Hola hola que tal?

He vuelto luego de desaparecer un mes. En realidad no hay mucho que decir XD salvo que este es un capítulo informativo. Esta parte del fic, de hecho, va a ser una serie de capítulos informativos sobre el pasado del Alma Mater, Sebastian, Elisse y todos los villanos de la serie, con el fin de aclarar la mayoría de las lagunas que hay :)

Probablemente sean unos tres o cuatro capis así, dependiendo de cómo vaya fluyendo la información y de que tan bien me de a entender xD soy mala explicando. Será algo así como un mini arco dentro de un arco, titulado "Réquiem de las Almas Perdidas".

Durante este mini arco estaré respondiendo preguntas, dudas, sobre lo que no quede muy claro, con el fin de que disfruten más la lectura n.n cabe mencionar que no daré spoilers, porque me demandan (¿?)

En fin, comencemos a responder reviews :D

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Chica Plutonio: ya verás los motivos de Brad juju pronto serán explicados

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Daiiki Uchiha:

Gracias por comentar n.n ¡No mueras! Aquí está el capi :D

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Silvia Ivon:

Ya verás porque fue Brad juju muy pronto *risa malévola*

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Maru:

Gracias por tu review n.n que bueno que el capi haya sido de tu agrado! n.n

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Annabeth-Cyone

Gracias por comentar :D aquí estamos de nuevo.

1: La voz en la cabeza de Elise será revelado en los próximos capis, muy pronto juju.

2: Elise aun no profundiza mucho en su origen, está en shock aun, pero poco a poco tocaré ese tema :)

3: La carta de Undertaker para Sylvette será revelada aquí al final o en "Donde sueñan los relojes", aun no me decido xD pero es una parte importante.

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Liria:

Aquí lo tienes :D disfrútalo

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Flo:

Holi, gracias por tu review :D pasando a las preguntas:

1: Elisse no pelea como en la mansión Bell porque hay una gran diferencia a lo que pasa ahora que a lo que pasó en la mansión Bell. No puedo revelarla, sería spoiler xD pero no es nada con referencia a los enemigos, tiene que ver con ella.

2: James sabe más de lo que parece, como siempre, pero no lo sabe todo. Sin embargo, sabe cosas muy importantes para Elisse.

3: La carta de James para Vetty será revelada más adelante :D pero es muy importante.

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PczZitoO:

¡No me mates, por favor! Dx

1: Nadie se esperaba lo de Brad, pero si te fijas bien, siempre ha estado, casualmente, en lugares indicados en los momentos indicados. Siempre ha tenido una coartada.

2: No me culpes por torturar a Vetty, me gusta el angst xD por eso en "Donde sueñan los relojes" habrá mucho drama.

3: En este capi se revelará la historia de Devine, aunque aun quedan cosas por decir n.n disfrutala!

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LadyPaulaSG: muchas gracias n.n y gracias por comentar n.n lo de Brad se explicará pronto.

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Guest:

Aww *Se sonroja* muchas gracias n.n espero te guste este capi.

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ANAHI:

MUAJAJAJAJAJAJA cuando me dicen ese tipo de cosas, que ya lo sospechaban, me doy cuenta de que hago un buen trabajo xD honestamente, ese debería, o al menos así pienso, debería ser el punto de toda historia de suspenso; hacer que el lector forme parte de la historia, que también sea un detective más y pueda ir sacando conclusiones y hasta descubrir al verdadero criminal n.n Saludos desde México! Espero que te guste este capi :D

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Alois Kagamine:

Hola! :D espero te guste mucho este capi n.n

1: no solo están involucrados los P4, sino muchos otros más juju

2: Sylvette es una pieza importante en este ajedrez, ya verás.

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Masha Rue:

1: No puedo hacer spoiler sobre muertes de personajes juju xD va contra mi contrato (¿?)

2: Los Inquisidores son humanos dotados con poderes. Son algo así como una sub-raza de los humanos. No son más fuertes que los demonios y los Shinigami, sin embargo, se han dedicado durante los últimos cuatro siglos a aprender a luchar contra ellos y combatirlos, así que podría decirse que son mejores estrategas, además de que han desarrollado armas especiales contra ellos. En este capítulo se explica un poco más a fondo su naturaleza :)

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Tali:

1: ¿Qué le pasó a la familia de Sylvette? La familia de Sylvette es un tema que se tocará más a fondo en "Donde sueñan los relojes", más adelante. Podría decirse que Sylvette tiene en parte la culpa de lo sucedido, pero eso es otra historia ;)

2: Lo último de la carta de Undertaker son secretitos juju serán revelados igualmente en el otro fic o al final de este, aun no me decido. Depende de que dirección decida darle al final del fic.

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Hola hola juju

1: Que gusto que estés escribiendo sobre él! :D porque lo amo! Jojo, pues originalmente el nombre lo tomé de una autora de Tumblr que escribe también sobre él. Su nombre es Porcelain Doll, me parece que capítulos atrás di el link, dándole sus respectivos derechos (¿?). El nombre que ella utiliza es Adrian Crevan, sin embargo yo quise ponerle de mi cosecha y nombrarlo como Adrian James Crevan, que acabó finalmente por ser simplemente James Crevan. El otro nombre, Grim, como Sylvette le llama, es algo que se me ocurrió por el simple hecho de "Grim Reaper" que es como llaman a la muerte en inglés, en parte inspirado por Las Sombrías Aventuras de Billy y Mandy XD y los famosos hermanos Grimm y sus trágicos finales para cuentos xD

Pd: sé quién eres, y si no actualizas pronto, me comeré tus órganos, muajajajaja! *cara de loca* es broma xD pero sí actualiza Q.Q

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Ya finalizado esto, pasemos ahora sí al capi :D disfrútenlo!

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Capitulo LI: Réquiem de las Almas Perdidas I

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"Si me llamas Bestia, no me culpes de arrancarte el corazón.

Existimos en la naturaleza para matar."

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"La tierra aun no era la tierra, el mundo aun no era el mundo y el cielo aún no estaba plagado de estrellas, cuando todo esto comenzó. En aquel entonces, el "mundo" no era más que un sitio ennegrecido y desierto, vacío. Dios aún no había decidido crear más cosas, y apenas el cielo comenzaba a formarse según la voluntad divina, y no había tal diferencia entre el día y la noche.

