Capítulo 55

Revelaciones

En cualquier otro momento, siendo cualquier otra persona, el rostro de Artemisa, inundado de devastación, le hubiera roto el corazón. Pero en esa ocasión, su resentimiento por ella se imponía sobre todos sus sentimientos, sin importar lo nobles que pudieran ser. Para Aioria solo existía el infierno por el que la diosa de la Luna les había hecho pasar. Todo lo demás eran consideraciones sin sentido.

Nunca había sido especialmente bueno en ocultar su mal genio, o su disgusto, por alguien. El Patriarca Arles daba prueba de ello, por todos esos años en los que había sido un reverendo dolor en el culo.

No obstante, por ese día y los que le siguieran, tendría que controlar su temperamento, en lo que sería la mejor actuación de su vida. El éxito o el fracaso de su temeraria misión dependía de ello y, a toda costa, evitaría estropearlo. Había mucho más en juego que su propia vida. Estaba Ángelo, y estaban Nix y Altaír. Al más mínimo error, todo se iría al trasto.

—Debemos ser cuidadosos—le dijo mientras, con sumo cuidado, apartaba un mechón de la cabellera rubia. Ella prestó atención. —Si ellos sospechan…

—Nos aseguraremos de que eso no pase. Debes venir conmigo, Orión.

—No puedo hacerlo… no es el momento. Si regreso ahora, el engaño será más obvio a los ojos de Athena y no quiero arriesgarte a su ira. Habremos de tomar las cosas con calma, ¿entiendes? Y si Aioria no ha de volver, entonces todo podría ser peor.

—¿Qué debemos hacer?

Guardó silencio ante la pregunta, como si nunca hubiera considerado la respuesta. La proximidad de su cuerpo hizo que la piel se le erizara. Sintió el cálido aliento que manaba de sus labios, hambrientos por los suyos. Debía seguir su juego, fingir que estaba en su poder, pero no podía aceptar aquellas caricias amargas. Su consciencia, y su corazón, estaban atados a Marin.

Con sutileza, libró la caricia una vez más. En lugar de sus labios, depositó el beso buscado sobre su frente. Deslizó los dedos por la melena ensortijada y deseó, imaginó, con todas sus fuerzas, que aquellos eran los cabellos de fuego de su Amazona.

—Tengo un plan—musitó. Miró a sus ojos y esculcó su rostro, en busca de cualquier señal que delatara sus pensamientos. —¿Has conseguido salvar a los chicos?

La pregunta la pilló desprevenida. Artemisa se mordió los labios y pensó con detenimiento sus palabras; no porque temiera por la vida de los pequeños aprendices, sino porque temía decepcionar a Orión.

—Les perdí. Hermes los tiene y…

—Debes recuperarlos—terció el Santo de Leo—. Si los tuvieras contigo, si hubiera una forma de entregarlos a Athena…

—No entiendo por qué habría de interesarse en ellos.

—Ella tal vez no, pero sería un paliativo. Tendría algo a cambio de éste cuerpo. —Dudaba de, hasta que punto, sería capaz de mantener la mentira, pero habiendo iniciado todo, no habría marcha atrás. —Encuéntrales, cuídales y, cuando el momento llegue, entrégalos como ofrenda de paz.

—Este plan tuyo… —La vio dudar. —¿Funcionará?

—No lo sé. —Y, en más sentidos de los que la diosa de la Luna pudiera imaginar, Aioria le estaba diciendo la verdad. —Pero no hay nada más que hacer.

Pesarosa, con más sentimientos de los que alguna vez había visto en sus ojos color ámbar, el Santo la vio asentir. A su favor, debía admitir que Artemisa, con todas las debilidades que pudieran espetarse en su contra, había probado ser una mujer determinada. Confiaba en que conseguiría sacar adelante aquel plan descabellado.

—Volveré por ti. —Artemisa le dijo y él no tuvo más remedio que concederle la razón. En sus adentros, se aferró a la agonizante fe que le restaba.

—Sé cuidadosa.

Sin saberlo, ambos sobrevivían entre mentiras, sorteando la verdad con acciones desesperadas. Sin embargo, era cuestión de un solo error, para que el peso de las mentiras les arrastrara mar adentro, donde solo podían ahogarse.

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Despertó, empapado en una mezcla de sudor frío y de ansiedad. En sus sueños, había gritado, aunque todo indicaba que nadie lo había escuchado en la realidad.

Saga se llevó la mano a la cabeza e intentó dominar su respiración desbocada. A esas alturas, entre la confusión del momento, la fina membrana que separaba el mundo de los sueños y el real, aún le resultaba difusa.

No era ajeno a las pesadillas; su vida entera había sido una. Pero era mil veces más difícil enfrentar un mal sueño cuando el protagonista no era él mismo, sino alguien a quien creía querer. Lo notaba en el modo en que las manos le temblaban y en la insistencia de su corazón, que luchaba por salirse de su pecho. Si no hubiese estado corto de aliento, se habría maldecido a si mismo, por ceder a aquel susto nocturno. Sin embargo, ni siquiera tenía fuerzas para hacer sonar su propia voz.

Se puso de pie lentamente, mientras los latidos que resonaban en sus oídos callaban poco a poco. Despacio, abandonó el lugar.

Afuera, el frío de la madrugada le trajo cierto alivio. La bruma que surgía del lago le envolvió con suavidad. Al menos, le permitió despejar sus pensamientos por un momento. Caminó por las callejuelas del pueblo, con la cabeza lejos de ahí. ¿Por qué se sentía así? ¿De dónde venía esa ansiedad asfixiante?

Una idea fugaz cruzó por su mente, tentándole, hasta que se animó a tomarla. Sus pasos lo guiaron a las afueras de la villa, donde la privacidad no era un problema.

Ahí, caminó y caminó, por minutos que se convirtieron en horas. Deseaba verla, suplicaba porque fuera a su encuentro esa noche, para darle descanso a su mente agitada.

—Vamos, vamos. —Se dijo a si mismo. Ojala ella pudiera escucharlo también. —Ven, ven. ¿Dónde estás?

Esperó, por más tiempo del que pensara, hasta que la mañana se anunció en el horizonte. Entonces, supo que tenía que volver. Aquella relación prohibida que mantenía con Afrodita jamás sería aceptada por el resto de sus compañeros. Era algo suyo y de la diosa; nadie más que ambos podía entender.

Nuevamente, se detuvo, por una última bocanada de aire. Esperaría un minuto más. Solo uno.

Pero ella nunca llegaría.

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—¡¿Qué ha pasado?! —rugió el dios del trueno al abrirse paso en el gran salón.

Al fondo, de pie junto al trono, divisó el rostro de su hermano. En sus brazos, Poseidón llevaba el cuerpo inerte de Afrodita. A Zeus no le fue difícil reconocer la larga melena castaña que sobresalía por un costado.

Inconscientemente, tensó la mandíbula, mientras avanzaba a su encuentro. Había sentido el estallido de su cosmos a la distancia y también había pensando lo peor.

—Las "pequeñas" han discutido. Ella se ha llevado la peor parte. —Poseidón miró a Afrodita, desfallecida en sus brazos.

—¿Athena…?

—Se ha marchado de regreso a Atenas, y se ha llevado el espíritu de Afrodita con ella. —Zeus apartó la mirada e, incluso a la distancia, Poseidón supo que estaba furioso. —No va a detenerse, hermano. Eres tú quien tiene que poner un alto a este escándalo.

Con toda la delicadeza que le fue posible, como si fuera una hermosa y frágil muñeca, el dios rey tomó a la diosa bajo su cuidado. Miró su rostro y le pareció que dormía. Las heridas de su cuerpo narraban una historia de valentía, de resistencia. Afrodita había peleado en su último momento, pero había sido incapaz de vencer a Athena. Ahora, su penitencia sería dormir hasta que todo hubiera terminado.

Por mucho que deseara encontrar una solución, Zeus tenía el presentimiento de que aquella guerra solo llegaría a su fin, el mismo día que los hombres de Palas regresaran a su tiempo. Si Poseidón pensaba que él podría detener ese desbarajuste, entonces Poseidón estaba equivocado.

—¿Lo hizo del mismo modo? —Preguntó al señor del océano, mientras indicaba con un gesto, que le siguiera. Llevaría el cuerpo de Afrodita a un sitio donde pudiera descansar hasta su retorno.

—Usó al mortal. Le ha dado más poder del que debería.

—El hombre era poderoso desde el principio, no es algo que haya obtenido en este tiempo; Athena solo ha usado dicho poder a su favor.

—¿La justificas?

—Te equivocas. —Se detuvo súbitamente. En todo momento se aseguró de mirar directamente a los ojos de Poseidón. —Condeno, tanto como tú, las decisiones de Athena. Sé lo que significan para todos nosotros, pero también sé que no hay nada que pueda hacer para detenerla.

Fue como si sus palabras levantaran el encantamiento que mantenía presas las emociones de Poseidón. El malestar incipiente se tornó en indignación, y después, en rabia. En muchos años, Zeus no había visto tantas emociones en los ojos de su hermano. Del misticismo del océano, la mirada de Poseidón había pasado a ser transparente, como un río de aguas traslúcidas.

Estaba furioso, Zeus lo sabía pero, a pesar de comprender las implicaciones, el dios rey no mostró debilidad. Gustara, o no, a Poseidón, él sabía que hablaba con la verdad.

—Entonces, ¿esto será todo? ¿Viviremos en anarquía? —el peliazul expresó sus pensamientos, al fin—. Porque de ser así, debes prepararte para lo que venga.

