Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. Esta historia le pertenece a Krazyk85, yo solo traduzco.

Capítulo cincuenta y cinco

Edward no estaba satisfecho con solo un mordisco por aquí o un tierno beso por allí. Estaba recuperando el tiempo perdido, decidido y determinado a poner su boca y sus manos en cada parte de mi cuerpo. Nada estaba fuera de sus límites. Él no tenía límites. No seguía la ley. Inventaba sus propias reglas y guías, cosa que rompió por mí. Mis deseos y mi felicidad eran su primera prioridad.

Excepto ahora mismo, se estaba declarando egoísta.

Traté de recordarle del tiempo que teníamos y nuestra costumbre de perderlo, pero no me quiso escuchar.

—Dos minutos más —dijo, moviéndose desde mi cuello hacia mis pechos.

Levanté mi cabeza y lo observé, besando y lamiendo, creando más chupetones a lo largo de mi piel. Levantó su mirada hacia mí, sus ojos encontrándose con los míos, y tomó mi pezón derecho en su boca, mordiendo y chupándolo con su lengua. Mi cabeza cayó hacia atrás y dejé salir un suave jadeo.

Cualquiera que haya sido mi argumento se fue.

Todo lo que podía hacer era acostarme allí y tratar de controlar mi respiración. No era fácil. Cansado y vacío, mi cuerpo se tensó y rindió ante su toque. Puso una mano firme sobre mi estómago, manteniéndome en mi lugar mientras movía sus caderas contra mí.

Oh, mierda, estaba duro otra vez.

¿Acaso trataba de matarme?

—Cariño… —dije, pasando mis manos por su cabello, su corto cabello arañaba mis palmas. Notando mi protesta, avanzó hacia mí y me silenció con un beso profundo, fuerte y persuasivo. Tomó mucha fuerza de voluntad alejarme de él—. Edward —jadeé—, no podemos…

—¿Por qué no podemos? —Tenía mi labio inferior entre sus dientes. Esta era su forma de distracción. Un arma inteligente para llevar mi atención a su mano, que se deslizaba cada vez más hacia abajo por mi cuerpo, sus dedos rozando por mis piernas.

Mi respiración era incontrolable, volviéndose cada vez más difícil, intolerable incluso.

—Porque… —Cerré mis ojos y traté de pensar una razón—…nos buscan y hay policías allí afuera…

—¡A la mierda con los policías! —gruñó, separando mis muslo y metiendo dos dedos dentro de mí.

Mi gemido fue amortiguado por su boca, sus firmes labios y fuerte lengua. Empujó sus dedos dentro de mí lo más profundo que podía, tocando cada borde y esquina, y los encorvó hacia arriba. Los metía y sacaba, una y otra vez, rápido y fuerte. A una velocidad frenética. El placer era enloquecedor. Jadeé sobre sus hombros y embestí contra su mano, frotando mi clítoris contra su palma, necesitando esa fricción extra.

Y cuando enterró su rostro en mi cuello, susurrando, bajo y ronco, lo mucho que me amaba y cómo necesitaba que me viniera…

—Quiero verlo.

Estuve perdida ante él, superada por la mezcla de sensaciones. Una pulsación fuerte en mi clítoris y mi coño, músculos tensándose y pies curvándose. Mis piernas estaban temblando, sujetándose en el brazo de Edward y manteniéndolo allí. Esto solo le hizo besarme más profundo, masturbarme más fuerte, y creando otra ola estremecedora. Mi respiración cesando, arqueé mi espalda y me aferré a él mientras explotaba todo a mi alrededor.

Solté mi fuerte agarre de sus hombros y caí sobre la cama.

—Jodidamente hermoso —dijo Edward, besando a lo largo de mi cuello.

Su amor y adoración siempre tuvo una manera de volverme en una loca emocional, añade un orgasmo de la puta madre, y no era más que un desastre incoherente. La puta molestia estaba llegando al borde de mis ojos y era solo cuestión de segundos antes que saliera de mí. Me volví sobre mi costado y enterré mi rostro en el pecho de Edward, obligando a las lágrimas quedarse detrás de mis párpados cerrados.

Fue mi voz la que me traicionó.

—Te amo.

—También te amo, nena. —Me sostuvo fuerte, estrellando nuestros cuerpos juntos, enredando sus piernas con las mías.

Escuché latir su corazón, fuerte y tronante. Era perfecto. Él era perfecto. Era un momento perfecto, un periodo de calma, y ninguno de nosotros se molestó en moverse, con miedo que cualquier cosa pequeña lo interrumpiera.

Era el destino, por supuesto, que tenía otras ideas.

Un ruido agudo y sordo de un teléfono, apenas audible y amortiguado por capas y capas de ropa, nos trajo a la realidad. Mis ojos se abrieron de par en par y se me congeló la sangre. Era una llamada de advertencia. Aquella que temíamos. Estábamos a unos veinte minutos de una vida que prometía encarcelación, pero ahora esa mierda se había acabado.

—Mierda —dijo Edward, y ambos salimos disparados de la cama, como si las sábanas estuvieran en llamas. Él luchaba contra el traje de cárcel, buscando en los bolsillos y sacando su teléfono. Era nuevo, uno táctil, y tuvo que tocar varias veces antes de ponerlo a funcionar. Lo presionó contra su oído y fue hacia la ventana, alejando las cortinas, solo un poco, y mirando hacia afuera—. ¿Sí?

Me encontraba de rodillas, abriendo el bolso y sacando prendas al azar. Nada combinaba. Mi sostén y bragas eran una causa perdida y estaba usando una de las camisetas de Edward. No importaba un carajo, ni un poco. Tenía solo segundos para vestirme y alistarme, simple y claro.

—¿Jasper? —dijo Edward, soltando el aire pesadamente—. Dios, te dije que no me llames a este teléfono.

