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(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁CAPITULO 49

Candy...

No estoy segura de cómo he llegado al cuarto, pero aquí estoy, sola en la cama que Terry y yo compartíamos, envuelta en una agonía silenciosa.

Puedo sentir manos suaves que tocan mi pelo y oír voces que me murmuran palabras en español. Sé que Ana y Rosa están ahí conmigo. El ama de llaves parece que esté llorando. Yo también quiero llorar, pero no puedo. Siento un dolor tan intenso, tan profundo que llorar sería lo más fácil.

Creía que sabía lo que era sentir el corazón despedazado. Cuando por error di por muerto a Terry, estaba destrozada, destruida. Esos meses sin él fueron los peores de mi vida. Creía que sabía lo que era sufrir la pérdida de alguien, lo que sería no volver a ver su sonrisa o sentir el calor de sus abrazos.

Pero ahora me doy cuenta de verdad de que existen grados de agonía. El dolor, en un principio es desolador, pero llega hasta destrozar el alma. Cuando había perdido a Terry otras veces, era el centro de mi mundo. Ahora, sin embargo, es mi mundo entero, no sé qué sería de mí sin él.

—Ay, Candy... —Oigo la voz de Ana mientras llora y me acaricia el pelo—. Lo siento, pequeña... lo siento mucho.

Me gustaría decirle que yo también lo siento, sé que Terry era importante para ella también, pero no puedo. No puedo hablar. Incluso respirar me supone un esfuerzo sobrehumano, como si mis pulmones hubieran olvidado cómo respirar. Ahora mismo solo soy capaz de inspirar y expirar a intervalos cortos.

Respirar. Solo eso. Solo no morir.

Después de un rato, cesan los murmullos tranquilos y las caricias reconfortantes y me percato de que estoy sola. Deben de haberme tapado con una sábana antes de irse, porque siento un peso encima de mí, suave y acolchado. Debería entrar en calor, pero no es así.

Solo me siento helada, un doloroso vacío en el lugar donde solía estar mi corazón.

—Candy, pequeña… bebe algo…

Ana y Rosa han vuelto, sus manos suaves me incorporan en la cama. Me ofrecen una taza de chocolate caliente y respondo que sí de forma automática. Sostengo la taza entre las manos frías.

—Solo un sorbo —insiste Ana—. No has comido en todo el día. A Terry no le gustaría y lo sabes.

Al escuchar su nombre, la agonía me remueve de tal manera, que casi se me cae la taza de las manos. Rosa me las rodea, y con cuidado pero con firmeza, me lleva la taza a la boca.

—Venga, Candy —susurra. Su mirada está llena de compasión—. Solo uno.

Me fuerzo a tomar unos cuantos sorbos. El líquido rico y cálido me hace sentir un cosquilleo en la garganta. La combinación de azúcar y cafeína disipan parte de mi agotamiento. Sintiéndome algo más viva, miro hacia la ventana y me desconcierto al ver que ya es de noche. He debido estar acostada durante bastante tiempo sin darme cuenta de que pasaban las horas.

—¿Tiene Peter alguna novedad? —pregunto dirigiendo la mirada a Ana y Rosa—. ¿Han encontrado los restos?

Rosa me mira aliviada, ya que he vuelto a hablar.

—No lo hemos visto desde esta tarde —dice y Ana asiente.

Tiene los ojos rojos e hinchados.

—Vale. —Doy un par de sorbos más a la taza de chocolate caliente y se la devuelvo a Ana—. Gracias.

—¿Te traigo algo de comer? —pregunta Ana con optimismo—. ¿Quizás un bocadillo o algo de fruta?

Se me revuelve el estómago al pensar en comida, pero sé que necesito comer algo. No puedo morirme yo también, aunque ahora mismo la idea me atraiga.

—Sí, por favor —digo cansada—. Una rebanada de pan tostado con queso, si no es mucha molestia.

Rosa se baja de la cama, me da un abrazo y me contesta con una sonrisa de aprobación.

