53 Inquebrantable
Antes de que el cielo comenzara a teñirse con rápidas pinceladas naranjas y rosadas, el grupo comenzó a caminar rumbo a un arroyo que atravesaba el bosque y que se encontraba a una prudencial distancia del castillo. Llevaban flores e inciensos para sus difuntos y aperitivos para compartir después de las ofrendas.
Kagome estaba disfrutando enormemente de la experiencia. Conversar sobre quienes ya no estaban en sus vidas propició un cálido acercamiento entre todos, forjando una amistad genuina. Koga habló con mucha soltura de sus padres, de los camaradas que había perdido. Inuyasha conversó principalmente de su madre, aunque muy poco. Miroku mencionó a su padre y especialmente a su abuelo, quien había cuidado de él cuando enfrentó la orfandad a temprana edad.
Antes de que la sacerdotisa comenzara un escueto relato sobre su padre, sintió el youki de Sesshomaru aproximarse. Kagome había escuchado las palabras de sus amigos con respetuosa atención, pero siempre con el pensamiento simultáneo de si el daiyoukai se uniría a su festejo eventualmente.
Por lo que verlo acceder le dibujó una involuntaria sonrisa en el rostro.
Entonces ofreció encender los inciensos y depositar las flores en el arroyo, para que éste se las llevara. Ofrecieron unas silenciosas plegarias y un posterior silencio, en honor a los difuntos.
—Mi padre fue la persona más amable que conocí. Podía trabajar durante más de doce horas pero cada vez que regresaba a casa, compartía con mi hermano y conmigo. Siempre estaba de buen humor, siempre quería ayudarme con mi tarea —había una curva melancólica en sus labios—. Nos dejó importantes enseñanzas y siempre recuerdo honrar su memoria.
—Yo no recuerdo al mío —dijo Inuyasha, mirando significativamente a su hermano mayor.
Sesshomaru se encontró con la mirada del hanyou y vio los ojos del General.
—Acostumbraba a impartir sus lecciones con sátira —comenzó entonces, al cabo de unos segundos—. Algunos lo describían como carismático y poseedor de un peculiar sentido del humor. Todos querían su alianza, aquellos que podían llamarse su amigo eran considerados prósperos y bienaventurados. Era desinteresado, demasiado para un líder de su categoría. Sus juicios eran justos y sus consejos buscados.
El deleite que sentía Inuyasha por esas palabras era superlativo.
—Era de emociones entusiastas y la vehemencia de su persona avasallante. Imponía respeto y obediencia pero sabía cómo llegar a absolutamente todos, noble o no. La servidumbre sentía adoración por él.
Miró a su hermano menor.
—Tú te habrías entendido mejor con él.
—Es mucho más de lo que imaginé.
—Padre es lo que algunos llamarían un modelo a seguir.
—Qué afortunado fuiste al conocerlo.
—Sí, lo fui —y es en este preciso momento, más de siete siglos después, que comprendo el mensaje subliminal de tus enseñanzas. No he vuelto a conocer a alguien como tú, padre. Desde la tumba me sorprendes aún.
Kagome encendió un incienso.
—Este es por el General —dijo—. Creo que me habría llevado muy bien con él.
Sesshomaru la miró arrobado, aunque detrás de la máscara impasible. Su aura semejaba una marea en calma, débiles olas que tocan la arena en una caricia, apenas emitiendo sonido. Su perfume de gardenias, aunque rodeada de los aromas propios de la naturaleza, le llegaba con nitidez, de modo perspicuo; podía hallarse a miles de kilómetros y saberse capaz de encontrar su fragancia entre miles otras.
Sesshomaru era una de esas rocas que ha caído del acantilado y solitaria se posa sobre la arena; la misma roca que goza de los agasajos del mar cuando la toca, la que ya no experimenta aislamiento, porque tendrá la eterna compañía del oleaje.
Por el rabillo del ojo vio al monje moverse y sintió sus divagues evaporarse abruptamente. Apartó sus ojos cuando percibió el movimiento general del grupo y cuando se predispuso para partir, sólo vio las tres figuras masculinas regresar. Cuando volvió el rostro, allí estaba ella, de pie con los ojos fijos en el arroyo y en el luminoso reflejo que hacía la luna sobre él.
