Capítuo cincuenta y dos
Historias
– Estos pasadizos son increíbles, Shun.
– Michel es increíble, no he visto jamás tal habilidad de manipulación de la tierra.
– Haruto también puede hacer uso de la tierra con su Cosmos, pero es imposible que pueda hacer algo como esto.
– El Cosmos puede ser similar, pero nunca igual, Yuna. Michel tiene alma de un artista, no de un guerrero, como debe ser tu amigo Haruto.
– ¿Haruto, un amigo? – Yuna dudó unos segundos con la idea.
– Creí que eran compañeros.
– Sí, compañeros como Santos, pero no creo que Haruto nos considere…
– No es cierto, Yuna–.Ryuuhou caminaba más atrás, con Kouga, cerrando la marcha detrás de Raki y Aria–.Haruto me salvó cuando luchamos contra Mykene de L…
– ¡¿Mykene?! – Se asustó Shun, y dejó de caminar– ¿Lucharon contra el Santo de Leo?
– Lo que se dice luchar…
– La palabra más correcta sería que sobrevivimos – comentó Souma. Ryuuhou asintió.
– Entonces, ¿aquel hombre que se llevó a Eden era un Santo de Oro? – Preguntó Kouga.
– Y vaya Santo – dijo Shun –. Era absurdamente fuerte sin siquiera portar su Cloth.
– ¿Acaso peleó contra ustedes sin llevarla? – Yuna se llevó una gran sorpresa ante este hecho.
En tanto Shun les contaba cómo había transcurrido la batalla contra Mykene, Aria se la pasaba admirando el hermoso diseño de los pasillos que estaban atravesando. Los pisos de piedra gris parecían brillar, y ni siquiera se sentían fríos bajos los pies. Las paredes le fascinaban más, en ellas se había tallado secuencias y relieves perfectos, detallados. Se retrasaba a menudo a ver algunos, aunque no podía reconocer qué representaban.
– Bonitos, ¿no? – le dijo Raki, Aria se sentía más cercana a ella que al resto, quizás porque en un sentido, Raki era parecida a ella, pequeña, débil. Pero no tenía tantas confusiones como la niña de luz.
– Sí – respondió con una tímida sonrisa.
– Son relieves de las Guerras Santas en las que Athena participó para defender a la Tierra de los dioses. Michel ha representado las que, según él, se le han inspirado, no entiendo cómo lo hace, pero son increíbles, eso sí–.Aria acarició el rostro de arcilla de una joven con cabello extenso, al frente de una multitud de hombres, enviándolos a luchar con un bastón apuntando al frente–. Ah, esa es Athena.
– Athena… – los ojos grabados en la pared no se moverían sin importar cuánto los mirase, pero Aria creía poder ver a través de ellos, que la transportaban a una era donde una doncella de cabellos radiantes como el sol, ojos hechos con joyas. Pero, ¿puede un hombre seguir a una persona así? ¿Puede alguien ir a la muerte por alguien que siquiera parece un humano real?
– Vamos, niñas, Michel se enfadará si tardamos demasiado–. Les llamó Shun, Aria se quedó con la pregunta sellada en los labios, y rápidamente alcanzó con Raki al grupo, que seguían hablando.
– … Entonces, Mars se llevó la mayoría de las ClothStone de Oro – decía Kouga.
– No. Mars se llevó Cloth, no ClothStone.
– ¿Y cuál es la diferencia?
– Ustedes sabrán que las Cloth no siempre tuvieron la forma que ahora poseen, si no que… Bueno, la historia sería muy larga para contárselas, y ya casi llegamos al otro lado–. "No es necesario que lo sepa, tengo que hacer caso a Saori. No, a Athena."
– Vamos, Shun, cuéntanos.
– Bien, les contaré de que ya llegamos.
– ¿Eh? Pero si aún queda largo camino… – Souma, desconcertado, apuntó a la senda que seguía a su lado.
