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Guerra
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LV
«What I would give to have you look in my direction
And I'd give my life to somehow attract your attention
And I touch myself like it's somebody else
Thoughts of you are tattooed on my mind, let me show you.»
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10 de Abril de 1978
Mary se sentía abrumada por el abrazo sincero de Haley, pero no tuvo la entereza para apartarla. Caminaban de esa manera, sin soltarse, a pesar de la tensa atmósfera que los rodeaba.
A su amiga poco le importaban los enfrentamientos entre ellos, solo intentaba discernir por qué Mary estaba tan pálida.
—Tendrías que habérmelo dicho —estaba reprendiéndola, a medias enfadada, a medias preocupada. —Podría haberte acompañado a la enfermería.
Mary había soltado una mentira absurda sobre mareos que nadie hubiese creído en una situación normal. Sin embargo, en aquel momento Lily y James miraban por el rabillo del ojo a un aireado Sirius que caminaba unos pasos más adelante que el resto, mientras Remus procuraba cuidadosamente no encontrar su mirada.
El único que había entendido, tironeado entre los dos problemas, había sido Peter, quien le había hecho una mueca imperceptible para asegurarle que no pensaba delatarla. Mary había inspirado profundo y había logrado calmarse por primera vez en más de una hora.
La excursión estaba definitivamente arruinada.
—Vale, volveremos al castillo —seguía diciendo Haley, ajena a lo demás. —Y verás a Madame Pomfrey, ¿de acuerdo?
—No hace falta —se había apresurado a farfullar Mary, ansiosa, y con unas súbitas ganas de deshacerse de su amiga. No culpaba a Haley, pero necesitaba dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir para concentrarse en los demás: ¿qué rayos había sido todo eso por parte de Mar? —Ya me siento mejor.
—Descuida, Haley —Remus había roto su mutismo por primera vez, luego de un rápido intercambio mudo con Peter. —Yo la acompaño.
Mary se quedó sin habla para replicar. Haley, conociéndola, asintió con la cabeza y dejó escapar una risita cómplice, presagiando buenas noticias que no se sintonizaban con el resto de los presentes.
Al fin, James cortó la quietud.
—Sirius, detente un momento y... —el aludido le hizo un ademán grotesco sin detener su rumbo, derecho a los carruajes. Conservaba los nudillos rojos, y parecía querer exhibirlos como un trofeo.
—¿Qué demonios está pasando? —se lamentó el chico, mirando a Lily. Ella tenía los labios apretados, recordando que no había alcanzado a contarle a James lo que había ocurrido esa misma mañana.
—Es lo que nos encantaría saber a todos —intervino Peter en voz baja. La pelirroja torció el gesto y los tres clavaron su mirada en la espalda de Sirius, que seguía andando como si nada.
—No sé, pero...
Lily se calló de golpe, pues una presencia pasó rozándola como un rayo, sin detenerse directo hacia adelante. Para cuando comprendieron lo que estaba pasando, Marlenne ya había volteado bruscamente a Sirius y le había clavado la varita en el cuello, en el punto exacto donde la sangre empezaba a bombear con fiereza.
—¡Mar! —exclamó Mary, anonadada, en vano. La escena se congeló por un momento, hasta que los labios de Sirius se estiraron en una sonrisa provocadora.
—¿Ahora buscas pelea? —se atrevió a pincharla, mirándola directamente a la cara. Marlenne tenía la barbilla levantada y no le importaba estar sobre sus puntas para poder alcanzarlo. Le llameaban los ojos al compás del viento que le estaba destrozando los rizos.
—Maldito infeliz —masculló, clavándole más la varita y acercándose peligrosamente. —¡Imbécil!
Lily quiso intervenir, asustada, pero James la tomó del brazo para impedírselo. Estaba muy serio y parecía listo a inmiscuirse él mismo si las cosas se salían de control.
—¿Crees que puedes ir por ahí golpeando a las personas? —exigió la chica, alterada. —¡Eres un maldito pedante de mierda, arrogante asqueroso! ¿Quién mierda te crees que er...?
—Perdona, pero yo no aticé a una persona —aclaró Sirius con una tranquilidad de miedo, la calma antes de la tormenta. —Solo a una escoria insoportable.
—Va a matarlo —gimió Lily, con los ojos muy abiertos. James había sacado la varita, a la vez que el resto de sus amigos. Mary había vuelto a ponerse pálida, sin comprender del todo la escena que se sucedía frente a sus narices.
—¡¿Cómo te atreves...?!
—Mira, preciosa, yo hago lo que se me da la puta gana —Sirius al fin había perdido su expresión pagada de sí misma para apartar con el antebrazo la varita de Marlenne, sin miramientos. Las facciones se le habían endurecido. —Bienvenida a mi mundo.
Ella boqueó, pillada por sorpresa, pero antes de poder volver a ponerse en guardia, Sirius hizo un movimiento sugerente con sus cejas y echó a andar con las manos en los bolsillos, saltando al primer carruaje para meterse dentro.
—Sirius, ¡vuelve aquí en este momen...!
—Tarde.
Peter no estaba seguro si echar a reír o hundirse en el piso hasta desaparecer, al ver cómo el carruaje de Sirius echaba a correr hacia Hogwarts, dejando a una furiosa Mar con las palabras atragantadas en la boca. La estupefacción de los demás tardó lo suficiente como para que la Ravenclaw lanzase un gruñido ahogado y se montase al siguiente, sin mirar a nadie y todavía con la varita peligrosamente alerta.
—Mierda —masculló James antes de ponerse en movimiento. —Van a destruir el castillo —tomó enseguida la mano de Lily para imitar el camino de los otros dos. —¡Pete!
El chico dio un salto, entendiendo de inmediato. Se giró hacia Remus que parecía igual de aturdido que él, y le susurró.
—Llévala a la enfermería. Iremos a detener al idiota.
Dejaron al licántropo con las dos Hufflepuff, sin escapatoria, antes de coger el tercer carruaje directo hacia el colegio.
—Escucha —pidió Lily una vez dentro, retorciéndose las manos de puro nervios. —No llegué a decírtelo, pero esta mañana...
—Solo van a gritarse, tranquila —la interrumpió James, sin creérselo y sin comprender qué era lo que la pelirroja quería expresar.
—No, no es eso. Es decir, además... —el aludido hizo una mueca sin comprender. —Esta mañana discutí con Mar.
—¿Qué? —el y Peter exclamaron la misma pregunta. —¿De verdad?
Lily enterró el rostro entre las manos, sacudida por el traqueteo del carruaje.
—Creo que fui un poco imbécil... —susurró, apenada. —No entiendo nada lo que está pasando, y ella...
—Oye, Lily, esto no es culpa tuya —aseveró Peter antes de que James pudiese intervenir. —Ellos están locos, y no tienen ni puta idea de lo que ocurre.
—Creo que están igual de enterados que nosotros —intentó sonreír James, encogiéndose de hombros.
—¿Quién era el tipo que golpeó Sirius? —inquirió Peter antes de que la pelirroja pudiese seguir deprimiéndose. Ella suspiró e hizo una mueca.
—Chris. Es... No tengo idea. Creía que era el amigo de Mar, ¿saben? Viven muy cerca. Pero ahora... —titubeó y buscó la mejor manera de expresarse. —¿Tal vez es su novio? —inquirió casi disculpándose.
—Hablaban de él la última vez —se dio cuenta James, mientras el carruaje se detenía. —¿Verdad?
—Sí.
—Sirius lo odia —adivinó Peter con una sonrisa resignada. —Pobre tipo. No quisiera estar en sus zapatos.
Lily quiso decir algo, con la cabeza todavía dándole vueltas, cuando escuchó un grito que era imposible que proviniese de Marlenne.
—¡VUELVE AQUÍ!
Bajaron a trompicones, entrando al Hall del castillo a la vez, con los ojos muy abiertos para descubrir el foco de peligro. La estancia estaba aterradoramente vacía, con la mayoría de los estudiantes disfrutando de la última excursión del año.
—¡Si vuelves a meterte en mi camino te juro que...!
—¡¿Qué?!
Lily captó el sitio de donde provenían las voces y tironeó histérica de James para subir corriendo la escalera hacia el primer piso.
