Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.

¡Nuevo capítulo por fin! ¡Y además, el último de la temporada en Nueva York! Y para saciar vuestra curiosidad en información extra, tenéis el blog del fic, para el que también acepto peticiones sobre temas a tratar. Lo encontraréis en siemprequidditchfanfic . blogspot . com . es / (quitando los espacios).


53. Últimas veces


Antes del último partido de la Liga de la temporada, hubo un breve homenaje a Elizabeth organizado por unas cuantas autoridades. David Smith dio un pequeño discurso, al igual que un periodista y una de las máximas dirigentes de la Liga. Ya hacía varias semanas que se sabía oficialmente que Elizabeth se retiraría al final de la temporada, por lo que no fue una sorpresa para nadie. Lo que sí fue inesperado fue el vídeo que proyectaron sobre la gran pantalla del estadio con imágenes y los mejores momentos de la vida de la jugadora, tanto fuera como dentro del campo. Elizabeth no pudo contener las lágrimas al final, y todos los espectadores le dedicaron una ovación que duró varios minutos.

Comparado con la emotividad del homenaje, lo más interesante del partido fue precisamente ser el último de la temporada, sin preocupación alguna por el marcador. Jugaba el equipo titular de los Minotaurs al completo, al igual que los Mirages, pero los Minotaurs no querían arriesgarse demasiado por miedo a una lesión y los Mirages, hicieran lo que hicieran, no se iban a mover de su quinta posición en la clasificación. El juego de los Minotaurs fue elaborado y elegante, con los jugadores preocupándose más de hacer bonitas jugadas que de ser especialmente rápidos. Bruce dejó algunos de los mejores detalles de calidad de los últimos partidos, y se divirtió marcándole a Amanda algún gol por sorpresa. Era su último partido de Liga con los Minotaurs, y solo quería pasárselo bien una vez más.

Cuando Elizabeth atrapó la snitch, nadie se sorprendió. Toda la parte de las gradas ocupada por los seguidores de los Minotaurs prorrumpió en aplausos y gritos de "MINOTAURS CAMPEONES", mientras todos los jugadores se abrazaban felices y aliviados en el centro del campo. Solo estaba atardeciendo y el cielo estaba de un color entre anaranjado y amarillento, pero aún y así, se lanzaron fuegos artificiales sobre el estadio, llenando el cielo de luces y humos de colores.

Lo habían hecho. Habían ganado todos y cada uno de los partidos de la Liga. Algo que los Minotaurs nunca habían hecho, y algo que habían conseguido muy pocos equipos en los ciento cincuenta años de historia de la Liga. Los Miami Crabs en 1874 y los All-Stars en 1910 y 1956, tal como les había contado Alex. Y ahora, los New York Minotaurs en 2003.

—Oye, Bruce. Felicidades por el partido, por la Liga, por el TIAQ… Por todo, en realidad—le llamó la atención Amanda.

Bruce se separó de sus compañeros por unos momentos para ir a saludar a su amiga. Seguramente, después de él irían todos los demás, porque Amanda seguía teniendo buena relación con casi todos; pero primero tendrían unos segundos para ellos.

—Gracias—le dijo, abrazándola. Amanda le correspondió con alegría—. Y buen partido. Ha sido un place jugar el último contra ti.

—Habrá revancha el año que viene, no te preocupes—respondió ella, divertida.

—No, no la habrá—Amanda se separó de él y le miró con extrañeza, a lo que él decidió que ya había guardado el secreto mucho tiempo. Estaban muy cerca de la fecha en la que lo anunciarían, y sabía que Amanda no diría nada—. Australia. Wollongong Warriors. No digas nada aún.

La expresión de Amanda pasó de extrañeza a sorpresa y luego a alegría, y se le colgó del cuello de nuevo y le besó en la mejilla.

—Me alegro muchísimo por ti. Vas a brillar—le aseguró.

—Eh, ¿no hay besos y abrazos para mí?—intervino Jason, y Amanda se alejó de Bruce para ir a felicitar al resto de sus ex compañeros.

—Nos vemos en la fiesta en dos semanas—le recordó Amanda, sonriente a pesar de la derrota, antes de irse hacia los demás.

Bruce se unió al resto, y siguieron abrazándose, felicitándose y riéndose durante un rato más mientras los fuegos artificiales seguían iluminando el estadio. Habían puesto un vídeo en la pantalla gigante que mostraba algunos de los mejores momentos de la temporada, y los espectadores todavía no se habían movido de sus asientos, viendo al equipo celebrar y repasando las imágenes. Cuando el vídeo acabó con un "¡FELICIDADES, CAMPEONES!" (Amanda y el resto de los Mirages ya se habían ido a cambiar a los vestuarios), David Smith se acercó al centro del campo, donde estaban todos los jugadores todavía, apuntándose con la varita en la garganta, permitiendo que todo el estadio escuchara perfectamente su voz. Dio un discurso (muy breve para tratarse de Smith) agradeciendo a todos los aficionados su apoyo durante toda la temporada, lo que le hizo ganarse una gran ovación por parte de toda la grada. Smith se dirigió entonces a Donald, que como capitán, también dio un breve discurso diciendo cosas similares. A Donald le siguió Elizabeth, que era la segunda capitana, que rompió a llorar otra vez a medio discurso diciendo lo mucho que quería a sus compañeros y a todos los aficionados, y lo mucho que los echaría de menos. Pero Bruce se alarmó cuando Smith pasó a Robert, y luego a Gina, y se dio cuenta de que también le tocaría hablar a él también.

Tenía experiencia de sobras con periodistas, pero los discursos ante miles de espectadores y una cámara no eran lo suyo. Tragó saliva con dificultad e intentó pensar en algo que decir, pero todavía tenía la mente en blanco y el corazón latiendo más rápido que en cualquier momento del partido cuando un Smith sonriente pasó de Jason a él. Sintió la varita apoyada sobre su garganta, su respiración oyéndose más fuerte de lo normal, y soltó lo primero que se le ocurrió:

—Muchas gracias. A todos. Por apoyarnos desde el primer momento y estar siempre de nuestro lado. Y muchas gracias por haber confiado en mí. Esta victoria también es vuestra.

Fue muy breve, pero pareció ser suficiente para el público, que le aplaudió y vitoreó como a los demás. Smith le guiñó un ojo y le dio una palmada en la espalda antes de acercarse a Fiona, y Bruce volvió a respirar aliviado. No había estado tan mal.


A pesar de ser sábado y el último partido de la Liga, no salieron a celebrarlo porque Johnson se lo prohibió terminantemente: quería que descansaran y no probaran una sola gota de alcohol hasta después de la final del TIAQ. A regañadientes, todos cumplieron con la orden, pero Bruce al menos salió a cenar con Jason y Lily, lo que fue menos incómodo de lo que habría esperado. El domingo, como muchos otros durante esa temporada, lo pasó sin apenas moverse del sofá, leyendo periódicos, revistas y enterándose de las noticias.

Y durante toda la semana, los entrenamientos fueron intensos. No solo físicamente, ya que Johnson no quería dejarles destrozados, pero el esfuerzo fue principalmente mental. Llevaban ya varias semanas dedicando un rato cada semana a entrenar algo específico que les pudiera ayudar contra el estilo de juego de los Stormers, pero aquella semana se volcaron completamente. Johnson y los miembros del equipo encargados de ello habían estudiado a fondo a todos los jugadores de los Stormers y habían analizado hasta el más mínimo detalle de su juego; conocimiento que les estaban transmitiendo insistentemente a Bruce y compañía.

Además de eso, estaba el sorprendente hecho de que en el canal mágico no dejaban de hablar del TIAQ. La temporada de quodpot también se había acabado, al igual que la de quidditch, y el único evento deportivo que quedaba hasta el comienzo del Trofeo América era esa final. Ni siquiera había gobstones, carreras de escobas u otro deporte minoritario; solo quedaba el quidditch, y como en las noticias deportivas necesitaban hablar de algo, hablaban de ello. A todas horas.

También ocuparon las portadas de los periódicos, y no solo del Oracle, sino incluso de algunas otras publicaciones de otros estados. Todo el mundo analizaba su trayectoria, sus posibilidades, por qué era tan increíble que hubieran llegado a la final… Cualquier cosa que se pudiera comentar estaba siendo tratada por los periodistas de todo el país, y eso les añadía una presión que no habían tenido nunca antes. Todos sus movimientos estaban siendo vigilados con lupa, y David Smith intentó tranquilizarles, asegurándoles que no pasaba nada.

