N.T: Como os dije, aquí tenéis el capítulo de este mes. Sigo estando liada con la uni, por lo que no creo que pueda subir nada hasta finales de enero, que es cuando termino los exámenes. Una vez que acabe, intentaré que las traducciones sean más frecuentes. Este año nos están metiendo mucha tarea... Y bueno, me callo ya porque supongo que queréis leer el capítulo. xD Muchas gracias a la gente que lee esta historia, especialmente a mESTEFANIAB, EliBlackWay, AnnLupinBlack y satorichiva por sus comentarios.
ATENCIÓN: Este capítulo contiene una pequeña escena que ha sido censura por deseos de la autora. Si queréis leer el capítulo completo, está en mi cuenta de AO3, el cual encontraréis en mi perfil. Y como veo que mucha gente no sabe llegar a él (o no funciona el enlace, no sé), diré que podréis llegar allí si os metéis en la página de AO3, le dais a "search", "people" y ponéis "Kristy". Ahí os dará un enlace a mi perfil y pincháis en la historia. A continuación le dais a "chapter index", encontraréis un enlace directo al capítulo que queráis leer. Y eso es todo. Si tenéis algún problema, no dudéis en decírmelo. :)
49. I'm the one you need
Remus nunca había pedido a Sirius todos los detalles de lo que le había pasado después de que hubiera dejado Las Tres Escobas. En verdad, no tenía ninguna necesidad de hacerlo.
Cuando descubrió que Sirius había desaparecido, inmediatamente buscó la ayuda de James y Peter. Era algo típico del trío no pedir ayuda a los profesores, al menos, no al principio.
Los tres chicos de sexto año se pusieron de acuerdo y decidieron no decirle al personal que Sirius estaba desaparecido hasta la mañana siguiente. Remus había ido en flu a su casa en Hogsmeade, con la remota posibilidad de que Sirius estuviera allí, y luego envió a Romulus a buscarle por la escuela. No había dormido allí, y la mañana siguiente, sabía que no tendría más remedio que ir a la profesora McGonagall.
Minerva McGonagall, siempre perfectamente tranquila y serena, incluso en la peor de las crisis, lo había llevado de inmediato a ver a Dumbledore.
Remus nunca había estado más contento de que fuera domingo y que no tuviera que ir a clases. Sabía que nunca habría sido capaz de concentrarse durante más de un minuto o dos.
Estaba bastante seguro de que había sido el día más largo de su vida, y que el tiempo sólo pareció moverse de nuevo con normalidad después de que Dumbledore le hubiera dicho que Sirius estaba a salvo. Remus había querido ir a buscar a Sirius inmediatamente, pero ninguna súplica había persuadido a Dumbledore que le dijera dónde estaba Sirius.
En cambio, lo único que pudo hacer fue contar los días y las horas para la próxima luna llena, momento en que Dumbledore le había asegurado que Sirius regresaría. No estaba seguro si creerle, pero no había nada que pudiera hacer.
Tomó ese tiempo para sentirse culpable por dejar que Sirius abandonase Las Tres Escobas sin él. Estaba seguro de que todo lo que había sucedido podría haberse evitado si solamente lo hubiera seguido de inmediato; no importaba que hubiera tardado unos pocos minutos en ir detrás de él.
A través de los días de ausencia de Sirius, Remus había llegado a dos conclusiones muy alarmantes.
De lo primero que se dio cuenta mientras que la luna llena se acercaba era que su mente volvía cada vez más a lo que Sirius y él habían hecho durante la mañana después de la última. Todavía tenía persistentes recuerdos del dolor, pero también recordaba las sensaciones que Sirius había logrado producir en su cuerpo... sensaciones y sentimientos que quería sentir de nuevo.
La segunda cosa de la que se había dado cuenta era que realmente había perdido a su mejor amigo, y que haría cualquier cosa para tenerlo de vuelta otra vez a su lado.