– Sí, pero nosotros salimos aquí–. Shun posó una mano en la pared, donde se encontraba el símbolo de Nike, diosa de la victoria. Los ladrillos desaparecieron engullidos por una luz blanquecina, hasta formar una puerta de unos dos metros, Shun les hizo una seña de que lo siguiera, el Santo se desvaneció dentro de los haces de luz, y tras darse unas miradas de duda, los Bronce lo siguieron, Yuna tuvo que llevar a Aria de la mano para que entrase.
Aria sintió el suelo distinto, ya no pisaba las piedras de aquellos hermosos pasillos, ahora estaba pisando tierra, y una roca se había metido entre los dedos. Los olores también cambiaron, pasó de sentir una fragancia extraña y pesada a una mezcla salada, el mar se extendía frente a ella, las olas se remontaban buscando el sol, que las bañaba y hacía brillar con cada movimiento.
– Espero que sepan remar bien – dijo Shun.
– ¿Pero qué ocurrió? – quiso saber Souma, Kouga también preguntó.
– Michel no solo es un artista maravilloso, es un gran estratega – explicó Andrómeda –. Su habilidad permite conectar los pasillos subterráneos con distintas salidas. Esta es la salida a la Torre Celeste de Kiki, en realidad, es la más cercana, y es la que más cerca nos pondrá de la isla donde aguarda Kiki.
– Espera, entonces, volvimos a donde estábamos antes…
– Mejor. En ese caso, los Martian no podrán saber que estamos saliendo por aquí.
Shun avanzó por la corta caverna que guiaba al mar. En el agua, habían atados tres botes a formaciones rocosas.
– Ahora que recuerdo – dijo Souma –, Yuna, ¿tú no habías venido aquí antes?
– ¿A qué te refieres, Souma?
– Recuerdo que tuviste que hacer algo con la ClothStone de Spear, entonces, seguramente viniste a ver a Kiki.
– Eso no es verdad, Yuna nunca vino a vernos – señaló Raki, mientras se acercaba a Shun y a los pequeños botes.
– Ya entiendo. Te refieres a la "misión" que Geki me encomendó. Bueno, en realidad…
– Si va a ser una historia muy larga – interrumpió Shun –, será mejor que la cuentes mientras remas, Yuna. Tú irás con Aria y Raki en el mismo bote, las tres entrarán sin problemas. Kouga, Ryuuhou, ustedes irán juntos, y Souma, necesito que tú me ayudes.
– ¿E–En serio? – Souma parecía emocionado de poder ayudar a uno de los Santos Legendarios. No le pareció tan fascinante cuando se dio cuenta que la "ayuda" consistía en remar él solo, pues Shun estaba muy falto de fuerzas.
– Souma, sé que vamos más lento, pero necesitaba hablar contigo.
– ¿Ah, sí? – dijo entre parones para remar, respiraba fuerte y hondo.
– Hay algo que me está perturbando respecto a ti.
– ¿Sí, qué es?
– Tu Cosmos parece muy irregular, Souma. Hay algo en él que me desconcierta.
– Yo me siento perfecto, mira–. Aceleró el ritmo de las remadas, pero Shun pidió que bajara la velocidad.
– No me refiero a eso. Hay algo en ti que no es normal en un Santo, menos uno de Bronce.
– Sí, entiendo lo que quieres decir – Souma bajó bastante más el movimiento, hasta casi hacerlo sin ganas–. Últimamente, me he sentido un poco más débil, desde aquella batalla con Asheeta.
– ¿Qué ocurrió en esa batalla? – Se interesó Andromeda, algo debía haber allí.
– Rompí mi Cloth.
– ¿Cómo?
– Cuando Ranjeet del Oso murió a manos de Asheeta, rompí la gema más grande de mi Cloth de tanta furia que sentí. Pero, también, en ese momento, corrió por mis venas la sensación de poder más grande de mi vida.