—¿Debo preocuparme por ti?

—Debes preocuparte por todos… incluso por ti mismo. No sabemos quién será el siguiente.

—Athena no atacará a sus aliados—intentó hacerle entrar en razón. En el fondo, deseaba convencerse a si mismo.

—¿Eres su aliado? ¿Lo soy? Aún en ese caso, me parece que aquí no existen lealtades.

—Poseidón…

—Necesitas encargarte de esto. Tienes que intervenir ahora, o perderás todo el control—demandó—. Actúa pronto, o todo esto te explotará en la cara más tarde.

Pero Zeus no dijo nada más. Giró sobre su talones y continuó el camino que había comenzado. Afrodita reposaría en su templo durante el tiempo que fuera necesario; dormiría ahí, como una princesa, hasta que aquella pesadilla terminara.

Más tarde, iría por Athena. No tenía intenciones de involucrarse en una guerra de palabras y de roces con ella, pero Poseidón tenía cierta razón en aquel asunto.

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Herse abandonó a toda prisa la habitación de su diosa tan pronto terminó de limpiar y de cuidar de sus heridas. Lo había hecho lo más rápido y lo mejor que había podido. Pero consideraba que, toda vez que estaba segura de que su princesa estaba bien, debía dejarla discutir sus asuntos con Shion. Tenía la impresión de que, a pesar del éxito de la misión, ni Athena, ni el lemuriano, estaban siendo realmente optimistas.

—¿Cómo está? —Escuchó la voz de Néstor y se detuvo en su apresurada caminata.

—Tiene algunas heridas, pero estará bien. Nada de consideración.

—¿Shion permanecerá con ella? —La sacerdotisa asintió, a lo que el hombre imitó su gesto. Al igual que la propia Herse, había ciertas actitudes que le hacían sentirse receloso del resultado de esa aventura. —Me aseguraré de que tengan descanso esta noche. La guardia no dejará que nadie les incomode.

—Ambos te lo agradecerán.

Sin embargo, tanto el general, como ella, sabían que esa noche no habría sueño en el templo. La combinación de nerviosismo y adrenalina que impregnaba el aire no dejaría que nadie reposara. La paz era tan palpable como delicada. Había un frágil equilibrio que mantenía todo en su lugar pero que, al más mínimo disturbio, se rompería en cientos de pedazos. Nadie quería eso, aunque nadie tampoco iba a admitirlo.

—Descansa tú también, Herse. Ha sido una larga noche. —El soldado le dijo. Herse hubiera deseado que el sueño la consumiera, pero no sería capaz de pegar los ojos esa noche.

—Te veré por la mañana. —Esbozó una tímida sonrisa y retomó su camino, afanosa como siempre era ella.

En su camino se topó con varios escuadrones de soldados. A juzgar por la cantidad de movimiento de las tropas atenienses, Néstor no había bromeado al asegurar que velaría por la tranquilidad de su diosa y del templo esa noche.

Pero toda vez que hubo terminado de limpiar las vendas y arreglar sus materiales de curación, Herse sintió que el sueño no vendría a ella ya. En plena madrugada, la doncella no tenía el mínimo deseo de irse a la cama. Tenía la sensación que, lo que restaba de la noche, lo pasaría en vilo, con nada más que sus pensamientos.

Sintió un deseo insano de salir a los jardines y perderse en ellos, hasta que el cansancio la consumiera. Sin embargo, habiendo visto el despliegue de las tropas por todo el palacio, estaba segura que no la dejarían dar un solo paso afuera sin vigilancia, y por mucho que añorase un poco de aire fresco, la idea de meditar entre el celoso resguardo de los soldados atenienses, no le hizo ninguna gracia. Prefería un poco de silencio y de privacidad ante todo. Lo más probable era que se quedase en su habitación.

Entró a su dormitorio y cerró al puerta tras de si, antes de dejarse caer en la silla repleta de almohadones, que miraba hacia el balcón. La noche era oscura y la brisa, fresca. Se respiraba una calma poco propia para el momento. A pesar de ello, la doncella agradeció por aquella bocanada de paz. Con los ojos cerrados, se abandonó unos minutos a sus pensamientos. Trató de concentrarse en todo lo bueno, así como también intentó encontrar soluciones inexistentes a las malas noticias. "Algún día las cosas irán a mejor", se dijo. Quería creer que sería así. Necesitaba tener fe, pues solo eso podría mantenerla entera en momentos de tanta tensión y de desgaste emocional.

—Es en los momentos más turbios cuando la paz de tu rostro resplandece como el Sol. —Herse abrió los ojos y se incorporó, sobresaltada, en busca del invasor. Al reconocerlo, quedó petrificada. No podía creer que él estuviera ahí.

—Hermes—pronunció su nombre—. ¿Qué haces aquí? Si Athena te descubre…

—¿Va a encerrarme en una urna? ¿Vas a permitírselo?

Sintió la mirada del dios mensajero sobre sí, intensa como siempre había sido. Del mismo modo, como todas las veces anteriores, le fue terriblemente difícil sostenerla. Había algo en los ojos de Hermes que tenían ese efecto sobre ella.

Era imposible definir exactamente lo que era. Quizás era aquel toque adorable que barnizaba perfectamente la travesura en su mirada; o, tal vez, era el modo en que sus ojos susurraban cuanto la adoraba. Pero cuando estaba con él, las cenizas del pasado ardían de nuevo. En esa ocasión, no era diferente.

—¿Qué haces aquí, Hermes? —repitió su pregunta, esquivando la de él—. Sabes que es peligroso.

—Aún te preocupas por mí.

—Lo has dicho ya: las aguas están turbias, por lo que no hay necesidad de revolverlas más. Así que te preguntaré una vez más, ¿a qué has venido? —Él le miró, con esos ojos que la atravesaban, hasta llegar al fondo de su alma. Después, rebuscó en la bolsa de piel de oveja, atada a su cinto. Sacó algo de ella, y tomándole de la mano, se lo entregó. —¿Qué es…?

—Es para ti. Quiero que lo conserves, sin importar que.

La sacerdotisa abrió la mano lentamente, hasta que sus ojos divisaron el regalo que le había sido entregado. En la palma de su mano, encontró una piedra, tan azul como las profundidades del océano. Tenía la forma de una lágrima, que le recordaba a los cientos de ellas que habían derramado al despedirse. La majestuosa roca estaba engarzada en hilos de oro. Brillaba, como si universo estuviera contenido dentro de ella.

Pero, mientras Herse se perdía en el resplandor de la joya, el mensajero fue más rápido y, arrancándolo de su poder, se apresuró a atar el colgante sobre su cuello.

—No te lo quites jamás—murmuró—. Debes llevarlo siempre contigo.

—No puedo aceptarlo. —La sacerdotisa intentó quitárselo, pero el dios le impidió que lo hiciera.

—Es importante que lo tengas. Nadie más que tu puede resguardarlo.

—¿De qué estás hablando? —Pero él se limitó a sonreírle.

—Pase lo que pase, llévalo contigo.

Y, sin más explicaciones, cuando la siguiente ráfaga de aire se coló por el balcón y las cortinas de la habitación se mecieron, el peliturquesa desapareció de su vista.

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Se sentía una niña pequeña: emocionada y ansiosa por haberse salido con la suya. Había pasado la noche sentada a los pies del lecho de Ares. Shion le había acompañado, dormitando por momentos en el kliné del rincón. Pero cada vez que el Patriarca despertaba, sus ojos se dirigían al mismo punto al que ella no había dejado de contemplar por un segundo.

Las urnas de Ares y de Afrodita descansaban en la mesilla de mármol frente a ambos. Desde que habían regresado del Olimpo, ni ella, ni el lemuriano, se habían atrevido a tocarlas. Sólo habían sido capaces de sentarse y observar, mientras sus mentes divagaban en lugares más lejanos, recordando cada detalle de la noche anterior, desde la batalla hasta el encuentro con Poseidón.

De hecho, apenas y habían hablado del asunto. No había mucho que decir y, lo que había que discutir, no traía más que recelo. Las dudas de los dos eran enormes; lo suficientemente pesadas, como para no expresarlas en palabras.

Shion, en especial, temía por sus chicos. La decisión que él y Athena había tomado era la correcta, eso lo tenía bien claro. Pero no podía dejar de preguntarse, hasta que punto, aquel desesperado intento de mantener a Ares fuera de la escena, terminaría por afectar su relación con el resto de los dioses. Teniendo el precedente de la tirante relación entre la reencarnación de Poseidón y la joven Saori, en la Era Moderna, el Patriarca sólo podía pensar en el momento exacto en que todo ese recelo había comenzado.

—¿Estás bien? —Viniendo de su diosa, particularmente callada, Shion fue sorprendido por la pregunta.

—Sí. Algo cansado, quizás. ¿Y tú?

—Las hierbas medicinales que Herse puso en mis heridas, arden. Pero nada extraordinario.

—Pasará pronto.

—Lo sé—asintió.

La breve conversación se extinguió un rato después, cuando ambos volvieron a encerrarse en sus pensamientos. Con las palabras revoloteando en la punta de la lengua, Shion sentía que no podía pasar más tiempo en silencio.

Necesitaba garantías que ni siquiera su propia diosa podía darle. Temía poner más presión en ella. Sin embargo, la incertidumbre era tanta, que no podría callar por más tiempo.

—¿Princesa? —llamó su nombre como un murmullo—. ¿Qué crees que suceda ahora?

