Capítulo 54: Menusis (Revelación)

-"Estúpida."

Kanon se adentró con paso rápido al Templo de Poseidón. Tan solo unos metros a sus espaldas, Tetis le explicaba a los recién llegados Santos de Bronce lo que tendrían qué hacer para salvar a Atena.

En un principio, el General Marino había pensado que el único modo de capturar a Atena sería conquistando el Santuario, pero la Diosa acabó ofreciéndose a sí misma en bandeja de oro. Kanon mandó a la nereida a Rozan para informarle a los Santos Dorados que su Diosa había sido capturada. Sospechaba que éstos llegarían al Templo de Poseidón lo suficientemente tarde como para que solo pudieran presenciar la muerte de Atena, pero la mujer falló en su misión: Tetis no solo permitió que la siguieran, sino que los enemigos que trajo consigo no fueron los Santos de Oro sino los novatos de Bronce.

¡De Bronce!

Si bien Kanon pensaba que la mayoría de los Generales Marinos no eran rivales dignos para los Caballeros Dorados, eso no quería decir que fueran débiles ni mucho menos. Necesitarían mucho más que unos peones recién resucitados para liberar a la hija de Zeus.

Al haber enviado a los Caballeros de menor nivel, pensaba, el mismo Roshi firmó la sentencia de muerte de Atena. En unas cuantas horas Ella y sus defensores estarían muertos. Con suerte, algún General Marino se les uniría en su camino a través del Aqueronte. Después llegarían Milo y los demás. No dudaba que ellos pudieran encargarse de las Marinas, pero seguramente quedarían lo suficientemente heridos como para que él mismo pudiera acabar con sus vidas en unos cuantos segundos.

La lenta agonía de Atena había comenzado. El nivel del agua del Pilar Central ascendía rápidamente y solo era cuestión de horas para que su cosmo se ahogara entre toneladas de líquido. Kanon permitiría que Ella sufriera del mismo modo en el que él lo hizo. Cabo Sunión no era igual al Pilar Central, pero se asemejaba. Tal vez la tortura de la Diosa no sería tan prolongada como lo llegó a ser la suya, pero al menos sabía que el Pilar cumpliría con su cometido mucho mejor que lo que el Cabo lo hizo.

La venganza de Kanon pronto habría de ser consumada. Muerte por muerte se cobraría los años de indiferencia; y, finalmente, reclamaría la vida de Atena como pago por el asesinato de su hermano.

Dragón Marino tornó sus ojos hacia el este.

La pelea entre Hipocampo y Pegaso daba comienzo.


Después de un par de horas, Hypnos liberó al Santo de Escorpio. Con pesadez, éste se sentó sobre su cama y con renuencia abrió sus ojos. A pesar de que sus movimientos fueron lentos, el joven sintió que un brazo invisible lo jalaba hacia abajo. Aún estaba mareado y tuvo que sujetar su cabeza entre sus manos para evitar que ésta se fuera de lado.

Tuvieron que pasar varios minutos antes de que Milo recordara lo que lo dejó en semejante condición. Como el golpe de las olas, los recuerdos llegaron uno tras otro; cada uno más pungente que el anterior: la lluvia, Aldebarán, las Armaduras de Bronce, Poseidón, Atena.

–"Atena."

Incluso estando a kilómetros de distancia del Templo de Poseidón, podía sentir su presencia. Su energía disminuía gradualmente mientras que la de Seiya se elevaba hasta un punto absurdo. Todo parecía ser parte de una pesadilla.

Sin embargo, la batalla en el fondo del mar no era lo único extraño. Había algo raro en la habitación y su dueño no tardaría mucho tiempo en descubrir lo que era.

-"La lluvia."

Milo se puso de pie y corrió con expectativa hacia la ventana. Ahí vio unas delgadas y rápidas gotas estrellándose contra el vidrio, alzando tan solo un amortiguado sonido. La lluvia había disminuido considerablemente.

Tal vez Atena había llegado a un arreglo con Poseidón. Con tan solo enumerar las posibilidades, un escalofrío recorrió su espalda. ¿La vida de una Diosa a cambio de las de millones de personas? Ese era un intercambio justo pero inquietante. Después de todo, él era aún un Santo de Atena. Según las palabras de Ewan, Milo tenía que arreglárselas solo con Ella y con él mismo. El consejo (o más bien advertencia) de su maestro había probado ser penosamente cierto en la Batalla de las 12 Casas, pero ahora le parecía insuficiente. ¿Acaso su deber era el seguir siendo un Caballero de Oro aún después de la muerte de Atena? Él le había jurado lealtad a la portadora del Egis. ¿De qué le servía la lealtad a un muerto?

