EL JARDÍN DE LAS HADAS SIN SUEÑO
Fuego en el horizonte
Cuando abrí los ojos, estaba abrazada a Ichigo. Alcé la mirada para contemplarlo mejor. La sonrisa de sus labios delataba un sueño apacible. Durante un instante admiré embelesada la perfección de su rostro, anguloso y bello como el de una estatua griega. Sus rizos alborotados caían en cascada sobre mi cabeza haciéndome cosquillas. Me pareció extraño que aún durmiera, pero deduje que se habría pasado gran parte de la noche en vela, custodiando nuestro sueño.
Me giré para comprobar si Grimmjow también dormía, pero solo hallé un vacío al otro lado.
Me incorporé y lo busqué con la mirada. Las primeras luces del alba junto a la bruma matinal habían teñido el bosque de un color blanquecino. Grimmjow estaba a unos metros de nosotros, sentado junto a un pino, con la espalda apoyada en el tronco y la vista fija en el horizonte.
Saqué el botiquín de la mochila y me dirigí hacia él.
—¿Te duele? —Señalé su hombro.
—Esta herida no mucho. —Alzó la mirada y clavó sus ojos grises en los míos—. Tu ermitaño ha hecho un buen trabajo.
Pronunció la última frase sin acritud, pero aun así había un poso de reproche en sus palabras.
No quise preguntarle por el resto de sus heridas. Su corazón había acumulado demasiadas en poco tiempo: la muerte de Nell, el disparo de su madre…
—Déjame ver…
Me agaché y deshice el vendaje de su hombro. Había visto cómo Ichigo le curaba y cambiaba la venda aplicándole el ungüento de miel, pero aun así no pude evitar que mis dedos temblaran.
Al retirar la gasa, me sorprendió el buen aspecto de su hombro. Sabía, por experiencia propia, que una herida normal podía tardar hasta dos semanas en secarse. La suya había sido profunda, y sin embargo, apenas un día después ya había empezado a cicatrizar.
Sorprendida, le apliqué un poco más de aquel néctar de abeja que Ichigo guardaba en un frasquito de cristal.
—¿Saldré de esta, doctora?
—Sí, chico listo. Las abejas han hecho bien su trabajo —dije guardando el bote de miel en el botiquín—. Agradéceselo a ellas.
—Ya me gustaría, pero la única abeja que me interesa no se deja…
Fijó la vista un instante en mi vientre, justo en el lugar donde tenía el tatuaje de la abeja. Me intimidó darme cuenta de que él la había visto y la persona por quien me la había tatuado aún no.
—Ten cuidado con ella —repuse muy seria—. Si se siente acorralada, te clavará su aguijón.
—Ya lo ha hecho. —Se llevó la mano al corazón—. Tu advertencia llega tarde… La acorralé no hace mucho en Londres.
Confundida, no se me ocurrió ninguna frase con la que darle réplica. En vez de eso, mi mente viajó de nuevo a aquel sótano. Recordé el momento en que Senna y Kenzaki habían llegado justo antes de que Grimmjow me hiciera tragar aquellas pastillas para dormirme.
—¿Adónde pensabas llevarme? —le pregunté con un hilo de voz.
—Lejos de todo esto…
—Mi destino está aquí, Grimmjow.
Negó con la cabeza, pero no respondió. Su mirada se perdió un instante en la figura tendida de Ichigo.
Evoqué la triste vida que había llevado los últimos meses en Londres, alejada del bosque, y me acordé de una persona en la que hacía tiempo que no pensaba: Momo. Mi amiga gótica le había ayudado a capturarme, así que le pregunté por ella:
—¿Cómo conseguiste que Momo me traicionara?
Tardó unos segundos en contestar. Pensé que tal vez necesitaba tiempo para seguir el hilo de mis pensamientos y llegar hasta mi compañera de habitación en Lakehouse. Sin embargo, su respuesta me demostró que la tenía muy presente.
—Me acuerdo de ella todos los días.
Un mal presagio cruzó mi mente.
—Y rezo para que salga del coma.
—¿Qué quieres decir?
—Antes de explicarte lo que pasó, tienes que saber algo, Rukia: Momo no te traicionó.