Y ahora que Sirius estaba de vuelta en la escuela, estaba claro que necesitaría su apoyo más que nunca.
Cuando Sirius le había dicho que algunos chicos habían ofendido sus preferencias, Remus supo de inmediato qué había sucedido. Había visto los moretones por sí mismo, y su corazón se encogió cuando los recordó.
El chisme de que Sirius era gay se había extendido a través de la escuela como la pólvora, y tan pronto como hubo regresado, habían comenzado los insultos. Remus habría dado cualquier cosa para poder silenciar a todos los estudiantes que llamaban a Sirius marica, afeminado o mariposón, pero había demasiados para poder silenciarlos. Aunque eso no quería decir que no tratara de hacerlo. Cuando Sirius fue hechizado por segunda vez la mañana de regreso en la escuela, todos los estudiantes involucrados terminaron misteriosamente en la enfermería con diversas enfermedades dolorosas. Nadie podía demostrar que era Remus quien los había mandado allí, pero Sirius sabía que era responsable, y estaba muy agradecido por la fuerte protección de su amigo.
Su mejor amigo había regresado a su lado, y Remus sabía que allí era donde estaba destinado a estar. Poco a poco las cosas entre ellos estaban trabajando de regreso a su camino a la normalidad. Se sentaban juntos otra vez en clase, trabajaban en sus tareas juntos, jugaban al ajedrez, animaban al campeón de Gryffindor de los gobstones y las cosas estaban muy cerca de ser todo lo que había sido antes del día en que Sirius le había besado.
Realmente solo había una manzana de la discordia entre ellos, y era Charlene.
No importaba lo mucho que Remus lo intentase, no podía conseguir que Sirius aceptarse que le gustaba, y no estaba dispuesto a romper con ella sólo porque el lobo se ponía un poco caliente en la época de luna llena.
Remus sabía que Sirius estaba trabajando en ello fastidiándole en ese aspecto, pero estaba luchando una batalla perdida. Mientras que a Remus podría gustarle los sentimientos que Sirius había despertado en él, no quería correr el riesgo de ser confundido con un maricón. Ya había sido atacado por ser un hombre lobo, y no tenía intención de dar a los matones que permanecían en la escuela otro motivo para que se ensañasen con él.
Le había preguntado a Sirius si los chicos que lo habían atacado habían sido expulsados, pero éste negó con la cabeza. Le preguntó por qué no, pero James, quien había estado escuchado su discusión, tuvo la teoría de que el motivo era porque podrían decir que el hombre lobo de la escuela era quien estaba atacado, y por desgracia podrían hacerlo. No le gustaba pensar que estaba recibiendo un tratamiento especial, pero no podía negar que estaba en lo cierto. Él era el único hombre lobo que había sido autorizado a asistir a Hogwarts en toda la historia de la escuela... realmente lo decía todo.
Aún así, se determinó que no se saldrían con la suya por lo que hicieron, y utilizó la capa de invisibilidad de James para escabullirse en la Sección Prohibida detrás de Sirius con el fin de encontrar la manera perfecta para vengarse de ellos. No sería un simple hechizo para niños; Remus iría a hacérselo pagar.
—¿Obra tuya? —susurró Sirius mientras los veía cojear por el Gran Comedor algunas mañanas más tarde.
Remus asintió.
—Decidí que un hechizo no era suficiente para ellos —susurró—. Por lo que combiné algunos. Sin embargo, no sé de dónde vienen las plumas púrpuras. Debe haber sido a causa de dos o más hechizos que reaccionaron entre sí.
—Me gustan sus nuevas voces —respondió Sirius—. ¿Son lo que creo que son?
—Cacareos de gallina —confirmó Remus—. Siempre van en grupo, ¡malditos cobardes!
Sirius sonrió cuando el último de sus torturadores tropezó, casi borracho, en el marco de la puerta. Remus se rio entre dientes y volvió a su desayuno. No le dijo a Sirius que había apuntado más hechizos de la Sección Prohibida, por si acaso los chicos eran lo suficientemente tontos como para probarlos con otra cosa.