Pero todos sentían los nervios.


—Jason Lane, Donald y Robert Blackwell, Fiona Hampton, Gina Smith, Bruce Vaisey y Elizabeth Hiat. Jugáis vosotros. Id a cambiaros. Los demás, a la grada—anunció el entrenador Johnson.

La alineación para la final no fue una sorpresa para nadie. Todos llevaban semanas sabiendo quiénes serían los titulares, y que ese sería el último partido de todos para Elizabeth. Pero aún y así, los siete elegidos estaban nerviosos; algunos más y algunos menos, pero todos lo estaban en cierto grado. Ninguno de ellos había estado antes en una final. Era el partido más importante de sus vidas, y era imposible no ponerse nervioso ante un reto como ese.

Los descartados les abrazaron y les dieron ánimos, deseándoles suerte y recordándoles lo mucho que confiaban en ellos antes de marcharse hacia su tribuna privada. Los demás se metieron en los vestuarios.

Bruce no recordaba haber visto nunca el vestuario tan silencioso mientras él y sus compañeros se cambiaban, ni siquiera en otros partidos importantes. Solo se oía el roce de la ropa que se ponían y quitaban, y el goteo de una ducha o tubería estropeada que no debía estar muy lejos de ellos. La tensión casi se podía palpar, y el aire parecía más pesado de lo normal. Hasta las paredes parecían vibrar ligeramente, producto de las miles de personas caminando y tomando asiento en las gradas por encima de sus cabezas.

Bruce tragó saliva con dificultad y bebió una buena cantidad de agua para intentar deshacer el nudo que se había formado en su estómago. Había intentado tranquilizarse, pero parecía tan imposible para él como para los demás. Terminó de ponerse el uniforme más rápido que de costumbre, y esperó a que sus compañeros estuvieran listos para salir del vestuario. Cuando pasaron a la pequeña sala que conectaba los vestuarios masculinos con los femeninos vieron a Johnson esperándoles ahí, sentado en uno de los bancos junto a sus escobas, perfectamente alineadas contra la pared. Los cuatro se sentaron silenciosamente en los bancos a un gesto del entrenador, y esperaron un par de minutos hasta que las chicas se les unieron. Entonces Johnson se puso de pie, se aclaró la garganta y habló:

—Sabéis que no me gustan los discursos, así que seré breve. Todos hemos trabajado muy duro para estar aquí; vosotros, vuestros compañeros ahí arriba y el resto de la gente involucrada en los Minotaurs. Tras todos los pasos que nos han conducido hasta aquí, hay más trabajo del que os podréis llegar a imaginar nunca. Llevamos semanas preparándonos para este partido, estudiando al rival, ensayando estilos y jugadas, perfeccionando nuestro juego, esforzándonos para llegar a este momento en las mejores condiciones. Y ahora que hemos llegado hasta aquí, solo quiero deciros una cosa: disfrutad. Disfrutad el momento. Disfrutad el partido y poned todo vuestro corazón en ello. Cada uno de vosotros aporta algo único al equipo, cada uno sabe qué, y quiero que os dejéis el alma en ello. Quiero que juguéis y disfrutéis este partido como si fuera el primero, el único y el último partido de vuestra vida. Quiero que, sea cual sea el resultado, estéis orgullosos de este día porque lo habréis dado todo. Hasta hace dos años, Estados Unidos no era nadie en el quidditch, pero vosotros, estando aquí hoy, a la vista de toda América y de todo el mundo, habéis cambiado eso. Pase lo que pase hoy, seréis parte de la historia. Y quiero que disfrutéis de vuestro momento en ella. ¿Lo habéis entendido todos?

Johnson no daba discursos a menudo, pero cuando los daba, merecía la pena escuchar hasta la última palabra. Bruce sintió como los nervios desaparecían, reemplazados por unas ganas irrefrenables de salir volando y dar hasta su último aliento en el centro de ese estadio. Quería jugar. Quería disfrutar. Quería hacer historia. Quería ganar.

Todos gritaron "¡Sí, entrenador!", contagiados por la misma energía, y justo en ese momento un intenso pitido se oyó en todo el estadio, anunciando el comienzo inminente del partido.

—Entonces, salid ahí y demostradlo—sentenció Johnson.

Cogieron las escobas, Donald y Robert se echaron los bates al hombro, y salieron al túnel de vestuarios. Por otra puerta frente a ellos salieron los jugadores de los Stonewall Stormers, que con sus uniformes en gris y azul oscuro, les saludaron con una cabezada y formaron una fila a un lado del túnel, justo al lado del acceso al campo. Los Minotaurs se abrazaron una vez más, intercambiando breves palabras de ánimo, y formaron una fila al otro lado. Entonces, la voz de uno de los tres comentaristas del partido empezó a recitar las alineaciones, y a medida que les anunciaban, los jugadores iban entrando sobre sus escobas al campo. Los Minotaurs fueron primero.

Cuando fue el turno de Bruce, se quedó alucinado por el tamaño de las gradas, tanto que el ruido atronador de las ovaciones al escuchar su nombre tardó un rato hasta ser procesado por su cerebro. Era un estadio inmenso, completamente abarrotado de gente, y una estimación rápida le dijo que habría más de sesenta mil personas en el recinto. No era un estadio estadounidense, esos los conocía todos, pero se preguntó por unos momentos dónde estaban. ¿Qué país americano podía tener un estadio así? Era incluso más grande que el de la final del año anterior, y eso que ya le había parecido enorme. Pero cuando acabó de fijarse en la cantidad de gente, pasó a fijarse en la gente en sí: aproximadamente un tercio de las gradas llevaban los colores de los Minotaurs, otro tercio los de los Stormers, y el último tercio era una mezcla de uniformes de equipos de lo más variados y ropas normales. Por todos lados había pancartas y carteles, pero los miró demasiado rápido para fijarse en ninguno. El ruido era ensordecedor, y la multitud aclamaba y abucheaba a cada jugador cuando este salía al campo y ocupaba su posición alrededor del círculo central. El sol hacía brillar los postes metálicos sosteniendo banderas y banderines alrededor del estadio, que se agitaban gracias a una ligera brisa. Todo estaba a punto de comenzar, y la sensación de anticipación era ya casi inaguantable…

El último jugador de los Stormers, el buscador, ocupó su posición. El árbitro avanzó hacia el centro, soltó la snitch y las bludgers, la quaffle se elevó en el cielo… Y todo lo que quedaba fuera del óvalo del campo dejó de tener importancia.


Los primeros minutos del partido fueron tensos y lentos. Los Stormers eran muy buenos, y se habían proclamado campeones de la Liga Canadiense hacía apenas unas semanas, como en siete de los últimos diez años. Además, no eran unos desconocidos en finales del TIAQ, ya que la anterior que habían jugado había sido dos temporadas atrás; a pesar de que esa final la habían perdido, su colección de cinco títulos en siete finales del TIAQ era muy impresionante. Unidos a sus veintiocho títulos de la Liga, estaba claro por qué eran uno de los mejores equipos del continente. Comparados con ellos, los Minotaurs, con sus ocho títulos de Liga, dos participaciones en el TIAQ y una final, parecían un equipo de segunda categoría…

Pero no les faltaba ilusión. Y Johnson les había transmitido la fuerza que les faltaba, así que cuando los Stormers empezaron a ponerse más ofensivos, los Minotaurs no se quedaron atrás. Los canadienses parecían no tener defectos, pero los habían estudiado a fondo y sabían que tenían algunos fallos. Había que explotar el lado derecho de Morton, lanzar preferiblemente al aro izquierdo, era preferible estar en el área de alcance de Schneider en lugar de la de Ludgate, y cosas así.

Pronto el partido subió de intensidad, con los jugadores, especialmente los cazadores, volando a toda velocidad de un lado al otro. Otra cosa buena que se podía decir de los Stormers era que eran un equipo limpio; eran suficientemente buenos como para no ponerse muy agresivos y cometer montones de penaltis, por lo que a pesar de las idas y venidas, no se cruzaron más insultos de lo normal. Gleeson era su mejor cazador, y no tardó en empezar a destacar; Bruce no era tan bueno, pero tenía imaginación con una quaffle en las manos. Y era suficiente para, al menos, plantarles cara.