El cerebro de Milo se paralizó al instante en el que notó que estaba contando sus muertos antes de la batalla. Eso no era solo de mala suerte sino que, considerando que la primera baja que contó había sido la de Atena, también era algo cercano a una traición.

Comenzó a armarse con el Manto de Escorpio. Se tomó su tiempo, examinando cada parte de la Armadura con gran atención; casi como si quisiera grabarla en su mente; como si los detalles rojizos de la superficie metálica pudieran escribirse sobre su activa imaginación de modo que no pudiera ver más la tumba de la Diosa en el fondo del mar.

Milo casi tiró su casco al sentir la energía liberada desde el mar.

El primero de los siete Pilares había sido destruido.


-"Bian."

Una gota de sudor rodó por la mejilla de Kanon pero no era la muerte de su 'compañero' lo que le inquietaba. Después de todo, no había mucha diferencia si los otros seis Generales eran asesinados por los Santos de Bronce o por los de Oro. El problema radicaba en que los Santos de Bronce no eran tan débiles como éste había supuesto. Si las cosas seguían así (cosa que, según lo que percibía del enfrentamiento entre Andrómeda y Escila, podía afirmar), los Santos de Oro no se apresurarían en salir de su cuartel. Kanon sabía bien que si no lo hacían, le resultaría casi imposible vencerlos. El General Marino confiaba en su propia fuerza pero también conocía sus límites. No estaba dispuesto a dejarse morir en una batalla desigual de uno contra seis. Ni siquiera si el sexto resultaba ser tan solo un anciano. Si aquellos jóvenes no salían de Atenas, Kanon se vería en grandes dificultades para asesinarlos.

Sonrió.

Aún así, ¿cuáles eran las posibilidades de que los Caballeros de Bronce vencieran a Poseidón? Podría llegar a creer que acabaran con los Generales Marinos, pero ¿Poseidón? Tendrían suerte si pudieran acercársele diez metros.

La pelea ante el Pilar del Pacífico Sur se alargó por muchos minutos. La derrota de Io de Escila sorprendió a Kanon. Si bien el muchacho era de los Generales más jóvenes, su convicción era impresionante. Era una lástima que toda esa convicción fuera impulsada por su repulsiva lealtad al Crónida.

Una lealtad que, veía, era lo suficientemente fuerte como para llevarlo a la muerte.

-"Para sorpresa de todos, dos Generales Marinos han sido derrotados."

Kanon alzó el rostro lo suficiente como para reconocer a Sorrento de Sirena.

-"¿Qué haces aquí?"

-"Podría preguntarte lo mismo. ¿No deberías de estar en el Atlántico Norte?"

Kanon frunció el ceño y sonrió de lado.

De haber sido por él, Sorrento hubiera sido el primer General Marino en morir.


-"El Pilar del Pacífico Sur."

Milo leía con rapidez la crónica que encontró en la biblioteca del Patriarca. Aquel Pilar era protegido por el General Marino de Escila: la doncella transformada en monstruo por Circe.

El segundo Pilar no tardó en caer y casi inmediatamente después, Escila murió. Dos de siete. Eso era mucho mejor de lo que el Santo de Escorpio pudo haber esperado.

Milo cambió de hoja y se topó con la descripción de las Escamas del Océano Índico: el hombre de la espada de oro, Crisaor. Según algunos autores, Crisaor fue bendecido desde su nacimiento con una espada de oro. Según otros, esta arma no fue otorgada sino hasta tiempo después. Fuera como fuere, el hijo de Poseidón con Medusa portaba un arma excepcional y sería Dragón el encargado de vencerlo.

En las hojas frente a él no habían demasiados detalles sobre los Generales Marinos. Tenían tan solo algunos comentarios sobre sus Escamas y de quiénes se habían enfrentado contra ellos. Si todo aquello acababa con un final feliz, le pediría a los Santos de Bronce más información (la cual nunca estaba de más).

El aura del enemigo de Dragón se parecía un tanto a la de Shaka. No era ni la mitad de poderosa, pero eso no era decir poco. Era un enemigo formidable y Dragón lo descubrió del mal modo.

