CAPÍTULO 43

LOS CINCO GUARDIANES OSCUROS

No sabían bien donde estaban, todo a su alrededor era un montón de sombras y una oscuridad amenazante, en la que pareciese que en cualquier momento fuera a aparecer algún enemigo. Lo único que notaban es que sus pies se estaban mojando cada vez más. ¿Habrían llegado a algún lugar encharcado? ¿O es qué tendría la torre quizás una fuga?

- Esto no me gusta nada… - tembló Joe, que no le hacía ni pizca de gracia no poder ver donde estaban sus enemigos, mucho menos cuando estaban en su territorio.

- Quizás lo mejor es disparar a algún lado para ver donde estamos. Agumon.

El digimon disparó una pequeña bola de fuego que se perdió en el vacío. Inmediatamente, el agua a sus pies comenzó a subir. En cuestión de segundos, ya la tenían por las rodillas.

- ¡¿Q-Qué pasa? – Quiso saber Tai, nervioso al notar como subía el nivel del agua, si es que era agua.

Sus compañeros no tuvieron tiempo de responderle, ya que no tardaron en acabar cubiertos completamente por el agua. Unas luces iluminaron la sala, mostrando a un gigantesco digimon, de piel oscura, con cuerpo de dragón marino, flotando en el aire, riendo.

- Ha sido más fácil de lo que imaginaba, esos niños elegidos son demasiado estúpidos.

El líquido, que al final resultó tener un tono verdoso, dejo de subir. Ahora los niños elegidos estarían ahogándose, debido a su estupidez. No debieron entrar en sus demonios de una forma tan alocada. Quizás debería sumergirse y comerse a alguno, los digimon siempre le han gustado, y más si eran tan especiales como los de los niños elegidos.

Se dispuso a hacerlo, tenía hambre y todavía quedaba hasta que estuviera todo listo para la resurrección de la Emperatriz. Comenzó a nadar a toda velocidad, en busca de su comida. Estuvo dando vueltas por toda la habitación, que no era muy grande, simplemente una habitación en forma de círculo, de no más 600 metros de diámetro. No encontró a nadie, lo cual era imposible. Dio un par de vueltas más, pero no encontraba a nadie; ni humanos ni digimon.

No entendía nada, así que subió a la superficie. Entonces dos misiles explotaron en la cara. Apenas fueron unas cosquillas, pero lo enfureció que lo pillasen por sorpresa de esa forma. Sobre la plataforma, en la que se encontraba la puerta para ir al siguiente piso, estaban los niños elegidos con sus digimon, salvo uno que estaba a lomos de Ikkakumon. Ahora ya entendía porque no los veía ahí abajo, habían usado a esa foca para subir a la superficie. Gruñó para sus adentros por haber sido engañado de esa forma.

- Sois más sagaces de lo que me esperaba…

- ¿Quién demonios eres? – Le preguntó Tai - ¡¿Y dónde está mi hermana?

- Soy BlackPlesiomon, uno de los cinco guardianes oscuros de esta torre. Y si te refieres al contenedor de la "luz", está en la cúpula de las sombras, justo al lado de los aposentos Satanmon-sama. Da igual que lo sepa, porque de todas formas os voy a matar ahora mismo.

Se preparó para atacar, pero Ikkakumon disparó varios cuernos. El ataque de un digimon Campeón no le haría ni cosquillas, pero no le gustaba correr el riesgo. Se apartó, esquivándolos todos antes de que explotasen. Luego volvió a sumergirse en el líquido verdoso.

- ¡Vosotros seguid, Ikkakumon y yo nos encargaremos de él!

- ¡¿Estás seguro, Joe?

- Somos los únicos que podemos luchar en el agua, no os preocupéis. Me reuniré con vosotros en la cúpula de las sombras.

- ¡Vale, te esperaremos allí!

Los niños siguieron su camino, comenzando a subir unas resbaladizas escaleras. No les hacía gracia dejar solo a Joe con ese digimon, pero si estaba con Ikkakumon seguro que estaba bien. Además, fue él quien logró derrotar a Metal Etemon, no tendría ningún problema contra ese digimon, y tampoco parecía demasiado fuerte.

No supieron el tiempo que estuvieron corriendo, pero finalmente vislumbraron una luz al final de esas resbaladizas escaleras.