Metió la mano bajo la mesa y le dio unas palmaditas a Sirius en la pierna, tratando de hacer un gesto de apoyo informal, mientras se preguntaba cuánto tiempo podría dejarla antes de que Sirius lo considerase algo más. Se sentía agradable descansar su mano en la pierna de Sirius, más agradable de lo que quería admitir.
Ahora que la luna llena había pasado y Sirius estaba de vuelta en la escuela, Remus ya estaba contando los días para la próxima. Nunca lo admitiría a nadie, ni siquiera a sí mismo, que por primera vez desde que había sido mordido, no era el caso de contar los días porque temía ese día. No, por primera vez, Remus estaba contando los días para la luna llena porque estaba esperando con impaciencia el día en que podía dejar que Sirius le tocase como él quería que lo hiciera.
La luna llena todavía estaba a más de una semana de distancia, pero ya estaba más que ansioso de que Sirius lo llevara a su boca una vez más.
Remus estaba muy confundido y cada vez más enfadado por su propia falta de moderación. Cada vez era más evidente que no sólo quería a Sirius en el momento de las lunas llenas, pero cuanto más cerca de la luna llena estaba, menos control parecía tener sobre sus impulsos. Se preguntaba si el lobo era el que los controlaba, o si era al revés. No sabía qué pensamiento lo asustaba más.
Sirius estaba apresurándose por el pasillo hacia el armario de suministros de Pociones cuando sintió que una mano le agarraba el brazo y le tiraba hacia un oscuro armario.
—¿Que demonios? —murmuró, mientras sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.
Entonces sintió una mano en la parte posterior de su cuello y un par de labios apretados contra los suyos. Se retiró un poco.
—¿Remus?
Remus se rio y lo acercó de nuevo.
—¿A quién más esperabas?
—No esperaba a nadie —señaló Sirius—. ¿Dónde estamos?
—En uno de los armarios de almacenes de Filch.
—¿Por qué?
—¿No lo puedes adivinar? —bromeó Remus.
Sirius contuvo fuertemente el aliento mientras le apretaba más cerca. Sintió el borde de su camisa empujarse hacia un lado y luego a Remus chupándole en el cuello. Sintió una punzada de molestia de que Remus se hubiera tomado el tiempo para asegurarse de que cualquier marca que dejase se ocultara de forma segura de los ojos de los demás. Todavía no quería que nadie supiera lo que estaban haciendo. Por otra parte, razonó, tal vez era mejor ser cauteloso acerca de su relación. Incluso si Remus no estuviera tercamente obstinado con su heterosexualidad, Sirius realmente no necesitaba más atención por parte de los matones de la escuela.
Entonces sintió la evidencia de lo mucho que Remus lo quería, y sabía que no tenía la fuerza de voluntad para discutir con él.
—Mañana hay luna llena —jadeó Remus.
Sirius no necesitaba recordarlo. No mientras Remus voluntariamente quisiera tocarlo en cualquier otro momento del mes.
—No hables —susurró antes de empujar a Remus contra la pared y besarlo con fiereza.
No quería escuchar que era Lunático quien lo quería.
No quería volver a escuchar las negaciones de Remus.
Quería sentir a Remus en sus brazos.
Quería saborear sus labios.
Quería oír gritar a Remus mientras se acercaba al éxtasis.
No importa el costo... quería a Remus.
Sirius tiró de Remus hacia él, dejando que el otro chico lo usara como almohada mientras yacía sentado en el suelo del armario polvoriento.
—Te quiero —susurró Sirius.
Remus no respondió.
—¿Remus?
—Estoy tan cansado —murmuró Remus.
—Espero que estés diciendo que estás cansado después de lo que acabamos de hacer.
—Sabes de qué estoy hablando.
