Amo y atesoro cada uno de vuestros comentarios! Millones de gracias.
Estoy segura de que este capítulo os va a encantar; no sé por qué a mí me encanta leerlo.
¡Sed bienvenidos!
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La música en el alma
Capítulo 55: Una necesidad
Una semana después,
Miércoles, 31 de mayo de 1871
No requería tanto tiempo. Unos días habrían estado bien; una semana entera era exagerar. Al principio creí que yo misma necesitaría recapacitar sobre lo ocurrido, pero era tal mi confusión y la frustración de tener que ocultárselo a todo el mundo, que enseguida deseé verle.
No sabía por qué no le temía, cómo no me asustaba al pensar en todo lo que pasó en su hogar, todo lo que me dijo, la violencia con la que me devolvió a mi mundo —uno muy diferente al suyo—. Y es que una parte de mí entendía el remordimiento que me causaba. Al fin y al cabo se trataba de mi culpa, y yo no era el tipo de mujer que huye de sus acciones. Pero él sí, y desesperaba por no poder hablarle.
¿Qué le diría cuando escuchase de nuevo su voz? Había recreado cientos de discursos que soltarle, dirigiéndose todos por el mismo camino. Mas, estaba segura de que nada de lo pensado hasta ahora valdría, que lo más fiable sería escupir lo primero que me viniese a la mente en ese preciso instante.
Muchas veces las mejores palabras salen volando desde lo profundo de nuestros corazones, y es algo que debemos aprovechar.
Pero al llegar la noche del martes y, a pesar de lo mucho que le llamé, no aparecer, me hizo dudar sobre si volvería a juntarme con él. Hacía mucho que las amenazas con las que me bañó al principio cesaron entre nosotros; pero me atemorizaba la idea de que una de ellas, la que siempre más odié, fuese a cumplirla: no volver a darme clases.
No tenía demasiado tiempo cantando como Marguerite en Fausto, y a pesar de adorar el increíble papel, al regresar al mundo real solo me acompañaban fuertes dolores de cabeza y preocupaciones sin justificaciones que poder discutir con alguien.
O sí…
No obstante, la tarde de hoy tuvo algo muy malo: Carlotta había regresado. Lo hizo llorando a los gerentes, acusándome de envenenarla y de querer robarla el trono. Yo me resigné junto a monsieur Reyer y Onetto, quienes defendieron mis actuaciones con valía. Incluso los gerentes les llevaron la razón, negándosela a la gran diva.
Piangi intentó relajar a su compañera —y amada, según se estiraban los rumores— la cual pareció entender, hablándolo todo en italiano. El tenor y yo habíamos trabajado a gusto; incluso descubrí que era un hombre risueño e interesado en sociabilizar con aquel que no le juzgaba por su mala forma de hablar francés.
Al conseguir lo que se proponía con la mujer, dándose la vuelta me guiñó un ojo, y a pesar de estar algo descorazonada por todo lo que me rodeaba, le correspondí con una sonrisa.
—Bueno, bueno, La Carlotta ha vuelto —exclamó esta para que todos la escuchasen, meneando un abanico con flores pintadas.
Y yo quedé como su suplente. Al menos era algo. Reyer me animó diciendo que conseguiría, gracias a la ayuda de muchos, dejarme disfrutar en algunas actuaciones de papeles mandantes, pero no fui más capaz más que de asentir, sin una alegría real.
Todo por culpa del dichoso hombre que se creía espectro y el cual había desaparecido sin decir nada. Maldito fuese.
Me dieron varios días para volver a revisar las partituras que ahora cantaría, y todos mis compañeros se alegraron de tenerme con ellos de nuevo en el coro. Y en verdad yo también, el buen ambiente que nos rodeaba era algo que eché mucho en falta.
