Pokémon Reset Bloodlines – Gaiden de Ritchie

Por Fox McCloude.

Disclaimer: Pokémon y todos sus personajes son propiedad de Satoshi Tajiri y Nintendo. La historia de Reset Bloodlines pertenece a Crossoverpairinglover. Todos los derechos reservados.


Summary: En el otro extremo de la región Kanto, echemos un vistazo a Ritchie, cómo se crio, y cómo inició su viaje Pokémon. ¿Qué clase de vida tuvo nuestro clon favorito de Ash en esta nueva línea temporal, y qué lo inspiró a volverse entrenador en esta línea temporal?


Ciudad Frodomar…

- ¡Ritchie, levántate! ¡El desayuno ya está listo! – El sonido de la voz de su madre lo despertó de su letargo. Se restregó los ojos con pereza y entonces ella volvió a llamar. – ¡Ritchie, date prisa o llegarás tarde!

- ¡Sí mamá, ya bajo! – exclamó el chico, yendo a su armario con calma para vestirse. Ya cuando se puso los pantalones y la camiseta, cogió sus pantuflas y bajó al comedor para desayunar.

La noche anterior apenas había podido dormir, pues estaba muy emocionado. Hoy era el día, hoy comenzaba su prueba final para que le aprobasen su licencia de entrenador Pokémon. Tenía que estar a la hora acordada en el Centro Pokémon sin falta, o de lo contrario quedaría reprobado por default y tendría que esperar otro año para volver a intentarlo.

Ya abajo, su madre todavía estaba en la cocina, terminando de recoger algunas cosas. El lugar de Ritchie en la mesa siempre era la que tenía la ración más grande, ni siquiera su padre, Silver, que se jactaba de ser un verdadero devorador a la hora de comer, había sido capaz de ganarle.

- ¡Buenos días, pequeñín! – le dijo mientras lo saludaba como siempre lo hacía; eso era, poniéndole su enorme mano en la cabeza y desordenándole el pelo.

- ¡Ya basta, papá! – se rio Ritchie. – Ya no soy tan pequeño, ya voy a cumplir quince años.

- ¡Ja! Pues hasta que me superes en tamaño eres un pequeñín. – replicó el hombre divertido. – ¿Dormiste bien anoche?

- Más o menos. – replicó el chico. – Estaba muy emocionado.

- No es para menos. – llegó Regina, la madre de Ritchie, a sentarse junto con ellos. Tenía el mismo cabello castaño rojizo que su hijo, pero ciertamente no era de ella de quien había heredado su estatura.

El verano pasado Ritchie ya había crecido tanto que ahora la superaba por lo menos en una pulgada, y todavía le quedaban varios años para seguir creciendo. Aun así, con lo enorme que era Silver, todavía le faltaba un largo camino por recorrer, tanto como para llenar su abrigo de viaje favorito, que Ritchie no podía ponérselo todavía sin arrastrar la tela en el suelo. Pero comiendo como lo hacía, a buen paso lo lograría y tal vez hasta llegaría a superarlo en tamaño y constitución algún día.

Mientras devoraba su desayuno, Ritchie no podía dejar de pensar en los últimos casi cinco años. Hasta entonces, toda su vida había sido criado por su mamá solamente. Aunque ella lo amaba y siempre se aseguró de que nunca le faltara nada, la ausencia de una figura paterna era algo difícil de ignorar, especialmente cuando mayoría de los demás niños de su edad tenían a ambos padres. Cuando finalmente se aventuró a preguntar, la respuesta de su madre, dolorosa, pero sincera, fue la siguiente:

- "No sé dónde esté el hombre que te concibió. No sé cómo se llama ni de dónde viene, pero si nos dejó de ese modo, en lo que a mí concierne él no es tu padre y nunca lo será."

A pesar de su corta edad, Ritchie entendió el mensaje, y más todavía al ver el pesar que le provocaban esos recuerdos a su mamá. No queriendo atormentarla más, no insistió en hacer más preguntas. Con todo, eso no quitaba el hecho de que, por dentro, el pequeño muchacho deseaba tener una figura paterna en la cual apoyarse, como muchos de sus otros amigos.

Pero por supuesto, las cosas cambiaron cuando él y su madre conocieron a Silver Raylight. Fue un encuentro muy extraño, pero una cosa llevó a la otra, y eventualmente, Silver se convirtió en su nuevo papá.

- ¡Terminado! ¡Gracias por la comida! – dijo Ritchie luego de bajarse su vaso de leche casi de un solo trago.

- En serio, hijo, sigo sin entender cómo puedes comer más que yo y terminar antes. – dijo Silver con cierto deje de orgullo en la voz. – En fin, mejor que te pongas en marcha, tu prueba espera.

- Claro. – El chico se dirigió hacia la entrada y agarró una gorra colgada el perchero, se puso sus zapatos de correr y antes de salir se detuvo un momento para darle unas caricias amistosas al Chikorita de su padre, que descansaba tomando el sol junto a la ventana. – ¡Volveré más tarde, nos vemos!


Un poco después…

En cada región, y por extensión en cada ciudad, había diferentes maneras de obtener una licencia de entrenador Pokémon. Los estándares para conseguirla variaban de una locación a otra, pero en general, el aspirante tenía que demostrar cierto nivel de competencia en el manejo y cuidado de Pokémon. En Ciudad Frodomar, la Enfermera Joy local era quien estaba a cargo de evaluar a los futuros entrenadores.

Ritchie estaba en la sala de espera, junto con los otros dos entrenadores que tomarían esta prueba, un chico y una chica de su edad que solo conocía de vista, pero parecían echarse miradas asesinas por un momento y luego voltear a cada tanto, así que él prefirió mantenerse al margen. Después de unos minutos, la Enfermera Joy llegó con tres Pokébolas en una bandeja. Cada una con un símbolo específico: una hoja, una llama y una gota de agua.

- Lamento la espera. Creo que ya es hora de que sepan de qué se trata la prueba. – les dijo. – Dentro de estas Pokébolas hay un Pokémon inicial. Su prueba final será que lo cuiden durante una semana entera por ustedes mismos. Lo usual: alimentarlos, sacarlos a hacer ejercicio y asearlos. Pasado ese tiempo, evaluaremos su condición y en base a eso, decidiremos si pueden quedarse con él y con eso aprobar su licencia de entrenadores. Por favor elijan uno cada uno.