El Altísimo había vencido a Lucifer, y este ya había caído a lo más profundo de la tierra, y ahora yacía atado en el fondo de aquel cráter creado entre los mundos que se formó cuando este fue exiliado y descendió como un meteorito, formando el Infierno. Sin embargo, sus sirvientes, algunos, aun vagaban por el mundo terrenal, aun reptaban por las áridas tierras negras del mismo.

No todos los seres sobrenaturales tienen conocimiento de esta historia. Y la mayoría de quienes la conocen, no saben lo que en realidad pasó. No saben los nombres, lo sitios. Omiten detalles importantes o le agregan partes ficticias que nunca sucedieron. Pero yo sí la conozco, y la conozco bien. No porque la haya presenciado, sino porque más adelante, escucharía aquella historia de la boca de su principal testigo.

Como les he dicho ya, antes los demonios rondaban el mundo sin ninguna limitante más que mantenerse lejos de los ojos de los ángeles guardianes, leales siervos de Miguel, General de la Primera Legión, quienes poseían un poder sin igual, y su principal especialidad, era la de salvaguardar el Reino Celestial y mantener a raya a los Desterrados.

Sí, los ángeles también habitaban la tierra en ese entonces, ya que el mundo no era un sitio mortal. Andaban como lo harían hoy en día los humanos, de un lado a otro, en pequeñas ciudadelas brillantes y luminosas. Edificios tan altos como las nubes. Torres de Marfil, Casas de Oro, sitios que ni el más grande pintor mortal podría retratar en un cuadro. Un sitio tan bello que te haría llorar con solo recibir la bendición de su luz. La Ciudad de las Estrellas… el mismo lugar que milenios más tarde, la misma Virgen tomaría un puñado de los restos de la ciudad y estos se transformarían en su velo, tal y como en un momento, estos se transformaron en las miles de estrellas que adornan hoy el cielo nocturno.

Las Legiones de Ángeles estaban divididas en oficios, cada oficio era encomendado a una Legión, y cada Legión era comandada por uno de los Siete Magníficos. Como ya he dicho, La Primera Legión se encargaba de la defensa, el Ejercito Blanco. Otra se encargaba de la Alabanza y las Plegarias, pero la verdad es que no recuerdo del todo. Pero esas legiones no son importantes. La que realmente nos importa, es la que dirigía Uriel "Fuego Divino". No estoy completamente seguro de su trabajo, pero sé que tenía algo que ver con la oración, las plegarias, la valentía. Esa legión era algo así como los "sacerdotes" de aquel entonces. No se dedicaban a la batalla, aunque darían pelea si eso ocurría, pero estaban más enfocados en el perdón, en la virtud y la gracia.

Una de las sacerdotisas de aquel entonces era Devine "la Blanca". Era de las más jóvenes de la legión, y salvo eso, no había nada de especial en ella salvo su mirada dulce y azul, su cabello oscuro como el cielo sin estrellas. No era la mejor, ni la peor. Era la encargada de mantener limpios los altares, pulir las copas, entregar los libros, mantener los santuarios libres de polvo, curar y ayudar a los soldados de la primera legión. Sin embargo, supongo que por ser de las más jóvenes, era muy querida, hasta cierto punto, muy protegida por los soldados, pero no más que al resto. Algunos dicen que tenía una gran amistad con Miguel, pero no podría decir si es cierto.

Desgraciadamente, Devine, pese a su aparente carácter dulce y reservado, era en realidad aventurera, y su espíritu sentía la necesidad de viajar, de ver que había detrás de las altas murallas doradas y los cielos despejados. Le habían hablado, como a todos, de los demonios, las bestiales criaturas que existían fuera de las ciudades, y de lo fácil que les resultaría hacerla pedazos. Pero no era algo que le impidiese soñar con explorar fuera de la ciudad, y pese a que estaba prohibido, un día, cuando ya había caído la profunda y densa oscuridad que caracterizaba las noches en ese entonces, Devine salió de los templos, y pasando por debajo de las murallas, escapó de la ciudad.

Planeaba regresar antes de que la oscuridad se levantase, planeaba que solo sería un viajecillo travieso, y regresaría sana y salva. Sin embargo, no sabía ella que el destino retorcería de tal forma su camino que, cuando volviese, sería la última vez que vería la Ciudad Dorada.

Luego de andar por horas, Devine penetró en lo profundo de una especie de bosque, un terreno poblado únicamente por troncos ennegrecidos que parecían subir al cielo, niebla rojiza y gris rondándole los pies, caminos agrietados y susurros extraños en las corrientes de aire, y al llegar al final del sendero, descubrió algo que la hizo temblar y estremecerse hasta el último de sus nervios.

Allí, tres bestias negras combatían furiosas entre ellas. Era enormes, gigantescas comparadas con ella, aún más altos que el mismo Miguel y el resto de los arcángeles, con sus cuerpos recubiertos por un grueso cuero negro, enormes alas dragoneas tras sus espaldas y rostros cubiertos por unas planas máscaras oscuras, en cuyos ojos resplandecía una luz violácea. Máscaras sin más rasgos que los agujeros por los cuales asomaban las pupilas delgadas y felinas. Máscaras que acababan en una barbilla puntiaguda, como el extremo de una peligrosa espada.

Devine las contempló desde detrás de un árbol que le servía como escondite, sin saber si debería sentirse asustada o fascinada. Había algo en aquellas criaturas que, pese a su apariencia aterradora, los hacía ver majestuosos, imponentes.

¡Qué diferentes eran de los ángeles y sus rostros delicados y sus ojos dulces e infantiles! ¡Que distintos de las formas educadas, gráciles que usaban los suyos para moverse y comunicarse! ¡Aquellos ojos brillantes e infinitos tras las máscaras terribles! Y aquella fue la primera vez de muchas, que Devine comprendió que la belleza no radicaba en lo que era correctamente estético o aceptado, sino que es fascinante e increíble todo aquello que calza a la perfección en su entorno, en su concepto, y que podía ser igual de hermoso el luminoso resplandor de los suyos que la oscuridad que desprendían aquellas violentas criaturas. Había algo terriblemente cautivador en sus garras asesinas, en los brazos largos y tensos, en las poderosas alas desplegadas como escudos tras de ellos.