—Supongo que no me preguntas por Afrodita, ni por Ares—ella respondió. No lo dijo, pero la misma pregunta llevaba un rato dando vueltas en su cabeza. —Poseidón estará al acecho; eso sucederá. Él y el resto de los dioses mantendrán sus ojos fijos sobre nosotros. Eres un buen hombre, Shion, y sé que has participado en esto con todo el deseo de ayudar los chicos, sin ningún interés propio en ello. —Le miró fugazmente, y el lemuriano se sintió incapaz de sostenerle la mirada. —Pero has de saber que estamos en peligro.

—Imaginaba eso. ¿Qué hay de los muchachos?

—No lo sé. La principal amenaza a los ojos del Olimpo serás tú. Conoces el camino para vencerles… para humillarlos. Eso te convierte en un gigante ante ellos: un gigante con pies de barro.

—Podrían matarme, si así lo desean. —Shion corroboró las palabras de su señora. La morena asintió con suavidad.

—Lo intentarán.

Negarle la verdad sería completamente inútil. Aún si ella mintiera, la calma que buscaba infundir en su Patriarca, era una que sólo él mismo podía ofrecerse. Y Shion no era tonto.

Su vida estaba en peligro, tanto como la del resto de los Santos. Athena lo sabía, él lo sabía; no era un misterio para nadie. Lo que no podía hacer, era mentirle. Los dioses —al menos aquellos que se sintieran intimidados por él—irían en su contra. Un mortal con el poder para retar la divinidad de todos ellos era un hombre peligroso. Cada paso que diera sería vigilado bajo el más minucioso de los escrutinios.

Athena entrecerró los ojos, meditando en todas las posibilidades que el futuro guardaba para ellos. Las primeras que vinieron a su mente fueron buenas, pero se negó a ahondar en ella, por temor a hacerse expectativas falsas.

Después, consideró todo lo malo: lo que había vivido ya, y todo lo que podría acontecer. No habían tenido un solo día de calma en muchísimo tiempo. Siempre había algo, siempre había alguien en su contra. Medir el peligro, era imposible. Adelantarse al siguiente golpe, también. Tal parecía que, si cuidaban un flanco, siempre habría otro complemente abierto, desde donde la siguiente amenaza llegaría a ellos.

—No has pegado ojo en toda la noche. ¿Por qué no vas a descansar? —Athena le dijo.

—Aunque fuera y me recostara, sería imposible dormir.

—Pero debes estar agotado.

—Oh, lo estoy. —Se frotó la sienes. Llevaba un rato hundido en un dolor de cabeza, persistente y cansino. —Y por eso mismo, no podría dormir.

La diosa no insistió más. Comprendía a Shion perfectamente; ella misma estaba agotada a límites en que ni siquiera el sueño sería capaz de confortarla.

Se puso en pie con lentitud, sintiendo como cada músculo entumecido de sus piernas se quejaba. Acomodó el peplo que vestía y caminó en dirección al lemuriano. Cuando llegó frente a él, le tendió la mano. Primero lo vio dudar. Después, dubitativo, aceptó la ayuda de su diosa para levantarse.

—Me quedaré aquí mientras tú estiras las piernas un rato. Cuando estés más relajado, cambiaremos lugares, ¿de acuerdo?

—Princesa…

—No, no—terció—. No voy a aceptar una negativa. Ve.

Sin demasiados ánimos de objetar, Shion se estiró. La agradable sensación que experimentó le resultó liberadora. Por mucho que quisiera negárselo, su cuerpo entero estaba tenso. Miró de soslayo hacia las urnas, como si pensara que al desviar su atención de ellas, los dioses encerrados en su interior pudieran volver del exilio.

Sin embargo, después de todo el trabajo que le resultó aceptar el consejo de Athena, Shion no tuvo tiempo suficiente para abandonar la habitación.

Se vio forzando a entrecerrar los ojos, cuando el resplandor dentro de la habitación se tornó insoportable para su mirada cansada. Oyó el chillido del Águila y no le costó trabajo adivinar la identidad de su visitante. Pero, como había sido en cada ocasión que se encontrasen, el cosmos que se apoderó de la habitación no era hostil.

Lo primero que distinguió, tan pronto sus ojos se acostumbraron a la súbita claridad, fue el rostro de la diosa de la sabiduría. Athena no se había movido un solo centímetro. Igual que él, miraba a través de la cortina de luz que les había envuelto. Instantes más tarde, Shion reaccionó y buscó el rostro del recién llegado. Por mucho que estuviera acostumbrado a esas visitas de gran calibre, nunca se acostumbraría a mirar al mismísimo Zeus a los ojos. Toda su vida había estado rodeado de mitos, pero jamás pensó viajar al mismo origen de ellos.

—Padre. —La morena saludó, propia como siempre.

El dios tardó en reaccionar, limitándose a recorrer la habitación con la mirada. Se fijó en su hija, en Shion, en las urnas, y se tomó algunos segundos más para contemplar el cuerpo inerte de Ares. Fue innegable el modo en que su mirada se enturbió ante la imagen del dios dormido.

Shion y Athena, sin perder detalle, intercambiaron miradas. Era claro para ambos que, lo que venía después, no iba a gustarle a nadie.

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—¿Qué está pasando aquí, Athena? —Aunque suave, la voz del dios sonó como el rugido de una bestia. Incluso la diosa, estoica por naturaleza, titubeó ante la demanda de respuestas de su padre.

—Tú dijiste que cada uno respondería por sus hechos. Quién quisiera involucrarse, era libre de hacerlo, siempre y cuando supiera lidiar con las consecuencias—respondió. Shion podía ver la tensión reflejada en sus gestos. —Defiendo a los míos, padre.

—¿Los tuyos? ¿Acaso no corre sangre divina por tus venas? ¿Reniegas de tu verdadera naturaleza? —Su mirada fue severa, pero Athena no se inmutó. —Eres una diosa. Los tuyos son aquellos que comparten esa divinidad contigo.

—Te equivocas. Si fuera así, no destruirían lo que es importante para mi.

—¿Tus Santos?

Mis Santos.

El duelo de miradas dejó a Shion en medio de dos aguas. Prudente, como sólo él sabía serlo, el lemuriano guardó silencio y aguardó. Consideraba adecuado mantener cierta distancia, del mismo modo en que estaba seguro de que su princesa sabría defender sus decisiones sin ayuda suya.

Además, si debía admitirlo, esos escasos momentos en los que su papel se reducía a oyente, le brindaba más información de su situación, de lo que podía conseguir con un rol más activo.

—Estás tomando riesgos innecesarios, Athena.

—¿Innecesarios? ¿Para quién? —No había puesto en peligro su existencia y la de Shion por un capricho. —El único modo de defender a mis guerreros es este. No hay nada innecesario en esto, padre; eso te lo garantizo. Si algo, puede ser un plan desesperado, eso lo admito, pero jamás arriesgaría tanto si no se tratara de una situación apremiante.

—¿Y te parece que es este el modo de solucionarlo? Has entregado a los mortales la llave para dominarnos. Has puesto nuestra divinidad en tela de juicio.

—¿Acaso es el orgullo lo que te preocupa?

—No te atrevas a juzgarme—amenazó el dios.

—Nos decimos mejores que los mortales porque somos más viejos, más sabios. Pero lo cierto, es que esa inmortalidad nos ha hecho crueles, nos ha hecho amorales y también pretenciosos. ¡No nos importa nada más que nuestra propia existencia! —exclamó—. Admítelo, padre. Es tu orgullo de dios el que está herido con esta afrenta, no tu sentido de justicia.

De improviso, el dios rey la tomó del brazo y la arrastró consigo, hasta considerarse lejos de los oídos de Shion. Miró de soslayo al Patriarca, con todo el recelo de una deidad herida, y centró nuevamente su atención en su joven hija. A pesar de que Athena se mantuvo callada, la expresión en su rostro anunciaba su sentir.

—Cavas tu tumba y la de tus Santos—susurró.

—Te equivocas. Mi tumba y la de ellos fue cavada desde el primer momento en que Hera puso sus ojos en nosotros. Lo que yo hago, es tratar de salir desesperadamente de ella.

—Traté de apoyarte…

—¡Nos abandonaste! —espetó ella, sintiendo el golpe súbito de la furia—. Te enajenaste de nosotros y nos arrojaste a los lobos. Si hubieras querido ayudarme, habrías establecido reglas. ¡Habrías mantenido al resto del Olimpo fuera de esto!

—No me culpes por tus decisiones— Zeus siseó—. Abre los ojos, Athena. Mira a tu alrededor. Has atentado contra todo lo que se considera sagrado entre los dioses. Eres lista, y sabes que habrá repercusiones. Pero no estoy seguro de que llegues siquiera a imaginar, lo lejos que podría llegar. Ten mucho cuidado a partir de ahora. Mide minuciosamente cada paso que des. Hay enemigos rondando alrededor de ti, dispuestos a esperar por una equivocación.

—¿Es una amenaza, o una advertencia?

—Es un consejo de un padre para su hija.

—Piensas que debo liberarles—sentenció. Después de todo, tal parecía que era lo único que los dioses deseaban de ella.

—Pienso que es tarde para eso.

—¿Entonces?

—No lo sé—admitió—. Poseidón ha venido a mí. Está enojado y desea que este incidente no pase sin consecuencias. No sé si decidirá tomar acciones, pero sé que, de hacerlo, es un enemigo temible. —Mientras escuchaba, Athena se perdió en sus pensamientos. Tres dioses en el Olimpo estaban sobre el resto: Zeus, Poseidón y Hades. Uno de ellos era un enemigo declarado; los otros dos eran enormes incógnitas. —Aquí hay mucho más en juego que las almas de Ares y Afrodita. Hablamos del destino de todos nosotros.