No era Emmett. No había sirenas. No había policías. No nos encontrábamos rodeados. Estábamos a salvo. Me dejé caer sobre mis brazos mientras mi corazón lentamente volvía a un ritmo tranquilo. Una risa, una de alivio, salió de mis labios y sacudí mi cabeza.

¿Acaso alguna vez aprenderemos a dejar de presionar nuestra suerte?

—Yo no… te dije… Bueno, ¿acaso te estás desangrando? —preguntó Edward, sentándose en la silla—. ¿Entonces por qué me estás llamando, mierda? —Le alcancé sus bóxers y un par de jeans. Se los puso y puso los ojos en blanco mientras escuchaba hablar a Jasper—. Espera, ¿qué? Repite eso… ¿Acaso me estás controlando? ¿Quién eres, mi puta esposa?

Mis dedos se detuvieron sobre los cordones de mis zapatillas, la mera mención de la palabra "esposa" en los labios de Edward me hizo sentir algo, un fuerte deseo. Era algo que quería más que nada, pero nunca lo admitiría en voz alta. Hubo un tiempo, sea fingido o no, que fui su esposa. Tenía un anillo para probarlo, pero los malditos idiotas en Chicago me lo quitaron. Dijeron que era evidencia. Hubiera preferido que volviera con su dueña, la dulce y vieja—y jodidamente loca—señora en Iowa.

Ella estaba viva y… charlatana.

La intervención rápida de Edward la llevó al hospital a tiempo. La vi en las noticias hace unos días, y después de todo lo que le hicimos pasar, robando su tienda y golpeándola con un arma, ella seguía diciendo a la gente lo buena y atractiva pareja que éramos. Como era injusto que fuéramos buscados por la policía y como deberían dejarnos en paz.

"Solo son dos niños enamorados."

Sí… Edward debió haberle golpeado muy fuerte en la cabeza.

—Estamos bien, Jazz —dijo Edward, apoyó sus codos sobre sus rodillas y frotó su frente—. ¿Por qué no te preocupas por ti y cómo vas a cruzar la frontera, de acuerdo? —Asintió, escuchando cual sea que fuera el consejo y se despidió—. Sí, entiendo. Más te vale no volver a llamarme aquí. —Presionó un botón pero cuando no pasó nada, optó por golpearlo contra la mesa—. Qué maldito idiota —dijo, enderezándose en la silla e inclinando su cabeza contra la pared. Intentaba pasarse las manos por el cabello que ya no estaba allí.

Bufé.

—Apuesto que te arrepientes de habértelo cortado, ¿no?

—Sí —dijo con una sonrisa débil—. No soporté mi tiempo bien.

Poniéndome sobre mis rodillas, crucé la habitación hacia él y metí mi cuerpo entre sus piernas. Levanté mi vista hacia él.

—¿Ya es más tarde?

—No sé qué decirte —gruñó, inclinándose hacia adelante y mirando mis manos que posaban sobre sus muslos. Mis nudillos lastimados e hinchados estaban frente a su vista y traté de quitarlos, pero era demasiado tarde—. ¿Qué mierda te pasó?

—No es nada —dije, levantándome de mi lugar.

—Mentira —dijo, tomando mi cintura y jalándome sobre su regazo, inspeccionando mis heridas de guerra—. Dios, nena —murmuró, dejando suaves besos en cada nudillo. Subió su mirada, sus ojos brillando con orgullo—. ¿A quién noqueaste?

Sonreí, de repente sintiéndome tímida bajo su mirada, mientras la sangre resurgía en mi piel, sonrojando mi rostro y cuello.

—Era una perra en prisión que estaba estirando la lengua. —Esos recuerdos eran oscuros. La vida sin él era oscura—. No soporté bien mi tiempo tampoco.

Edward asintió, envolviéndome en sus brazos y descansando su frente en mi hombro.

—Me volví jodidamente loco.

Esos días que pasamos separados fueron mucho peor para él. Me dijo que esa primera noche, estar en bajón de cocaína lo puso paranoico y tenso. Los federales hablaban de mí en esperanza que se quebrara y confiese sus crímenes. Era la misma táctica que uso como-sea-que-se-llame conmigo, excepto que fueron comentarios sucios, enlazados con comentarios sexuales, y Edward, siendo posesivo y temperamental como siempre cuando se trataba de mí, explotó en una gran cantidad de violencia en los rostros de esos guardias.

—Solo quería que se callaran. —Tenía mi camiseta envuelta en sus puños.

El asesinato de su cabello ocurrió dos días después que fuéramos transferidos a Phoenix. Las cadenas fueron removidas y todo parecía tranquilo. Un guardia lo llevó a las duchas para bañarse y cambiarse en ese traje naranja. Todo lo que tenía debía ser recogido y guardado como evidencia. Cuando salía, Edward se miró en el espejo, el vivo reflejo de su padre, y pidió al guardia que se lo cortara. El guardia se negó y Edward atacó, casi matando al tipo. Se las arregló para raparlo antes que alguien pudiera atraparlo.

Para cuando terminó su estadía, había puesto a cuatro guardias en el hospital con heridas menores y uno estaba en coma. Los cargos contra él crecieron y se apilaron. No había esperanza que él fuera declarado inocente en la corte con su conducta violenta. Fue etiquetado como impredecible y peligroso. No era seguro liberarlo al mundo exterior. Una vida en la prisión federal era su futuro.

—Hubiese sido más que feliz de ir a prisión por los dos. Incluso propuse muerte, si eso era lo que querían, y todo lo que les pedí a cambio era que uno de esos idiotas te hagan salir como inocente. Firmé una confesión —dijo, pasando un mechón de mi cabello por detrás de mi oreja—. Todo estaba preparado.

No podía respirar, sorprendida y horrorizada ante su admisión. Me alejé de él.

—Maldito… ¿por qué hiciste eso?

