Los lazos que nos unen
—Un internado, ¿Es en serio? ¿Cómo es que la abuela pensó que era buena idea decirles a Miriam y a John que nos metería al internado Hillwood High? Esta es una de las peores ideas que ha tenido.
—Al contrario, hermanita bebe. Yo creo que su sugerencia es más que aceptable en este caso, despues de todo queremos quedarnos en Hillwood a cualquier costo, ¿No?
Olga le propinó un ligero codazo a Helga, lo que provocó que la rubia terminara con las mejillas teñidas de un vivido rojo escarlata. El motivo, a Arnold se le había ocurrido la grandiosa idea de llamar a su casa hacía unos minutos, y siendo su hermana la que le contestó se tenía que dar cuenta.
La hermana menor escondió el rostro entre su playera rosa pálido y gruñó.
—Sí, no es tan mala idea, pero, ¿Un internado? ¿Por qué no mejor una cárcel?
—No seas exagerada. La abuela tiene varios conocidos trabajando en Hillwood High, así que no va a ser tan difícil que te acepten y a mí que me den trabajo, además, en los terrenos del internado tienen de todo, así que no tendríamos que salir para nada.
—Ese es justo el problema.
Helga se dejó caer sobre la escalera y se tapó la cara con ambas manos. Olga hizo un amago de acortar la distancia para consolarla, pero su hermana fue más rápida y le dijo.
—¿De qué sirve estar en la misma ciudad si no puedo ver a mis amigos?
—Helga…
La mano de su hermana se acomodó junto a su hombro, balanceándola al mismo tiempo que le daba ánimos.
—No será para siempre. Ya solo te faltan unos meses para salir de la preparatoria, y puede que en ese tiempo por fin atrapen al canalla de Nick y lo metan a…
—¿En serio? ¿Y te parece que eso va a pasar pronto, o cuándo? Te recuerdo que Miriam y el abuelo nos dijeron que mi denuncia no vale demasiado, todo por culpa de mis antecedentes.
La rubia maldijo por lo bajo y apoyó su cabeza en la pared, lanzando un hondo suspiro que fue seguido por un:
—Odio mi vida.
—No empieces, Helga. La abuela nos está dando una oportunidad, y creo que deberíamos tomarla.
—¿Y luego qué? ¿Qué pasara cuando salga? Con los antecedentes que tengo va a ser más difícil que encuentre un trabajo en lo que quiero, es más, ni siquiera sé si podre entrar a estudiar lo que deseo.
—Alto ahí, jovencita —, Olga acomodó ambas manos sobre su cintura y, con un gesto serio que para nada pegaba con su yo animado y apoyador, la joven mujer se permitió alzar una ceja al tiempo que decía —, ¿Desde cuando eres tan pesimista?
—No empieces con eso. No estoy de humor.
—¿Y crees que yo sí? Te conozco desde siempre. Eres una luchadora, Helga, y nunca te detuviste para lograr aquello que buscabas. Sí, es cierto que tendrás muchas dificultades por tus errores pasados, pero mi hermanita bebe no es de las que se rinden tan fácilmente. Puedes con todo esto y más, así que deja de lamentarte y ve a empacar tus cosas. Vamos a aceptar el ofrecimiento de la abuela, nos quedaremos en Hillwood y en cuanto termines la preparatoria podrás salir y ver a tus amigos.
—No, tú no lo entiendes. Yo…
Las palabras se atoraron en los labios de la rubia. Es cierto que tenían una buena oportunidad enfrente, sobre todo ahora que ni sus padres ni su abuelo estaban dispuestos a apoyarlas en esa decisión, sin embargo, una gran parte de ella se sentía derrotada. Abatida.
Una vez más, les habían ganado esos idiotas y la estaban alejando de las personas que por tanto tiempo había querido ver.
En esos momentos se arrepintió de haber pasado tanto tiempo molesta con Arnold. No le había servido de nada, ninguna discusión había valido la pena.
Estaba tan enojada, que terminó estampando la frente sobre la madera de uno de los barandales que protegían las escaleras. Olga dejo salir un gruñido, pero por lo demás no dio muestras de acercarse a socorrerla.
