54. Suficiencia.

Nunca había esperado la cena de Navidad con tanta ansia. Puede que ni cuando era niña. Como cualquier niña normal ansiaba la visita de Santa Klaus y los regalos bajo el árbol, pero las cenas de Navidad de su vida nunca se habían calificado por ser lo suficientemente exitosas: Renee no sabía cocinar. Y cuando todo el mundo se sienta a una mesa con su familia para comer un pavo asado y ella lo hacía a comer uno recalentado de microondas, empiezas a pensar que las tradiciones no te van.

Pero hoy era distinto.

Cuando abrió los ojos aquella mañana, tras llevar largo rato amodorrada al notar la luz gris perla que se colaba por la ventana por los copos de nieve que seguían cayendo desde la tarde anterior – que había pintado Forks de un blanco sucio – se levantó de un salto al ver que alguien había entrado en su habitación para dejar una bolsa colgada del pomo del armario.

Primero se asustó. Algo normal, claro. Sabía que estaba bajo la supervisión de vampiros que iban y venían – e incluso licántropos – para protegerla de otros vampiros que se colaban en su habitación, pero al relajar su pulso y controlar su respiración se dio cuenta que la bolsa tenía la forma de un vestido.

Alice, haciendo de las suyas. Seguro que había visto que no tendría nada que ponerse.

Normalmente no le gustaban ni las sorpresas, ni los regalos. Y las dos juntas, le horrorizaban. Le recordaban demasiado a su última fiesta de cumpleaños pero si pasar esos tres meses le traerían de nuevo al increíble Edward de los ojos verdes, bien podía reptar de entre las sábanas y desenvolver lo que Alice le había elegido.

Para que nada fallara, ya de mañana se puso a empezar a preparar la cena: pelar patatas, batir huevos, sazonar el pavo… Charlie entraba y salía de la cocina rumiando algo por lo bajo, pero la cena de Navidad iba a salir tan bien que ni el humor de su padre se la iba a fastidiar. Había amenazado en amordazarle y podría hacerlo.

-No sé por qué me tengo que poner un traje- refunfuñó.

Lo hizo tan alto que ella, desde su habitación lo oyó. Aún así, no le iba a quedar otro remedio: había retrasado la colada toda la semana así que no tenía nada más limpio que el traje que le había dejado listo sobre la cama. Era anticuando y seguro que incómodo, pero esta noche Charlie Swan se sentaría a la mesa con algo mejor que una sudadera vieja y unos pantalones arrugados.

Luchando con las reticencias que tenía a mirarse al espejo, se volvió cuando se subió la cremallera para primero abrir la boca asombrada y después sonreír. Era perfecto. Se parecía al vestido que le había dejado para el Baile de Graduación, pero idóneo para sentarse a una mesa a cenar con su padre y para la nevada que estaba cubriendo el pueblo en estos momentos. Y las mangas largas le daban un toque muy romántico. Como si fuera del siglo pasado. ¿Por eso se lo había elegido? ¿Sería algo parecido a la ropa que habían llevado los invitados a la última cena de Navidad de Edward en 1918?

Seguro que hubiera quedado mejor con algún peinado sofisticado que las hábiles manos de Alice pudieran hacer, pero se tuvo que conformar con cepillarse el cabello para que se le ondularan los mechones.

-No vamos a cenar con el Presidente- añadió Charlie.

Suspirando exasperada, salió de su cuarto para cruzar hacia el de su padre. Allí estaba, frente a un armario vacío, con la camisa a medio abrochar, el pantalón del traje y descalzo.

-¿Necesitas ayuda?

-Necesito ropa cómoda. Y esto no lo es. Me siento como si fuera a un funeral. Creo que sólo me pongo traje para ir a los funerales.

-Es un traje muy elegante para una cena muy elegante- cruzó el cuarto, tomando antes la corbata de los pies de la cama y rodearle el cuello con ella- He cocinado todo el día, ¿no lo vas a estropear, verdad?

-Te prometí que no, Bells. Aunque preferiría que estuviésemos solos. Es la primera Navidad que pasamos juntos desde que eras pequeña.

Bella le regaló a su padre una mirada de desaprobación y se centró en la camisa para terminar con la corbata evitando que por su mente pasara "y es la primera Navidad del Edward de ojos verdes desde 1918, así que él gana" como si alguien pudiera leérsela.

-Aunque, quién sabe- insistió Charlie- quizás ese capullo, ni aparece.

Bella tiró del lado más corto de la corbata para apretar el nudo que se cerró en torno al cuello de su padre, que se quejó con un tosido. Ella le sonrió y sacudiendo la chaqueta, se la puso.

-Estás muy guapo.

-Parezco un pasmarote a tu lado. Tú sí que estás guapa. ¿De dónde has sacado este vestido?

-Alice me lo regaló- dijo sin darle importancia.

-Alice siempre te está regalando vestidos, Bella.

Tenía toda la razón. ¿Marioneta humana a la que vestir y peinar lo definía Edward? Pero a Alice le hacía feliz y ella lo estaba tanto que hoy quería que todo el mundo sintiera lo mismo.

-¿Y hay algo malo en ello? A Alice le encanta ir de tiendas y así me evita el mal trago.

