La luz de Edoras
Capítulo 51: Eglaron
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Los tragaluces, inteligentemente perforados en las paredes de las Estancias del Rey Elfo, permitían a los rayos del sol llegar hasta el interior rocoso de la colina, en forma de haces de luz que iluminaban de forma parcial determinadas zonas de la Biblioteca Real y mantenían en penumbra otras.
Curiosamente, las zonas de trabajo se concentraban alrededor de tales fuentes de luz, y las estanterías que contenían innumerables libros y pergaminos, se hallaban en zonas más oscuras. Era bien sabido que la luz deterioraba el papel y los elfos aplicaban ese conocimiento para conservar sus libros.
Bajo la influencia de uno de aquellos haces de luz, sentada frente a un escritorio de madera oscura y acabado elegante, pergamino delante y pluma preparada en su mano vendada aún, se hallaba Érewyn. Con la mirada perdida a través de la lucerna que hacía las veces de ventana y que poco dejaba entrever del jardín secreto que albergaba el corazón del hogar de Thranduil, oía la voz grave de Rûdhon hablándole de la estirpe de Finwë .
—Lady Érewyn... ¡Lady Érewyn!
Ella reaccionó, al fin, mediante un respingo y un parpadeo rápido, al llamado de Rûdhon.
—Disculpadme, maestro... Me distraje —musitó, encogiéndose en su asiento y posando la mirada en las escasas anotaciones de su pergamino. La dureza del rostro de Rûdhon era difícil de enfrentar durante largo rato.
—Mi señora... —masculló el Consejero de Thranduil, con tono de cansancio—. Tan sólo dos semanas y media impartiéndoos conocimientos han bastado para reparar en que enseñaros algo útil es tan fácil como adiestrar a una piedra a cantar.
Ella frunció el ceño. El enrevesado y elegante insulto de Rûdhon la había dejado sin respuesta posible. Y sólo se había distraído una vez aquel día.
¿Qué podía hacer ella? Su maestro hablaba en un tono tan monótono que todo cuanto explicaba le resultaba casi imposible de diferenciar. Todos los nombres de reyes elfos sonaban igual de sus labios, y la mente de Érewyn era, a esas alturas, un batiburrillo de gestas, reinados y conspiraciones que no alcanzaban ni a una quincuagésima parte de la historia de los Sindar en Arda. Pero, obviamente, eso no podía decírselo.
Suspiró y se enderezó en su asiento, la pluma dando gráciles vueltas entre sus dedos nerviosos. Rûdhon le recordaba demasiado a su última institutriz.
—Retiráos por hoy —ordenó el estricto elfo—. No creo que logremos avanzar mucho en la media hora que resta si no os encontráis con buen ánimo para estudiar. Además esa mano vuestra aún no está en condiciones óptimas para escribir. Vuestra caligrafía es horrorosa.
—Pero...
—Mi señora —la silenció Rûdhon—. Retiráos.
Érewyn apretó los labios sin osar replicarle. Debía comportarse como una dama educada y respetar el criterio de Rûdhon, aunque eso significara aceptar el menosprecio a sus propias razones y a su estado de ánimo.
Se levantó de la butaca, procurando que las patas de ésta no hicieran ruido contra el suelo pulido de piedra. Enrolló con pulcritud sus pergaminos y llevó sus útiles de escritura hasta el armario correspondiente de la biblioteca. Por último, se echó a los hombros su cálido chal de lana gondoriano, realizó una reverencia de cortesía y, con sus nulas anotaciones bajo el brazo, Érewyn salió de la enorme biblioteca.
A continuación comenzó la clase de Arte. La princesa de Rohan tenía esperanzas de que fuera más agradable que la de Historia; siempre le resultaba más interesante el estudio de las pinturas existentes en el palacio del Rey Elfo que las gestas del pasado. Pero aquel día a Glaerphen, su maestro de esa materia, se le ocurrió hacerla leer en voz alta algunas estrofas de una antigua canción muy conocida y analizarlas. Y ahí Érewyn se vio perjudicada por su aún pobre nivel de Sindarin. Y la clase transcurrió entre los titubeos de ella y las correcciones, cada vez más desprovistas de paciencia, de su maestro.
Antes del almuerzo ya estaba agotada. Y tras tomarlo en la soledad de su habitación, servido por una camarera del palacio, apartó los platos vacíos y se quedó sentada en la silla, con la mirada perdida en la pared.
No tuvo mucho tiempo de fantasear ya que alguien llamó a la puerta de inmediato.
Érewyn resopló de forma lastimera. Parecía que aquel día todos se habían puesto de acuerdo para no permitirle siquiera un respiro.
—Adelante —murmuró, con la energía justa para que su voz atravesara el grueso de la puerta.
La alta figura de Rissien se coló en la alcoba de Érewyn. Tal como acostumbraba desde que se establecieron en las Estancias de Thranduil, vestía una camisa blanca de fino tejido y cordones en el pecho, que él siempre llevaba sueltos, pantalones negros y botas de igual color. Su cabello platinado, cortado a la altura de los hombros se balanceaba al acercarse a Érewyn con andares lentos y una sonrisa franca en los labios.
—Quel andune, hethres —ronroneó. Ella compuso una expresión de suplicio al oírle. Rissien alzó las cejas y continuó en su avance—. Lle tyava quel?
—Dime que no se te ha ocurrido un tema difícil de conversación para hoy.
—Edhellen, an ngell nîn —musitó el elfo.
Arqueó una ceja y sonrió ampliamente. Se detuvo junto a su prima y se inclinó sobre ella, apoyando las manos sobre la mesa. La corta distancia y su altura debieran ser amenazadoras o, al menos, imponentes para cualquiera. Pero Érewyn frunció el ceño y le apartó de un suave empujón para abandonar su asiento y salir al balcón.
—Mani marte sina re? —preguntó Rissien en un gruñido, y la siguió hasta la terraza.
Érewyn jugueteaba con las hojas de la planta de hiedra que ascendía desde el jardín hasta la pared de su balcón.
—Craoso a'bara min an isulle... Ehh... an isull edarion... Mmh... —Érewyn chasqueó la lengua y se detuvo en su intento de descargar su frustración en Sindarin. No podía, no sabía aún expresarse correctamente.
—Crao su a'bara min an isull edarion atale... Supongo que eso lo que querías decirme —Rissien se encogió de hombros y frotó los de su prima en un gesto alentador—. ¿Sabes? Yo sólo quería hablar de pájaros hoy...
Y entonces sí, la risa de Érewyn explotó sin más remedio y recostó la espalda en el pecho de Rissien. Tan sólo su primo era capaz de hacerla reír en un momento así. Y cuando eso sucedía le recordaba mucho a Éomer. Su hermano también creía que una buena broma era el refugio perfecto para esconderse de la frustración.
—Te pareces a tu padre cuando ríes —soltó Rissien, cuando la risa de Érewyn se detuvo y su expresión no reflejaba ya tanto disgusto.
—También cuando pienso, según me dijiste el otro día —le recordó ella.
—Sí. Él también entornaba los ojos como si le doliera la cabeza —explicó—. De hecho me recuerdas a él en más ocasiones de las que esperaba...
—¿De verdad? —susurró Érewyn. Su primo asintió, convencido y ella suspiró—. Rissien...
—¿Qué ocurre?
—Siento mucho no ser capaz de mejorar con mi Sindarin —murmuró ella, finalmente.
Él se separó de ella, se recostó en la balaustrada y sonrió de forma amable.
—No debes disculparte por eso. Llevas dos semanas esforzándote muchísimo. No has descansado ni un sólo día. Podemos saltarnos la lección esta tarde —admitió él—. Incluso los más aguerridos necesitan un respiro, de vez en cuando —su expresión se volvió pensativa, a continuación, y miró con intensidad a Érewyn—. Se me ocurre algo... ¿Por qué no salimos a pasear hoy? Si te parece buena idea podríamos ir a ver los caballos.
Ella asintió con energía. Eso sí que la había animado.
—Gracias... Hethren.
...
—Níl aon úlla dearga anseo, Fanor. Ach tá siad seo saibhir cé go bhfuil siad buí. An maith leat iad?
—¿La señora está conversando con su caballo? —preguntó en voz baja uno de los jóvenes elfos que cuidaba de los animales.
Gamelin le miró, extrañado.
—¿Aquí no lo hacéis?
El muchacho volteó y observó al rohir frunciendo el ceño con el mismo gesto de intriga que éste le dedicaba.
Fanor agitaba la cabeza y piafaba sin cesar, por más que Érewyn tratara de calmarlo con palabras dulces. La joven chasqueó la lengua, si continuaba haciendo eso se astillaría los cascos.