—¡Señoras y señores, esto está siendo un no parar! ¡Menudo atracón de emociones nos están dando los Minotaurs y los Stormers en esta final!—los comentaristas del partido iban narrando la acción con una intensidad que casi igualaba la de los jugadores—Acabamos de cumplir las tres horas de partido, y el marcador está en un efervescente e igualado 140 a 170 a favor de los canadienses. ¡No veíamos tantos goles en una final en tan poco tiempo desde hace siglos!

—¡Siglos no, pero sí que hace muchos años!—le respondió alegremente una compañera comentarista—Nuestros informadores dicen que no se marcaban tantos goles en una final en tan poco tiempo desde 1968, en el épico partido que enfrentó a las Dalia Widows de Baja California contra los Tarapoto Tree-Skimmers. ¡Iban 180 a 190 cuando se cumplieron tres horas de partido!

—¡No llegamos a tanto hoy, pero tampoco nos estamos quedando muy cortos!—intervino el tercer comentarista—Los Stormers nos están mostrando su repertorio habitual, y si alguien esperaba que los Minotaurs se acobardaran por jugar su primera final de la historia, ¡estaba muy equivocado! ¡Los estadounidenses parecen estar dejándose hasta el alma en este partido! ¡Los hermanos Blackwell están prácticamente neutralizando a Jones, lo que sin duda está afectando a los Stormers! ¡Y sus cazadores están haciendo un trabajo excelente!

—¡Precisamente ahí va Fiona Hampton, que le acaba de robar la quaffle a Jones gracias a una fantástica ayuda de Robert Blackwell! ¡Hampton vuela rápido, y está haciendo unas líneas diagonales de lo más imprevisibles! Pero ahí viene Gleeson y… ¡Uh! ¿Habéis visto esa espiral que ha hecho Hampton para esquivarle?

—¡Y Gleeson tiene que alejarse porque ahí está una bludger de Robert Blackwell para importunarle otra vez! ¡Este Blackwell parece estar en todos lados hoy!

—¡Pero la otra bludger sí que va hacia Hampton de parte de Ludgate! ¡Aunque le pasa la quaffle a Smith en el último suspiro…! ¡Morton está a punto de interceptarla pero Vaisey se le cruza por delante, y Smith se hace con la quaffle! Gleeson y Jones se le echan encima, ¡y vaya! ¡Esa bludger de Schneider ha pasado muy lejos!

—¡Pero lo suficientemente cerca como para molestar, así que Gina Smith le ha pasado la quaffle a Vaisey, que estaba solo!

—Por Morgana, ¿cómo lo hace este chico para quedarse solo tantas veces? ¡Y no podría estar más lejos de las bludgers!

—Sea como sea, ¡Vaisey sale disparado! Gleeson y Jones se despegan de Smith para seguirle, ¡y con ese quiebro a la izquierda Vaisey ha dejado descolocada a Jones! Pero Gleeson sigue pegado a sus talones, y aquí viene Morton por arriba… ¡Jones batalla con Hampton y una bludger de Donald Blackwell pero también va a por Vaisey! Aunque debería darse prisa, porque todo el grupo está a punto de llegar al área…

—¡Uh! ¿Habéis visto como Smith ha desviado perfectamente esa bludger que les seguía?

—¡Sí! ¡Pero ahora los tres cazadores se ciernen sobre Vaisey desde arriba, abajo y derecha, y…! ¡No puede ser! ¡Gol! ¡Gol de Vaisey!

—¡Increíble! ¡Acabamos de presenciar una Vaisey's Stop!

—¡Y desde menuda distancia! ¡Los cazadores no se esperaban algo así tan lejos, y ciertamente Radnor tampoco, y el disparo se cuela perfectamente por el aro izquierdo! ¡Menudo golazo de Vaisey!

—¡Esto aprieta más el marcador, dejándonos en un 150 a 170! ¿Podemos pedirle más a este partido?

—¿Qué no acabe nunca?

—¡O que ganen los dos! ¡Esto está siendo uno de los mejores partidos de los últimos años!

Bruce chocó las manos con Gina, Fiona y los Blackwell mientras volvía al centro del campo tras el gol, sonriendo y con la emoción bulléndole en el pecho. Ni siquiera se sentía cansado, sino lleno de energía; estaba disfrutando más que nunca, pasándoselo como un niño pequeño con una escoba nueva. Estaba siendo fantástico, el partido más entretenido que había jugado nunca. Era emocionante, intenso, cautivador… Y aunque iban perdiendo, era una diferencia asumible. Aunque tenían que intentar adelantarse y tratar de sacar algo de ventaja, apenas parecía importante. Era feliz ahí, jugando, volando en su escoba y agarrado a una quaffle como si le fuera la vida en ello… No había nada mejor que eso en el mundo. El quidditch era su vida.


El partido siguió al mismo nivel varias horas más. Cuando llegaron a las siete horas, a las siete de la tarde, los dos equipos iban empatados a 340 puntos. Tanto los Minotaurs como los Stormers se habían adelantado en el marcador varias veces, pero nunca habían llegado a tener una ventaja mayor de cuarenta puntos. En esos momentos, los Minotaurs estaban en plena racha de remontada, tras haber marcado cinco goles seguidos. Pocos minutos después, Gina marcó su décimo gol del día.

—¡…y Smith marca! ¡Gol de Gina Smith para los Minotaurs!

—¡Y eso ha sido un pase magnífico de Vaisey para dejarla completamente sola frente a la guardiana! ¿Alguien está contando los pases finales que lleva Vaisey?

—¡Con esto, los Minotaurs toman la delantera una vez más! ¡350 a 340 a favor de los estadounidenses! ¡Llevamos poco más de siete horas de partido, señoras y señores!

—¡Y yo no recuerdo un partido más emocionante en la última década!

—Si exceptuamos los partidos en los Mundiales, este encuentro está siendo…

—¡Impresionante!

—¡Épico!

—Me refería a…

Estaban jugando de maravilla, mejor que nunca. Y aunque a las siete horas las fuerzas ya empezaban a fallar, Bruce trataba de ignorarlo de la mejor manera posible. No podían fallar ahora. El primero que se viniera abajo físicamente tendría todas las de perder, y no quería que fueran ellos.

Los Stormers sacaron la quaffle desde el centro del campo, y tras unos pases, una bludger de Donald muy acertada hizo que Jones tuviera que hacer un movimiento extraño, permitiendo a Fiona arrebatarle la quaffle. Fiona se la pasó a Gina, que solo la tuvo en su posesión unos instantes antes de lanzársela a Bruce, ya que Gleeson se le estaba echando encima directamente. Bruce cambió de dirección bruscamente para esquivar a Morton y la bludger que había lanzado Ludgate, y tras eso salió disparado con la quaffle bajo el brazo hacia el lateral del campo, alejándose de los dos bateadores, y tratando de dejar lejos a los cazadores…

—¡Atención a los buscadores!

—¡Parece que ambos han visto la snitch!

—¡Hiat y Knope están codo con codo!

Bruce se detuvo bruscamente, buscando con la mirada a Elizabeth y al buscador rival. Gina, que le había seguido en la jugada, también se quedó quieta de golpe, a solo un par de metros de él; los demás también se quedaron paralizados. El estadio enmudeció, conteniendo el aliento, observando con enorme expectación las dos figuras que volaban a veinte metros de altura. Bruce creyó distinguir un destello dorado frente a la pareja, pero estaban a medio campo de distancia y demasiado lejos como para estar completamente seguro. Los pocos segundos que transcurrieron a continuación se hicieron eternos… Hasta que una mano se cerró alrededor de la pelotita dorada y el pitido de un silbato marcó el fin del partido. El fin del TIAQ.

—¡Ian Knope atrapa la snitch! ¡Knope tiene la snitch!

—¡Victoria de los Stormers! ¡Los Stonewall Stormers son los ganadores del Torneo Internacional Americano de Quidditch!

—¡Ganan los canadienses por 490 a 350 tras siete horas y diecinueve minutos de partido!

—¡Con esta victoria los Stormers aumentan su número de títulos en el TIAQ hasta un impresionante registro de seis victorias! ¡Histórico!

Habían perdido.

Bruce sintió como toda la fuerza, toda la energía, toda la ilusión, le abandonaba de golpe. Un vacío reemplazó la luz que le había calentado durante todo el partido, y por unos segundos se sintió perdido. Era como si los hechos no pudieran ser reales; o más bien, como si le estuviera costando asimilar la realidad. Durante tantas horas había estado tan metido en el partido, tan concentrado en disfrutar, pensando solamente en el siguiente movimiento… Que no se había parado a pensar en el final. Que al fin y al cabo, no todo dependía de él. No todo dependía de disfrutar y marcar goles. Al final, era la snitch la decidía los encuentros más igualados.