Sirius estaba rojo de rabia, y había sacado finalmente la varita. Mar lo fulminaba con la mirada a una distancia ridícula, con la varita apuntándole directamente al rostro.
—¡¿Si vuelvo a intervenir qué vas a hacer, Marlenne, eh?! —escupió el joven con rabia. La punta de su varita había empezado a emitir chisporroteos rojos, que morían antes de alcanzar el suelo. La aludida se quitó el flequillo de la frente de un manotazo antes de responder.
—No vuelvas a acercarte a mí, imbécil. Ni a él —Lily nunca había visto a Mar tan alterada. —¡NO ES TU PUTO PROBLEMA!
—Eso lo tengo claro —se jactó Sirius, haciendo una mueca grotesca. A su espalda, James y Peter intercambiaban una mirada alerta: su amigo nunca había peleado con una mujer, pero creían que solo era porque no se había dado la oportunidad, no porque fuese algo desdeñable para él. Estaba seguro que si la desquiciada de su prima se ponía al tiro, Sirius no duraría.
¿Y con Mar qué pasaría?
—Ya te lo dije: me da exactamente igual lo que hagas —pronunció con cuidado, bajando al fin la varita para desplegar toda su mueca altanera. —Solo fuiste un mal polvo Mar. Ni siquiera es tan divertido hacerte gritar, al menos no cuando no estás desnuda.
Lily se llevó la mano a la frente, sin decidirse si debería intervenir o permitir que su amiga maldijese a ese idiota, que en el fondo se lo merecía. Sin embargo, la mirada de Mar quedó hueca, y también bajó la varita. Ignoró la esquina donde estaba la pelirroja junto a James y Peter y clavó por última vez sus ojos en Sirius.
—Entonces déjame en paz de una puta vez. No quiero nada contigo. No vuelvas a acercarte.
—Será un placer —el joven hizo una mueca grotesca antes de inclinarse con una exagerada fluorita que desentonaba con la tensión casi corpórea del ambiente. Mar apretó los labios y se giró para esfumarse deprisa, sin prestar atención al llamado de Lily.
—¡Mar, esper...!
—Tu amiga es un jodido dolor en el culo y está tan mal follada que da asco —espetó Sirius a la carrera, siguiendo de largo para no detenerse frente a la pelirroja. —Olvídenlo.
Se marchó como un huracán, hacia el otro ala del castillo, dejando a los demás tiesos y estupefactos.
—¿Qué mierda es lo que está pasando? —volvió a preguntarse James, perdido. Peter imitó su gesto, pero luego su expresión varió hasta soltar una carcajada nerviosa.
—Pero... ¿es que lo escucharon? —Lily lo miró sin entender. —Le dijo mal follada. ¡Pero si él es el que se estuvo acostando con ella!
James parpadeó, incrédulo, antes de echar a reír con él.
—Serán idiotas —se lamentó la chica, pinzándose el puente de la nariz. —Son casi tan idiotas como Sirius.
—Por algo somos amigos.
—Sí, amigos... —Lily paladeó la palabra, agotada. —Iré a buscar a Mar.
—¡Pero...!
La pelirroja ya se había marchado por el pasillo que había tomado la Ravenclaw, ignorando el grito de James que se quedó solo con Peter intentando asimilar todo lo que había ocurrido.
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12 de Abril de 1978
—¡Alice, mira det...!
—¡Impedimenta!
—¡Excelente! —bramó Stevens, aplaudiendo dos veces. —¡Muy bien!
Alice soltó a Zeller, que no parecía compartir el juicio de su compañera, y sonrió con ganas, a pesar de que estaba resollando y tenía el pulso disparado. Cerca suyo, Benji hizo lo propio con un tipo que no conocía.
—Dearborn, quita esa cara de culo —le había recomendado el hombre junto a su jefe, el que estaba al mando del equipo de Stevens. —Tus reclutas están empezando a mostrar de qué están hechos. Te felicito.
Caradoc gruñó, de brazos cruzados e ignoró el comentario.
—Los siguientes —masculló por toda respuesta, haciéndole una seña a los demás. Alice se apresuró a salir del campo de entrenamiento, seguida del rubio, a la par que Frank ingresaba y le guiñaba un ojo.
—Estuviste increíble, Al —alcanzó a decirle antes de tomar su lugar. Dearborn aguardó a que estuviese todo dispuesto, observando el gran reloj que estaba colgado en la pared de enfrente.
—¿Y dónde mierda se metió Meadowes? —dijo, más para sí mismo antes de dar la señal de comienzo. —Luego sigue ella.
Hacía una semana que entrenaban con grupos armados de manera aleatoria entre casi todos los miembros del Escuadrón de Aurores. A Alice eso la había entusiasmado muchísimo, pues ya habían dejado de ser considerados novatos para ser parte del Departamento. Aunque había muchos más Aurores en él, al final solían terminar haciendo sus prácticas con el equipo de Stevens, para alegría de Dorcas que se la pasaba tonteando con Russell.
Sin embargo, ese día ninguno de los dos había asomado la nariz en la arena, y eso empezaba a impacientar a Caradoc. Alice había aprendido a leer en su jefe que la ausencia de críticas era de por sí un elogio y se sentía plena al notar que al fin, lentamente, todo el esfuerzo empezaba a dar frutos.
Se sentía a rebosar de magia. Estaba aprendiendo a controlarla como nunca antes y eso le hacía creer que podía andar flotando algunos centímetros por encima del piso.
—Iré a buscar bebidas —le susurró Benji cerca del oído. También estaba un poco agitado, pero por lo demás lucía impecable. Siempre le había divertido a la chica esa capacidad del rubio de permanecer imperturbable. —¿Te quedas?
En teoría, el entrenamiento incluía observar el desempeño de sus compañeros, para aprender de aciertos y errores, pero era algo que muy pocos cumplían a rajatabla, para disgusto de Dearborn. Además, Al había aprendido en ese año que la ponía muy ansiosa ver cómo Frank se batía a duelo, por más que fuese allí, de manera controlada. Los nervios querían traicionarla y terminaba perdiendo la concentración que había logrado adquirir con el duro entrenamiento.
—Voy contigo —se había apresurado a responder, poniéndose de pie y buscando borrar la silueta de Frank en guardia frente a un Auror experto.
Sus reparos eran en vano, lo sabía. Frank era excelente. Tenía destreza y sobre todo, la mente fría para pensar con cuidado el movimiento más certero que lo mantuviese a salvo. Alice lo admiraba por ello, pero no podía dejar de sentir esas terribles ganas de quitarlo del medio del fuego cruzado para abrazarlo y dejarlo en algún sitio donde estuviese segura que nada le haría daño.
Salió de la arena sintiéndose tonta por esos pensamientos, detrás de Benji que ya se dirigía a la pequeña despensa.
—Te parecerá mentira pero de verdad estoy empezando a disfrutar de estos entrenamientos —comentó en cambio, sincerándose a su amigo. —Incluso a pesar de la cara de culo de Dearborn. ¿Has visto que hasta sus colegas se lo dicen? No sé cómo...
La risa cómplice se extinguió cuando Benji abrió la puerta del cuartucho que hacía las veces de despensa y depósito para los Aurores, dejando salir del recinto un gemido ronco y masculino que había estado encerrado hasta hacía un segundo.
—¿Qué...?
Alice se asomó por encima del hombro de su amigo para ver que la hendija de luz que acababan de abrir iluminaba a un hombre de espaldas —el dueño de esos gemidos—, vencido a merced de unos brazos que lo tenían dominado. Al casi consigue atragantarse al ver los ojos brillantes y divertidos de Dorcas asomar por el hueco de su cuello, moviéndose torturosamente por sobre el pobre tipo que no podía ser otro que Russell.
Recordó de golpe las palabras de su jefe y quiso asesinar a su amiga, por estar siendo tan idiota e imprudente en el lugar de trabajo. No iba a negarlo, también le daba un poco —muy, muy poco—de envidia.
—Vámonos.
Obviamente que Dorcas se había dado cuenta de la interrupción y les sonreía con sugerencia sin abandonar su faena. Russell parecía demasiado ido como para notar que tenían público, la mano de Dor demasiado húmeda contra su miembro y sus dientes arañando la superficie de su piel. Al le hizo un ademán grosero antes de marcharse, muy digna, por lo que no alcanzó a ver que su amiga clavaba sus ojos en Benji, que no había variado un ápice su expresión.