Cuando por fin se dignó a hablar, lo hizo con un tono de voz apenas audible.
—Ya me canse de ir contra corriente. Es muy doloroso.
—Lo sé, recuerda que no solo tu perdiste un padre ese día hace años —, Olga volvió a apoyar su mano sobre el hombro de su hermana y, tras unos minutos de prudente espera agregó —. Vamos. Es mejor que prepares todo ahora, mientras John y mamá vuelven de visitar el internado con los abuelos.
Con paso desganado, Helga atendió a las palabras de su hermana y subió las escaleras hasta llegar a su habitación.
En cuanto sus ojos miraron todo lo que la rodeaba, un par de lágrimas amenazaron con salir.
—No, Helga. Puedes hacerlo. Lo has hecho antes así que no es tan difícil, como coser y cantar.
Con el nudo oprimiendo su garganta y su corazón, la rubia se acercó a su closet y poco a poco fue sacando la ropa que tenía en el interior.
En esa labor la encontró Arnold cuando terminó de trepar del árbol junto a su casa, un par de horas despues.
Era increíble todo lo que había pasado en el transcurso de unas cuantas horas de ese día. Por la mañana, el rubio con cabeza de balón había planeado una salida en grupo con varios de sus amigos, incluida Helga; ahora, con los eventos ocurridos en todo en lo que podía pensar era en la chica.
Su chica y las extrañas cicatrices que marcaban su piel. Su chica y los golpes que le habían dado. Su chica desplomándose en pleno pasillo de la escuela.
Estaba demasiado preocupado para pensar en lo que iba a hacer, tal vez por eso no midió la distancia entre el árbol y la ventana del cuarto de Helga cuando comenzó a subir por él. Todo lo que quería era verla, comprobar que estuviera bien y no separarse de su lado en lo que restaba del día.
El cielo ya comenzaba a oscurecer cuando llegó a la habitación del segundo piso y la vio, acomodando un par de playeras en una maleta rosa pálido de buen tamaño. La acción, más que calmarlo lo puso sobre aviso. Había pasado algo con su familia, algo malo. Su estómago adquirió el peso de un costal lleno de rocas, al recordar una tarde hacía años, en la que había tenido que ver partir a la rubia.
No podía irse. No era justo.
Con ese pensamiento, Arnold golpeó el marco de la ventana y esperó a que la chica lo mirara. Esta no tardó en notar su presencia y, para su sorpresa abrió el acceso de un tirón y lo jaló con tal violencia que ambos cayeron sobre la alfombra del cuarto de Helga, ella aferrándose a su ropa mientras que él la abrazaba con toda la fuerza que tenía.
—¿Estás bien? ¿Por qué tienes esa maleta en la cama? Háblame, Helga. ¿Qué pasa?
—No… No quiero…
—Por dios, Helga, ¿Qué? ¿Qué pasó?
—Me quieren llevar… Mi abuela quiere que Olga y yo nos quedemos en Hillwood High.
Conforme Helga iba narrándole todo lo que había pasado en el transcurso de su día, Arnold iba adquiriendo una expresión más y más seria. Su relato terminó con la salida de sus padres y abuelos a ver el internado, con lo que la muchacha clavó sus ojos en su acompañante al tiempo que decía.
—No quiero ir a ese sitio.
—No tienes de otra. Es eso o irte a cualquiera de las otras opciones.
En automático, los labios de la rubia se entreabrieron en una mueca que nunca creyó que usaría enfrente del cabezón. Estaba decepcionada por sus palabras, decepcionada y muy dolida por la forma tan fría en la que había hablado.
—¿Tú no quieres…? ¿No quieres que me quede?
—Por supuesto que sí —, el muchacho la atrajo una vez más a él y le propinó toda una serie de besos antes de decir —. Sí dependiera de mí, no te enviaría a ningún sitio; pero tenemos que ser realistas y prepararnos. Prefiero que te lleven a Hillwood High, en donde sé que puedo ir a verte de vez en cuando, a que te lleven a Westwood o Pacific Bridge.