Ellos habían sido capaces de igualar a los Stormers, uno de los mejores equipos del continente. Pero no habían sido capaces de superarles. Y en esas condiciones, la snitch era decisiva. A veces, era cuestión de pura suerte, otras era cuestión de experiencia o talento. Fuera lo que fuera, no había estado de su parte.

Bruce nunca había visto a Gina demostrando muchos sentimientos, pero en ese momento, teniéndola flotando a apenas dos metros de él, vio su cara más desamparada que nunca. Gina notó su mirada y se giró hacia él, con el mismo gesto que sospechaba que él debía tener: la expresión desolada de alguien que acaba de volver a una dura realidad que todavía está tratando de asimilar. Los Stormers ya se estaban reuniendo en el centro del campo para celebrar, pero Bruce no se lo pensó dos veces antes de dejar caer la quaffle, que todavía sostenía bajo el brazo, y abrazar a Gina en un triste intento de consuelo. Los brazos de la joven se cerraron en torno a él con fuerza. Al fin al cabo, él también necesitaba el consuelo.

Habían hecho todo lo que habían podido, pero a veces, eso no era suficiente.


No hubo reporteros ese día. O más bien, sí que los hubo, pero se centraron en entrevistar a los ganadores, y David Smith y otros empleados del equipo se encargaron de que no se acercaran a los jugadores de los Minotaurs.

Estaban devastados. Lo habían tenido tan cerca, lo habían hecho tan bien durante tanto tiempo…

Johnson les detuvo a todos antes de que se metieran en los vestuarios. Los siete tenían la misma cara: estaban agotados, tristes, intentando aceptar el dolor de la derrota. El entrenador les miró fijamente a todos a los ojos y les dijo:

—Sé que ahora esto os parecerán palabras vacías, pero a pesar de la derrota, no tenéis ni idea de lo que habéis hecho hoy ahí afuera. Este no será recordado como un partido ordinario. El nivel de juego, el estilo, la intensidad, la actitud, la calidad… Vais a ser leyenda. Y no podría estar más orgulloso de todos vosotros.

Apenas reaccionaron a las palabras del entrenador; estaban todos todavía intentando volver a la realidad. Aún tardaron un par de horas más en regresar a sus casas, unas horas que transcurrieron casi en silencio, con cada uno sumido en su propio dolor.

Cuando por fin llegaron al piso, Alex se aclaró la garganta e intentó iniciar una conversación ligera:

—Pues yo creo que el partido…

—Ahora no, Alex—la interrumpió Bruce, cansado—. Ahora no.

Alex cerró la boca, y ella y Austin cruzaron una mirada comprensiva antes de que la chica asintiera con la cabeza. Todos se fueron a dormir pronto esa noche.


A la mañana siguiente, a Bruce le costó levantarse de la cama. Apenas había dormido, dando vueltas y pensando en el partido. Le dolía pensar que su último partido con los Minotaurs había sido una derrota tan hiriente. No le gustaba acabar así. Sí, había disfrutado como nunca durante el partido, ¿pero de qué servía si al final no ganaban? Hacer un juego bonito solo tenía sentido realmente si era bonito y efectivo a la vez.

Finalmente se levantó, porque por muy triste que estuviera, también tenía hambre. Abrió la puerta de su habitación y el sonido de la televisión le llegó de inmediato, aunque no pudo distinguir de qué se trataba hasta que llegó al salón y se encontró a Austin, Alex e incluso Jason prestando toda la atención del mundo al aparato, maravillados.

—Creo que querrás ver esto, Bruce—comentó Austin, siendo el primero en verle llegar—. Siéntate.

Bruce tomó asiento en el hueco libre en el sofá, y cogió una galleta de las bandejas que sus compañeros tenían tiradas por encima de la mesita. En la televisión, obviamente en el canal mágico, estaban entrevistando a un par de magos adultos.

—… algo así en la vida. ¡Qué intensidad, qué fuerza! Llevo cuarenta años viendo quidditch en directo, y nunca había visto algo así—decía uno.

—Te lo puedo asegurar, yo llevo cuarenta años siguiendo a los Minotaurs. Y si ha habido un partido en el que me han dejado sin palabras, ha sido este. Nunca había estado tan orgulloso de mis chicos—afirmaba el otro.

La imagen cambió a tres mujeres: una mayor con el pelo blanco, una joven y una niña que no aparentaba más de diez años.

—¡Ha sido alucinante! De mayor quiero ser como Gina. ¡Voy a volar tan rápido como ella y marcar tanto como ella!—exclamaba la niña con ojos brillantes.

—Nunca había visto nada parecido en quidditch estadounidense. Y que lo hayan hecho aquí, en la final del TIAQ, estos chicos que nunca habían estado en un evento de tal magnitud…—comentaba la anciana.

—Yo creo que como no estén los Minotaurs al completo en el equipo ideal de la Liga esta temporada, después de un partido como este, voy a llevar una queja formal al Congreso—bromeaba la otra.

Los siguientes fueron una pareja joven, que no debían pasar de los veinticinco años.

—Sinceramente, yo he venido porque me tocaron las entradas en un concurso de mi Departamento, pero siempre me he considerado ultra del quodpot—confesaba la chica—. Pero después de lo que he visto, ya no estoy tan segura. Las siete horas se me han pasado volando.

—Ha sido el mejor partido que he visto en mi vida—añadía el chico—. Y creo que a Vaisey no habría que darle un premio, habría que hacerle una estatua. ¡Jugó el pasado partido lesionado y en este estaba en todos lados! Parece un personaje de un videojuego.

Bruce se dio cuenta de que el fondo tras todas las entrevistas era el mismo: era el estadio del día anterior. Estaban entrevistando a los espectadores del partido. Y todos estaban hablando sobre ellos.

—Pero no son solo los estadounidenses los que opinan esto al respecto de los Minotaurs—un periodista había parecido en pantalla, vestido con la camiseta de los Minotaurs—. También hemos preguntado a aficionados del resto del continente, y esto es lo que nos han respondido…

—Ha sido un partido que pasará a la historia, ¿sabes?—la pantalla había pasado a mostrar a un aficionado de unos treinta años con la camiseta de los Stormers, que mostraba una sonrisa enorme—Los dos equipos han hecho maravillas, y es algo que no me esperaba de los Minotaurs. ¡Si nunca había oído hablar de ellos hasta este año! Y me han dejado más que sorprendido, y estoy encantado. Si el partido se hubiera decidido desde el primer momento, habría sido un aburrimiento, pero ha sido de lo mejor que he visto nunca, si no lo mejor. Es la clase de partido sobre el que les hablaré a mis nietos. Vaya, creo que es el partido sobre el que todo el mundo aquí les hablará a sus nietos.

—Llevan toda la mañana así—intervino Jason de repente, arrancándole de la televisión, y Bruce no necesitó ser un genio para notar lo sorprendido que estaba. Casi tanto como él—. Solo hablan del partido de ayer. Es increíble.

—Porque el partido fue increíble—añadió Austin—. Intentamos decíroslo, pero no estabais en condiciones de escucharnos. Y fue más que alucinante. A la gente le ha dado igual que perdiéramos. Pero así como jugasteis… Tíos, fue una pasada.

—Y no lo has visto todo aún, Bruce—comentó Alex, y le pasó el periódico.

Bruce desplegó el Oracle y se quedó sin palabras. No solo estaban en la portada: eran la portada al completo. "LOS MINOTAURS PASAN A LA HISTORIA", rezaba el titular. Justo debajo, una fotografía con la celebración de un gol (un gol suyo, por lo que podía ver) ocupaba la mitad de la portada. Nunca, nunca habían conseguido algo más que una pequeña mención en la portada del Oracle. Aquello era lo nunca visto.

—Pero perdimos—dijo Bruce, todavía anonadado.

No se podía creer la reacción de la gente ante una derrota en un partido tan importante.

—A veces lo importante no es ganar, sino dejar huella. Y a veces, eso es más difícil que ganar—opinó Alex con voz suave.

No habían ganado, pero habían dejado huella.