Dorcas irguió el cuello para poder observarlo bien de frente, relamiéndose los labios. El rubio le mantuvo la mirada, impertérrito, obligándola a tomar más cartas en el asunto.
—¿Estás excitado? —le susurró la chica al oído a Russell, con las cejas levantadas, sin abandonar por un segundo el contacto visual con Benji. La pregunta bailó en el espacio que se abría entre ellos, mientras Dorcas aguardaba que su dardo envenenase al rubio. Lo recorrió con los ojos, deteniéndose en su entrepierna antes de volver a su rostro, absurdamente sereno.
—Sí —jadeó Russell, ahogado en placer. Le estaba manoseando los pechos sin remilgos, maravillado del contacto y sin notar que la atención de la chica estaba en otro lado.
—Qué bien, ¿verdad? —ronroneó, entreabriendo los labios para poder humedecérselos mejor. Se movía cada vez con más celeridad, aumentando la fricción para masturbarlo mejor. —Me gustan los hombres calientes, ¿sabes?
Benji no atinó a moverse. No le había cambiado la expresión, ni siquiera un milímetro, pero Dorcas ya se sabía poderosa porque lo había clavado allí, en la entrada, como un vulgar observador de su despliegue de sexualidad. Russell gemía y tironeaba de su escote para encontrarle un seno y poder chupárselo, mientras Dorcas mantenía su frío análisis del rostro de Benji, agitada.
—Voy a follarte como a una reina, Dorcas —masculló Russell con esfuerzo, obligándola a detener su movimiento para poder desnudarla.
—No lo dudo.
En vez de permitirle alcanzarla, la chica lo apartó de un manotazo antes de relamerse los labios una última vez en dirección a la puerta y caer de rodillas, con las intenciones demasiado claras. Russell inspiró ruidosamente de anticipación antes de vencerse y echarse hacia atrás para dejarla hacer, como siempre.
Los gemidos que le arrancó Dorcas cuando engulló su miembro erecto no terminaron de cubrir el sonoro portazo que se escuchó a sus espaldas. Ella paladeó la victoria antes de volver a su tarea, pensando que Russell estaba bien pero que, de cierta manera, era demasiado escandaloso.
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10 de Abril de 1978
Madame Pomfrey se había sorprendido de verlo allí tan pronto, pero enseguida se había recompuesto al ver que no iba solo y que no era él el que precisaba atención.
Los había dejado solos un cuarto de hora después, cuando aseguró que Mary se encontraba perfectamente y que debía haber experimentado una baja tensional. Le ofreció una pequeña poción y le recomendó que no dejase de ingerir todas sus comidas.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó Remus una vez que la enfermera se marchó, sin mirarla a los ojos.
—Sí, gracias —respondió ella en un hilo de voz. Estaba avergonzada de estar tendida en una camilla, se había arrepentido de aquella mentira. Sin embargo, la presencia de Remus aunque fuese distante, le había hecho tranquilizarse y dejar de pensar en Mulciber.
El licántropo se atrevió a echarle una ojeada mal disimulada.
—Mary, no te ves como si estuvieses bien —inquirió, perspicaz. La chica sonrió despacio y suspiró.
—A veces eres demasiado perceptivo —comentó, entrelazando los dedos sobre su regazo. Remus aguardó, pero Mary no volvió a mediar palabra.
—Puedes contarme si quieres —sugirió, borrando los vestigios de ansiedad que estaba experimentando. Mary leyó su amable indiferencia y no pudo siquiera empezar a expresar en palabras lo que había ocurrido más temprano.
En vez de eso, soltó otra cosa que la tenía angustiada.
—Odio todo esto —susurró, enojada. —Lily está preocupada, y yo también —él enarcó las cejas pero no la interrumpió. —Mar está siendo cabeza dura y un poco idiota —parecía envalentonada por su silencio, decidida a expulsar parte de lo que le estaba haciendo daño. —No es que conozca mucho a Sirius, pero si es amigo tuyo, esto segura que...
—A nadie le agrada la situación —la cortó con amabilidad Remus, encogiéndose de hombros. —Pero es un problema de ellos, ¿no crees?
Ella hizo un ruidito de disgusto, frustrada.
—Vas a pensar que soy una metiche —confesó, como disculpándose. —Pero no es así, de verdad quiero que todo esté bien —era lo que más deseaba en el mundo. Que ella, Mar y Lily estuviesen bien y fuesen felices. Recordó la escena apenas ocurrida en el pueblo. —Y ese chico no me... —gesitculó sin obtener la palabra adecuada. —No sé, no es el indicado para Mar.
—¿Ella les habló de él? —inquirió Remus, atento.
—Por encima —se lamentó Mary, con los hombros caídos. —Durante mucho tiempo creí que era su pariente, es el qué se encarga de su hermanita cuando Mar está aquí.
—Entiendo —el licántropo pasó el peso de su cuerpo al otro pie antes de añadir —¿Y por qué no te agrada?
Mary sonrió y se atrevió a sostenerle la mirada.
—Mar no está enamorada de él.
La intensidad de los ojos claros de la chica hicieron que Remus la apartara, incómodo.
—¿Y de Sirius sí? —preguntó, para salir del paso. Mary no notó la diferencia.
—No sé, pero no se ve tan... Dolida —volvió a inspirar profundo, encogiéndose de hombros para dar a entender que no tenía más información sobre el tema. Remus se atajó las ganas de abrazarla, y hacerla reír para no verla jamás en una cama de hospital con esa expresión tan triste.
—Eso es todo lo que te ocurría —afirmó, sin fuerza. Mary parpadeó y asintió en silencio. —Estabas llorando —señaló, sin poder contenerse. Ella ladeó la cabeza, un poco sonrojada.
—Me dolía mucho la cabeza —se inventó, regresando la atención a sus manos temblorosas.
—Ya.
—Y... —no podía decirlo. No iba a decirlo. Tragó grueso y volvió a salirse por la tangente, evidenciando otra cosa que también era cierta. —Estaba frustrada —le confesó en voz baja. —Estuve esperando mucho por este día.
—¿A qué te refieres?
—Al día en el que no rechazaras mi invitación —a pesar de decirlo de manera tímida, Mary no titubeó al expresarse, exigiéndole un contacto visual que quemaba.
Remus quiso gritar de frustración.
—Lo siento —masculló en cambio, fingiendo indiferencia. Hubiese querido decirle que saldría con ella todos los días de su vida, pero sus labios permanecieron inmóviles. No podía.
No debía.
—Está bien —sonrió Mary, intentando quitarle seriedad a la situación. —No importa —aseguró, intentando creérselo. —Tal vez en otra ocasión.
—Tal vez —imitó él vagamente. —Vale, creo que iré a... —ni siquiera tuvo el tino de inventarse una excusa.
—Sí.
Salió de la enfermería como si huyese de la mismísima muerte, intentando borrar de su cabeza la imagen de la dulce Mary tumbada en una camilla. Mareado, orientó su rumbo hacia la torre Gryffindor, a ver si conseguía encontrar a alguno de sus amigos que le explicaran qué demonios había pasado.
—Puto día de mierda, ¿verdad? —le gritó Peter desde lejos, encontrándoselo a medio camino. Remus se detuvo de inmediato.
—Sí.
—¿Has visto a Sirius? —preguntó rápidamente James, alcanzándolo.
—Eso mismo iba a preguntar. ¿Qué ocurrió?
—La historia corta sería que se comportó como un imbécil —resumió Peter encogiéndose de hombros. —Lo de siempre.
—Y que esta vez lo hizo con la chica incorrecta —agregó James, resignado. —Creo que estuvo a punto de perder el cuello.
—O la polla.
—¿Sabes, Pete? Cuando no está Sirius, haces un excelente trabajo imitando sus comentarios de mierda.
El aludido rió, pero no contagió el buen humor a Remus.
—¿Y ahora qué?
—Ahora... —James hizo una mueca de incomprensión. —Ni idea.
