DE AMOR Y TRAICIÓN
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CAPÍTULO LIV
Notas de las autoras:
Créditos a los mismos de siempre.
Hola a todas. Esperamos que pasen unas felices vacaciones. Nosotras hemos estado algo saturadas de cosas pero terminamos este capítulo un poco antes. ¡Yey!
Ojo: quizás nos estemos pasando de la raya con este capítulo porque el único personaje canon que sale en él es Karnilla. El caso es que decidimos narrar lo que los amigos de Thor y Loki están haciendo en el mundo de los vivos. (U.U) den un saltito de fe pues lo que pasa aquí hace olas que alcanzarán Asgard. Por favor no nos tomateen.
Mil gracias por los review que nos han llegado, les prometemos que todo se irá aclarando poco a poco. Queremos agradecer a Mizhuz a quien no podemos responderle vía reply. No tenemos un fic con Thor y Loki en la vida real salvo: You're not Ulysses. El cual puedes encontrar en mi perfil. Muchas gracias por tu comentario.
Advertencias: AU, tradiciones norn.
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Capítulo LIV:
Eyvindur se había desvanecido durante el desayuno y pronto los más allegados a él, supieron que era por obra de la diosa Hela. Vanima impidió que la noticia se regase entre la corte de elfos oscuros de Dor-En-Ernil. Svadilfari permanecía junto al lecho del rey al igual que Lord Aldor.
-Su temperatura se ha elevado más -informó Svadilfari mientras ponía su mano sobre la frente perlada de sudor, del rey. Eyvindur seguía inconsciente tras su desvanecimiento en el desayuno pero su semblante pálido se tornó en enrojecido debido a la fiebre que se apoderó de él súbitamente. Lord Aldor estaba sentado al otro lado del lecho del soberano, en las manos tenía un cuenco lleno de agua con flores y recitaba una larga oración a las diosas. Svadilfari le ayudó para hacer que Eyvindur la bebiera.
-Lasto beth nîn. Tolo dan na ngalad. –Recitaba el sabio.
-¿Por qué Hela se le acercó? -Preguntó Svadilfari. Lord Aldor no había podido confrontar a la diosa respecto a sus razones como había hecho con Mephisto, pues cuando se dio cuenta de lo que sucedía y de quién era obra, Hela ya había abandonado el cuerpo de Dema. Todo lo contrario de lo que pensó Elemmíre, quien había desenvainado la espada en cuanto comprendió lo que el istyar decía y se había abalanzado sobre Dema como si así pudiera salvar a su rey... -No creo que lo haya atacado para herirlo, de ser así, el aether lo hubiera defendido y yo lo habría percibido –Siguió diciendo Svadilfari. -Dema no puede llamar a la diosa de la muerte ni hacer uso de sus oscuros dones, es únicamente un avatar; y si ella dice que Hela sólo quería hablar, le creo pero… -En el pasado Hela lo había auxiliado para salvar a Loki, por eso no tenía mala opinión de ella, hasta ahora.
-Las razones de los dioses sólo los dioses las entienden -masculló Lord Aldor -pero no voy a permitir que Hela haga lo que desee de mi hijo, como hizo con Loki.
Svadilfari respingó al escucharlo mencionar. A veces tenía la impresión de que Lord Aldor sabía lo que había sucedido en la torre de Omentielva respecto a Loki; pero jamás les decía nada ni a Eyvindur ni a él. Decidió no poner a prueba el interés del istyar y revisó la temperatura de Eyvindur una vez más con el dorso de la mano.
Vanima se había llevado a Dema tras calmar a Elemmíre que estaba sumamente enfadado de que alguien con la venia de la diosa de la muerte hubiera ostentado un cargo tan cercano al rey. Lord Aldor prometió hechizarla para repeler la influencia de Hela en cuanto Eyvindur estuviera con bien; aún así habían encerrado en sus alcobas a la chica. Eyriander había permanecido en la sala durante varias horas hasta que Lord Aldor la convenció de descansar y le había ordenado a Elemmíre fungir como guardián de la reina madre.
Svadilfari no había dicho nada más pero se había quedado junto con el istyar, callado, casi sin que lo notaran, para velar el estado de salud de su amigo.
-Lo único que sé es que los descuidos cuestan caros, y los míos; aún más. -Dijo el lord.
Escuchó unos golpes en la puerta y Vanima entró dando excusas pero no iba para ver al rey, a quien de todos modos le lanzó una larga mirada preocupada.
-Svadilfari, necesito que vengas conmigo. -Y a pesar de que no quería, dejó la estancia pues el rostro de Vanima no aceptaba negativas en ese momento. Se alejaron con pasos presurosos a través de un pasillo. -Tulk nos ha pedido una reunión con la tripulación de Aryante, es sobre la sumisión de éstos. No puedo posponerla o se preguntarán con razón a qué, y no puedo aludir a Hela porque no me creerán o peor aún, tendríamos que revelar que Dema contacta con la diosa…
-Ni queremos que se diga que un elfo oscuro envenenó al rey en Dor-En-Ernil -terminó la frase de Vanima. Ella asintió gravemente.
-Es el peor momento para lo que ha sucedido.
-Vamos, hablemos con Aryante -la animó Svadilfari, era lo que debía hacer mientras el rey estuviera convaleciente. Estaba preocupado por Eyvindur y le gustaría volver a su lado pero esto también era importante, estaba seguro de que si estuviera consciente, su amigo le diría que se ocupara de sus elfos y no de él. -Lord Aldor no se le apartará hasta que se encuentre con bien, y si terminamos pronto, podré volver a su lado.
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El salón de audiencias del castillo en Dor-En-Ernil tenía una larga pared de ventanas que permitían ver bien el interior. Tenía un escabel de madera tallada con el estandarte de Malekith por detrás, se había hablado de que los emblemas de la estrella de cinco picos y de la serpiente coronada debían fundirse pero nadie había hecho sugerencia alguna de tal boceto. Cuando Svadilfari traspasó la puerta se encontró no sólo con Aryante sino con varios de los capitanes que habían fondeado para enterarse de lo que se cocía ahí en Svartálfheim y también con algunos de los ya asentados, entre ellos Olwa y Tankol. Todo el mundo reventaba de curiosidad por saber qué ocurriría. Svadilfari tomó su asiento y un paje apareció de inmediato con un asiento mullido a su lado para Vanima. Tulk se quedó de pie mientras que el secretario Eydís, muy formal en sus labores a pesar de ser el único elfo de luz presente, ocupó un lugar apartado, pero listo para hacer cualquier anotación.
Aryante fue quien avanzó e hizo una reverencia escueta antes de tomar la palabra. Allá en tiempos de los drakares, los marinos podían acercarse a su capitán en asamblea cuando quisieran y dirigirle la palabra aunque éste no hubiera dado su consentimiento; al revés de cómo sucedía con los reyes.
-En Asgard nos sometimos a ti como príncipe de Svartálfheim, y es así como en este momento te reconozco y no como lord del señorío del este. -Svadilfari reconoció que Aryante parecía querer poner a prueba su paciencia. La elfa presentó su caso rápidamente, con hechos desnudos donde rememoró la cacería que los elfos de luz emprendieron contra los elfos oscuros y que por ello no podían perdonarlos, vivir cerca de ellos y mucho menos, servir a su rey. Pero los presentes también deseaban dejar de ser parias, varios querían regresar a Asgard pero Odín no los aceptaría si lo eran. -Estoy segura de que Svadilfari lograría la independencia del este y del sur si así se lo propusiera -aventuró Aryante con gran asentimiento por parte de los capitanes. -Tulk me explicó por qué no podemos conquistar el resto de Svartálfheim pero eso no significa que debamos compartirlo con los otros elfos; que ellos estén en su lado del reino mientras nosotros nos quedamos con lo nuestro. Lo que queremos es que no cambien las leyes ancestrales de nuestro pueblo, ni la manera en que vivimos, ni queremos perder nuestro derecho a defendernos. Estamos dispuestos a presentar la sumisión ante ti, pero no ante Eyvindur. Deseamos darte nuestra palabra, que ya sabes que cuando se da a un amigo, es firme como el hierro; que seas tú quien nos dirija y no él. Eso puedes comprenderlo ¿no es así?
Svadilfari se removió incómodo.
-Puedo respetarlo, incluso cuando debo oponerme a ello. -Aryante pareció mirarlo como si Svadilfari la hubiera golpeado directo en la cara. Hubo un revuelo plagado de enfado. -Jamás les pediría que hicieran algo contrario a su conciencia por lo que no creo que deban pedirme a mí, que atente contra la mía haciendo la guerra a mi rey. -Vanima le había explicado a él, que jamás debía ponerse en una posición donde se entendiera que desafiaba directamente a Eyvindur.
-¿Por qué no?
-Porque comprendo mejor el mundo y mi posición en este -dijo Svadilfari. -Dicen que no me reconocen como Lord del este pero es el único título que ostento, no soy más el príncipe de Svartálfheim pues tal cosa no puede existir cuando hay un rey. Yo me he sometido a la soberanía de Eyvindur e instado a los demás hacerlo, si ahora aceptara sus peticiones sería un rebelde y un traidor. -Svadilfari levantó una mano para impedir que cualquiera lo interrumpiera. -Esto no significa que no me preocupe por sus drakares, por sus familias, ni por sus hijos. No significa que ahora seguiré ciegamente las leyes de los elfos de luz, siempre voy a velar por los elfos oscuros en la corte de Svartálfheim y promoveré los cambios necesarios para nosotros pero no dividiré el reino, no traeré más guerra y muerte.
-¿Y qué? ¿Debemos olvidarnos entonces de sus agravios? Sólo un hipócrita cambia para complacer a los demás -le espetó Aryante. -Nadie puede transformarse en otra criatura a voluntad.
-Bah -intervino Vanima –cada uno de nosotros tiene muchas facetas, no somos una persona, sino muchas. Podemos elegir cuál de nuestras muchas personas cultivar para cualquier propósito. No seas tan obtusa -la reprendió. -Si aceptan la sumisión al rey Eyvindur gozarán de derechos, serán llamados svartá, podrán tener tierras y un legado que heredar a sus hijos. Si su deseo es seguir navegando por el cosmos pueden hacerlo y vivir ahí donde les plazca sin que nadie pueda llamarlos "parias"; si son agraviados contaran con la protección de los embajadores.
-Los embajadores son elfos de luz, ¡jamás nos protegerán! -Rebatió alguien.
-En Asgard es un elfo de luz porque el rey Odín jamás aceptaría uno que no lo fuera; pero en los demás reinos se harán nombramientos con embajadores diferentes. -Vanima siguió como si nadie la hubiera interrumpido. -Lo que Svadilfari y yo queremos que sepan, es que siempre habrá un lugar para ustedes en Svartálfheim, que este es su reino natal, si así lo quieren.
-¿Y a cambio que tendremos que hacer? -Preguntó alguno.
-No pueden instar a otros elfos oscuros en contra del rey Eyvindur ni promover la guerra, deben acatar las leyes svartá y debe prevalecer la buena voluntad.
-Si queremos la dichosa ciudadanía, ¿no va ello implícito en la promesa?
-No, si escogen a gusto aquello a lo que se oponen. -A Svadilfari jamás se le habría ocurrido que pudieran aceptar a medias pero asintió, para dar más peso a las palabras de su Aranmaitë.
Aryante no había hablado más mientras que los capitanes parecían tener otras inquietudes. Discutieron ahí mismo qué debían hacer a continuación. Svadilfari esperaba que aceptaran ya la dichosa sumisión, odiaría tener que tildarlos de parias y relegarlos al espacio y a su vida de errantes. De pronto, Aryante se marchó furiosa dejando la sala con sus fuertes pisadas y seguida sólo de unos cuantos capitanes.
-Lord Svadilfari, mi nombre es Golasgil y aceptamos rendir pleitesía al rey, aunque es nuestro deseo continuar viajando por el cosmos y no asentarnos en Svartálfheim. -Svadilfari asintió. -Nos gustaría que la ceremonia tuviera lugar mañana mismo para que podamos marcharnos. -Les pidieron. Si Eyvindur se encontrara con bien, podría recibir a toda esa muchedumbre pero Svadilfari no supo si prometer que estaría ya en pie.
-Para agilizar la entrega de ciudadanía… -empezó a decir Vanima como si no hubiera ningún pensamiento que la distrajera o el rey estuviera con buena disposición -podemos recoger los nombres de todos aquellos que desean la ciudadanía y además partir, para que así puedan llevarse de una vez el documento que los acredita como svartá. Eso no debería llevar demasiado tiempo, tal vez dos o tres días, en lo que Eydís las hace. -Golasgil asintió junto con los demás, conformes aunque no satisfechos.
-Agradecemos la intervención que han tenido en nuestra petición -les dijo.
En cuanto dejaron la sala de audiencias, Vanima le aseguró que se encargaría de hablar con Aryante y que si no lograba convencerla de hincar la rodilla entonces se aseguraría que para esa misma tarde su drakar hubiera zarpado.
-No entiendo que le sucede -dijo Svadilfari mosqueado con ella.
-Que acaba de oír una desagradable verdad -le explicó Vanima -y prefiere atacarla antes que asumirla.