Athena guardó silencio. No podía negar la razón a su padre, por mucho que lo deseara. Si se arrepentía, o no, de lo que había hecho, era cuestión de su propia cabeza. Pero, por el momento, no tenía duda alguna de que había actuado correctamente. Había estado en medio de una encrucijada y había tomado uno de muchos caminos. No estaba segura de a donde llegaría con ese rumbo. Ya lo averiguaría.

—Tienes razón en algo—la diosa dijo—: no puedo retroceder ya. —Su mirada se desvió hacia Shion, en busca de apoyo. Como respuesta, encontró una sonrisa diminuta en sus labios. —No puedo detenerme ya. Si lo hago… estaremos perdidos.

Su padre la miró, con la resignación tatuada en los ojos. Athena había sido así desde el principio de su existencia. Era determinada, valiente y obstinada, como ninguna. Habiendo tomado una decisión, no había nada que hacer para persuadirla de ir por un camino contrario. Tampoco sabía si podría protegerla, tanto de sus enemigos, como de ella misma.

Desconocía también la magnitud de aquel desastre en el Olimpo. Si Poseidón había perdido la cabeza tan rápido, el resto de sus iguales no serían menos impulsivos al respecto. Por primera vez en mucho tiempo, el Señor del Trueno estaba preocupado.

—No puedo hacer mucho más por ti, sino desearte buena fortuna.

—Tranquilo. No es como que la hayamos tenido hasta ahora. —El dios no supo hasta que punto, la propia Athena hacía mofa de su mala suerte.

—Sólo sé cuidadosa.

Con un suave movimiento de cabeza, la morena le respondió. Aunque no habían sacado nada de ello, Athena se sentía satisfecha con que la discusión terminarla. Ni ella, ni Zeus, ni nadie, llegarían a un consenso al respecto. Sus puntos de vista era radicalmente distantes.

Zeus se marchó no mucho después, sin decir nada más, pero visiblemente contrariado. Lo cierto era que no sabía cómo proceder a partir de entonces.

Para Athena, su siguiente paso era más obvio. Después de aquel enfrentamiento, habiendo pasado tantos contratiempos, solo deseaba salir por un momento de su palacio, a despejar la mente y a estirar las piernas. Decidió que haría precisamente eso: salir. Iría a visitar a sus Santos.

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Los caminos estrechos de la aldea estaban llenos de bullicio. Se escuchaba con claridad el balido de los rebaños que salían a los campos de pastoreo, así como los gritos de los pastores y las risas desparpajadas de los pequeños, que seguían a los animales entre juegos y travesuras. El Sol despuntaba con sus primeros rayos, por encima de la cordillera de rocas que resguardaban el lugar, pero para los aldeanos, el día había comenzado desde algunas horas antes.

A pesar de las diferencias obvias con la gran ciudad que era Atenas, Athena disfrutaba de recorrer los senderos, observando cada detalle a su alrededor. Después de la larga y difícil noche, tanta algarabía resultaba refrescante. Por unos pocos segundos, al menos, se olvidó de sus problemas y también del futuro. Por un instante, el presente fue suficiente.

—¿Señora Athena? ¡Mi señora! —Volteó al escuchar los gritos que la llamaban y se encontró con Ganímedes, persiguiendo sus pasos.

—Buen día—le saludó, ralentizando el paso para darle la oportunidad de alcanzarle.

—¡Esta es una sorpresa maravillosa! Sin duda, un gran inicio para el día.

—¿Cómo ha sido la noche? —preguntó, obsequiándole una sonrisa a cambio de los elogios. —¿Ha habido calma?

—Aioria está despierto.

—¿Qué? ¿Desde cuando? —Esta vez, su rostro se iluminó con una sonrisa enorme y sincera.

—Poco después que te marcharas.

Ese es un gran inicio para el día—ella añadió.

Apuró el paso, dispuesta a no postergar aquel encuentro por más tiempo. No solo era Aioria, sino también el resto de los chicos. Con suerte, habría noticias de los viajeros y alguna otra buena nueva alegraría la mañana.

Al primero que encontró fue a Bias, con sus escandalosas carcajadas y sus malos modos, justo a la entrada. Milo y Aldebarán lo acompañaban, divertidos con su conducta. Cara de Asno estaba con ellos, intentando sin ningún éxito, domar el comportamiento extravagante de su amigo. Las risas, junto con las consecuentes regañinas, eran tan potentes, que ninguno escuchó los pasos de la diosa que se acercaba. Para cuando cayeron en cuenta de su presencia, ella estaba a solo unos pocos metros, observándoles con atención.

Siempre había admirado el espíritu de los mortales; esa fortaleza implícita en cada uno, el deseo de vivir y la valentía para levantarse en medio de adversidades sobrecogedoras. A sus ojos, era fascinante verles reír y contagiarse de esa energía vital. Entregaría su inmortalidad a cambio de un solo instante como aquel, donde la alegría fuera un instinto y, la vida, un impulso.

—¡Princesa! —A trompicones, Milo se abrió paso para ir a su encuentro. —¡Has vuelto!

—Hola, Milo. Hola, Aldebarán—saludó también al toro dorado, que le sonreía con toda la sinceridad que poseía. También ondeó la mano, hacia el resto de los hombres ahí presentes. Sin darse cuenta, sus ojos buscaron por uno es específico; solo cuando lo vio aparecer frente a ella, su alegría se sintió completa. —Shura…

—Athena.

La sonrisa que correspondió a la propia, le resultó deslumbrante. A pesar de ello, la diosa luchó por controlar sus emociones. Nada más apropiado que el auto control para ella.

El español tuvo que librar su propia batalla contra los nervios. Cualquier cosa que no fuera respeto hacia su diosa, sería inapropiada… a sus propios ojos y a los de cualquiera. No solo era cuestión de ocultarlo de sus compañeros, sino de ella misma. Aunque él quisiera aferrarse al sueño en que era suya, no lo era. Era Athena, era su diosa.

—¡Te extrañábamos ya! ¿Nos traes algún chisme? —Milo se interpuso entre sus miradas, como un huracán.

—No, Milo. Solo quería verles. —Y, a pesar de que esa había sido la intención principal, ahora que estaba ahí, había descubierto que los ojos de Shura bastaban para alejarla momentáneamente de sus problemas.

—Estás herida.

—¿Eh? —De pronto, la observación del Santo de Capricornio hizo que se percatara de las heridas que su enfrentamiento con Afrodita le había dejado. —No te preocupes. Fue un entrenamiento que salió de control.

—Has bajado la guardia, princesa.

Ella correspondió al joven escorpión con una sonrisa. Poco sabía Milo, pero sus palabras eran terriblemente ciertas, al menos un sentido muy diferente al que él pensaba. Había bajado la guardia. Oh, vaya que lo había hecho.

—¡Ahí estás! —Ella rió cuando el león dorado apareció frente a sus ojos.

—Princesa…

—Es una enorme alegría verte. Se ven mucho mejor—acotó cuando su mirada gris chocó con los ojos de Máscara Mortal—. Y tú también. —Encontró una sonrisa de Aioros, tímida y discreta.

—Es agradable estar de regreso.

—Sobre todo cuando estás tan mimado como nuestro gato. —El brazo de Milo se cruzó por encima del hombro de Aioria, ganándose una mirada recriminatoria por aquel comentario.

—Valientes mimos…

—¡Que malagradecido, gato!

—Cállate, Milo.

—Acosas al chico, dale espacio. —Escucharon la voz siempre conciliadora del Aldebarán, aunque Milo prefirió ignorarlo. Todas esas horas sin la oportunidad de fastidiar a Aioria tenían que ser repuestas.

Mientras, la diosa les miraba embelesada y ajena a sus problemas recientes. A veces, le parecía que todo sacrificio valía la pena. Ojala tuviera la oportunidad de verlos a todos juntos. Extrañaba esa visión.

-x-

—¡Alto! ¡Alto! ¡Tiempo fuera! —El griterío de Kanon obligó a que jalaran las riendas para detener a sus corceles. Con una nube de polvo y algo de alboroto, los animales se detuvieron.

—¿Pasa algo? —Dohko fue el primero en preguntarle, aunque los ojos de todos hicieron el mismo cuestionamiento.

—El cubito de hielo está quejoso—respondió.

A sus espaldas, sin haber tenido más remedio que compartir su propia montura con el gemelo, Camus gruñó. Aprovechó el repentino descanso para bajarse del caballo a estirar un poco las piernas. Verificó que su herida siguiera en el lugar adecuado y rehizo la coleta que mantenía su larga cabellera en orden, durante el largo viaje de regreso.

Más pronto de lo que hubiera pensado, se vio rodeado por sus compañeros. Sus rostros de preocupación le resultaron abrumadores. Sin embargo, rápidamente se repuso de la primera impresión y trató de saldar toda esa ansiedad con algo parecido a una sonrisa. Probablemente ninguno se lo creyó, pero tampoco importaba en realidad.

Lo cierto era que no sentía de un modo tan horrible. Estaba cansado, pero aquello era normal, considerando que tenía agujeros de más en el cuerpo. Pero no era nada que no pudiera soportar.

—Estoy bien—masculló—. Estaría mejor si no tuviera que compartir mi caballo, ni tragarme el pelo de Kanon cada vez que vamos a la carrera.

—¡Oye!

—Nadie más quiere llevarlo consigo. —Saga acotó, con un montón de sonrisas respaldándole.

—¡Hey! ¡Te escuché a ti también!