El chico y la chica que acompañaban a Ritchie alargaron la mano simultáneamente, agarrando la Pokébola con la llama. Al darse cuenta, retiraron las manos y fueron a agarrar otra, esta vez la de la hoja. Y otra vez, ocurrió lo mismo con la tercera, y ya con esto, los dos se miraron con fastidio.

- Oye, ya decídete, ¿no? – dijo el chico.

- ¿No se supone que las damas primero? – replicó la chica. – Déjame elegir a mí primero.

- ¿Con qué derecho? Yo llegué primero, así que me toca.

- ¿Qué, quieres pelear?

Mientras esos dos intentaban resolver sus diferencias, Ritchie rodó los ojos y alargando la mano agarró la Pokébola del medio y la activó, dejando salir al Charmander que estaba adentro. El argumento se interrumpió de ver que el chico callado se les había adelantado.

- Quiero este. – dijo Ritchie.

- Me parece muy bien. – replicó la Enfermera Joy.

- ¡Oye! ¿Y con qué derecho eliges tú primero? – dijo el chico.

- ¡Es cierto, no se vale! – agregó la chica.

- La culpa la tienen ustedes. – dijo la Enfermera poniendo los brazos en jarras. – En vez de estar discutiendo decidan de una vez. Tan sencillo como jugar Piedra, Papel o Tijeras, ¿no?

Los dos chicos se enfurruñaron, pero si no había otro remedio, decidieron hacerle caso. Ritchie entretanto salió mientras los otros dos se quedaban en medio de su juego (y por lo que parecía, iría para largo), llevándose a su nuevo compañero con él. No era una caminata demasiado larga, y sería una buena forma de conectarse con él para comenzar.

- ¡Ya llegué! – llamó mientras cruzaba la puerta. Su padre se encontraba sentado junto a su Chikorita viendo un torneo de la Liga Pokémon, un duelo entre los miembros del Alto Mando Agatha y Bruno, usando un Gengar y un Onix de gran tamaño con una cicatriz cerca del ojo respectivamente.

- Vaya, volviste más pronto de lo que creí. – dijo Silver, que luego dirigió la mirada hacia el pequeño lagarto de tipo Fuego. – Vaya, vaya, ¿y quién es tu nuevo amigo?

- De esto se trata la prueba. – dijo Ritchie. – Tendré que cuidarlo una semana entera, y si lo hago bien, podré quedarme con él. Ya sabes, darle de comer, ayudarlo a hacer ejercicio y eso.

- Jeje, la parte del ejercicio suena bien. – dijo Silver, sonriendo ampliamente. – ¿Qué tal si para empezar le enseñamos algún ataque?

- ¿Un ataque? – Ritchie ladeó la cabeza. Charmander imitó el gesto.

- Charmander puede aprender ataques de tipo Dragón. Nunca viene mal tener uno de esos. – dijo Silver. – Salamence nos puede ayudar.

- Ay no. Querido, apenas acaba de conseguirlo y no me digas que quieres ponerlo a pelear contra tu Salamence. – intervino Regina.

- ¿Qué tiene de malo? – replicó Silver. – Si de todas maneras va a ser suyo, bien puede empezar a entrenarlo desde ya, ¿o no?

- Pues a mí me gusta la idea. – dijo Ritchie, que después miró a Charmander. – ¿Tú qué opinas?

- ¡Char, char! – El lagarto apretó sus pequeños puños y asintió con entusiasmo.

- ¡Jaja! Pues qué crees querida, somos tres votos contra uno. – dijo Silver. – ¿Qué tal si vamos a entrenar en las afueras de la ciudad después del almuerzo?

Ritchie asintió estando de acuerdo, y junto con su nuevo amigo, se sentaron junto a su padre a ver el torneo. Regina no pudo evitar rodar los ojos; una de las cosas de haberse casado con Silver, era que Ritchie frecuentemente parecía estar de acuerdo en todo lo que decía su padre, al menos en lo que a entrenamiento de Pokémon se refería. Aun así, ¿quién era ella para negarle a un hijo pasar tiempo de calidad con su padre?

La razón de irse a las afueras de la ciudad para entrenar era para evitar causar destrozos o alborotos, pues en todo Frodomar Silver ya se había hecho de cierta reputación como el entrenador más destructivo al momento de sus batallas. De hecho, varios torneos locales lo habían suspendido o vetado de participar precisamente por esto, lo que lo obligaba a ir a las ciudades aledañas cuando hiciera falta algo de dinero extra.

Dicho eso, nadie podía negar que era un entrenador realmente fuerte, y muchos de los aspirantes locales matarían por tenerlo a él como mentor. Ritchie era realmente afortunado de que fuese su padre, pues eso quería decir que siempre lo tendría disponible para eso. En aquel momento, se encontraban en un terreno rocoso y algo desértico. Con un poco de ensayo y error, habían podido determinar que Charmander solo conocía los ataques Arañazo, Pantalla de Humo y Brasas. No estaba mal, pero definitivamente un ataque tipo Dragón haría una buena adición a su arsenal.

- Fíjate bien. – les dijo Silver, hablándoles a Ritchie y Charmander. – ¡Salamence, Furia Dragón!

El dragón alado rugió y abriendo su boca empezó a acumular unas llamas de color azulado. Silver señaló hacia una enorme roca, y Salamence disparó una bola de fuego que al impactar la hizo volar en pedazos. Ritchie y Charmander se quedaron con los ojos abiertos por el asombro.

- Wow, increíble. – dijo el chico aplaudiendo.

- Furia Dragón es el ataque tipo Dragón más básico. – dijo Silver. – Es el ataque más fácil de aprender, pero el más difícil de dominar. En eso radica su fuerza.

- Entiendo. – asintió Ritchie. – Muy bien, Charmander, ¿estás listo?

- ¡Char!

Tratando de imitar a Salamence, Charmander se plantó frente a otra roca un poco más pequeña y comenzó a inhalar. Al principio, sus llamas eran de color rojo naranja como siempre, pero empezó a concentrarse para transformar su energía. Para cualquier Pokémon, era más sencillo aprender de manera natural movimientos de su propio tipo, así que los de otros eran un poco más complicados. Las llamas parpadearon entre rojo y azul, hasta que al fin se quedaron en este último.

- ¡Ahora! – gritó Ritchie.

- ¡Char! – Charmander trató de exhalar el ataque, pero la bola de fuego se disipó a menos de diez centímetros de haber salido de su mandíbula. La roca permaneció intacta.