El Meara estaba alterado. Llevaba "confinado" allí desde hacía más de dos semanas y, aunque el lugar era idílico, Fanor era un caballo muy fuerte y necesitaba ejercitarse a menudo. En Edoras, cuando las tareas de Érewyn le impedían salir a cabalgar, solía abrirle la portezuela de la cuadra y permitirle marcharse a su aire para que corriera libre por la llanura, y siempre regresaba antes del anochecer.
Pero en Eryn Lasgalen no era posible hacer eso. El bosque era oscuro y albergaba peligros. Fanor debía permanecer junto a los demás caballos y, pese a que el picadero era lo suficientemente espacioso, un Meara necesitaba libertad. Las vallas y los encierros no les hacían ningún bien.
Se mordió el labio, pensativa, y escuchó otro resoplido de Fanor antes de tomar una decisión. Se dejó caer en el pasto y se despojó de las botas.
Gamelin la vio acercarse, descalza, y no le hizo falta preguntar qué diantres estaba haciendo. Ya la había visto hacerlo muchas veces, en Edoras. Y a Théodred también, antes que a ella.
—Voy a montar un rato. Fanor está muy nervioso —explicó, y comenzó a caminar enseguida en dirección a su caballo sin aguardar una respuesta del Jefe de su Guardia.
—Érewyn, el Rey Elfo te aconsejó que llevaras escolta cuando salieras a cabalgar.
Ella gruñó mientras ordenaba las crines de Fanor hacia el mismo lado.
—Prefiero limitarme a respetar sus prohibiciones explícitas. Si además sigo sus consejos acabará anulando la mísera capacidad de decisión que tengo aquí. Iré sola, Gamelin.
—Mmmph... —el rohir gruñó y apretó la quijada. La última frase de Érewyn había sido añadida en tono severo al ver en él la intención de replicar—. De acuerdo. Pero, ¿recuerdas bien hasta dónde puedes aventurarte tú sola? No vayas más allá, niña —le advirtió Gamelin, sujetando a Fanor suavemente mientras ella se colocaba en posición.
—Sí. Lo he oído tantas veces que creo que tengo el mapa grabado en mi cabeza: "al norte y al este las lindes"... Ayúdame a montar —dijo, con voz de mando. Gamelin le ofreció su propia rodilla como apoyo sobre el que darse impulso. Érewyn se sujetó a la cruz de Fanor, evitando usar su mano derecha, se impulsó sobre la pierna del rohir y, de un ágil salto, montó a horcajadas—. "Al oeste, el poblado y al sur el río encantado" —continuó recitando. Fanor se encabritó al sentir a su amazona sobre él y ella le calmó con un par de palmadas en el cuello—. No me alejaré tanto como para llegar a las lindes. Sólo quiero que estire las patas.
—No hagas estupideces —rezongó Gamelin.
—¿Por quién me tomas? —preguntó ella, ofendida.
—Por la Mata-huargos —respondió él, sin un ápice de delicadeza. Érewyn apretó los labios formando una fina línea y no respondió—. Estaré aquí cuando regreses —finalizó, antes de dar una fuerte palmada en la grupa de Fanor.
Y sin montura, ni bridas, Érewyn salió al trote hacia el estrecho sendero que conducía a la ciudad de los elfos.
Rissien y Remdess la veían alejarse al tiempo que Gamelin caminaba hacia ellos con las botas de Érewyn en las manos y cara de pocos amigos. Dejó el calzado en el pasto, cerca de la puerta del cercado, y resopló.
A esas alturas Remdess había aprendido a leer los ánimos de los hombres en sus expresiones faciales. Sus rostros eran como libros abiertos, a diferencia de los de los elfos... Excepto el de uno. La voz aterciopelada de Rissien transmitía benevolencia y dulzura, pero el modo en que entornaba los ojos al sonreír expresaba algo más que ella no sabía aún identificar y, en ocasiones, le daba escalofríos. Era como si esa forma de sonreír tan particular fuera la misma máscara de neutralidad del elfo.
Gamelin volvió a llamar su atención cuando refunfuñó algo ininteligible acerca de unos hermanos rohirrim sin cerebro. Le vio ajustarse la funda de la espada, con gesto preocupado. No aceptaba de buena gana algunas decisiones de su señora y la de cabalgar en soledad era una de ellas. Y en ese aspecto, Remm compartía su posición.
—Siempre lleva la daga —le recordó la elfa con voz suave, pretendiendo calmar los ánimos del rohir a pesar de sentir lo mismo.
Pero éste le arrojó una mirada heladora y, sin replicar, abandonó el cercado y puso rumbo a la zona que Thranduil había proporcionado a los rohirrim como cuartel.
Remdess pensó en detenerle y disculparse, pero al verla dar un paso en dirección al malhumorado Gamelin, Rissien, que se hallaba recostado de forma desgarbada en el cercado, la detuvo.
—Creedme: ahora mismo a su ánimo le vendrá mucho mejor destrozar un saco de arena a espadazos que oír vuestra dulce voz, mi señora —dijo, con voz aterciopelada y la vista clavada en la ancha espalda del rohirrim, lejos ya de su alcance.
—Sólo pretendía tranquilizarle un poco —explicó la elfa, componiendo su acostumbrada expresión digna y seria.
—Jamás lo puse en duda —respondió Rissien.
Sus ojos de aquel tono gris plateado recibían directamente los rayos del sol de la tarde y lucían aún más claros que de costumbre. Remdess vio erguirse y cruzarse de brazos, un gesto común en Rissien cuando estaba pensativo que hacía destacar su altura. El elfo de Lórien era tan alto como Legolas o Eglaron, y ellos eran los elfos de más talla de Eryn Lasgalen, después de Thranduil.
Ella frunció el ceño y no dijo nada más. No sabía ni siquiera cómo mantener una conversación con él cuando entraba en aquella especie de trance.
Unos graznidos llamaron entonces la atención de ambos y dirigieron las miradas al cielo. Por encima de los árboles, una bandada de cisnes sobrevolaba la pradera.
—Mmmh... Es muy curioso que se muevan tanto. No es la primera vez que los veo —musitó Rissien..
—Son los cisnes de Lady Anariel. Ella les permite volar más allá de los jardines del palacio y siempre regresan, están muy bien adiestrados.
—Ya veo... —murmuró él. Dirigió de nuevo la mirada a Remdess y sonrió—. Siempre me han gustado los cisnes... Me encantaría hacerle una visita a Lady Anariel.
El cuerpo de Remdess se tensó como la cuerda de un arco. No supo bien porqué pero sintió aquella corta frase como una puñalada directa a sus riñones.
—...Como gustéis —dijo, simplemente. Y con el rostro sombrío le dio la espalda—. Acompañadme, entonces.
...
Había varios senderos que seguían rutas diferentes desde la Caverna hasta la ciudad, y serpenteaban, sinuosos, a través de la espesa vegetación. La vida parecía explotar por todas partes, el tono de verde era intenso y brillante por doquier, y el paisaje era muy parecido al que recordaba haber visto cerca de "Beag", en Ithilien, y eso la reconfortó.
Mientras el paso tranquilo de Fanor atravesaba aquel paraje, por primera vez en todo el día Érewyn sintió como si un peso tremendo abandonara sus hombros. Cabalgar siempre había sido una terapia contra las preocupaciones y, aquel día, después del pequeño desencuentro con el maestro Rûdhon, los nervios de la rohir necesitaban templanza.
El sendero se ensanchó y se despejaron las lindes. Érewyn había llegado a una zona más transitada de aquella ruta, y comenzó a cruzarse con pequeñas patrullas de guardias de Thranduil que vigilaban los alrededores de las Estancias, además de con otros elfos que iban y venían, enfrascados en sus quehaceres.
Acostumbrada al estilo de transitar los caminos de los rohirrim, ella saludaba con un amable "buenas tardes", o un "quel andune", al cruzarse con ellos, con una amplia sonrisa en los labios. Pero a diferencia de la gente de su tierra, que respondía a los saludos del mismo modo cálido, los elfos se limitaban a asentir con la cabeza, fríamente. Y jamás le devolvían la sonrisa.
Ella volteaba a mirarles una vez se cruzaban sus caminos, y les veía ignorarla como si se tratara de un fantasma.
A pesar de ello Érewyn continuó saludando, pero con una sonrisa menos amplia con cada mirada fría que recibía a cambio de su calidez.
Al cabo de un rato sus saludos pasaron a ser tímidos y algo forzados y se enroscó aún más en su chal. No sabía si era efecto de la frialdad de los elfos o bien si por aquella zona la temperatura era normalmente más fría, pero se estaba quedando helada.