—Pero Kenzaki vio cómo te entregaba algo… Y yo vi fotos mías en un sobre y…
—Le pedí que me ayudara a protegerte. Le expliqué que corrías un grave peligro y que si no te alejaba de allí te matarían… Al principio no me creyó, pero tampoco se atrevió a contarte nada ni a avisar a la policía. Pensó que era un lunático y no te dejaba nunca sola. Cuando ella no podía estar a tu lado, le pedía a ese tal Kenzaki que estuviera contigo… Creo que le hizo creer que te habías enamorado de él o algo así.
De nuevo todo lo sucedido en Londres volvía a encajar como una pieza más de aquel extraño rompecabezas.
—Para convencerla, tuve que demostrarle que Alice no existía y explicarle quién eras —continuó Grimmjow—. Momo te aprecia de vedad y por eso colaboró conmigo.
—Entonces, ¿por qué le pagaste? Vi el fajo de billetes en su armario.
—No sé de qué hablas —repuso extrañado—. No le di ni una libra.
Me sentí estúpida por haber sacado falsas conclusiones sobre aquel dinero. Lo más probable era que sus padres se lo hubieran dado. La propia Momo me había explicado que en la destilería vendían el excedente de whisky en botellas sin etiquetar. La cara residencia de su hija era una forma fácil de blanquear aquel dinero extra, libre de impuestos.
Sentí las lágrimas surcar en mis mejillas.
—¿Qué le ha pasado a Momo? —sollocé.
—Mi padre vio cómo me pasaba un sobre con información sobre tí, fotos y datos con tus movimientos. Después de aquello, desaparecí del mapa en un lugar que tú ya conoces pero que él ni sospechaba. Nervioso por haberme perdido la pista, decidió tirar del hilo de la última persona con la que me había visto.
—¿Qué le ha hecho?
—Tras el secuestro, Momo me llamó un día al móvil y me explicó que un hombre le había preguntado por mí y que no dejaba de acosarla. Le dije que huyera lejos… El resto lo sé por su novio, Izuru. Me llamó muy preocupado y me explicó lo del accidente. Hubo una persecución y… tu amiga salió muy mal parada.
Aquella versión coincidía con lo que me había explicado Kenzaki tras el secuestro. Izuru le había dejado un extraño mensaje en el móvil en el que decía que tenían que desaparecer una temporada y que Momo estaba muy asustada.
—Cuando le dije a mi padre que la semilla estaba en el lugar que tú me dijiste, tras la cascada, prometió dejarnos en paz si la encontraba.
Sentí una fuerte presión en el pecho y la necesidad de alejarme de allí. Momo estaba en coma. De nuevo alguien a quien quería estaba sufriendo por mi culpa. ¿Y si moría por haber tratado de ayudarme? ¿Cómo iba a cargar con aquel peso el resto de mi vida?
Las lágrimas nublaron mi visión, pero aun así arranqué a correr. Necesitaba aire.
Estuve a punto de chocar contra un cervatillo que huía despavorido en mi dirección. Un muro se interpuso entre los dos desviando en el último momento la trayectoria del animalito y envolviéndome en su abrazo cálido y protector. Había aterrizado en el pecho de Ichigo.
Me obligó a alzar el mentón y me besó con ternura en las mejillas.
—Tu amiga se pondrá bien —dijo evidenciando que había escuchado nuestra conversación.
Le creí. Era imposible que él lo supiera. Ni siquiera conocía a Momo… Pero, aun así, acepté su palabra como un dogma. Necesitaba creer que aquello ocurriría y que mi amiga saldría de aquella pesadilla. Me impulsé de puntillas y le besé en los labios justo antes de ver un fuego a lo lejos.
Aunque Ichigo nos aseguró que las llamas no estaban en nuestra trayectoria, supe que algo malo había ocurrido.
Nos pusimos de nuevo en ruta. Los tres queríamos llegar pronto a nuestro destino y ver qué había pasado. Me preocupaba la semilla, pero cuanto más nos acercábamos a la Aldea de los Inmortales, más temía por la suerte que hubieran podido correr Senna y Kenzaki. Si Riruka había sido capaz de disparar a su propio hijo, ¿qué no haría con dos desconocidos que se interponían en sus planes?