-Yo jamás dije que haría la guerra con Eyvindur. -No había ido para eso a Svartálfheim aunque ya puestos, si le confesaba a Aryante cuáles fueron las verdaderas razones por las que dejó Asgard para ir a Svartálfheim, seguro ella también le abofetearía como alguna vez Vanima hizo. -Hablaré yo con ella en persona, es mi amiga y creo que atenderá a mis palabras sino estamos en medio de una sala de audiencias.
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Pero Aryante no quiso escucharlo, o quizás si lo hizo pero igualmente lo envió a pasear a los infiernos y como ella era la capitán de su drakar, lo expulsó de éste. Svadilfari volvió derrotado a las estancias del castillo. Desde que había iniciado su ascenso como príncipe, era la primera vez que no conseguía lo que se proponía.
Le había pedido a Vanima que si algo cambiaba en el estado de salud de Eyvindur, que se lo informara de inmediato pero hasta ese momento no había recibido noticias de ningún paje ni noticia alguna había salido de las habitaciones del rey.
Ya estaba oscureciendo y se sintió cansado de tantas preocupaciones. Estaba deseando retirarse en sus aposentos, esa noche no podría cenar con Eyvindur. En su alcoba, las velas ardían en sus apliques, provocando un relieve de sombra en los paneles de madera. Le ofrecieron un ponche caliente antes de irse a la cama, el cuál aceptó. El placer de tumbarse sobre el lecho, con las sábanas preparadas y las almohadas sacudidas y ahuecadas; tras una larga jornada, fue exquisito. Pero no pudo dormir. A pesar de sus ansias por tumbarse, continuó despierto. Podía oír la pesada respiración de su madre en la habitación contigua. Se levantó en silencio y salió del aposento. En la cámara exterior reinaba la oscuridad. Las grandes ventanas del castillo no servían de nada cuando no había luna. Encontró la galería que llevaba de sus aposentos hasta los del rey, una oscilante antorcha en el otro extremo le mostró su longitud. Al final del pasillo se encontró con un par de macar alertas, los cuáles lo miraron cuando pasó de largo y entró a las estancias reales. La disposición de todas las alcobas era la misma. El dormitorio más íntimo y pequeño donde Eyvindur descansaba se abría a una cámara mayor donde Svadilfari encontró a Lord Aldor y a la reina madre. El lord estaba consultando un gran libro, una especie de tratado de medicina. La reina estaba dormida sobre uno de los sofás, agotada de vigilar el estado de salud de su hijo.
-¿Puedo verlo? -Le preguntó al lord en murmullos para no despertar a Eyriander. Éste asintió distraído.
Pasó de largo como una sombra hasta la estancia iluminada por velones. Se sentó en la orilla de la cama y llevó su mano hacia la frente del enfermo, su temperatura seguía siendo elevada. Por un momento pensó que debería poner un correo a Nornheim para avisarle a Hagen. Seguramente nadie lo había hecho y Hagen merecía, por ser el amado de Eyvindur, enterarse de lo que le estaba sucediendo.
-A si i-dhúath ú-orthor, ú or le a ú or nin -le dijo mientras le acariciaba el cabello corto. Le gustaría poder hacer algo más por él aparte de preocuparse y rondar encima de Lord Aldor para saber si ya tenía una solución. Tal vez si pondría ese correo a Nornheim y también le pediría ayuda a Karnilla pero cuando se decidió a hacerlo, se percató de que Eyvindur había despertado. Lo estaba viendo, sonrojado y respirando con dificultad pero en su mirada aturdida, estaba la lucidez de quién sabe dónde está y qué ha pasado.
-Agua -le pidió.
Svadilfari fue primero a la puerta.
-Ha despertado -le avisó a Lord Aldor. El istyar se precipitó con gran estruendo, para tratarse de un elfo, al interior de la habitación.
-Un paño -pidió el istyar. -Agua fría y tanaceto destilado. -Parecía que lo pedía pero en realidad todo lo estaba tomando él de un mueble anexo. Le frotó el rostro a Eyvindur devolviéndole lo que le faltaba de consciencia y apartó la copa de agua que Svadilfari aún sostenía para intercambiarla por un brebaje. Fue Svadilfari quien lo ayudó a enderezarse y beberla lentamente.
El alboroto había despertado a la reina madre que parada en el dintel de la puerta miraba la escena, se acercó lentamente, con una expresión de alivio y una oración saliendo de sus labios.
-Tu hijo no ha comido nada desde el desayuno ¿podrías ordenar que le trajeran algo? -Le pidió Lord Aldor -un caldo de conejo o de cualquier carne, para que tenga fuerzas. -Eyriander asintió y salió. -No he querido preguntar, pues no es mi deseo preocupar más a tu madre y Dema ya nos ha relatado que Hela deseaba hablar contigo ¿qué es lo que deseaba? -Le preguntó tal como Svadilfari también deseaba hacer.
Eyvindur le entregó a su maestro la copa vacía. Habló despacio y en voz baja.
-Hela deseaba hacer un trato contigo. -La mirada del istyar se ensombreció. -Me ha enseñado su verdadera faz, la mitad de su rostro está muerto y el otro es el de una anciana. Lo que ella deseaba de mí, era un pedazo de mi magia de tiempo para prolongar su existencia.
-Es una ironía que la diosa de la muerte no quiera morir -dijo el istyar. -Me imagino que su ofrecimiento debe de haberte resultado tentador, ¿qué te dijo?
Eyvindur levantó una de sus manos, aún tenía los dedos torcidos a la espera de que se pudiera hacer cirugía en ellos. Su visión no era tan terrible como en antaño pues todas las noches hacía curaciones sobre ellos; pero carecía de fuerza y le eran inútiles casi para cualquier labor. El rey los miró detenidamente, su magia fulguró en blanco y sus dedos crujieron pero el rostro de Eyvindur más que de dolor era de concentración. Cuando su magia cesó, sus dedos estaban curados y él parecía nuevamente exhausto.
-¿Has retrocedido el tiempo de tu herida? -Preguntó Lord Aldor.
-Sí y no -respondió Eyvindur -es mi magia de tiempo combinada con magia curativa.
-¿Magia curativa? ¿Cómo la de Loki? -Intervino Svadilfari sin poder quedarse callado. De pronto recordó que la diosa en persona le había dicho que esa magia provenía de ella, igual que los foreldrar, aquellos que con magia podían engendrar hijos. -Te ha hecho un foreldrar -dijo sumamente sorprendido. Pero eso significaba que Eyvindur había aceptado el pacto con la diosa.
Lord Aldor soltó un largo suspiro.
-Quien se acostumbra a hacer pactos con demonios pronto entre sus manos se encuentra atrapado -recitó algún dicho. -No debiste de haber aceptado, ahora comprendo el porqué de la fiebre, tu cuerpo está adaptándose a un seidh que no poseías de nacimiento. -Eyvindur miró apenado a su maestro.
El istyar se puso en pie y se alejó mascullando algo sobre precauciones, advertencias y falta de carácter. Svadilfari se quedó al lado de Eyvindur, no hizo comentario alguno sobre lo que acababa de revelar porque no consideraba que él pudiera reprenderlo por algo así. Él mismo hizo una vez un pacto con un demonio, con Bölthorn, a cambio de que le entregara a Loki. Una conducta muy desesperada de la que ahora mismo no se enorgullecía.
Eyvindur miró sus manos detenidamente sin alzar los ojos, pero empezó a hablar.
-Hela me enseñó un hilo del tejido de la diosa Skuld… una esperanza para mi futuro. Había una niña pequeña que irradiaba luz. Me rodeó con sus brazos y me llamó "Ada". Yo sé que no estoy vedado de tener hijos, puedo tenerlos con una dama; pero después de ver a esa niña, y de comprender que nacerá de mí… ¿cómo podía negarme y condenarla a no existir?
Svadilfari consideró que la diosa había sido muy astuta al mostrarle a aquella pequeña, de alguna manera lo había coaccionado.
-Si me permites decirlo, enhorabuena para ti y para Hagen -lo felicitó, tal vez inapropiadamente pero vio a Eyvindur esbozar una leve sonrisa.
-Hagen no es el consorte real -dijo la voz de Lord Aldor a sus espaldas. En las manos traía la bandeja de comida que Eyriander había ido a encargar. -Le he pedido a tu madre que descanse, que mañana podrá verte completamente establecido, así tú podrás pensar la manera en cómo le darás la noticia de lo que has hecho.
Lord Aldor se mostraba muy enojado y parecía que iba a seguir reprendiendo a Eyvindur, por lo que Svadilfari empezó a hablar para cambiar de tema. Le contó rápidamente lo que había sucedido en la asamblea y la actitud de Aryante y otros capitanes; y añadió la solución que Vanima había presentado.
-Vanima es muy hábil, me recuerda a Lady Nienor -dijo Eyvindur y añadió: -Has hecho lo posible por hacerlos entender la importancia de la paz entre nuestras razas y lo inútil que es guardar más rencores. Y ellos lo entenderán, con el tiempo y en sus propios términos. -El rey no parecía preocupado por lo que sucedía con los elfos oscuros y eso, bastó para que Svadilfari se tranquilizara de inmediato.
-Si mañana te sientes con fuerzas, he pensado que deberíamos acudir a lo que era el observatorio. Ese sitio esta maldito y no puede volverse a usar pero no es seguro que permanezca en nuestro territorio. Estoy seguro que mediante el aether Svadilfari y tú podrán sanear lo que queda de él -dijo Lord Aldor. -Por eso, ambos deberían descansar.
-Que tengas buenos sueños -le deseó Svadilfari a Eyvindur, comprendiendo que el istyar deseaba estar a solas con él. Iba a cerrar la puerta y darles privacidad pero no pudo evitar escuchar el inicio de la conversación.
-Quiero que me prometas no volver a aceptar un trato con un demonio. Sus ofertas siempre son tentadoras y sus palabras dulces pero a la hora de pagar, la recompensa es amarga. Primero pactaste con Mephisto y ahora con Hela. No quiero que se diga que al rey de los elfos le gusta el trato con la magia oscura. -El tono de voz de Lord Aldor era perentorio. -Prométemelo.
Svadilfari vio como Eyvindur le dio las manos a su maestro para hacer una promesa mágica, entonces se apartó por fin de la puerta.
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El observatorio estaba a menos de tres horas a caballo de Dor-En-Ernil, así que cuando el grupo partió, varios elfos oscuros se les unieron a aquel viaje que parecía más bien una peregrinación. Eyriander, Bjarni y Vanima se habían quedado en el poblado recibiendo a los capitanes de los drakares que quisieron intercambiar palabras con ellas y que no estaban interesados en un sitio que jamás habían visto. Aryante aún no partía.
Lord Aldor cabalgaba por detrás de Eyvindur y Svadilfari, que iban a la cabeza. La noche anterior había hechizado a Dema, cerrándole a la diosa la oportunidad de hacerse con el cuerpo de la joven. Elemmíre se opuso tajantemente a que la pequeña elfa continuara bajo el servicio del rey, así que ahora era la doncella de Vanima.
Aquella mañana le había preparado un brebaje a su hijo para fortalecerlo. Una vez que había comprendido la razón de su dolencia había cambiado su medicación para que se estabilizara no para curarlo. Aldor presintió que el seidh de su hijo se había acrecentado, por supuesto Hela lo había hecho más poderoso; pero consideraba que la forma era innatural y salvaje. Eyvindur había prometido jamás volver a hacerlo, a frenar su carácter impulsivo pero Lord Aldor no sabía si confiar en él, temía que en sus deseos de no ser ni mostrarse débil, aceptaría cualquier cosa que le hiciera más fuerte o poderoso.
Tras la convalecencia del rey, el istyar prestó mayor atención al asunto de la rebeldía de los elfos oscuros. A él le gustaría que la transición de unidad entre elfos oscuros y de luz, fuera mucho más sencilla; pero como sabio que era, sabía que eso era imposible sin sus matices y dificultades. Él había hablado con Vanima sobre los elfos oscuros recién llegados de Asgard y la muchacha le comentó sobre Aryante, la amiga de Svadilfari que se negaba a dar su sumisión ante Eyvindur pero que tampoco había partido nuevamente. Vanima aseguraba que Aryante no fraguaría ningún atentado en contra del rey, pero Lord Aldor intuía que la elfa lo decía con más deseos de que fuera así y no con completa convicción. De ser lo último, no hubiera puesto a Narog a vigilar los movimientos del drakar de Aryante.
Los pensamientos del istyar se dispersaron y pronto se encontró pensando en una misiva que había llegado de Lady Nenar. En ella le había enviado una copia del tratado que Svadilfari había firmado con su hija en aras de la paz, y dónde este se comprometía a celebrar tres bodas políticas para afianzar alianzas. Nenar pensaba que era un buen momento para festejarlas, pues tras la guerra nada alegraría más al pueblo ni lo uniría tanto que el hecho de ver tales uniones. Nenar terminaba la misiva instándolo a convencer al rey de hacer lo mismo.
Era inevitable que el tema del futuro matrimonio del rey cobrara importancia tras la guerra.
-Ahí se divisan las ruinas -dijo Elemmíre, cortando sus pensamientos de raíz.
Aquellas tierras que antes eran verdes y a las cuales les daba vida la confluencia de varios ríos, ahora estaban ennegrecidas por los incendios. Del observatorio emergía un aura oscura, como un halito infernal. Mephisto había sido exorcizado de Svartálfheim pero su huella había quedado en ese sitio. Su último vestigio.