—No. Nada de visitas.
—¿Helga?
La rubia tomó ambas manos de Arnold y negó, escondiendo el rostro por entre sus cabellos. Atrás había quedado la coleta medio deshecha que había llevado en la mañana, en esos momentos su melena caía cual cortina sobre sus hombros y parte de su rostro.
—Prométeme que no iras a verme. Quiero que cuando nos volvamos a ver sea sin restricciones, nada de internados o mudanzas apresuradas… Por favor, Arnold.
Aun y cuando el mencionado no quería ceder en eso, los ojos de la chica frente a él lo conmovieron. Comprendía su sentir, y solo por ese motivo fue que terminó cediendo a su petición.
—De acuerdo. Lo hare… ¿Por lo menos podemos hablarnos o mandarnos mensajes?
Helga asintió, a lo que el chico la estrecho aún más entre sus brazos. Fue en ese movimiento lleno de ansiedad que lo notó.
¿Cómo no se había dado cuenta de aquellas marcas irregulares en su espalda? ¿Por qué no les puso la suficiente atención como para percibirlas?
Helga se erizó cuando las manos de Arnold se adentraron por entre los pliegues de su playera-pijama, y no fue por el gesto. Sabía que había notado las marcas, por lo que tomó aire con ruidosa fuerza y murmuro.
—No he sido del todo sincera contigo… ¿Recuerdas la historia que te conté sobre mi gorro?
—Que pertenecía a tú amiga. Sí, me acuerdo.
La chica se estiró y alcanzó el gorro deslavado, colocándolo entre los dos a la par que decía.
—Este gorro perteneció a una buena amiga que perdí hace unos años. Ella fue uno de mis más grandes apoyos en esa etapa de mi vida y, por una broma del destino se fue y yo terminé con esas cicatrices en mi espalda.
—¿Qué…? —, la voz del muchacho se atoró por breves momentos en su garganta —, ¿Qué pasó con ella?
—Murió… Arnold. Me metí en problemas cuando estuve lejos, cometí errores y terminé en una correccional de menores durante un año y unos meses.
La boca del rubio se convirtió en un desierto. Suponía que había pasado algo muy malo para que acabara con semejantes marcas, pero nunca se le cruzó por la cabeza en que la chica hubiera pasado un tiempo en la cárcel.
Los hombros de Helga temblaron mientras continuaba con su relato.
—Estaba furiosa con Bob, por eso hice lo que hice. Yo… Lo lastime fuerte en una de las visitas y terminé siendo procesada. Ya había tenido otros problemas con la autoridad, por eso aquello fue la gota que colmó el vaso. Pase esos meses encerrada y, a las tres semanas antes de que saliera una de las reclusas intentó ponernos una trampa a mí y a Natalie. No caímos en sus juegos, y en represaría su banda los lastimo de gravedad a ambas. Ella no sobrevivió.
—Helga…
—Yo entenderé si ya no quieres estar conmigo, pero no quería que te enteraras de otra forma sobre mi pasado, más porque seguro saldrá algo cuando comiese el caso contra Nick y…
Antes de que pudiera seguir hablando, Arnold le levantó su rostro con mucho cuidado y fue dejando un reguero de besos por todas las heridas que presumía su cara, para terminar entrelazando sus labios con los de ella. Aquella sensación fue aún más potente que en otras ocasiones, más dolorosa y a la vez más madura que los besos que habían compartido en el transcurso de esos meses.
La chica pronto se sintió desfallecer por entre la bruma de sentimientos, por ello fue que no notó cuando el chico se separó de ella diciendo.
—No me importa lo que pasó, no pienso irme de tú lado. Quiero que te lo grabes y no lo olvides mientras estés en ese internado. Te quiero sin importar tus defectos y tus errores, ¿Ok? Acepto todo lo que eres y lo que llegaras a ser, así que no vuelvas a cuestionar lo que tenemos.
Aquellas palabras fueron recompensa suficiente para Helga esa tarde. A pesar de todo lo que había pasado ese día, había recibido más de lo que esperaba.