- No está mal para el primer intento. – dijo Silver, tratando de no sonar a que estaba decepcionado. – Salamence, muéstrale de nuevo cómo se hace.

Y otra vez, Salamence eligió una roca como objetivo, y disparó su ataque para destrozarla. Esta vez, retuvo la bola de fuego azul en sus quijadas un poco más antes de lanzarla para que Charmander pudiese ver con mayor claridad cómo se hacía el ataque. Hecho esto, la volvió a lanzar para destrozar la roca. No importaba cuantas veces lo hiciera, siempre era increíble.

- ¿Lo ves? – dijo Silver. – Ahora inténtalo tú.

Charmander y Ritchie asintieron, y de nuevo fijaron la vista en la roca. Otra vez, la pequeña lagartija empezó a inhalar. Esta vez el fuego tardó menos en dejar de parpadear para ponerse azul, pero al disparar la bola, de nuevo volvió a disiparse.

- Bueno… eso es un progreso. – comentó Ritchie. – Esta vez llegó un poco más lejos al menos.

- Sí, como cinco centímetros. – dijo Silver moviendo la cabeza negativamente y se agachó para ver a Charmander. – No, no. El secreto es que intentes imaginar que eres un Dragón. Deja de pensar en ataques tipo Fuego. Piensa que eres como Salamence por un momento.

Charmander miró a Salamence, y este movió la cabeza para asentir. Un Dragón, tenía que imaginarse como un dragón. No estaba tan lejos de la realidad; su evolución final era un Pokémon capaz de rivalizar con los dragones y era considerado uno de manera no oficial por muchos. Charmander adoptó una expresión determinada, y por tercera vez se plantó frente a la roca junto con Ritchie. Esta vez lo conseguirían.

- ¡Otra vez, Charmander, Furia Dragón!

Determinado a lograrlo, Charmander volvió a inhalar. Siguiendo el consejo de Silver, dejó de pensar que era tipo Fuego. Era un Dragón. Tenía que ser un Dragón para poder ejecutar ese ataque. El pensamiento dio resultado: las llamas esta vez no tardaron mucho en volverse azules. Con un fuerte grito, Charmander disparó su ataque.

*¡POOOOOFFFF!*

La bola de fuego esta vez no se disipó en el aire, sino que impactó contra la roca. Obviamente no la hizo volar como Salamence, pero sí dejó una buena marca. Ritchie y Charmander sonrieron con emoción.

- ¡Sí, lo hicimos! – Ritchie apretó los puños en señal de triunfo.

- ¡Charmander! – celebró el pequeño lagarto haciendo un bailecito de victoria.

- Jeje, de eso estaba hablando. – dijo Silver, cruzando los brazos y sonriendo con satisfacción. – Pero vamos, que la tarde es joven. ¡Vamos, repítanlo hasta que vuelen esa roca y no quede nada!

El entrenamiento apenas estaba comenzando. Por supuesto, volar la roca les llevaría toda la tarde, pero valdría la pena. Solo era cuestión de seguir haciéndolo como hasta ahora.


Seis días después…

Con su padre fuera de la ciudad para participar en otro torneo, Ritchie tuvo que seguir con el entrenamiento de Charmander en Furia Dragón él solo. Por fortuna, el empujón inicial que le dieron había sido suficiente y solo fue cuestión de recordar las indicaciones que les habían dado. Charmander resultó ser un buen aprendiz, y aunque pasaría mucho tiempo antes que su Furia Dragón pudiese romper rocas como la de Salamence, definitivamente iban por buen camino.

Faltando solo un día para volver al Centro Pokémon y evaluar los resultados, Ritchie estaba seguro de que aprobaría con honores. Mantenía sus dedos cruzados, pues realmente se había encariñado con Charmander y no le agradaba la idea de separarse ahora. Quizás ya era un buen momento para pensar en un buen apodo. Él no era de los que les gustaba mucho llamar a los Pokémon de manera genérica, y había pensado en ponerles nombres para darles más personalidad.

Para seguir con el entrenamiento, Silver les había dejado a Chikorita, y en ese momento los tres estaban en el parque local haciendo algo de entrenamiento adicional.

- ¡Adelante, Chikorita!

- ¡Chiko! – El pequeño Pokémon tipo Hierba saltó y girando la hoja sobre su cabeza lanzó unas cuantas Hojas Navaja al aire.

- ¡Ahora tú, Charmander!

- ¡Char! – Charmander abrió la boca y disparó una pequeña lluvia de chispas de fuego. El ataque logró alcanzar las Hojas Navaja sin problemas, que cayeron hechas cenizas.

- ¡Muy bien! ¡De nuevo! – dijo Ritchie, y Chikorita lanzó otra oleada de hojas, que Charmander incendió del mismo modo.

Un ejercicio muy simple, pero muy divertido y a la vez excelente para el entrenamiento. Nada como un poco de tiro al blanco para practicar la puntería, y el propio Charmander parecía estar divirtiéndose mucho. Ritchie hacía que Chikorita las lanzara cada vez más alto y más lejos para aumentar el reto. Cuando finalmente ya no pudo más, finalmente se pararon.

- Treinta y cuatro de cincuenta. No está nada mal, buen trabajo los dos. – dijo Ritchie, y le indicó que se fuesen a sentar en una banca para descansar.

El parque en ese momento estaba relativamente despejado. A esta hora la mayor parte de la gente de la ciudad estaba trabajando, o en el caso de los niños, en la escuela. Ritchie sacó de su mochila algo de comida Pokémon para premiar a Charmander por su esfuerzo y agradecerle a Chikorita por su ayuda. Para él mismo, sacó también algunas de las croquetas que había preparado su mamá. Los dos comieron con muchísimas ganas, mientras observaban el cielo. Era una hermosa mañana, el clima era perfecto y no había otra cosa qué hacer excepto relajarse…

- ¡Pika!

- ¡Vuelve aquí, maldita rata con hepatitis!

- ¡Row, spearow!

Esos ruidos sacaron a Ritchie de su estado relajado y vio cómo se venía acercando un Pikachu corriendo a cuatro patas, perseguido por un Spearow, y un chico albino que Ritchie conocía demasiado bien. Los dos estuvieron en la misma clase, y nunca se agradaron del todo. El chico albino tenía una Pokébola en mano, y esta lanzaba rayos retractores uno tras otro, que el Pikachu evitaba saltando de un lado al otro para no ser alcanzado. Apenas lo vio, el ratón eléctrico corrió hacia él y se escondió detrás de su pierna como buscando protección. Ritchie notó algo particular al verlo de cerca: el Pikachu tenía tres mechones de pelo levantados en la frente.

- Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí. Qué gusto de verte, Ritchie. – dijo el chico albino. Echándole una mirada al Charmander junto a Ritchie, de repente una mueca de envidia cruzó por su rostro.

- Joshua. – replicó Ritchie secamente. En eso notó algo que traía en la mano que no sostenía la Pokébola, una piedra de color verde con líneas en forma de rayo en el interior. – ¿Qué se supone que estás haciendo?

- Eso no te concierne. – replicó tajante el chico albino, llamado Joshua. – Ahora si no te molesta, apártate para poder hacerle un favor a ese roedor inútil.

Con ese comentario, Ritchie no necesitó más para saber lo que sucedía. Joshua evidentemente quería utilizar esa Piedra Trueno, pero el Pikachu no estaba de acuerdo con eso. Aunque eran casos muy raros, había Pokémon que no deseaban evolucionar, mucho menos si sus entrenadores trataban de forzarlos a hacerlo. Esto violaba totalmente el sentido de la justicia de Ritchie a los catorce años, así que se rehusó a moverse.

- Es obvio que él no quiere, ¿por qué no lo dejas en paz? – dijo Ritchie.

- Ya te dije, le estoy haciendo un favor, esto lo hará más fuerte. – replicó Joshua. – ¿Y de todos modos, qué haces con ese Charmander?

- Lo estoy cuidando. – replicó Ritchie. – Si hago un buen trabajo, para mañana me dejarán quedarme con él.

- Tch, qué suerte tienen algunos. – dijo Joshua, volteando la cara con disgusto.

Ritchie se sintió tentado a restregarle en cara aquel pésimo recuerdo, pero al final no lo hizo. El año pasado, llegaron invitaciones para aspirantes a entrenadores enviadas por el mismo Profesor Samuel Oak desde Pueblo Paleta, para participar en un campamento de verano. Pero no cualquier campamento: al final de este habría una prueba que si lograban pasar con honores, podrían recibir un Pokémon inicial y un Pokédex, un sueño para cualquier entrenador que deseara hacerse de renombre. Ritchie no pudo asistir ya que se enfermó, mientras que Joshua se fue jactándose de que en un año podría iniciar su viaje con un Pokédex en mano y un inicial de Oak. Cinco semanas después, cuando volvió a casa estaba furioso. Los detalles no eran claros, pero al parecer lo pillaron haciendo trampa y lo echaron. Esto dejó una marca imborrable en su expediente, y ahora se le haría mucho más difícil (aunque no imposible) conseguir una licencia de entrenador. De hecho, a falta de algo mejor, su padre no tuvo más remedio que ir a capturarle un Pokémon por sí mismo, y lo único que le pudo conseguir fue ese Spearow que lo acompañaba, hacía apenas un mes.

- ¿El Pikachu es tuyo? – preguntó Ritchie.

- No todavía, mi padre se lo compró a una coleccionista adinerada. – dijo Joshua. – Pero parece que no le gustan las Pokébolas por alguna razón. Se salió solo y trató de huir.

- ¿En serio? – dijo Ritchie. – En tal caso, ¿qué tal si hacemos un trato tú y yo? Tengamos una batalla Pokémon, aquí y ahora. Si tú ganas, me aparto para que te lo lleves. Si yo gano, lo dejas en paz.

- ¿Hablas en serio? – preguntó Joshua, mirando a Chikorita y Charmander. – No me digas que planeas usar a uno de ellos contra mi Spearow.

Ritchie miró hacia abajo. Si quería, podría haber dejado que Chikorita se encargara de todo, pues a pesar de no estar evolucionado, había estado por años con su padre y podría acabar con el Spearow de Joshua sin problemas. Claro que Joshua no sabía eso, y por otra parte… se sentiría más satisfactorio si lo vencía con su propio Pokémon.

- Uno a uno, mi Charmander contra tu Spearow, aquí y ahora. – le dijo.

- ¿Mander? – preguntó Charmander, mirando a Ritchie. Este solo le dirigió una mirada de "sé lo que estoy haciendo", así que replicó de igual forma, retando al pájaro. – ¡Charmander!

- Tch, por favor, si solo has tenido a esa lagartija por una semana, ¿cómo esperas vencer a mi Spearow? Hemos estado entrenando todo el mes.

- ¿Qué pasa, tienes miedo? – dijo Ritchie. Presionar ese botón siempre era la mejor manera de provocarlo, él ya lo sabía.

- Aquí el que va a tener miedo es otro. – dijo Joshua. – De acuerdo, ya que insistes.

Pronto, los dos aspirantes a entrenadores se encontraban frente a frente. El pájaro café con alas rojas, y la lagartija de fuego se miraron uno al otro a los ojos con desafío, esperando las órdenes para hacer el primer movimiento. Entretanto, el Pikachu se quedaba detrás de Ritchie, rogando por que fuese él quien ganara.

- ¡Usa Brasas! – inició Ritchie.

- ¡Char! – Charmander abrió la boca y lanzó una lluvia de chispas de fuego.

- ¡Esquívalo y usa Ataque Furia! – gritó Joshua.

- ¡Spear!

El pájaro rápidamente tomó altura y se lanzó en picada, con su pico brillando con energía blanca. Se movió hacia un lado para esquivar las chispas y al llegar lo suficientemente cerca, se le fue encima comenzando a atacarlo repetidamente con su pico y garras.

- ¡Quítatelo con Arañazo! – gritó Ritchie.

Charmander alzó una garra y de un solo zarpazo en toda la cara alejó al pájaro. Joshua quiso insistir y le ordenó volver a lanzarse esta vez con Picotazo, pero Charmander supo anticiparse y le replicó con su propio Arañazo antes de que lo alcanzara, golpeándolo por debajo de la quijada.

- ¡Ahora, Brasas! – ordenó Ritchie.

Aturdido por su mandíbula desencajada, el pájaro no pudo evitar lluvia de chispas de fuego que le cayó encima, y Joshua estaba empezando realmente a irritarse.

- ¡Otra vez, usa Ataque Furia, y no te detengas!

- ¡Spearow!