Milo alzó su rostro hacia la ventana. La ligera lluvia se convertía poco a poco en llovizna.

A final de cuentas, Shiryu venció a Crisaor pero quedó demasiado herido como para poder continuar con la batalla, al menos por el momento. Debió de haber estado especialmente lastimado pues ni siquiera se tomó el tiempo de romper el Pilar.

Hubo algunos minutos de tranquilidad hasta que un nuevo cosmo se elevó desde el Templo Marino. Uno que se sentía extrañamente familiar.

-"¿Camus?"

No. Claro que no podía ser él. Ni siquiera la distintiva Aurora Execution que aquella sombra disparó convencía al Santo de Escorpio. ¿Y cómo iba a hacerlo? Él mismo se encargó de preparar el cuerpo del Santo de Acuario para su tumba. Además, no podía ignorar la criatura guardiana del General del Antártico: Limnades.

Hyoga cayó en la trampa del General Marino, pero al menos, Dragón se las arregló para destruir un tercer Pilar.


-"Solo quedan cuatro pilares."

-"Tranquilo, Sirena. Ya te dije que mientras los Santos de Bronce estén peleando contra Limnades no tendremos de qué preocuparnos. Pero, si estás tan nervioso, ¿por qué no regresas a tu Pilar?"

-"Está bien."- Sorrento estaba muy alterado. No quería seguir dándoles oportunidad a sus enemigos. –"¿No regresarás tú, Dragón Marino?"

-"Sí."- Kanon prefirió dejar en paz la discusión. Ya más adelante se encargaría de Sirena.

Cada quien partió por su lado y a los pocos minutos Kanon estaba de vuelta en su Pilar. Hizo un reconocimiento a sus alrededores. Dragón acabó casi muerto por su pelea contra Crisaor y Cygnus y Pegaso cayeron en la trampa de Kaza. Andrómeda pudo reconocer el engaño de Limnades, pero era bien sabido que incluso conociéndolo, era difícil (por no decir imposible) salvarse.

Habían sido cuatro los Santos de Bronce que bajaron hasta el Templo de Poseidón. Eso quería decir que en cuanto Limnades terminara con Andrómeda, la última esperanza de los Santos de Atena moriría. Era demasiado tarde para llamar a los refuerzos. Ni siquiera los Santos de Oro podrían salvar a la Diosa ahora. No ahora que quedaban cuatro Generales Marinos y solo un Caballero.

Sí. Limnades era un hombre repulsivo, pero hacía muy bien su trabajo. O al menos lo hacía ante aquellos que tenían el corazón lo suficientemente blando. Como aquellas bestias que defendían a las ninfas, Limnades sacaba provecho de los sentimientos de sus enemigos. Era un ataque cobarde pero, a fin de cuentas, era un ataque; y uno altamente eficaz. Que Limnades jugara con los corazones de los que quisiera por ahora. Kanon le otorgaría ese último gusto ya que él, al igual que Sirena y Kraken pronto morirían.

La confianza de Kanon comenzó a diluirse en cuanto sintió un cosmo muy poderoso llegar al Pilar del Antártico: el quinto Santo de Bronce finalmente había regresado del Hades.

El llamado Ikki de Fénix acabó con Limnades y con su Pilar en muy poco tiempo. Por si fuera poco, Cygnus despertó y se dirigió con rapidez hacia el Pilar del Océano Ártico.

Dragón Marino supuso que Fénix correría hacia su Pilar o hacia el de Sirena, pero éste se limitó a correr hacia el centro de la fortaleza submarina: hacia el Templo de Poseidón. Kanon frunció el ceño. No podía permitir que aquel hombre se acercara al Emperador. En lugar de matarlo solo conseguiría despertarlo por completo. Si eso ocurría, ni siquiera Atena podría contener a Poseidón.

Kanon dejó su lugar en el Pilar del Atlántico Norte inmediatamente. Debía de detener a Fénix cuanto antes.


-"Por Atena, Fénix. No pretenderás asesinar a Poseidón tú solo ¿o sí?"- El nerviosismo de Milo había llegado a un punto casi insoportable y la destrucción de un cuarto Pilar no le hacía sentirse mejor. Además, Hyoga se había levantado y había comenzado su pelea en contra del quinto General Marino.

Escorpio extendió boca arriba todas las hojas de la crónica y buscó con rapidez una cierta palabra.