Porque —Tomó de mis muñecas, manteniéndome fuertemente en su regazo—. ¡Intentaba devolverte tu puta vida! No podía simplemente sentarme y dejarte pudrir en la cárcel. —Sacudió su cabeza y me apretó—. No, ¡tacha eso! Moriría antes que dejar que eso pasara.

—¡Nunca te pedí que te sacrificaras por mí! —Retorcí mis brazos y los alejé, tratando en vano liberarme de su fuerte agarre.

—No tienes que pedirlo —dijo, aferrando su agarre y acercándome—. Dios, ¿por qué estás enojada conmigo? No es como si toda esta mierda importara ahora.

—No estoy enojada contigo —murmuré, manteniendo mi voz calma. Por dentro, estaba gritando con fuerza.

—Mientes.

—No.

—Acabo de verte venir sobre mis dedos. —Mordí mi labio y suprimí un gemido. El maldito idiota sonrió satisfecho y quitó mi frustración de mis dientes—. ¿Acaso no crees que conozca cada curva y faceta de tu rostro?

—De acuerdo, Edward, tienes razón… pero no estoy simplemente enojada, estoy jodidamente furiosa contigo.

Se encogió de hombros, evitando mi mirada intensa y enojada.

—Hice lo que tuve que hacer.

—Sí, y fue demasiado estúpido.

Levantó su cabeza de golpe y me fulminó con la mirada.

—¿Cómo es mantener tu culo fuera de prisión estúpido?

—Se supone que debías mantener tu puta boca cerrada, ¿recuerdas? Eso fue lo que acordamos… ¿y qué vas y haces? ¿Cambias tu vida por la mía y ofreces una confesión?

—Fue un desliz de mi parte. Pensé que esos hijos de puta cumplirían con su palabra.

Reí, pero no era gracioso. Era increíble.

—Sí, bueno, adivina qué, Edward, no lo hicieron, ¿de acuerdo? Tomaron tu confesión y lo usaron en mi contra. Les ayudaste a construir su estúpido caso.

—Lo sé —dijo, con un rostro dolorido, sus cejas fruncidas—. Cuando supe que te iban a encerrar… —Sus ojos, severos y apasionados, se encontraron con los míos—. Tenía que hacer algo para llegar a ti.

Edward moriría por mi libertad, sin dudas, y yo hubiera hecho lo mismo por él. Era difícil de entender mi ira hipócrita, pero el pensar en él fuera de esta tierra me aterraba. No pude vivir cinco días sin él, pero incluso en esas horas más oscuras, sabía que estaba allí respirando, en algún lugar y vivo. Esa esperanza me mantuvo cuerda y funcionando. Entonces él me dice que estaba planeando quitarme todo eso. Iba a cometer un puto suicidio.

Dios, lo odiaba tanto por eso… pero a pesar del pensamiento irracional, me hacía amarlo aún más.

Argh —dije, dejándome caer sobre su pecho y lo respiré profundamente—. ¡Eres tan estúpido!

—Sí —rio, envolviendo sus brazos a mi alrededor en un abrazo fuerte. Nos meció—. Y tú eres loca.

.

.

.

—Marcus llamó —dijo Emmett mientras que Edward y yo bajábamos las escaleras, nuestra hora a solas había oficialmente terminado. Era momento de volver al trabajo.

—¿Ah sí? —respondió Edward, solo medio interesado, tirando los bolsos en la maletera.

Lucía como el de siempre con su chaqueta de cuero y jeans negros. La gorra de la sudadera sobre su cabeza, destacando su fuerte mandíbula y piercings faciales. Era casi como si la semana pasada no hubiera pasado.

—Va a estar en un aeropuerto privado a diez millas de aquí en media hora —informó Emmett.

Mi postura relajada se tensó.

—¿Vamos a volar?

—Sí, ¿cómo crees que vamos a cruzar la frontera? —Hizo su cabeza a un costado, analizando mi expresión de pánico—. Espera… ¿tienes miedo a volar?

—No, no en serio, por decir —dije, un nudo nervioso instalándose en mi garganta—. Solo que vi esa película Viven una vez y…

Edward entrecerró los ojos, confundido.

—¿Viven?

—Ya sabes, —dije, haciendo gestos con mi mano en forma de avión— esa donde chocan con montañas argentinas y se comen el uno al otro.

Emmett asintió y se inclinó contra el capó del coche.

—Suena como una buena porno.

—No es porno, ¿de acuerdo? —Puse los ojos en blanco—. Ethan Hawke estaba en ella.

Emmett parpadeó.

—¿Quién?

—¿Ethan Hawke? —dije, y él continuó mirándome como si hablara chino—. Él estuvo en Bocados de Realidad, Gattaca, Vampiros del día… —Todavía nada. Suspiré—. ¿Día de entrenamiento?

Reconociendo, al fin, sus ojos se iluminaron y chasqueó los dedos.

—Es ese flaco que patrullaba con Denzel, ¿no? —Asentí—. Tío, esa película es muy buena.

Edward se frotaba la boca, tratando de no reírse.

—Miras demasiadas películas, Kid.

—Sí, bueno, como sea, eso es por qué me aterra volar. —Puse mis brazos alrededor de su cintura y alcé mi mirada hacia él, sinceridad pura en mi voz—. No quiero tener que comerte.

Emmett rió, su mente como siempre sucia.

—Nada de eso va a pasar, ¿de acuerdo? —dijo, besando mi frente a modo de tranquilizarme—. Además, la gente no tiende a sobrevivir a caídas de avión sobre el agua.

—¿Qué? —Le fulminé con la mirada y golpeé su estómago—. ¿En serio, Edward? No puedes decirme ese tipo de mierda.

—Aww, ven aquí. —Rió, agarrándome por la camiseta—. Solo te tomaba el pelo.