Algo llamó su atención en las alturas: un destello plateado que provenía de lo que parecía ser la preciosa manivela de una puerta camuflada en las copas de aquellos enormes árboles.
—Flets... —susurró Érewyn.
Tanto le había hablado Thranduil del "pueblo" de Eryn Lasgalen y de la "ciudad" más allá de la colina bajo la que se ocultaba la Caverna, que Érewyn había imaginado algo físicamente parecido a Edoras o Fuerte Viejo. Pero los elfos vivían en los árboles y construían sus hogares sobre "flets", igual que en Caras Galadhon.
Aquí y allá podía vislumbrar aquel tipo de casas, magistralmente ocultas entre el denso follaje. Cada hogar independiente ocupaba la copa de un gran árbol. Eran enormes moradas.
Sobrepasó la zona poblada y detuvo a Fanor al llegar al camino que delimitaba la ciudad de las alturas.
Miró la espesura, pensativa. Sabía que más allá de las lindes de aquella senda no había más que un solitario bosque y las patrullas de los elfos de Oladan, el Capitán de la Guardia del Norte.
Cabalgar sin escolta era un privilegio que el Rey le había otorgado, pero estaba segura de que a Thranduil no le agradaría enterarse de que Érewyn se había aventurado más allá del margen de aquel camino, en el espeso bosque del norte de la ciudad. Esa zona no podía pisarla.
Sin embargo, la senda sí podía tomarla, y estaba limpia de hojarasca y hierba alta, por lo que dedujo que debía ser un paso muy transitado. De modo que decidió recorrerla un rato, hacia el Este, y tomar el primer sendero al sur que encontrara para rodear el poblado. Si no hallaba ninguno, regresaría sobre sus pasos y volvería por el mismo camino. Aunque el pensamiento de volver a interactuar de aquel modo tan frío con las gentes de Eryn Lasgalen no le resultaba para nada atractivo.
Fanor relinchó y agitó las crines. El eco del bosque le trajo el sonido de otro relincho desde la lejanía, la respuesta al llamado de Fanor. El Meara resopló y sus orejas se empinaron hacia delante. Ella sonrió.
Incluso los caballos eran más sociables entre ellos que los elfos del bosque con los extraños.
Deshizo el recogido con el que Remm la había peinado aquel día y los rizos regresaron a su lugar instantáneamente, formando anchas ondas que abrigaban su cuello y hombros. Sujetó su chal al notar las ráfagas de aire frío que azotaban su rostro y que arrancaban hojas amarillentas de las altas ramas de los árboles. El otoño había comenzado a manifestarse hacía apenas una semana.
La rohir relajó la cadera y balanceó los pies a los costados de su caballo, pensativa. Y viendo el perfecto estado del suelo, libre de agujeros o raíces ocultas, decidió dejarle correr. Hizo un gesto seco con los talones, llevó el peso hacia delante y Fanor arrancó a galope corto.
El sonido de sus fuertes cascos, los músculos de su cuello contraídos en un arco perfecto y el movimiento parecido al oscilar de una cuna, le provocó la misma sensación de siempre: paz, al fin. Fanor era el único que podía vaciar del todo su mente de preocupaciones e intrigas de corte.
Todo cuanto un rohirrim necesitaba para ser mínimamente feliz era un caballo. Podían quitarle todo lo demás, pero si le despojaban de eso se marchitaría como una flor en invierno. Por suerte el Rey había sido clemente al permitirle conservar el placer de cabalgar.
De repente, en una de las vueltas del camino, detuvo el galope de Fanor, y éste agitó la cabeza al regresar al trote, para nada de acuerdo con la decisión de Érewyn de bajar el ritmo.
Pero ella ignoró el enfado del Meara. Se acababa de incorporar al camino, procedente de la espesura, un numeroso grupo de soldados elfos que cabalgaban en su dirección. Ella le hizo aminorar la marcha aún más y Fanor resopló al continuar a un paso tranquilo con el que avanzaron directamente hacia la hueste de elfos de espadas y armaduras relucientes. Montaban sin montura ni bridas, igual que ella.
Y cuando el espacio entre la muchacha y los elfos no fue mayor a cincuenta metros, distinguió perfectamente una cara que le resultaba familiar. Incluso pensó que se trataba de Legolas, pero descartó pronto la idea; él no podía volver a las Estancias aún.
Se detuvo justo en mitad del camino, aguardando a que llegaran a ella.
Y el elfo que parecía comandar la hueste, el mismo que había llamado la atención de Érewyn, alzó las cejas al fijarse con más detalle en ella. El cabello rubio formando bucles salvajes, las mejillas sonrosadas, los ojos verdes, almendrados, descalza y montando sin arreos un imponente caballo gris.
Imposible no deducir de quién se trataba.
—¡Mi señora! ¿Estáis paseando en solitario? —preguntó.
Incluso el matiz de su voz era parecido al de Legolas. Pero las diferencias entre ambos resaltaban con la cercanía: el tono de su cabello era más oscuro y sus ojos poseían vetas de un color parecido al del hielo perpetuo, como los de Thranduil.
—¡Sí! —respondió ella, sonriente—. Mi caballo no está acostumbrado a permanecer encerrado en el mismo sitio por mucho tiempo.
El elfo recostó sus manos en la cruz del caballo y amplió su sonrisa.
—Vestís a la usanza masculina —remarcó—. Nunca oí de ninguna doncella que se complaciera al vestir así. Sin embargo no me sorprende porque conozco lo suficiente acerca de vos. Sois Lady Érewyn, ¿cierto?
—Y vos sois el Príncipe Eglaron —replicó ella—. Pero, ¿cómo me habéis reconocido?
—Mi hermano simplemente no puede parar de hablar de vos. Sois tal y como él os describe, mi señora —dijo, y guiñó un ojo.
Ella se sonrojó tímidamente ante tan inesperados confesión y gesto. Pero saber que Legolas le hablaba de ella a su hermano la llenó de felicidad.
—Supe de vuestra llegada por un mensaje que mi padre me hizo llegar —continuó Eglaron—, y también me enteré de que vuestro viaje estuvo lejos de ser placentero y tranquilo... —murmuró, y sus ojos se posaron sobre el fino vendaje que la muchacha llevaba en su mano derecha. Ella frotó suavemente su extremidad aún convaleciente y, al notar su incomodidad, Eglaron dio un giro inesperado a la conversación—. ¿Os gusta lo que habéis visitado hasta ahora?
Ella se sorprendió por el interés repentino, aunque sincero, de Eglaron.
—Bueno, no puedo decir que haya visto gran cosa. He intentado preguntar a la gente de aquí acerca de lugares que merezca la pena visitar pero creo que no entienden la Lengua Común —explicó, encogiéndose de hombros.
—Ya... —musitó el elfo y frunció el ceño antes de continuar—. Aquí todos hablamos la Lengua Común, mi señora.
—Oh... Entonces...
Y no dijo nada más.
No era estúpida, lo que sucedía era una posibilidad que ya había considerado, pero su fé (a veces ciega) en la gente se había empeñado en descartarla. Ella era una extranjera, una cara extraña en aquellas tierras. Una humana.
—En este pueblo somos desconfiados por naturaleza, Lady Érewyn. No se lo tengáis muy en cuenta —Eglaron parecía haberle leído la mente—. La mayoría se comporta así con todos los extraños al principio... —Érewyn sonrió ante la amabilidad del Príncipe—. Decidme, ¿habéis visitado el Lago Espejo?
—¿El Lago Espejo? No. ¿Eso sale en los mapas?
Eglaron rió.
—No, joven señora. Ningún mapa contempla las ubicaciones importantes de nuestro pueblo.
—Es verdad —musitó ella, reparando demasiado tarde en su error. El bochorno le provocó un leve sonrojo—. Lo siento...
—¡No os disculpéis por ello! Pero, decidme, ¿queréis verlo?
—¿Eh?
—El Lago Espejo —aclaró él. Ella asintió tímidamente, y él amplió aún más su sonrisa antes de voltear en su montura y dirigirse a su segundo al mando— Lle auta yeste'. Vamos —añadió en la Lengua Común, regresando la vista al frente.
Y, en compañía del heredero de Thranduil, Érewyn se internó en la espesura del bosque.
...
El viento traía el graznido acompasado de las hermosas criaturas mientras Rissien miraba el lugar sobre los árboles por el que habían desaparecido minutos antes. Estaba sentado cómodamente en un diván y con una taza de delicioso té en las manos. Como era de esperar de una delicada dama de la Corte de Thranduil, Anariel le había recibido con todo lujo de comodidades y cortesías. Su educación y saber estar eran excepcionales.