Los humanos eran efímeros pero ella, en ese momento, era sempiterna.
El hechizo del momento movió sus pies hasta posicionarlo a su lado.
—Fue muy amable de tu parte hablar con Inuyasha de su padre.
Sesshomaru no quería hablar de él o de su padre, por lo que sólo asintió una vez la cabeza.
—Kagome —lo miró a los ojos, azuzada por el timbre en su voz: había algo que quería decir y era importante—. El día en que conociste a Naraku ocurrió algo.
Hizo una pequeña pausa. Luego prosiguió:
—Recordarás el choque eléctrico que sentimos cuando te toqué.
—Sí.
—Recordarás que nos tocamos una segunda vez y nada ocurrió.
Desde esa tarde supe, no que me correspondías, sino que yo te correspondía a ti.
—Sí…
—Esa no fue ninguna casualidad.
Kagome giró el cuerpo completamente.
—¿Qué significa?
¿Cómo explicarlo?
—Cuando dos auras se repelan y en el mismo instante se aceptan, el vínculo es… —no podía creer que titubeaba otra vez— inquebrantable.
Inquebrantable.
Kagome repitió la palabra una y otra vez en su cabeza, primero suave y lentamente, separándola en sílabas; luego más rápido, más fuerte, a gritos.
Inquebrantable.
—El día que curaste mi mano…
—Las auras se unen cuando los afectos se manifiestan. En aquella oportunidad, no sentíamos nada por el otro.
Sesshomaru podía escuchar su corazón y el de ella latir a una velocidad que prometía un fallo cardíaco.
La luna oficiaba muy bien su labor de lumbre y le permitió a Kagome observar todas sus facciones.
—Quiero verte —dijo involuntariamente.
Al tiempo el daiyoukai supo a qué se refería y silenciosamente obedeció, levantando la fuerza sobrenatural que contenía su verdadera apariencia.
A Kagome le comenzaron a fallar las piernas.
Una vez culminada la transformación le sonrió.
Y Sesshomaru no pudo soportarlo más. La atrajo a su cuerpo en un fugaz y fluido movimiento y buscó su boca hambriento. La explosión energética que se dio cuando sus labios colisionaron le envió un escalofrío por todo su cuerpo, advirtió cómo su youki ya no luchaba contra el aura espiritual de la sacerdotisa, sino que la abrazaba, la envolvía con algo que, Sesshomaru terminó por admitir, era amor.
El verde y el rosado se encontraron en lo abstracto y como espirales que juegan sin la gravedad se enredaron; sus respectivos envases se encontraban en lo concreto, degustando sus bocas, acariciando mejillas, cuellos, cabellos.
Fue Kagome quien debió, muy a su pesar, interrumpir el momento, maldiciendo sus inferiores pulmones.
Sus ojos se encontraron y algo más se encontró también. Sesshomaru creyó que era una idea, algo que siempre había permanecido latente en el cosmos. Kagome llegó a pensar que aquel era el hombre con quien pasaría el resto de sus días; se le ocurrió que su encuentro, más allá de los físico y del plano experimental en el que se encontraban, era energético, cósmico, superador de lo temporal.
Inquebrantable.
NA: ¡Qué tal! Acá yo de nuevo cumpliendo promesas (?) El capítulo 55 (sí, 55, no el próximo, el otro próximo) promete un poco más de "acción". Voy a tener que buscarle otra palabra porque soy malísimas con escenas de acción y siempre lo arruino. Ustedes deberán ser mis juezas.
Con respecto a este capítulo... aunque quedé satisfecha con ese súper momento al final, la idea de hablar sobre los padres parecía como... protagónica de alguna manera. Es más, hasta yo creí que este capítulo iba a ser más sensible en ese aspecto y dejar el famoso beso para más adelante. Después no sé qué hizo mi musa y quedó así. Reitero: deberán ser mis juezas.
Mil millones de gracias por sus bellos comentarios que me inflan el alma y me hacen reír. ¡Hasta el sábado! :*
J.