– Eso quiere decir que has extralimitado la potencia de tu propia Cloth, sacrificando un pedazo de ella… Y eso ahora te está devolviendo la paga– Souma asintió–. Necesitas que Kiki repare tu Cloth cuanto antes, la debilidad que estás sintiendo es fruto del dolor de tu Cloth, debes recordar que no es solo una armadura que portas para luchar, es un ser vivo como tú, que pelea y sufre a tu lado– Souma estuvo un silencio un rato, remando de forma mecánica y desganada. Luego, empezó a recuperar en parte el ritmo–. Sí, puedes decirme que nuestras Cloth han sido más de una vez destruidas, y eso no nos ha impedido cumplir milagros. Pero en aquellas ocasiones, nuestras Cloth peleaban a nuestro lado, sufrían tanto dolor como nuestros cuerpos, y arden con nuestra misma vida. Lo que hiciste fue un acto egoísta, Souma, sacrificaste la vida de la Cloth por la tuya, nunca debes hacer eso.
Souma siguió callado, remaba, remaba, sin detenerse, al punto que llegó a pasar a Yuna.
– Oye, Yuna.
– ¿Qué pasa, Raki? – la Santo remaba con mucho ahínco, ella consideraba las pruebas de fuerza como un gran desafío que tenía que superar. Respiraba pausado y hondo.
– Primero… Guau. Sí que eres fuerte.
– No tanto. Mira, Souma ya nos alcanzó, y Kouga con Ryuuhou van más delante–. Siempre tendía a menospreciar su propia fuerza respecto a los demás, no por respeto a los demás, si no por insatisfacción propia.
– Pero ellos son dos, y Souma es, es…
– Grande – concluyó Aria.
– Creo que ni el señor Kiki tiene hombros así.
– Ya, sí – Una cosa es que ella misma sea modestamente falsa, otra muy distinta era que se lo restregasen por la cara–. ¿Qué otra cosa me ibas a preguntar, Raki?
– Ah, eso. ¿Qué pasó con lo que Geki te había mandado una misión?
– Oh, eso – También se había quedado con las ganas de contar.
Fue después de que peleé con Spear. En la batalla, le provoqué heridas muy duras a su Cloth, me extralimité con mi fuerza, y, aunque en ningún momento sentí lástima por él, su Cloth parecía llorar en pena por su compañero. Y el maestro Geki lo sabía muy bien.
Decidió llamarme, para hablar sobre lo que pasó. Nunca me dijo que consideraba mis acciones injustas o deshonestas, al menos, en el campo de batalla, no fue así cuando habló de mi actitud.
– Yuna – me dijo –, la razón de aquel duelo fue para que tú pudieras defender tu honor de tal manera que Athena misma pudiese verlo. Fue por eso que acepté este duelo entre Santos. Sin embargo, ¿por qué ganaste?
Me quedé unos instantes pensando, respondí de manera muy tonta, alegando que mi Cosmos ardió con más fuerza, gracias a mi técnica, y otros aspectos técnicos, rozando lo estúpido.
– No, hice mal la pregunta. ¿Qué te hizo ganar? Así como algo te hizo pelear, algo te hizo ganar– No pude pensar una respuesta–. Dolor. Dolor y orgullo. Como humanos que somos, tenemos un orgullo, Yuna. Un orgullo que viste herido de tal manera que hizo florecer tu poder. Kouga y Souma te hicieron recordarlo, y no los culpo, querían verte ganar, no tienen nada que ver con tus verdaderos sentimientos.
¿Verdaderos sentimientos? La idea me dio vueltas un largo tiempo.
– A Spear le sentías rencor por haberte atacado, por haberte insultado, por haber considerado aquello que aprecias como una burla.
– L–Lo lamento mucho–. No sabía qué decir.