Pero se había quedado mirando demasiado tiempo, el suficiente como para comprender, pese a su ensoñación, que aquella era una pelea desequilibrada. Dos contra uno, y el segundo era quien obviamente llevaba la desventaja. Algo en su corazón, quizás piedad, quizás miedo, quizás el simple deseo de ser notada, pero algo le hizo moverse. Algo le hizo salir corriendo de su escondite e interceder por el maltrecho demonio, cuyos enemigos estaba a punto de arrancarle la cabeza.

-¡Esperen! –exclamó ella. Y los seis ojos violetas se elevaron hacia ella, sorprendidos de verla, sorprendidos del brillo de sus manos y de su cabello. Luz suave y etérea que se desprendía de su cuerpo suave y pequeño. Lucía como un diamante en el medio del cieno, como una luciérnaga entre los fuegos fatuos. Jamás había visto un ángel tan pobremente armado y tan desprotegido.

Y aquello le provocó algo peor que curiosidad. Malicia.

Devine se acercó a ellos rápidamente, mirando la escena, con los brazos levantados hacia el frente. Con cuidado, sin saber cómo debería proseguir, les pidió, casi suplicándoles, que le perdonaran la vida a aquel demonio. Que le dejasen vivir, que perdonasen su falta. Que ella haría lo que fuera por convencerlo.

Entonces uno de ellos, el más alto, comenzó a maquinar una idea siniestra. La vio allí, débil e inocente, con la esperanza de poder salvarle la vida a aquella criatura que no le debería de importar en lo absoluto. Presa más fácil no podía existir; no aprovecharse de su ingenuidad sería un crimen que no se podría perdonar.

-¿De verdad harías lo que sea? –preguntó con su voz tenebrosa- ¿Arriesgarías tu vida para salvarlo? ¿Harías realmente lo que fuera?

-Lo que fuera, lo que sea. Lo haré.

-¿Lo juras por el arco que brilla sobre tu cabeza? ¿Por las alas de luz que cargas en tu espalda? ¿Por la túnica blanca que reviste tu cuerpo y las sandalias doradas que calzan tus pies?

-Lo juro por mi aureola, por mis alas y mi túnica.

-Muy bien –admitió el demonio, y a través de su máscara oscura, dio la impresión de que estaba sonriendo-. Lo que quiero a cambió de su vida es algo muy simple y sencillo. Dada tu entrega por salvar a este monstruo, tu tarea no será difícil, sin embargo, deberás regresar pronto, antes de que la oscuridad se haga más densa y el bosque se mueva y pierdas el camino. Nadie de debe verte y nadie debe saber lo que harás. Ya sabes lo que dicen; si hablas de que has hecho el bien, entonces ya no se contará en tus bendiciones. Quiero que vayas a tu santuario, a la cámara del Capitán Miguel, y busques su espada.

Devine se sobresaltó, anonadada.

-¿Quieres acaso la espada de Miguel?

-No, claro que no. La espada de Miguel no puede dejar la Ciudad Dorada sin que este la lleve con él. Ni siquiera podrías hacerla cruzar el umbral de su cámara. No, lo que quiero es otra cosa. Algo que tiene la espada, algo más precioso que eso. La espada de Miguel posee una piedra azul; es muy pequeña, pero crea una luz inextinguible, capaz de iluminar cualquier camino. Es eso lo que quiero que me traigas.

-Y, si lo traigo, ¿juras que le perdonarás la vida?

-Lo juro. Lo juro por mi demoniaco espíritu, por mi lealtad a las sombras, por mi negro corazón palpitante. Lo juro por ello, pequeño ángel.

Devine asintió convencida, y rápidamente se marchó a la Ciudad Dorada, tratando de cumplir con las indicaciones del demonio. No fue difícil escabullirse en las cámaras, especialmente porque no había motivos para sospechar que los mismos ángeles entrasen a buscar algo. La sacerdotisa encontró con rapidez la espada, e incluso se sorprendió de la facilidad con la que la piedra azul cedió ante sus impulsos. Aunque ella sabía que las piedras de la espada eran mera decoración, cualquiera hubiese pensado que esas gemas contenían universos enteros. Piedras cuyo núcleo parecía arder y crecer y girar. Miles de puntos resplandecientes en su interior, generando un brillo propio, una luz tan pura y azulina sin igual.

Tardó más en observar la piedra de lo que tardó en salir de la Ciudad y atravesar nuevamente el bosque. Justo como el demonio le indicó, la negrura comenzaba a asentarse, y le fue un poco difícil hallar el camino de vuelta entre el bosque movedizo. Pero al final lo logró.

Allí entre los árboles, halló a los tres demonios, los dos sometiendo al tercero, quien estaba arrodillado, totalmente vulnerable, frente a los otros. Uno de los captores avanzó hacia ella lentamente, tendiendo la mano en su dirección. Devine sabía que no era él quien le había hecho el juramento; aquel tenía una franja más oscura atravesando su máscara, justo en el centro, y los cuernos que surgían de su cráneo simulaban los de un carnero, a diferencia del otro, cuya cornamenta era larga, prominente, parecidos a los de un gigantesco toro de lidia.

-Entrégame lo que has traído –exigió. Pero la sacerdotisa negó rápidamente, sin miedo en su mirada.

-Se lo entregaré a quien me ha hecho el juramento. El que ha jurado por su espíritu y su lealtad.

El demonio pareció ofuscado, pero no hizo absolutamente nada por evitarlo. El otro, aquel con quien Devine había hablado, dio un paso en su dirección, plantándose delante de ella como una muralla. Los cuernos simétricos, cuyas puntas parecían señalar a la sacerdotisa.

-¿Has robado la piedra que te pedí? –preguntó. Y ella asintió rápidamente con la cabeza-. Muy bien. Ahora, entrégamelo.

El demonio tendió la mano hacia Devine, y ella, dudosa por un instante, dejó caer la reluciente piedra azul sobre su ennegrecida palma. Y esta no hubo siquiera tocado la piel del demonio cuando algo sucedió alrededor de aquel extraño grupo. Un sonido destripó el cielo, un trueno similar a un terrible lamento hizo retumbar toda el suelo del bosque, y de pronto, Devine sintió como si alguien hubiese tomado su cuerpo y hubiera extraído violentamente todo el aire que yacía en su interior. Sus fuerzas la abandonaron y de haber podido chillar de dolor en aquel instante, lo hubiese hecho, pues sentía que le hubieran arrancado la piel de la espalda, que su espíritu hubiese salido violentamente de su cuerpo y vuelto a ella con la misma violencia con la que escapó. Y la oscuridad comenzó a reptar por encima de su ropa, de sus pies, y ella gritando, trató de retirarla de sí, de pensar en todo aquello que ella consideraba divino, todo aquello que había aprendido que podría salvarla de la oscuridad reptante.