—Sí, supongo que sí —respondió Sirius—. Por lo tanto, esto es a todo lo que se reduce, ¿verdad? Como no estás recibiendo nada de tu novia, estás conformándote conmigo.
—Eso no es justo.
—¿No es así?
—Charlie no es de esa forma.
—¿De qué forma? ¿Tan fácil como yo?
–No eres fácil.
—¿No? Pues no lo parece. Estás caliente, tu novia no pone solución, por lo que acudes a mí porque sabes que iría contigo en un santiamén. Incluso no necesitas preguntarlo.
—Oh, Sirius. —Remus suspiró y lo abrazó con fuerza—. Ya te expliqué sobre Lunático y parecías aceptarlo.
—Entiendo lo que dices, pero eso no quiere decir que acepte lo que me estás diciendo.
Remus se sentó y miró a Sirius.
—Si vas a estar así cada vez que estamos juntos...
—¿Tú qué? —espetó Sirius—. ¿Negarás a Lunático lo que quiere?
—Si tengo que hacerlo.
—Sabes que no va a ser así. Quieres al igual que yo dejar esta ilusión que nos detiene para estar juntos.
—No es una ilusión.
—Pues lo parece. En caso de que no te hayas percatado, también tengo necesidades. Tal vez puedas limitar tus impulsos hacia los tres días alrededor de la luna llena, pero yo no. Quiero estar contigo cada día del mes. Te quiero.
—Yo no tengo que ceder ante el lobo —señaló Remus en voz baja—. Con que te deje deberías de tener suficiente. La mayoría de los tíos odiarían la idea de otro hombre les tocase... ya sabes... ahí abajo.
—¿Odias la idea de que te toque? —susurró Sirius.
—Lunático...
—¡No! —espetó Sirius—. No quiero oír hablar de Lunático. Quiero saber qué piensa Remus. ¿Si te toco la semana que viene te gustará? ¿O estarás repelido por la misma idea?
—Yo…
—Te quiero la próxima semana, tanto como te quiero ahora. Probablemente aún más ya que habré pasado casi una semana sin ti. ¿Tienes alguna idea de lo que se siente al tener todos estos sentimientos y no ser capaz de actuar sobre ellos?
—Supongo que he sido un poco egoísta, ¿eh?
—¿Un poco? —Sirius negó con la cabeza y rio con amargura—. A veces parece como si me estuvieras usando. Tomas lo que quieres, cuando quieres, y sólo tengo que aguantarme.
—Nunca hablamos acerca de tus necesidades, ¿verdad? —murmuró Remus en voz baja—. Creo que probablemente será mejor que consigas un novio o algo así.
—No. ¡Te quiero a ti!
—Pero ya que no puedes tenerme, ¿tal vez deberías buscar en otra parte? Sería estupendo si pudieras encontrar a alguien a quien no le importara compartirte con Lunático, pero entenderé si no puedes. No haré que tengas que elegir entre Lunático y tu novio en potencia.
—Para, espera un minuto. —Sirius levantó las manos y repitió los últimos minutos de la conversación en su cabeza—. ¿Cómo hemos llegado a conseguirme un novio? No quiero un novio. ¡Te quiero a ti!
—Entones me puedes tener —dijo Remus—, pero hoy, mañana y el día después.
—¿Y entonces? —susurró Sirius.
—Siempre tienes que arruinar las cosas, ¿no? —espetó Remus mientras empujaba lejos a Sirius—. Simplemente no puedes dejarlo.
Sirius podía suponer que Remus se estaba enfadando de nuevo. No quería pelear, no más. Extendió la mano y tomó la de Remus.
—Lo siento —dijo—. No quiero pelear.
Remus asintió, apaciguado por el momento.
—En realidad me alegro de que no quieras un novio —le dijo.
—¿Por qué? —preguntó Sirius, tentado a preguntarle si estaba celoso pero no queriendo arriesgarse a enojar a Remus de nuevo.