—No, no, está bien —dije, dando un paso hacia atrás y alejándome de él—. Puedes ir y tomar ese avión de la muerte. Yo solo caminaré.

—¿Hasta la ciudad de México? —Me miró escéptico, persiguiéndome.

—Sí, ¿por qué no? —pregunté, caminando hacia atrás con mis manos alzadas frente a mí en protección. Él seguía tan cerca como para agarrarme.

Emmett había ido adentro para regresar la llave del hotel y nos dejó solos—cosa que nunca era algo bueno que hacer.

—Eso son dos mil millas, Kid. Te llevará un puto mes llegar allí —dijo, sus ojos oscureciéndose, una sonrisa torcida en sus labios—. Y quién sabe, para cuando llegues allí, puede que esté prendido a la cocina local.

Fruncí el ceño.

—Más te vale que hables sobre hablar un puto restaurante, Cullen.

Porque Dios sabe que si estaba hablando sobre otra mujer, ella no viviría después que llegara allí.

—Nena, —se detuvo, rascándose la barba por su mandíbula—, no me obligues a meterte en el coche.

—¿Me estás amenazando? —Mordí la parte interna de mi mejilla, ocultando una sonrisa. Mis piernas temblaban, listas para girar en el momento perfecto y correr.

—No es una amenaza, es una jodida promesa. ¿Cómo quieres hacer esto? —Puso sus manos en sus bolsillos y se encogió de hombros—. Es tu decisión.

—Bueno, escojo… —pero no puede ni siquiera terminar esa frase porque él corrió hacia mí.

Fui rápida, consiguiendo esquivar su brazo y correr hacia el otro lado del coche. Él bloqueó mi escape en cada giro. Después de un tenso minuto de idas y vueltas, giros y zigzags, se impacientó, y se volvió hacia el frente del coche. Me escapé, y me persiguió por todo el estacionamiento. Mis piernas ardían con cada paso, y para el cuarto, extendió su mano y me agarró.

—¡Te atrapé!

—¡Suéltame! —grité y pataleé, tratando de liberarme, pero él era fuerte, jalándome hacia atrás y girándome.

—Nunca —dijo, tirándome hacia su pecho y capturando mis labios. Me dejé ir, completamente absorbida por su beso. Aflojó su agarre en mi cintura, nuestras bocas nunca separándose, y movió sus manos hacia mi rostro para mantenerme quieta.

Nada importaba en esos momentos, solo él. No escuché nada alrededor nuestro. No podía sentir el peligro que se acercaba. Se disolvió en el fondo, era solo un zumbido en mis oídos. Él tenía ese efecto en mí. Esa ignorancia peligrosa y desafortunada.

Era el trabajo de Edward mantenerse al tanto del mundo exterior.

—¿Qué mierda, Eddie? —gritó Emmett, empujándolo hacia atrás y rompiendo nuestro beso—. ¿Acaso no escuchan esa mierda?

Fue entonces, devuelta otra vez al mundo, que noté las sirenas a lo lejos y un helicóptero en el cielo. La radio en el coche alertaba a todas las unidades disponibles en el área dónde nos encontrábamos. Se encontraban camino y su tiempo de llegada estimada era de menos de cinco minutos. Pero lo que podía notar por el escandaloso ruido de las sirenas y luz blanca del cielo, estaban mucho más cerca que eso.

Edward falló miserablemente. Era un ignorante e inútil, como yo.

—Sí, lo escucho —gruñó Edward, enojado, pero sus ojos eran fríos y tranquilos. Levantó mi mentón y me dio un beso en los labios—. Entra al coche.

Asentí, mirando por encima de mi hombro y notando cuarenta pares de ojos sobre mí. Mucha gente salió de sus cuartos para ver lo que pasaba. No estoy segura si sabían quién era o lo que pasaba, pero pudieron observar bien nuestro vehículo. No era ideal en nuestra situación, pero algo normal para dos criminales con la peor de la suerte.

En este punto, estaba acostumbrada a que mi corazón latiera rápido con ansiedad que ni siquiera me molesté en apurarme a entrar en el coche.

—¿Estás segura? —preguntó Edward, sentándose a mi lado unos segundos después.

—Sip —dije, tironeando del cinturón de seguridad contra mi pecho.

Emmett se metió en el asiento delantero y encendió el coche. Este rugió a la vida, con un fuerte motor. Él se encontraba ansioso y nervioso, mirando por el espejo retrovisor, esperando que el infierno llegue por nosotros.

—Si nos atrapan…

—No lo harán —dijo Edward, dándole un empujón suave al posacabezas de Emmett—. Solo condúcenos hacia el aeropuerto.

Emmett metió el coche en reversa y presionó el acelerador. Las gomas largaron humo, dejando una marca mientras apuraba al Mercedes fuera del estacionamiento. Iba a cincuenta para cuando llegamos a la ruta, por poco metiéndonos en una zanja. Conducía como un maniático.

Me aferré a la pierna de Edward para estabilizarme y miré hacia la ventana de atrás. Había numerosos coches de policía viniendo desde el norte, más o menos a una milla y media detrás de nosotros. Sus luces, rojas y azules, como un maldito arcoíris de justicia, iluminaba la noche. El helicóptero rodeaba por encima del hotel, su fuerte luz iluminando el techo.

No les tomaría mucho rastrearnos, y Emmett, sudando, aceleró aún más. Íbamos a más de cien ahora. Era una locura. Me encontraba más asustada de chocar que de una docena de policías que se encontraban a dos millas.

La voz tranquilizante y alentadora de Edward era la única cosa que lo calmaba, pero no se relajó por completo hasta que giró a la derecha en otra calle y ya no estaban las luces en el retrovisor.

—Dios, que puta adrenalina —dijo Emmett con una mezcla de incredulidad y alivio. Se giró en su asiento y sonrió, de jodida oreja a oreja—. Nunca hay un momento de tranquilidad con ustedes, ¿no?