El pájaro de nuevo dio una vuelta para lanzarse y comenzó a atacar viciosamente con sus garras y pico, mientras Charmander intentaba cubrirse. Ritchie comenzó a pensar en alguna forma de quitárselo de encima rápido.

- ¡Pantalla de Humo!

Joshua creyó que eso era una estupidez; todos sabían que la habilidad especial de Spearow era Vista Aguda así que si lo que quería era ocultarse de nada le serviría. Pero esa no era la intención de Ritchie, incluso aunque sus ojos pudieran ver a través del humo, su nariz todavía se vería afectada por inhalarlo a tan corta distancia. El pájaro se vio forzado a retroceder tosiendo, y le echó una mirada asesina a su contrincante, cuyo entrenador sonreía con satisfacción. Joshua rechinó los dientes, pero entonces tuvo una idea.

- ¡A ver qué te parece esto! ¡Spearow, usa Persecución contra Pikachu!

- ¡¿Qué?! – exclamó Ritchie.

- ¡¿Pi?! – Al escuchar eso, el Pikachu instintivamente trató de huir. Por supuesto ese era el plan de Joshua desde el inicio: Persecución aumentaba su poder al doble si el oponente trataba de escapar.

- ¡Eso es trampa! ¡Pikachu ni siquiera está peleando! – gritó Ritchie.

- ¡¿Y a quién le importa?! ¡Ese roedor va a evolucionar aquí y ahora!

Ritchie no podía creer que cayera tan bajo. Bueno, si quería jugar de ese modo, tal vez ya era hora de poner su entrenamiento a prueba. Mientras Spearow se acercaba a Pikachu con la punta de su ala envuelta en energía oscura, Ritchie dio su orden.

- ¡Charmander, Furia Dragón!

Charmander empezó a aspirar y formó las llamas draconianas en su garganta, para sorpresa de Joshua. Con un fuerte grito, escupió la bola de fuego azul que directo a la espalda del pájaro, deteniéndolo en seco de su persecución de Pikachu. El pájaro se desplomó por un momento, pero logró volver a ponerse de pie y volar, apenas.

- ¡Olvídate de Pikachu por ahora, encárgate de Charmander! ¡Usa Ataque Furia! – gritó Joshua. Spearow se lanzó a la carga de nuevo, pero irse de frente así solo era hacerse él mismo un gran blanco. Ritchie se resistió al impulso de darse una palmada en la cara y decidió terminar la batalla.

- ¡Furia Dragón otra vez!

Una última vez, Charmander lanzó la bola de fuego azul, golpeando al pajarraco en toda la cara. Un segundo después, Spearow había caído de espaldas, y yacía en el suelo con las alas desparramadas y patas arriba. Si no lo vieran respirando, casi podría haber parecido que estaba muerto por la posición tan extraña en que había quedado. Charmander se puso las manos en la cintura y sonrió con satisfacción, mientras su entrenado asentía. Les resultó muy útil después de todo.

- ¡Spearow! – gritó Joshua yendo a recogerlo y examinándolo. – ¡No es justo! ¿De dónde sacó un Pokémon inicial un ataque como ese? ¡Eso fue trampa!

- ¡¿Trampa?! ¡Tú fuiste el que le ordenó a Spearow atacar a Pikachu! – replicó Ritchie.

- ¡Eso no importa! ¡¿De dónde sacó tu Charmander ese ataque de todos modos?!

- Estuvimos entrenando toda esta semana. – dijo Ritchie, recuperando su sonrisa de triunfo. – Tiene sus ventajas cuando tu papá es el entrenador más fuerte de toda la ciudad.

- Tch, sí claro. No presumas, ese hombre ni siquiera es tu padre, todos lo saben. – dijo Joshua frunciendo el cejo.

- ¿Qué acabas de decir? – murmuró Ritchie. Su sonrisa de triunfo se había esfumado. Ese comentario no le gustó.

- ¿Qué, acaso lo niegas? – replicó Joshua, levantando a su Spearow inconsciente. – ¡Aunque no lo supiera, ustedes dos no se parecen en nada!

Ritchie trató de controlarse, pero involuntariamente apretó los puños. Si por algo era conocido Joshua, era por saber cómo presionar los botones de los demás, y si había algo que Ritchie odiaba, era que cualquiera se atreviera a negar el lazo de padre e hijo entre él y Silver. Joshua por un momento creyó ver unas chispas en sus ojos, aunque seguro lo atribuyó a que lo hizo enfadar. Tomó una Pokébola para retornar a Spearow, y la otra que estaba intentando usar para retornar a Pikachu antes, y se la lanzó bruscamente. Ritchie la atrapó con ambos manos.

- Ahí la tienes, por mí puedes quedarte con el pequeño chispitas, para lo que me importa. – le dijo Joshua. – Pero esto no se va a quedar así. Algún día tú y tu lagartija me las pagarán.

Y sin más, se dio la vuelta pisoteando con rabia. Aunque feliz por su victoria, Ritchie todavía se quedó con un mal sabor de boca por ese último comentario. Soltó un resoplido y sacudió la cabeza, no iba a dejar que ese idiota le arruinase el día.

- ¿Qué vamos a hacer contigo? – dijo mirando al Pikachu. – ¿Quieres venir con nosotros?

Ya tenía que cuidar de Charmander, pero tal vez a sus padres no les molestara si llevaba a otro amigo a casa. Si ya su licencia de entrenador era casi un hecho, ¿qué importaba llevar otro amigo a casa? A su madre nunca le molestó, y con los Pokémon de su padre la compañía Pokémon siempre estaba presente. Tal vez le dieran algunos puntos extra en su evaluación por cuidar de otro Pokémon adicional.

Y por último eso del "pequeño chispitas", tal vez había un buen nombre para ponerle por allí.


Tres noches después…

Cuando Silver volvió de su torneo, además del trofeo se trajo consigo algunos regalos para su esposa e hijo. A Regina, aparte de dejarle una buena tajada del efectivo para su cuenta bancaria, le compró una cafetera nueva un poco más grande. A Ritchie le trajo una mochila de viaje y un pequeño paquete de Super Bolas, por si las Pokébolas ordinarias no eran suficientes y necesitaba algo un poco más fuerte. El entrenador veterano no se sorprendió nada cuando Ritchie le dijo que había pasado el examen final con honores y su licencia de entrenador sería aprobada, aunque los trámites concluirían cuando cumpliera oficialmente sus quince. Solamente le dijo "Sabía que lo harías" y se puso a desordenarle el pelo.