Se pasaron el resto del domingo en casa, y el lunes agradecieron que la temporada ya se hubiera acabado y no volverían a tener entrenamientos a primera hora de la mañana hasta dentro de mucho tiempo. Al menos, la mayoría de ellos: Jason y el resto de internacionales solo tenían unos pocos días de descanso hasta que el Trofeo América empezara. Pero por lo menos ese lunes todos pudieron despertarse mucho más tarde de lo normal, y cuando lo hicieron descubrieron que todos habían recibido la misma carta de Smith. Como nadie de los Minotaurs había hablado tras la final del TIAQ, los reporteros iban a estar al acecho en cuanto salieran de casa para poder interrogarles al respecto; probablemente en cualquier esquina de la zona mágica, pero no era descartable que se los encontraran también en la ciudad muggle. Si querían hablar con ellos o no, era decisión de cada jugador. Smith solo se había limitado a informarles de la situación, para que estuvieran prevenidos si decidían salir de casa ese día.

La carta dirigida a Bruce también tenía un mensaje extra de parte de Smith, diciendo que el comunicado oficial anunciando su fichaje por los Wollongong Warriors se haría público el miércoles por la mañana, para que también lo tuviera en cuenta cuando fuera a salir de casa. Smith llevaba un tiempo preguntándole cómo quería anunciarlo, y había tenido propuestas de lo más grandilocuentes, como montar una gran rueda de prensa o un evento al que invitar grandes personalidades, pero Bruce había preferido algo más simple y discreto. Además, no le parecía de muy buen gusto montar una fiesta para decir que se marchaba de los Minotaurs.

Pero que el comunicado se lanzara el miércoles por la mañana significaba que quedaban menos de dos días para que todo el mundo lo supiera. Y había algunas personas que prefería que se enteraran por él mismo y no por una noticia en la televisión. Algunas personas como sus compañeros de piso, por ejemplo. No iba a ser una conversación fácil, así que decidió no retrasarlo más y aprovechar que los cuatro se juntaron para comer, y comenzó:

—Chicos, tengo que contaros algo.


Austin no se lo esperaba en absoluto, y estuvo alucinando durante un buen rato y haciendo una pregunta tras otra sobre cuándo había pasado, cómo había sido, quién había contactado a quién y cómo era Caitlin Rhodes. Alex se alegró muchísimo por él y, tras abrazarle, comentó que no le extrañaba que se marchara; al fin y al cabo, tenía mucho talento para estar tanto tiempo en los Minotaurs, pero que fuera capaz de dar el salto hasta Australia era una suerte increíble. Jason también se sorprendió, pero al cabo de un rato comenzó a atar cabos:

—…y tiene sentido lo que pasó con el hombre de los Meteorites. Por aquel entonces ya lo sabías, ¿verdad? Y por eso Smith no aceptaba ofertas… Y claro, ¡ahora entiendo algunos de los comentarios de Lily sobre mudarse aquí! Ella también sabía algo, ¿no? Y tanto entusiasmo por el TIAQ en la semifinal… Sabías que si perdíamos ese sería tu último partido en la competición y no querías acabar lesionado.

Siguieron hablando del tema durante toda la comida, hasta un punto en el que prácticamente se olvidaron de seguir comiendo, tan emocionados como estaban. Le echarían de menos, por supuesto, pero los tres entendían que era una oportunidad única e increíble para seguir creciendo como jugador. Cualquiera de ellos, en su lugar, habría hecho lo mismo, porque al fin y al cabo el mudarse frecuentemente era parte de sus vidas. Y las grandes oportunidades no solían repetirse.


Bruce tampoco salió de casa el lunes, aunque Austin y Alex sí que lo hicieron, por separado. Ambos estuvieron solo en la Nueva York muggle y no se encontraron con ningún reportero acosándoles, así que el martes Bruce decidió que era suficientemente seguro ir a correr por Central Park. Y si se encontraba con alguien, al menos era bastante probable que fuera más rápido.

Tuvo suerte y nadie le siguió, aunque un par de veces le pareció atisbar unas caras conocidas: la primera en una terraza de una cafetería en la esquina de enfrente de su edificio, y la segunda en un banco por delante del que pasó corriendo en el parque. Creyó reconocerlos a ambos como periodistas, pero él iba corriendo lo suficientemente rápido como para haberlos dejado atrás en cuanto conseguían reconocerle. Llevando las gafas de sol puestas, era un poco más fácil pasar desapercibido hasta estar cerca.

Y el miércoles la noticia de su fichaje en Australia salió a la luz, y fue una bomba ya en la edición de mediodía de las noticias en el canal mágico. No se había dejado de hablar del TIAQ aún, porque el día anterior Robert y Fiona habían sido vistos en la Avenida Cero y habían hablado con multitud de periodistas, pero lo suyo hizo que se pasaran casi todo el rato hablando de quidditch y de por qué se iba de los Minotaurs justo ahora. Incluso se anunció un programa especial para el jueves por la noche en el cual un grupo de expertos analizaría las últimas novedades del quidditch en Estados Unidos y por qué estaba siendo una revolución tan grande en los últimos meses, y sobre todo, en los últimos días.

—Mira, Bruce—le dijo Austin señalando la televisión, con un claro tono de broma—. Ha hecho falta que se sepa que nos abandonas para que de repente todo el país quiera saber de quidditch. No me sorprendería que los "expertos" se pusieran a llorar en directo para que no te vayas.

—Han dicho que van a analizar todo lo que ha pasado en los últimos meses, no solo mi marcha—replicó Bruce, negando con la cabeza.

—Ya veremos cuánto tiempo dedican a cada cosa—le retó Austin.

El miércoles por la noche ya no tuvieron otro remedio que salir de casa y aventurarse en la zona mágica de Nueva York: meses atrás, David Smith le había prometido a Bruce que si pasaban de cuartos de final en el TIAQ invitaría a cenar a todo el equipo al mejor restaurante de la Avenida Cero, y había llegado la hora de cumplir esa promesa. Por suerte, podían aparecerse directamente en la entrada del restaurante, y les habían colocado en un enorme reservado en el que nadie les iba a molestar.

Como era de esperar, el resto de sus compañeros también se habían enterado ya de su fichaje por los Wollongong Warriors, así que fue uno de los temas de conversación estrella de la noche. Todos se mostraron alegres por él y orgullosos de que hubiera conseguido una plaza en un equipo tan importante, y más de uno bromeó con que aprovecharían los pocos fines de semana libres para ir a visitarle. El único que parecía un poco más apagado de lo normal era Robert, que le felicitó sin mucho entusiasmo y apenas bromeó con él. Cuando un poco más avanzada la velada Donald hizo su propio anuncio, Bruce entendió el porqué.

—Bueno, yo no me voy a la otra punta del mundo a jugar a quidditch…—empezó Donald, con lo que generó algunas risitas y comentarios de "Por suerte"—Pero tampoco estaré el año que viene en los Minotaurs. Me han hecho una oferta en los Portland Giants, y voy a aceptar. Ahora que tenemos a Marvin, queremos empezar a pasar más tiempo en familia, y para eso nos ayudará estar cerca de mi propia familia también… Y de la de Elizabeth, y en Oregón estaremos más cerca de Alaska. Y además, ya empiezo a estar mayor. Quiero volver al hogar, como los ancianos.

Donald había cumplido doce temporadas jugando con los Minotaurs, y no solo tres como él; que se fuera del equipo era muchísimo más sorprendente… Pero también entendible. Ahora tenían un hijo que criar, Elizabeth se retiraba, y Donald quería empezar a tener un papel más secundario para poder dedicar más tiempo a la familia. Por muy increíbles que hubieran sido sus años en Nueva York, doce eran muchos, sobre todo para alguien tan unido a su familia como sabía que era Donald. Era normal que quisiera volver a casa, y que su hijo creciera allí, tal como había hecho él… Pero los Minotaurs y todos sus aficionados notarían mucho su ausencia.

Bruce no pudo evitar sentirse culpable porque con su marcha, unida a la de Donald y Elizabeth, dejaban al equipo casi con la mitad de los titulares. Así era el quidditch, y era normal que la gente se cambiara de equipo. Pero aún y así, no podía evitar tener la sensación de que abandonaba a sus amigos a su suerte.

—Me parece perfecto, y me alegro mucho por vosotros—comentó Gina, y aunque no sonreía, no había asomo de burla o desdén en su voz—. Pero si eso significa que por antigüedad, ahora el otro Blackwell va a ser el capitán del equipo, me marcho yo también.