No obstante, todo el malestar que pude sentir dicha tarde fue contrarrestado por algo muy bueno, y que terminé por deducir yo sola: Antoinette conocía al Fantasma, a Erik. Obtuve esta conclusión por dos únicas razones, y deseaba fervientemente no equivocarme. Primera, cuando llegué Meg me dijo que su madre se llevaba bien con el Fantasma; al principio creí que se trataba de una simple broma para novatos, pero como bien sabría después estaba equivocada. Y segunda, esta salió a hablar con él cuando ocurrió el incidente con Buquet, no quedando demasiado asustada por su inquietante presencia.
Aquello último no me daba muchas esperanzas dado el carácter fuerte de la maestra de ballet, pero no dudaría. No me lo permitiría. ¿Qué podía perder? Como mucho me regañaría, o me consideraría una demente, pero mientras yo supiese la verdad, todo lo demás daba igual.
Con el caos del regreso de la Prima Donna la actuación fue retirada al día siguiente, empezando los ensayos de la diva, ofreciéndonos la tarde libre. Aproveché aquello para caminar hasta la casa de las Giry, y si tenía suerte Antoinette estaría dentro, encontrándose Meg fuera. Cruzaba los dedos porque fuese así.
Pero, como se suele decir: cuanto más deprisa, más despacio. Y lo que ahora me retenía era una Hélène sarcástica que solo deseaba burlarse de una persona que no se encontraba de muy buen humor. Me chirriaron los dientes cuando me cortó el paso, pero mostré mi mejor cara. Si era lista pronto acabaría con ella; no me quedaba demasiado para llegar al pasillo que daba al comedor.
—Menuda mala suerte, ¿verdad? El que te hayan echado, quiero decir —se burló.
—Vuelvo a estar en el coro, y ahora soy la suplente de Giudicelli. Creo que te has equivocado —la ataqué yo, rodeándola por el lado izquierdo, sin mirarla a ella o a sus amiguitas.
—Debes saber que Carlotta no enferma nunca —volvió a pincharme.
Resoplé con diversión, sin parar de caminar.
—Estoy segura de ello, Le Burn. —Meneé la cabeza con diversión mientras cruzaba las grandes escaleras, aumentando el ritmo de la carrera.
Muchas personas caminaban con prisas también, haciendo que todos los cuerpos fuesen impedimentos.
—Por favor… —dije en un susurro al ver a Raoul acercase directo hacia mí. La poca cortesía que hoy me acompañaba se disipaba a cada segundo que pasaba lejos de mis intenciones.
—Christine —trinó él contento, agarrándome las manos en cuanto estaba delante de mi cuerpo—. Te estuve buscando.
—¿De verdad? —le cuestioné sin una pizca de curiosidad real.
—Me enteré de lo sucedido con la soprano. —Me apretó más fuerte, y empezaba a cansarme de que muchos se compadeciesen. Me sentía responsable por el malestar que adquirió Carlotta gracia a aquel hombre al que debía buscar—. Estoy seguro de que te darán algún papel más importante que el de simple corista.
Un vaso se iba llenando con cada comentario absurdo que escuchaba.
—Raoul, pertenecer al coro es algo muy importante para mí —hablé con seriedad, arrugando la cara por el enfado—, y espero que lo respetes.
Se dio por aludido.
—Por supuesto que sí, pequeña Lotte. Pero tu voz debe de ser más importante para el espectáculo.
—Y quizá en algún momento lo vuelva a ser. —Solté nuestro agarre—. Tengo cosas que hacer, ¿deseabas decirme algo en especial? —Me guardé el aliento, esperando la petición que me iba a soltar, la misma de cada dos días.
—Salgamos a cenar esta noche. —Reprimí un suspiro enorme—. Podríamos convertirlo en una costumbre.
Había aceptado tres de sus propuestas a lo largo de la semana pasada; pero ni se me ocurriría acostumbrarme. Comenzaba a notar con nerviosismo lo mucho que me agasajaba, y me ponía la piel de gallina creer que el caballero confundía mis intenciones con otras mucho más dirigidas al corazón. Lo último que deseaba era un cortejo por parte de Raoul. Era cierto que me había poyado en él cuando el Fantasma no estaba, disfrutando feliz de su compañía; pero nada más allá de eso.