Pero no había más oscuridad rondándola que la que se arrastraba por el bosque mismo. No había más tinieblas que las sombras naturales que provocaba la caída de la negrura sobre la tierra suave y marrón. Y cuando el dolor, cuando los lamentos y los truenos y los gritos hubieron pasado, Devine comprendió que no era que la oscuridad estuviese tratando de capturarla, sino que su luz, su brillo celestial se había apagado por completo. Se miró las manos, descubriendo que ya su piel era ahora opaca, sin luminosidad más que las de las luces estelares que comenzaban a brillas sobre ella. No había aureola sobre su cabeza, y el dolor que sentía en la espalda, no era más que la falta de ese peso tan bien conocido por ella que significaban sus alas.

Entonces el demonio soltó una risotada terrible, tan terrible como el trueno ensordecedor que había cruzado el cielo momentos antes. Miró a la confundida Devine, quien apenas podía hablar de la impresión, de la sorpresa y el dolor. Nunca antes había sentido un dolor tan fuerte, tan horrido. Esa sensación de vacío y desesperanza, el sentimiento de que jamás volverás a ser feliz de nuevo, de que el mundo se ha apagado a tu alrededor y no te queda nada más que la pena.

-¡Oh, tan pura e inocente! ¡Tan dulce, tan ingenua! –ronroneó él, rondándola como un buitre a la carroña.

-¿Qué me ha pasado…? –jadeó ella, desesperada e inconsolable. Las lágrimas le mojaban el rostro, y aquello la desconcertaba por completo. Jamás había sentido tal angustia en su vida, nunca había tenido motivos para llorar así- ¿Qué me has hecho…?

-Te lo has hecho a ti misma, pequeño ángel –explicó el paciente demonio. Burlón y terrible era su tono. Oscuros y crueles eran sus ojos-. Has cometido hurto, robo. Has ido allí, a escondidas del resto, tomado algo sin permiso y lo has traído aquí, para entregarlo a la oscuridad.

-¡Pero lo hice para salvar su vida! –exclamó ella, cayendo de rodillas, llorando con un sentimiento embriagador.

-Pero lo hiciste, y es lo que cuenta. Los ángeles no pueden pecar. O, más bien, no deben. Supongo que, en el momento en que pecas, dejas de ser parte de los iluminados. Y me temo, querida, que es exactamente lo que te ha sucedido a ti.

Y se volvió hacia el otro demonio, cuyo cuerpo estaba tan maltrecho por los golpes que en su cabeza solo sobresalían las astas de sus cuernos rotos y las alas tenían múltiples agujeros. Devine, aun en su desesperación supo lo que iba a pasar, y levantó la voz para impedirlo, recordándole al demonio su promesa.

Sin embargo, este sola la miró por encima de su hombro, y sonriente, dejó caer el peso de sus garras sobre el demonio hincado ante ellos, elevando a su alrededor una ola de sangre ennegrecida, y a los pies de la antes Iluminada, arrojó la sanguinolenta cabeza, que rodó hasta chocar contra sus dedos.

-No he roto ningún juramento, si es lo que piensas. No podría haber jurado por mi espíritu, porque en mí ya no existe tan cosa. No podría haber jurado por mi corazón palpitante, porque en mi no hay vida alguna, y no tengo tal lealtad a las sombras, más que extender la maldad más allá de todo. Y al haberte humillado de tal forma, no hice más que honrar a la oscuridad de la que he nacido, a mi propio rey.

El otro demonio, su compañero, comenzó a burlarse de la sacerdotisa, y dándole una patada al cadáver decapitado del otro de su especie, se fue rápidamente de allí, escabulléndose entre los árboles, desapareciendo veloz entre la negrura.

Entonces el otro demonio que quedaba, aquel que la había engañado, se hincó delante de Devine, levantando su pequeño rostro lloroso con sus garras ensangrentadas. Los azules ojos de la sacerdotisa parecían salpicados de luz eterna, pero no había más que tristeza y decepción en ellos. No había odio, no había rencor, ni siquiera algún tipo de ira o malicia. Ojos claros y puros que no pueden desear tales cosas.

-¿No me odias acaso, niña? ¿No me detestas con todas tus fuerzas que antes fueron celestiales? ¿No sientes deseos de recriminarle a tu Dios por su crueldad?

Pero lejos de lo que él esperaba, Devine negó con la cabeza, sin parar de sollozar, dejando caer el rostro hacia el frente como una estatua que se deshace cual castillo de arena. Y al levantar la cara, no había allí más que una infinita dulzura, una pena que no tenía final.

-Has existido en un mundo donde no hay más que odio y rencor –declaró con su voz suave y angelical-. Has sido creado con el único propósito de destruir y desgarrar y destrozar todo en lo que tus ojos se posen. Te han condenado a una existencia vacía, a una felicidad cimentada en llevar la miseria a todos lados. Nunca conocerás la bondad de las palabras y los actos, ni el perdón verdadero, ni la calidez de un corazón dulce que te entrega cariño a cambio de nada.

Y levantando sus manos pequeñas, sujetó las duras garras del demonio entre dedos, mientras este la miraba sorprendido, incrédulo e incluso un tanto asqueado por lo que ella le decía.

-Así que no, no siento odio, ni rencor, ni nada más que pena por ti, porque este comportamiento es parte de tu incambiable naturaleza. Y al igual que la noche trae oscuridad, y los ángeles dan paz, tu no podrías haberme dado nada más que veneno.

El demonio la soltó de golpe, mientras la furia hacia aquella criatura pululaba violentamente en su interior. El perdón, la piedad y la lástima era algo que le debería de causar repugnancia. Deberían de asquearlo hasta el extremo de la locura. Pero no era así en este caso. Algo de esa dulzura había penetrado en su negro corazón, y comenzaba a sentir un dolor similar al que atrae la culpa.

-Estúpida –le dijo a Devine, y sin decir nada más, huyó rápidamente por entre los árboles.