Por el rabillo del ojo la vio tomar asiento junto a él a una decorosa distancia, y por la silueta que entreveía, sin pretender fijarse, sabía que Anariel se hallaba colocada de forma que mostraba levemente sus atributos femeninos, como si no se diera cuenta.
Rissien le dirigió una repentina mirada de soslayo y una sonrisa pícara en respuesta a la insinuación de ella. Y Anariel respondió con una tímida caída de ojos y una risita nerviosa.
Cada uno de los movimientos de esa elfa parecía formar parte de una coreografía fríamente ensayada con anterioridad. Anariel conocía bien sus atributos y cómo sacarles partido, y sabía exactamente qué tipo de reacción correspondía a cada gesto de él.
Rissien no había visto persona más calculadora en el campo de la seducción que Lady Anariel.
El elfo tomó un sorbo de la caliente bebida y regresó su atención al cielo cuando escuchó acercarse los graznidos.
—En Lórien no tenemos cisnes domesticados. Son salvajes y muy diferentes a los que poseéis vos —explicó él, con voz suave.
—No son mis posesiones, son mis pequeños —aclaró ella, y se inclinó un poco más hacia Rissien. La sonrisa de él se amplió.
—¡Explicadnos más cosas acerca de Lórien, mi señor! —pidió una de las damas más jóvenes que acompañaban a Lady Anariel.
—Sí, por favor. Habladnos de la Dama Galadriel —rogó otra de ellas, de aspecto más joven e inocente.
Él rió al verse rodeado de repente por el interés de cuatro preciosas elfas. Rissien no estaba acostumbrado a recibir tales atenciones.
—Respecto a mi Señora, no sabría por dónde empezar. ¿Por su cabello, rubio y brillante como el sol del verano? ¿Por sus ojos, del tono más celeste y bello que uno pueda hallar en los cielos y tan penetrantes que pueden llegar hasta el más recóndito rincón del alma? ¿O quizá por su sabiduría? No sabría qué destacar en primer lugar, ella representa todo por cuanto un elfo de mi pueblo estaría dispuesto a MORIR.
Las jóvenes sonrieron a su alrededor al oír tan bellas palabras acerca de la más grande dama élfica que caminaba sobre la Tierra Media.
—¿Y vos, mi señor, estaríais dispuesto a morir por ella? —tentó Anariel, dirigiéndole una mirada seductora.
Rissien entornó los ojos.
—Un voto de fidelidad une a mi familia con la Dama Galadriel desde hace milenios. De modo que sí, dulce señora, moriría por ella.
El susurro grave y la fuerza de su afirmación provocó sonrojos, suspiros y sofocos en las jóvenes elfas que revoloteaban alrededor de él, y las risas nerviosas no tardaron en hacerse oír. Y él sonrió de forma devastadora. Rissien, hasta aquel momento un individuo misterioso, se estaba convirtiendo con aquella inesperada visita en objeto de deseo para las damas de la Corte de Thranduil.
Anariel aprovechó para estudiarle con detalle. Tenía rasgos hermosos y masculinos y unos ojos de un tono gris metálico, un matiz muy parecido a la plata o el acero. Era muy alto y tenía los cabellos más cortos de lo normal en un elfo. ¿Se cortaba el cabello? Fuera lo que fuera no llevaba trenzas honoríficas, y sus cabellos cayendo a los costados de su frente le dotaban de un aire salvaje difícil de ignorar. Estaba segura de que no podía provenir de ninguna familia noble entre los elfos de Lórien.
—Os confieso que siempre me han gustado los cisnes —dijo él, al divisar las elegantes aves apareciendo sobre los árboles y volando en perfecta formación de regreso hacia la pequeña laguna en la que habitaban, junto a una zona sombreada por grandes sauces y provista de cómodos divanes para el disfrute de las damas.
Anariel se levantó y caminó unos pasos hacia la laguna, en la que las blancas aves se posaron elegantemente antes de nadar directas hacia la elfa y detenerse ante ella.
Volteó, satisfecha por la obediencia de sus pequeños, y contempló el hermoso rostro de Rissien claramente complacido por el espectáculo. Sonrió, confiada de sí misma, y realizó un gesto con las manos ante el que los cisnes respondieron saliendo de la laguna y caminando con sus andares torpes hasta colocarse en hilera, frente a Anariel.
El aplauso que escuchó detrás de sí le hizo ampliar aún más la vanidosa sonrisa. No había nada que satisficiera más a Anariel que recibir las atenciones y galanterías de los caballeros. Y estaba claro que Rissien había caído en sus redes como todos los demás.
—¡Maravilloso, mi señora! Os felicito, tenéis un don especial con las aves —la delicada genuflexión que Anariel le dedicó, en respuesta, hizo que Rissien ladeara la cabeza y compusiera una expresión pensativa—. Me pregunto hasta dónde serían capaces de obedeceros... —Anariel regresaba ya junto a él, sin apartar la mirada seductora de los ojos metálicos de Rissien, cuando el elfo soltó el resto de la frase—. ¿Hasta los confines del Bosque Oscuro, quizás?
Anariel se detuvo abruptamente y borró la sonrisa de su rostro. Y él sustituyó la sonrisa de complacencia por la habitual en él, más ambigua. Semejante reacción por parte de la elfa dejaba completamente claro que había recibido la conjetura de Rissien como un balde de agua fría.
El rostro de él se inclinó aún más y los ojos entornados analizaron su expresión inquisitivamente.
Anariel pestañeó repetidamente y sonrió, de nuevo.
—Me habéis sorprendido con esa hipótesis, mi señor. Yo jamás les enviaría tan lejos. Casi nunca abandonan Eryn Lasgalen... ¡Miento! —exclamó, de repente, como si acabara de recordar algo—. Uno de ellos, Lim, llegó hasta Ciudad de Valle durante una exhibición de los festejos de primavera, hace un par de años. Pero eso es lo más lejos que han llegado.
Rissien se inclinó hacia delante y posó la taza de té y el platillo sobre la elegante mesita auxiliar que había delante del diván. Se levantó y caminó despacio hacia Anariel, con una sonrisa intrigante en los labios.
—Me tranquiliza saber eso. A veces mis suposiciones no tienen razón de ser —llegó justo frente a Anariel y tomó su mano en un gesto seductor y educado. Y tras besar la punta de sus dedos la encerró entre las suyas propias—. Ha sido un placer disfrutar de vuestra compañía, mis señoras —dijo, dirigiéndose hacia todas las damas de la Corte presentes, que le devolvieron la cortesía con reverencias y risitas.
Y tras la despedida, Rissien se alejó de la laguna de Anariel y se adentró en el bosque por un estrecho sendero delimitado por verdes arbustos y viejos árboles sauces.
Le habría encantado poder contemplar la cara de Anariel una vez hubo abandonado el lugar. Pensando aquello no era capaz de borrar la sonrisa divertida de su rostro.
No caminó mucho hasta encontrar a Remdess, aguardando en el margen del camino y jugueteando con una larga rama de sauce entre sus manos. Al oír sus pasos, la elfa alzó la mirada. Él se detuvo antes de alcanzarla, los ojos de Remdess eran fríos y rebosaban reproche.
Rissien comprendió y rodó los ojos. La desconfiada elfa había escuchado y, probablemente, visto todo.
—No me he pasado al bando enemigo, si eso es lo que sospecháis, Remdess —musitó él, y retomó sus pasos hasta llegar junto a la dama de compañía de su prima. Ella se cruzó de brazos y alzó el mentón, en actitud desafiante, pero no replicó. Rissien suspiró y reemprendió el regreso a las cuadras con Remdess a menos de dos pasos de distancia—. ¿Sabéis? Mi tío hablaba a veces de los cisnes de Nîn-in-Eilph, en Eregion. No guardaba buenos recuerdos de sus días patrullando aquella parte —Remdess frunció el ceño en un gesto de confusión, extrañada por el cauce de la conversación que iniciaba el elfo, aunque pensándolo bien, la cháchara de Rissien siempre solía ser aleatoria—, decía que las lagunas en las que habitaban hedían peor que la pocilga de un cerdo y que los hombres que pasaban demasiado tiempo allí, enfermaban del estómago —de repente, él se detuvo abruptamente y volteó. El cambio tan súbito de ritmo casi provocó que Remdess se golpeara la nariz contra su hombro—. Repugnante —remarcó él, con el ceño fruncido. Y reemprendió el paso dejando a Remdess ligeramente sorprendida por la reacción—. Pero tal parece que Lady Anariel mantiene la laguna en condiciones óptimas de higiene.