—Porque un novio te querría todos los días del mes, y yo no estaría en ningún momento contigo —dijo Remus.
—Te elegiría sobre cualquier otra persona —susurró Sirius, inclinándose para besarlo con fuerza en los labios.
Se deslizaron fuera del armario, aliviados de encontrar que el pasillo estuviera vacío. Sin un alma en ninguna parte, Sirius tuvo la oportunidad de tomar la mano de Remus con la suya y apretarla brevemente.
—No —susurró Remus—. No donde alguien puede vernos.
Sirius asintió y de mala gana soltó la mano de Remus. Era como era.
—¿Qué vamos a hacer durante el verano? —preguntó, mientras subían por una de las escaleras móviles.
—No está muy lejos —respondió Remus—. Una luna llena más y luego nos separamos.
Sirius trató de no leer el doble sentido de las palabras de Remus y en cambio se concentró en el problema en cuestión.
—Mi padre puede dejarme visitarte, sino ha oído hablar de mis perversiones.
—Si no ha oído sobre ello, ahora podía hacerlo —señaló Remus—. Todas las personas que normalmente sueltan chismes dejaran Hogwarts.
—Probablemente escribirán primero a mi madre —agregó Sirius—. ¡Pues adelante, porque ella ya lo sabe!
Desde el piso de abajo se oyó el sonido de una risa y a alguien llamándole "maricón".
Sirius miró a Remus dar un paso por delante de él y alzar su varita con reflejos de relámpago. Estaba claro de que habría dos más para la enfermería antes de que terminara el día. Esperaba que las cosas cambiaran el año que viene. La mayor parte de sus matones habían sido gente de séptimo año, y al menos habrían abandonado la escuela cuando volviera.
—Charlie ha accedido a mantenerse alejada durante las lunas llenas —comentó Remus mientras continuaban subiendo por las escaleras.
—Buen trabajo —murmuró Sirius—. No creo que le guste ver a su novio dejársela mamar por otro tío.
—Suenas muy seguro de que vaya a suceder —dijo Remus.
—¿Estás diciendo que no será así? —le desafió Sirius—. Sabes que será difícil para ti, incluso después de lo que acabamos de hacer.
—Es la luna llena.
Sirius no respondió a eso. En su lugar, tomó un desvío hacia el baño de los prefectos y empujó a Remus en su interior. Éste no se apartó ni discutió con él. Simplemente se entregó a Sirius, gritando repetidamente mientras era empujado hacia el éxtasis una y otra vez.
Sirius no creía que fuera la luna llena lo que hacía a Remus quererle. Había pillado demasiadas miradas de anhelo de Remus en otros momentos del mes. Había visto el bulto en sus pantalones más veces además de los tres días que rodeaban la luna llena. Pero, lo más alentador de todo, fue el día en que Myrtle la Llorona decidió quedarse en el baño de los prefectos y regresó al pasillo de los chicos del dormitorio, escuchando a Remus gritar su nombre, justo como lo había hecho la primera noche del año.
Sabía que no podía ser una coincidencia el que en ambas ocasiones en las que había usado el baño regular hubiese escuchado a Remus dándose placer a sí mismo con sus pensamientos en él. No tenía la menor duda de que esto era algo Remus hacía continuamente, aunque éste no lo admitiese.
Las vacaciones de verano llegaron en medio de la peor ola de calor que podía recordar.
Sirius había logrado convencer a sus padres para que se quedase con Remus al principio de las vacaciones. Remus le preguntó en privado si los había chantajeado, pero Sirius le había asegurado de que no era así.
—Sólo la primera semana —dijo Sirius mientras leía la carta—. Entonces tengo que volver durante el resto del verano. No van a dejar que Regulus también venga, dicen que es demasiado pequeño.
—¿Tienes que permanecer en Londres durante el resto del verano? —preguntó Remus.