—Me encantaría saber qué es exactamente lo que pasó entre ellos —soltó Peter, volviendo a la seriedad. —De verdad. Sirius nunca estuvo tan molesto por una chica.
Remus suspiró, añadiendo un peso más a su cúmulo de frustraciones.
—Es porque Mar es...
—¿Da miedo? —aventuró Peter, ganándose una mirada de advertencia por parte de James. —Ya vale, me callo.
—Es una chica difícil —completó el licántropo, ignorando la interrupción. —No entiendo cómo pudo enredarse con Sirius, la conozco. No tiene intención de andar con idiotas.
—Bueno, por lo que sabemos, el problema es justamente que anda con otro idiota —comentó James, despeinándose el cabello. —¿Verdad?
—¿Pero alguien puede ganarle a Sirius? —inquirió Peter, incrédulo.
—No sé, pero da igual —masculló Remus. —Mientras podamos mantener la paz, no creo que sea buena idea inmiscuirnos donde no nos llaman.
—Pero tu eres amigo de los dos.
—Sí, y por eso les digo que no se entrometan. Hay cosas que solo se pueden resolver entre ellos.
—Si tu lo dices... —James no lucía muy convencido. —De cualquier manera, Lily no querrá dejar las cosas así.
—Lily hará lo mejor para Mar.
—Y yo haré lo mejor para ella.
—¿Y Sirius?
Un silencio delator los inundó.
—Quién sabe. No tengo ni puta idea lo que le pasa con ella —confesó James chasqueando la lengua. —¿Creen que...?
—Olvídalo —lo cortó Peter enseguida, sin poder ocultar su horror. —Nunca pasaría. Menos con Mar —sonrió un poco hacia James. —Él no es como tu.
—Es verdad.
Remus cabeceó antes de seguirlos, en dirección a la Torre. Era verdad. Sirius no era tan estúpido como para enamorarse como un loco como James, y tampoco tenía tanta suerte como para que le saliese bien.
Y él tampoco.
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26 de Abril de 1978
Lily sabía que no iba a poder concentrarse hasta que hablase con Mar, pero el tiempo corría y los exámenes eran en menos de quince días. James también lo sabía e intentaba no interponerse en el camino entre la pelirroja y el conocimiento, por más que los nervios de la chica le impidiesen asimilar la información. Él estaba seguro que incluso si Lily hubiese dado los EXTASIS un mes atrás, hubiese sacado puros Extraordinarios. Era brillante, no hacía falta comprobación alguna.
Sin embargo, le había permitido volverse loca un tiempo, enfrascada en la sala común sobre apuntes que no llegaba a leer, pues su mente volvía a volar lejos, muy lejos.
Hacia la Torre Ravenclaw.
Con paciencia, James aguardaba hasta la noche, cuando se veía más agotada, para coaccionarla a que dejase los libros e intentarse relajarse, aunque fuese por un momento.
—No puedo, James —le aseguraba siempre, con puntualidad, todas las noches. —Necesito terminar de repasar el capítulo cuatro antes de ir a dormir.
—Lily, estudiaste toda la tarde. ¿No crees que es suficiente?
—No.
A pesar del intercambio, la pelirroja abandonaba definitivamente su intento al verlo acomodarse a su lado.
—¿Has hablado con Mar? —preguntaba James en un susurro, quitándole el cabello de encima del cuello. Lily lo miraba de reojo y suspiraba.
—Aún no.
Mar había vuelto a recluirse en su hermetismo cada vez más frío. Mary estaba decaída y la actitud de la chica no ayudaba, Lily creía estar a punto de enloquecer. Contra todo pronóstico, sentía que debía disculparse por la discusión de la mañana de Hogsmeade, y todavía le pesaba el secreto que no había podido contarle, el terrorífico episodio en Brighton. La pelirroja no quería ocultarle información a su amiga, pero Mar no le estaba dando lugar para poder expresarse. La frustraba, y le dolía a la vez, porque estaba segura que Mar necesitaba un poco del cariño del que siempre rehuía. La última pelea con Sirius la había dejado blanca y Lily había resuelto, resignada, a que no le importaba no entender lo que pasaba.
Solo quería estar allí para ella. Solo que Mar no se lo estaba permitiendo.
—Vamos, Lily, deja eso un rato.
Esa noche James había seguido la rutina perfecta. La joven se sentía más cansada que nunca, pues había intentado sin éxito dar con Mar en la última clase de Encantamientos, fracasando de manera estrepitosa.
Nunca se había sentido tan lejana a su amiga, y era algo que le generaba un malestar casi físico.
—No puedo más —confesó, echándose hacia atrás sobre el sillón. No quedaba nadie en la Sala Común, era tardísimo.
—Normal, si seguías tan cerca de ese libro ibas a terminar fundiéndote con él —bromeó James en voz baja, arrancándole un esbozo de sonrisa. —No sé por qué te preocupas tanto. Es como un don que tienes, ¿verdad?
—Voy a tratar de tomarme eso con humor —masculló ella, espiándolo por debajo de las pestañas. James se encogió de hombros.
—Es la verdad. ¿Novedades?
Lily negó con la cabeza, cubriéndose el rostro con el brazo.
—Soy un fracaso —susurró, sintiendo cómo debajo de su manga se agolpaba la sangre, avergonzada. —No puedo lidiar con mis amigas, no voy a aprobar ningún examen y seré un desastre para cuando salgamos de aquí.
—Vamos, Lily —James tiró de su brazo, sin éxito. —Entiendo que estés estresada por los EXTASIS, pero no es para tanto... Y con respecto a Mar, pues... Bueno, ya se arreglará.
—¿Cómo sabes? —se lamentó la pelirroja por lo bajo. —Odio cuando eres tan optimista.
—Es un don —ante la falta de respuesta a su broma, James decidió ser sincero. —Porque ya lo viví cientos de veces.
—¿A qué te refieres?
—¿Tu ves que Sirius sea bueno lidiando con sus problemas?
A pesar de que no era su objetivo, por debajo de la manga de Lily se asomó una sonrisa que hizo relajar a James, y encogerse de hombros.
—Tiene una media de enojo de una vez cada diez o quince días. Luego de un tiempo, solo te resignas.
—¿Y cómo lo resuelve? —inquirió la chica, sin disimular su curiosidad. Escuchó la risita ahogada de James y su intento por disimularla.
—Pues... todos tenemos diferentes maneras, ¿verdad?
—Puedes decirlo, James.
—Se acuesta con la primera que se presente —confesó, resignado. Era verdad, aunque no por completo. A veces solo descargaba energía en luna llena, o incluso solo se transformaba en perro y se perdía por horas en el Bosque Prohibido. —No puedes ayudar a quien no acepta la ayuda, Lily.
—También odio cuando usas esa lógica.
—Es porque odias que tenga razón.
Esa vez, la risa cristalina de Lily fue sincera, aplastándose el rostro contra el hueco interno de su codo para no delatarse, en vano.
—Bueno, espero que esa no sea la respuesta de Mar —señaló, torciendo el gesto.
—No, el de ella es encerrarse como lo está haciendo ahora.
—No he podido contarle siquiera lo que pasó en Brighton... —dijo, sin prestarle demasiada atención, de nuevo hundiéndose en todas las preocupaciones hilvanadas en su mente. —Tampoco pude disculparme con ella.
—Lily, ya déjalo —le recomendó James, con el aliento pegado a su oído. —Cuando esté lista para hablar contigo, lo sabrás.
Ella emitió un suspiro que quedó enredado en el tejido de su ropa.
—No sabía que podías dar tan buenos consejos como Remus —murmuró con intención, para quitarse las nubes de los ojos.
—¿De quién crees que aprendió él?
—Mentiroso.
—¿Ves? Eso me gusta más. Si sigues preocupándote se te harán arrugas.
Lily había percibido la voz de James cada vez más cerca, pero de cualquier manera la pilló por sorpresa cuando sintió los labios del chico apoyándose sobre la curva de su cuello, esa que él mismo había descubierto. En vez de retirar el brazo de su rostro, apretó la mano en un puño y lo dejó hacer, maravillada por cómo ese simple roce podía desarmarla y dejarla aturdida por completo.
James sonrió contra su piel y siguió besándola, desde el lóbulo de su oreja hacia abajo, erizándole todo a su paso.