—Raoul, debo trabajar, ya lo sabes. Dispongo del tiempo justo.
Tendría que decirle que no —con una simple negativa bastaría—, pero no era tan cruel, y ver en sus ojos la tristeza que le causaban las escusa ya era suficiente. Mi educación no me permitía ir mucho más lejos que aquello.
—Por favor… —volvió a intentarlo, alienando nuestros rostros, quedando muy cerca el uno del otro. ¿A caso no se daba cuenta de cómo la gente nos miraba?—. Siempre tienes esta misma expresión inocente en la cara, pero en muchas ocasiones se mezcla con una amargura que no puedo comprender. ¿Hay algo que te moleste? —Alargó un dedo y rozó con cuidado un rizo suelto en la zona de mi sien, acariciándome la piel—. Tu cabello no ha cambiado nada con los años, ¿lo sabías? Recuerdo cada uno de tus mechones más rebeldes. — Rio con suavidad.
Encontrando la oportunidad adecuada, me aparté de él al ver acercarse a un conocido, saludándole al pasar a nuestro lado. Fue un acto cobarde.
—No hay nada, Raoul. Quizá sean los nervios los que me hacen parecer incómoda. —Me mordí los labios—. Desde que llegué aquí nada ha sido fácil, y sigo luchando contra muchas cosas.
—No me dejes entonces fuera de esa guerra —dijo en un susurro, como si fuese un secreto de lo más confidencial.
El vizconde podría parecer un niño cuando quisiese, pero en otras ocasiones era innegable que se trataba de un hombre, con la mente similar a los de los demás. No me gustaba aquella doble personalidad, creándome sensaciones incómodas cuando la usaba. No todo podía ser puro e ingenuo, ¿verdad? Sería demasiado pedir, y yo ya había pedido suficiente.
—Cuando es interna es mejor que la persona luche sola —alegué—. Y ahora, si me disculpas, debo hablar con Madame Giry. —Y aquello no era una mentira.
Otro puchero en sus labios.
—Muy bien entonces, pero debes saber que no me daré por vencido. —Volvió a sonreírme, alegre—. Te veré mañana. Estoy seguro de que todo te irá bien. Solo tú mereces que el río vaya por su corriente. —Me dio un beso rápido en la mejilla, como ya acostumbraba a hacer.
Algo de su felicidad se me había pegado.
—Gracia, Raoul. Ya nos veremos.
Y con un apretón en el brazo continué hacia mi destino.
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—No puedo hacer eso.
—Antoinette, por favor.
—No, no, no. Suficiente tengo ya como para además meterme en los problemas de ese hombre absurdo. Lo único que conseguiría sería enfadarle.
Al entrar al salón y servirme una taza de té, escupí lo que tenía que pedirle, sin importarme lo que pudiese pensar en que caso de que no conociese a… Erik.
Sin embargo, no se sorprendió al saber que al fin el hombre hubiese decidido mostrarse ante mí, alegando que le parecía absurdo generar antes tal expectación sobre una pobre joven; pero respetó más o menos cada uno de sus actos. Aunque en verdad solo sabía la punta del alfiler.
La dichosa señora estaba al tanto de sus acciones en la ópera, pero se negaba a ayudar o a intervenir. Sabía que el Fantasma no era alguien fácil, mas prefería tenerlo de su lado. Por ello, al pedirla que me llevase a su casa, sin ni si quiera preguntarla si sabía dónde se encontraba, se había negado con una exclamación enfadada, cruzándose de brazos.
—Por favor, no le diré que fuiste tú. Sé cómo llegar hasta la planta más baja, pero podría perderme en los corredores. Cuando le encuentre diré que he tenido suerte.
A la maestra se le contralló el rostro, sentándose de nuevo en el sofá a mi lado, agarrándome de las manos.
—Por amor de Dios, Christine, jamás intentes llegar allí tú sola. —Se veía aterrada—. Erik tiene trampas, y lo que menos querríamos es que te hicieses daño.