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No estoy del todo seguro de lo que pasó después, en aquel ínterin. Hay versiones que cuentan que Devine trató de volver a la Ciudad Dorada, pero que no fue capaz de entrar, que los ángeles la retuvieron en las puertas, que fue desterrada por el mismo Miguel cuando descubrió que la piedra había sido robada por uno de los suyos, muchas variables más. Otra versión cuenta que nunca trató de volver, por miedo a ser expulsada y señalada por lo que había hecho y se escondió en los bosques durante varios días.

Sin embargo, algo en lo que todos concuerdan es que, independientemente de si fue expulsada, si trató de volver la Ciudad, si fue desterrada o nunca trató de volver, era porque en el fondo, Devine no estaba del todo arrepentida de lo que había hecho, debido a que algo también había cambiado dentro de ella con el enfrentamiento con los demonios. Algo en esos ojos violetas la había hecho abrir realmente los párpados y observar la realidad, darse cuenta de lo que había detrás de los muros blancos, y comprender que el mundo no era solo luz, no era solo oscuridad, sino que era un poco de ambos.

Un detalle que la atormentaba profundamente era el hecho de que no sabía en que se había convertido. Ya no era un ángel; no poseía aureola sobre su cabeza, ni alas de luz, ni ese brillo que caracterizaba a los de su especie. Pero tampoco era un demonio, pues no sentía deseos de destrucción, de odio, de malicia, no había garras negras en sus manos, ni diabólicos cuernos creciendo de su cabeza, ni alas dragoneas tras su espalda. No había nada de ello. Y aunque aquello la tranquilizaba, también le causaba una terrible confusión, porque si no era un demonio y ya no era un ángel, entonces ¿Qué era?

¿Un ángel caído sin intenciones de traicionar a los suyos? ¿El bien disfrazado de mal? ¿Se habría acaso transformado en un demonio bondadoso?

¿Era acaso un ángel tratando de ser aceptado por los otros, por los demonios? ¿O solamente un espíritu confundido que no encontraba su lugar en el mundo?

No comprendía que le había pasado, no lograba explicárselo. Aquella confusión era obvia, y en parte ella tenía razón. Nunca lo sabría, pero aquel cambio la transformó en el primer ser más cercano a ser un humano en ese entonces. Devine moriría sin llegar a saber aquello.

Entretanto el demonio se alejó de allí, escondiéndose en la oscuridad a donde pertenecía. No estaba seguro de qué era lo que había pasado, y tampoco comprendía la actitud de ella. Aquella criatura desterrada parecía ser igual de pura y luminosa que antes de ser exiliada de la luz. Estaba fuera de su comprensión lo que le provocaba aquella presencia, pero de algo estaba seguro; le causaba repugnancia esa mirada piadosa, esos ojos clementes y la voz clamando un perdón que él sabía que era estúpido, ridículo. Ese conjunto de sentimientos sin sentido le causaba una oleada de rabia insoportable, y en ese momento, supo que era lo que en verdad quería: destruirla por completo. Borrarla del mundo, de universo, y que nunca nadie supiese jamás de su fatídico destino.

Y sabía a la perfección como hacer eso; ya antes lo había hecho con algunos ángeles capturados por demonios en las guerras. Podrían robar su esencia de vida (él no lo sabía, pero lo que se robaban en aquel entonces no era más que sus almas), y esto, además de transformarlos en criaturas más cercanas a monstruos sin sentido común, ni mentalidad, ni nada más que un hambre insaciable por la destrucción, borraba todo indicio de que hubieran sido ángeles. Aquello le parecía adecuado, un castigo justo para esa pequeña criatura que osó hacerle sentir culpa. Era débil, a diferencia de los duros y leales soldados de Miguel, y estaba abandonada. No podía pedir por una presa más fácil.

Decidido a robarle el alma, la vistió esa misma noche, poco antes de que la sempiterna oscuridad levantase el telón de su acto nocturno y diese paso a la luz. Y la halló dormida entre los espinos de los árboles, acurrucada cómodamente entre las raíces retorcidas de un árbol negro, hecha un ovillo entre la hojarasca y la tierra marrón. La miró hasta que no pudo más, hasta que se dio cuenta de que no podía robar su alma con solo mirarla fijamente como pensó que podría al ser ella no más que un ángel de baja categoría. Algo le hizo comprender que no era posible arrebatarle el alma así de sencillo. De nuevo, él no lo sabía, pero aquello era el resultado de que Devine hubiese perdido toda divinidad, y con ello, esa lealtad absoluta hacia su Creador; ya no estaba sujeta a la voluntad del Altísimo, ahora ella poseía el libre albedrío.

Pero esto era algo que no lo detendría tan fácilmente. Aquello solo significaba un pequeño obstáculo para obtener lo que quería, encontrar un camino alterno, quizás más largo, para que ella le entregase su alma por voluntad propia. Lo conseguiría.

Eso significó el comienzo de una serie de visitas de parte del demonio hacia Devine. Nadie sabe exactamente qué sucedió durante el primer encuentro, que palabras fueron pronunciadas o que clases de tensión se desató entre esos dos como para desencadenar una segunda visita por parte de él. La reacción de Devine al encontrarse de nuevo con, técnicamente, su verdugo, la misma reacción del demonio al enfrentarse al posible rechazo, de que hablaron, que se dijeron, todo eso es algo que solo los árboles negros del bosque y el viento salvaje que danzaban por los abandonados senderos pueden contar.

¿Cuánto tiempo duraron aquellas visitas? Es algo que desconozco; las estaciones no cambiaban como ahora, y no había más medidores del paso del tiempo que la oscuridad que devoraba a la luz y la luz que renacía victoriosa sobre las tinieblas. Transcurrió lo suficiente como para que las visitas del demonio dejasen de ser una simple rutina venenosa y se transformasen en algo que era parte de la vida diaria, como para que Devine esperase, sonriente y soñadora, todas las mañanas en las ramas más altas del árbol hueco que había convertido en su hogar, solo para verle llegar. La bruma negra dejó de ser tenebrosa, era ahora una señal de un buen día. Las palabras llenas de esperanza que ella le transmitían ya no eran más esas frases molestas y sin sentido, sino eran estudiadas como un estilo de vida, una extraña convicción. Su lúgubre alma dejó de ser tan sombría, y el corazón inocente adquirió tintes de malicia color borgoña y picardía azul Prusia. Ya no eran más blanco y negro, tampoco eran el mismo tono de gris, pero había comenzado a aceptar el mundo que los rodeaba.