Todos se detuvieron a varios metros de las ruinas. Svadilfari y Eyvindur desmontaron. Su hijo no mostraba signos de tristeza aunque Lord Aldor sabía que durante muchos años la felicidad de Eyvindur estuvo aquí, en el observatorio, entre los istyar; y no en la corte de Enya. La entereza con que Eyvindur se conducía a veces los sorprendía.
Eyvindur y Svadilfari se tomaron de las manos haciendo que el aether fluyera alrededor de ellos. Los elfos oscuros que los acompañaban soltaron sendas exclamaciones de arrobo y asombro. Lord Aldor vio como de pronto, ante la reliquia de Malekith, iban hincando rodilla. La energía del aether fluyo desde Eyvindur hacia Svadilfari, quien ejecutaría la magia de transformación necesaria. Y así tomados de la mano avanzaron sin vacilar hacia el interior de la construcción. Nadie los siguió.
Aún sin verlos, Lord Aldor sintió su seidh. Las paredes se cimbraron y crujieron. Poco a poco comenzaron a desvanecerse cual fino polvo, junto con los escombros en el interior del observatorio. En un tiempo bastante corto el observatorio desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Eyvindur y Svadilfari aparecieron de pie en medio del prado.
Lord Aldor miró nostálgico la escena. Había vivido ahí gran parte de su vida, fue su bastión y su hogar; el sitio al que sus entrañables amigos volvían luego de agotarse recorriendo el reino cumpliendo los preceptos de su orden.
-Nai tiruvantel ar varyuvantel i Naira Anar tielyanna nu vil -pronunció una sencilla oración por los que habían caído. Lady Níriel, Maika, Belfrast, Lómelinde.
Svadilfari y Eyvindur volvieron. El rey se arrodilló en el suelo y el aether fluyó ahora hacia él. Entonces empezó a cantar en alto élfico.
-An sí Tintallë Oiolossëo… -Lord Aldor la conocía, era una melodía de despedida. -Losto, sedho hodo nuitho i´ruith. -Un arrullo para que la tierra sanara. Eyvindur irradiaba luz que corría al ras del suelo y que llegaba hasta ellos. Una calidez, que ya había sentido antes, inundó su corazón trayéndole paz. Miró a los elfos oscuros que arrobados por sus sentimientos ocultaban sus rostros, algunos lloraban tristes y otros más sonreían con incredulidad ante tal bienestar hasta ahora desconocido.
Le pareció que Eyvindur cantaba horas y horas, hasta que la negrura de la tierra se convirtió en ceniza que el viento barría con facilidad. No creció nada, no era tal el poder de Eyvindur pero a Lord Aldor le pareció que el aire era más limpio, que ahí no había más sombras ni muerte, sino vida. El rey se puso en pie. Svadilfari y él se giraron a un tiempo sin soltarse; y entonces se dirigieron hacia la muchedumbre que los observaba. En realidad, no habían pasado más que unos minutos, nuevamente Eyvindur movía el tiempo a su antojo. El aether los envolvía a ambos, con vestigios de luz y sombras.
-Juntos, traeremos la paz a Svartálfheim. -El que habló fue Svadilfari, dirigiéndose a los elfos oscuros que los habían seguido hasta ahí.
La muchedumbre se puso de pie y los aclamó eufórica.
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Lord Aldor se recluyó en sus habitaciones tras la ceremonia de sumisión a su rey. Su paje personal había servido el té, solía tomarlo siempre a la misma hora y además en compañía de Vanima salvo que algo importante se los impidiera. Una costumbre que a ambos se les había quedado grabada mientras compartían la casa en el antiguo Dor-En-Ernil.
La Aranmaitë llegó puntualmente, aún iba ataviada con el vestido blanco de gasa y cola de la ceremonia. Lord Aldor se puso en pie para recibirla y le acercó la silla.
-El drakar de Aryante ha partido por fin -fue la primera noticia que le dio mientras Vanima le ponía azúcar a su té. –Tuve que recurrir a su esposo, Sindri, para que él la convenciera de aceptar la ciudadanía para después regresar a Asgard, que es el sitio que ellos consideran su hogar. Pensé que no había logrado convencerlo de hablar con su esposa pues Aryante no bajaba nunca de su drakar, como si temiera que la arrestáramos; y a la vez guardaba la esperanza de que cada día que no partía, fuera porque iba a aceptar. -Vanima tomó su taza de té y le dio un pequeño sorbo. -Sindri logró hacerla cambiar de opinión mucho mejor de lo que Svadilfari hizo.
-Escuchamos con mayor facilidad a quienes tienen un lugar en nuestro corazón -aceptó Lord Aldor. -Estoy seguro de que escuchó a Svadilfari igualmente pero el rencor es una gran venda sobre los ojos.
-Sindri me permitió ver a su pequeño hijo, se parece mucho a Aryante. Pienso que él no está dispuesto a que nadie lo trate como paria y si convenció a su esposa, ha sido por el pequeño. -Lord Aldor también comprendía esa decisión. -Creo que por fin podremos partir de vuelta a la capital. -En Steindor, donde estaba asentado el pueblo anterior de Bain, las relaciones de elfos eran mucho más sencillas y todo se vislumbraba con tranquilidad. -Svadilfari me ha pedido que vea el traslado de los pilares que su padre hizo, poseen gelgja y poderosos hechizos que cree podría utilizar en el nuevo observatorio que se construya.
De antemano se había acordado que la corte no viajaría a Barad Eithel, porque Nulka no se encontraba en el castillo y porque estaba muy cerca de la frontera con los enanos. Vanima, y Lord Aldor estaba de acuerdo con ella, en que no había razones para poner en peligro la seguridad del rey.
-Me ha impresionado como los elfos han acogido la presencia de nuestro rey, no se parece en nada a cuando arribamos y lo veían con abierta curiosidad pero no con confianza; y ahora todo parece diferente -dijo Lord Aldor.
-El aether, o como nosotros lo llamamos, el corazón de las tinieblas siempre nos fue muy caro. Un regalo de nuestras diosas que pensamos se había perdido con Malekith. Ahora que podemos verlo por primera vez en manos de Svadilfari y del rey Eyvindur; nos causa mucha emoción. -Vanima de hecho aún traslucía ese asombro. -Escuché a varios elfos decir que están impresionados con la entereza y el poder de Svadilfari, y con la belleza y misericordia del rey. Pero sobre todo, les gusta verlos juntos. -Lord Aldor asintió, había oído a la muchedumbre aclamarlos en el observatorio y después a los elfos oscuros reverenciando con arrobo a los dos. -Lord Aldor, no pude evitar darme cuenta de que las manos del rey se encuentran del todo curadas, lo cual sin duda es un gran alivio para él y también para su pueblo. Por fin puede dejar en el pasado la horrible tortura con la que lo vejaron.
Tras sus palabras de alivio, el istyar intuyó que Vanima deseaba saber que había pasado en la convalecencia de Eyvindur y el por qué se había recuperado tan rápidamente.
-El rey se encuentra mucho mejor de salud, su convalecencia se debió a su seidh -fue diciendo Lord Aldor -contempló al gran árbol del universo y de ello obtuvo una magia muy particular que pocos hechiceros tienen: magia curativa. –No era del todo verdad, pero Lord Aldor no revelaría a nadie que su hijo tuvo tratos con Hela. Vanima lo miró asombrada y asintió asimilando aquella nueva información. -Se ha transformado en foreldrar, poco se sabe de ellos y sólo hemos conocido a uno en nuestro tiempo.
-¿A quién?
-Al rey Loki -dijo Lord Aldor. Notó que tal vez Vanima no comprendiera a que se refería, pues a pesar de ser tan inteligente no era una entendida del seidh. -Significa que nuestro rey, al igual que el consorte aesir, puede engendrar hijos. Nuestro rey puede tomar como consorte a un hombre, y perpetuar su linaje.
-Estás pensando en Svadilfari -dijo ella de inmediato y de manera práctica.
Lord Aldor no había dicho, ni siquiera pensado, tales palabras de manera tan contundente pero asintió ante aquella idea. Porque era verdad. Si Svadilfari y Eyvindur se casaban, unirían el linaje de Malekith con el de Eyrikur, y la gran alianza de los elfos oscuros y de luz sería depositada en un pequeño infante, en un ser que traería esperanzas de una mejor vida.
-Hablaré con el rey para plantearle esta cuestión que pronto se volverá apremiante, pues los reyes de los otros mundos o ya tienen descendencia o se han comprometido al menos. Él no puede aplazar el deseo de su pueblo de verlo honrar el matrimonio y además dar un legítimo heredero. Nenar me apoyará en esto, pues me ha enviado cartas diciendo su sentir pero ¿debo entender que contaré contigo?
-Por supuesto. ¿Deseas que hable con Svadilfari?
-No, yo hablaré con Eyvindur que comprenderá que es su deber, y él a su vez hablará con Svadilfari. Estoy seguro de que el muchacho aceptara, primero porque es un honor que el rey te elija pero en segundo lugar, porque creo que siente gran afecto por él. Por ahora no digas nada a nadie, esta cuestión es un tema delicado que le plantearé a Eyvindur cuando el momento adecuado se presente. -Dijo Lord Aldor que ya tenía una idea firme sobre cómo se lo diría a su hijo, por supuesto; quedaba sólo un cabo suelto: Hagen.
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La luz de las antorchas los iluminaba. Karnilla recibió a sus invitados con una sonrisa. Después de todo eran sus muy queridos amigos: Eyvindur y Svadilfari.
Los dos elfos estaban haciendo uso de la proyección astral para mostrarse en Nornheim. Habían acordado la hora de la cita y la reina había dispuesto de barreras que impidieran escuchar y ver a los vanir, ases y norn que los rodeaban, pero también había hecho uso de otra que disipara la mirada de Heimdall. Quizás eso pondría receloso a Odín pero este era un riesgo que su pequeña hermandad de hechiceros debía arrostrar.
Hagen murmuró un piropo ante la figura etérea de Eyvindur y ella le dio un codazo por lo bajo. Su hermano estaba presente, por eso la reunión era en Nornheim.
-Salud a mis dos entrañables amigos –los saludó Karnilla, a la manera aesir.
-Salud a mi reina –le dijo Svadilfari –es un placer verte, ojalá pudiera abrazarte.
-Ojalá –dijo Hagen con los ojos fijos en Eyvindur, el cual iba ataviado con sus habituales prendas que dejaban ver sólo su rostro, incluso sus manos permanecían ocultas bajo las largas mangas de su túnica.
-Les pedí vernos –a través de cartas embrujadas que sólo ellos podrían leer -pues quiero hablar con ustedes acerca de aquel que falta entre nosotros este día.
Todos asintieron dejando de lado la cordialidad de su encuentro.
-¿Sabes algo de él? –Inquirió Svadilfari. Karnilla negó.
-Quise hablar con él para saber cómo se encuentra. Intenté con el hechizo del hilo rojo, y aunque lograba conjurarlo, con lo cual supe que está vivo, el hilo partía desde mi mano pero se trozaba muy pronto. No tengo la capacidad de alcanzarlo.
-¿Por qué? –Inquirió Eyvindur.
-Pienso que es porque está demasiado lejos y pienso que también se debe a que su magia ha comenzado a flaquear. –Todos asintieron con gravedad.
-¿Qué tiempo tiene ya? –Dijo Hagen como si Karnilla hubiese tenido oportunidad de revisar a Loki alguna vez.
-No lo sé con certeza pero han pasado diez meses desde el día en que Thor me anunció que había desaparecido de Asgard. Cuando se fue ya iba en estado. Hoy revisé mis dietarios respecto a la gestación de Hërin. Ese embarazo le tomó un año. Según lo que él y yo aprendimos de un brujo vanir que conocía del tema, el tiempo de gestación es variable dependiendo de cuánto seidh posea el hechicero y que uso le dé, pero pienso que es cuestión de escasos meses para que se salga de cuentas.
Todos entendieron porque los había reunido y el apremio en el que su amigo estaba.
-¿Qué va a pasarle al final? –Preguntó Eyvindur.
-Su abdomen será tan grande como el de una mujer gestando, se fatigará con facilidad y perderá su magia. Si nadie le presta auxilio se quedará dormido cuando su seidh se agote y jamás despertará. En cuanto a su hijo… si alguien lo extrae vivirá y si no, morirá junto con él.
-Que terrible destino eligió para sí mismo –dijo Svadilfari y Eyvindur se encogió casi imperceptiblemente.
-No sé cómo hallarlo, no tengo magia de caminante de sueños para buscarlo. Lo único que puedo hacer es confiar en que volverá sin mi ayuda, por sus propios medios que no son pocos, pero entonces me angustia que aparezca lejos de mí, no sabe que he tenido que marcharme de Asgard; y no confío en Odín, temo que lo dejará morir sólo para castigarlo por lo que le hizo a Thor. Ayúdenme.
Svadilfari y Eyvindur meditaron una posible solución.
-¿Conservas algún recuerdo de él? –Le preguntó Eyvindur a Svadilfari.
-Algunas notas –respondió Svadilfari que pareció avergonzado de su devoción. –Me escribía cuando fui arquitecto real en Asgard y también, cuando llegaste con tu corte, me mandó algunas advertencias de conducirme con cuidado respecto a ti, temía que me llevases como prisionero.
-¿Y las conservas?
-Sí –dijo Svadilfari sin mirar a nadie de frente.
