Saludos a los nuevos lectores que se han incorporado desde el capítulo anterior.
A los demás, ¡cincuenta capítulos! Esta es oficialmente mi historia más larga… Señoras, señoritas, señores, gracias por acompañarme, especialmente a quienes están desde el principio (ah, aquellos días de tomates y cuchillos XD).
A todos, gracias por creer en este emparejamiento que ni es canon ni es usual…
CUANDO LA ÚLTIMA HOJA CAE
El anunciado otoño trae consigo el frío y el viento. Algunos árboles pierden las hojas y muestran el alma desnuda y triste, creando un manto de ocre melancolía, quebradiza y frágil. Pero otros árboles (y en Clarines son frecuentes) se resisten a la caída y cambian el color de su follaje. Es entonces cuando los altos ginkgos se tornan dorados, rojos los serbales, los zumaques cambian a rojos y naranjas, pero es el arce el que por sí solo ya es razón de maravilla: las avenidas se llenan de audaces colores, y en ordenadas filas, alternan amarillos, naranjas, rojos, rosados, y hasta algún árbol hay que luce ese tono impreciso y vivaz que en algunos lugares se llama fucsia, magenta o púrpura. En una explosión multicolor, el bosque entero grita la vida que se resiste a ser desposeída. Aunque el otoño siempre acabará derrotándolo…
E Izana da órdenes de abrir los jardines exteriores y el bosquecillo donde la guardia de palacio realiza sus maniobras (aquel en el que Shirayuki aceptó y correspondió los sentimientos de Zen por vez primera, hace ya toda una vida…), mientras dure ese espectáculo de la naturaleza. Y los paseos se llenan de su pueblo, de su gente, de familias, que desafiando al frío, dejan errar sus pasos con los ojos brillantes de emoción y en los labios una perpetua exclamación de asombro.
Clarines es hermoso…
Los días se hacen más cortos y las noches más largas, y a la luz de velas y candiles, Shirayuki siguió trabajando en el borrador de su proyecto educativo hasta que consideró que aguantaría la primera lectura de Izana. Bueno, y una segunda también… Se había ocupado además de sondear y proponer posibles vías de financiación para la construcción y puesta en marcha de un edificio anexo a las instalaciones del Hospital Real, dedicado a la docencia y a la administración del programa. Y otra cosa —y siendo quién era, no había forma de que ella hubiera pasado esto por alto—, proponía la posibilidad de financiar los estudios de aquellos alumnos dotados, pero sin medios para costearse unos estudios superiores de medicina. Así que se podría hacer algo parecido a cuando ella comenzó sus propios estudios: unos exámenes de ingreso, que sirvieran como filtro inicial para evaluar aptitudes y el grado de motivación de los futuros alumnos becados por la corona.
Shirayuki se presentó en el gabinete del rey cuando este la mandó llamar. La verdad, ella no esperaba que fuera tan pronto, teniendo en cuenta que se lo había entregado a su asistente esa misma mañana…
Tras ser anunciada, entró en la estancia e Izana, aún con la vista en un documento que Shirayuki reconoció como el suyo, le hizo un gesto a medias ausente para que tomara asiento. Ella entonces aguardó, las manos convertidas en pequeños puños sobre sus faldas, tratando de aparentar una calma que en absoluto sentía. Su opinión era importante para ella, pero no por ser el rey o por ser quien pudiera dar carpetazo y frustrar tantas horas de trabajo, sino porque era Izana… Ella sabía que él no se mordería la lengua en señalar cada defecto o error de juicio, y que tampoco le endulzaría el oído con palabras halagadoras… No, Izana sería objetivo y se tomaría esta propuesta con la seriedad debida.
Finalmente, termina con el archivo y lo deja suavemente sobre el escritorio. Exhala entonces algo parecido a un suspiro cansado y solo ahora alza la mirada hacia ella.
A estas alturas, Shirayuki se muerde expectante el labio inferior, porque no se atreve a descifrar su mirada…
—¿Y bien? —pregunta ella, y un filo nervioso traiciona su voz—. ¿Tan horrible es?
—¿Horrible? —repite él.
—Es que pareces decepcionado…
—Y lo estoy… —conviene él—. Pero conmigo mismo… —Izana exhala de nuevo otro de esos suspiros y reclina la espalda contra la butaca—. Y pensar que alguna vez consideré alegremente que no tendrías nada que aportar a este reino…
Y con estas palabras los ojos de Shirayuki se llenaron de estrellas, y una sonrisa se dibuja, diáfana y clara, sobre sus labios.
—Eso significa que no lo ves como un disparate…
—¿Disparate? —repite él, casi escandalizado—. En serio, Shirayuki, estoy bastante molesto con que esta idea no se me hubiera ocurrido a mí…
Y ella ríe, feliz, libre del peso de la incertidumbre, y aliviada por tener su aprobación. Él ladea la cabeza, mirándola, y sonríe.
—Será difícil poner esto en marcha, no lo dudes…
Ella asiente, con ese vigor lleno de entusiasmo.
—No me asusta el trabajo ni los desafíos.
—Lo sé —responde él y a su vez también asiente.
Y Shirayuki se atreve a pensar que Izana está orgulloso de ella.