Edward y yo reímos, mirándonos por un momento.

Él ni siquiera sabía la mitad.

.

.

.

Eran las 21:55 de un jueves, y Edward y yo estábamos sentados en el coche en un aeropuerto privado, situado entre el sur de Phoenix y Casa Grande, esperando a que aterrizara el avión de Marcus. Quedaban cuatro minutos. Emmett estaba sentado en el capó del coche, tomando agua y hablando con Rosalie por teléfono. Ella estaba con Alice en México. Ellas no vinieron a sacarnos a Edward y a mí de la cárcel. Sus hombres no las dejaron. Dijeron que era muy peligroso. Me encantaría ver a Edward decirme eso. No tendría mucho éxito.

El aeropuerto municipal Guerrero era poseído por un magnate hombre de negocios con actividades sucias. Ha habido muchos contrabandos de drogas en los aviones que aterrizaban aquí. Era mantenido en secreto y nadie contaba sobre él. Las únicas personas que sabían de la existencia de este aeropuerto eran la que hacían todo el transporte y contrabando. Este era donde Marcus recibía su mercadería. Eran pequeños aviones sin registrar. El tan solo pensar en volar en esos me ponía nerviosa, pero Edward me aseguró que Marcus aterrizaría en su Learjet modelo 85.

—Eso es más grande que el Cessna, ¿no? —pregunté, mordiéndome el borde de mis malditos dedos.

—Sí, es más grande. —Sonrió Edward y quitó mi mano de mi boca—. El avión vale diecisiete millones de dólares.

Mi corazón se detuvo y luego volvió a acelerarse.

—¿Me estás jodiendo?

Negó con su cabeza.

—¿Cómo rayos él puede costearse un avión de diecisiete millones, pero tú vivías en un puto departamento de dos habitaciones en el oeste de Phoenix? —le pregunté, tratando de sumar sus expensas en mi cabeza. Nada de lo que tenía lo haría lucir como un jodido pobre. No tenía sentido.

—Preferíamos mantener las cosas tranquilas en los Estados.

—Sí, eso es quedarse corto —dije, un pensamiento pasando por mi cabeza—. Espera, pensé que ustedes dos eran socios.

—No, hicimos negocios y eso fue todo. Yo tenía mis conexiones y él las suyas. Solo pasa que su mercancía era mucho mejor que lo que sea que se traficaba en México. A él le caí bien y le gustó los servicios que proveía porque era bueno en pasar la mierda por la frontera y distribuirlo en América. —Jugó con el panel del coche, quitando el protector plástico y transparente—. Fue un buen negocio… mientras duró.

Había cosas que no sabía de él y Marcus, y quizás era mi culpa por no preguntar, pero me hacía sentir como si fuéramos dos islas diferentes separadas por agua que se extendía por millas. Traté de cubrir la distancia, y me acercaba cada vez más cada día con mis piedras y sogas, pero no era lo rápido que quería. Me estaba volviendo impaciente.

—Es gracioso —dije, vagamente quitando pelusas de sus jeans—, pero siempre sentí que no me decías nada. Como si hubiera este mundo tuyo completamente diferente del cual no sé nada.

—Lo sé —respondió, pasando su mano por su rostro y poniéndose la gorra de su sudadera. Había algo que quería decirme. Podía verlo en la manera que se mordía el piercing en su labio. Si no lo decía pronto, saldría del coche a por un cigarrillo. Sus hábitos nerviosos y ansiosos tenían un ciclo. Los conocía bien.

—Los términos que acordamos en Chicago siguen en orden —dije, quitando ese maldito labio de sus dientes.

—Exclusividad, lo sé, lo recuerdo —dijo, tomando mi mano y pasando sus dedos por mis cortes en mis nudillos. Sonrió—. Y es tuya. Toda.

Había este nudo manifestándose en mi estómago, tenso e inquieto. Bajé mi cabeza para mirar bien su rostro, entrecerrando mis ojos.

—¿Qué no me estás diciendo?

Su rostro era inexpresivo, quitando su mano de la mía y bajando la vista hacia el reloj de su teléfono, esperando a que los números de neón cambien. Era raro de él ignorarme de esta manera. No quería seguir presionándolo, pero me estaba escondiendo algo—¿después de todo lo que habíamos pasado? Me sentí enrojecer, y no de una buena manera, y quité mi mano de su agarre, poniendo mis manos en mi regazo. Me alejé en el asiento y me crucé de piernas, presionando mis rodillas contra la puerta. Mi espalda estaba hacia él, y no podía ver lo enojada que me encontraba, pero estoy segura que podía sentirlo.

—Bella —dijo, después de un minuto y treinta y cuatro segundos de silencio incomodo. Frotó mi espalda y me aparté. Se acercó, poniendo sus brazos a mi alrededor y posando su mentón en mi hombro—. ¿Puedes confiar en mí lo suficiente como para creer que te diré las cosas cuando necesites saberlo?

Me di vuelta, solo lo suficiente, para ver su rostro.

—¿Puede valer lo mismo para mí? —Alcé mi ceja, probándolo—. ¿Confías en mí lo suficiente como para ocultarte cosas?

—Dios, mujer —gruñó, mordiendo mi hombro, fuerte, y se alejó al otro lado del coche—. ¡Eres jodidamente imposible!

—Sí, bueno, tú tampoco eres fácil —dije, volviendo a mi lado del coche e ignorándolo.

Cuando Emmett terminó su llamada para decirnos que el avión estaba a punto de aterrizar, podía ver que el humor entre Edward y yo había cambiado para mal. Fue inteligente y no preguntó. Lentamente se alejó del problema y fue a vaciar el baúl.

—Vamos —dijo Edward, bajándose. No me esperó, cerrando de un portazo la puerta tan fuerte que el coche tembló.