Entonces sucedió exactamente lo que ya se había previsto desde el comienzo, como sucede en todas las historias de este tipo. Sin embargo, a diferencia del resto, el primero de los dos en notar que el odio comenzaba a disiparse, no fue Devine, fue el demonio. Y fue cuando comenzó a cuestionarse realmente que era lo que buscaba de todo ello. Fue cuando entendió que sus visitas ya no tenían el fin de acarrearle desgracias a la sacerdotisa, lo cual había sido la intención original. Ya no encontraba más en su interior ese odio efervescente, como había sido en el comienzo, aunque no desaparecía del todo. Empezó a preguntarse qué era lo que realmente buscaba a obtener, y cuanto más pensaba, cuanto más comprendía sus propias emociones, más odiaba todo aquello. Su orgullo no le permitió ver más allá, ni valorar aquello que en verdad le importaba y deseaba proteger con todas sus fuerzas. Ella se tenía la culpa. Ella le había hecho aquello. Lo trasformó poco a poco en una criatura débil, incapaz de controlarse a sí mismo. Era razonable, se decía a sí mismo, ¿por qué otro motivo querría ella tener cerca de una criatura así? Lo volvería vulnerable, para que cuando fuese el momento adecuado, lo asesinase tal y como los Guerreros Luminosos solían hacer con los de su clase. Devine quería arrancarle el alma con sus propias manos. Tal vez así la dejarían volver a ser un ángel; si demostraba su lealtad. Sí, era tan obvio. Había sido un estúpido por no notarlo antes, por haber confiado en una criatura que traicionó a los suyos. Jamás volvería a ella, la abandonaría en el bosque, completamente sola, lejos de todo, sin nadie más que ella misma y los árboles. La soledad acabaría con ella, enloquecería y entonces, luego de un tiempo, podría volver y entonces, con tal de liberarse de ese tormento, le entregaría su alma y su venganza estaría completa.

Fue a partir de aquel día que se olvidó por completo de ese viejo hábito. Le costó más de lo que habría pensado, pero se contuvo a sí mismo, repitiéndose una y otra vez que ella era una traidora, que se merecía aquello, que lo único que quería era su venganza.

Aun así, las imágenes de Devine, esperándolo ilusionada, el sonido de su voz al saludar, la forma en que sus ojos se iluminaban ante tan siniestra figura, le resultaba abrumador, molesta e inservible y lo hechizaban cada vez que cerraba los párpados.

Habría sido el plan perfecto de no ser por un detalle con el que ninguno de los dos contaba. Él no había sido el único que pensó en devorar el alma de Devine, y tampoco fue el único que se enteró de su nueva condición. Y había otros demonios que no sería tan pacientes como él, no tendrían la meticulosidad que él demostró. Varios ojos hambrientos y rabiosos ya estaban puestos en Devine.

¿Sería aquel otro demonio que le ayudó a hacerla caer? ¿Demonios con los que el trataba? No lo sé con exactitud, pero sé que ellos entendieron lo que estaba pasando, aunque no del todo. si supieron en ese momento que Devine había entablado amistad con uno de los suyos, y que este le correspondía, no sabría decirlo. Pero con el paso de los días, y al ver que las salidas tempranas del demonio dejaron de ser habituales, todos sospecharon que había llevado a cabo su cometido, y esto no habría sido algo malo si ellos hubiesen preguntado o hubieran olvidado por completo el tema.

Desgraciadamente, en vez de eso, fueron, curiosos como las ratas, al sitio donde veían al demonio penetrar por entre los árboles, y allí, al pie del enorme árbol vacío, hallaron a la dormida Devine, acurrucada entre las raíces, y no dudaron un solo instante en arrancarla de la seguridad del bosque y llevarla arrastras hasta la zona más lúgubre de aquella tierra desierta; el cráter profundo e inmundo que era el Infierno en sus comienzos.

Poco pudo hacer ella más que gritar y rogar por piedad. Nada habría podido hacer en contra de los ocho demonios que la sujetaban de brazos, piernas, cabellos y manos, mientras la hacían descender por el pozo profundo e Infernal, hasta que llegaron finalmente al círculo donde pensaban que ella, una tirana, una sucia ladrona encajaría a la perfección.

Se cuenta que cuando Devine llegó al Séptimo Círculo, cuando la lanzaron de rodillas a la orilla del burbujeante río de sangre hirviente que atraviesa esa tierra, por un momento, la sangre que se encontraba alrededor de ella dejó de hervir y se transformó en agua clara y cristalina. Dicen que los demonios la sacaron del agua, temiendo que fuera a hacerle algo al río. Aquello podría no ser cierto, pero lo que sí es verdad, es que su llegada causó una conmoción en todo el infierno. Ellos decían que iban a arrancarle el alma a ese ángel, a esa "cosa", a ese engendro. Que la matarían si era necesario, y que no la dejarían marcharse hasta que le entregase su alma, no había elección. Entonces empezaron a haber más opciones, los demás demonios comenzaron a opinar.

¿Qué tal si la usaban como rehén para asaltar la Ciudad Luminosa? ¿Y si la utilizaban como señal de traición y despertaban el caos entre las filas de las legiones santas? ¿Podrían realmente los diestros soldados de Miguel hundir sus espadas en uno de los suyos? ¡Cuánto caos! ¡Cuánto odio! ¡Podrían haber causado un caos terrible con ella a su lado!

El terrible griterío y el jolgorio infernal atrajeron la atención de los demás Círculos y pronto, en sus paredes se hallaron aglomerados miles de demonios, esperando ver en que resultaba todo aquello. Y entre esas filas, observando todo con ojos inescrutables e incapaz de lanzarse al medio del gentío, se hallaba el frívolo demonio a quien Devine consideraba su amigo. El horror inenarrable que reflejaban sus ojos tras la máscara era algo que jamás se había visto en un demonio, era algo inaceptable. Él se enorgullecía de despertar ese tipo de emociones en los condenados. Se especializaba en hacerlos rogar y llorar y gemir de angustia ante el tormento eterno, le causaba gracia todo eso, lo hacía sentir joven y revitalizado.

¿Por qué le provocaba tantos conflictos verla allí, doblegada e indefensa entre los hambrientos demonios? ¿Por qué quería apresurarse y socorrerla de la tragedia que le avecinaba? ¿Por qué deseaba que dejasen de torturarla con palabras y acciones?