-"Ártico."- Alzó la hoja en la que esa palabra estaba escrita y la leyó en voz alta. –"El Pilar del Océano Ártico es vigilado por el General Marino de Kraken."- Entonces, reconoció una presencia. Una que pensó que nunca más volvería a sentir. Sin importarle la fragilidad del papel en sus manos, lo arrugó con fiereza. –"Isaac. Isaac de Kraken."- De algún modo el muchachito pudo sobrevivir a la corriente del Mar de Siberia y ahora se enfrentaba contra Hyoga. –"¿Por qué él? ¿Por qué tenía que ser él?"

¿Cómo era que alguien al borde de la muerte podía desaparecer durante tantos años para luego emerger como un enemigo? ¿Qué es lo que le dio la fuerza a ese joven para seguir adelante? Y ¿por qué peleaba contra Atena? ¿Acaso se trataba de rencor? No. Ese muchacho no podía hacerlo por algo tan personal. Tal vez simplemente se había desilusionado de Atena. Tal vez lo único que hizo fue buscar a alguien más a quién seguir.

-"Camus... tus malditos alumnos son unos enfermos."

Salió corriendo de su Templo.

A sus espaldas, la hoja con el grabado de las Escamas de Kraken osciló en el aire hasta que llegó al suelo.

Afuera del Templo, la lluvia casi había cesado por completo, por lo que Milo no tardó mucho en llegar al Templo de Virgo. La Sexta Casa, sin embargo, estaba vacía y Milo no pudo encontrarse con su Guardián sino hasta la Quinta. A pesar de sus ansias, Escorpio aminoró su velocidad para poder ir al paso de Shaka.

-"Una pelea comenzará pronto en Aries. Debemos evitarla a toda costa."

Milo supuso de qué hablaba Shaka. Se limitó a asentir y a seguir adelante.

Mientras bajaban por las escaleras, los dos Santos sintieron el Pilar del Ártico colapsando.

-"Sabía que vendrían tarde o temprano."- Una gruesa voz interrumpió su paso a través de la Casa de Tauro.

-"Veo que te sientes mejor, Aldebarán."- Las palabras de Shaka no presentaban emoción alguna. Quizás solo un poco de encono.

-"Sí. Aunque parece que he perdido mi casco."- Tauro rascaba su nuca mientras hablaba. –"Lo siento. Le fallé a todos."

-"Eso no importa."- Milo pasó de largo al Segundo Guardián. –"Aioria y Mü están a punto de hacer una estupidez."

Los tres bajaron hasta la entrada a Aries. Ahí, el Carnero y el León se preparaban para pelear.

-"Milo, Aldebarán."- Aioria fue el primero en darse cuenta de que estaban siendo observados. Disminuyó su cosmo casi inmediatamente.

-"Shaka."- Mü también se tranquilizó.

Milo fue el primero en hablar. Sabía que Aioria planeaba ir hasta el Templo de Poseidón. ¿Y cómo culparlo? Él mismo había salido de su Templo con esa idea en mente.

-"Si Aioria y yo vamos y nos unimos a la lucha de los Santos de Bronce podremos derrotar a los Siete Generales fácilmente. De ese modo Seiya y los demás Caballeros no tendrán que morir."- Comenzó a bajar las escaleras que lo separaban del Santo de Aries. –"Deberías de saber eso, Mü."- No prosiguió sino hasta que estuvo justo frente a él. –"¿Por qué no podemos hacer eso? ¿Qué es lo que Roshi planea? Dímelo."

Mü guardó silencio.

En ese momento, en el fondo del Mediterráneo, se encendió la llama de un cosmo que todos en el Santuario reconocían o, al menos, creían reconocer.

-"¿Saga?"- Las manos de Aioria temblaron ligeramente.

Una dolorosa punzada atravezó el pecho de Milo.

-"No."- Shaka corrigió. –"Su cosmo es muy similar pero..."

–"Kanon."- El labio inferior de Milo tembló al pronunciar esta palabra. –"Es Kanon."

Comentario de la Autora: Hn... no hay mucho. Creo que el capítulo se explica bien por sí solo. Me tomó mucho tiempo elegir una postura ante Kanon... en realidad creo que no tomé la mejor pero al menos la más coherente. Una gran disculpa si notan algún tipo de OOC. Eso es todo por ahora, danke!