Ahí todos se echaron a reír, y sorprendentemente, Robert más que nadie.

—No te preocupes, Smith. No me verás siendo capitán, así que ni se te ocurra moverte de Nueva York—aseguró Robert.

—Estoy seguro de que seremos capaces de elegir a un capitán para el equipo que sea del gusto de todos—David Smith, que estaba sentado no muy lejos de ellos y había estado atento a la conversación, intervino rápidamente, ganándose algunas risitas más de los jugadores.

La verdad, Bruce no podía culpar a Gina por no querer a Robert de capitán, y no tenía nada que ver con la relación personal entre ellos. Simplemente, estaba muy claro que Robert no tenía la actitud adecuada para ello. El capitán tenía que ser alguien que uniera al equipo, no que lo dividiera; y Robert podía ser divertido, inteligente y sagaz, pero lo suyo no era mantener la paz y tranquilidad. Por eso, esos últimos dos años no había sido segundo capitán, a pesar de ser el segundo más veterano en el equipo, solo por detrás de Donald, sino que lo había sido Elizabeth incluso llevando cinco años menos en el equipo que él. Con la marcha de Donald y Elizabeth, Robert se quedaba destacadamente como el miembro con más antigüedad en el equipo, con once temporadas en su cuenta. Pero como era obvio que no tenía madera de capitán, Bruce no pudo evitar preguntarse quién sería. Paseó la mirada por la mesa, y tardó unos segundos en darse cuenta de que las personas que llevaban más años en los Minotaurs tras Robert eran Gina… y Jason.

Sonrió sin poder evitarlo. Sabía que Jason sería capitán, y no podía estar más orgulloso.


El programa especial con expertos de quidditch acabó siendo de lo más interesante. Reunió a siete personas, incluyendo a la moderadora, y Bruce reconoció a primera vista al periodista Clark Hawthorne y a Mayer, de la tienda Quidditch para todos de la Avenida Cero. A los demás los reconoció cuando les presentaron: eran comentaristas, ex jugadores, ex entrenadores y reporteros, algunos de ellos varias cosas a la vez, y tenían razón cuando les presentaron como expertos. El programa duró varias horas, y hacía mucho tiempo que Bruce no podía despegarse del televisor como esa noche. Cada comentario era interesante y bien razonado, cada opinión bien estructurada, cada argumento basándose en hechos reales. Mientras veían el programa en el piso, ni Bruce ni sus compañeros pronunciaron una palabra excepto en las pausas para anuncios, de lo atentos que estaban a todo lo que se decía.

Hablaron de muchas cosas: de los esfuerzos que había hecho el Departamento de Deportes para dar más visibilidad al quidditch en el 150 aniversario de la Liga, de la evolución en los últimos años de los equipos más relevantes, de los partidos de clasificación para el Trofeo América y las opciones que tenía Estados Unidos en el torneo en sí, de la posición respecto al quodpot, del TIAQ y lo que significaba que los Minotaurs hubieran llegado a la final, del estilo de juego que habían mostrado los Minotaurs esa temporada, de los récords que habían conseguido, del incremento de aficionados… y de Bruce.

—¿Creéis que Bruce Vaisey está directamente relacionado con el rendimiento de los Minotaurs estos últimos años?—preguntó en un momento la moderadora del programa.

—No es el único factor, pero sin lugar a dudas diría que ha sido el más relevante—tomó la palabra primero Clark Hawthorne y los demás invitados asintieron, pero le dejaron continuar—. Cuando Vaisey llegó a los Minotaurs hace tres años, no había jugado profesionalmente en su vida, y como es normal necesitó un tiempo para adaptarse. Pero pasado ese periodo de adaptación, le vimos evolucionar a un ritmo muy superior a lo normal, y eso se ha ido reflejando en el juego de los Minotaurs. Vaisey es bueno, es rápido y tiene puntería, pero lo mejor que tiene es que es sorprendente. ¿Acaso hay algún jugador que haya hecho tantas cosas nuevas en un campo de quidditch últimamente como él? No, no lo hay. Hemos visto como muchas de esas nuevas jugadas, estrategias, movimientos o lo que sea eran repetidos luego por sus propios compañeros de los Minotaurs, y en menor medida, por otros equipos… Pero es Vaisey el que lo hace casi todo primero, el que es una fuente inagotable de sorpresas. No es el capitán ni de lejos, pero el estilo de juego de los Minotaurs nace en su cabeza.

—A mí me gustaría subrayar eso, su cabeza—intervino otra persona en la mesa—, y su capacidad para mantenerla fría pero dentro del partido en todo momento. Y tiene una inteligencia posicional formidable. Sin ir más lejos, en el partido contra los Stormers estaba siempre en el lugar idóneo para recibir un pase cuando hacía falta. Yo sigo preguntándome cómo demonios lo hace…


Como era habitual, para ir a la fiesta de Fin de Temporada se reunieron todos en las oficinas de los Minotaurs para llegar juntos. Todos se habían arreglado, y Bruce hasta había intentado peinarse bien como lo habían hecho para los anuncios de Armory: no le había quedado igual, pero al menos era bastante decente. Austin se había reído de él, pero lo cierto era que su compañero de piso se había pasado incluso más tiempo peinándose que él.

Cuando fueron llegando a través de la red Flu al edificio en el que se celebraba la fiesta, les sorprendió el silencio en el que se lo encontraron. Llegaban puntuales, y el día era el correcto, pero era muy extraño que no hubiera más gente a su alrededor. Lo normal era que la gente empezara ya a mezclarse en el recibidor alrededor de las chimeneas, pero ahí no había nadie. Sin embargo, cuando avanzaron hacia la sala de fiestas, todavía confundidos, vieron ante las puertas cerradas a los guardias de seguridad, esperado pacientemente como si todo fuera normal. Echaron una ojeada a sus invitaciones y se aseguraron de que todo fuera correcto, y entonces abrieron las puertas.

Una sonora ovación les recibió al otro lado, y fue tan inesperado que Bruce y los demás se quedaron paralizados en la entrada. Ahí estaban todos los jugadores de la Liga, junto con directores deportivos, entrenadores, presidentes y demás personalidades importantes; todos aplaudiéndoles con todas sus fuerzas y muchos dedicándoles miradas de admiración.

—Rogamos a los Minotaurs que nos disculpen esta pequeña ruptura del protocolo—cuando los aplausos se atenuaron un poco una voz rasgó el aire, y Bruce todavía tardó unos segundos más en identificar el origen: era Vincent Crawford, el jefe absoluto del Departamento de Juegos y Deportes Mágicos del Congreso, que les sonreía ligeramente desde lo alto del escenario, al otro extremo de la sala—, pero en honor a su magnífica actuación en el TIAQ este año y a la fantástica representación de Estados Unidos que mostraron en la final, la organización consideró que sería adecuado un pequeño homenaje. Por favor, ahora sí, sean todos bienvenidos a la Fiesta de Fin de Temporada de la edición 150 de la Liga de Quidditch de Estados Unidos. Disfruten de la velada.

Bruce, todavía sorprendido por el recibimiento, no se movió hasta que sintió el ligero empujón de Jason.

—Vaya, esto sí que no me lo esperaba—susurró su amigo, impresionado—. Creo que necesito alcohol.

—Yo también—acertó a decir Bruce, y los dos se lanzaron hacia la mesita llena de bebidas más cercana.

Esa noche fue muy diferente para Bruce de las de los dos años anteriores. El año anterior ya habían ganado la Liga, así que había habido bastante gente que se le había acercado a felicitarle por ello, pero aún y así no había reconocido a muchos. En cambio, ese año había gente parándose a saludarle constantemente. Tras tres años en Estados Unidos, ya podía reconocer a la mayoría de las caras de los jugadores rivales, al menos aquellos que eran habitualmente titulares y a los que se había enfrentado varias veces. También ellos le reconocían, y en general se habían vuelto más amistosos y familiares. Todos le felicitaron por su actuación en la Liga y el TIAQ y algunos se pasaron un rato hablando con él sobre más detalles del juego y cómo se le ocurrían ciertas ideas para movimientos, mientras que otros se permitieron bromear sobre su anuncio con Armory y comentarle que llevaban uno de los trajes de su colección. Al principio de la noche, Bruce no supo cómo reaccionar a muchos de esos comentarios; todavía se sentía incómodo hablando tanto con gente que era prácticamente desconocida. Sin embargo, a medida que la fiesta avanzaba e iba bebiendo más, se fue volviendo más fácil, y pudo relajarse mientras iba hablando con la gente. Además, Amanda no tardó en llegar hasta su lado, acompañada de Craig en algunos momentos, y su presencia y el poder entretenerse con ella cuando no había un desconocido prestándole atención le fue de gran ayuda.