Eso también era parte de las rutinas de la noche, aunque no se daba siempre con la misma frecuencia. Algunos besos, algunas caricias, nunca en el mismo orden ni en el mismo lugar. Lily perdía la noción de tiempo y espacio cuando eso sucedía, mareada de sensaciones nuevas y arrebatadoras.
Percibió el movimiento de James pegado a su costado, haciendo equilibrio con las manos contra el sillón para tener acceso al cuello blanco que asomaba entre su ropa, deslizándose hasta la clavícula para delinearla con la punta de la lengua. Lily suspiró sin darse cuenta, rendida de inmediato a esa sensación sofocante que le provocaba el chico cada vez que quedaban a solas. Los labios de James siguieron recorriendo, entusiasmados, abriéndose camino hacia el sur y provocándole una carrera desenfrenada a su corazón.
Se permitió lamer el nacimiento de su pecho antes de retirarse de golpe y desplomarse a su lado.
Era la parte más frustante de la noche.
James siempre se detenía. Lily no lo había alcanzado a frenar, pues él solito había marcado el límite que había que respetar en sus besos y en sus caricias, como si tocar más allá fuese algo que no podía permitirse. La pelirroja quitó de inmediato el brazo de su rostro en llamas para abrir mucho los ojos, asombrada y un poco mareada.
¿Por qué lo hacía?
Estaba temblando, y estaba segura que se debía a la excitación. El estómago le había dado un vuelco de anticipación al sentir la lengua caliente de James tan cerca, le dolían los pezones de deseo.
Pero James estaba allí, poniendo una breve distancia y sonriendo como si quisiera disculparse.
Malinterpretó su mirada y se revolvió el cabello.
—Me dejé llevar, lo lamento —dijo, con una ligereza que no sentía. —Pero ese es el punto, ¿no? Tranquilízate, y todo saldrá bien.
Lily se había quedado con la boca seca, muda ante el desarrollo precipitado de los acontecimientos. No sabía cómo mierda expresar lo que quería, lo que necesitaba.
Necesitaba a James. Necesitaba que su lengua siguiese el camino cortado de manera tan brusca.
Él se inclinó de nuevo, esta vez para darle un dulce beso en los labios con sabor a despedida, que Lily no se atrevió a profundizar.
—Ve a descansar, anda —le recomendó con cariño. Su dedo índice vagó un momento por su mejilla ardiendo antes de cortar el contacto. —Y mañana será otro día. Te irá bien, Lily. Te lo prometo.
—Vale —consiguió articular la pelirroja, recogiendo torpemente sus cosas bajo la atenta mirada de James. —Buenas noches.
Volvió a sentirse mareada cuando el joven la tomó por la cintura y le regaló un último beso antes de dejarla ir, agitada, hirviendo. Intentó mantener su expresión neutra, sabiendo que James esperaría a que subiese las escaleras antes de marcharse a su habitación, pero era difícil mantener la concentración peldaño a peldaño.
Frustrada, entró en su cuarto sin mirar atrás y se encerró en el baño incluso con los apuntes que llevaba en el pecho, lanzándolos sobre la tapa del váter de cualquier manera.
Le estaba volviendo loca la parsimonia de James. Había entendido su tacto como una muestra de respeto hacia ella, lo sabía, lo había experimentado la noche en la que habían ganado la Copa de Quidditch. Pero esa deferencia empezaba a herirla en su propio deseo, pues se sentía arder cada vez que James se detenía.
Quería continuar.
Quería saber hasta dónde se atrevía a llegar.
Pero no era lo suficientemente valiente para decírselo. Aceptaba los límites de James —esos que estaba imponiendo para ella— sin poder hacerle saber que ella ya no los quería. O sí. Pero quería ampliarlos, extenderlos. Le aterraba la idea de tener sexo, pero le quemaba la ausencia de él.
Era una maldita contradicción que no podía resolver en aquellos momentos, agobiada por los exámenes y tan preocupada por sus amigas.
Avergonzada y ofuscada, se quitó a trompicones la ropa, quedándose en ropa interior y con el pulso acelerado. No encendió la ducha.
Se miró al espejo, sonrojada y casi desnuda, preguntándose si estaría lista para que James la viese así. Se cubrió los pechos con las palmas, ganándose un tirón debajo del ombligo. Espió por debajo del sujetador para notar que aún tenía los pechos dolorosamente erguidos, deseosos de aquello que se le habían negado.
¿Cómo sería? ¿Cómo reaccionaría James al verla de esa manera? Le avergonzaba muchísimo notar su excitación, pero la evidencia era incontrastable. Le faltaba el oxígeno al imaginarse pidiéndole a James que la tocara, que la besara más fuerte, más profundo. Que la recorriese entera, incluso hasta el punto pulsante que estaba llenándola de una delirante humedad que no se atrevía a comprobar.
Abrió la ducha de un movimiento rápido y se quitó el resto de la ropa interior sin pensarlo, para que el agua le cayese rabioso en la espalda.
Era ridícula. Estaba atrapada en esa situación por su culpa, y por su culpa también era que no podía salir de ella. Pensó en James, y en su sonrisa, y sus caricias y la manera en la que la hacía suspirar, mientras deslizaba su mano entre las piernas imaginando si a James le agradaría encontrarla así, dispuesta y tan confundida por un poco más de piel.
Un poco más de él.
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11 de Mayo de 1978
—Bueno, señores, ha sido un placer compartir todos estos años con ustedes.
—Sirius, ni siquiera yo estoy tan borracho —le había espetado Peter, riéndose y dándole un empujón que no desestabilizó ni un poco a su amigo. Él le hizo un ademán para quitárselo de encima y volver a su posición heróica sobre la cama, con la botella a modo de espada.
—Deja de hacer el tonto ya, Sirius —le pidió Remus, que estaba más pálido que nunca, terminando de abotonarse el abrigo. —Ya tengo que irme.
—¿Seguro no quieres que te llevemos un poco más de whisky? —se carcajeó James desde su posición más alejada, meciendo el interior de su propia bebida en su dirección. —No es problema colarlo en la enfermería.
Era la última luna llena en Hogwarts y había coincidido con la última noche antes de los exámenes. Sirius no había necesitado excusa pero le había venido de perlas para convencer a los demás que eso merecía un buen surtido de bebidas y muchas ganas de joder.
—Ya estoy bien, y dejen ya de beber —masculló el licántropo rodando los ojos. —Los veo más tarde.
—Yo soy el peludo —exclamó Sirius con sorna, haciendo que Remus rodase los ojos. Peter abrió el quinto paquete de brujas fritas de la noche.
—Y yo el pequeño, no lo olvides —le siguió la broma, cogiendo una gran cantidad de comida antes de zampársela de dos bocados. —Sería bueno que terminase el curso sin perder la cola.
—Son insoportables —se lamentó Remus, sin que nadie lo escuchase, pues los tres habían estallado en carcajadas. —¿James?
—¿Qué?
El licántropo ya estaba en la puerta, listo.
—Si quieres puedes llevarme un cigarro.
Se marchó antes de que los silbidos y abucheos lo alcanzaran, incluso una almohada que había lanzado Sirius con una carcajada.
—Maldito lobo virgen —había exclamado, con esa risa floja de borrachera.
—No puedo creer que en verdad sea nuestra última luna llena aquí —se atrevió a decir Peter cuando las carcajadas descendieron su nivel.
—Vamos, Pete, esto era para no ponernos nostálgicos —le recordó James con una sonrisa, mirando de reojo la botella a medio vaciar. —Olvídalo y diviértete.
—Exacto —Sirius había sacado pitillos y se los lanzó con maestría, encendiendo el suyo de inmediato. —De cualquier forma estamos jodidos, así que solo disfruta.
—¿Qué va a pasar de aquí en adelante, con las siguentes? —Peter no parecía dispuesto a dejarlo ir. Sirius rodó los ojos.
—No sé, y no es momento para pensarlo ahora.
—Lo iremos resolviendo, Pete —lo tranquilizó James, rodeado de un aura de tabaco. —No dejaremos solo a Remus, si eso es lo que te preocupa.
—Vale.