Se acostumbraron a trabajar juntos una hora o dos después de la cena, cuando sus niños ya dormían o se habían retirado a sus habitaciones. Ni él lo pidió ni ella lo sugirió… Fue una especie de acuerdo tácito, jamás expresado ni verbalizado, pero ninguno de ellos le encontraba inconveniente alguno. Trabajaban normalmente en silencio, Shirayuki al otro lado del escritorio, frente a él, y de vez en cuando se pasaban informes, presupuestos, se consultaban datos…
El otoño avanzaba, y las resistentes y pertinaces hojas de los arces ya iban cayendo, vencidas por el ineludible otoño. Una mañana gris, en la que el sol apenas alcanzaba a colarse entre las nubes oscuras, hubo una pequeña revolución durante el desayuno de los Wistalia.
—¿¡Otra vez!? —exclamaron a la vez Armin y Toshiro.
Shirayuki se encogió un poco ante el volumen excesivamente alto con el que fueron pronunciadas esas dos palabras, al mismo tiempo que una mano pequeñita le daba repetidos golpecitos en el antebrazo para llamar su atención.
—Mamá, ¿te tenes que ir otrabez? —Shirayuki cubre con la suya la manita infantil en un gesto suave.
—Sí, Akari…
—¿Y ese Raji es tan importante? —preguntó el segundo príncipe.
—Ese Raji un amigo de la tía, Armin —le contestó Kain—. Y el futuro rey del reino vecino, hermano… Harías bien en no olvidarlo… —Por toda respuesta, Armin le enseñó la lengua y Kain volteó los ojos…
—¿Y nosotros no podemos ir? —preguntó el hijo mayor de Zen—. ¿Y ver también al abuelo?
—No, Toshiro —le contestó su madre—. Solo iremos tu tío y yo como representantes de la Casa Real de Clarines. Es un evento formal. Te aburrirías.
El niño se dejó caer contra la silla y parecía la viva imagen de la desilusión.
—Mamá, ¡pero es una boda! ¡Una boda! —exclamó Hanako—. Habrá bailes, cenas de gala… ¡Yo quiero ir!
—No, querida, solo asistiremos a la boda —le explicó Shirayuki—. No habrá tiempo para más, antes de que las primeras nieves obstaculicen los caminos y ya no se pueda viajar.
Por supuesto, después de aquello fue el caos… Todos empezaron a hablar a la vez. Y ni siquiera Kain, normalmente la voz de la razón, pudo contenerse de aportar su opinión ante las quejas de los demás. Unos, porque no iban y querían ir, y otros, porque se les iban y no querían que se fueran…
Shirayuki miró a Izana, que al otro lado de la mesa, observaba la escena bastante divertido.
Esa misma noche, en el gabinete del rey, se ha encendido la chimenea y han prendido las lámparas de aceite. Antes de retirarse, una de las doncellas ha dejado un servicio de té junto al fuego del hogar. Hay allí una mesita baja y dos butacas, que invitan a la contemplación del fuego y a la reflexión. Y a la conversación, si es que acaso fueran dos…
Shirayuki deja su pluma junto al tintero y se levanta, rodeando la mesa, hasta llegar a su lado. Izana no parece darse cuenta de ello hasta que su mano toca su frente… Él da un respingo hacia atrás, tomado por sorpresa, pero Shirayuki insiste y su mano le sigue.
—Tienes fiebre —concluye ella—. Lo sabía...
—Es tu mano la que está fría —protesta él, poniéndose en pie y alejándose.
—Y tú estás ardiendo… —replica ella.
—Shirayuki, de veras que a veces me lo pones demasiado fácil —le dice Izana, queriendo dar a sus palabras una doble intención deliberada.
—¿Eh? —preguntó.
Pero cuando ella fue a insistirle, las facciones de Izana se deforman en un innegable gesto de dolor, y doblándose sobre sí mismo, palidece y su frente se perla de gotitas de sudor. Shirayuki sintió la garra del miedo atenazarle el pecho. Ella corrió a su lado y le pasó el brazo por encima de sus hombros para sostenerlo. Izana, tan solo se dejó hacer.
—¿Cuánto llevas así?
—No sé a qué te refieres.
Ella entorna los ojos, exasperada.
—Izana, por favor, respóndeme.
Shirayuki alza la mano libre y lo toma del mentón para buscar sus ojos. Pero su hermoso azul, como el mar en un día de tormenta, luce apagado, opaco… Como si sus ojos estuvieran desenfocados, como si miraran más allá de ella… Como si no la vieran…
—De veras quiero viajar contigo… —le dice él, entre respiraciones erráticas, desacompasadas. Ella, a pesar de estar a su lado, tiene que aguzar el oído, porque casi no le entiende. La voz se le va, se le apaga—. Quiero ver la tierra en que creciste…
Y entonces el rey de Clarines cierra los ojos y se desploma. Su peso inerte toma por sorpresa a Shirayuki y la desequilibra, y poco puede hacer ella por sostenerlo mientras el miedo le congela las entrañas.
—¡GUARDIAS! —grita con todas sus fuerzas.
Afuera, la última hoja que se resiste al otoño cae.