-Nada- volvió a rumiar, ahora metiendo el dedo entre su cuello y la camisa- Sólo que pasas demasiado tiempo con los Cullen. Y ya sabes lo que pienso.

-Deberías ir acostumbrándote de una vez por todas- replicó ella-. Porque un día yo también seré una Cullen.

En cuanto las palabras formadas salieron de su boca, Bella se sonrojó. Incluso se la tapó, como si ella no hubiera hablado. ¿Qué había sido eso? Desde cuándo era tan impulsiva y decía las cosas sin pensar.

Charlie Swan también se sonrojó, pero no por vergüenza. Aquel color bermellón volvía a estar así, mientras el labio superior le temblaba.

-¿Qué…acabas…de…decir?- preguntó parándose a tomar aire entre palabra y palabra.

Iba a repetirlo, ¡pero no quería! Charlie lo había oído perfectamente, el sudor de su frente – y la calefacción no estaba tan alta – se lo revelaba. Y es imposible volver a formar una frase que en primer lugar tu cerebro creó sin consultártelo.

-Bella- dijo Charlie severo- No lo estarás pensando, ¿verdad? Casarte con ese capullo. Contéstame y hazlo rápido. ¿Estás embarazada?

-¡No!- exclamó ella.

-¿Qué hablamos el otro día? ¡Me mentiste!

-¡No!- insistió de nuevo- No te he mentido. ¡No estoy embarazada!

-¿Y por qué estás pensando tan de repente en cambiar tu apellido por el de ese capullo? ¡Me lo prometiste! ¡Que terminarías el instituto! ¿Irás a vivir a la Gran Mansión para que Alice Cullen te siga regalando vestidos?- escupió sin parar a tomar aire- Porque ni sueñes que él va a vivir aquí.

Ya estaba, su gran cena de Navidad echada a perder y por simplemente una mala elección de palabras. Aunque bien pensando… ¡no! ¡no era una mala elección de palabras! Era lo que pensaba. Claro que en algún de momento uniría su vida a la de Edward y ser una Cullen ella también. Pero dentro de mucho tiempo. Quizás había tenido prisa antes – cuando el Edward del que estaba enamorada tenía la mirada dorada y la piel de granito – por ser parte de su familia, lo que fuera para ser como él y parte de él, pero ahora no la tenía en absoluto. Les quedaba toda una vida de cambios por delante, juntos. Donde fuera. Pero juntos. Sonreía pensando en que el próximo año estarían lejos de Forks, probablemente en algún sitio soleado porque este Edward ya no temía al sol, haciendo lo que fuera con sus vidas que eran ya como una sola.

-No estoy pensándolo, sólo que es algo… que pasará. Algún día. Lejano.

-Ya- rezongó Charlie.

-Así que más vale que te hagas la idea y que luches por la aversión que sientes por él- contestó Bella-. Edward va a llegar de un momento a otro, así que espero que pongas la mejor de tus sonrisas. O entonces sí que me pensaré irme a vivir a la Gran Mansión para que Alice Cullen me siga regalando vestidos- añadió señalándole con el dedo.

-Eso no es justo- reprochó él frunciendo el ceño- Te tengo desde hace muy poco tiempo para que ese capullo gane tan pronto.

-Papá, tú me tendrás siempre. Y nadie gana. Solo yo. Teniéndoos a los dos, bajo el mismo techo en la cena de Navidad.

Y cuando se escuchó a sí misma, se dio cuenta de la realidad de esa frase. Edward, en Navidad, cenando, con Charlie. Algo que hacía tres meses, no pensó que pasaría ni en sus mejores sueños que jamás tenía entre horribles pesadillas.

Charlie murmuró algo como yo sí que ganaría si ese capullo desapareciera de nuevo, pero apretó tanto los dientes que Bella sólo sonrió con suficiencia para cepillar la chaqueta con la mano y le pidiera que se pusiera los zapatos mientras ella echaba el último vistazo a la cena.

El salón de los Swan nunca había tenido tanta vida. Incluso la mesa del comedor servía más para que Charlie limpiara sus escopetas una vez a la semana. Había buscado la mantelería buena y una vajilla completa cuyas piezas encajaran unas con las otras, copas y la cubertería de plata que Renee le dijo donde estaba guardada, porque probablemente Charlie no las hubiera usado más. Intentó hacer figuras con las servilletas, pero se centró en plancharlas que eso le salía bien.

Incluso estaba decorada con espíritu navideño: Charlie cortó él mismo un abeto y dijo que lo adornaría, aunque se veía claramente en qué parte del árbol se había cansado, de lo que no dijo nada para no herir sus sentimientos.

El timbre sonó a la vez que los pasos de Charlie dejaron de descender la escalera con sus patadas, así que no le quedó excusa para no alargar el brazo hacia el recibidor y entornar la puerta hacia sí. Fruncía de nuevo el ceño y cuando la claridad que daba la nieve se le reflejó en la cara, el gesto le cambió por completo.

-¡Jake!

-Feliz Navidad, Charlie.

-¡Que bueno verte!- y le abrazó- ¡Como me alegro de verte!- repitió.