—Y claro, el moribundo tiene que llevarse a Kanon como acompañante. —Camus giró los ojos y su expresión, siempre seria, sacó a una sonrisa a sus compañeros.

—¡Estoy aquí! ¡¿Soy invisible o qué?!

—No, Kanon. No eres invisible. —Dohko le contestó, con una sonrisa traviesa.

—Para mala suerte de Camus—complementó su gemelo, robándole una maldición mal disimulada.

Con una mirada asesina y un gesto de fastidio total, el peliazul se cruzó de brazos. Apartó la mirada de ellos, al menos por un instante, y se sopló el flequillo. Eso le pasaba por haber querido ser agradable y ayudar al francés a no romperse la cabeza al caerse del corcel… o, al menos, eso se decía.

Pero ya no volvería a caer en el mismo error. No, no, no. Si Camus quería un chofer, que viera donde conseguírselo. La nueva misión de Kanon era joder un rato a su hermano, haciéndola de polizón.

—Pues ya que están todos de tan buenos ánimos, ¡andando! Nos queda mucho para llegar aún—dijo—. Diviértete con la bestia del mal, Camus. Yo iré con mi hermano.

—¡¿Qué?! ¿Conmigo? —Saga le miró, como si el mismísimo diablo le estuviera hablando.

—Si. Contigo.

—¿Por qué?

—Porque eres mi hermano y porque aparentemente, estás ansioso de llevarme de compañía.

—Ni hablar. Ve con Dohko.

—¡¿Eh?!

—¿Ves? Ni Dohko te quiere, eso es grave. —Kanon alzó una ceja y torció la boca. Malditos todos.

—¿Saben qué? —Fulminó a todos con la mirada. —Iré a pie.

Y, tal como advirtiera, se puso en camino, con toda la dignidad que le quedaba. Si tardaba otro mes en llegar al pueblucho aquel, que así fuera. Tendrían que esperarlo, por patanes.

Escuchó el sonido de los cascos detrás de él, pero no miró atrás. Sabía que los cuatro iban siguiéndole de cerca, pero ninguno se atrevía a adelantarle. ¡Qué se sintieran mal! Se lo merecían. Pobre Kanon, abandonado y humillado por sus hermanos de Orden. Patanes… idiotas… imbéciles…

Su sandalia tuvo que escuchar sus pensamientos para hacerse cómplice del montón de idiotas que iban detrás suyo, porque en ese preciso momento, la tira de cuero que la mantenía atada a su pie, se reventó y, atorándose en el piso, le hizo irse de boca sobre la tierra.

—¡Ay! —gritó. El piso detuvo su caída, pero su dignidad quedó bien enterrada, muy por debajo de él.

A duras penas se sentó, soplando la maraña de pelos que le caía en la frente, e hizo uso de todo su autocontrol para no recitar todas las palabras malas que le vinieron a la mente. Maldita fuera su suerte ese día.

—¿Estás bien? —Escuchó la pregunta de Mu, en una voz temblorosa que dejaba en claro sus esfuerzos para no carcajearse en su cara. Dohko y Camus parecían esforzarse tanto como él, a diferencia de Saga, quien ya había soltado la carcajada.

—Estúpida chancla—masculló, mientras terminaba de arrancársela de un manotazo.

—Asumo que ya no caminarás. —El caballo de Saga pasó a todo galope a su lado. Medio segundo más tarde, la sandalia de Kanon salió disparada hacia la cabeza del geminiano mayor. —¡Fallaste!

—Idiota…

Malhumorado y sucio, Kanon oyó las risas de Saga alejándose. Miró hacia Dohko y pensó que no quería compartir montura con él. Con lo pequeñito que era el chino, el gemelo se sentiría grotesco a su lado.

Quizás si empujaba un poco a Camus, podría conseguir de nuevo el mando sobre el animal que lo llevaba en lomo unos minutos antes. Pero el Santo de Acuario pareció adivinar sus pensamientos y espoleó a la bestia, para ir al alcance de Saga. El plan de Kanon quedó nuevamente frustrado.

Entonces, se volteó y descubrió la sonrisa de Mu, que en realidad era un gesto de resignación.

—¿Vienes o caminas? —Le oyó preguntar.

—Solo déjame recoger mi sandalia, ¿vale? No quiero perderla.

Arrastrando los pies fue a recoger su calzado y, después, no le quedó más remedio que aceptar la mano que Mu le tendía.

Si tan solo su maldito caballo no hubiera terminado como alimento de pájaro infernal…

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Aretha se frotó los ojos. Apenas había dormido unas pocas horas en los últimos días, por lo que el cansancio hacía que le ardieran. Ahogó un bostezo, tan solo algunos segundos más tardes, mientras se decía que, a como diera lugar, esa noche se forzaría a descansar al menos unas horas.

Sus acompañantes la habían abandonado momentáneamente, para reunirse con el resto, todos alrededor de Athena. Ella, por su parte, se había conformado con saludar desde lejos, permitiendo a Santos y diosa, compartir un momento propio. Había algo fascinante en ellos cuando la veían; era como despertar de un letargo profundo, hacia la vibrante luz de la vida que era ella. Por muchos problemas que hubieran entre ellos, a pesar de cualquier quiebre de su fe, Athena era su razón de vida. Se hacía obvio a los ojos de cualquiera con solo verla.

Deliberadamente, Aretha buscó la salida. Aprovecharía la presencia de la morena, para dar un pequeño paseo por la aldea y aclarar la mente.

—Espera un momento, por favor. —Escuchó que la llamaban y se detuvo. Aunque no esperaba la interrupción, admitía que tampoco la sorprendía el hecho de que Shaka la siguiera hasta ahí.

—¿Shaka? ¿Qué haces aquí? Deberías estar con Athena.

—Tiene atención de sobra sobre sí. Para hablar con ella, más tranquilamente, me temo que tendré que esperar algunos minutos más. ¿Te molesta si te acompaño y charlamos? —Ella negó. Shaka era un chico callado y no adepto a las palabras, pero también sabía que ambos tenían una conversación pendiente.

Hubo silencio durante el primer par de minutos que pasaron juntos. Ni él se animó a preguntar, ni ella se atrevió a decirle que el viaje hacia Troya no había tenido el resultado deseado. Sin embargo, las palabras no eran un imperativo. El silencio era cómodo, fascinante incluso, pues permitía apreciar el entorno campirano. Entretenidos, no pudieron sino dejarse llevar por el ambiente.

—Supongo que la vista a Troya no ha sido útil—dijo el rubio. No conocía mucho de la ninfa, pero no hacía falta hacerlo para notar cierto recelo de su parte. —¿Has tenido problemas con Periandro?

—No es el hombre más cordial que he conocido.

—Es fácil olvidarse de aquellos aliados a los que la distancia ha alejado. —Vaya que esperaba algo así del rey troyano. —¿Has tenido la oportunidad de hablar con Phineas?

—Sí. Aunque no estoy segura de que ella nos sea de ayuda. —Esperó un instante para ver su reacción. Al no obtener respuesta, continuó. —Dice que Apolo solo la visita en sueños. Él habla con ella, pero ella no es capaz de comunicarse con él. De cualquier forma, prometí volver a verla. Es una prisionera más en ese palacio, Shaka; una prisionera que viste en lino y oro.

—Lo lamento por ella.

Decir que las noticias no le había contrariado, hubiera sido una mentira. Pero, aunque se había preparado para lo peor, el Santo de Virgo guardaba una ínfima esperanza de que la suerte les sonriera.

Quizás había esperado demasiado.

—¿Qué haremos? Es decir, ¿hay algo más en que pueda ayudar? —la pelirroja insistió. En lo que a ella respectaba, era pronto para rendirse.

—¿Crees en la palabra de los dioses? —La pregunta la sorprendió.

—¿Tú les crees? —En su rostro vio la respuesta. Él deseaba creer, pero el destino le había enseñado a desconfiar. —La confianza se gana y, desafortunadamente, ninguno de ellos ha hecho méritos para obtener la suya. ¿Me equivoco?

—No, no estás equivocada en lo absoluto.

—¿Temes que esto sea una trampa?

—No, tampoco. Lo que temo es perder el control sobre esta situación. —Se apresuró a responder. —El poder de Athena reside en esos colgantes. Ella nos obsequió ese poder, mucho tiempo atrás. Nuestra misión era cuidar ese obsequio a toda costa.

—Athena comprenderá que las circunstancias eran abrumadoras.

—Y aún así, ese sacrificio ha sido para nada, Aretha—suspiró—. Para nada.

La pelirroja trató de consolarle con una suave caricia en el hombro. Comprendía lo que significaban aquellas palabras y, tenía la impresión, de que Shaka lamentaba muchas más cosas de las que ella pensaba. Desconocía también el verdadero poder de las misteriosas joyas, pero si el rubio tenía razón y hubiesen sido capaces de salvar la situación, entonces eran mil veces más poderosas de lo que imaginaba.

De pronto, tenía a impresión de que su ayuda era más que necesaria. Si bien la primera misión había sido un fracaso, no era momento para darse por vencida.

—Si lo deseas, me gustaría seguir ayudándote—musitó.

—¿Crees que podamos conseguir algo en Troya?

—No lo sé. —Negó con suavidad. —Pero tampoco perdemos nada con un poco de insistencia.

—Aioros no sabe de esto. —Aretha tensó los labios, pensando en todo lo que hubiesen evitado, si le hubieran hablado de aquella idea descabellada. —No quisimos crear esperanza en él. Sabes lo difícil que fue perder a Aioria.