—No te preocupes, mis padres nunca nos separaran otra vez durante la luna llena —le prometió Sirius—. Dicen que puedes visitarnos durante la última semana de las vacaciones, también.
—Te van a dejar durante los tres días, ¿no? —preguntó Remus, más preocupado por la luna llena que el final de las vacaciones.
Sirius sonrió para sus adentros, sabiendo exactamente qué era lo que Remus le estaba preguntando sin palabras.
—Puedo venir el día de luna llena, pero me quieren de vuelta en la cena del día siguiente.
Remus asintió.
—Oh.
—Ni siquiera me echarás de menos —bromeó Sirius—. Vas a estar demasiado ocupado limpiando la casa, haciéndola habitable de nuevo.
Remus no respondió durante un tiempo.
—He decidido visitar a Greyback en verano —anunció finalmente—. Si puedo organizarlo para el día después de la luna llena, ¿querrás venir conmigo?
Sirius asintió.
—Por supuesto que sí.
Remus sonrió con evidente alivio y volvió a su tarea. A pesar de que el final de los exámenes parciales estaban cerca, los profesores no daban ningún respiro a los estudiantes de EXTASIS.
Las clases continuaron hasta el último día, y varios estudiantes estuvieron desesperados por encontrar tiempo para hacer las maletas.
—Qué suerte tenéis —se quejó Peter—. Podéis salir después de que el resto de la escuela se vaya a la estación mañana por la mañana.
—Sí, ¿no es genial? —dijo Remus, sin levantar la vista de la revista de crucigramas de Quidditch que estaba haciendo—. ¿Alguien sabe qué miembro de los Cannons fue expulsado durante tres semanas en el incidente del batching (1) en 1893, por hacerles perder la Copa de la Liga por primera vez en más de dos décadas?
—¿No fue McAdams? —preguntó James mientras sacaba varios conjuntos de ropas del armario y las arrojaba sobre la cama.
—No encaja —respondió Remus mientras mordía su pluma.
Remus se dirigió a la siguiente pista mientras que el resto de los chicos seguían empacando. Sirius no estaba trabajando mucho en ello, aunque, en su lugar, se arrastraba debajo de las camas mientras buscaba varios objetos perdidos.
—No estarás todavía tratando de encontrar tu corbata de repuesto, ¿verdad? —preguntó James.
—No, estaba en el armario del baño —respondió Sirius. Su voz hizo eco debajo de la cama de Remus.
—¿Qué hacía ahí?
—Quién sabe.
—Entonces, ¿qué has perdido ahora?
—Sólo una revista —respondió Sirius, con un tono de voz demasiado casual.
Remus paró su pluma y se mordió el labio. Se había olvidado por completo de la revista que había encontrado en el baúl de Sirius, y sabía que aún estaba escondida debajo de su colchón.
—No deberías preocuparte por ello —le aconsejó Peter—. Los elfos domésticos cogerán todo lo que te quedaste.
—Lo sé —murmuró Sirius—. Es por eso que tengo que encontrarla. No me gustaría empezar el próximo año con un castigo.
—¿Un castigo? —le preguntó Peter—. ¿Por qué tendrías un castigo por olvidar una revista? A menos que sea una de esas...
—Sí —interrumpió Sirius—. Es una de esas revistas, excepto que no puedo encontrar a la maldita. Si los elfos domésticos la encuentran, van a llevársela a los profesores con el resto de los objetos perdidos, y sabes que sabrán a quién pertenece.
Se arrastró para salir de debajo de la cama, cogiendo un zapato y arrojándolo al otro lado de la habitación hacia su dueño. Fue un golpe directo, y James se frotó la magullada frente.
—¿Es la revista de la que me hablaste? —preguntó—. ¿La muggle con tíos en ella?
Sirius asintió.
—Estaba en mi baúl, sé que estaba. Nunca la he sacado fuera del maldito baúl.
—¿No lo has hecho? —le preguntó Peter—. ¿Entonces por qué la trajiste a la escuela?