—Eso es porque tiene un grupo de limpieza asignado, igual que el de las cuadras —se apresuró a explicar la elfa.
—Puedo imaginar que no se encarga de la pulcritud ella misma. Pero estoy seguro de que los caballos no ensucian tanto como los cisnes. En fin...
Y con esta última reflexión, Rissien procedió a seguir caminando en completo silencio, seguido de cerca por la elfa.
Delante de ella, el cabello platinado del elfo refulgía como el oro bajo el sol de la tarde que se colaba a través de las ramas, y sus brazos se balanceaban con armonía. Bajo la blanca camisa, su espalda se contraía y relajaba con cada paso, y Remdess imaginaba lo definidos que debían estar aquellos músculos debido a las constantes patrullas y las innumerables batallas libradas.
Remdess sacudió su cabeza al reparar en los derroteros tan poco pudorosos que estaban tomando sus pensamientos y desvió la vista al suelo, con las mejillas encendidas.
Pero aún en aquel estado de sofoco, o quizá debido a él, la boca de la elfa se abrió sin pensar y musitó algo en un tono casi ininteligible, como si hablara sólo para ella.
—Pero Lady Anariel es muy bella...
Remdess no pudo ver la sonrisa de medio lado que se plasmó en el rostro de Rissien cuando le respondió.
—Eso salta a la vista, Remdess.
Ella se mordió el labio y frunció el ceño. Acababa de sentir como si le hubiera clavado una afilada estaca en el medio del pecho.
—Y... tiene una mirada muy misteriosa, ¿no creéis? —musitó. Y al decirlo, la punzada se trasladó a su garganta y tiñó sus palabras de leve rencor.
—¡Oh, sí! Misteriosa es un adjetivo que la define demasiado bien, no me cabe la menor duda —admitió él—. Pero creo que el de sus ojos no es el único misterio que oculta Lady Anariel...
El tono en que musitó la última frase fue tan bajo que Remdess no la escuchó con claridad y se limitó a caminar tras Rissien como una doncella de corte normal, sin ofrecer más conversación.
Pero, al cabo de unos minutos, el sendero murió en la senda amplia que conducía desde los jardines interiores de las Estancias hasta las cuadras, y Rissien se detuvo entonces y volteó. Examinó su rostro con una mirada enigmática y ella le observó en silencio, nerviosa.
—Cuando disfruto de la compañía de una dama bella de verdad me gusta ir a su lado para poder contemplarla sin que se dé cuenta —confesó, pensativo—. Pero vos os quedáis ahí atrás y me obligais a girarme cada vez, Remm. El juego, así, no es divertido.
Remdess creía no haber escuchado bien.
—¿E-el juego? —repitió.
Rissien sonrió y ofreció su brazo a la elfa.
—Sed mi acompañante esta tarde, mi señora. Por favor —el tono que Rissien usó estaba más cerca de la súplica que de una simple petición—. Estoy seguro de que vos conocéis misterios mucho más interesantes que los que puedan ocultar los ojos de Anariel.
...
El regreso de Érewyn a su rutina dentro de las Estancias resultaba difícil tras la maravillosa tarde que había pasado cabalgando con Fanor, sobretodo cuando Eglaron se le había unido en su paseo errático y le había mostrado rincones encantadores de los alrededores de la ciudad. El Lago Espejo resultó ser un paraje con una atmósfera casi mágica, al igual que Tronco Sombrío y la Enredadera de los Ruiseñores, emplazamientos que visitaron a continuación. Eryn Lasgalen parecía congelada en el tiempo en tales lugares.
Pero tras regresar a la Caverna y agradecer numerosas veces a Eglaron por su compañía y su amabilidad, Érewyn había sido llamada a las dependencias del Rey.
Había corrido a su propia habitación para asearse y despojarse de la ropa con la que había montado; los pantalones estaban empapados en el sudor de Fanor. Montar sin arreos tenía aquella parte negativa.
Con un atuendo más adecuado para encontrarse con el Rey y el cabello recogido de forma sencilla por ella misma, recorría a paso vivo los corredores de la Caverna, conocedora ya de las rutas más cortas que lideraban a determinadas ubicaciones, entre ellas, el despacho del Rey. Y al llegar frente a la puerta, alisó nerviosamente algunos pliegues de la falda de su vestido antes de golpearla con los nudillos.
El rostro de Tulion apareció a través de una rendija que se abrió meros segundos después de su llamado, y el silencioso mayordomo del Rey le dejó libre el paso, dedicándole la consabida reverencia.
—Pasad, mi señora. Tomad asiento —escuchó la voz de Thranduil emergiendo de la zona de trabajo.
Érewyn obedeció sin decir palabra y se sentó frente al escritorio del Rey, aguardando a que éste le prestara su atención.
Thranduil se hallaba concentrado en el contenido de unas cartas y la intriga de Érewyn creció al reconocer el lacre con el sello de Gondor que habían portado tales misivas, ahora medio roto sobre la superficie pulida de madera oscura.
El Rey alzó la mirada y Érewyn dio un respingo al notar sus ojos de hielo clavarse sobre ella. Thranduil sonrió y enrolló la carta para ponerla a buen recaudo de miradas curiosas: dentro del cajón superior de su escritorio y bajo llave.
—He recibido el primer reporte de vuestra instrucción, Érewyn —dijo. Ella tragó fuerte. ¿Tan pronto le hacían llegar informes de evolución al Rey?—. Se trata de la primera impresión de uno de vuestros maestros: Rûdhon.
Ella suspiró y se dejó devorar por la mullida butaca. Ya sabía qué clase de opinión guardaba Rûdhon acerca de ella.
—Por vuestra expresión está claro que conocéis ya el contenido de tal reporte. Supongo que no es necesario que os lo lea —musitó él, y dejó a un lado un pedazo corto de pergamino que había mantenido ante sí.
—Lo siento, mi señor. Me cuesta concentrarme y prestar atención. Aunque eso es algo que siempre me ha sucedido con los temas que no llaman mi interés.
Las cejas de Thranduil se alzaron y el Rey se inclinó hacia ella con los antebrazos apoyados en la mesa.
—¿Tenéis algún argumento que os justifique? —inquirió.
Ella negó en silencio, sus dedos retorciendo de forma nerviosa la fina tela de su falda.
—Nada que no sepáis ya. Sólo extraño a Legolas y a mis hermanos.
—No os culpo, es comprensible —replicó el Rey, mostrando la palma de las manos en signo de concordia—. Yo tan solo os comunico el contenido de dicho reporte. Pero no estáis confinada aquí contra vuestra voluntad, recordadlo. Si deseáis regresar a Edoras porque sentís añoranza, podéis hacerlo cuando gustéis —entrelazó los dedos y dirigió una sonrisa tremendamente amable a la rohir—. Pero de ese modo no conseguiréis mi beneplácito. Si os váis no permitiré que os caséis con mi hijo.
Érewyn frunció el ceño y se irguió en la silla, colocándose en posición de alerta. Sabía perfectamente lo que intentaba Thranduil, le conocía bastante bien ya: quería arruinar su resistencia. Estaba claro que no podía bajar la guardia en su presencia.
Pero no iba a conseguirlo.
La rohir se recompuso y esbozó una sonrisa.
—Sois muy considerado, mi señor. Pero aunque no pueda evitar añorar a mi familia estoy segura de que en Rohan todo va bien. Agradezco mucho que me hayáis informado de la impresión del Maestro Rûdhon respecto a mí, os aseguro que a partir de ahora voy a dedicar todo mi esfuerzo al estudio. Nada ansío más que ganar vuestro beneplácito. —concluyó, y permaneció con la vista clavada en en el imponente rostro del Rey.
—Celebro vuestra resolución. Y yo he de decir que nada deseo más que vos conservéis vuestro fuerte espíritu en mis Estancias. De no hacerlo me llevaría una decepción enorme —confesó él. Y su tono fue tan indeterminado que Érewyn no supo si hablaba en serio o no—. ¡Oh! Casi lo olvido... —musitó Thranduil. Se levantó de su asiento y las amplias mangas de su túnica plateada ondearon al dirigirse a un pequeño anaquel sobre el que había varios pergaminos sin lacre—. Llegó una misiva de Rohan esta mañana.
—¿De mis hermanos? —preguntó, extrañada.
La muchacha había enviado una carta a Éomer y Éowyn el mismo día de su llegada a Eryn Lasgalen anunciando el término de su travesía. Pero el viaje de ida y vuelta para el emisario personal de Thranduil, encargado de hacer llegar su carta al Rey de Rohan, duraba no menos de veinte días y sólo hacía diecisiete que salió. Era aún demasiado pronto para recibir una respuesta.