—No me gustan los secretos, Shaka. Han causado demasiado daño y, mientras existan, todo esto solo vendrá a peor.

—Me temo que siempre ha sido así entre nosotros.

—Entonces, quizás es momento de terminar con ello. Necesitan estar unidos, o terminarán perdidos en este mundo de locura. —Sonrió, con un dejo de preocupación en los labios. En el fondo, por mucho que defendiera sus decisiones, el Santo sabía que la ninfa estaba en lo cierto. —Te ayudaré en todo lo que pueda… y mantendré la boca cerrada. —No le gustaba, pero esas eran el tipo de acciones que solamente ellos podían tomar. —Volvamos. Athena querrá tenerles a todos ahí, juntos.

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Mientras Tarsila trabajaba a toda prisa, Mirra simplemente se limitaba a obsérvale detenidamente.

Sin duda, la curandera traída desde Temiscira, era una mujer habilidosa. Se notaba en la agilidad de sus manos y en el modo en que examinaba cada síntoma de la reina amazona sin vacilación. Troya tenía decenas de sanadores y muchos más hombres instruidos en el arte de la medicina, así que la princesa no era ajena a su oficio. Pero eso no significaba que fuera imposible admirar la destreza de la vieja, ni tampoco que hubiera algo que la hiciera dudar de su capacidad. Había tomado la decisión correcta al llevarla ahí.

—¿Qué opinas? —preguntó, tras un largo rato en que no hubo más que silencio. El rostro inexpresivo de la curandera no le decía nada.

—Su recuperación debe ser una prioridad.

—Periandro no permitirá una sola consideración hacia ella—terció—, lo sabes.

—Entonces, me temo que no saldrá adelante.

Mirra chasqueó la lengua, pero su rostro guardó celosamente todas sus emociones. Sólo tenía ideas encontradas al respecto. Había hecho una promesa: vigilarla. Ahora, dudaba si aquella promesa, pagada con un fugaz momento de puro placer, incluía también velar por ella.

Si era así, entonces estaba metida en un aprieto. Hipólita requería cuidados que ella no podía proporcionarle… al menos no, sin jugarse el pellejo delante de su padre.

—Bajo la suposición de que pudiéramos hacer por algo por ella… —preguntó—. ¿Qué sería necesario?

—Sus heridas están infectadas; la humedad de los calabozos y las pobre condiciones en que se mantiene, impedirán que se curen por completo.

—No podemos sacarla de aquí, cualquier cosa, menos eso. —Resopló. — Yo podría conseguir remedios y provisiones, pero no hay forma de que la reina abandone los calabozos. Si Periandro se entera…

—Sus cabezas penderán de las picas, junto a la mía—musitó la reina.

El escabroso silencio que siguió a sus palabras le confirmó sus temores. La verdad era que no le sorprendía: Periandro se lo había advertido con anterioridad. Sin embargo, eso no significaba que comprendiera el por qué le había mantenido con vida hasta entonces, o el por qué, aquellas mujeres estaban arriesgándolo todo por ella.

Aunque Tarsila le era conocida y confiaba en sus conocimientos médicos, nunca había sido particularmente amable con ella. Y la otra mujer, la castaña que se había negado a revelar su identidad tantas veces, ni siquiera le era conocida.

—Déjenme morir, de una vez por todas—susurró—. No existen motivos para retrasar más tiempo mi partida.

—No puedes morir. No aún.

—¿Para que salvarme? ¿Sólo para darle la oportunidad a ese maldito rey suyo de verme morir en sus manos? —Su rostro, ya de por si cansado y enfermo, se tornó más amargo. —Si es esa su intención, entonces, abandónenme ahora.

—No hago esto por el rey. —Mirra la interrumpió. —Si has de morir, o si has de sobrevivir a esto, será cosa de los dioses. Pero mientras dependa de mi, te aseguro, reina, que no irás a ninguna parte.

—¿Quién eres? —La amazona siseó.

La mirada de hielo, en aquellos ojos felinos de Mirra, fue todo lo que recibió como respuesta.

Cubriendo sus cabellos cobrizos, la princesa troyana se decidió a abandonar ese sitio, que le revolvía el estómago. Hizo una seña a la vieja curandera para que fuera detrás de sus pasos. La vio dudar, pero no insistió. Sabía que Tarsila no podía quedarse, así que estaba segura de que iría detrás de sus pasos.

—Ten paciencia, mi señora. —La anciana susurró a la reina, a través de los barrotes. —Cuidaré de ti.

—Prefiero morir ahora que pasar mi vida encerrada en este infierno.

—No vas a morir. Entiéndelo de una vez por todas, reina. —Mirra intervino de nueva cuenta. Siempre había pensado que las Amazonas eran mujeres dignas de admiración, con espíritus indómitos y corazones de pelea. Hipólita y sus lloriqueos estaban comenzando a decepcionarla. —Todavía tienes un destino que cumplir, así que deja los lamentos y enfrenta lo que viene con dignidad. Vámonos, Tarsila—ordenó.

Dividida entre dos señoras, la vieja no pudo sino decantarse por aquella a quien ahora servía. Después de todo, necesitaba de la princesa troyana para mantener sus votos de servir a Hipólita. Por muy poco que la apreciara, había jurado servirla hasta el último de sus días y pensaba cumplir tal promesa.

—Mi señora. —Se despidió de la prisionera con una reverencia escueta y, con pasos torpes propios de su edad, fue tras los pasos de Mirra.

—¡Quiero saber quien eres! —Aferrada a las barras de metal que la sometían, Hipólita gritó. —Ten la decencia de revelar tu nombre.

Había sido una petición desesperada, pues la misteriosa mujer nunca había mostrado intenciones de revelar su identidad. Tenía que ser hija de una noble cuna: una doncella o una sacerdotisa. Era demasiado fina y autoritaria para ser una esclava. Pero con todas sus sospechas, lo que menos alcanzaba a entender era el por qué tenía semejante interés en una prisionera de guerra, como lo era ella.

Pensó que, como siempre, no le respondería. Pensó que se marcharía, sin mirar atrás, dejando solamente la promesa de un regreso cercano. Sin embargo, en esa ocasión, estaba equivocada.

—Te diré mi nombre—dijo Mirra, lo más cerca que las rejas le permitían de la reina—. Y si lo repites, una sola vez, me encargaré de que la muerte nunca llegue a ti, reina. Vivarás muchos años más, decenas de ellos, sometida como una vil esclava. ¿Has entendido? —La mirada afilada de Hipólita le proveyó de una respuesta. —Mi nombre es Mirra, princesa de Troya. Mi padre es Periandro, soberano de estas tierras y tu captor. Si has de deberle a él tu muerte, me deberás a mi tu vida.

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Cuando llegaron a sus aposentos, Mirra indicó a sus siervas que abandonaran la habitación. Todas, salvo Tarsila, hicieron como indicó, dejándolas solas.

—¿Deseas un poco de agua? —preguntó a la vieja. El camino de regreso desde los calabozos había sido largo y exigente para una mujer de su edad.

—Te lo agradecería.

—Ten. —Llenó una copa con el agua cristalina y se la tendió. Ansiosa, Tarsila sorbió un par de tragos, mientras la princesa la observaba, dándole tiempo de recuperarse. —Entonces, ¿qué opinas?

—Es difícil dar un diagnóstico si no puedo examinarla con propiedad. Mientras esté tras rejas, será complicado tener cierta certeza.

—Lo comprendo, pero yo no poseo las llaves de las celdas. Ya es suficiente reto a la autoridad de mi padre el haberte llevado ahí. —Bufó. La sanadora guardó silencio. —¿Debemos seguir con esto?

—No tenemos otra opción. Si tus sospechas son verdaderas…

—No son mis sospechas. —Maldito Kanon que la había metido en eso a cambio de un polvo. —Solo trato de dilucidar lo que está pasando aquí.

—¿Solo eso?

—¿Qué más podría ser, Tarsila?

—Si tus sospechas son ciertas…

—¡Que no son mis sospechas! —Mirra giró los ojos y, volviendo sobre sus pasos, se dejó caer sobre su cama.

—Como digas, mi princesa. Pero, de ser cierto, Periandro tendría un príncipe bajo su custodia.

—O, princesa. Para maleducar…

—Para someter.

Las palabras afiladas de Tarsila hicieron que la princesa troyana se incorporara y echara, encima de la mujer, una mirada de advertencia. Con todos sus defectos, como rey y como padre que era, Periandro merecía el respeto de sus sirvientes. No iba a permitirle hablar fuera de su lugar.

—Cuida tu lengua, mujer—advirtió.

—No hay mentiras en mi boca, princesa, y lo sabes. —Sin embargo, la vieja no se amedrentó. —Un crío de la reina no solo sería príncipe o princesa de la extinta Temiscira… sino que, como hijo de un Santo Ateniense, también podría considerarse príncipe de Atenas y protegido de la mismísima Palas. ¿Estás segura de que quieres enfrentarla a ella?

—No puedes hablar de esto con nadie. —Severamente contrariada, Mirra la amenazó. ¡Por supuesto que no deseaba enfrentamientos con una diosa como Athena! —Nadie más que tú y yo sabrá de esto. Es una orden, Tarsila.

Prudente, como siempre se había jactado de ser, la curandera reverenció a la princesa y selló sus labios. La conducta de Mirra solamente había confirmado sus temores. De algún modo, esperaba que sus miedos no tuvieran lugar en ese mundo.

—Si no me necesitas más, señora, me retiraré—dijo—. Estaré con Phineas.