—En vez de hablar de estupideces, podrías contarnos tu, Cuernos, hasta dónde llegaste al fin con la pelirroja —sugirió Sirius con una sonrisa pedante, sentándose en su cama con las piernas cruzadas. —Para ir caldeando el ambiente.
—Eres un imbécil.
—De seguro apenas la has besado —le siguió el juego Peter de inmediato, intercambiando una divertida mirada con Sirius que no auguraba nada bueno.
—La pelirroja es una frígida, eso lo sabe todo el mundo.
—Sirius, voy a dejarte sin orejas.
—Mejor que tu sin dignidad.
Peter echó una carcajada que obligó a James a chasquear la lengua y empinar un largo sorbo de su botella.
—Admítelo, James, aún no se han acostado —canturreó Sirius, alentado por las reacciones de Peter. —Ni lo harán en un futuro cercano.
—No le quiebres las esperanzas de ese modo —fingió molestarse Peter, torciendo el gesto. —Al menos ahora tiene esperanzas.
—Ríanse todo lo que quieran, adelante —los alentó James, con una indiferencia que no sentía. —Yo sé lo que hago.
—Meterte en las bragas de Lily seguro que no.
—¿Por qué eres tan...? —el chico bajó los brazos, derrotado. —Olvídalo. No te soporto.
—Nadie lo hace y aún sigue aquí —señaló Peter encogiéndose de hombros. Sirius sonrió como si le hubiesen hecho el mejor cumplido del mundo.
La noche llegó sin aviso, redondeando por completo la luna brillante en lo alto, mientras los tres trastabillaban un poco ebrios debajo de la capa, rumbo al pasadizo. Era la última noche, sí, pero no deseaban hacer algo especial o diferente. No significaba nada: por más que no volvieran al castillo, iban a seguir siendo ellos.
Merodeadores.
Peter se había transformado a mitad de camino, harto de los empujones de Sirius, para poder hacer más espacio. James, riendo por lo bajo, había intentado cazar a la rata escurridiza que lo mordió sin remilgos y fue abriéndose camino.
—Puta noche —había dicho Sirius de repente, borrando un poco el buen humor. —De verdad es la última.
—No te pongas sentimental ahora —lo había reprendido James antes de empujarlo y salir a los jardines, hacia el Sauce. Nada diferente había ocurrido esa noche. Se colaron por el pasadizo una vez que Peter inmovilizó el árbol y llegaron pronto a la Casa de los Gritos, con los primeros aullidos lastimeros del lobo en busca de sus amigos.
—Un placer compartir cada noche de luna llena con ustedes, caballeros —había repetido Sirius haciendo una exagerada fluorita al pie de la edificación antes de transformarse en perro, seguido por James. Peter se encaramó de inmediato al lomo del ciervo, antes de entrar en la casa y encontrarse con Remus.
El lobo, a pesar de todo, se veía ansioso aguardando en soledad. Sirius echó a correr, saltando en dos patas para caerle encima, con las fauces abiertas y toda la vida que le quedaba en las venas. Remus le respondió de la misma manera, rodando por el piso en un juego feroz que ya se conocían de memoria.
Nada cambiaba, seguían siendo cuatro bajo la luna, ebrios de juventud y ganas de joder. La noche los envolvió y les permitió salir al pueblo, rodar, andar y rugir de éxtasis como lo habían hecho los últimos cinco años y esperaban continuar haciéndolo por toda la eternidad.
Las cosas se salían de control sin previo aviso, era algo que habían aprendido con la experiencia.
Los aullidos cortaron su tono de golpe, y el resto pasó muy rápido. Con la emoción de la última noche todavía palpitante bajo la piel, ninguno comprendió bien qué estaba pasando hasta que el ciervo se interpuso en el camino de un lobo que no deseaba decirle adiós a aquello, ganándose un mordisco profundo y ponzoñoso que el perro tuvo que cortar antes de que destrozase la mitad de su amigo. Peter chilló, subiéndose al lomo de James por su pata para darse cuenta de que el animal había perdido el conocimiento, volviendo a chillar para llamar la atención de Sirius que estaba intentando quitar al lobo del medio.
La sangre de James había empezado a bañar la hierba fría del amanecer, mientras el enorme perro obligaba a Remus a regresar a la Casa de los Gritos, dejando a Peter muerto de miedo buscando las luces del alba.
Sirius regresó como hombre, pálido como la cera a buscar a sus amigos cuando el cielo al fin comenzó a clarear. Peter hizo lo propio, observando con horror el cuerpo tendido del ciervo.
—No pasa nada —le había asegurado Sirius con la voz ronca. —Salimos de peores.
Peter quería contradecirlo pero no encontró las palabras. Obligaron a James a regresar a su forma humana antes de cogerlo entre los dos para llevarlo al castillo, de la manera más imperceptible. Sirius se había asegurado de que Remus estuviese bien, y que Madame Pomfrey lo recogiese, no sin antes asegurarle con una mirada profunda que no era su culpa.
Creía firmemente en lo que decía. No era la primera vez que alguno de los tres salía mal parado de una luna llena, y estaba seguro que no sería la ú con modorra de ensueño los dormitorios, echándose la capa y borrando los restos de sangre que James perdía con preocupante celeridad.
No habían acudido a la enfermería ni una sola vez en cinco años por heridas de luna llena. Peter empezaba a creer que ese récord se había acabado, cuando ayudó a Sirius a tender el cuerpo magullado de James sobre su cama.
Lucía pésimo.
—Sirius, esto no es algo que podamos resolver solos —se atrevió a balbucear al fin, concentrado en la enorme masa sanguinolienta en la que se había convertido gran parte del costado de su amigo. Remus lo había mordido con ganas, no de manera amistosa. Había querido hacerle daño.
—Claro que sí —lo contradijo él, tomando la varita sin darse cuenta de que le temblaba el pulso.
Guardaban el botiquín de pociones que el mismo Remus hacía y mantenía para ocasiones como aquellas, porque en el fondo el licántropo sabía lo peligroso que era su diversión de todos los meses. Los tres tenían marcados en el cuerpo los recuerdos de la luna, y procuraban no hacer un gran escándalo sobre ello, no era tan terrible.
Sirius actuó con rapidez, como siempre, mientras Peter anticipaba sin necesidad de palabras su siguiente movimiento. Pero James seguía sangrando sin remedio, a pesar de los esfuerzo de sus amigos que empezaban a asustarse de cara al cielo de la mañana.
—Mierda —Sirius soltó la varita de un ademán brusco y de dos zancadas alcanzó el baño para arrebatar una toalla limpia y apretársela en la zona dañada a James, tiñéndola de inmediato de rojo. —¡Mierda!
—¿Qué mierda vamos a hacer? —susurró Peter, más asustado que nunca. —Tenemos que llevarlo a la enfermería, Sirius, esto se nos escapa de las manos.
—Nos queda una semana para graduarnos —masculló Sirius, abriendo mucho los ojos. Lucía un poco desquiciado. —Nos van a expulsar a una jodidas semana de terminar. ¡MIERDA!
Peter se sobresaltó ante la exclamación frustrada, imposibilitado de pensar otra solución. Aterrado, vio como el joven apretaba bien la toalla contra James antes de erguirse e inhalar una larga bocanada de aire, intentando calmarse.
—Está bien, ya sé qué haremos —dijo al fin, sintiendo como cada segundo estaba más cerca del desastre. —No te asustes, Pete, todo estará bien.
—Llevémoslo a la enfermería —suplicó el aludido, con el rostro contraído. —Luego nos inventamos una excusa. Dumbledore no va a echarnos ahora. No...
—Llama a Lily —interrumpió Sirius, sin hacerle caso.
—¿A Lily? —se horrorizó Peter, empezando a pensar que había perdido el juicio.
—Sí. Búscala en los dormitorios, transfórmate en rata si hace falta, y pídele que traiga a Mar.
—Sirius, ¿qué...?
—Si hay alguien que va a poder ayudarnos es ella, Pete. Sé lo que te digo. Apúrate. Yo voy a tratar de frenar toda esta puta sangre.
No tuvo el tino para negarse. Peter asintió y cogió la capa al vuelo, antes de salir corriendo a hacer lo que le habían ordenado.
Porque en el fondo, no había nada más que pudiese hacer salvo confiar rabiosamente en el loco de Sirius Black.