El Learjet llegó y aterrizó a unas yardas de donde nos encontrábamos. Era ruidoso, blanco, y hermoso. Era el avión más increíble que había visto. No era tan grande como un 747 pero no era pequeño como un Cessna. Era perfecto, y podía ver que los diecisiete millones fueron bien gastados.

Miré en fascinación mientras se abría la escotilla y bajaba las escaleras. Un hombre apareció en la puerta, y forcé mi vista, incapaz de ver quién era.

—¡Marcus! —gritó Emmett, corriendo a encontrarlo.

Lo vi interactuar de forma casual. Emmett estaba animado y haciendo chistes con él. En todos los momentos que pensé en este hombre malo, de todas las formas malignas en que me lo imaginé, este no era. No lucía nada como su hermano Caius. Marcus era alto, guapo, y vestido como en los noventa con un traje negro. Me encontraba asombrada… y nerviosa.

—Ven —dijo Edward, poniendo su brazo sobre mis hombros, llevándome hacia el avión.

Marcus no parecía peligroso con su amable sonrisa y fluidos movimientos. Este era mi impresión a una distancia. Cuando lo tuve en frente y lo escuché hablar, estaba más convencida que él nunca lastimaría a una mosca.

—Edward —dijo, apretando su mano—. Qué bueno que estés vivo e intacto… —Se hizo hacia atrás y observó la apariencia ruda de Edward—. Bueno, casi intacto, de todas formas.

—No puedo agradecerte lo suficiente por hacer esto por nosotros —dijo Edward, y era genuino.

Marcus lo tranquilizó.

—No fue nada. Te debo, ¿recuerdas?

—Sí, pero creo que me lo pagaste por completo con el viaje a Chicago.

Los ojos de Marcus brillaron y sonrió.

—Ese fue un viaje divertido. No he hecho eso en años.

Me quedé allí de pie, mirando de un hombre al otro. Estaban hablando en código. ¿Qué tenía que ver Marcus con Chicago? La única cosa que podía pensar era en Ramón y la droga. Ugh… con sólo pensar en ese polvo blanco hacía que mi estómago se revolviera y mezclara en repulsión.

Nunca, nunca más.

—Lo que me recuerda —dijo Marcus, buscando en su bolsillo interior de su traje y sacando una foto—. Tomé esta para ti. Perdona la baja calidad. Viejos hábitos tardan en morir.

Edward tomó la foto y la miró. No había emoción en sus ojos. Dio un asentimiento firme y unas gracias silenciosas a Marcus, y demasiado rápido, estaba guardándola en su bolsillo hasta que lo detuve.

—¿Qué es eso? Déjame ver —dije, poniéndome sobre las puntas de mis pies y mirando por sobre su hombro. Él la tenía boca arriba en su palma y jadeé—. ¿Es ese…?

—Sip —respondió Edward—. Está hecho.

Era una foto horrible del senador Carlisle Cullen con un simple disparo entre sus ojos. El trabajo de Marcus en Chicago, ahora veo, era un golpe. Mató al padre de Edward como pago y gracias por el de Caius.

Ojo por ojo, ambos hombres consiguieron hacer lo que el otro no podía hacer por si mismo.

—Es Isabella, ¿no? —preguntó Marcus, y mi cabeza se levantó ante el sonido.

—Es Bella —dije, ofreciéndole mi mano en saludo. La tomó en un agarre fuerte y firme, girándola y besándola. Observé por la comisura de mis ojos la reacción de Edward, pero él solo sonrió. Ni enojo posesivo ni ojos asesinos. Ni siquiera se movió por su arma.

Nada.

—Es encantador por fin conocerte —dijo, sin dejar de sonreír—. He escuchado mucho de ti.

Reí, pensando en las únicas dos fuentes de donde pudo haber escuchado sobre mi y ambas eran parciales.

—Solo cree las cosas buenas, ¿de acuerdo?

—He escuchado solo cosas buenas —dijo, sus ojos oscuros mirando hacia arriba—. Bueno, bueno, parece que su reputación los precede.

Edward y yo giramos para ver esas persistentes luces rojas y azules rápidamente acercándose en la distancia. Esta mierda se estaba volviendo molesta. No estoy segura cuando perdí esa respuesta de pánico natural que una criminal buscada debería tener cada vez que la policía se acerca, quizás estaba cansada, pero no me importaba.

—¿Cuánto tardas en poner esta cosa en el aire? —preguntó Edward, mirando las escaleras móviles debajo del avión y al hombre echando gas en el tanque.

—Ah, Carlos debe estar por terminar ya, y no debería tomar mucho más que un minuto en sacarla al aire. —Marcus se hizo a un lado y nos señaló a que subiéramos—. Quizás deberíamos abordar.

—No podría estar más jodidamente de acuerdo —dijo Edward, poniendo su mano en mi espalda baja para mantenerme estable mientras subía los escalones.

Dentro del avión, nos sentamos en lujosos asientos de cuero color crema y nos pusimos los cinturones. Emmett se sentó detrás de mí con auriculares en sus oídos, sin nervios e inconsciente, cantando y golpeando sus dedos en la parte trasera de mi posacabeza. Me incliné hacia delante y miré por la ventana en forma ovalada. La ley estaba descendiendo en el aeropuerto. Habían diez patrullas y cuatro camionetas. El helicóptero no estaba allí, siendo incapaz de volar sobre espacio aéreo privado. Incluso desde aquí, podía sentir su urgencia. Sabían que sus dos fugitivos estaban cerca de escaparse.

Harían cualquier cosa para detener eso.

Edward le dijo algo a Marcus, poniendo una mano en mi rodilla mientras la puerta se cerraba y trababa. Él estaba tan desinteresado en el drama que pasaba afuera, al contrario de mí. Yo estaba jodidamente cautivada. Cada momento tenso se reflejaba en mis ojos.