—Te buscaré mañana. Prepara lo que consideres necesario para bajar con Hipólita de nuevo.

—Como gustes.

Cuando se quedó sola, Mirra no pudo sino maldecir. Maldijo a Kanon, a los dioses y a ella misma. Le enojaban muchas cosas en ese momento, desde la impertinencia de esa mujer, hasta la estupidez de su padre y sus complejos de gloria que terminarían por darle la razón a la anciana.

Había sido una reverenda idiota al meterse en un lío como ese. Al igual que Tarsila, debió tener el cuidado de ver los problemas que se avecinaban, antes de hacer una promesa como la que hizo. Pero ya no tenía más remedio: el pasado estaba sellado. Solo quedaba esperar y suplicar porque todo fuera una equivocación. Si no fuera así, entonces que los dioses se apiadasen de ella por lo que tenía que hacer.

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—Aquí tienes.

El humeante cuenco de madero que Bias le entregó, le reconfortó al tacto. La noche era fría y el viento soplaba con más fuerza que durante la tarde. A merced de su capricho, las brasas de la hoguera chisporroteaban mientras las flamas ardían, enardecidas por el aire.

Era tarde y Athena debería haber regresado a Atenas hacía un buen rato, pero no tenía el más absoluto interés en hacerlo.

Amaba a su ciudad, amaba a su gente y sabía que era necesaria ahí. Sin embargo, después de la locura que habían sido el par de días anteriores, le urgía un descanso para la mente. Increíblemente, en aquella diminuta aldea, alejada del mundo y que siempre recordarían, había encontrado un fugaz remanso de paz al que ahora se negaba a abandonar. "Unos minutos más." Se repetía una y otra vez. Solo unos pocos minutos más, que se habían convertido en horas.

Bebió un sorbo de aquel insípido caldo de hojas, pero no se quejó. Por detalles tan sencillos como ese, era que había abandonado el Olimpo y bajado a la tierra, para morar entre los mortales. Le gustaba sentirse parte de ellos.

—¿Está rica? —El gigante marinero la cuestionó y ella respondió asintiendo con suavidad.

—Mucho. Gracias.

—¡Perfecto! Me he esmerado esta tarde con la cena.

—Y todos lo agradecemos, Bias. —Adelantándose a la boca del Santo de Escorpio, Shaka se aseguró de que su penetrante mirada le dejara sin derecho a réplica. La cortesía iba ante todo.

—Sí, sí… lo que Buda dijo. —No era un tipo exigente cuando se refería a comida, pero esos brebajes tan extraños que día tras día, el marinero les servía, comenzaban a hartarle. Sin embargo, no dijo nada más. Se empinó el cuenco y bebió hasta la última gota de su escueta cena. —¿Saben qué? Estoy cansado. Creo que me iré a dormir.

—¿Cansado? ¿Cómo de qué?

—Para tu información, ser un tipo perspicaz, alegre y sumamente simpático como yo, requiere de muchísima energía, cangrejito. —Pero las palabras ofendidas de Milo y el gesto en su rostro, solo sirvieron para ampliar la sonrisa del italiano. —Así que, me voy a la cama. ¡El que llega primero, se queda con el mejor rincón del piso! —Y, en un pestañeo, Milo desapareció de ahí.

Los ojos de todo el mundo le siguieron hasta que silueta desapareció entre las penumbras de la noche. Más de uno compartió su emoción por unas pocas de sueño; era tarde y, aunque no había mucho en que gastar energía por el día, las noches de frío como aquella se antojaban para un buen descanso.

—Yo creo que haré lo mismo. —Con un sonoro bostezo, Aldebarán se puso de pie. Estiró un poco la espalda y se encaminó para seguir los pasos de Milo. —Buenas noches a todos. Buenas noches, princesa.

—Descansa… todos debemos descansar. —Imitando a su Santo de Tauro, la morena se sonrió.

—Si. —Aioria se puso en pie de un brinco y, cual felino, se estiró haciendo crujir cada vértebra. —Mañana nos espera otro largo día de vagancia.

Todos rieron, salvo Ángelo. Su linda cara de niño bueno podía engañar al resto de los presentes, pero no a él. Aioria había hecho todo, menos dormir desde que regresaron; su suerte tampoco había sido muy distinta. Con todo el lío mental que el gato idiota tejiese en su cerebro, el italiano no se sorprendía de ser incapaz de pegar los ojos. Las noches enteras se las gastaba tramando planes sin sentido y destinados al fracaso. Ya dormiría de nuevo cuando las cosas mejoraran… o al menos, cuando tuviera de regreso a sus críos y supiera que el cuello de Aioria dejaba de estar en peligro. Mientras tanto, seguiría extrañando la mezcla de tabaco y whisky que le ayudaban a mantenerse despierto cuando estaba en el Santuario.

Maldito sentido de responsabilidad. Maldito sentido de nobleza. Maldito sentido de pérdida.

—Pues nada. Llevemos al gato a sonar con aguilillas… —musitó.

—¡Oye! ¡Te escuché!

—Esa era la idea.

—Grrrrr…

—Deja de gruñir, estás grandecito para estas cosas. —La voz del italiano fue perdiendo fuerza conforme se alejaba en compañía del león, liderados por Aldebarán y seguidos cerca por el arquero y por Shaka. —Si te apetecen los sueños húmedos es cosa tuya… sólo no duermas muy de cerca de mi. Es inquietante.

—¡Ángelo!

Mientras los veía marchar, Athena se sintió alegre por un instante.. Eran sus chicos, del modo en que los había conocido, a pesar de todo lo que habían pasado. Adoraba eso de ellos, simplemente lo adoraba.

Para cuando se dio cuenta, solo eran ella, Shura y Bias alrededor de la fogata. El resto de sus acompañantes se habían ido retirando conforme la cena se terminaba. El bullicio que le había dado la bienvenida por la mañana, no existía ya. La aldea entera había sido engullida por la noche. Únicamente quedaba silencio: profundo y asfixiante silencio.

—Esto ha estado muy sabroso... casi tan bueno como una puta —Sin ningún tapujo, el marinero dejó escapar un eructo de satisfacción. Shura lo miró con cara de espanto, hasta que la sonrisa atragantada de Athena le quitó hierro al asunto. —Pero es hora de dormir.

—Ve. Te has ganado varias horas de buen sueño. —Ella le dijo y no fue necesario que lo repitiera. A duras penas, como si requiriera de un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierto, Bias inició la retirada.

—¿Vienes? —preguntó al español.

—En unos minutos, ¿vale?

—No tardes, o te tocará dormir afuera.

Entretenida en aquel breve intercambio de palabras, la morena observó del uno, al otro. Resultaba curioso, pero todo indicaba que el grupo de marineros a quienes les había confiado la vida de sus Santos, habían hecho mucho más que ponerlos a salvo: les habían devuelto el entusiasmo por la vida.

Cuando su misión les llevara de regreso a Atenas, no tendría palabras para agradecerles todo lo que habían hecho. No había tesoros para pagarles lo mucho que habían entregado.

—Son unos tipos geniales. —La voz de Shura, sentado al lado opuesto de la hoguera, la sacó de sus pensamientos y atrapó su atención con esas cuatro simples palabras.

—Sin duda. Ya lo veo.

—No sé que hubiéramos hecho sin ellos.

Ella le miró en silencio, por un instante que duró una eternidad. A través de las llamas veía el brillo de sus ojos en medio de la noche, así como su rostro, lleno de paz. Por mucho que quisiera, Shura no podía apartar su mirada de ella. Era como un encanto, un conjuro poderoso del que no podía escapar.

La última vez que había compartido un momento de soledad, él se había quedado con una pregunta en los labios. Ansiaba desesperadamente una respuesta, pensando que quizás sería el único modo de dejarla ir y continuar con su vida. Mientras no lo escuchara de sus propios labios, mientras Athena no le desmintiera, él seguiría creyendo… se aferraría a ese sueño que en su mente, era más real que el mismísimo momento que vivían. Su diosa era la única que podría terminar con su agonía.

Pero ahora, dudada. ¿Podría abrir aquella caja de Pandora y sobrevivir a las consecuencias? ¿Bastaría con que Athena destrozara sus esperanzas para que el pudiera olvidarla?

—¿Princesa? —La voz le salió como un suspiro, apenas audible incluso para él mismo.

—¿Si?

—La última vez que hablamos… Yo… —dudó—. Había algo que quería preguntarte.

Shura no lo sabía, pero el corazón de la diosa amenazó con estallarle en el pecho cuando le escuchó.

¡Por supuesto que lo recordaba! Cada instante de esa noche seguía fresco en su cabeza, como si el tiempo nunca hubiera pasado. Temía tanto a aquel cuestionamiento, pero tenía todavía más miedo a la respuesta que él le exigiría.

No deseaba mentirle, porque de algún modo, una mentira enterraría todos los "hubiera" entre ambos. Una sola mentira bastaría para que, cuando la verdad regresara a perseguirles, Shura terminara odiándola. Sin embargo, tampoco podía ser sincera. Había demasiado en riesgo, en especial para su Santo. ¿Qué debía hacer?

—Cierto. Ya recuerdo—musitó ante la insistente mirada del español. Sus ojos se engancharon a los suyos, mientras lo veía levantarse para ir a su lado.

—Puede que no sea nada, pero… —Shura se sentó a su lado, haciendo estragos con sus nervios. Era lo más cerca que le había tenido, desde aquella noche en Temiscira. —Necesito saber. —Athena no pudo preguntarle que era lo que deseaba saber, ni siquiera alcanzó a abrir los labios para emitir cualquier otro sonido. No sabía que debía decir en esa situación. —Cuando estuvimos en Temiscira… mis ojos no estaba bien. Las amazonas intentaron curarlos.