- ¡Mirad, por ahí debe llegarse a la segunda planta!

No pudieron detenerse a tiempo. La puerta solo llevaba a una habitación sin suelo firme que pisar, y los niños comenzaron a caer a un vacío sin fondo. Tentomon se dio prisa y logró digievolucionar a Kabuterimon, salvando a los niños y sus digimon. Ya sobre algo que sostenerse, miraron la habitación. Como la otra, no era muy grande, pero había un montón de libros y esferas blancas, negras, azules y rosas flotando y dando vueltas, de forma lenta.

- ¿Q-Qué demonios es esto?

- Desgraciadamente para vosotros, será vuestra tumba.

En lo que sería el centro de la sala, si hubiera suelo, un digimon con ropajes verdes, un espejo en lugar de cuerpo, con una cara ensombrecida que mostraba únicamente dos puntos brillantes dorados, leía un libro sentado sobre una de las esferas rosas.

- Satanmon-sama me ha ordenado que no os deje pasar, y eso es lo que haré.

- ¡¿Qué has dicho?

- No te alteres chico. No me gusta luchar, prefiero estarme aquí tranquilo leyendo este libro, mientras os precipitáis al vacío.

Tai se estaba hartando de oír como ese digimon lo menospreciaba. No tenía ni idea de quien era, pero no iba a dejar que se burlase de ellos de esa forma. Antes de que pudiese hacer digievolucionar a Agumon, las esferas blancas y negras comenzaron a moverse más rápido, saliendo disparadas contra Kabuterimon. Lograba esquivarlas, pero iban cada vez más de prisa, aumentando en número. Ya llegó un punto en el que comenzaban a rozarle a su paso.

Izzy usaba la cámara de su ordenador portátil para estudiar esas esferas. Parecían estar cargadas de una gran cantidad de datos, algo imposible de conseguir en el mundo real. Pero eso le dio una idea: si eran datos, eso significaba que podían borrarse. Se puso manos a la obra, porque no tardaría en llegar el momento en que Kabuterimon ya no podía esquivarlas. Había una cosa que tenía clara: si eran datos, tenía que haber algo que los generase, quizás algún hechizo, máquina o… al alzar la vista lo comprendió. Tecleó tan rápido como pudo una secuencia, y un objetivo apareció en la pantalla del ordenador buscando entre los libros que flotaban por encima de sus cabezas, hasta iluminar uno.

- ¡Kabuterimon, destruye el libro que está a las diez en punto! – Oír esto alertó al digimon, que miro sin hacer nada como la bola de energía disparada por el insecto destruyó el libro que le indicó el humano.

La mayoría de las esferas de colores de la habitación desaparecieron, convirtiéndose en polvo digital, como el libro que las convocaba. Además, el niño ordenó a su digimon destruir otro, que reveló donde se encontraba la puerta que daba lugar a las escaleras que los conducirían al tercer piso. Kabuterimon los acercó.

- ¡Daos prisa! ¡Nosotros nos encargaremos!

- ¿Estás seguro, Izzy?

- No os preocupéis. Tú salva a tu hermana, Tai.

Tai no quería dejar a su mejor amigo allí, pero si se iban todos era posible que ese digimon los atacase, así que accedió. Sonrió, confirmándole que así lo haría, y comenzó a subir las escaleras, esta vez eran luminosas, tanto que cegaban. Pero les dio igual, siguieron subiendo para llegar al siguiente nivel.

El digimon cerró el libro, levantándose. Estaba gratamente sorprendido. No esperaba que un humano fuera a descubrir su pequeño truco. Por no decir que era la primera vez que alguien lo hacía.

- Felicidades, chico. Llevó más de quinientos años usando esta protección, y eres el primero que logra descubrir como funciona. Te felicito por haberlo descubierto mientras tu digimon huía de las esferas.

- Alguien me dijo una vez que tengo una mente muy curiosa.

- Parece ser cierto… oh, perdona. ¿Dónde están mis modales? Todavía no me he presentado. Me llamo AncientWisemon, y velo por la seguridad de esta segunda planta. El conocimiento es mi razón de vivir.

- Reunir conocimiento también es algo que me gusta a mí – comentó, intentando sonar provocador. Pero no surtió mucho efecto.