Uno de los pasatiempos favoritos de ambos durante las noches claras, era sentarse en el tejado a observar las estrellas y compartir historias. Ritchie aprovechó de contarle lo que había pasado con Joshua. Cuando terminó, Silver solo pudo encogerse de hombros.

- Bah, un mal perdedor hará lo que sea para sentirse mejor consigo mismo. – dijo el hombre. – No le prestes atención, solo está resentido porque lo venciste.

- Aun así, me molestó que dijera eso. – dijo Ritchie.

- Entonces ignóralo. – dijo Silver. – No me importa lo que otros digan, así que a ti tampoco debería afectarte.

Ritchie no pudo decir más nada, así que simplemente sonrió. Silver siempre parecía tener la respuesta para todo cuando se sentía mal, era otra de las cosas que le agradaba de él. Cuando algo le molestaba, podía contar con él para subirle los ánimos de nuevo.

- Aun así, no puedo decir que me gusten mucho los apodos que les pusiste a tus Pokémon. – dijo Silver por cambiar el tema. – En serio, ¿de dónde sacaste llamarlos "Zippo" y "Sparky"?

- A ellos no les molestaba. – replicó Ritchie. El Pikachu no pareció adverso a que le llamaran "Sparky", pero con Charmander, Ritchie tuvo que pasar por varios nombres antes de quedarse en "Zippo" y solo por accidente. El muchacho quiso cambiárselo, pero ya se había quedado con él y no quiso.

- Bueno, mientras te lleves bien con ellos y trabajen juntos como equipo, el nombre es lo de menos. – dijo Silver. – No puedo creer cómo pasa el tiempo, ya estás a punto de iniciar tu viaje Pokémon.

- Lo sé, apenas puedo esperar. – dijo Ritchie.

- Hace cinco años eras extremadamente pequeño. – dijo Silver. – ¿Te acuerdas de ese día?

Ritchie sonrió de lado al recordar. Todo fue en una ocasión que él y su mamá iban de vacaciones a las Islas Sevii en un crucero. Todo muy bien, hasta que el barco se encontró con un Gyarados más grande que el promedio y muy enfadado, bloqueándole el paso, pero antes que el capitán diera orden de marcha atrás, Silver salió al paso y con un solo Híperrayo de su Salamence, acabó con la serpiente marina, capturándola además para llevársela como trofeo. Ritchie se emocionó como si acabara de conocer a su héroe de la infancia, pero él le dijo que un Gyarados no era nada, comparado con lo que esperaba encontrarse en la Isla Prima.

Cuando Ritchie y su madre le preguntaron sobre esto, Silver les respondió que avistamientos del Pokémon Legendario Moltres habían tenido lugar en esa isla, especialmente cerca del volcán, y Silver esperaba tener la oportunidad de tener una batalla contra él. Ritchie, siendo un muchacho extremadamente curioso, cuando desembarcaron, aprovechó un descuido de su mamá para escabullirse y seguir a Silver hacia el Monte Ember y ver esa batalla a escondidas. Y si la vio, fue lo más increíble que jamás hubiera presenciado en su vida, un increíble despliegue de Híperrayos y Lanzallamas chocando uno contra el otro… hasta que un ataque que salió desviado impactó cerca de donde él estaba y casi lo hizo caer hacia el fondo de un barranco. Por fortuna para él, Silver se percató de esto y a pesar de estar en medio de su batalla, al oír los gritos de ayuda del muchacho montó en su Salamence y voló a rescatarlo. Justo cuando una enorme roca estuvo a punto de caerles encima, Moltres lanzó una explosión de fuego volándola en pedazos, y con una sola mirada, él y Silver se mandaron un mensaje silencioso de "terminaremos esto en otra ocasión".

- ¿Cómo olvidarlo? – dijo Ritchie. – Mamá me castigó dos meses por haberme escapado así.

- Es que lo que hiciste fue una locura, chico. – dijo Silver. – De nuevo, tal vez la culpa fue mía por decirte lo que iba a hacer.

- Aun así valió la pena. – dijo Ritchie. – No cualquiera puede decir que ha visto un Moltres con sus propios ojos.

- Jaja, y menos todavía haber peleado contra él. – dijo Silver. – De todos modos… pelear contra Moltres solo fue lo segundo mejor que me pasó aquel día.

Ritchie sabía perfectamente lo que quería decir. Después de superar el enojo por la preocupación, su madre procedió a darle las gracias al hombre que había salvado a su hijo, y antes de que se marcharan le dijo que si quería pasar a saludar por Ciudad Frodomar algún día, ella estaría encantada de demostrarle su gratitud. Quién iba a pensar que tendría la oportunidad de hacerlo.

Flashback, tres años antes…

Ritchie había salido temprano de la escuela, y había decidido pasar por el restaurante donde trabajaba su madre para comer algo. Lamentablemente, aquel era un día particularmente concurrido, y como tal, siempre tendrían que venir uno o dos clientes problemáticos. Al no haber mesas desocupadas, Ritchie fue a una donde había un asiento vacío para no tener que esperar de pie.

- Disculpe señor, ¿puedo sentarme aquí? – le preguntó al otro ocupante. Y fue entonces que se dio cuenta quien era.

El mismo pelo largo grisáceo, el mismo abrigo de viaje, y hasta el mismo Chikorita sobre el hombro. El mismo hombre que habían conocido en ese crucero dos años antes, cuyo Salamence había peleado contra Moltres.

- Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí. – dijo el hombre al reconocerlo también. – El pequeñín de hace dos años en Isla Prima.

- No soy tan pequeño, y me llamo Ritchie, ¿sabe?

- Bueno, entonces tú no me digas "señor", que eso me hace sentir viejo. Me llamo Silver, Silver Raylight. – replicó el hombre, encogiéndose de hombros. – Adelante, puedes sentarte. ¿Qué haces por aquí tú solo?

- Mi mamá trabaja aquí. – Ritchie miró hacia la puerta de la cocina, justo cuando su mamá salía con una orden. – Salí temprano de la escuela, así que decidí venir a comer algo aquí.

- Vaya, ya decía yo que esa camarera se me hacía familiar. – dijo Silver, mirándola. Ciertamente se veía distinta con el uniforme del local.