El jet rodó hacia delante lentamente, alineándose con la autopista para salir. La policía en el aeropuerto se encontraba frenética. Podía verlos yendo de un lado al otro, gritando y demandando a la torre que detuviera al piloto, pero el piloto era mexicano, contratado directamente por Marcus, y no se adhería a las leyes estadounidenses.

Cuando la torre les dio el visto bueno, el piloto avanzó el jet hacia adelante e incrementó la velocidad. Los coches de policía irrumpieron por la entrada y condujeron hacia la pista, yendo a la par del avión. Era una locura. Estaban asomados por las ventanillas, mostrando sus armas y placas, pero no tenía sentido. El jet avanzaba rápidamente por la pista a casi cien millas por hora. La policía no podía seguirnos, y perdí vista de ellos, bloqueados por el ala.

Me hice hacia atrás en mi asiento y cerré los ojos, aferrándome a los posabrazos. Hubo una sensación de emoción corriendo por mí, no una de miedo, sino de triunfo. Por primera vez, sabía, sin ninguna duda, que iba a tener mi final feliz.

—Esta es mi parte favorita —dijo Edward en mi oído, ubicando su mano sobre la mía y dándome un suave apretón. El jet se hizo hacia atrás, casi verticalmente, y se levantó del suelo. Hubo un quejido fuerte y golpe sordo de las ruedas siendo guardadas en el avión, haciendo que mi pulso se acelerara otra vez. No fue hasta que ganamos altura y nos nivelamos que mi cuerpo se relajó.

—¿Dónde está la maldita azafata? —pregunté, abriendo mis ojos y sentándome derecha en mi asiento—. Necesito un trago.

—Sí, me serviría uno también —dijo Edward, mirando alrededor y ayudándome a mirar.

Marcus se quitó el cinturón y se puso de pie. Sacó una botella de champagne o vino que estaba en hielo y sirvió una copa.

—Toma —dijo, dándonos una copa—. ¡Salud!

—¡Salud! —dijimos los dos, chocando nuestras copas con la de Marcus.

La llevé a mis labios y di un sorbo. Edward ni siquiera se molestó en probarla, dejando la copa en la mesa frente a él. Creo que estaba esperando por una cerveza, pero este era un jet privado con una puta araña de cristal sobre nuestras cabezas. En un lugar así, tomas caramente, tonto.

—Así que esta debe ser la famosa Isabella —dijo una voz profunda femenina con un fuerte acento hispánico, y me giré en mi asiento para ver a una sorprendente mujer con piel color oliva oscura y cabello negro de pie detrás de Marcus. Ella me estaba sonriendo, de forma genuina y amable. No había mal en esos ojos verde mar.

—Emm, sí… bueno, es Bella, de hecho —titubeé sin saber qué decir. Ella no era intimidante, sino más elegante y frágil. Era su repentina emergencia que me sorprendió.

—Bella, por hermosa —dijo, tomando el vaso de la mano de Marcus y sentándose en su regazo—. Mi nombre es Didyme.

—Oh, por supuesto —dije, recordando—. Un placer conocerte.

—Lo mismo digo —comentó ella, estudiándome por un momento—. Eres muy joven.

—Sí, eso me han dicho —respondí, dándole a Edward una mirada de soslayo y un guiño. Él rió, sacudiendo su cabeza.

—Tengo curiosidad, Bella —dijo Didyme—. ¿Caius fue tu primer golpe?

La copa de champagne estaba sobre mis labios y me detuve, lentamente tragando el líquido.

—Sí.

—¿Lo disfrutaste? —preguntó Marcus.

—Oh, em… —Lentamente dejé la copa frente a mí. Era incómodo. Todos me estaban mirando…Edward especialmente. Él tenía una ceja alzada y esa sonrisa torcida. Se encontraba más curioso que los demás en escuchar mi respuesta. Me tomó un momento ordenar mis pensamientos—. Bueno, pasó demasiado rápido. Realmente no tuve tiempo para pensar en ello.

Didyme asintió, pero Marcus no estaba satisfecho con mi respuesta.

—¿Tienes pesadillas?

Yo solo sueño con Edward y mis pesadillas lo incluyen. Nada más. Eso no era lo que Marcus preguntaba. Él quería saber si me arrepentía de matar a su hermano—el hombre que violó la adorable mujer en su regazo con hermosos ojos.

—No —dije, y mi voz era fuerte, segura—. No las tengo.

Marcus estaba satisfecho, tomando un trago de su vaso, lenta y deliberadamente.

—Creo que lo disfrutaste más de lo que piensas. —Tenía razón, pero no esperaba que se lo confirmara antes de cambiar de tema. No tenía problemas con eso—. Así que, Edward, ¿le has contado a tu Bella las nuevas noticias?

Edward se aclaró la garganta y removió en su asiento.

—En muchas palabras.

Me crucé de brazos y entrecerré los ojos.

—Dime, ¿cuáles son las buenas noticias?

Bajó su cabeza, hablándome en voz baja y apurada.

—Por favor, confía en mí.

—¿Qué? —Me alejé, confundida.

—¡Vamos a trabajar juntos! —dijo Marcus, juntando sus manos de un golpe, sorprendiéndome. Didyme sonrió, levantándose de su regazo y tomando asiento a su lado—. He querido que él y su familia vinieran a México y trabajaran conmigo hace un tiempo, pero él estaba muy pegado a América.

—Esa no era la única razón —dijo Edward, levantando su copa por primera vez y acercándola. Se lo tomó todo de un trago.

—Oh, lo sé, has tenido tus cosas en Arizona, y respeté eso. Solo estoy emocionado que estés dispuesto a intentar esta nueva aventura. Necesito un hombre como tú para ayudarme a expandir mi creciente negocio —comentó Marcus, y el entusiasmo que expresaba era contagioso… pero aún así exagerado.