- Quizás debiéramos ver quien tiene más conocimiento de los dos…

- Será interesante.

Los niños por fin salieron del túnel, para llegar a una nueva habitación. Estaba repleto de esfinges egipcios, que formaban un lago y extenso pasillo. Al final de la sala, había una enorme pared, con una balanza de oro. Bajo esta, se encontraba un digimon con alas doradas, cabeza de perro y unos anillos flotando alrededor de sus muñecas, que emitían una aura de divinidad.

- ¿D-Dónde estamos? – Preguntó Mimi, pensando que habían acabado yendo al antiguo Egipto, sino llega a ser por la presencia de ese digimon.

- Estáis en el tribunal de los pecados, donde se juzga si un digimon merece renacer o por el contrario, desaparecer para siempre. Soy Anubismon, el juez que decide el destino de todos los digimon.

- ¡¿Anubismon? – Exclamó Patamon, sorprendido. Sus compañeros digimon no pudieron esconder tampoco su sorpresa.

- ¿Le conocéis?

- Es uno de los digimon más antiguos. Se dice que su poder es tal que se asemeja al de los digimon ángel más poderosos – respondió Agumon - . Se supone que es un digimon bondadoso, que jamás se metía en peleas ni servía a nadie que no fuera uno de los dioses del mundo digital.

- ¡¿Entonces qué hace con Satanmon?

Anubismon ni se molestó en responder. Unicamente estaba cruzado de piernas y brazo, mirando a los niños. Quizás esperaba a que ellos hicieran el primer movimiento, o simplemente estaba esperando para pillarlos por sorpresa.

- ¡Tk, quiero luchar contra él! – Gritó un decidido Patamon, tomando la primera fila.

- ¡¿Qué? – Ninguno de los niños se esperaban esta iniciativa de Patamon.

- ¡Está bien! – Aceptó Tk, sacando el dispositivo digital, logrando que Patamon digievilucionase en Agemon.

- ¡Espera! – Intervino Matt - ¡No voy a permitir que luches contra ese digimon tú solo!

- ¡Hermano, vosotros seguid, que Angemon y yo os cubriremos!

- ¡¿Estás loco? ¡No voy a dejarte solo!

- ¡Todavía quedan dos pisos más, no puedes quedarte aquí! ¡Seguro que necesitaréis a Metal Garurumon!

- Pero, Tk…

Matt miró a su hermano a los ojos. Estaba completamente decidido, y seguro de lo que hacía. Ese niño ya no era el hermano llorón del que siempre tenía que estar encima cuando fueron por primera vez al mundo digital. Ahora había madurado, aprendiendo a cuidarse solo, sin su ayuda. Le costaba mucho aceptar que daba igual lo que dijese, tenía razón. Todavía quedaban dos pisos, no podían quedarse dos luchando contra un solo digimon. Además, su hermano sabría apañárselas, como hizo cuando se enfrentó a Piedmon él solo y logró liberarlos de su embrujo.

- Está bien, pero ten cuidado.

- ¡Tú también!

Los tres niños y sus digimon atravesaron sin problemas la puerta que había en el muro. Anubismon no hizo ninguna señal de querer detenerlos, permaneció quieto, como lo había hecho cuando llegaron.

- ¿Cómo es qué no los detienes?

- Da igual lo que intentéis, el resultado de esta batalla está decidido. En cuánto la Emperatriz aparezca, todo en este mundo llegará a su fin.

- Anubismon, tu tarea es velar porque los digimon que han cometido pecados a lo largo de sus vidas reciban el castigo conveniente, ¿cómo has acabado sirviendo a alguien como Satanmon?

El digimon egipcio miró a Angemon, de forma desinteresada. Parecía estar furioso con él. Tampoco le importaba tanto, no tenía nada que hablar con ese digimon. El renacer de la Emperatriz estaba cerca, y los niños elegidos eran un estorbo. Lo mejor era deshacerse de ellos cuánto antes.

Esta vez el pasillo de las escaleras parecía estar hecho de nieve, que iba derritiéndose a su paso. En la nueva sala, se encontraron con una terrible ventisca, que congelaba hasta los huesos. No comprendían como era posible que hubiera una ventisca así en una habitación sellada, ¿la estaría provocando algún digimon?