—Vamos allá. ¿Ves, Ana? Te he dicho que es una luchadora.—Y sin tiempo para que cambie de idea, sale de la habitación en busca de la comida.

—Voy a darme una ducha —digo a Ana levantándome de la cama.

De repente, siento una gran necesidad de estar sola, de estar lejos de la preocupación asfixiante que refleja la cara de Ana. Siento mi cuerpo frío y frágil, como un carámbano que pudiera quebrarse en cualquier momento y los ojos me arden por las lágrimas que no he derramado.

«Solo concéntrate en respirar. Inspira y expira».

—Claro que sí, pequeña —contesta Ana con una sonrisa amable y cansada—. Ve a ello. La comida te estará esperando en cuanto salgas.

Y cuando me dirijo al baño, veo cómo Ana sale del cuarto en silencio.

—¡Candy! Ay, gracias a Dios, ¡Candy!

Los gritos y los golpes frenéticos de Rosa en la puerta me sacan de mi estado inerte, casi catatónico. No sé cuánto tiempo he estado debajo del agua caliente de la ducha, pero salgo de inmediato. Me enrollo la toalla al torso y me acerco a la puerta. Casi me arrastro por las baldosas frías del suelo.

El corazón se me va a salir por la boca. Tiro de la puerta para abrirla.

—¿Qué ocurre?

—¡Está vivo! —El chillido de Rosa casi me deja sorda—.Candy, ¡Terry está vivo!

—Pero ¿vivo, vivo? —Por un momento no puedo procesar lo que me está diciendo, mi cerebro trabaja lento por el hambre y la pena—. ¿Terry está vivo?

—¡Sí! —grita, cogiéndome de las manos y dando saltitos de alegría—. A Peter le han dicho que los han encontrado vivos a él y a algunos de sus hombres. ¡Ahora mismo los están trasladando al hospital!

Mis rodillas ceden y me caigo al suelo.

—¿Al hospital? —digo con la voz un poco más fuerte que un susurro—. ¿De verdad está vivo?

—¡Sí! —Rosa me da un abrazo de los que dejan sin aire, después me suelta y se aparta con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿No es genial?

—Por supuesto... —Me alegra, pero también desconfío un poco. Mi pulso se acelera cada vez más y más—. ¿Has dicho que lo han llevado al hospital?

—Sí, eso ha dicho Peter. —La expresión de Rosa se vuelve un poco más seria—. Está hablando con Ana abajo, no me he quedado a escuchar, te quería dar la noticia lo antes posible.

—Sí, claro, ¡gracias! —Me da un escalofrío súbito, todo el rastro de confusión y desesperación desaparece. ¡Terry está vivo y está siendo trasladado a un hospital!

Voy a toda prisa hacia el armario, saco el primer vestido que encuentro y me lo pongo, dejando caer la toalla al suelo. Me apresuro a la puerta y corro escaleras abajo. Rosa me sigue.

Peter está junto a Ana en la cocina. El ama de llaves me mira con ojos de asombro al verme aproximarme a ellos descalza y con el pelo todavía mojado. Probablemente parezca una loca, pero no me importa lo más mínimo. Ahora mismo solo me importa saber qué es de Terry.

—¿Cómo está? —digo con la respiración entrecortada, derrapando—. ¿En qué condiciones se encuentra?

Peter me mira, y una expresión sorprendentemente similar a una sonrisa se le dibuja en la cara.

—Van a hacerle unas pruebas en el hospital, pero de momento, parece que su marido ha sobrevivido a un accidente de avión. Tan solo se le ha roto un brazo, un par de costillas y tiene un corte en la frente algo desagradable. Está inconsciente, pero parece que es sobre todo debido a la pérdida de sangre de la herida de la cabeza.