—Hipólita necesitaba guerreros, con capacidades completas.

—Sí… pero, la curandera me dio un remedio. Dijo que podría matarme, o podría curarme.

—La Sangre de Asir. Pudo haberte matado.

—Pero no lo hizo. Estuve tan cerca de morir... —Miró hacia la morena, solo para reparar en como el pánico se apoderaba cada vez más a cada palabra suya que soltaba. Su propia cabeza comenzó a darle vueltas, ante la remota posibilidad de que la realidad fuera lo que vio en sueños. —¿Por qué no morí, Athena? ¿Por qué?

Sus ojos verdes eran incapaces de abandonarla. Vio el miedo y la duda en los de ella, y también notó el incesante temblor en sus labios, que no alcanzaban a darle ninguna respuesta.

Athena nunca se había sentido tan vulnerable. Jamás se había sentido tan poseída por sus sentimientos. Su mente solo le planteaba duda tras duda. Tenía cientos de preguntas que no podía responder por si misma. Ya no dudaba acerca de mentir, o de ser sincera. Las lágrimas que inundaron sus ojos, ajenas a todo autocontrol, había respondido. Ahora, sus temores estaban en el futuro.

—Yo te salvé—susurró—. No moriste… porque yo te salvé.

—¿Entonces…? —Shura entrecerró los ojos, sin dejar de mirarla un solo segundo. La confusión y los miedo de la morena, anidaron también dentro de él.

—Estabas muriendo. Yo no podía dejarte morir… Así que fui a Temiscira. Esa noche…

—Esa noche no fue un sueño.

Las palabras le brotaron de los labios como veneno, un veneno dulce y embriagador que asesinaba al Santo en su interior. Shura sabía que no había vuelta atrás: para él, Athena jamás volvería a ser simplemente su diosa. Era mucho más que eso.

Sintió los dedos temblorosos de la diosa acariciando su rostro. Su toque era suave, delicado y dubitativo. El Santo, entonces, sujetó su mano con finura y se refugió en la caricia. La necesitaba. La necesitaba con locura, para aferrarse a ella mientras el mundo alrededor de ambos se desmoronaba. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo habían llegado a eso?

—No podemos hablar ahora. Regresa a Atenas y búscame. —La morena le susurró. —Estaré esperando.

Un resplandor anunció la despedida, dejando las réplicas de Shura en el aire. El cuerpo de la diosa se esfumó, mientras las alas de un búho se batían en medio de la noche. El ave voló, alto, hacia el Norte. Iba en pos de la ciudad de la sabiduría donde, como había prometido, esperaría.

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La jauría que vivía a las afueras del pueblo, enloqueció cuando los caballos pasaron junto a ellos, a toda carrera. Las bestias, sin embargo, no se inmutaron ante el incesante aullido de los perros, que les corretearon, perdidos en la polvareda que levantaban sus cascos. El espectáculo atrajo la atención de todos los curiosos. Decenas de ojos se fijaron en el grupo de santos. De algún modo, su presencia anunciaba el éxito de su misión en tierras lejanas. Para suerte de ellos, y por bendición de la diosa, todo había salido bien.

—¡Volvieron! ¡Volvieron! —Bias entró a la habitación, pregonando el anhelado regreso. Aunque en los últimos días se había sentido ligeramente ignorado por el resto de los chicos, se sintió importante al recibir tanto atención de su parte. —¡Están desmontado ahora!

Pudo jurar que llevaba demasiado tiempo sin ver tanto movimiento en la cabaña. Pero la noticia causó un ajetreo impresionante entre los Santos que habían permanecido ahí. Como una estampida, todos corrieron hacia la salida, buscando confirmar las palabras del gigante marinero.

—¡Por los dioses! —Milo se llevó las manos a la cabeza y dio un brinco de alegría. —¡Es verdad! ¡Han regresado!

Shura, a su lado, soltó una gran carcajada, compartida de inmediato por el Aldebarán. Shaka, Aioria y Aioria se aproximaron por detrás a contemplar el arribo de sus compañeros. Una tranquilidad absoluta les invadió por un momento.

Los días se habían sentido como eternidad desde que se marcharan. Por mucho que hubieran deseado confiar y permanecer positivos, sus corazones habían latido con pesar durante cada segundo de ausencia. El verlos de regreso, a todos, era una bendición enorme; una infusión de fuerzas y un suspiro lleno de esperanza. Por una vez, las cosas habían salido bien. Por una vez, tenían la oportunidad de celebrar un éxito.

—¡Han tardado muchísimo! —Milo corrió a su encuentro. Sin embargo, frenó en seco cuando lo suficientemente cerca como para ver el vendaje de Camus. —¡Estás herido!

—Estoy bien. Es solo un rasguño.

—¡Estás herido! —Se repitió.

—Es un recuerdo de los pajarracos esos—Kanon intervino—. Pero oye, ha valido la pena.

—¡Está herido!

—Venga, bicho. Pareces una novia aprensiva.

—¡Kanon!

Los gruñidos del escorpión le importaron poco al gemelo, quien le palmeó el hombro, haciéndole gruñir todavía más. Ese era uno de los placeres que había extrañado: molestar al bicho hasta hacerlo rabiar. Tener ese pequeño placer culposo de regreso le hacía sentir que estaba en casa, donde estaban sus hermanos. Era bueno… definitivamente lo era.

—¡¿Estás seguro de que estás bien?! —Viendo que Kanon no iba a prestarle más atención, Milo volvió a enfocarse en Camus. Por unos segundos, olvidó el pavoroso sentimiento que los caballos despertaban en él, y se abocó en ayudar a su amigo a desmontar.

—Lo juro, Milo. Fue un descuido que me costará un par de cicatrices.

—¡Por Athena, Camus! Tú nunca te descuidas.

—Nadie es perfecto.

—Pudieron haberlo cuidado mejor, ¿saben? —Volteó hacia los demás, quienes le miraron con la incredulidad tatuada en sus rostros.

—Cenicienta hizo lo mejor que pudo. —Saga respondió, haciendo rabiar a Kanon y a su sandalia perdida.

—¿Qué pasó contigo, Cenicienta?

—Larga historia. Humillante de contar.

—Ya, ya. Me alegró que estén todos bien—el griego más joven resopló. —¿Cómo les ha tratado el viaje?

—Emocionante. —Dohko desmontó también. —¿Por qué no le cuentas, Camus? Creo que Milo sufrirá un ataque de envidia, casi peor que su recién ataque de pánico.

Intrigado, el peliazul miró, uno a uno, los rostros de los recién llegados. A sus espaldas, los otros Santos esperaron por la gran historia que había que contar. Sin duda estaban intrigados.

—¿De qué hablan? —Máscara de Muerte fue el primero en preguntar y el primero en recibir aquella enorme sonrisa de los labios del chino.

—¡Están bien! Los dos… —Miró a Aioria. —Más noticias excelentes para este regreso.

—Si. —Incómodo ante tanta atención, el italiano se sobó la nariz y trató de restar importancia al asunto. —Yo estoy bien… el gato está medio idiota aún.

—Muy gracioso. —El aludido le miró con fastidio.

—¿Aún? ¿Acaso hay cura para eso?

—Gusto en verte otra vez, Kanon.

—Lo mismo digo, minino.

—Lo dice en serio, aunque no lo admita—Mu intervino—. Y todos compartimos ese sentir. Es bueno verles de nuevo.

Una sonrisa tímida iluminó los labios de Aioros cuando sus ojos chocaron con los de Saga. La primera impresión que vio en su mirada, fue una preocupación absoluta y una pregunta implícita en ellos. El arquero no supo si su sonrisa respondía con una mentira, o si de verdad se sentía mejor. Sin embargo, hizo justamente así: ensanchó aquel gesto amigable tan suyo.

Por un instante, Saga quiso creer que las cosas de verdad habían mejorado. Viendo a Aioria ahí, de regreso al lado de su hermano, quizás todo había cambiado para el castaño… necesitaba que así fuera.

—¿Qué tal vas? —Se atrevió a preguntar. Buscó con desesperación los ojos de Aioros, usualmente transparentes como el agua.

—Estoy mejor.

—¿Seguro?

—Si, eso creo. —El arquero encogió los hombros y amplió su sonrisa. —¿Me extrañaste?

—Pues… —Saga se tornó pensativo. Entrecerró los ojos, mientras pensaba su respuesta con detenimiento. —Aunque no lo creas, mucho. En especial cuando tus jodidas flechas nos hubiera hecho el trabajo bien fácil.

—Creí que detestabas las flechas—respondió, recordando el montón de cicatrices en el cuerpo de Saga causadas por ellas.

—Cierra la boca, listillo.

Acompañado de la sonrisa de su amigo, el gemelo se puso el morral al hombro y caminó con pasos lentos hacia la cabaña que compartía. Después de todas esas horas de cabalgata, necesita un poco de agua y tumbarse en algún sitio, donde su espalda pudiera estirarse y el culo se le desentumiera.

El viaje había sido largo, pero había valido la pena. Atenas estaba cada vez más cerca, podía sentirlo. Y, aunque fuera raro, solo quería volver.

-Continuará…-

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Por cierto, ¿quién quiere que Shuris llegue muy prontito a Atenas? xDD

Cof… cof… Como siempre, gracias a todos por leerme (sí, a ustedes también, mis queridos lectores fantasmitas :P ) y por la paciencia infinita.

Sunrise Spirit