Aquella era mi oportunidad.
—Ayúdame entonces a encontrarle. —La sujeté más fuerte, pero volvió a levantarse, dando algo parecido a un alarido—. Fue mi culpa el que esté tan enojado, y debo solucionarlo.
Antoinette me miró con escepticismo, frunciendo los labios.
—¿Qué hiciste, Christine?
Se me encogió el cuerpo, atemorizada de que enfadase a causas de mis actos repentinos. No sabía la relación que tenían ellos dos; nunca antes les había visto juntos, pero tampoco suponía que le odiase, sobre todo por la preocupación que mostraron sus ojos al cuestionarme.
—Antoinette, ¿cómo os conocisteis? —prefería allanar el terreno antes que lanzarme contra un suelo escarpado. Tampoco me disgustaría en el caso de que decidiese airearme; ella no sabía muchas de las cosas las cuales compartimos el Fantasma y yo.
Tuve la impresión de que no me diría nada, manteniendo la vista en uno de los cuadros que tanto me habían gustado al llegar a su casa, en particular aquel que mostraba la ciudad de París desde los tejados de la ópera.
Con un suspiro volvió su atención a mí, regresando a su posición a mi lado.
—Le conocí años atrás, y conseguí darle cobijo cuando lo necesitaba. Huía de algo, pero eso son cosas que mejor no recordar. No al menos si él no quiere relatarlas. —Sus labios se convirtieron en una línea perfecta—. ¿Y bien? ¿Cómo te has metido en todo esto entonces?
Bajé los ojos a mis manos, las cuales agarraban las telas del vestido con violencia.
—Le quité la máscara… —A la mujer se le quedó el aire en los pulmones—. ¡Pero juro que no vi nada! —Proseguí con ansiedad—. Se volvió loco, histérico. No sabía que causaría tal reacción, no sabía que esa cosa le fuese tan importante…
—¿No has escuchado los rumores que corren por la ópera acaso, Christine?
—¡Por supuesto que sí! —Agité las manos, vigilando cada línea que se trazaba en esa zona de piel—. Pero, ¿por qué iba a creerlo? Son todo historias. Él mismo es una leyenda. ¿Cómo no serlo su cara? —Levanté el rostro, estudiando a Antoinette con verdadera preocupación—. Entonces, es cierto. —No era una pregunta—. Me siento terriblemente.
¿Cómo pude ser tan imprudente? Ni si quiera le había hecho saber la curiosidad que me impartía aquella prenda que usaba, y antes de poder defenderse se la había arrancado. Quizá fuese incluso físicamente doloroso para él…
Se creó un terrible silencio que lo llenó todo. Cada una en nuestros pensamientos, rumiando las posibilidades. Aquello me ponía los pelos de punta, y deseaba que acabase de una vez. Quería solucionarlo, y si Antoinette Giry no me ayudaba, terminaría por encontrar un camino, uno mucho más fácil y que no me dijese que no.
—Por favor, tienes que llevarme con él. Estoy preocupada. Hace una semana que no lo veo, y no creo que regrese. No al menos en mucho tiempo —terminé por volver a rogar con el paso de los minutos.
Pero la maestra continuaba con su aversión, a pesar de haberla visto casi ceder.
—No creo que sea lo más prudente. Erik es un hombre con la paciencia justa, lo mejor será dejarlo y que se tome su tiempo en regresar.
Al final me levanté enfadada, con los dedos cerrados y malos aires en el cuerpo. Me dirigí hacia la puerta con pasos rápidos; no podía tardar en realizar la siguiente tarea.
—Muy bien entonces. Nos veremos mañana. Gracias por todo.
Antes de poder abrirla, y de que me diese cuenta, Antoinette me tomó del brazo, arrastrándome al centro del salón otra vez.
—¿Qué demonios vas a hacer? No irás los corredores sola; y no es ninguna petición —me hizo saber con voz fuerte.