Una ráfaga de bloques de hielo aparecieron en medio de la nada. Lograron esquivarlos, pero esta vez fue una gran avalancha que los engulló sin que pudieran hacer nada. Divertida, sobre uno de los bloques que había acabado clavado en la nieve, una digimon con armadura, escudo y lanza en forma de medialuna, veía divertida lo fácil que había sido acabar con los intrusos. No entendía como habían llegado hasta allí, pero se les acabó el seguir avanzando.

Vio entonces algo que le llamó la atención: parecía que algo de humo salía de debajo de la nieve. Se acercó un poco para ver que era, y se llevó una sorpresa al ver una ráfaga de llamas azules. Tuvo la suerte de protegerse a tiempo con el escudo, que si no se habría chamuscado el pelo. El causante salió pronto a dar la cara, Garurumon subió a la superficie, mostrando sus feroces colmillos. Tras él estaban los niños.

- ¡Malditos seáis! ¡Pagaréis caro el día que hicisteis enfurecer a Crescemon!

- ¡Tai, seguid adelante! ¡Nosotros nos ocuparemos de ella!

- ¡Vale, te lo dejó a ti, Matt! ¡Pero reúnete con nosotros en la cúpula!

- ¡Dalo por hecho!

Tai y Mimi, junto con Agumon y Palmon, desaparecieron tras la puerta. Crescemon intentó ir tras ellos, pero Garurumon le cortó el paso. Lanzó una maldición. Jamás había visto tanta osadía y frialdad al tratar a una dama. Ese digimon iba a pagar caro ese ataque sorpresa; con su vida.

Esta vez las escaleras ya eran normales, así como la nueva sala, que solo contaba con un suelo de baldosas. Como Mimi y Tai esperaban, allí estaba Apollo, sin estar en su forma de Raquetmon. Permanecía en el centro de la habitación cruzado de brazos, sin mover un solo músculo.

- ¡Tú! – Furioso de recordar como se había llevado a Kari delante de sus narices, y más aún de como había traicionado a Kenji, sintió la necesidad de darle un puñetazo con todas sus fuerzas.

Mimi y Palmon se pusieron ante él, deteniéndole con un gesto de sus brazos.

- ¡Espera, Tai! ¡Tú tienes que ir a por Kari-chan, deja que yo y Palmon nos ocupemos de él!

- ¡¿Qué? ¡Pero, si él a ti…!

Al mirarla a la cara, Tai se dio cuenta de lo decidida que estaba Mimi de quedarse sola con Apollo. Al principio, sabiendo que tendrían que encontrarse con él tarde o temprano, los niños habían titubeado de si llevarla con ellos. Ella misma había insistido en que no iba a interferir sus sentimientos en la batalla, que no tenían que preocuparse. Parecía verdad, porque había estado llorando mucho al enterarse de la traición de su "novio", pero ahora parecía que todo eso lo había dejado atrás.

- ¿Te parece bien, verdad? – Le preguntó a Apollo.

La única respuesta que obtuvo fue que este se apartó a un lado de la habitación, dejando el paso libre a Tai y Agumon. No vacilaron ni un segundo y comenzaron a caminar hacía la puerta, sin perder de vista a Apollo. No tenían ni idea de lo que un traidor como él era capaz de hacer. Un ataque por sorpresa parecía propio de alguien así. Pero no paso nada de eso. Tai y Agumon llegaron a las escaleras y no perdieron el tiempo. Ya solo les faltaba encontrar a Satanmon y acabar con él para liberar a Kari.

Kenji lanzó un grito de dolor cuando la toalla húmeda tocó la herida de su espalda. Finalmente había aparecido la herida que Angemon le provocó en el mundo digital, y por más que intentaban refrescarla con agua fría, el dolor no desaparecía. Su madre, ya preocupada por ver su hijo sufrir tanto, no podía contener las lágrimas.

- Kamiya-san, debe descansar – intentó convencerla por séptima vez la madre de Sora.

- Mamá tiene razón. Si no descansa no será bueno ni para usted ni para Kenji… - se sumó Sora.