Y mientras miro a Peter con la boca entreabierta sin poder creer lo que me está diciendo, sigue explicando:

—El avión se estrelló en un área densa de bosque, por lo que los árboles amortiguaron gran parte del impacto. La cabina del piloto donde Graham y Kent estaban sentados se desprendió por la fuerza del impacto y eso parece haberles salvado la vida. —En ese momento, su sonrisa desaparece y sus ojos metálicos se oscurecen—. No obstante, la mayoría ha muerto. El combustible estaba en la parte de detrás y explotó, lo que destrozó esa parte del avión. Solo han sobrevivido tres de los soldados que estaban con ellos y tienen quemaduras muy graves. Si no fuera porque llevaban puesto el equipo de combate, ninguno hubiera sobrevivido.

—¡Dios!

Ahora solo siento mucho miedo. Terry está vivo, sí, pero casi cincuenta de sus hombres han muerto carbonizados. No tenía casi relación con la mayoría de ellos, pero he visto a casi todos deambular por la finca. Los conozco, aunque solo sea de vista. Todos ellos eran fuertes, parecían indestructibles. Y ahora están muertos. Para siempre. Como lo hubiera estado Terry si no hubiera estado en la parte delantera.

—¿Qué es de Lucas? —pregunto y comienzo a temblar al pensarlo. Empieza a rondarme de nuevo la idea de que Terry estuvo en el accidente y sobrevivió. Tal cual, como un gato con siete vidas, rompiendo los esquemas de nuevo.

—Kent tiene una pierna rota y contusiones severas. También estaba inconsciente cuando los encontraron.

Saberlo me alivia muchísimo y mis ojos que antes ardían de sequedad, se llenan enseguida de lágrimas. Lágrimas de gratitud, de alegría tan intensa que son imposibles de contener. Quiero reír y llorar al mismo tiempo.

Terry está vivo y también el hombre que una vez le salvó la vida.

—Ay, Candy, pequeña... —Ana me rodea con sus brazos rechonchos mientras lloro—. Todo va a salir bien... Todo va a salir bien.

Con espasmos y lloriqueos, dejo que me dé un abrazo maternal durante un instante y después me aparto, sonriendo entre lágrimas. Es la primera vez que de verdad creo que todo va a salir bien, que lo peor ya ha pasado.

—¿Cuándo podremos salir para allá? —pregunto a Peter, secándome las lágrimas de las mejillas—. ¿El avión puede estar listo en una hora?

—¿Cómo dice? —Me mira extrañado—. No podemos ir, señora Graham. Se me ha ordenado expresamente que permanezca en la finca y la mantenga a salvo aquí.

—¿Qué? —Lo miro sin poder creer lo que dice—. ¡Pero Terry está herido! Está en el hospital y yo soy su mujer.

—Sí, lo entiendo —A Peter no le cambia la expresión de la cara, me mira con sus ojos fríos—. Mucho me temo que Graham, literalmente, me mataría si pongo su vida en riesgo.

—¿Me estás diciendo que no puedo ir a ver a mi marido que acaba de tener un accidente de avión? —Elevo la voz cuando la cólera se apodera súbitamente de mí—. ¿Qué se supone que tengo que hacer: quedarme aquí sentada mientras mi marido está herido a medio mundo de distancia?

A Peter no parece haberle impresionado mi enfado.

—Haré lo posible para ofrecerle llamadas de teléfono seguras y quizás conexión de vídeo —dice de forma calmada—. También la mantendré informada sobre cualquier novedad que haya sobre su estado de salud. Pero aparte de eso, de momento, me temo que no puedo hacer nada. Ahora mismo estoy trabajando en mejorar el dispositivo de seguridad del hospital donde han llevado a Graham y al resto, así que, por suerte, volverán sanos y salvos y volverás a verlos pronto.

Quiero gritar, chillar y discutir con él, pero sé que así no voy a conseguir nada. Tengo tanto poder sobre Peter como sobre Terry: ninguno.

—Vale —digo, tomando aire para calmarme—. Hazlo. En cuanto sepas que está consciente, quiero que me lo hagas saber inmediatamente.

Peter inclina la cabeza.

—Claro, señora Graham. Será la primera en informarle.

CONTINUARA