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22 de Abril de 1978
A Benji no le agradaba que lo desnudasen. Prefería hacerlo él, cortando amable pero firme el contacto para quitarse la ropa aprisa y continuar con lo que estuviese haciendo. Tessa ya lo sabía, llevaba años lidiando con las pequeñas manías del rubio, y de cualquier manera volvía a intentarlo, enredando los dedos finos en los botones de su camisa para poder desprendérsela.
Benji olía a sudor limpio, había salido del entrenamiento y no había tenido tiempo de ducharse. No había tenido tiempo de nada, en verdad, pues solo se habían encontrado en el hotel en el que ella estaba parando y ni siquiera le había saludado. Tessa podía intuir que estaba agobiado y un poco enojado, cuando sonrió entre besos al notar su pulso firme rodeándole las muñecas para detenerla.
—No siempre tienes que ser tan metódico, Ben —susurró, mezclando su aliento contra el del chico antes de que se separase para quitarse la ropa. Él no dijo nada, terminando de desprenderse de todo sin remilgos. Nunca sentía vergüenza, y a Tessa eso la ponía a mil.
Los ojos claro de Benji la atraparon por un segundo, sonriendo de anticipación. El estómago de la mujer dio un vuelco, como si aún fuese adolescente, y se suicidó a sus pies, en el momento exacto en el que el rubio se erguía completamente desnudo a su lado y le cogía las muñecas para sostenerlas por encima de su cabeza, aplastándola contra la pared.
A pesar de estar vestida, sabía quién era la verdadera víctima en aquella habitación. Benji tenía la maldita costumbre de observarla como un si fuese lo más importante en el mundo, analizando cada gesto y cada suspiro para evaluar mejor cuál sería el siguiente movimiento. Con ese gesto que tenía que no alcanzaba a ser sonrisa, mantuvo los ojos fijos en su rostro mientras descendía hasta deslizar la nariz por el hueco entre sus senos, cubiertos solo por el sostén. Lamió despacio el límite donde comenzaba la tela, incendiándola con la mirada cubriendo toda la curva hasta alcanzar el otro. Inclinado sobre su pecho, no había dejado de sostenerle los brazos en alto, inmovilizándola por completo.
A su merced.
Sonrió un poco más y las rodillas de Tessa se aflojaron cuando mordió el sostén para quitarlo del medio y poder succionar con ganas su parte más sensible. Gimió, lastimera, porque Benji conseguía que todo fuese una tortura, hasta esa manera demoníaca de lamerle con intención el pezón erecto.
—Ben, suéltame —dijo, con la voz ronca, sin obtener respuesta. Consiguió hacerse espacio cuando el joven abandonó su pecho sin molestarse en arreglar el desastre para besarla, consiguiendo colar su muslo entre los suyos, haciendo presión en el punto correcto.
Benji gruñó un poco, hundiéndose en su boca y soltando una mano para poder volver a hacerse con el poder. La obligó a retirarse y le coló la mano por debajo del culo, levantando su falda hasta la cadera y haciéndole abrir las piernas para hacerse sitio. Tessa no necesitó indicación para colgarse de su cintura, ya olvidándose de su parcial inmovilidad para poder acercarse más al miembro caliente y duro del joven. Aplastó su parte más íntima contra la de Benji, frotándose con ansia a pesar de la tela de sus bragas, empapada en excitación.
Al fin el rubio la soltó, con un gemido, para deshacerse definitivamente del sujetador y liberar por completo sus pechos para sostenerlos con las palmas mientras le besaba el cuello. Tessa dejó caer los brazos, vencida, para enredarse en él por completo. Benji había empezado a jadear, alterado por el movimiento sinuoso que hacía ella con sus caderas, dándole calor a su excitación al frotarla contra su clítoris. Él aumentó el vaivén, golpeándola contra la pared y abandonando su tarea para tomarla con las palmas abiertas por el culo para alzarla y llevarla en andas hasta la cama, tumbándola de frente.
Ella sonrió, lamiéndose los labios, cuando Benji le permitió tomar su erección, de pie al borde del colchón. Se dio el lujo de hacerlo despacio, pulsando primero en la punta mojada antes de empezar a masturbarlo como sabía que le gustaba. Benji inspiró ruidosamente y se dejó hacer, inclinado hacia atrás, pero sin cerrar los ojos. Era el único hombre que había conocido que no perdía la mirada en momentos como ese, y a Tessa le generaba un calor imposible. Le ofreció una caricia lánguida en el pecho antes de abandonarlo, con la mano pringada de semen, para devolverle la mirada cargada de intención antes de darle una probada a su propia piel.
Benji siempre redoblaba los juegos.
Se tumbó encima, sin recostar su peso contra su cuerpo, para volver a sujetarle los brazos y darle solo un lengüetazo delirante a su seno, bañándolo con su aliento caliente para endurecerlo hasta límites orgásmicos. La soltó para enganchar su mirada, deslizándose hacia abajo para poder, al fin, retirarle las bragas con un solo dedo.
Tessa dejó caer la cabeza sobre el colchón, rendida al placer. Sabía lo que vendría, y sabía que estaba a punto de correrse de anticipación.
Sintió el aliento de Benji a propósito, inundando el espacio entre sus piernas antes de que su lengua delinease a la perfección el límite de su entrada, con una cadencia tortuosa e infinita. Jadeó, intentando no retorcerse de placer, mientras Benji se hundía con la boca entera sobre su parte más íntima, succionando y lamiendo los rincones más necesitados.
—Ben, por favor… ¡Ben!
Dos dedos se colaron sin esfuerzo, añadiéndose a los labios ardiendo del joven, terminando de deshacerla por completo.
—¡Ah!
Se vino con la piel contra la boca de Benji, como estaba segura que era su intención. La tensión sobre sus músculos desapareció con la sensación de estar flotando en éxtasis, dejándola laxa contra la cama, aturdida.
No había terminado.
Benji sonrió, un poco pagado de sí mismo, antes de hacerla girar sobre sí misma para que tenerla de espaldas.
—¿Qué…? —jadeó, todavía demasiado sensible para comprender otra cosa. La caricia del rubio le erizó la piel, recorriéndole toda la columna. Comprendió sus intenciones cuando sintió la humedad de su miembro dejándole un reguero tibio hacia el final de la cadera, metiéndose luego entre sus glúteos. Tessa ronroneó, satisfecha, antes de estirar los brazos y curvar la espalda para ofrecerse entera, levantándose un poco sobre las rodillas para que Benji pudiese maniobrar con facilidad. Él hundió las yemas debajo de los huesos de su cadera para seguir jugando, dibujando fantasías calientes con su excitación, paladeando las ganas de meterse en su interior y arrepintiéndose al último segundo. Le fascinaba ver cómo su miembro se perdía en la hendidura del culo de Tessa, que lo movía en círculos sugerentes y lo hacía deslizarse hasta su entrada resbalosa, antes de regresar al juego.
De pronto, Benji inspiró, sujetándola tan fuerte que terminaría por quebrarla, cortando abruptamente el paseo para ingresar de una estocada profunda. Tessa gritó de satisfacción, ahogando el propio gemido del rubio, que se quedó inmóvil un segundo para recuperar el aire.
—No te… —farfulló ella, arqueándose aún más para dejarle acceso perfecto. —No te detengas.
—No pensaba hacerlo —Benji recuperó el aliento y arremetió otra vez, esta vez sin abandonar el ritmo frenético de las embestidas. Se dejó llevar, gruñendo y apretándole las caderas y el culo para enterrarse en ella hasta que lo sacudió un orgasmo violento que le cortó la respiración.
Jadeando, se desplomó contra Tessa, que estaba buscando aire con la mejilla pegada a las sábanas.
—Eres demasiado bueno para este mundo, Ben —susurró, entrecortada, terminando de girarse para observar el techo. El pecho le subía y bajaba a una velocidad alarmante.
—No digas tonterías —repuso él, besándole el hombro antes de rodar para darle espacio. Aunque lucía agitado, se veía sereno, como siempre. Acababa de correrse con rabia, pero Benji ya podía volver a aparentar normalidad absoluta, desnudo sobre la cama. Inspiró profundo una última vez y se levantó, para servir agua y dar un largo sorbo antes de tenderle a Tessa.