—No, Érewyn. Es del Mariscal de la Marca Este. Debo suponer que es el mismo que se... encontró con vuestro puño.
—Alheim —graznó ella.
—Ese mismo —asintió Thranduil, instantáneamente—. El tono de su carta indica lo arrepentido que está de su comportamiento. Digamos que él mismo ha explicado las razones de vuestra reacción... A su manera. Creo que deberíais responderle, mi señora.
Érewyn tomó entre sus manos el rollo que el Rey le tendía.
—¿La habéis leído? —preguntó ella, pero era evidente la respuesta.
—Por supuesto.
Ella frunció el ceño y sintió una rabia repentina subiendo desde su vientre como un veneno.
—Mi señor, en mi tierra acostumbramos a respetar la privacidad de la correspondencia ajena... —masculló entre dientes..
—Me parece una práctica muy cortés y acertada que, además, compartimos en Eryn Lasgalen. En ningún momento dije que la carta fuera para vos —aclaró el Rey—. Iba dirigida a mí, igual que las disculpas del Mariscal.
Si Thranduil tenía algún tipo de sentido del humor, probablemente las bromas y chascarrillos que pudieran ocurrírsele debían ser así. No había otro modo de ver aquello, ¿Alheim dirigiéndose por carta directamente al Rey de los Elfos del Bosque y pidiendo perdón? Sólo podía tratarse de una broma.
—¿S-sus disculpas?
—Cuando terminéis de leer esa carta id a ver a Laithor, el maestro sanador de mi familia —continuó el Rey, ignorando la incomprensión de Érewyn—. Él ya está avisado de vuestra pronta visita. Quiero que os revisen bien esa mano. Deseo que os recuperéis totalmente cuanto antes —y dicho esto, Thranduil volteó y caminó con elegancia hasta uno de los grandes arcos abiertos en la roca a través del que podía contemplarse el exterior—. Podéis retiraros, mi señora —dijo, colocando ambas manos a la espalda, sin mirarla.
Tan solo cuando oyó el discreto crujido de la puerta siendo cerrada por Tulion tras abandonar Érewyn sus dependencias, sonrió.
¡Al fin lo entendía! De modo que el motivo por el que la pequeña rohir se había destrozado la mano de un puñetazo era que aquel tipo había insultado a Legolas. Y tanto él como Érewyn se habían guardado de explicarle más detalles.
Negó con la cabeza y escuchó unos pasos provenientes de la sala de descanso contigua a la de trabajo. Thranduil ya sabía de quién se trataba incluso antes de girarse.
Al hacerlo, encaró, impasible, el rostro sonriente de su hijo mayor que se hallaba sentado en la misma butaca que, tan sólo unos minutos antes, había ocupado la princesa rohir.
—Debo recordarte, ionneg, que es de pésima educación escuchar las conversaciones ajenas —murmuró. Sin más, se dirigió hasta un armario y extrajo un par de rollos de pergamino. Luego se sentó ante el escritorio y comenzó a escribir en uno de ellos con una inmaculada caligrafía.
—No es mi culpa si dejas las puertas entreabiertas, adar —se defendió Eglaron.
Thranduil alzó la vista y le miró en silencio unos segundos antes de sonreír.
—¿Cuándo llegaste? —dijo, en un tono cálido y amable, completamente diferente al que había utilizado hasta entonces.
—Hace sólo media hora. Y durante mi regreso me encontré con nuestra princesa, cabalgando con su Meara por la senda del norte de la ciudad —los ojos de Thranduil se entornaron con suspicacia y Eglaron se apresuró a aclarar su explicación—. Lo hacía dentro de los límites permitidos, por supuesto.
—Bien —replicó el Rey. Su mano continuó moviendo sobre el papel la plumilla entintada, con agilidad.
—Le mostré varios rincones hermosos, y ella me contó que se sentía algo desplazada por nuestra gente. Traté de quitar importancia a sus miedos, pero no creo que haya tenido mucho éxito. Es inteligente y lo que sospecha es cierto: la gente la aísla por ser extranjera.
—Sí. Soy consciente de esa información —confesó el Rey—. Pero nosotros nada podemos hacer para evitarlo. Es ella quien debe forjarse una reputación y hacerse respetar y querer.
Eglaron se inclinó hacia delante y compuso una expresión preocupada.
—Ya lo sé, adar... Pero aún no se han enterado de que es Peredhil. Cuando lo hagan el desprecio será aún mayor y Érewyn lo tendrá mucho más difícil para ganarse su respeto...
Thranduil detuvo su pluma y observó a su hijo, con curiosidad.
—¿Qué opinión personal te genera la princesa, ion nîn? —la diplomática forma de evadir temas no deseados de Thranduil se manifestó ante su hijo—. Estoy seguro de que no te ha dejado impasible. Lady Érewyn posee muchos... matices.
Eglaron sonrió y alzó una ceja. "Poseer matices" era una cualidad raramente destacable por su padre. El Rey, normalmente, se limitaba a definir a las personas con un solo adjetivo que variaba poco entre insulso, ridículo, mediocre, etc.
—Ella es... refrescante —admitió Eglaron, tras pensarlo brevemente. Su padre alzó las cejas en un gesto de sorpresa—. Esa es la palabra. Es como un soplo de aire fresco que entra de golpe en una habitación rancia.
—A mí este palacio no me parece rancio —argumentó el Rey.
—¿Acaso te das por aludido, adar?
Thranduil no respondió. Le observó con el mentón alzado y un destello peculiar en los ojos que Eglaron entendió como una seria advertencia. De modo que se aclaró la garganta y decidió cambiar de tema y comenzar con el reporte de su guardia.
Le habló de la Guardia del Este, de Ciudad de Valle y Esgaroth. También de las últimas informaciones que había recibido acerca del inicio de la retirada de los salvajes de Rhûn, a causa del frío invernal cada vez más cercano, y del comunicado de Erebor sobre el estado de construcción de las nuevas almenaras, por parte de los enanos.
—Jamás entenderé por qué se obcecan en comprometerse en labores que no son capaces de llevar a cabo en tiempos razonables —gruñó Thranduil, mientras continuaba con su escritura.
Eglaron rodó los ojos y sonrió. El viejo desprecio de su padre hacia los enanos siempre encontraba un resquicio para manifestarse. Por suerte, cada vez lo hacía en menos ocasiones.
—¿Escribes al hermano de Érewyn? ¿Vas a compartir con el Rey Éomer las nuevas acerca de la retirada de los salvajes?
—No es asunto tuyo, Eglaron —replicó rápidamente su padre—. Pero, si esas informaciones son ciertas, en Rohan podrían disfrutar de una tregua para rearmarse y ampliar las filas del ejército. Pero me parece raro que los Balchoth se amilanen por la promesa de un poco de nieve —Thranduil se detuvo en su escritura y miró a su hijo, y por lo que pudo apreciar, el misterio tampoco tenía explicación para él.
—Los entendidos dicen que este invierno será uno de los más crudos que se han vivido en años. A las ciudades del río y del lago llegan extrañas ráfagas de viento helado, siempre desde el este. Quizá los salvajes también lo prevean y consideren más prudente aguardar a la primavera para continuar atacando. No en vano dependen de sus monturas y no cuentan con moradas fijas en las que guarecerse. Ese frío les congelaría durante la primera noche en la llanura de Rohan.
—Mmmph... —gruñó el Rey.
Eglaron tenía toda la razón. Era probable que los Balchoth consideraran tomar una estrategia basada en la prudencia, y optaran por reservar el grueso de sus fuerzas para tiempos más favorables. Pero también podría tratarse de una estratagema. ¿Los viscerales Salvajes del Este siendo prudentes? Sería la primera vez en la historia... Pero siempre había una primera vez para todo.
Como fuera, era imposible conocer la verdad. Sólo podían compartir aquella información con el resto de pueblos del Pacto y esperar que ellos hicieran lo mismo con las nuevas que les fueran llegando.
Había firmado una alianza y estaba dispuesto a cumplirla.
Sumergió la plumilla en el tintero hasta la profundidad justa para recargarla y que el negro líquido no provocara borrones, y continuó escribiendo un nuevo párrafo de aquella misiva.
—Adar, dime la verdad, ¿qué planes tienes para ella?
El Príncipe volvía de nuevo a sacar el tema de la rohir y su empecinamiento atrajo la mirada fugaz de Thranduil, que con un rápido vistazo, advirtió sospecha en el rostro de su hijo.
—¿Detecto una leve desconfianza en ese tono?
—Es inevitable si tus maquinaciones están detrás —confesó Eglaron, encogiéndose de hombros.