Lo que ella no se imaginaba era mi contestación.
—Por supuesto que no iré allí. —Me aparté de su agarre—. Conozco a alguien que no me dirá que no a lo que pido; estoy segura de ello.
—¿Meg? No tiene ni idea de donde está su hogar.
Por supuesto que la rubia sabía sobre el Fantasma… Y todo este tiempo estuvo mintiendo.
—No, ella no. Un gran amigo suyo. —Se me coló una sonrisa en los labios de repente—. Amir.
A la mujer era como si le hubiese caído un rayo encima, meneándose con frustración.
—¿Amir? ¡Amir! Ese hombre ataría un lazo a tu cintura y te dejaría en la puerta contento, como si se tratase de un regalo. Es igual que un perro con dos colas, siempre distraído y radiante.
—Si es esa su petición —continué con ironía—, que así sea.
—¡Ni harta de vino! —Se cruzó de brazos—. ¿Por qué debes ponerlo tan difícil? Créeme, Erik no recibe bien a la gente; dale varios días más, permítele recapacitar, por favor, querida. —Sus palabras se tornaron con lástima, pero mi idea era inquebrantable; yo era una persona terca.
—Me siento culpable y pienso solucionarlo. —Hice un gesto hacia la salida, tratándose de una última oportunidad—. ¿Vendrás?
Le estaría eternamente agradecida.
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Antoinette se sabía el recorrido tan bien como el Fantasma, y sentí más tranquilidad cuando caminé con ella a mi lado, a pesar de estar refunfuñando todo el paseo. Ella tenía prohibido llegar hasta la entrada a su hogar a no ser que se tratase de una verdadera emergencia, y eso refería a que la ópera estuviese ardiendo o los gerentes se hubiesen vuelto locos. Para otras ocasiones, aguardaba en uno de los oscuros pasillos, activando un mecanismo con una correa que hacía resonar varias campanas, retumbando por las paredes hasta desaparecer en un murmullo tranquilo.
Podría haber sentido curiosidad de aquel complejo mecanismo, pero lo único que podía padecer en la actualidad era nerviosismo; uno que me atacaba desde los pies hasta la cabeza, dándome una sensación de mareo terrible.
Supo que mi maestro estaba en casa por el repiqueteo de estos objetos, y con una despedida temblorosa me dejó allí con una lámpara de gas.
Al menos confiaba en la persona a la que estaba esperando, sobre que aparecería y que no me haría daño. Porque no lo haría, ¿verdad? Estaría enojado y furioso, y me era comprensible. Pero por eso mismo quería verle, para disculparme. Y por supuesto solucionarlo. Todo quedaría zanjado y regresaríamos a nuestra relación normal; solo que con varios añadidos más.
Escuchaba con cuidado cualquier indicio de que pudiese acercarse; pasos, respiraciones, el rozar de la ropa contra las rocas… No hubo nada. Y cuando pasaron al menos tres minutos, comenzaba a dudar si en verdad vendría. No podría regresar sola, y me acobardaba el saber que había trampas a lo largo del camino.
Me poyé contra la pared de piedra, pasándome las manos por los brazos, sintiendo el frescor de la cueva helarme la piel. El cambio de temperatura allí era increíble, y a pesar de regresar al verano en lo alto, en este lugar solo se vivía un frío permanente.
Estudié cada detalle existente sin pasión, intentando distraerme para no enloquecer. Se oía de fondo los ruidos del lago, o del riachuelo que lo alimentaba, contento de descender hasta los centros del edificio para dar vida a un mito increíble.
Quedé atontada por el chapoteo del agua, y cuando me quise dar cuenta una sombra se alzó a mi derecha, creándome un grito desde el fondo de la garganta al vislumbrarla. Fue estúpido asustarme, sobre todo al saber con quién estaba tratando. Allí se mostraba el hombre al que estaba buscando, mas, lo que me sorprendió fue la tristeza que exponía con tan poco. No emitía ningún sonido, y todo su cuerpo permanecía oculto en las sombras, siendo lo único detectable la máscara y sus ojos. Toda la ropa era negra, y temblé imaginándome que en realidad no estuviese ahí. Pero también por algo más: yo había hecho eso.