Exactamente como pasó todo, no sabría decirlo, pero el demonio no se lanzó al rescate del ángel no porque no quisiese, sino porque alguien le detuvo, se lo impidió. La misteriosa personalidad que ahora lo sujetaba del cuello y los brazos, sofocó sus rugidos desesperados al ver como presionaban y torturaban a Devine, exigiéndole una y otra vez que le entregase su alma, preguntándole como quería ver caer su ciudad, como quería que empalasen a los ángeles y se burlaran del Creador.

Pero Devine no decía una sola palabra. No hablaba, ni siquiera buscaba defenderse, y en sus azulinos ojos se reflejaba un coraje pesado, el temple de una montaña, la fiereza de un huracán, pero ella no hacía nada. Y eso lo odiaban. Podrían haber roto su cuerpo, quebrado sus huesos, pero jamás acabarían con su espíritu, con su deber de proteger aquello que amaba, aquello que aun consideraba suyo. Esa lealtad a ciegas, la determinación que se filtraba a través de su rostro maltrecho y golpeado no reflejaba el terror que debería mostrar alguien cuya muerte exigen cuatro mil gargantas demoniacas, y cuya tumba sería un sitio tan repugnante como aquel.

Ese tipo de miradas fue lo que acabó condenándola, porque no pudieron quebrantarla, pese a que rompieron sus piernas y brazos. Los gritos que salieron de sus labios resuenan quedaron estampados en las paredes de piedra del infierno, pero salvo plegarias y sollozos, no pudieron hacerla acceder. Ellos no podían usarla contra su voluntad, por el libre albedrío, pero bien ella podría haber desistido.

Una multitud de demonios se abalanzó sobre ella como una terrible montaña negra, pero Devine brillaba como una estrella inmortal al pie de la misma, con los mismos ojos decididos y las manos apretadas en pequeños puños…

Devine fue asesinada ante los aplausos y rugidos de ansiedad y triunfo de los ojos infernales de los únicos espectadores que tenía. Allá, a los márgenes del río Flagetonte, su cuerpo mutilado fue repartido como monedas de plata sobre la multitud aclamante, recibiendo esa sangre inocente como una bendición oscura y maligna, solo para después, tomar los pedazos restantes y arrojarlos como piedras a las aguas burbujeantes del río, mirándolas hundirse para siempre.

Hubo demonios que encontraron eso desagradable, que no hallaron honor en hacer ese tipo de asesinato, pero bueno, aquello había sido causado por la chusma, la plebe infernal. En realidad, muy pocos demonios de alta categoría presenciaron aquello, y los que lo hicieron, no aclamaron como verduleros y verdugos. La mayoría lo encontró repugnante y ridículo; tenían cierto honor.

Y uno de los demonios de alta categoría que presenció aquello, fue el mismo que no había podido intervenir para salvar a esa criatura inocente que le consideró su amigo. El demonio se acercó cuando todo hubo acabado, cuando ya nadie le observaba andar sin rumbo por los márgenes del Flagetonte, preguntándose una y otra vez, en completo silencio y sin cambiar su rostro estoico, porque no podía calmar la presión que sentía en el pecho y en la cabeza, porque deseaba fervientemente que todo aquello no hubiese sucedido.

Más tarde comprendería que era demasiado joven, demasiado inexperto en aquel entonces, como para entender que era lo que Devine había despertado en él.

Fuera como fuera, mientras paseaba, se dio cuenta de que algo había sido arrastrado a las orillas del río, rozando la arena negra que recibía silenciosamente sus aguas. Se apresuró hacia esa extraño objeto, y al tomarlo entre sus manos descubrió que era una piedra resplandeciente, sumamente brillante, despidiendo una tenue luz tornasol allí donde los fuegos la atravesaban por entre su materia transparente.

Era una piedra sumamente hermosa, imposiblemente bella, alargada y cortada como un enorme y brusco pedazo de cuarzo, y al poco tiempo, comenzó a notar que más piedras, de distintos tamaños, encallaban lentamente en los márgenes del río…

Lo entendió cuando el brillo de la piedra resplandeció azul como los ojos de la sacerdotisa; de alguna forma, el alma de Devine se había materializado al caer en las aguas, y todo aquello eran fragmentos de lo que alguna vez había sido esa adorable criatura inocente.

Guiado quizás por la culpa, quizás por un consejo que tomó de su aprehensor, el que evitó que se lanzase a rescatarla, o tal vez por motivación propia, recogió todos los pedazos que encontró y los guardó consigo. Estuvo allí cerca de tres oscuridades y tres llegadas de la luz a la tierra, y cuando los hubo reunido todos, cuando se aseguró de que ningún otro llegaría a los márgenes, abandonó el infierno, atravesó el bosque y depositó los fragmentos al pie de la gigantesca puerta de oro de la Ciudad Santa.

Los guardias vieron aquello, pero no le atacaron al ver el andar alicaído que llevaba aquella maligna criatura. Percibieron la culpa, el dolor, minimizado, pero estaba allí, aunque no fuese tan fácil notarlo. Encontraron, quizás, sorprendente aquella muestra de sentimentalismo, porque no era común en los demonios, ni en ese entonces ni ahora.

Avisaron entonces que algo había sido abandonado a las puertas de la ciudad, y otros guardias más fueron a ver de qué se trataba, encontrándose entonces con esas piedras resplandecientes e imposiblemente hermosas, regadas en la tierra ennegrecida.

No fue sino hasta que los sacerdotes las vieron, hasta que las sujetaron y sintieron la energía que fluía entre ellas, que entendieron que se trataba de la Blanca, de Devine.

Se dice que las piedras fueron guardadas recelosamente en las cámaras de los santuarios, pero que aun así, algunas fueron destruidas con las invasiones, las batallas, las guerras entre ángeles y demonios. La luz prevalecía siempre por sobre las tinieblas, los arcángeles se alzaban victoriosos ante los intentos de conquista, pero eso no evitó que múltiples tesoros fuesen destruidos, múltiples escritos. Tal vez fue lo mejor y más conveniente; quien sabe que habrían hecho los demonios en aquel entonces con aquellas piedras, de poder incalculable. Pero no lo sabían ni ellos, ni los mismos ángeles, la clase de objetos con los que estaban tratando.