—Mi madre me pilló con ellas cuando estaba haciendo el equipaje a principio de curso. Exigió que las sacara de la casa, así que las metí en mi baúl. Necesito asegurarse de que todas están ocultas fuera de su vista, pero no puedo encontrar una.
—Bueno, ¿quién más la tendría? —le preguntó Peter—. No es como si nos gustara a los tres los tíos.
Sirius suspiró y se sentó en su cama.
—No entiendo dónde podría haber ido.
El misterio de la revista desaparecida quedó ahí durante el resto del día, y siguió sin aparecer al día siguiente cuando Peter y James se despidieron y fueron a reunirse con el resto de los estudiantes en el hall de entrada. Remus bajó con ellos para decir adiós a Charlene, pero Sirius decidió permanecer en el dormitorio y buscar detrás de los objetos más grandes de la habitación.
El baúl de Sirius estaba lleno, pero las pertenencias de Remus todavía estaban dispersas alrededor de la habitación cuando el resto de la escuela se fue al expreso de Hogwarts y Remus regresó arriba.
Estaban guardado juntos sus cosas cuando los dos elfos domésticos aparecieron en el dormitorio para recoger la ropa de la cama para la lavandería. Rápidamente las despojaron de las camas, dejando la de Remus, quien aún tenía varios montones de ropa en ella, para la última.
Sirius vio la revista mientras los elfos tiraban del borde de la colcha. Se volvió hacia Remus, quien claramente también la había visto, y vio un rubor de vergüenza en su rostro.
—Debería haberlo adivinado —dijo Sirius mientras sacaba su revista del escondite—. ¿Por cuánto tiempo la has tenido?
—Me había olvidado de ella hasta ayer por la noche —admitió Remus—. No podía decir nada delante de los demás, ya lo sabes.
—Sí, lo sé —contestó Sirius, tratando de no sentirse demasiado presuntuoso al saber que Remus había visto furtivamente sus revistas—. Ésta no es muy buena, en realidad. Tengo un par más en el baúl que son mucho mejores.
—¿En serio?
Sirius escondió su sonrisa lo mejor que pudo.
—En realidad, ¿podrías hacerme un favor? —preguntó.
—¿Qué clase de favor? —respondió Remus vacilante.
—¿Guardarías las revistas por mí? —preguntó Sirius—. Mi madre pondría el grito al cielo si me ve con revistas muggles de nuevo. Se pudieras ocultarlas en mi lugar, nunca las verá.
—Pero, ¿qué pasa si Charlie me visita y las ve?
—Dile que son mías —dijo Sirius con un encogimiento de hombros—. No estarías mintiendo. Además, si las pones en el estudio nunca sabrá que estarán allí. Podrías ocultarlas con el resto de libros y revistas.
Remus asintió.
—Está bien. Dámelas y las pondré en mi baúl.
Sirius sonrió mientras recogía el resto de las revistas de su propio baúl y se las pasaba a Remus. No hizo comentarios sobre el rubor de Remus mientras miraba las portadas de las revistas, ni comentó el tiempo que Remus las miró antes de guardarlas. Pero notó las dos cosas y las almacenó en su memoria para futuras referencias.
—¿Por dónde crees que deberíamos empezar? —le preguntó Sirius después de que hubieran arrojado sus baúles en el salón de Remus y abastecido la despensa con comida robada de las cocinas de Hogwarts.
Remus se encogió de hombros y se volvió a Romulus.
—¿Por dónde sugieres?
Romulus miró la pila de platos en el fregadero de la cocina, algunos de los cuales habían estado allí por más de cuatro meses, e inmediatamente sugirió la cocina.
Remus abrió la alacena, mostrando la gran variedad de ollas desiguales que había dentro.
—No hay necesidad de hacer la cocina en este momento —dijo—. ¿Siguiente sugerencia?