—¿Maquinaciones? —repitió el Rey, con los ojos exageradamente abiertos—. Me sobrevaloras, ionneg.
—La estás poniendo a prueba —declaró Eglaron.
—Es evidente —respondió de inmediato el Rey.
—Si mi hermano se entera no le va a gustar nada.
—Tu hermano tiene suficiente con resarcirse ante el Consejo con una buena gestión de su Guardia, y le conviene dejar el asunto de Érewyn a un lado si quiere tener éxito con eso —Thranduil pretendió zanjar la discusión con un tono severo, pero la sonrisa que esbozó Eglaron demostró que estaba lejos de lograrlo.
—Siempre le has sobreprotegido, adar. Desde la desgraciada muerte de Nana —dijo, con cierto reproche.
—Hice una promesa a tu madre en su lecho de muerte. Le prometí que me aseguraría de que los pasos que diera Legolas en la vida le llevaran a la felicidad —le recordó Thranduil—. Sólo Varda conoce el padecimiento que sufrí cuando se le ocurrió enrolarse en la Comunidad del Anillo, por su cuenta.
Eglaron se arrellanó en la butaca y esbozó una sonrisa.
—Nos tuvo en vilo durante meses. Pero tú ya conocías de antemano su carácter fuerte e independiente. No debió sorprenderte tanto que aprovechara la primera oportunidad que tuvo para escabullirse. Creo que estabas demasiado convencido de que tu hijo pequeño no sería capaz de alejarse de la seguridad de la Caverna, y menos aún de entregar su corazón a una Peredhil, para más inri: rohir y desconocida. Admítelo de una vez, adar: te equivocaste entonces. Y ahora continúas equivocándote.
—No permitiré que me hables en ese tono —replicó Thranduil, apuntando con la pluma a Eglaron—. Las decisiones que toma un padre respecto a la vida de sus hijos, cuando considera que estos andan errados, jamás son equivocadas. Recuerda aplicar eso con Thanion.
—¿Y qué motivo te ha dado Legolas para que estés tan convencido de que se halla errado?
—Eglaron... —dijo Thranduil. Depositó la pluma en el tintero y se frotó las sienes, con gesto agotado—. Yo sólo quiero asegurarme de que la joven que se case con él realmente le merezca. Y para ello necesito comprobar hasta dónde llega la voluntad de Érewyn respecto a Legolas.
—¿Por eso quieres destruirla?
—¿Destruirla? ¡Por Kementári! El dramatismo te puede. No, no deseo destruirla en absoluto. Mi deseo es observar cómo responde a la presión.
—¿Con qué más vas a presionarla? Ya la has apartado de su familia y de su tierra —le recriminó. Era consciente de que el tono de la discusión se le estaba yendo de las manos, pero la actitud de su padre le enervaba—. Vino aquí despojada de todo cuanto ama para demostrarte su capacidad de sacrificio por Legolas. Si eso no es tener fuerza de voluntad, entonces no compartimos el mismo concepto de ésta.
—¿Y qué te hace pensar que la estoy presionando? Creo que me he comportado de un modo muy cortés y amable con ella. Tan sólo he tenido detalles cordiales para con ella. La acojo en mi casa, le ofrezco los mejores maestros, comodidades y mi protección. No puedes reprocharme nada, Eglaron.
El joven elfo se cruzó de brazos y observó a su padre retomar su tarea de escritura.
No. A pesar de su conocida soberbia, Thranduil no escondía deseos destructivos hacia nadie en concreto... Bueno, quizá sólo un poco hacia los enanos.
Y, además, lo cierto era que, secretamente, Érewyn había despertado interés en el rey Elfo. Sentía curiosidad por la muchacha y pensaba que quizás (sólo quizás) la joven podía sorprenderle de algún modo.
Aunque ya lo había hecho, era la primera doncella que resultaba herida en un lance de honor por defender a su amado.
Esa carta del tal Alheim le había alegrado el día.
Abandonó a un lado la pluma y apartó el pergamino, y entonces miró a su hijo. Eglaron se había quedado en silencio y la disconformidad con la que había rebatido cada uno de sus argumentos se manifestaba aún en la expresión con la que observaba el exterior de la ventana.
—Tan solo quiero estar seguro, Eglaron, de que cuando Legolas abandone esta casa estará bien, que será feliz. Es por ello que me veo en la obligación de adiestrarla, que deseo que aprenda todo acerca de nuestra raza, de su pasado. Quiero que conozca sus raíces para que sepa quién es ella y quién es Legolas. Y ahora, ionneg, si no tienes nada más importante que comunicarme, debo escribir una carta. Y tu adorable esposa te espera.
Eglaron se limitó a suspirar, hastiado. Se levantó de la butaca y se inclinó respetuosamente ante su Rey antes de salir del despacho.
Entendía las intenciones de su padre, sus exigencias y su búsqueda de la perfección en la que sería la esposa de Legolas, pero no sería hijo suyo si no supiera que Thranduil se había guardado buena parte de la información. Por ejemplo, el modo exacto en que tenía previsto poner a prueba a Érewyn. No creía que todo se limitara a mantenerla alojada allí y adiestrarla, tal como le había explicado.
Su padre poseía una mente asombrosa capaz de las más sublimes manipulaciones o de las peores mezquindades, si procedían.
Podía esperar que tratara de colocarla en una situación límite de verdad, para comprobar si, a pesar de todo, mantenía su deseo de continuar junto a Legolas. Esa era su forma habitual de proceder.
Y temiéndose lo peor respecto a aquel tema, Eglaron se encaminó directamente a los jardines, en los que esperaba encontrar a Aeneth y a su pequeño.
Por su parte, Thranduil terminó las cartas en la soledad de su despacho y colocó los pergaminos en un extremo de la mesa, con un gesto elegante de la mano, disponiéndolos para que se secaran. Suspiró profundamente y se levantó de su asiento.
Sus pasos le llevaron, como siempre que necesitaba un momento de paz, hasta el retrato de su amada esposa. Se paró delante y admiró sus ojos, sus bellos ojos azules idénticos a los de Legolas.
Eglaron no había errado en sus suposiciones, iba a ser un gran rey, llegado el momento: era muy perspicaz.
Sí, deseaba ponerla a prueba. Y cualquier prueba que viniera de él requería de una resistencia y fortaleza extremas, las mismas que necesitaría Érewyn para mantenerse junto a Legolas a través del tiempo y de las dificultades que, Thranduil estaba seguro, iban a sufrir.
Eran seres demasiado diferentes y como tales les vería siempre la gente, ya fuera entre hombres o elfos. El matrimonio entre ellos dos iba a ser un reto constante, un desafío continuo a su amor. Y, sabiendo esto de antemano, Thranduil tan sólo quería comprobar si Érewyn sería capaz de resistirlo.
Debía demostrar que era capaz de aguantar estoicamente cualquier presión. Y, además, el apoyo que debía representar para Legolas también debía ser efectivo para sí misma.
No le había costado mucho al Rey Elfo localizar los pilares sobre los que se sostenía la fortaleza de la Dama de Rohan, y estos eran, además de Legolas, sus dos hermanos y su tierra.
¿Qué sucedería si se los retiraba? ¿Se derrumbaría o resistiría y sacaría fuerzas de donde fuera? El tiempo le daría la respuesta. Pronto podría comprobarlo.
Y en cuanto a la presión social, las críticas, las habladurías, la soledad... ¿Cómo reaccionaría ante ellas?
Si se marchitaba como una flor, estaba claro que su lugar no estaba junto el más joven de sus hijos. Sus debilidades le arrastrarían con ella.
Pero si, por el contrario, demostraba el coraje suficiente, entonces Thranduil la aceptaría sin reservas como nuevo miembro de su familia.
Así pues, el futuro de la pareja dependía enteramente de la actitud de Érewyn lejos de su familia y su tierra, entre gente hostil. A fin de cuentas, lejos de ellos era donde se iba a desarrollar su vida una vez se casara con Legolas: Ithilien era un paraje maravilloso, pero recóndito y aislado.
Ahora sólo le quedaba esperar a la ocasión perfecta para acorralarla definitivamente y contemplar si su actitud era la de una verdadera guerrera de Rohan.
...
(...) Me siento avergonzado por mi comportamiento. Puse en peligro deliberadamente a la Princesa y no merezco perdón alguno de Vuestra Majestad. De igual manera os pido disculpas por insultar a vuestro hijo, el Príncipe Legolas, ante la presencia de Lady Érewyn, motivo que originó la discusión y reacción de ella, completamente entendible. Lo merecí, y tan sólo ansío que la Princesa se esté recuperando adecuadamente de su lesión. Con la presente deseo haceros llegar mis más humildes disculpas y mi compromiso de respetaros a vos y a vuestra familia desde este mismo día. Con mi sangre firmo este juramento. Tan sólo pido a cambio que la protejáis, mi Señor, en nombre de todos los que la amamos, en nombre del pueblo de Rohan. (...)"