Él era alguien orgulloso, con andares confiados y palabras afiladas, sabiendo sobre todos los temas que se pudiese imaginar. Y ahora solo era un resquicio de aquello. Al menos lo que se podía percibir en la penumbra.
—Erik —me atreví a llamarle, bajando las manos desde la boca hasta el pecho, con el corazón acelerado—. Lamento esta reacción. Pensé que te oiría…
—¿Qué haces aquí?
Di un brinco, sorprendida por la aspereza en su voz. Estaba enfadado, o al menos eso quería hacerme creer. No obstante, como ya había hecho en otras ocasiones, no solo él sería el afectado. Yo también sabía jugar a ese juego.
—No apareciste a ninguna de nuestras lecciones. —Di un paso hacia su cuerpo, recogiendo del suelo la lámpara—. Teníamos que hablar.
Soltó una carcajada seca.
—¿Ahora quieres hablar? —Apenas pestañeaba y el color de su mirada me traspasaba como flechas ardientes—. ¿Quién te ha traído aquí?
—No creo que seas tan ignorante como para no saberlo —bufé, dando de nuevo una zancada.
Pronunció algo en otro idioma, una lengua que ahora, a pesar de no entender, reconocía con facilidad dada la fuerza usada al pronunciar.
—Yo la obligué —defendí a Antoinette—. Hubiese bajado sola en todo caso, y podría haberme perdido.
—O algo mucho peor.
—O algo mucho peor —repetí con sorna—. Y, en el caso de no haberme ayudado o no querer venir sin un acompañante, cuento con alguien más que sabe tu paradero. —No intenté que sonase como una amenaza, pero quería hacerle entender que podría llegar a él de varias formas.
Saliendo de su escondite en las sombras, se abalanzó contra mí, quedando los dos en paralelo muy muy cerca. Y su altura era impresionante, teniendo que inclinar el rostro para poder verle bien. Me sobresaltó su movimiento, pero continué sin inmutarme, con el ceño fruncido.
—Y quién podría ser ese entrometido —siseó, removiéndome los rizos.
—Monsieur Amir. —No mostró ningún cambio, quedando petrificado, sin apartarse de mi cuerpo.
—Por lo que veo todos van cuchicheando sobre mí —rugió en un tono bajo, tan bajo que no supe si en realidad le había escuchado.
Aún teniéndole delante, era como aquellos primero días los cuales solo sabríamos discutir, una y otra vez, sin tener ninguna clase de acuerdo. Erik sabía cómo acobardar a la gente, tanto con su presencia como sin ella, y era algo de lo que hacía un uso a su favor, por supuesto.
Bajé la mirada a sus ropas, observando con extrañeza que ninguna capa le colgase de los hombros. Me temblaban las manos, y deseaba que solo fuese por el frío que sentía, no también por la impotencia que me ataba al suelo. Tomando el aire por la nariz, decidí ir al grano; no merecía la pena gastar mucho más tiempo en alguien que puede no importarse por tu persona.
—Nadie dice nada sobre ti: eres el secreto mejor guardado entre aquellos en los que confías. En todo caso, sería mi culpa el haberme enterado, puesto que mi insistencia, como bien sabes, suele ser una molestia. —Con un traspié me separé de él—. He venido para disculparme, nada más. Mis acciones ya están hechas, y lamento desde el fondo del alma todo lo ocurrido. —Volví a levantar la vista, fijándome en lo que se suponía que era su rostro, y lo que aquella barrera blanca podría ocultar—. Hasta este punto debes acusarme a mí de todo, no a nadie más. Siempre hemos sido tú y yo, y esto va a continuar así invariablemente.
Olas de frío me acribillaban ahora, obligándome dar pequeños movimientos para intentar calentarme.