Su unión era simple y me la explicaron, detalladamente, en el curso de una hora. Edward era el frente, su trabajo era cruzar las drogas de Marcus por la frontera y distribuirlas por todo Arizona y California. Él tenía conexiones en esos estados que Marcus quería y necesitaba. Él no podía obtener la cantidad de dinero que ansiaba a través del sucio cartel mexicano dando vueltas. Ellos eran descuidados y Marcus necesitaba precisión.

También había algo más que quería, un tipo de marihuana que Jasper había estado creciendo en México desde hace un año y medio. Fue mantenido en secreto por mucho tiempo y la familia de Edward sabía sobre ello, pero Marcus era un hombre ingenioso. No le tomó mucho saber sobre los invernaderos en Mazatlán.

Era una unión que sería beneficioso para todos los involucrados… o eso quería que creyera.

La conversación cesó después de un rato y estábamos todos mirando una película. Mi mente estaba inquieta y no podía concentrarme en la historia, o algo, realmente.

—Voy a mostrarle el avión a Bella —dijo Edward de la nada, poniéndose de pie—. Ella nunca ha estado en un Learjet.

—Oh, por supuesto —respondió Marcus, sin siquiera mirar hacia Edward, moviendo su mano—. Hazlo rápido. Aterrizamos en veinte minutos.

—Sí, no hay problema —dijo Edward, tomando mi mano y ayudándome a ponerme de pie—. No tardaremos.

Lo seguí por detrás y él me mostró los alrededores. Pasamos por un bar y apuntó a donde estaban los baños. Hizo un comentario sobre sumarse al club Mile High y entonces me empujó contra la pared más cercana. Me besó en los labios y me tentó con sus manos mientras encontraba su camino por debajo de mi camiseta. Me encontraba agitada, ansiosamente tirando de la hebilla de su cinturón y cerca de convertirme en un miembro, cuando la voz fuerte y risa molesta de Emmett resonó por la cabina. Arruinó el momento, casi al instante.

—Vamos —rió, enganchando sus dedos en el bolsillo de mis jeans y alejándome de la pared.

Nuestro tour era limitado. Llegamos a la cola del avión, unos cuantos asientos más, pero eso era todo. Giré para volver hacia el frente cuando Edward me tomó por la muñeca y me hizo hacia atrás.

—¿Qué haces?

—Bella, no te asustes —dijo, presionando su cuerpo contra el mío, agachando su cabeza, casi como si fuera a besarme. Murmuró en mi oído—: pero él planea matarnos.

—¿¡Qué!? ¿¡Quién?! —grité.

—Mierda —siseó Edward, cubriendo mi gran bocota. Se acercó mucho más. Habló mucho más bajo que un susurro—. Marcus, ¿de acuerdo? Escúchame, tengo un plan, pero necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacer eso? —Asentí—. Bien. Quiere quedarse con todas mis conexiones y la hierba de Jasper. Una vez que la tenga, no nos necesitará. —La mirada de Edward era intensa, furiosa, y fría. Los ojos verdes, claros y poderosos, se volvieron negros—. Lo voy a matar. —Me quedé sin respiración, sorprendida por su honestidad—. Pero no quiero que sepa que voy a por él. —Quitó su mano de mi boca—. Necesito tu ayuda.

—¿Qué quieres que haga?

—Te lo haré saber cuando llegue el momento.

—Seguro —bufé, poniendo los ojos en blanco. Era típico de Edward y su mierda de necesidad de saber—. ¿Y qué piensa la familia de todo esto?

—No les dije —respondió, ablandando su dura expresión—. Sólo somos tú y yo.

Por primera vez, había visto lo mortal que era y lo cerca que había estado de que me volara la cabeza la noche que nos conocimos. Pensé que la gente exageraba con respecto a él, pero tenían razón. Me pudo haber matado y probablemente lo hubiese hecho, pero no lo hizo. Cada minuto de cada hora de cada día desde ese entonces, él no ha hecho nada aparte de protegerme y cuidarme. Me ha dado más amor en nuestros tres meses juntos que lo que he tenido jamás en mis dieciocho años de vida.

Me hice hacia atrás y lo observé, conmocionada.

—¿Qué? —Parpadeó, confuso, y dio un paso hacia atrás.

—Sólo no puedo creer que estés conmigo. Eso es todo. Solo he sido una molestia desde que nos conocimos. No estuvieses escapando de la ley o metido en tanta mierda si no fuera por mí. Soy descuidada e inmadura y temperamental y loca y… —pausé. Él estaba sonriéndome y nada de lo que decía lo tomaba en serio—. ¿Por qué me miras así?

—Mira, déjame mostrarte algo —dijo, tomando mi mano y poniéndola al lado de la suya. Juntas, había dos juegos de nudillos sangrientos—. ¿Ves como hacen juego? —Era escalofriante como las heridas se parecían—. Esa es toda la prueba que necesito para saber que estamos jodidamente destinados.

Cerré mis ojos y asentí, aferrándome a su camiseta y acercándolo hacia mí.

—Te amo… tan jodidamente mucho.

—Y yo vivo y muero por ti —dijo, alzando la mano y tomando mi rostro en sus manos ásperas y toque caliente. Me besó, fuerte y profundo, solo para apartarse demasiado pronto. Jadeando contra mis labios, hizo su rostro a un lado y miró. No había nadie a la vista. Estábamos solos en nuestra burbuja de exclusividad. Volvió hacia mí, sonriendo torcidamente con un brillo asesino en sus ojos—. Ahora, ¿qué dices, Kid, vas a ayudarme a matar este hijo de puta o qué?

.

.

N/T: Ok, sólo un capítulo más… ¿están listos?

Mil gracias a las que siguen ahí leyendo y comentando. Son lo más. Esta historia es para ustedes.

Besos.

Pali.