– No, Yuna, es perfecto que defiendas los tesoros que hay en tu corazón. Nunca olvides, las personas siempre tenemos algo que atesoramos para nosotros, y que nadie podrá arrancarnos. A Spear, no le puedes arrancar nada– No respondí, estaba algo confusa–. Spear es un Santo que ha perdido todo lo que podría proteger. ¿Me entiendes? Su alma no guarda un recuerdo, no guarda un secreto, ni un sentimiento que pueda defender. Cuando no puedes defender algo, atacas. Porque tu corazón es débil, quieres sentirte fuerte.
– Entiendo lo que dice, maestro Geki, pero sencillamente…
– No, no es sencillo. Hay una forma más simple. Oye, Kitalpha, ven.
Estábamos en la Arena, no me había percatado de la presencia de aquel hombre que había salido de entre las sombras. Se acercó a nosotros.
– Saludos. ¿Tú serás mi oponente? – me dijo. Yo no supe que decir, pero Geki asintió con la cabeza.
– Yuna. Este hombre es Kitalpha, un sobreviviente del Asalto de Heraclión– Heraclión, aquella ciudad griega casi en ruinas tras la cruenta guerra–. Él es un aspirante a Santo, y ha aceptado a luchar contra un Santo de Bronce como prueba final para recibir la Cloth de Dorado–. Miré a ese hombre con atención, pasaba de los veinte, con un rostro joven, pero serio, marcado por ojos centellantes, azules. Un entrevero de cabello de plomo se abría sobre su cabeza, despeinado.
– Un momento, ¿Cloth de Dorado? Pero Spear…
– Tememos mucho por la vida de Spear, Yuna – dijo Geki. Creo que pocas veces perdí el aliento como aquella vez–. La herida de Spear en su cabeza puede es mucho más profunda de la que creíamos, su recuperación quizás no sea posible.
– N–No… – Yo había hecho eso, yo había matado a Spear.
– ¡Vamos! – dijo Geki, ni siquiera prestó atención a que no llevaba puesta mi Cloth, o que tenía la ClothStone de Dorado en mis manos…
– ¿Y qué pasó? – preguntó Raki.
– Gané – contestó, con cierta resignación.
– ¿Ah, cómo?
– … Es difícil de explicar.
Raki y Aria no dijeron más, Yuna simplemente siguió remando al horizonte que Shun les había indicado.
– ¡Increíble! – Decía Kouga – No imaginé que a ti también te pasara.
– No sabía que siquiera eso fuese posible, Kouga – contestó Ryuuhou.
– Pues pensé que estaba loco, que solo era mi imaginación.
– Debe ser porque nuestras Cloth aún recuerdan a sus antiguos portadores.
– Ya veo. Entonces, Seiya y Shiryu están con nosotros todo el tiempo, ¿eh? – Miró atento la pequeña gema colgada de su cuello.
– Sí, bueno…
– ¿Pasa algo, Ryuuhou?
– Es un poco difícil para mí pensar que mi padre está conmigo, sabes.
– Oh, oh. Perdona Ryuuhou, no quería hacerte sentir mal, olvidé que tu papá…
– No, no es eso. Justamente, no quiero pensar que…
– ¡Ryuuhou, Kouga! – La voz cortó la conversación, se dieron vuelta, y Shun se había parado en su bote.
– ¿Qué ocurre, Shun? – Gritó Yuna.
– ¡Cúbranse!
Un trueno de fuego descendía de los cielos, devorándose el aire. Se veía lejano, detrás del horizonte, pero no por eso menos terrorífico.
– ¿Qué pasó?
– ¡Maldito Fudo…!
Los dioses le otorgaron las llamas, dioses de ojos blancos, orejas cerradas, lenguas de fuego. Empuñó hacia delante la espada, y condujo el ardiente camino que acabaría con los enemigos, el pacífico silencio de su muerte, acallada por el fuego sagrado.
– Ardan. Quemen sus pecados, déjenlos en el fuego… Déjenlos, déjenlos. Dejen su vida oscura, y acérquense a la ardiente luz de la verdad.