Ella se arrebujó entre las mantas, acomodándose el cabello y aceptando en silencio. Su garganta le agradeció el líquido fresco.
—¿Ya no estás enojado? —preguntó, cuando se aseguró que la voz no le fallaría. Benji se giró, con una ceja enarcada.
—Yo no estoy enojado.
Tessa sonrió, negando con la cabeza.
—Claro que sí. Eres demasiado evidente, ¿sabes?
El rubio recuperó el vaso para servir una última vez antes de dejar todo sobre la mesita y hacerse sitio sobre el lecho, dejando que Tessa buscara enseguida su calor.
—No estoy enojado —repitió, con tranquilidad, pasándole un brazo por detrás de los hombros. —Estoy preocupado. Pasaron muchas cosas desde la última vez que nos vimos.
—¿Cómo qué?
El silencio sugerente de Benji le dio una pista a Tessa sobre por dónde se dirigían los pensamientos del joven. Sin embargo, cuando habló, la sorprendió.
—Al nos vió el otro día, en la cafetería —repuso, sin perder el aplomo.
—Ah.
No estaba segura qué decir. Benji se había obcecado en ser rabiosamente discreto y ella había aprendido con el tiempo a aceptarlo. No tenían una relación formal, era cierto, pero cuando era más niña y más tonta, le desagradaba todo ese secretismo. En verdad, el rubio no la ocultaba, solo era demasiado celoso de su privacidad.
—Eso te pasa por querer ser tan jodidamente caballero —se burló al fin, picándolo con un dedo. —Podríamos haber venido aquí y ya.
—Hay cosas que prefiero hablar vestido —la contradijo él, con intención. —Hacía mucho que no sabía nada de ti.
—Y ahora tu amiga sabe demasiado de mí.
—No te pongas en ese plan —suspiró, torciendo el gesto. —Ya sabes que no es así.
Tessa se encogió de hombros.
—Ya estoy acostumbrada a ser tu novia secreta, da igual.
—No eres ningún secreto —respondió Benji con firmeza. —Y no eres mi novia.
—Gracias a Merlín, porque no te soportaría —sonrió ella, a pesar de que sabía que era cierto. No era la primera vez que se lo decía, Benji era demasiado asfixiante. Su relación era posible porque Tessa pasaba largos períodos de viaje, y podían estar distanciados por meses. —¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—Qué le dijiste a Alice sobre mí —se exasperó, recostando la cabeza sobre el pecho desnudo del rubio. El latido de su corazón era sereno, y eso la relajaba.
—La verdad.
—Creo que es un poco tarde para la verdad, ¿no?
—No —Benji se movió apenas para desentenderse del asunto. —Ya te dije que no estoy ocultando nada.
—Díselo a los últimos cinco años —ironizó Tessa, pero Benji no le siguió el juego. Había algo más que no estaba contándole. —¿Y qué más?
—¿A qué te refieres?
—Vamos, Benji, te conozco hace demasiado tiempo. Y sobre todo, me acuesto contigo hace demasiado tiempo. Sé perfectamente que cuando traes esa cara es porque Dorcas volvió a hacer de las suyas.
No hubo cambio perceptible, pero Tessa supo que el joven se había puesto tenso. El silencio se escurrió, frío, entre las sábanas, hasta que Benji dejó salir el aire lentamente.
—Se está acostando con un tipo del Ministerio.
—¿Estás celoso? —la pregunta salió dos octavas más aguda. Ella parpadeó, incrédula, y se irguió un poco para mirarlo a la cara. No podía ser.
—No —y provocó que la mujer se desinflara otra vez, resignada. Era tan visceralmente sincero que no podía sospechar lo contrario. —Me molesta que esté haciéndolo en el trabajo.
—Bueno, ella es así, ¿verdad?
—Debería dejar de comportarse como una cría.
—No todos pueden ser tan serios como tu, Ben —suspiró Tessa, sincera. —Creo que ya deberías tenerlo claro.
—Me molesta su irresponsabilidad.
—Y no que se esté acostando con otro.
—Es su vida y puede hacer lo que quiera con ella.
—Salvo ser irresponsable —aclaró ella, conteniendo la risa entre los labios. A veces era demasiado divertida la seriedad obtusa de Benji.
—Será Auror. Implica responsabilidad.
—Ay, Ben, eres exasperante —se carcajeó Tessa ante la mueca impasible del joven. Quiso expresar su verdadera opinión al respecto, pero decidió morderse la lengua y callar, como solía hacer con ese tema. —Solo déjala. ¿Qué harás en la noche?
—¿Quieres cenar? —propuso él, ofreciendo caricias distraídas a la piel desnuda de su espalda. Tessa se acomodó mejor para recibirlas, relajada. —Luego tengo que ir a recoger a Al.
—Vale.
—Vas a tener que moverte de aquí si ese es el plan.
—Deja de ser tan metódico por una vez —murmuró Tessa, cerrando los ojos. Lo abrazó más, enredando la mitad de su cuerpo con el de él antes de suspirar de satisfacción. —Déjame quedarme así un rato más.
Benji se permitió una ligera pausa.
—Está bien.
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¡Hola a todos! Aquí volvemos con estos jueves de actualización que me están entusiasmando demasiado. Ya sé que es un rollo de leer, pero bueno... no puedo detenerme ahora, lo lamento.
Tengo algunas poquitas acotaciones sobre el capítulo de esta semana.
En primer lugar voy a disculparme porque OTRA VEZ no conseguí cerrar la línea de Hogwarts. No sé cómo sigo alargándome de esta manera, es grosero. Tenía todo pensado, como siempre, y luego se me ocurre alguna tontería más para añadir, y una escena por aquí y por allá vuelven a hacer un capítulo mortalmente kilométrico. La buena noticia es que definitivamente el próximo que retome de aquí será el último. Ya no hay nada más que pueda agregar porque ya lo diagramé con lujo de detalles así que pueden respirar. Nos despediremos al fin del castillo y podremos enlazar con la línea de la graduación, ¡al fin!
Por otro lado, todavía no sé si la semana próxima voy a publicar este último o voy a dar un salto en el tiempo. Tengo preparadas ambas cosas, así que será cuestión de decidir y ya.
Por último, quiero tomarme un pequeño espacio para agradecerle infinitamente a SofiaBlack por su review —no puedo contestarte porque no tienes cuenta, pero si estás en Facebook o en Twitter, ¡no dudes en agregarme!— que me dejó contentísima y ya que estoy, hacerles un breve anuncio.
Saben que es imposible para mí resistirme demasiado a las mil aristas que voy abriendo en esta historia —algunas súper pensadas y calculadas por años y otras no tanto—, así que creo que voy a lanzar un proyecto que tenía en mente hace mucho y que había decidido descartar por falta de tiempo. Sin embargo, llegamos a un punto en la historia en la que me parece muy, MUY interesante que pudiese intentarlo, a ver qué me cuentan.
El nuevo spin-off de Guerra se va a llamar «Reclutas», y va a hablar un poquito de la vida de algunos personajes no tan principales en este fic. Voy a contar algunas cosas y escenas claves que ocurrieron antes de la extensión temporal en la que empieza la historia, de la vida de —principalmente— Dorcas y Benji, un poco de Alice y Frank, y el resto de la Orden: Fabian, Gideon, Caradoc, Hestia, Edgar y Emmeline. Voy a serles sincera. ADORO a todos los personajes de mi fic, a todos, incluso a los más secundarios. Sin embargo, Reclutas será un poco una excusa para contarles más sobre Dor y Benji, porque los amo y creo que merecen más.
En un principio, había estructurado la cosa para incluir esos recuerdos de niñez y adolescencia dentro de Guerra, pero luego pensé que sería interesante tenerlos aparte, junto a los primeros pasos de la Orden.
Estoy embrollándome de nuevo. Si les interesa el proyecto, ¡me lo cuentan! Saben que me pueden encontrar aquí, por PM, en Twitter como CeciTonks y en Facebook en el grupo de Jily Squad.
Les adelanto que estoy muy entusiasmada al respecto.
Y es todo. ¡Nos estamos leyendo el próximo jueves!
Los adoro.
Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.
Ceci Tonks.