-Podemos usarlas para… -empezó Eyvindur y luego pareció recapacitar respecto a algo -¿te advirtió que quería tomarte prisionero? –Svadilfari asintió. –A mí me prometió mantenerte en Asgard y vigilarte para que no escaparas.
-¿Me vigilaba para ti?
-A cambio de las enseñanzas de Lord Aldor –dijo Eyvindur al tiempo que asentía.
-Por favor –interrumpió Hagen. –Este no es el momento para que nos mostremos sorprendidos de descubrir que el dios del engaño es un engañoso escupitajo del infierno.
Svadilfari se rió y Eyvindur negó en censura pero volvió a concentrarse en lo que decía.
-Los hechiceros ponemos algo de nosotros en todo cuanto escribimos, sobre todo si conlleva sentimientos. Si quería protegerte y puso esa preocupación por escrito, entonces podríamos usar esa carta para calibrar mi mapa cósmico y buscarlo.
-Pero es que sabemos en donde se encuentra –dijo Svadilfari. –Está en Nifflheim, en la corte de Hela.
-No está en la corte –cortó Karnilla. –Hablé con uno de los dignatarios de la diosa y me dijo que no estaba ahí, antes de rogarme que desapareciera mi proyección. El problema es que nuestro necio amigo se internó en el reino, seguramente en pos de Thor.
-Podemos descender a los infiernos a buscarlo –propuso Hagen.
-Eso sería muy difícil sino es que imposible y podemos comprometer su situación. Lleva mucho tiempo por allá seguramente ya ha labrado su sendero a base de engaños. –Replicó Karnilla.
-¿Entonces qué podemos hacer?
-Tenderle una red que lo proteja cuando emerja de este periplo –dijo Karnilla. –Ayúdenme a hallarlo cuando vuelva, ayúdenme a llegar velozmente a su lado o condúzcanlo raudamente al mío. –Svadilfari y Eyvindur se mostraron más que de acuerdo. -Hay más. Los reuní también para hablar de Jörmundgander. –Nadie se sorprendió a la mención de ese nombre. Los cuatro sabían. –Pienso que cuando el bebé nazca es plausible que soporte la energía de ese espíritu pues Hërin lo soportó cuando fue su momento. Sin embargo temo que Jörmundgander convierta al infante en una criatura agresiva, poderosa y quizás sin forma humana. –Svadilfari pareció que iba a decir algo pero finalmente cambió de opinión y se quedó callado. –La solución es que forjemos para Jörmundgander la cadena Gleipnir que antes fue hecha para Fenrir. Le daríamos otra forma para que un bebé pequeño pueda portarla sin que le moleste y de esa manera nuestro amigo podrá conservar a su hijo sin que signifique un peligro para quienes lo rodean.
-¿Conservaste el laitale? –Preguntó Eyvindur.
-Sí, hice una copia el día en que auxiliamos a Hërin.
-Sea –dijo el rey elfo. –No era sencillo de ejecutar, yo lo forjaré con ayuda de Svadilfari y te lo haré llegar para que deposites los hechizos necesarios. Calibraremos mi mapa cósmico mediante las cartas que Svadilfari tiene, para que sea una alarma que nos indique el momento en que vuelva a nosotros.
-Se necesitará del seidh de seres poderosos, Gleipnir fue hecha a partir de Frigga, Aldor, Loki, tú y yo. –Le dijo Karnilla a Eyvindur.
-Esta vez será hecha a partir de Eyvindur, Svadilfari, tú y yo –repuso Hagen. –Estoy seguro de que eso será suficiente.
-Sea –dijo ella, se veía menos preocupada. Todos asintieron. –Pónganlo en sus oraciones, dicen que Eyvindur es el hijo predilecto de la diosa Anar; y Svadilfari, pues tú haz probado que las nornas te aprecian pues sales airoso de cualquier problema. Quizás Isil y Naira Anar les presten oídos. –Los elfos le prometieron hacerlo así. Hubo una pequeña pausa en la que Eyvindur titubeó de despedirse.
-Si hemos llegado a una resolución, Karnilla, Svad, ¿nos permiten un momento a solas? –Pidió Hagen. Karnilla resopló algo en norn y Svadilfari empezó a desvanecer tu proyección. –Mi buen amor, ¿te abrirías la ropa para mostrarte ante mí?
-¡Lo que hay que oír! –Rezongó Karnilla pero Hagen no le dio importancia. Los dos mirones se desaparecieron.
Eyvindur ignoró la petición.
Hagen lo encontraba adorable; el cabello, le había crecido un poco más, tan rubio como antes, y le daba un aspecto bastante juvenil; se vestía con la formalidad de su rango pero seguía sin usar gema alguna que realzara su persona, jamás le había hecho falta. El problema, desde el punto de vista de Hagen es que de nuevo se le marcaban bastante los pómulos y le pareció notar la sombra azulada de unas ojeras.
-He escuchado de tus progresos en tu reino natal –dijo Eyvindur y bajó la mirada ante el escrutinio de Hagen. El dragón negro se había aproximado más y más hasta que estaban tan cerca, que de haberse visto en persona, Hagen hubiera podido aspirar el olor de Eyvindur y rozarlo sin ningún esfuerzo. –Me dicen que tus logros van más allá del campo de combate, parece ser que eres un diplomático excepcional.
-Es porque estamos tratando con imbéciles e hijos de mala madre, así que me entiendo bien con ellos –repuso Hagen. Eyvindur alzó la mirada, dudó respecto a reírse. A Hagen le hormigueaban las manos por tocarlo pero no tenía opción más que aguantarse. –En tu última carta me dijiste que tenías algo muy importante que contarme pero que no te atrevías a ponerlo en papel. Pues bien, soy todo oídos.
-¿Acudiste a esta reunión por eso?
-Me preocupa Loki, pero Karnilla bien podría habérmelo contado todo después; así que, tú mismo. ¿Te encuentras bien? ¿Haryon te ha hecho algo?
-¿Haryon? –Eyvindur no parecía comprender, lo cual era esperable. Pero Hagen se sentía muy responsable de lo que Haryon y Nulka hicieran. Si eventualmente se volvían en contra de Eyvindur vería que lo pagasen pero sería en parte su culpa pues él había contribuido a elevarlos hasta donde estaban. –No, no hay problema con los enanos, por lo menos ninguno nuevo. Lo que quería decirte es de índole más bien personal. –Eyvindur levantó las manos para mostrárselas a Hagen el cual las miró sin podérselo creer.
Estaban restablecidas, los dedos en su posición original, la piel inmaculada sin cicatrices. Por Siofua y todas las deidades del afecto, cuánto deseó apretárselas y luego instarlo a acariciarlo con ellas.
-¿Recobraste también tu fuerza? –El agarre de Eyvindur era muy débil, a veces no lograba ni siquiera escribir, ya ni hablar de forjar nada como antes hacía.
-Sí. –Respondió con algo de timidez. Bajó las manos y Hagen hizo ademán de ir a tomarlas pero se frenó recordándose a sí mismo que lo que veía no era tangible. Eyvindur le contó entonces la historia de su encontró con la diosa Hela y las consecuencias del mismo. Habló de la necesidad de la diosa por su magia y del intercambio que hicieron. A cada palabra que Eyvindur pronunciaba iba notando como Hagen pasaba de la preocupación al gozo.
Cuando Eyvindur le había preguntado si deseaba tener hijos, Hagen siempre respondió: "no, lo que quiero es a ti". Y también decía otras cosas sobre querer a un posible hijo de Eyvindur como Aldor lo quería a él. Pero ahora que esa puerta le había sido abierta, su norn la atravesó sin dudarlo. A Eyvindur no le costó demasiado hacerle entender que ahora era un foreldrar con las mismas capacidades que Loki poseía.
-Es maravilloso –nadie más había dicho eso luego de contarles que hizo pactos con Hela. –¡Por eso te muestras tan tímido ante mí! –Hagen se carcajeó y Eyvindur sintió que se sonrojaba. Claro que estaba algo cohibido, estaban hablando de la posibilidad de que la simiente de Hagen diera frutos en su cuerpo. –Ahora mismo parto de regreso a Svartálfheim.
-¡No! ¡Nornas! ¿Acaso haz perdido la razón? Estás apoyando a Karnilla en resolver el conflicto.
-Ya, ya –lo sosegó Hagen. –Tienes razón, no me sentiría a gusto dejándote solo durante tu embarazo, quiero estar contigo y cuidar de ti. ¿Te gustaría eso dulzura?
Eyvindur rodó los ojos pero seguía sonrojado.
-Las cosas que debo oír. –Dijo emulando el exaspero de Karnilla. Pero quizás había sido mejor decirle todo a Hagen así, a distancia. Viendo lo feliz que la posibilidad lo hacía, seguro lo hubiera llevado a la cama de inmediato; y Eyvindur aún estaba ponderando lo que pasaría con él si sencillamente se dejaba llevar. Hagen seguía mirándolo como esperando respuesta. –Sabes que sí, si me gustaría que cuides de mí cuando llegue el momento.
Hagen sonrió muy pagado de sí mismo, como si ya hubieran consumado su unión.
-Te adoro, ¿lo sabes?
-Lo sé. –Repuso Eyvindur. Suspiró algo cansado. –La proyección astral no es cualquier magia, creo que hemos terminado de hablar.
-Espera… -Eyvindur se negó, los dos tenían deberes que atender.
-Svadilfari y yo ya estamos viendo la posibilidad de fabricar un artefacto que realice la proyección por el hechicero, a Lord Aldor no va a gustarle demasiado pero…
-Antes te pedí que te abrieras la ropa, no por morbosidad de mi parte, sino porque te noto adelgazado –dijo Hagen dejando de lado su jovialidad previa. –¿Estás comiendo bien?
-Sí, Amarië cocina exquisito y después de las penalidades que pasamos por falta de comida, no soy nada remilgado al respecto. Es más bien que me falta descanso. ¿Recuerdas cuando dijiste que no podría dormir bien sin tu gloriosa presencia?
-Creo que más bien dije que no podrías dormir bien sin mi gloriosa polla. –Hagen pareció meditarlo con profundidad -¿o dije sin mi gloriosa presencia y mi polla?
-Pues tenías razón, no duermo bien y mis noches de insomnio las dedico al trabajo.
-Pídele a Lord Aldor un brebaje que te haga dormir.
-Conciliar el sueño no es el problema, el caso es que las pesadillas me despiertan.
-Debes cuidarte, ¿qué clase de rey puede ver por todos los individuos de su pueblo si no puede cuidar de uno sólo? -Eyvindur sonrió, una de las grandes verdades que Hagen era capaz de ver. –Además, pronto serás padre.
-Lo haré, cuidaré de mí, no te atrevas a reprenderme. Debemos despedirnos por ahora.
-Vete pues. –Hagen se le acercó como si fuera a besarlo. –Hoy me has hecho muy feliz, con tu presencia y con tus palabras.
Hagen lo besó en la mejilla pero Eyvindur no sintió su caricia. La proyección se disolvió dejando a cada cual con mundos de distancia que los separaban. Eyvindur sonrió, sí, él también era feliz por haberlo visto, por haberlo oído, por todo cuánto acababan de prometerse. Volvió a sus deberes llevando todo eso consigo como una luz.
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La corte élfica por fin había vuelto a Steindor. La ciudad era un barullo de construcciones a medias, que iban desde las murallas de la ciudad hasta las casas. Todo ello obra de Svadilfari que había trazado la ciudad rápidamente y de los elfos, tanto oscuros y de luz, que habían empezado a trabajar inmediatamente para que la ciudad dejara de parecer un campamento. La única construcción que no estaba a medias, porque estuvo ahí desde un inicio, era el hermoso castillo de Steindor, mucho más pequeño que Enya pero que poseía una belleza contrastante que a Svadilfari le gustaba: por un lado el halo de los elfos y por el otro, los gruesos muros tallados con habilidad insuperable por los enanos.
Pero ese día, no estaba haciendo ningún edificio nuevo para la ciudad.
Svadilfari estaba haciendo un boceto. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Estaba dibujando a Eyvindur de memoria. Un bosquejo pequeño como siempre solía retratar, lo hacía así porque solía dibujar para sí mismo. No era como Vanima, que pintaba cuadros de tamaño natural o inclusive más grandes, porque claro, ella solía pintar para un patrón.
"Quisiera plantearte un desafío" le había dicho Eyvindur esa mañana mientras desayunaban juntos, y luego había sacado un juego de cubos de madera pequeños tallados con simetría precisa, cada pieza no era más grande que el pulgar de Svadilfari. Eyvindur movió la mano y los formó en hileras de tres hasta conformar un cubo de mayor tamaño. "¿Sabes cuántos bloques tiene?" Le preguntó a Svadilfari el cual se mostró algo ofendido.
"Veintisiete" respondió en el acto. Eyvindur asintió, una sonrisa se le empezó a formar en un lado de la boca.
Svadilfari bosquejaba con carboncillos. Con luz y con sombra la silueta de Eyvindur fue surgiendo en el papel. Svadilfari quería dibujarlo con ese amago de sonrisa que le había visto esa mañana, cuando la comisura de su boca tiraba hacía arriba en un gesto tan discreto como todos sus demás gestos pero que era en cierta forma muy íntimo. Eyvindur casi nunca se reía y cuando llegaba a hacerlo, a sonreír de verdad y por completo, solía cubrirse la boca con una mano como si quisiera ocultarte su rostro. Jamás lo había escuchado carcajeándose. Se detuvo. Pero Hagen seguramente sí que lo había hecho porque además el norn era basto y entretenido. Volvió a su dibujo.