- Pero…

- Mamá… estaré bien… Sora estará conmigo no te preocupes…

Su madre dudó por unos instantes. Kenji estaba tumbado cara a la pared, así que no podía ver que cara estaba poniendo en ese momento. Tenían razón. Llevaba mucho sin dormir y necesitaba descansar. ¿Si no que cara iba a poner cuando Tai volviese con Kari? Además, su hijo mayor le necesitaba en plenas condiciones para cuidar de él. Lo mejor que podía hacer era dormir un poco.

- Está bien… Sora-chan, ¿te importa…?

- No se preocupes. Cuidaré de él.

Las dos mujeres abandonaron la casa para ir a la de los padres de Izzy, así podrían comer y dormir algo. Biyomon las acompañó como escolta, porque todavía quedaban algunos Bakemon dando vueltas por ahí. No hacía mucho tuvieron que librarse de un par que lograron irrumpir en la casa. Por suerte, el ave digimon se había quedado con su compañera, así que no tenían nada de que preocuparse.

Kenji se tumbo boca abajo, dejando la espalda al aire. Era incapaz de ponerse de otra forma, le dolía demasiado como para dejar caer el peso en la espalda.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado ya…?

- Cerca de una hora. No te preocupes, seguro que no tardaran en volver.

- Ya… ugh… - apretó con fuerzas las sábanas como muestra de su dolor.

Sora lo miró, apenada. Si Tai no volvía pronto con la oscuridad que Satanmon le había robado, no sabía que iba a ser de Kenji. La herida más grave parecía haber aparecido, pero no solo esa. La de su hombro, cuando la protegió del ataque de esos digimon que atacaron por sorpresa, también había aparecido. Así como la de la cabeza, cuando la empujó para que no se golpease con el larguero, y en su lugar se dio él. Tenía que hacer algo por aliviar su dolor, o no iba a poder aguantar mucho.

Ginnae ya le explicó a la señora Kamiya que no iba a poder hacerle otra inyección, por lo menos hasta que pasase otra hora, y eso solo lo relajaría un par de minutos no más. Por si fuera poco, también estaba empezando a tener fiebre, pero como no podía cubrirse el cuerpo por culpa de la herida de la espalda, no podía taparse, así que iría a peor si seguía así. Se le ocurrió entonces una idea, no sabía si funcionaría, pero no había otra cosa que pudiera hacer por él.

- K-Kenji… ¿t-te importa ponerte otra vez… mirando hacía la pared…?

- ¿E-Eh? ¿Vas a limpiarme otra vez la herida…? Ugh… y yo que pensaba que me querías…

- No seas idiota – le reprochó, enfadada de que no confiase en ella - . Se me ha ocurrido una forma de relajarte el dolor.

Pensó en mirarla para ver si adivinada que era lo que estaba tramando, pero estaba tan cansado y agotado que ni se molestó. Se dio media vuelta, y como cuando era pequeño y lo castigaban, se quedo mirando a la pared.

Sora comenzó a desnudarse. Dejó el gorro en la mesita de noche, se quitó la camiseta y luego los pantalones vaqueros, dejando en su cuerpo únicamente la ropa interior y los calcetines. Lentamente se metió en la cama, tapándose con la sábana. Luego se arrimó a él, apoyando su pecho en su espalda y rodeando su cuerpo con sus brazos.

- ¡¿S-Sora? – Se sobresalto al sentir los casi inexistentes pechos desnudos de la niña en su espalda. Hasta se olvidó del dolor por un momento.

- ¡No mires! – Le rogó, avergonzada – Y-Ya que no puedes taparte, l-lo mejor será que te dé calor con mi cuerpo… l-leí en un libro que, cuando una persona tiene frío, lo mejor es calentarse con el cuerpo desnudo de otra persona…

Kenji eso lo sabía, también había leído sobre eso. Decían que así podía transmitirse mejor el calor. Pero, pensar que Sora llegaría a eso. Se quedó pensando: ¿si ya la había visto desnuda que más le daba que la viera en bragas? Ah, es cierto, que las que llevaba de ositos con corazones no le gustaban que las viese.