Con el paso de los siglos y milenios, aparecieron entonces los primeros humanos, el Infierno se hundió profundamente, hasta que por mandato Divino fue cerrado por completo y enviado a otra dimensión, al igual que la Ciudad Santa, que se elevó hasta desprenderse de esta. Con el nacimiento de la humanidad, surgieron nuevos trabajos que los espíritus necesitaban desempeñar, ya que con los hombres, llegaron entonces los asesinos, las guerras, los violadores, los herejes, los suicidas, abortos… Todo ese tipo de atrocidades necesitaban su sitio para ser castigadas, un sitio donde sus almas fueran a dar y recibiesen la condena acorde a sus negros corazones.

Pero volviendo a lo de Devine… Los demonios no tardarían en descubrir que las joyas que destruyeron poseían gran poder, capaces, tal y como le pasó a Devine, transformar la naturaleza de las cosas, cambiarlas a su opuesto.

Pensarán que los ángeles fueron idiotas al no usarlas, pero era simplemente que iba en contra de su filosofía del libre albedrío; podrían haberlas usado para cambiar la voluntad de los humanos y volverlos fieles seguidores del Creador, volver a los demonios a su estado original, restaurar la divinidad de los Caídos. Pero no era lo correcto. Además, no sabían que efectos podrían causar en realidad. Fue cuando los ángeles tomaron una decisión radical para proteger las gemas, que ya no estaban seguras en sus santuarios; ocultarlas en los humanos. Los demonios podrían robarlas de las ciudades santas, sin embargo, incrustadas en almas humanas, almas que no podían ser arrebatadas sin el permiso del propietario, y con los miles de humanos que habían ahora, les tardaría siglos hallar las joyas, quizás jamás fueran capaces de dar con una. Y en caso de que fueran asesinados por los demonios, tristemente, las joyas acabarían destruyéndose al romperse el vínculo entre el cuerpo y el alma.

Durante siglos, aquella fue su técnica, y resultó bastante bien. Desgraciadamente, muchos de los fragmentos restantes fueron destruidos en los intentos desesperados de los demonios por obtenerlas. Poco a poco, fueron disminuyendo, hasta que a comienzo del siglo XI ya quedaban menos de la cuarta parte de los fragmentos de las joyas de Devine. Las Cruzadas significaron la desaparición de la última joya que se tenía registrada; fue en un ataque a Acre, donde los sacerdotes musulmanes habían encontrado a una persona que poseía una de esas joyas en su interior, este pereció ante el acero cristiano, y con ello, se perdió la pista de las joyas de Devine.

Cerca de 1600, una nueva joya fue hallada, pero desgraciadamente, la persona que la poseía, quien comenzó al principio como un hombre de bien, con la noble labor de evangelizar y convertir a los ni creyentes, poco a poco perdió el juicio a causa del poder abrumador que pendió sobre el como una maldición. En su afán de ser lo suficientemente puro para presentarse en las iglesias, comenzó a ayunar, a alejarse de los sacramentos, hasta que olvidó completamente porque había empezado todo aquello, porque quería evangelizar y ayudar al prójimo y alejar la oscuridad de la gente, y sucumbió ante la maldad en su corazón.

Pensándose que, al tener esa bendición, al estar cerca de algo tan divino, cayó en el fanatismo al igual que muchos creyentes hoy en día. Pensó que todo lo que hiciera sería bueno, y en su locura, decidió ponerle un fin horrendo a todo aquel que se atreviese a desafiar a la Iglesia, a todo aquel que pecara de herejía. Pasó de ser un pastor manso a ser un lobo sanguinario, dando muerte a todo aquel que pareciera un hereje o una bruja. No pasó mucho tiempo para que su fanatismo lo arrastrase a las tinieblas, nublando su juicio y oscureciendo su corazón. Ofreció aquella joya divina a fuerzas oscuras con tal de obtener un poder superior a los humanos y "librar al mundo de todo mal", y fundó una secta con personas que compartieran ese poder, con el único objetivo de darle muerte a todo lo sobrenatural y encontrar, de alguna forma, a más gente como él…

Ya saben quiénes son; él fue el padre de quienes ahora nos rodean, amenazándonos. La Inquisición surgió en el siglo Oscuro, y para mala suerte, se dedicó a desequilibrar aún más el orden sobrenatural.

Sin embargo, por más que buscaron, no encontraron ninguna joya más que la de su fundador, quien antes de fallecer de viejo, ofreció su alma y la joya que yacía en su interior a sus seguidores, de modo que ellos absorbieran su poder. Los Inquisidores continuaron la labor de su Padre, aniquilando a todo aquello que pareciera sobrenatural, asesinando no solo a brujas verdaderas, a satánicos, a herejes y también a incontables espíritus tanto malignos como puro, sino también a gente inocente que, desgraciadamente, no pesaba menos que una biblia o una pluma.

Pero aun en esa carnicería, las joyas seguían tan lejanas y perdidas como siempre.

No sería sino hasta dos siglos más tarde, a mediados del siglo XIX, cuando se hallaría una joya más, la única de la que se ha tenido conocimiento hasta ahora…

La misma joya que serviría, diez años después, para la creación del Alma Mater…

Nadie sospecharía jamás que esa joya caería en las manos menos indicadas, aquellas de quienes los ángeles escondieron tanto esas reliquias. Un demonio, un demonio que estaría ridículamente cerca de la reliquia de Devine por un largo tiempo. Un demonio que confundiría la joya con inocencia del alma de un niño y sentiría un deseo abrumador por devorar esa alma.

Un demonio que no sabría que tuvo la reliquia de Devine en la palma de su mano, sino hasta que era demasiado tarde, y que habría jurado destruirla de la forma más ridícula y estúpida posible.

Ciel Phantomhive era su nombre, y el demonio… no era nada más y nada menos que la criatura que ahora conocen como Sebastian Michaelis.

o.o.o

Con esto acaba este capítulo, espero que les haya gustado. La verdad es que ya necesitaba sacar parte de la información que menciono aquí xD la vengo planeando desde el comienzo del fic *llora* era justo y necesario xD

Sigo estando bastante ocupada por la escuela, pero trato de cumplir *llora de nuevo*

Espero sus comentarios con ansias n.n

Si tienes dudas o preguntas, déjalas en tu comen y las responderé con gusto n.n

¿Merezco un review? xD

Nos estamos leyendo, los quiero! n.n

Atte. Slinky-Pink