"Sí, esa es la parte sencilla" le había dicho Eyvindur y Svadilfari intuyó que se estaba divirtiendo. "Ahora, si tomara pintura y le pintara la cara externa al cubo completo, ¿sabrías decirme cuantas caras de los cubos pequeños están pintadas?" La cosa se ponía más complicada.
Svadilfari hizo cálculos mentales. Las cuatro esquinas tendrían tres caras pintadas, y cuatro cubos tendrían sólo una cara pintada por estar al centro…
"Habría cuarenta caras pintadas" respondió Svadilfari.
La sonrisa de Eyvindur se hizo un poco más ancha y ahora le abarcó los ojos. Se le iluminó la mirada como cuando le hablaban de Hagen, como cuando le daban buenas noticias respecto a su pueblo, como cuando Amarië le servía algo suculento.
"¿Y si hago esto?" Eyvindur volvió a mover la mano y más cubitos pequeños se unieron al grande. Svadilfari vio que lo estaba ampliando a una base de trece por trece, un número primo que complicaría un cálculo básico. Svadilfari lo miró esperando que le planteara la pregunta del desafío. "¿Podrías elaborar la ecuación general que rige este cálculo?" Svadilfari lo miró preguntándose de dónde había sacado algo así. "Anoche se me ocurrió pues me obsequiaron estos cubos, si los miras tienen pequeñas runas grabadas, son para hacer oraciones pero a mí se me pasó por la cabeza jugar con las posibilidades geométricas y una cosa llevó a otra. ¿No crees que la ecuación general sería hermosa?"
Svadilfari sonrió, la suya sí una sonrisa amplia y hasta con dientes.
"Sí, sería hermoso" estuvo de acuerdo. Y cuando enderezó la mirada Lord Aldor los contemplaba con aprobación.
"Quisiera forjar una armadura. El diseño cobra forma en mi mente, la veo en negro y rojo, será pesada pues no pretendo que destinarla a un arquero sino a un espadachín, estoy considerando la cantidad de hechizos que el metal es capaz de tolerar y el tipo de aleación necesaria para un número inusitado de placas móviles"… Le fue contando Eyvindur sentado rígidamente en la silla. A veces el protocolo de la corte le parecía asfixiante a Svadilfari. Él se había criado volando en el espacio y yendo de mundo en mundo. Se había enamorado de Vanaheim, a dónde había vuelto en muchas ocasiones. No hacía migas fácilmente con la gente local debido a que siempre solían recelar de él por ser elfo oscuro. Pero se había recorrido Valle Florido, Poza de Plata y muchos otros sitios. Iba de un lado a otro probando, hurgando, explorando… huyendo. Y así. Y ahora vivía en Svartálfheim y sentía que casi no lo había visto. Vale que conoció el puerto de Bain, y había construido Dor-En-Ernil; y lo habían recibido en la capital del Norte y del Oeste. Pero a donde Eyvindur y él iban, los recluían, tenían audiencias y más audiencias, los apartaban del pueblo llano y no había nada de tiempo para montar a caballo y salir al aire libre, ver los campos, los elfos, las montañas.
"Mira, hay que irnos de aquí Eyvindur. Ponte ropa que te permita cabalgar, ordena al montero que te aliste un caballo, ¿me oíste? Un caballo, no uno de esos palanquines en los que te meten como si fueras una muñeca en una vitrina para que todos contemplen lo lindo que estás. Manda al cuerno a la guardia y sobre todo a Elemmíre que parece que le gruñe a todos cuantos se te acercan, y nos vamos nosotros dos a dar una vuelta. Enséñame el reino, pero enséñamelo de verdad. Y por las nornas, deja de probar la comida como si te diera asco que sé bien que te chuparías los dedos si el protocolo te dejara hacerlo". Todo eso pensó pero no se lo dijo.
Porque Eyvindur no estaba atrapado. El protocolo era la segunda piel del rey. Seguramente así como comía y gesticulaba conforme al protocolo; quizás igual dormía y amaba conforme al protocolo. Nunca hacía cosas contrarias a… excepto por Hagen. Era un rey perfecto, un hombre de mármol que jamás hacía nada indebido. Excepto tener un amante, un hombre, un norn, un salvaje a ojos de muchos; y además convivía con él a la vista de todos.
"Me estás mirando fijamente" le dijo Eyvindur.
"No me di cuenta, ¿te molesta?"
"No, en absoluto" seguro estaba acostumbrado a eso. "Tan sólo es impropio de ti".
Svadilfari dejó de lado lo que hacía. No podía pintar ni la chispa en los ojos de Eyvindur ni su sonrisa. Le preguntaría a Vanima si tenía algún consejo al respecto, a ella se le daban muy bien los retratos. A Svadilfari se le daban mejor los paisajes y claro los bocetos de estructuras. Inclusive cuando había retratado a Loki siempre lo dibujaba de perfil y a menudo con la cascada de cabello negro que Svadilfari había admirado tanto; pero la mirada de su pequeño jötun siempre lo eludía. Hasta en papel lo había eludido.
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Hjörtur hijo de Audün, Rey consorte de Nornheim, general de los valientes caballeros vanir a su hermano Hrafn.
Hermano, ¿qué te parecen mis títulos reales? Me gustaría decir que además de halagüeños son prácticos pero resulta que carezco de un secretario y ponerlos en cada misiva que mando es tedioso. Por tratarse de ti hice una excepción y los escribí con gusto. ¿Cómo está Finduilas? Te agradezco prolongar su cortejo para darme tiempo a acudir a tu boda. No querría perdérmela por nada.
Estamos bien aquí en Nornheim. Después de haber pasado por la guerra contra los muspell creo que se me han templado los nervios. Karnilla está cada día más guapa o quizás es que cada vez que la veo me parece que está usando menos ropa. Perdona que te mencione que mi esposa tiene unas curvas en las que cada noche me pierdo; sobre todo porque sé que ahora mismo te tiene en casta espera una virginal elfa.
Cómo te decía hace bastante calor y Karnilla ha dejado los atuendos ceremoniales y los vestidos aesir con los que arribó; ha abrazado la forma de vestir de su pueblo, me la encuentro con faldas holgadas que muestran sus pantorrillas; y entonces ruego por un poco de viento que se las levante… quizás la ropa de Karnilla no es lo único que se ha amoldado a las costumbres norn.
A mis vanir y a mí nos tratan bien, quizás demasiado bien. He tenido que ponerme severo con nuestros jinetes. Verás, hemos avanzado en la ruta más directa contra la capital, nos vamos apropiando de las ciudades más grandes para cortarle a Oxater posibles fuentes de apoyo y de suministros. Así que nos aproximamos a las ciudades, todas están amuralladas hasta las más pequeñas; los asediamos y los rendimos ya sea mediante la fuerza o mediante la diplomacia. Así que nuestro avance ha sido con muchas paradas. Y en cada una de ellas hay banquetes, francachelas y… No sé bien como contarte esto, pero… ¿recuerdas las historias que a veces nos narraban acerca de que los norn gustan de las orgías? Pues son ciertas. Es frecuente que una cena se convierta en fiesta y de ahí que degenere en copular. Ahora, eso no quiere decir que cada cual agarre a quien se le antoje para rodar bajo mesas o sobre los lechos en los que cenamos. Usualmente cada cual busca a su pareja para encamarse. Aunque aquellos que están solteros pueden darse el lujo de escoger y resulta que las jóvenes norn encuentran muy guapos a nuestros jinetes, que además se presentan en cada fiesta ataviados con uniformes de combate para pavonearse en grande. Idiotas. ¿Entiendes ahora por qué tuve que reforzar la disciplina? Celtigar repartió latigazos a dos jinetes de nuestras tropas a raíz de una disputa que a su vez tuvo como raíz el amor de una doncella. ¿Recuerdas que nos contaban que los norn eran capaces de matar por amor? Quizás te sea extraño pero empiezo a entenderlos.
Hagen me llama hermano aunque a mí me cuesta llamarle de la misma manera. Parece que ha olvidado lo que es una camisa pues va casi todo el tiempo con el torso desnudo, anda sin afeitarse y se la vive algo alcoholizado. No es que se haya tirado al vicio sino que por ser quien es, o sea el dragón negro y hermano de la reina, muchos líderes de clanes lo invitan a comer y eso conlleva ríos de alcohol. Suelo acompañarlo y creo que estos días he vigilado más su honor que el de mi esposa. Anteayer mientras cenábamos estaba presente Prhaates, el líder de los escorpiones de Mariehamn, un clan que inclusive los otros norn tildan de salvajes. Pues bien trajo consigo a sus numerosas hijas y cada una de ellas nos coqueteó. Una de ellas fungía como copera y desempeñaba tal labor con el pecho sólo cubierto por un sencillo plepo casi transparente. Sé que te lo estás preguntando así que te lo cuento, tenía los senos firmes y levantados como peras; y los pezones negros y grandes como dos monedas. Estoy seguro de que sus senos rozaban a Hagen cada vez que le servía. Al final de la cena Phraates fue al punto y nos preguntó a Hagen y a mí si no se nos antojaba alguna de sus hijas. Dije "no" tan rápido que Hagen se rió de lo lindo. Aunque él no fue mejor que yo. Ésta fue su respuesta:
"Poderoso Phraates, seguro te haz enterado que me ha sido concedido el amor de mi rey elfo, me temo que luego de conocerle a él me veo incapaz de hacerle los honores a doncella alguna a menos que sea más hermosa que él y para tu desgracia ninguna de tus hijas lo es".
Phraates no se ofendió, a veces creo que es imposible ofender a un norn.
"Esta es virgen" señaló a una que tenía un algo… ciertamente no un aire recatado. Iba más vestida que las otras, no recuerdo como se llamaba pero tenía el pelo tan negro que era casi azul. Miró a Hagen como si lo estuviera evaluando como posible pareja de cama.
"Si seré infiel a mi adoración no escogería una virgen; preferiría una dama de tetas enormes y además pediría que sea una zorra ganosa entre las sábanas" bromeó Hagen, o eso espero. Y Phraates finalmente se rindió. Se carcajeó tanto que pensé que se caía del lecho donde cenaba.
"Igual tengo una así" nos dijo pero no la señaló.
Mis resacas han mejorado mucho. Ya estoy empezando a cogerle gusto al vino norn puro y además mi amada esposa me auxilia con brebajes que me prepara personalmente. Los norn son prácticos y poco decorosos pero hasta ellos ven como un gran honor que la reina te dé de beber personalmente algo preparado por ella misma. Karnilla es dulce conmigo, es asombrosa hermano. Es dura pero sabia; valiente pero no temeraria, y es bellísima, está morena de tanto sol que nos hemos dado y se le han marcado unas pecas en la espalda que me encanta contar. Creo sin temor a errar y a riesgo de que te burles de mí, que la amo.
Dejando de lado mi embeleso por mi esposa, la guerra marcha bien. A mi bella Karnilla le falta carisma pero a Hagen le sobra; y a él le faltan sesos pero a mi esposa le sobran. Se complementan bien. Me toman mi parecer y al general Bran también, pero hay que ser francos muchos no pelean en nuestra contra por no vérselas con el dragón negro, otros por no vérselas con Odín quien respalda a mi Karnilla y otros no pelean con nosotros porque cada vez somos más y estamos bien armados.
Mañana lucharemos. Los norn no son como los pensé en cuestiones de guerra. Se informan donde han de verse para luchar casi como si agendaran una cita para matarse. Escogen el terreno para no dañar sus ciudades ni sus cultivos y es frecuente que cuando todo termina se retiren civilizadamente cada cual llevándose sus muertos. En algunas batallas tienen un juez que determina quien venció con base en el desempeño de una jornada. Así las cosas, que no te sorprenda esta interesante costumbre, la llaman: la vociferación del campeón. Y consiste en iniciar el combate presentando a un guerrero el cual maldice al clan rival. Karnilla y Hagen suelen hacerlo.
Creo que quizás no me entiendas, déjame ponerte un ejemplo. Karnilla se planta ataviada con armadura ligera y espada; y entonces recita su nombre y títulos y luego se pone a amedrentar al líder de nuestros rivales diciéndole algo como que: es un descastado cobarde, acechador de los débiles, impotente y deforme, al cual le cortara las pelotas para hacerse un collar con ellas. Y Hagen puede que diga algo como que: le partirá las piernas, le romperá la mandíbula, lo quemará vivo y luego se meará en su cadáver.
Y bueno, lo que nos han dicho… Mi esposa es tan guapa que las amenazas en su contra suelen incluir una buena dotación de "voy a follarte hasta por la nariz maldita guarra" y cosas de esa índole. La gente está obligada a cumplir sus amenazas si captura al campeón del bando opuesto y así Karnilla ha tenido que lucir un collar… no de gónadas pero sí de orejas. Hagen ha desmembrado vivo a un rival pues tal fue su palabra, el hombre se desmayó luego de perder los dos brazos lo cual fue lo mejor sin duda, pasó al más allá sin saber más del dolor.
Mañana yo seré el vociferador, así que mientras te escribo estoy tratando de recordar algunas de las amenazas de nuestra madre.
Me llaman para la cena. Hoy no habrá vino fuerte ni comida pesada pues mañana hemos de luchar. Tampoco conoceré la piel cual melocotón de mi esposa esta noche pues debemos reservar energías para lo que nos ocupa.