Regina en ese momento le iba llevando la bandeja a un cliente en la mesa justo al lado de la de Ritchie y Silver, un hombre de aspecto rudo calvo y con barba, y accidentalmente se le derramó un poco del café. Cuando se disponía a irse, este le agarró la mano con fuerza.

- ¿Se puede saber por qué tardan tanto?

- Hacemos lo que podemos, señor. – dijo Regina, sin forcejear para no hacer una escena. – Pero hoy hay demasiada gente, en verdad siento mucho.

- Si derramas otra gota de mi café, ahí sí lo sentirás de verdad. – dijo el hombre.

- Solo porque estés teniendo un mal día no te da derecho a pagarlo con la dama. – le dijo Silver.

- Ocúpate de tus asuntos, idiota. – replicó el calvo de barbas poniéndose de pie, como retándolo. – ¿O quieres ir afuera a resolverlo?

En respuesta, Silver se puso de pie, dejando en evidencia su gran estatura y constitución. De pronto, el sujeto calvo no se sentía tan envalentonado. Silver caminó hasta él y lo agarró del cuello de la camisa.

- Tú dirás si quieres. – dijo Silver. – Escucha, insecto, yo como sabandijas como tú de desayuno, y si tienes un problema con la dama, lo tienes conmigo, ¿estamos claros?

- Basta, nada de peleas aquí, o tendremos que llamar a la policía. – dijo Regina.

- Oh, eso no va a ser necesario. – dijo Silver. – Nuestro amigo aquí no seguirá causando problemas, ¿verdad?

El calvo frunció el cejo, pero a regañadientes asintió y volvió a su asiento, empezando a comerse su almuerzo tan rápido como podía solo para poder irse de ese restaurante y no volver jamás. Silver miró con satisfacción como el sujeto cruzaba las puertas y desaparecía.

- Siento mucho que hayan tenido que ver eso. – se disculpó. – Tráele al chico lo que quiera comer, y cárgalo a mi cuenta.

- ¿Eh? Lo dice en serio. – dijo Ritchie.

- Eso muy amable, pero no quisiera causarle molestias. – dijo Regina.

- Bah, no discutan. – insistió Silver. – Tú pide lo que quieras, pequeñín, además, dudo que puedas comer tanto como yo.

Regina y Ritchie intercambiaron miradas. Silver debía tener mucho dinero en las manos si les ofrecía dejarle al muchacho comer todo lo que quisiera jactándose de que no le ganaría a él. Ciertamente se llevó una enorme sorpresa cuando le llegó la cuenta…

- ¡MÁS DE OCHO MIL! – exclamó con los ojos salidos.

Por fortuna no se salía de su presupuesto, pero se sorprendió que el chico hubiese tomado su desafío. Silver pidió una ración que podría haber sido buena para tres personas en un viaje. La de Ritchie, por lo menos para siete, y eso era sin contar los tres trozos de pastel que pidió de postre al terminar. ¿Cómo podía alguien tan pequeño comer tanto?

Fin del flashback.

- Casi me vaciaste la billetera aquel día. – dijo Silver. – Menos mal que tenía el dinero de aquel torneo, si no…

- La culpa fue tuya, ¿quién te manda de invitarme a todo lo que pudiera comer? – dijo Ritchie.

Los dos se rieron con ganas. Un encuentro realmente extraño, pero eran buenos recuerdos. Por supuesto, desde aquel día, Silver comenzó a frecuentar el restaurante con regularidad, y al cabo de unos meses, se armó de valor para pedirle a Regina que saliera con él. Aunque la mujer estuvo recelosa un poco al inicio, al ver lo bien que se llevaba con su hijo, finalmente terminó accediendo. Tuvieron sus diferencias y todo, pero al final, las cosas resultaron bastante bien.

- ¡Oigan ustedes dos! – los llamó una voz. Los dos miraron hacia abajo, y vieron a Regina con su delantal puesto y los brazos en jarra. – ¿Van a quedarse ahí toda la noche? ¡Si no entran ahora se quedarán sin cenar!

- ¡Sí mamá, ya vamos! – respondió Ritchie. – Ya la oíste, mejor entremos.

- Bah, y justo cuando se ponía interesante. – se quejó Silver.

Ya tendrían tiempo de seguir charlando en la mañana. O en la noche, como acostumbraban. Lo echarían de menos cuando Ritchie iniciara su viaje.


Dos meses después…

Por fin había llegado el día. Su licencia de entrenador había sido aprobada, y ahora que había cumplido sus quince, finalmente podría iniciar su viaje. Ajustándose su gorra, su chaleco y sus guantes, Ritchie se miró al espejo, respiró profundo y apretó los puños. Frente a él se encontraban sus dos compañeros, que se veían tan entusiasmados como él.

- Muy bien, amigos, hoy es el día. – les dijo agachándose para ponerse a su nivel. – ¿Están listos?

- ¡Pikachu!

- ¡Charmander!

Ya que a Sparky no le gustaba mucho estar en su Pokébola, Ritchie solamente regresó a Zippo. Colocando su mochila, la misma que su padre le regaló, sobre la cama, empezó a meter todo lo que necesitaba para sobrevivir en el exterior: mapas, bolsa para dormir, una navaja de bolsillo, una cantimplora para el agua… tenía que estar preparado para todo. Echó una última mirada a su mesa de noche, y a las fotografías enmarcadas en ella. Había dos en particular: una de su mamá y él cuando cumplía sus siete años, y la otra al cumplir los catorce, con Silver junto a él justo cuando iba a soplar las velas (y lo iba a empujar de cara). Ritchie se rio de recordarlo. Un observador meticuloso habría notado además las marcas en forma de Z en sus mejillas a los siete, pero ya a los catorce, y más todavía ahora, por alguna razón, estas habían desaparecido. Nunca supo realmente qué eran o por qué las tenía.

Dejando de lado los recuerdos, volvió a poner las fotos en su lugar. Justo cuando se echaba la mochila a la espalda, la puerta de su habitación se abrió repentinamente.

- Vaya, vaya, veo que por fin estás listo. – Quién más si no, era Silver.

- Por Arceus, ¿te haría daño tocar antes de entrar? – protestó Ritchie.

- Oye, es mi casa tanto como la tuya, pequeñín.

- Ya no me digas pequeñín, tengo quince y crecí siete centímetros en los dos últimos años. – se defendió el chico. – Y todavía me quedan varios años por crecer.