—Las ollas —repitió Romulus—. Vas a tener cosas creciendo en el fregadero si lo dejas durante mucho más tiempo.
—Siempre me dices lo mismo—respondió Remus, claramente no preocupado por la amenaza.
—No te digo siempre lo mismo —dijo Romulus—. Esto es —y siempre ha sido— una casa para magos y brujas, y no vas a dejar estropear las cosas. Nunca se sabe cómo van a reaccionar a la magia de la casa.
—¿Tal vez podamos conseguir que el viejo fantasma del ático haga la limpieza? —sugirió Sirius con una sonrisa.
—Oh, eso es una gran idea —dijo Romulus, con un rastro de sarcasmo en su voz—. Házmelo saber cuando se lo preguntes, podría echarme una buena risa.
—Voy a empezar con el estudio —anunció Remus—. ¿Vienes, Sirius?
Sirius asintió y los dos se dispusieron a comenzar la tarea de poner algún tipo de orden de nuevo en la casa.
Remus parecía estar decidido a evitar el fregadero de la cocina, y después de cuatro días de alusión no muy sutil de Romulus, Sirius finalmente decidió hacerlo. Era eso o tratar de hablar con Remus sobre la limpieza de la habitación de Romulus, y no le gustaba la idea de intentarlo de nuevo. Remus parecía creer que si simplemente dejaban la habitación, de alguna forma Romulus sería capaz algún día de utilizarla de nuevo. Éste había tratado de convencer a Remus de que limpiara el cuarto, señalando que siempre había estado ordenada cuando él la estaba usando, pero sus súplicas cayeron en oídos sordos.
La semana pasó volando tan rápido que cualquier niño podría haberlo imaginado, y muy pronto Sirius estaba sentado en su baúl, obligándolo a cerrarse y preparado para aparecerse en Grimmauld Place.
—Volverás en luna llena, ¿verdad? —le recordó Remus.
Sirius asintió.
—¿Tan pronto como puedas? —añadió Remus.
—Tan pronto como me pueda escapar de las garras de mi madre —prometió Sirius con una sonrisa.
—Te echaré de menos —dijo Remus mientras Sirius finalmente lograba atar el cierre del baúl.
La sonrisa de Sirius iluminó la habitación.
—Volveré pronto —dijo.
El labio inferior de Remus sobresalió ligeramente; su mueca era casi imperceptible, aunque Sirius, quien lo conocía mejor que nadie, podía verlo claramente.
—Nos vemos en luna llena —dijo Romulus, desapareciendo de la habitación con un guiño y una sonrisa.
—¡Sí, nos vemos! —contestó Sirius, aunque sospechaba que el fantasma ya se había ido a un lugar donde él no podía oírlo. Se volvió hacia Remus una vez más—. ¿Vas a estar bien? —preguntó.
Remus asintió y sobresalió un poco más el labio inferior.
Sirius sabía que debería estar bastante bien por sí solo, pero una pequeña parte de su cerebro le dijo que hiciera algo, y empujó a Remus en sus brazos y besó sus labios.
Esperó a que Remus lo alejara, para recordarle que no era luna llena y que no debería estar haciendo esto. Por tanto, fue una sorpresa encontrar que Remus le estaba devolviendo el beso casi tan apasionadamente como lo hacía en la época de luna llena.
Sirius sabía que debía apartarse y poner fin a esto antes de ir más lejos, pero también sabía que tan pronto como Remus pudiera hablar de nuevo, lo empujaría lejos y continuaría sus negaciones.
Con el tiempo, sabía que tenía que parar, y se alejó de Remus y agarró su baúl. Remus se quedó mirándolo con una expresión de asombro en su rostro, y eso fue lo último que vio antes de que Sirius se desapareciera con un fuerte crack.
(1) El blagging es una de las reglas que no pueden hacer los jugadores en el Quidditch. Consiste en que los jugadores no pueden agarrar alguna parte de la escoba de un oponente para alentarlo o detenerlo.