Te quiero hermano, te echo en falta, todo esto sería aún mejor contigo a mi lado. Pero cada cual debe hacer su propio camino. Saludos a madre.
Cuídate.
Por cierto, Hagen está cantando una insufrible canción acerca de un licor tan bueno que el hombre de la luna ha bajado a probarlo. Canta demasiado y también me cuenta cada anécdota sobre Eyvindur que sí nuestro viejo amigo supiera que me he enterado de ello ordenaría que me asesinasen por saber demasiado.
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Hagen estaba tumbado sobre el regazo de Karnilla. Estaban hablando, no de la guerra sino de viejos tiempos. Hablaban de Asgard y de Svartálfheim; un poco de Gerenot y de Kaarina, los padres que ambos conocieron. Karnilla estaba jugando con el cabello de Hagen, enredándolo entre sus dedos.
-Los escorpiones armados de Mariehamn fueron una gran adición –le dijo Karnilla felicitándolo. –Y te haz ganado la confianza de los ánsares de Reikiavik.
-En la que confían es en ti, no en mí. –Repuso Hagen pero los dos sabían que los clanes que se les habían unido se acercaron en un inicio por ver al príncipe destronado, al heredero negado de Gerenot y así. La sombra de Odín pesaba demasiado sobre Karnilla. –Adivina –dijo él acaparando la conversación. Hagen se veía feliz y algo disperso y Karnilla supo por donde debía ir la cosa.
-¿Eyvindur? –Tanteó ella y Hagen asintió.
-Pasó algo cuando nos vimos, he decidido contártelo.
-¿Se mostró desnudo ante ti? Porque si es eso mejor ve a contarle a Hjörtur.
-¿Quieres que hable con él de la asombrosa desnudez de Eyvindur?
-Es que me gusta la cara que pone cuando está descolocado –dijo Karnilla con una risita.
-No, no quiso desnudarse –pero igual seguía sonriendo. –Ya sabes que carece de privacidad y le sobra timidez. No, lo que iba a decirte sobre él es que Hela le otorgó un don.
-¿La diosa? –Karnilla le soltó el cabello a Hagen. Su hermano fue breve.
-Eyvindur le dio tiempo y la diosa lo hizo foreldrar. –Karnilla frunció el ceño.
-¿Por qué la diosa necesita tiempo? Siempre fue dicho que es inmortal. –Hagen no quería hablar de Hela sino de su amor pero le dio gusto a Karnilla desgranando los detalles que recordaba.
-No lo sé bien a bien. Eyvindur mencionó algo de que su verdadera forma es una quimera entre la vejez y la muerte. Si quería tiempo es que debe estársele acabando.
-La diosa es mortal –los pensamientos de Karnilla volaban lejos. No reveló lo que estaba cavilando pues ella misma no podía ver la relevancia de lo que ahora sabían. –Y le dio este don a Eyvindur y ya te viste siendo padre de un infante de orejitas puntiagudas.
-Exacto –dijo Hagen. –Ya quiero matar a Oxater y acabar con todo esto.
-Una vez dijiste que la ventaja de follar con hombres era que no tenías que preocuparte de un posible embarazo.
-Lo dije, sí. Uno se cansa de vivir retacado de pociones que frenen a mis muchachos. –Ella estaba pensando en algo, algo remoto. Hagen casi nunca hablaba de sí mismo pero igual poseía sus secretos, los cuáles vivían entre sombras por el hecho de que él los pensaba superados. –Por supuesto, me ayudarás a cuidar de él, es tan negligente consigo mismo.
-No sé si esta magia es conveniente para él.
-¿Por?
-Un foreldrar es una caja de droma. Un contenedor. No tienen instintos maternales y además ejecutar esa magia les conlleva un precio muy alto.
-Sé muy bien sobre el asunto de no tener instinto de madre. Vi a Loki en Hel, a punto de venderle su hijo a la diosa. Igual sé que pueden llegar a morir. Pero para eso estás tú.
-Eyvindur no es Loki –dijo ella, pero estaba pensando en voz alta. –No sé si tenga lo necesario para sobrevivir un lance así. Por lo que observé en Loki, la sobrevivencia de Loki es más una cuestión de estado mental, que de seidh o fortaleza. Odiaría que ambos se pusieran en ese camino y que al final del mismo sólo haya dolor esperándoles. No puedo imaginarte perdiéndolo.
-Pues no lo hagas –dijo él pero se sentó apartándose de su regazo.
-¿Recuerdas lo que pasó con Gerolf?- Hagen la miró.
-¿Y? ¿Eso qué tiene que ver con Eyvindur? –Replicó sin entender. Karnilla le buscó algo en su mirada que indicara que el recuerdo le dolía pero no lo había, de verdad Hagen parecía haberlo superado.
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Hjörtur, rey consorte de Nornheim, a su hermano Hrafn rey de Vanaheim.
Prescindí de todos mis títulos menos del importante; y esta vez no me he olvidado de que no eres un hijo de vecino llamado simplemente Hrafn, así no tendrás motivo de quejarte de nuevo.
Mi desempeño como campeón vociferador no fue el más tradicional. ¿Recuerdas que madre solía amenazarnos con enderezarnos a base de cucharazos? Pues estos norn no se lo toman en serio.
Hagen corrigió mi amenaza diciéndoles que lo que trataba de decir era que les sacaría los ojos con una cuchara y que además me los iba a comer. Como te conté antes, un campeón vociferador está obligado a cumplir sus amenazas, a buscar durante la batalla al campeón del otro bando y capturarlo para hacer reales los horrores prometidos. Encontré a mi rival. Sin embargo, eludí tener que comer sopa de ojos servida en su cara. Lo maté. Fue necesario, no sólo por el hecho de que yo no quería cumplir las amenazas que Hagen hizo el favor de emputecer sino porque era enorme y había prometido cortarme los pies y hacerme andar a través de una hoguera.
Quizás ya sepas esto porque sé que madre tiene comprada a la mitad de mi caballería como sus espías, el caso es que me abrió la cara con su arma, por ahora no somos gemelos tú y yo. Mi hermosa esposa me ha curado y los norn de nuestro ejército e inclusive mis vanir e inclusive esas malas bestias que son Celtigar y Hagen, se mostraron impresionados de mi habilidad en combate. Karnilla me condecoró siendo especialmente cariñosa a solas. Sin duda es norn pues me percaté de que la cicatriz de batalla la excitaba. Ya me preparó un ungüento que me borrará la herida y aunque tengo la cara anestesiada no me quejo para nada. ¿Qué tal la corte? Ciertamente no era una aventura en tierras exóticas. Y antes de que me escribas preguntándome, sí, si te estoy presumiendo.
Finalmente estamos a dos días de marcha de Sjakkmatt, la capital. Ahí fue donde mataron a Halvard, el castellano aesir, ahí es dónde está Oxater. Habrá reunión para parlamentar un posible tratado de paz.
Por cierto, la chica de la que antes te hablé, la hija virgen de Phraates, se llama Nubola. No lo recordaba porque el nombre me suena a doncella gorda y ella es delgada. Se ha hecho amiga de Hagen lo cual no es de sorprender dado que esencialmente la mitad de las damas que siguen al ejército están en una cruzada por seducirlo. El caso es que Nubola lo trata de lo peor y él parece halagado por ello. Mi linda Karnilla ha empezado a hacerle bromas a Hagen respecto a tener hijos. Le dice que nacerán como lagartijas y que Hagen será de esos padres que fueron unos cabrones pero que al tener una hija exigen que vaya vestida como elfa. Me hace dudar de que Nubola o cualquier otra esté embarazada. ¿Crees que sea así? Y si fuera, ¿debería decirle a Eyvindur?
Te quiero.
Bendiciones para madre, o madre por favor dale bendiciones de mi parte a Hrafn, ya no sé quién lee mis cartas primero.
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La capital era muy amplia. Estaba subdividida en barrios y cada uno estaba poblado por al menos unas veinte mil personas. Estaba muy viva, respiraba, gritaba, vendía, se vendía, alborotaba y palpitaba. Por consejo de Bran, Karnilla no hizo entrar al ejército. Acantonaron más allá de las murallas pero igual, los soldados norn, los vanir de Celtigar y los ases de Bran entraban y salían a sus anchas por las puertas que daban acceso a la ciudad.
Rondeslottet, el gran castillo había sido arrasado y Karnilla quiso ir a mirar el sitio donde estuvo y a ofrendar oraciones a la memoria de su abuela, de Gerenot y de otros parientes fallecidos. Hagen no estaba nada interesado en tal cosa así que la dejó a su aire. Él se alistó para partir por su cuenta.
Se había alejado apenas unos metros cuando Hjörtur le dio alcance. Su cuñado casi siempre iba a caballo pero esta vez se le acercó a pie. Hagen sonrió pues entendió al punto que iba a acompañarlo. Solía seguirlo en sus correrías y de hecho empezaba a vestir y hablar como Hagen. A veces el dragón negro estaba a punto de consentirle el cabello como si fuese su leal pupilo. Hjörtur desentonaba con su complexión delgada y sus modales vanir, con los cuales era todo "por favor, si a usted le place, estoy muy agradecido"; pero debajo de todo eso era capaz de cortar cogotes y no se asustaba ante la sangre. No estaba tan mal.
Entraron por la poterna que daba hacia su campamento sólo ellos dos. Aquí no había los habituales "su alteza" de la corte élfica a los que Hagen estaba habituado. Nadie nunca hincaba rodilla ante Karnilla aunque la reverenciaban; y a Hagen y a Hjörtur los saludaban con cortesía y calidez pero no les daban ni títulos ni pleitesía.
-¿A dónde vamos? –Inquirió Hjörtur obviando el hecho de que no había sido invitado.
-Quiero ver la ciudad, hace más de cinco años que no estoy en ella. –Respondió Hagen.
El día estaba caluroso a pesar de que el otoño ya estaba bien entrado. Hagen llevaba puestos pantalones holgados de algodón y una clámide que le rodeaba el cuello y los hombros. Hjörtur iba vestido similar, salvo porque aún llevaba una camisa vanir de cuello alto y mangas ajustadas, ya acusaba sendas manchas de sudor en varias partes. Su cuñado echó mano del pellejo relleno de vino y luego de beber se lo tendió a Hagen el cual no se lo despreció. Era vino norn diluido, Hjörtur iba mejorando, al menos ya había abandonado la dulce hidromiel vanir que se avinagraba en ese clima con rapidez. Las doncellas iban y venían mostrando el ombligo, los hombros, los brazos, algunas las piernas de pantorrillas firmes. Los primeros días a Hagen se le iban los ojos ante tanta piel, como si fuese cualquier extranjero. Ya se había acostumbrado y a menudo se imaginaba a Eyvindur vistiendo de manera similar, con su bellísima piel blanca cual lienzo dispuesto y sus formas apetitosas. Los que decían que su elfo era la criatura más hermosa de los nueve eran idiotas, porque no sabían realmente de lo que hablaban, nunca lo habían visto en éxtasis, nunca lo habían visto llorar, carcajearse, amar. Quien diría que su amado guardaba tanta pasión, ojalá la dejase libre más seguido de lo que lo hacía.
Se fueron caminando entre vendedores con cestos de frutos secos sobre las cabezas, caballos que iban defecando por las calles de tierra y mercaderes que llevaban sus mercancías a lomos de animales o de los propios. Gran parte de Nornheim estaba cubierto de fina arena rojiza que acababa coloreando las casas y a veces hasta la gente.
Hagen quería comer en un sitio que le había gustado mucho cuando adolescente, se llamaba "El forcado". Había coaccionado a Adalster a embriagarse y luego a perder su virginidad en ese lugar, por cierto fue con una de las meseras que le duplicaba la edad. Hagen se había escondido en ese lugar de la furia de Giselher y una vez había llorado delante de la hija del dueño a propósito de secretos familiares de los que Hagen jamás hablaba ya con nadie. Llegaron hasta la plaza principal donde había una fuente de agua cristalina. Había un grupo de niños que chapoteaban encuerados dentro de ella. Sus madres estaban a poca distancia conversando entre ellas sin prestarles atención. Un tendero los amonestaba a grito pelado por contaminar el agua con sus sucios pies y otras partes.
Hagen escogió la calle del Forcado y echó a andar con Hjörtur a la saga, su cuñado iba callado mirando de aquí para allá como tomando nota mental de lo que veía. Hagen no pudo evitar enojarse consigo mismo cuando se percató de que se habían perdido. Había metido a Hjörtur a un callejón sin salida.
-¿Y luego? –Dijo su cuñado sin mofarse, parecía que Hjörtur no sabía bien como burlarse de alguien así como tampoco amenazaba nada bien. Aunque Karnilla decía que tenía habilidad para la poesía lo cual le había sacado una carcajada a Hagen y luego se atragantó con el hechizo de "aliento pimentado" de Karnilla. Uno de sus favoritos para usar ahora que estaba lejos de la vigilancia aesir, por lo menos físicamente, que bien que sabían los tres, Hjörtur, Karnilla y él, que Heimdall los observaba.
-La bolsa o la vida –dijo una voz tras ellos. Hagen y Hjörtur se vieron rodeados de una docena de bandidos, llevaban pesadas espadas de hojas toscas y melladas. Hagen supo que se partirían contra sus escamas nada más con echarles un vistazo.
-La vida –dijo Hagen sin inmutarse.