- ¡Ja! Pues hasta que me superes en estatura sigues siendo un pequeñín, eso ya lo sabes. – se rio Silver, poniendo una mano encima de la cabeza de Ritchie y sacudiéndolo un poco. – En fin, tu madre quería que te diera esto.

Le entregó una vianda sellada y envuelta con un pañuelo. El chico la tomó con mucho cuidado, ese sería el último almuerzo preparado por su mamá que podría comer en meses, así que más le valía disfrutarlo. Iba a extrañar mucho la cocina casera.

- Bueno, es hora de que salgas al mundo y demuestres de qué estás hecho. – dijo Silver, poniéndole la mano en el hombro y mirándolo fijamente. – A partir de ahora estás por tu cuenta, pero recuerda todo lo que te enseñé, y estarás bien.

- Lo haré. – Ritchie sonrió, y de inmediato le dio un fuerte abrazo a Silver. – Nos vemos… papá.

Silver correspondió el abrazo de la misma manera. No importaba cuantas veces lo llamara así, nunca se cansaba de oírlo. Qué bien se sentía.

Afuera, Silver y Regina se quedaron en la puerta. Regina quería acompañar a Ritchie hasta las afueras, pero Silver la convenció de dejarlo irse solo. Ya no era un niño, y ahora que iba a ser entrenador oficialmente, era mejor dejarlo dar los pasos por su propia cuenta.

- Como pasa el tiempo. – suspiró la mujer con nostalgia luego que Ritchie cerró la puerta. – Mi pequeño está convirtiéndose en todo un hombre, apenas puedo creerlo. Solo espero que le vaya bien allá afuera.

- Tú tranquila, querida. – dijo Silver. – Él va a estar bien. El muchacho es mucho mejor de lo que yo era a su edad. Puede que le falte un poco de actitud a veces, pero tiene lo que hace falta y más. Y sin duda tiene el corazón de su madre.

- Bueno, pero también tuvo un buen padre para que lo enseñara a ser fuerte. – replicó la mujer, mirando cariñosamente a su marido.

- Ah, él ya lo tenía en su interior. – dijo el hombre restándole importancia. – Yo solo le ayudé a sacarlo, eso es todo. Además, si las cosas se ponen complicadas… siempre tiene "eso".

Regina se rio y le dio un golpe juguetón en el pecho a su esposo. A pesar de los tropiezos al inicio, Silver había resultado ser un padre increíble. Algo escandaloso y tal vez agresivo cuando perdía los estribos, pero era tan fuerte como bondadoso, y supo sacar lo mejor de su hijo. Nada mal para un hombre que había vivido como soltero durante toda su vida.

- He pensado… ¿crees que el padre biológico de Ritchie todavía esté allá afuera? – preguntó Silver.

- No te atrevas a llamarlo así. – dijo Regina, adoptando una expresión severa. – Ese hombre perdió el derecho de llamarse su padre desde el momento en que nos abandonó. El único padre que tiene Ritchie eres tú.

- Claro. – dijo Silver. – Bueno, por su bien espero que no se atreva a ponerle un dedo encima. Porque si lo hace… no habrá fuerza en el mundo que lo salve de mi ira.

Quienquiera que fuese ese sujeto, sin duda merecía una buena paliza por imbécil. No solo abandonó a una mujer maravillosa, también se perdió de tener un hijo que tenía un gran talento y un futuro brillante por delante como entrenador Pokémon. Si se llegaba a cruzar con ese hombre, Silver se encargaría de darle lo que se merecía personalmente.

FIN.


Notas del autor:

¡Wow! Qué racha tengo, aquí estoy con otro oneshot para el Resetverso. Este vino por petición de una amiga y colega escritora, Goddess Artemiss, que está mayormente en el fandom de Zelda, pero logré arrastrarla un poco al de Pokémon con mis historias recientes. Me dijo que no ha encontrado historias de Ritchie que le hayan gustado (la mayoría son fics LeagueShipping, y a ella no le gusta el yaoi), así que me ofrecí hacerle una, para darle a nuestro clon de Ash más conocido un poco de trasfondo, aunque comparado con mis otros trabajos, este traté de hacerlo un relato más independiente.

Ahora, Crossoverpairinglover me dio libertad total para elegir la bloodline principal de Ritchie, pero no quise hacerla explícita aquí, así que solo para que lo sepan, es un bloodliner tipo Técnica de Rayo Cargado. Siendo este uno de mis ataques de tipo Eléctrico favoritos, aparte de incrementar el poder con cada uso, puedo imaginarme que lo puede disparar de las palmas de manera tradicional, por la punta de los dedos (creando un rayo delgado que a máximo poder podría funcionar como un cortador de láser) e incluso desde los ojos (similar a los rayos ópticos de Cyclops de los X-Men, con fuerza de empuje en la línea de visión). De hecho, probablemente hayan deducido que la verdadera razón de que no dejaran a Ritchie asistir al campamento fue porque sus padres tendrían miedo de que quedara expuesto como bloodliner, pues la fiebre que le dio le causaría que echara chispas por los ojos (la habilidad de los rayos ópticos empezando a manifestarse). Aun queda un indicio de eso como ven de su encuentro con Joshua.

Siguiente, el padrastro de Ritchie, Silver, es del episodio de Crónicas Pokémon "En búsqueda de la leyenda", y debatiblemente el verdadero protagonista. Me gustó la dinámica entre los dos, y cuando volví a ver los episodios de Ritchie para sacar ideas para este gaiden, imaginé que este sujeto quedaría bien, como una especie de mentor/figura paterna. Por si las dudas, la broma de "¡MÁS DE OCHO MIL!" es una referencia a que en el doblaje latinoamericano, la voz de Silver la hace René García, el actor de voz de Vegeta (hasta usa el mismo tono, lo pueden comprobar). Y obvio, por eso también es que le dice "insecto" al tipo ese que busca problemas XD

Por último, para marcadores de tiempo, la escena final de este gaiden tiene lugar más o menos al mismo tiempo que Ash inicia su viaje, quizás a lo mucho una semana antes. Tengo algunas ideas para futuros oneshots del Resetverso, y trataré de terminar al menos uno o dos más antes de volver a mis clases. Gracias por los reviews a darkdan-sama, dragon titanico, BRANDON369 y Jigsawpunisher. También, aprovecho de agradecer a Vinylshadow, que diseñó un logo para Pokémon Reset Bloodlines, y hasta hizo una portada para mi oneshot de los Hombres G. Nos vemos y gracias por el apoyo.