- Además… - comenzó a concentrarse, pensando en lo que sentía por él para liberar el poder de su emblema. Una pequeña aura rojiza rodeo sus cuerpos, relajando el tormentoso dolor que había estado atormentando a Kenji, como ya hizo cuando hicieron la transferencia de luz y oscuridad - . Puedo usar el poder de mi emblema para relajarte el dolor…

- Gracias… - era verdad, ya no le dolían tanto. Era mínimo, un simple escozor. Estando así sentía como que podía dormirse plácidamente hasta que Tai regresara. Aunque le daba un poco de miedo, por si no volvía a despertarse nunca más – Y… ¿por qué lo hacemos así? Ya te he visto desnuda varias veces… ¿es por las braguitas de ositos?

- ¡Tonto! ¡Soy una chica y me da vergüenza que me veas, ¿vale? – Protestó, vergonzosa - . M-Me costará acostumbrarme… eres el único chico, aparte de mi padre que me han visto desnuda, ¿sabes?

- Que honor…

- Lo de las braguitas es que… hasta mis amigas se sorprenden que las use… todos me ven como una chica marimacho por mi forma de vestir y porque me guste el fútbol… pero… es que me encanta el fútbol y vestirme así…

- Que la gente piense lo que quieras, lo importante es que a ti te guste.

- Claro que me gusta como… como estas braguitas… son infantiles, lo sé, pero a mi…

De sorpresa, Kenji se giró. Sora iba a recriminarle, pero este la abrazó, hundiendo su cabeza en su pecho, sin mirarla un instante. No esperaba ese gesto, ni que la resguardase entre sus brazos, sintiéndose tan protegida como un bebé en los brazos de su madre.

- Da igual lo que diga la gente… lo que te guste a ti es lo que importa. Si te sientes cómoda con esa ropa úsala, si te gusta el fútbol juégalo. Da igual lo que digan los demás.

- Pero a mi madre… no le gusta para nada… ella preferiría que fuera más femenina…

- ¿Y no lo eres suficiente habiendo encontrado un novio tan guapo como yo?

Sora lo miró. Este le guiño un ojo y la niña no pudo evitar sonreír ante ese gesto. Había dicho que era "guapo" de forma despectiva, no porque se lo creyese de verdad. Sin embargo, se equivocaba, para ella si que era guapo, el más guapo de todo el mundo.

- Así que te gustan esas braguitas, ¿eh…? Ojala me dejes ver que más tienes, siento curiosidad…

- I-Idiota… eso no se le dice a una chica… - le dio un capón – Pero… eres al único que se las enseñaría…

- Será un honor verlas…

Sora se reincorporó, destapándose y dejando el descubierto sus senos, mirando tiernamente a Kenji. Sabía que en su estado no debería, pero sentía la terrible necesidad de besarle, acariciarle, achucharle, sentirse protegida en sus brazos. Claramente sabía en que iba a acabar todo eso si empezaba haciendo algo de eso. Se sintió mal por pensar en esas cosas estando su amado en ese estado. Kenji le acarició la mejilla con una mano, mirándola mimoso, emitiendo ruiditos de un cachorro que busca los mimos de su madre. Había leído perfectamente sus pensamientos.

- Kenji…

Sora se fue acercando a sus labios, dispuesta a besarlos, y hacerse responsable de lo que viniera después. No se reconocía así misma, pero estando con él es que era incapaz de resistirse. No le dio tiempo a besarle, ya que se sobresaltó cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.

- ¡Kenji, tengo la forma de que…! – Ginnae calló cuando vio el pecho al descubierto de Sora, que corrió enseguida a taparse dando un grito, y a Kenji tirado en la cama, también al parecer desnudo - ¡Ah, lamento la interrupción! – Se disculpó cerrando la puerta.

- ¡No es lo que parece! ¡Vuelve aquí ahora mismo! – Le gritó.

Ginnae volvió a la habitación, pero antes miró por el marcó de la puerta. Cuando comprobó que Sora estaba cubierta con la sábana, con la cara totalmente roja, entró.

- ¿Se puede saber a que viene entrar de esa forma? ¡Se supone que estoy enfermo!

- Si, ejem, ejem… ya lo veo… tu enfermera te cuida muy bien - miró de reojo a Sora, quien se escondió entre las sabanas, muerta de la vergüenza.

- Bueno, ¿vas a decirme que quieres?

- ¡Traigo buenas noticias! ¡Hemos encontrado una forma de que puedas usar el poder de Diablomon!

- ¡¿Qué? ¡¿Lo dices de verdad? – Exclamaron a la vez la pareja.