Hjörtur resopló y sacó su arma.
-Mira que bella espada aunque parece hecha para una mujercita –comentó uno de los ladrones.
-No opinará igual cuando lo rebane con ella –dijo Hjörtur y hasta Hagen se rió. –No saben quiénes somos –le cuchicheó a Hagen.
-Y aunque supieran igual no les importaría. –Repuso Hagen. –Le robarían a Karnilla hasta los zapatos si se les deja. –Le explicó.
-Ah –dijo Hjörtur. Fue lo último que dijo. Ni siquiera hicieron sudar a Hagen, estaban en muy mala forma. Hagen le dio una lección a su cuñado, que no entendía este asunto norn de tomar botín de los vencidos. Los elfos llamaban a eso "rapiñar" y Hjörtur lo calificó como "robar". -¿Pero entonces en qué somos mejores que ellos? –Se quejó Hjörtur mientras lo ayudaba a vaciar los bolsillos de los ladrones después de que los hubieran apaleado. Además Hagen le enseñó que si no iba a matarlos como debían al menos había que romperles algunos huesos para que estuvieran lejos de las calles un tiempo y también para que no los siguieran.
-¿Cómo que en qué somos mejores? –Hagen se dio en la frente con una mano y se dejó una marca de sangre ajena. –Pues en las armas, en la lucha, en lo que es importante. Mira ese tiene una pipa lacada, seguro es robada, pásamela.
Hagen juraría que Hjörtur se disculpó con los ladrones cuando ya se iban y que nos les había quitado todo su dinero, claro, seguro se creía que había que dejarles con que pagarse la curación necesaria.
Hagen tuvo que pedir señales, la gente no se inmutaba de qué mostrara signos de haberse peleado. Finalmente consiguieron llegar a la calle del Forcado. Pero el Forcado no estaba ahí.
La calle estaba en ruinas. Hubo una vez un campanario en los alrededores. Hagen halló las vigas que lo sostuvieron y un algo de pared. Se encaramó en él para mirar desde un punto alto y Hjörtur lo siguió. Miró alrededor. La imagen mental de Vilwarin se sobrepuso sobre la de la capital Norn. Vilwarin había sido tan bella, con sus árboles, las flores doradas y plateadas y sus casas blancas; pero no existía más. Sjakkmatt nunca fue lo que se podría decir ordenada, simétrica y un agasajo a la vista; pero en sus términos de exotismo y vitalidad igual había conquistado el corazón de Hagen. Ahora había calles trazadas caóticamente y largos parches de bloques de casas enteros quemados. Eran los que habían sido arrasados en la guerra de los cuatro reinos. Nadie se había tomado la molestia de reconstruirlos o por lo menos de terminar de derrumbarlos para permitir que el tiempo fuese curando las heridas. Parecía que Odín hubiese abandonado Nornheim la semana pasada, no hacía ya más de tres años.
Después de ver eso le pareció que la ciudad estaba enferma, la miró sin la venda de los recuerdos y la encontró plagada de basura, de podredumbre y de pobreza. No le extrañó que hubieran intentado robarles y empezó a considerar que Hjörtur había obrado como un buen hombre.
Se alejaron de ahí. Hagen renunció a orientarse y mejor dejó que Hjörtur preguntase aquí y allá, que curioseara a su antojo de extranjero. Hagen lo siguió a él y no al revés. Llegaron al distrito de los joyeros y los textiles. Ya se habían repuesto del mal trago, no del robo, sino de la desolación de grandes franjas de la ciudad.
Hjörtur quería comprarle un regalo a Finduilas, su futura cuñada. Les indicaron una tienda que se especializaba en ropa, joyas y otros aditamentos para una futura novia. Se trataba de un edificio de dos pisos, rojo, como todos, con adornos de flores frescas en torno a la puerta. Cuando entraron había un puñado de clientes y todos eran mujeres.
-Dirán que tú eres mi novia –puyó Hagen. –Mi linda avecita vanir con su delicada ropa y su cara de niño. Aunque con la cicatriz que recientemente se había ganado ya no parecía tan niño.
-Pues que digan –repuso Hjörtur sin sobresaltarse siquiera. Estaba aprendiendo bien. Tenía buena maestra. Hagen lo dejó estar y se pusieron a mirar. Hagen conocía a Finduilas, demasiado bien, pero no diría nada que pudiese arrojar sombras sobre su honor. Así que no le ayudó a Hjörtur a escoger. El vanir tenía encanto pues logró atraer para sí a dos encargadas que lo asistieron en seleccionar algunas joyas. Toda la ropa exhibida era demasiado descocada para una elfa.
Hagen se sentó un butacón. Paseó sus ojos en derredor mientras Hjörtur se comportaba tan varonilmente. Halló una doncella que le guiñó un ojo, le hizo una señal de acercársele.
-¿Tendrás algo de beber?
-Las cervezas son para los clientes, ¿comprarás algo? -Hagen le señaló a Hjörtur que estaba haciendo la compra como para diez clientes; la doncella le repitió la pregunta.
-Sí, compraré algo. –Pero no dijo qué. Ella puso cara de dudarlo pero le llevó una cerveza.
-Es aesir –le dijo al ver que Hagen se relamía de gusto. Se limpió las gotas adheridas a su barba con el dorso de la mano y le agradeció galantemente. Que algo de Hjörtur igual se te pegaba de tanto oírlo siendo cortés. Unos tarros de colores captaron la atención de Hagen. Sacó su trasero del butacón para revisarlos. Se trataba de una pintura que los norn, hombres y mujeres, usaban para decorarse el cuerpo. Lo usaban los guerreros cuando entraban en combate singular, pero también lo usaban los enamorados cuando guerreaban entre las sábanas. Se preguntó si Eyvindur se animaría a probar. –¿Estás casado?
-Casi –respondió Hagen. –Nos falta oficializar la ceremonia.
-Tenemos algo para que la noche de bodas sea inolvidable –le aseguró ella y lo acercó a una estantería donde había una serie de objetos que sonrojarían a cualquier elfo. Había falos de obsidiana y de otros materiales, esferas de ámbar de eróticos propósitos, pinzas y argollas; látigos y pollas de tamaños absurdos.
-Mi amado es recatado –repuso Hagen. La joven se rió burlona y luego le echó una mirada a Hjörtur.
-Se ve complaciente –dijo. –Y flexible.
-No es él –replicó Hagen pero ella no le creyó.
Le llevó a Hagen una caja de algo que aseguró que a los dos les gustaría. Cuando la abrió Hagen esperaba ver algo particularmente obsceno pero en cambio se halló mirando tiras de tela de color violeta.
-¿Qué es esto? –Inquirió tomando una. Era del largo de un hombre y del ancho de su torso, bastante suave al tacto y resbalaba entre sus dedos.
-Es una banda de seda y algodón. Sirven para amarrar a tu amante. No le dejarán marcas a menos que aprietes demasiado, estará cómodo y accesible.
Se imaginó a Eyvindur atado en su cama, exhibiendo su bello cuerpo inmovilizado. Le encantó la idea.
-Lo llevaré.
-Tenemos aceites que harán la faena fácil para ti y placentera para él.
-Igual los llevaré.
Ella sonrió encantada y se puso a embalarlo todo. Hagen seguía junto al estante de falos artificiales. Vio uno algo corto que tenía un extremo redondeado y el otro plano y más ancho como un botón. Era de un blanco aséptico y por su forma servía para una sola cosa. Igual se lo llevó.
-¿Escoges algo también? –Preguntó Hjörtur pero cuando notó de que iba Hagen mejor retrocedió y se hizo el que no había visto nada.
Salieron de ahí con sendos paquetes. Hagen se había llevado también pintura corporal, aceite de masaje y una fragancia. Un perfume más costoso que las gemas que Hjörtur llevaba. Se quedaría todo pues quería entregárselo en persona a Eyvindur pero la fragancia la enviaría de inmediato a Svartálfheim.
-¿Qué es eso? –Inquirió al notar que Hjörtur llevaba un paquete más grande que el suyo. -¿Es todo para Finduilas?
-No, compré algo para Karnilla también. –Hagen enarcó una ceja.
-Esa de la que habla es mi hermana, sabandija calenturienta.
-Y mi esposa. Y esto es ropa por eso abulta. Lo más lascivo en esa tienda venía en empaques pequeños –protestó Hjörtur.
Hagen soltó una de sus carcajadas caninas. Volvieron al campamento sin desviarse para nada más. Tenían una cena pendiente con los enviados de Oxater.
-¿Sabes Hjörtur? Solemos decir que los hombres de verdad sólo nacen en Nornheim, pero no estás tan mal. –Le dijo Hagen. –Ya vas enmendándote, de principio hiciste lo mejor que se puede hacer para corregir el detalle de haber nacido fuera, y eso es desposarte con una norn.
Hjörtur sacó pecho lleno de orgullo.
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Eyvindur abrió la carta de Hagen tratando de no romper el lacre en su impaciencia. Había un paquete pequeño acompañando la misiva, Eyvindur lo había abierto primero. Encontró una botellita con un líquido transparente en el interior.
Se puso a leer la carta en voz alta.
"Mi buen amor. Anoche hubo cielo despejado. Cuando contemplé las estrellas me acordé de ti. Siempre me he mofado de los poetas y sus empalagosas maneras de decir cosas que no me creo que sientan de verdad. Pero lo cierto es que la luz de las estrellas me obligó a evocarte, porque sin importar lo mucho que las elogie y que anhele su belleza, no puedo alcanzarlas. Pensé en lo que me dijiste acerca de que no logras dormir bien. Pues encontré en una tienda esta fragancia; se trata de una poción que produce sueños tranquilos y felices. Sólo debes esparcir unas pocas gotas en tu cama y alejará las pesadillas. Descansa, come bien y cuídate, deseo que te encuentres con bienestar, sobre todo si pronto someteremos a tu cuerpo a la tarea de sustentar un bebé. Si necesitas de mí, de cualquier manera que se te ocurra y no sólo ante un peligro latente, no dudes en hacérmelo saber. Yo tengo un deber filial para con Karnilla, pero soy tuyo primero, así que no dudes en que correría a tu lado con una sola palabra."
Aquellas palabras y el obsequio lo hicieron sonreír sosegadamente. Amarië le preparaba la cama, así que le instruiría que esparciera algunas gotas de ese perfume. Eyvindur destapó la botella y aspiró la fragancia que emanaba de ella. Tenía aroma a lavanda mezclado con algún aceite que no pudo distinguir, olía dulce y calmante. Se sonrojaba cada vez que pensaba en el asunto de darle un hijo a Hagen. A veces, a pesar de todo lo que ya habían hecho, Hagen lo hacía sentir puro.
Su amado igual había mandado obsequios para Eyriander y Lord Aldor. Dulces con un toque picante para su madre y licor añejado de cien años para su maestro. Eyvindur ya había degustado ambos. Los dos se mostraron complacidos e inquirieron detalles respecto al retorno de Hagen. Eyvindur no supo decirles bien a bien cuando estaría entre ellos.
"Si acudiera a visitarte pronto…" había empezado a decir su madre pero luego se turbó y no fue capaz de seguir.
"No vendrá" replicó Eyvindur para darle a entender que no había de qué preocuparse. Comprendió lo que ella quería decir. A Eyvindur no le mortificaba eso. Hagen había sabido cuidar de sus amantes para no fecundarlas inoportunamente. Seguramente sabría hacer lo mismo por él. No era el momento aún.
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-¿Quiénes acudirán hoy? –Inquirió Hjörtur mientras Karnilla se alistaba. Nubola fungía como su doncella. Este concepto de "damas de la corte" era ajeno a los norn pero Karnilla ya se había hecho con un pequeño séquito de jovencitas y sus padres se habían mostrado complacidos. Antes le hubiera sido imposible tener algo así con Hagen a su lado, pues más que atenderla a ella hubiera sido como poner un zángano entre abejas.
Nubola le estaba dibujando los símbolos de su realeza sobre los hombros y parte de la espalda a Karnilla, mientras que Aro, una bruja de muchas que andaban por el reino le iba trenzando el cabello. La reina estaba vestida con tan sólo una falda y un corpiño.
-Acudirá Merak, el líder de las serpientes negras de Rovaniemi.
-Bastardo –dijo Nubola automáticamente. Los escorpiones armados de Mariehamn y las serpientes negras de Rovaniemi eran viejos rivales.
-También vendrá Artabazo de los zorros de Vantaa. Es un anciano emparentado con mi abuela Kaarina. El último sobreviviente de su generación. Dicen que ya no puede ver pero es respetado por sabio. Lo acompañará su nieto Agneir, un adolescente que seguramente le sirve de bastón. Traen escolta por si hay pelea.
-Pero les garantizaste salvoconducto –dijo Hjörtur.
-No somos nobles guerreros mi cielo, la traición igual nos corre por las venas. Si yo fuera invitada a cenar por Oxater igual me llevaría a mi guardia.
-¿Y Oxater? ¿Se atreverá a darte la cara?
-No –repuso ella sin mostrarse ofendida. –En realidad no vienen a pactar nada con nosotros.
-Vienen a husmearnos –dijo Hjörtur que estaba habituado a esa táctica. Su madre la empleaba a cada oportunidad.
