamente abrió los ojos.

El mundo se había vuelto gris.

Hoooola. Sí, ya sé. Muchos se pueden estar preguntando "¿Dónde estaba esta fulana?" Otros dicen, "¿Había desaparecido? Ni me enteré". Como sea, no me voy a poner a dar explicaciones acá (esas van en el perfil, así que si alguien tiene curiosidad, vaya para aquel lado..) De todas formas me disculpo por haber tardado tanto, no puedo decir que voy a actualizar todos los días como antes, pero más seguido sí.

Muchas gracias por dejar reviews, alertas, favoritos y leer. No se preocupen, que el fic va a seguir siendo actualizado. A menos que yo diga lo contrario, pero en ese caso buscaré alguna solución.

Como siempre, muchas gracias. De nuevo me disculpo, jeje, nos vemos!