Brian también llegó junto a él más tarde, acompañado de Jason, que había desaparecido en algún momento previo en una misión de exploración para averiguar qué variedades de vino había en las diferentes mesas. Pero cuando Bruce y Amanda se reunieron con Jason y Brian, justo fue el momento en el que la cena en sí empezó; tuvieron que separarse para sentarse cada uno con sus respectivos equipos, pero prometieron juntarse luego de nuevo.

Como siempre, la cena fue deliciosa. Ese año incluso había más platos de lo normal, en una celebración más de los ciento cincuenta años de quidditch estadounidense. Bruce se limitó a beber agua durante la cena, porque ya había empezado a sentirse ligeramente mareado antes de empezar, y no quería estar borracho antes de comenzar con toda la parte de entrega de trofeos; si le tocaba subir al escenario a recoger algo, definitivamente no quería tropezarse con los escalones. Por eso, cuando se acabó el postre tenía la barriga completamente llena y estaba bastante sobrio. Y recordó que estar sobrio también era mala idea cuando empezaron los discursos interminables de las autoridades, y cuando se empezaron a entregar la multitud de premios menores y casi sin sentido. Además, mucha gente de la que recibía premios se animaba a dar sus propios discursos, lo que acababa alargando el momento eternamente.

A Bruce le tocó recoger dos de esos premios, sorprendentemente. Uno era al "Mejor constructor de juego", que ya había recibido en años anteriores, y el otro era a la "Mejor innovación", que tampoco sabía exactamente a qué se refería. Cuando fue su turno, declinó dar ningún discurso, reduciendo su tiempo sobre el escenario y viendo las caras de alivio de las personas en la primera fila de mesas, incluyendo a sus compañeros de equipo. Alex también se llevó un premio, aunque Bruce no llegó a entender de qué, y Gina, Jason, Robert y Erika también recogieron uno, esos con nombres más comprensibles.

Por fin, hacia el final de la entrega de premios, descubrió con sorpresa que los ganadores de la Liga escolar de Salem eran los chicos de la División Azul, que habían ganado por primera vez en más de una década. En el equipo revelación, en cambio, no fue nada sorprendente que Erika ocupara un puesto, rodeada de unos cuantos chicos de los equipos de novatos. Cuando pasaron al equipo ideal, algunos de los nombres fueron inesperados. Bruce, Gina y Robert fueron los escogidos de los Minotaurs; de los All-Stars fueron Clarke y Frost, bateador y buscadora; de los Finches solo salió Michael Nash, y sorprendentemente, el guardián de los Chicago Dugbogs, Myers, completó la alineación. No habían elegido a nadie de los Giants, a pesar de haber quedado terceros y por encima de los Finches, y los Dugbogs habían quedado séptimos… Aunque había que reconocer que Myers, también jugador de la selección estadounidense, era muy buen guardián. La opinión de Bruce era que Jason era mejor; pero también era entendible que poner a cuatro jugadores de un mismo equipo en una selección de siete era demasiado. Aún y así, que ninguno de ellos hubiera sido de los Portland Giants seguro que no le haría ninguna gracia a Brian.

Los siete se hicieron unas cuantas fotografías en conjunto; había media docena de reporteros, casi todos simplemente fotógrafos, pero había un par que estaba tomando notas de todo, ya que no tenían permitido entrevistar a nadie durante la fiesta. Después de eso (y de que algunos aprovecharan también para decir unas palabras) pudieron sentarse otra vez, con lo que ya casi habían acabado con la entrega de premios. Solo quedaban el de Mejor Jugador y la entrega del trofeo al equipo campeón.

—Y ahora, para entregar los dos últimos premios de la noche, llamamos al escenario a una persona imprescindible para entender el quidditch en Estados Unidos—anunció Vincent Crawford—. Por favor, pido un gran aplauso para Klaus Brüning.

Bruce no se había fijado en el grupo de personajes importantes en toda la noche, pero habría jurado que el hombre acababa de aparecerse allí. Era alto y muy delgado, con un rostro arrugado y un fino cabello blanco, y caminó hacia el escenario mientras los aplausos se mezclaban con los susurros sorprendidos.

"¿Klaus Brüning? ¿El de verdad?", "Hace años que no se le ve fuera de casa…", "No puedo creerlo, de verdad es él", "¿Cómo le habrán convencido para salir?"… Fueron solo alguno de los comentarios que Bruce escuchó, pero estaba demasiado sorprendido para prestarles más atención. No era mucho lo que sabía de Klaus Brüning, pero todo era impresionante: hijo de muggles judíos, alemán, había huido de su país con su familia cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, instalándose en Estados Unidos, donde pronto revolucionó el quidditch y se convirtió en toda una estrella en los años cuarenta y cincuenta. Después de retirarse se fue volviendo cada vez más cerrado, hasta el punto que en las últimas décadas apenas se le había visto en público. Era ciertamente increíble que hubiera accedido a acudir a una celebración de tal magnitud, y los fotógrafos estaban como locos captando el momento.

Klaus Brüning llegó finalmente al estrado, desde donde levantó una mano y los aplausos y comentarios se cortaron de inmediato. El hombre se aclaró la voz, y tomó aire antes de empezar a hablar:

—Seguro que todos os estaréis preguntando por qué estoy aquí—tenía la voz grave, rasposa, y solo un ligerísimo acento—. Bien, yo también me lo pregunto. Todo esto me parece una tontería y una farsa.

La gente no sabía si reírse o no, sin tener claro si Brüning estaba bromeando o si estaba siendo serio al respecto. Pero el hombre continuó, sin darles tiempo a decidir:

—Pero al fin y al cabo, se celebran ciento cincuenta años de historia de la Liga. Una historia de la que soy una parte importante, por lo visto, así que las autoridades aquí presentes han debido pensar que eso les daba derecho a mandarme cartas rogándome mi presencia aquí durante meses. No me quedó más remedio que aceptar, aunque solo fuera para salvar el medio ambiente y dejar de recibir esas malditas cartas. Así que aquí estoy, teniendo que entregar los dos últimos premios, y a punto de libraros de esta tortura. Allá vamos. Premio al Mejor Jugador de la Temporada.

Las manos de Brüning eran ágiles para sus ochenta y tantos años, y rompieron el sobre que llegó flotando junto a él sin ninguna clase de ceremonia. Se quedó mirando la tarjeta en el interior durante unos segundos, y al final solo dijo un nombre:

—Bruce Vaisey.

Durante unos instantes, Bruce no reaccionó. Solo cuando notó las palmadas en su espalda de Jason y Austin pudo volver a la realidad, y los sonidos de los aplausos y vítores y las caras sonrientes de la gente a su alrededor le llegaron de golpe. En realidad, no era del todo inesperado: hacía muchos meses que comentaban en todos los medios de comunicación que era quién tenía más posibilidades de ganar. Pero aún y así… Una parte de él nunca había estado seguro. Temía que en el último momento, algo les hiciera cambiar de parecer y votaran a alguien más, a un estadounidense. Al fin y al cabo, solo un extranjero había sido elegido Mejor Jugador antes, más de cincuenta años atrás… Y esa persona estaba esos momentos encima del escenario, esperando a que subiera a recoger su premio.

Bruce sonrió, dio las gracias a sus compañeros más cercanos y subió los escalones del escenario con presteza, intentando acabar con aquello rápido. Estrechó la mano de Klaus Brüning y recogió el trofeo, levantó la mano para saludar al resto de la sala y dejó que le hicieran unas rápidas fotografías antes de volver a su mesa… Pero Brüning le detuvo cuando se encaminaba hacia los escalones.

—Alto, muchacho—le advirtió el anciano—. Tienes que decir unas palabras.

—¿Yo?—preguntó Bruce, confuso—¿Por qué hace falta?

—Porque te has llevado el premio más grande de la noche, obviamente tienes que decir algo. Anda, ponte ahí y agradece cosas. Hazlo rápido.

No le quedó más remedio que volver al centro del escenario y enfrentarse a la multitud de caras curiosas que le observaban. En ese momento, habría preferido estar en cualquier otro lugar del mundo, y no frente a doscientas personas escuchándole atentamente…

Agradecer cosas, sí. Eso podía hacerlo.