Cuando Nubola terminó, Karnilla se ciñó una clámide bordada en oro y algunos brazaletes en los tobillos y las muñecas, lucía largos pendientes de ámbar. No usaba corona, no por falta de tradición sino porque no tenía una. La que fue de Gerenot fue requisada por los aesir cuando vencieron en la guerra, y obviamente no le fue devuelta sólo por el hecho de que Odín la apoyara. Ya se mandaría a hacer una más adelante. Hagen entró en sus aposentos, como estaban en pleno campamento tan sólo la separaba del exterior una cortina y varios hechizos, por supuesto.
-Estoy harto de esta ciudad que parece hecha una mierda. –Le dijo yendo a sentarse junto a ella. Aro le escanció una copa de vino haciéndola surgir de la nada.
-¿Saliste de paseo? –respondió Karnilla. Hagen asintió, seguro que habían tratado de robarle de nuevo. Su hermano parecía que había alcanzado el límite respecto al número de intentos de atraco que consideraba divertidos. –Tardaste en notar el deterioro de Sjakkmatt, medio reino se encuentra así. Los ricos huyeron a otros reinos debido al caos, los pobres se quedaron.
-Te espera un largo trabajo, a Hjörtur y a ti. –Karnilla no replicó nada, sabía bien que Hagen añorada volver a Svartálfheim. Nornheim no tenía sino malas memorias para él y aún la hermosa Nubola no bastaba para apartarle la mente de Eyvindur. A Karnilla le hubiera gustado quedárselo y traer a Héroïque pero sus hermanos se habían hecho uno svartá y la otra aesir.
Se levantó y Hjörtur fue a su lado. Ni como negar que lo quería y bastante.
Odín le había mandado un administrador: Ari. Karnilla lo conocía de sobra. Desde su llegada los subsidios para su ejército y las provisiones les eran entregados con regularidad, puntualidad y en buen estado. Karnilla lo había dejado atrás, en Valacirca, la ciudad que Karnilla había elegido como su bastión principal. Junto con Ari había una guardia de ases que incluía a su viejo amigo Ertan; y también les había encomendado cuidar de su viejo preceptor Stánic. Éste último quería viajar con ella para aconsejarla y no es que ella despreciara su sabiduría, pero a su edad Stánic no estaba para presentarse en el campamento bélico.
-Esposo mío, ¿me acercas mi cabujón de cuarzo? –Karnilla aludía a una piedra preciosa que estaba embrujada para protegerla del mal de ojo, maldiciones y algunos venenos. Siempre la usaba cuando salía, Hjörtur lucía una igual. Su esposo no sólo se la pasó sino que se la puso personalmente. Aro se inclinó sobre su reina para pronunciar algunos hechizos adicionales.
Había muchas brujas en Nornheim pero las poderosas, del calibre de Karnilla, no eran precisamente abundantes. Oxater tenía una cofradía de cinco generaciones, desde la bisabuela hasta la nieta. Karnilla se bastaba a sí misma y ahora contaba con Aro quien era muy callada y mayor que ella.
Todos estaban listos para el banquete.
Se dispusieron varios lechos para la reunión pues los norn tenían la costumbre de comer recostados. Había vino en abundancia, caldos especiados calientes y picantes con carnes de cordero y res, tan grasosos que la cuchara solía quedarse pegada al fondo del caso, acompañado de lefse como se le conocía al pan. Y de postre había hormigas bañadas en miel. Y como muestra de buena voluntad nadie llevaría armas. Aunque eran perfectamente capaces de matarse unos a los otros sólo con las manos.
Sus honorables invitados llegaron a la hora pactada justo a la puesta de sol. Karnilla mandó alzar un pabellón. Había siervos con abanicos para espantar las moscas, había bailarines, músicos y pajes que llevaban la comida de un lado a otro. Ari le había hecho llegar una buena dotación de cerveza aesir. Así como en Asgard se apreciaba el vino norn, en Nornheim se tenía en alta estima la cerveza del reino eterno.
A pesar de que estaban en bandos opuestos Karnilla y Artabazo se alegraron de verse. Dedicaron buena parte de la cena a contarse uno al otro anécdotas respecto a Kaarina. Artabazo conocía asimismo a Hanne y escuchó con atención lo que Hjörtur le refirió sobre su estado de salud y ocupaciones actuales. Artabazo llevaba consigo una escolta de cincuenta personas, todos fueron acomodados entre los allegados de la reina.
Mientras se servía la cena, Nubola y sus cinco hermanas amenizaron la reunión con una danza. Se movían de forma perfectamente sincronizada, ejecutando un baile de movimientos casi felinos que mostraba su flexibilidad y su agilidad en giros y saltos de aire dramático. Estaban vestidas con cuentas y abalorios que sonaban al compás de sus cuerpos. Agneir, el nieto de Artabazo tenía sus ojos negros fijos en ellas, era un adolescente de músculos marcados y cabello rizado, tenía una actitud hosca que denotaba que se sentía que estaba entre puros enemigos.
Nubola no despegaba la mirada de Hagen, como si él fuera su punto de referencia a cada giro y cada movimiento que hacía.
-Hagen –habló una dama de aspecto aristocrático engalanada con un largo collar de perlas y una tiara que indicaba su nobleza. El dragón negro se distrajo del baile pero sólo lo suficiente como para darle una ojeada. Estaba muy mal acostumbrado a que las damas norn le coquetearan y pensó que esta tenía intenciones de darle un avance amoroso. La dama había abandonado su lecho y se había sentado en el de Hagen. –Mi hermano me dijo que estarías en esta reunión, siendo como eres el perro de la reina. –El insulto lo hizo mirarla de nuevo. Le había hablado con la familiaridad de quien te conoce de antes pero por más que escudriñó su rostro, sus rasgos no le dijeron nada. -Soy Agneta –explicó ella sin molestarse. –Te olvidaste de mí.
-Agneta –con el nombre llegaron los recuerdos. Una prima lejana a quien Hagen se encamó cuando tendría la edad que ahora tenía Agneir. Y era de hecho precisamente hermana de éste último -Disculpa mi mala memoria, estás más bella que cuando nos conocimos.
-Ah, tus dulces palabras Hagen, ¿habrá alguien que aún te las crea? Dicen que el rey elfo así lo hace. Entiendo ahora porque no pude retenerte conmigo ni por amor ni por deber, no era tarea para una mujer el seducirte.
Hagen le sonrió sin ofenderse, notó que Agneir igual había dejado de mirar a las bailarinas y prestaba toda su atención a su breve intercambio. No se acordaba bien pero seguro que le había roto el corazón a Agneta, porque eso era lo que él hacía tiempo atrás.
-No, no era labor para una dama. –No se disculpó porque bueno para eso había que tener arrepentimiento. Agneta no parecía tener nada más que decir y se levantó dejándolo concentrarse en el final de la interpretación. Nubola se arqueó hacía atrás con gracia mientras sus hermanas se recostaban lánguidamente en torno suyo. Todos les aplaudieron y Nubola se puso de pie con movimientos delicados. Fue directo a él pues su lecho en el convite había sido ubicado junto a Hagen.
-¿Te ha gustado? –Le preguntó ella provocativamente.
-Estuviste estupenda –le respondió él y le hizo señas a un paje de servirles más cerveza.
-¿Y dónde está Oxater? –Preguntó alguien.
Artabazo dijo que su señor no se encontraba bien dispuesto. Hagen notó que no lo llamó "alteza" o similares delante de Karnilla. Y bueno Artabazo era más noble que el propio Oxater, podía llamarlo como le viniera en gana. Algo que en otros reinos sería un insulto bien puesto en Nornheim podía no significar nada.
-Quizás el cobarde llorón teme despeinar su lindo cabello –murmuró Nubola, para los oídos de Hagen y aledaños únicamente.
Oxater llevaba largo cabello negro trenzado.
-O quizás no tiene tiempo para perder con ustedes, lameculos de los ases –replicó Agneir. Nubola se enderezó al punto. Ella era para todos los efectos, menos en el título, una princesa y no podía tolerar que le hablasen así.
-Un hombre de verdad da la cara a sus enemigos.
-Eso ya lo estoy haciendo yo en su nombre. Si le place nombrar un delegado está en su derecho como rey que es.
Hagen se enderezó de su sitio para ponerle una mano en el brazo a Nubola, que parecía dispuesta a iniciar pleito.
-No olvides quién es él, no gastes palabras, si quieres discutir la conducta de Oxater dirige tu encono hacia Artabazo quien es después de todo quien nos importa aquí. –Le recordó.
Agneir se removió en su sitio airado.
-Estás hecho un cobarde Hagen. Atiende a los consejos de tu viejo –le dijo a Nubola y luego pidió más cerveza. Hagen lo dejó correr porque esencialmente no tenía el mínimo interés en un crío engreído.
Cuando la cena terminó llegó el momento de hablar de política. Karnilla se levantó junto con Artabazo y se dirigieron a un pabellón anexo. Junto con ellos fueron Hjörtur, el general Bran, el capitán Celtigar, Phraates que era líder del clan de los escorpiones armados y Merak, el líder de las serpientes negras; y por supuesto Hagen. Aro y Nubola se colaron sin que nadie se los impidiera. A Artabazo lo siguieron diez de sus delegados incluyendo sus nietos Agneir y Agneta. Todos ocuparon su lugar, no recostados en lechos sino que tomaron asiento en torno a una mesa dispuesta para parlamentar. Había un puñado de guardias norn que al tiempo que vigilaban igual escanciaban el vino. Karnilla ocupó su lugar con su esposo a su diestra y su hermano a la izquierda. Artabazo y sus nietos parecían un reflejo de ellos.
Hablaron de rendiciones. Cada cual pidió la del bando contrario, hubo las negativas correspondientes. Se habló entonces de sitiar la ciudad, de combates singulares; se especularon alianzas y Artabazo les recordó que el reino estaba arruinado; hizo un llamado a la paz pero Karnilla no iba a abdicar así como así.
Sólo Artabazo hablaba, los demás miembros de su séquito estaban en silencio.
-Mi lord –dijo Hagen con deferencia. -¿Por qué no terminamos con esto? Oxater sabe que no puede ganar, aferrarse desesperadamente al trono no es signo de sabiduría sino de ambición.
-Tiene sus derechos y gente que lo respalda, el hecho de que Odín haya educado a Karnilla y que ahora la respalde, sólo causa recelos –le respondió Artabazo.
-Ya, pero respóndeme con sinceridad y con libertad, como los hombres de verdad se entienden. ¿Crees que Oxater tiene la capacidad de levantar este reino? –El anciano titubeó y no respondió a la cuestión que se le planteaba. –Viviste el reinado de mi padre Gerenot, ya sabemos que lo tildaban de ser un descojonado y suave rey.
-Al que su esposa le ponía los cuernos –musitó Agneir como si nada. Hagen hizo como que no había oído eso.
-Pero trajo prosperidad al reino. Los elevó de simples pastores y nómadas, hasta conformarlos en una organización militar tan poderosa que se atrevió a desafiar al mismísimo Odín. ¿Crees de corazón que Oxater será un Gerenot?
-No –suspiró Artabazo. –Pero lo prefiero a él por encima de los invasores aesir enmascarados bajo la faz de Karnilla.
Hubo gritos airados en contra, réplicas y palabras de aliento. Karnilla se puso de pie y se hizo silencio.
-No estoy aquí como representante de Odín –dijo ella. Hagen miró de soslayó a Bran buscando sus reacciones. –Él me educó, ¿y por qué no habría de aprender del Padre de Todo? Es poderoso y sabio, es un buen rey aunque a aquellos que ha vencido no nos lo parezca. Me respalda pues mi aspiración al trono es legítima. Pero no pretendo permanecer como su vasalla.
-Niña –le habló Artabazo con sinceridad. –Quizás si Hagen fuera el rey… Él ha permanecido alejado de Odín pues buscó refugio entre los elfos.
-Entre las piernas de los elfos. –Murmuró alguien.
-No –dijo llanamente Hagen. –Yo no soy lo que necesitan. Confía en mí Artabazo, ella es la reina que deseas.
No se veía por donde podrían ponerse de acuerdo.
Finalmente Artabazo habló de una propuesta de parte de Oxater, una bastante seria; pero no era una de paz, sino de matrimonio. Oxater la encomiaba a repudiar a Hjörtur y unirse a él.
-Pero si se ha casado con Karianne, mi prima. –Replicó Karnilla. Tenía la mano de Hjörtur entre las suyas, así solían presentarse a las reuniones.
-Prima en cuarto grado mi niña. Nada que importe demasiado.
-Dicen que espera un hijo de Oxater.
-Eso es mentira. No hay hijos de por medio que obstaculicen su matrimonio. –Repuso Artabazo.
-Disculpe –dijo Hjörtur, -pero le pido que no siga; no puede venir a hablarle de matrimonio a mi amada esposa estando yo presente. Eso es traspasar un mucho los límites más simples de la cortesía.
Artabazo sonrió sin burla implícita. Seguramente ya se esperaba una negativa. Karnilla alargó la mano para que le rellenaran su copa.
-Puedes decirle eso a Oxater, su propuesta es insultante –concordó Karnilla antes de probar su vino. –Igual puedes decirle que…- La reina intentó seguir hablando pero en cambio de sus labios salió un jadeo ahogado.
Se llevó una mano al cuello apretando su piedra protectora. Gimió con los ojos enrojecidos. Hjörtur se levantó a toda prisa para sostenerla.
-¡Veneno! –Gritó Nubola y la tormenta se desató en el recinto.
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CONTINUARÁ…