Erik no dijo nada, ni hizo nada, ni mostró nada. Y con eso mis buenas intenciones cayeron en picado contra el suelo. No me arrepentía de mi disculpa, pero deseaba, como si fuese eso posible, regresar a la calma que nos había ocupado meses atrás. Volvería a aquella noche donde todo se torció para golpearme en la cara por necia. Pero ya era demasiado tarde, y con la quietud que nos rodeaba cada vez se confirmaban más las dudas que coseché días atrás; no querría mis palabras.
—Debo regresar —le hice saber al notar lágrimas traicioneras cubrirme la visión. Me di la vuelta y estudié con recelo el largo corredor; más valía que me llevase de vuelta.
—Sígueme. —Con un ligero roce de lo que supuse serían sus dedos sobre mi espalda, me giré para verle caminar entre las tinieblas; justo en la dirección contraría por la que habíamos venido Antoinette y yo.
Sin molestarme en preguntar, y manteniéndome muchos pasos tras de él con la luz en la mano, accedí a su guía, teniendo que dar el doble de zancadas que daban sus largas piernas. Era particular estudiarlo desde ahí, pudiendo notar incluso una pequeña cojera que le afectaba a la cadera. Se mantenía arrogante, y sin decir ni una sola palabra. De vez en cuando tocaba cosas las cuales abrían puertas invisibles o pequeños agujeros en las paredes, dejándome atónita por la complejidad de los corredores.
Cuando la curiosidad venció al enfado, habiendo discutido de la peor manera dentro de mi cabeza, terminé por preguntarle a dónde nos dirigíamos. No pasó inadvertida una pequeña nota de ansiedad en mi voz.
Pero él no contestó, y el malestar creciente dentro de mi pecho decidió estallar de una vez por todas.
—¿Dónde demonios estamos yendo? —terminé vociferando contra las paredes con un sonido hueco—. Estos pasillos me ponen nerviosa, y el no saber dónde me encuentro no mejora nada. —Pateé el suelo con el pie. ¿Se le había dio la cabeza? Paramos en un corredor sin salida de nuevo—. Maldita sea.
El hombre volvió a hacer de las suyas, arrastrando la piedra, chirriando con pesadez.
Antes de introducirnos por ella me miró directamente, y me extrañó que no me diese la espalda.
—Te encuentras bajo la ópera, niña tonta. —Levantó un dedo, colocándolo delante de mi rostro—. Procura cuidar tu vocabulario; para tratarse del de una dama deja mucho que desear. —Intenté aplacarle, pero con otro gesto me hizo callar, quedando mi mirada fija en su extremidad—. Y vamos a mi casa.
Mi boca cayó abierta.
—¿Excuse-moi?
—Nunca has sufrido sordera. Estoy seguro de que has escuchado bien.
Volvió a dar zancadas hasta pararse donde —estaba segura de ello— se mantenía oculta la puerta de su hogar. Nos encontrábamos frente al lago, habiendo entrado en esta ocasión desde la izquierda a aquella caverna, dejando a la derecha, si se miraba directamente a la entrada, el embarcadero con el bote. El agua chocaba contra la superficie con una agitación violenta; muy a diferencia de la última vez donde solo nos ocupó tranquilidad mientras flotábamos entre las ondas.
El hombre entró antes de que pudiese decir nada más, y me alegré al ver un fuego en el interior de la chimenea cuando le seguí, sintiendo el calor del salón con felicidad.
No obstante, había algo que no me dejaba tranquila, y que me ponía la carne de gallina.
—Erik, ¿por qué me has traído aquí?
Este, quien estaba casi al lado del sofá, se llevó una mano a la barbilla, con aires pensativos. Con el paso de un minuto entero, contestó.
—Mmm… Voy a hacer té.
Y desapareció tras la puerta situada en la pared de la casa que no pudo alisar.
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¡De nuevo con nuestro Fantasma!
Espero que os esté gustando el discurrir de las cosas y que haya merecido pena la espera para verles juntos.
¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!