—Quiero dar las gracias a todas las personas que me han elegido para este premio—tenía la boca seca, pero al menos pudo hablar sin trabarse—. Es todo un honor recibirlo. También quiero agradecer a mis compañeros y compartir esto con vosotros, porque sin vuestra ayuda no habría sido posible. Y quiero dar las gracias al entrenador y a los Minotaurs, por darme una oportunidad y confiar siempre en mí… Y por último, quiero dar las gracias a Nueva York y a Estados Unidos por tratarme tan bien todos estos años. Ha sido un placer compartirlos con vosotros.

Bruce se quedó callado, y se relajó cuando a sus palabras le siguió una gran ovación. Brüning pidió al resto de los Minotaurs que subieran al escenario y sus compañeros tardaron segundos en llegar a hacerle compañía; Jason y Robert le sonrieron burlonamente, y Alex le susurró un "¡Bien hecho!" cuando se situó a su lado. Por fin, el trofeo de Campeón de Liga se materializó en manos de Klaus Brüning, y Donald lo recogió y levantó en el aire mientras los Minotaurs reían y se abrazaban, mientras el resto de la gente les dedicaba la última gran ovación de la noche.


La música inundó el lugar, y las mesas de la cena fueron reemplazadas por las mesas altas llenas de una amplia variedad de copas y alcohol. En los primeros minutos Bruce recibió tantas felicitaciones que no tardó en perder la cuenta, pero a medida que la velada fue avanzando la frecuencia de gente que se le acercaba fue disminuyendo. Así pudo disfrutar del tiempo con sus amigos, aunque Brian pasó un buen rato protestando acerca de la elección del equipo ideal, a Jason le reclamaban constantemente ex compañeros de otros equipos y Amanda se escabullía frecuentemente para comentar cotilleos con una de sus compañeras de los Mirages. Pero aún y así, Bruce se lo pasó de maravilla. Que la selección de hidromiel de ese año fuera todavía más espectacular de lo normal (y que Tommy Calcetines se acercara a saludarle con un montón de vasos en los que había reunido la colección completa) también ayudó.

En uno de los momentos en los que se quedó solo, Erika se le acercó. Parecía incómoda y no era de extrañar, porque ellos dos nunca estaban juntos a menos que no les quedara más remedio, y cuando le habló pareció más una obligación que algo que quisiera hacer voluntariamente:

—Vaisey, quería felicitarte por la temporada que has hecho. Ha sido muy buena. Te mereces el premio.

—Vaya, gracias, Thompson—¿eso era un halago de Erika? Mejor no mencionárselo, no fuera que se volviera contra él—. Tú tampoco lo has hecho nada mal. Seguro que dentro de pocos años lo ganas tú también.

Por sorprendente que pareciera, Erika sonrió. O tal vez había bebido demasiado y se lo estaba imaginando, pero habría jurado que eso era una sonrisa sincera. La joven solo dijo una cosa más antes de alejarse de nuevo:

—Suerte en los Warriors. El equipo te echará de menos.

Bruce bebió un trago de su copa, solo de nuevo y todavía sorprendido. A lo mejor era Erika la que no estaba acostumbrada a beber y por eso estaba siendo una persona decente. Cuando una nueva persona conocida llegó a su lado no pudo hacer menos que comentar la situación, aunque la persona en concreto fuera Gina.

—Sí, parece que Erika está algo sociable hoy—se mostró de acuerdo Gina.

—Estos últimos días me ha dado algo de lástima irme y dejaros al resto del equipo con ella de buscadora titular—confesó Bruce—. Y sin Donald ni Elizabeth para controlarla un poco. No puedo evitar pensar que será una temporada difícil.

Gina le miró con una ceja levantada y le dedicó una media sonrisa burlona.

—Erika es una niña malcriada que siempre ha sido perfecta y ha recibido todo lo que pedía. No quiere entender que en realidad no es perfecta y no quiere aprender a base de escuchar a los demás, así que su única opción es aprender a base de golpes de la vida… Y justo está empezando a madurar y a darse cuenta de ello. No te preocupes por nosotros. Hemos pasado por peores cosas que una niña inmadura. Sobreviviremos.

—Es curioso que lo digas precisamente tú—hizo notar Bruce, y Gina soltó un ruido que era media carcajada, medio bufido.

—Todos maduramos. Erika, Robert, tú, incluso yo.

—Hace un año no creía que pudiera volver a hablar contigo nunca más como una persona normal—admitió Bruce.

—Yo tampoco.

—Es curioso la de cosas que pueden pasar en un año.

Un año atrás, en aquella misma fiesta, se habían gritado de todo en medio de la sala y habían montado el mayor espectáculo que se recordaba en años. Y ahí estaban ahora, hablando tranquilamente cada uno con su copa en la mano. No eran amigos, pero se toleraban. Había muchas cosas en las que no estaban de acuerdo, muchas cosas que no estaban enterradas o perdonadas del todo, pero habían vivido demasiado juntos como compañeros como para no poder tener momentos de paz como aquellos.

—Aunque es verdad que el equipo te echará de menos—apuntó Gina de golpe—. Sin ti, tendremos que esforzarnos mucho más para mantener un buen nivel. Pero al menos volveré a tener muchas opciones de ganar el premio a Mejor Jugadora el año que viene.

Bruce no pudo contener la sonrisa.

—Admítelo, estás celosa de que te haya superado.

—Jamás—replicó Gina, y dio un largo sorbo de su copa para cortar la conversación.

Se quedaron en silencio, observando a la gente a su alrededor. Todo el mundo reía, bailaba, cantaba, charlaba y se lo pasaba bien. Tal como debía ser.

Y de repente, Gina dijo:

—¿Sabes, Bruce? Hay algo que nunca te he contado. No te lo diré para cambiar tu opinión sobre mí, no soy tan estúpida como para intentarlo, simplemente… Es sobre la primera vez que nos acostamos, aquella noche de la Fiesta de Fin de Temporada de hace dos años. Había bebido tanto que ya ni pensaba en algo para herir a nadie. No fue hasta mucho más tarde que me di cuenta de qué podría salir de allí. Pero aquella noche, solo pensaba en ti, en lo bien que te quedaba ese traje y en lo mucho que me apetecía acostarme contigo. Aquella noche, fue real.

Bruce no dijo nada, principalmente porque no sabía qué decir. Aquello no cambiaba nada… O casi nada. Porque significaba que no todo había sido una mentira. Porque al menos una vez, había visto una parte de Gina desconocida. No la parte que mentía, engañaba, manipulaba y torturaba a los demás, sino la parte que solo quería relajarse y disfrutar.

Tal vez todos acababan madurando, tarde o temprano. Y tal vez, Gina tenía una pequeña parte buena que podía crecer más.

No dijo nada, pero asintió con la cabeza, y Gina le imitó antes de alejarse de él sin mediar una palabra más. La observó caminar entre la gente, la vio pasar cerca de Brian y como este notaba su presencia, y vio cómo su amigo llamaba su atención con unas palabras que no llegó a entender.

Bruce suspiró y echó un vistazo a su reloj. Ya era tarde, estaba bastante borracho y cansado, y todos sus amigos estaban desperdigados por la sala. Debería irse a dormir ya… Pero era su última fiesta en Estados Unidos.

Todavía podía quedarse unos últimos minutos más.


¡Hola de nuevo!

Sí, lo sé, el capítulo llega tarde, pero para compensar, ¡es largo y pasan un montón de cosas! Es el último partido de Liga de Bruce con los Minotaurs, la final del TIAQ y sus repercusiones, la fiesta de fin de temporada... Y además, por fin se sabe que Bruce se marcha a Australia, y podemos ver cómo su paso por Estados Unidos no solo le ha marcado a él, sino también al quidditch del país. ¡Y con esto se acaba la tercera temporada en Estados Unidos! Ya empiezan las vacaciones, y dentro de nada estaremos en Inglaterra y, muy pronto, también en Australia (con alguna que otra sorpresa entremedias).

Y bueno, como siempre, muchísimas gracias a todos los que seguís leyendo y comentando. Por escasez de internet ahora me es más difícil responder, pero leo todo lo que me llega y no sabéis la ilusión que me hace. Ya sabéis que para cualquier comentario, duda, sugerencia o lo que sea, ¡podéis soltar lo que se os ocurra ahí abajo!

¡Hasta la próxima!