—No sufras por ellos —me dijo Grimmjow adivinando mis pensamientos—. Si la farmacéutica consigue su objetivo y destruye la semilla, no les pasará nada. No suponen ninguna amenaza. ¿Quién iba a creerles? No se mancharán de sangre por nada…
—¿Y si es la Organización la que consigue la semilla?
—Entonces todos pagaremos por ello. No dejarán testigos.
—Deja de asustarla —se quejó Ichigo—. Puse la semilla en un sitio de difícil acceso… Aunque me vieran salir de allí, les costará dar con su escondite. Llegaremos antes que ellos y la pondremos a salvo.
—¿Y qué pasará con Senna y Kenzaki cuando los okupas no la encuentren?
—Tranquila. Si es cierto que quieren destruirla, negociaremos con la semilla a cambio de sus vidas.
Aunque el plan sonaba infalible en sus labios, había otra posibilidad que él no había contemplado: ¿qué ocurriría si Sosuke y Adam la habían encontrado o nos asaltaban después de recuperarla? ¿De qué manera íbamos a negociar con ellos?
Las llamas cada vez más altas de aquel fuego lejano nos sumieron a los tres en un silencio cargado de preocupación.
.
Horas después, llegamos a una zona montañosa de rocas altísimas que la naturaleza había esculpido con formas fantásticas. Mientras caminaba, me entretuve un rato buscando figuras escondidas en aquellos bloques de piedra conglomerada. Sin dejar volar mucho la imaginación, reconocí en una de ellas el torso de un ángel alado.
A nuestros pies, el agua fluía en pequeños hilos por el suelo rocoso volviendo el terreno muy resbaladizo.
Ichigo se agachó y bebió de un pequeño cuenco de piedra que se abría en el suelo. Imité su gesto. Un agua helada con sabor a hierro inundó mi garganta.
Seguimos los pasos de Ichigo hasta que, de pronto, una pared de piedra se interpuso en nuestro camino.
—Tenemos que escalarla para llegar al otro lado —nos dijo.
Aquello era imposible. No había un camino transitable por aquella ladera de piedra. Me quedé inmóvil mientras Ichigo sacaba una cuerda de su mochila y la ataba a mi cintura. Después la lió alrededor de la suya de manera que ambos quedamos unidos.
Antes de iniciar el ascenso, tomó mi mano libre, me miró a los ojos con ternura y me dijo con una voz muy dulce:
—Rukia, yo seré tu red, pero es muy importante que no tengas miedo. Si te asustas, puedo perder la concentración y caer contigo al vacío.
Asentí consciente de lo que aquello significaba. Me pregunté sí le haría revivir lo que ocurrió con Orihime casi un siglo atrás, cuando había caído desde un tejado de Madrid mientras paseaba de su mano por las azoteas.
Respiré profundamente y me concentré en no estar asustada.
Antes de iniciar la escalada, se giró hacia Grimmjow y le dijo con tono amable:
—Puedes hacerlo. El truco es no mirar abajo.
GRimmjow asintió.
Seguí sus pasos, apoyando las manos y los pies en los pequeños salientes que él me indicaba. Las piedras se desprendían con peligrosa facilidad. Más de una vez estuve a punto de resbalar y hacer caer a GRimmjow, pero incluso entonces conseguí mantener la calma.
Después de un primer tramo muy inclinado, el resto no supuso demasiada dificultad. Avanzamos muy lentamente pero con paso firme por aquel terreno escarpado.
Tardamos una hora en alcanzar la vertiente opuesta de la montaña. Me invadió una mezcla de euforia e incredulidad.
Según Ichigo, habíamos logrado atajar una buena parte del camino, pero eso no era garantía de nada.
Desde nuestra nueva situación, el fuego había quedado atrás. Las llamas eran más bajas, pero parecían haberse extendido ocupando una masa forestal mayor.
—¿Qué habrá ocurrido? —me atreví a preguntar.
—Tal vez haya sido un rayo —dijo Ichigo angustiado—. No son muy frecuentes, pero cuando caen sobre la pinaza y no ha llovido pueden provocar grandes incendios.
Su semblante serio me hizo pensar que ni él mismo se creía aquella versión.
To Be Continued...