Y bajo aquellas líneas, junto a la inconfundible firma de Alheim, había unas gotas encarnadas que habían empapado el pergamino. Su sangre.
—Por el Gran Jinete, ¿qué diantres te ha pasado, Alheim?
Érewyn depositó la breve carta sobre el pequeño escritorio que tenía en su habitación y recostó la frente en su mano izquierda.
Algo debía haber sucedido en el Fuerte del Páramo para que el testarudo de Alheim cambiara de actitud de aquella manera, llegando, incluso, a derramar su propia sangre en un juramento de honor.
—¿Mi señora?
Enfrascada como estaba en sus cavilaciones, Érewyn dio un pequeño respingo al oír la voz de Remdess llamándola desde el exterior de la alcoba. Sus nudillos golpearon la puerta a continuación.
La Princesa respiró profundamente antes de responder.
—Adelante, Remm.
Enrollaba la carta de Alheim mientras su dama de compañía se acercaba ya, portando la acostumbrada expresión solemne en el rostro.
—Mi señora, traigo un mensaje del Príncipe Eglaron y Lady Aeneth. Quieren invitaros a cenar a vos y a vuestro primo esta noche, en sus dependencias.
—... ¡Oh! —acertó a exclamar Érewyn—. Eeh... ¿Debes regresar con una respuesta? —preguntó, dudando.
—Eso es lo indicado, sí —respondió la elfa.
—Aguarda un segundo... —murmuró Érewyn, alzando un dedo.
Salió de su alcoba, dejando a Remdess atrás, y cruzó el corredor para golpear con los nudillos la superficie oscura y elegante de la puerta que había al otro lado.
—¿Sí? —contestó una voz masculina desde el interior.
Automáticamente, las mejillas de Remdess se tornaron de color cereza, al oírla.
—¿Puedo entrar? —preguntó la rohir.
—Pasa.
Érewyn se coló en la alcoba de su primo y, a través de la rendija abierta, Remdess podía escuchar retazos de la conversación.
No sabía porqué estaba reaccionando así. Se había puesto nerviosa con sólo oír la voz de Rissien respondiendo a su prima en aquel tono aburrido.
"El juego, así, no es divertido", había dicho esa tarde. Y después de eso Rissien se había comportado caballerosamente y habían hablado de asuntos triviales del reino, como costumbres o festejos, hasta que llegaron a las cuadras. Había tenido la sensación de estar con un elfo completamente diferente. ¿A qué clase de juego se refería ese guerrero peculiar y sin noción del espacio personal?
—Rissien... No te entiendo... —susurró Remdess. Y miró sus propias manos.
Entonces la puerta se abrió de sopetón y ella alzó la vista, sobresaltada. Érewyn regresaba a su alcoba a paso vivo.
—Diles que acudiremos gustosos... —anunció, sonriente. Y antes de regresar a su alcoba, dio media vuelta y miró a Remm con la mano derecha encerrada en la izquierda—. Y, ¿podrías indicarme dónde puedo encontrar al maestro Laithor?
...
La cena a la que habían sido invitados no se parecía en nada a la reunión formal a la que Érewyn asistió un par de semanas atrás, junto a Legolas. El ala en la que se situaban las dependencias de Eglaron y Aeneth se abría directamente a una parte privada del jardín, separada del resto de la extensión verde por unos altos y densos setos, donde habían colocado unas cómodas butacas alrededor de una mesa en la que habían dispuesto variadas viandas.
—Ésta la mandó forjar mi abuelo, Oropher. Es un arma excelente.
—Sin duda —admitió Rissien, mientras sopesaba una afilada espada entre sus manos—. Pero yo prefiero las dagas cortas.
Rissien devolvió el arma a Eglaron con una inclinación de cabeza y este la regresó a su funda esbozando una sonrisa.
—Igual que mi hermano —declaró el Príncipe—. ¡Tenéis mucho en común! Excepto el gusto por la carne...
Eglaron hizo aquel comentario mientras contemplaba a Rissien acercarse a la mesa para tomar un bocado de guiso de venado.
—Yo creía que los elfos no comían carne... —confesó Érewyn. Ella, por supuesto, ya había dado buena cuenta de una ración de aquel delicioso platillo. Y Aeneth, sentada en la butaca contigua a la de Érewyn, procedió a despejar sus dudas.
—Los elfos silvanos comemos carne de venado, de jabalí...
—Somos arqueros —completó Eglaron. Regresó la espada de Oropher a su lugar, sobre el pedestal que presidía el jardín y se acercó también a la mesa para tomar asiento—, obviamente no cazamos sólo arañas o huargos. Aunque la carne no es lo más recurrente entre nuestras costumbres culinarias no rehusamos de ella... Este guiso está delicioso.
—Pero Legolas prefiere los vegetales —aclaró Aeneth, al descubrir la confusión en el rostro de Érewyn—. No come carne desde que él —dijo, señalando acusadoramente a su esposo, que la miró de soslayo, alzando las cejas— mató por accidente a un cervatillo que Legolas, de niño, encontró perdido en el bosque y decidió cuidar con la clara intención de criarlo y mantenerlo como mascota.
—Como si fuera un perro o un gato... —añadió Eglaron.
—Pero se coló en la zona de práctica de tiro y los arqueros aprendices lo mataron por accidente —concluyó la explicación de Aeneth—. Desde entonces no quiere saber nada de la carne, sobretodo de la de venado.
Ella esbozó una sonrisa. No sólo eran agradables y cercanos con ella, al hablar con Eglaron y Aeneth estaba descubriendo detalles de Legolas que dudaba haber podido averiguar por su cuenta.
—¿Y la carne de ave? —aventuró Rissien, entonces—. ¿No es apreciada por estos lares?
Eglaron miró con extrañeza al elfo que daba cuenta de otro buen bocado de guiso.
—No sé, se me ocurre... ¿carne de oca? O de cisne... He visto muchos sobrevolando esta zona.
Eglaron rió.
—Si se os ocurriera clavarle una flecha a alguna de esas hermosas criaturas emplumadas, tendríais a Rûdhon y a su hija dispuestos a rebanaros el cuello.
—¡No exageres, Eglaron! —le reprobó Aeneth. El Príncipe miró el rostro ceñudo de su esposa y se encogió de hombros.
—Te juro que sería exactamente así. Lo cierto es que creo que mi padre les concede demasiados privilegios al buen Consejero y a su familia. Ya no nos dejan ni espantar a los cisnes cuando los avistamos. Tenemos orden de permitirles sobrevolar los límites de Eryn Lasgalen, y son muy ruidosos. Esas criaturas emplumadas tienen más privilegios que muchos elfos. Y según Anariel, esos vuelos son necesarios para su salud.
La revelación de Eglaron sorprendió a Rissien, que detuvo la mano a medio camino de su boca.
—De modo que SÍ sobrevuelan los límites... Con que no se alejaban de ti, ¿eh? pequeña mentirosa... —refunfuñó para sí, en tono inaudible.
—Veo al maestro Rûdhon perfectamente capaz de tomar represalias por algo así. A veces temo que me dé en la cabeza con la vara de avellano con la que señala en los antiguos mapas de la biblioteca, cuando me despisto —confesó Érewyn.
—Pues su hija no es mucho más agradable —dijo Aeneth—. Es vanidosa y sobradamente conocida por su soberbia y sus desplantes. Pero por su posición privilegiada la gente no se atreve a enfrentarla. Quien siente animadversión por ella, simplemente se mantiene lejos, y quien quiere beneficiarse de su favor, se dedica a seguirla a todas partes.
—Mmmh, creo que ya sé a qué te refieres...—musitó la rohir recordando el grupo de elfas que acompañaba a Anariel a todas partes.
—Y Rûdhon... Últimamente tiene un carácter aún más agrio de lo habitual. Aunque no es de extrañar —masculló Eglaron, pensativo.
Aeneth llevó de repente un dedo a sus labios, un gesto para silenciarle que el Príncipe no advirtió y que, sin embargo, no pasó desapercibido para Érewyn, que entornó los ojos fugazmente.
—Hoy tuve la dicha de conocer a Anariel —dijo Rissien, entonces, de forma distraída—. Hablé con ella y resultó ser mucho más cordial y amable de lo que estáis explicando, mi señora —se dirigió a Aeneth—, y de lo que aparentó hace semanas, hethres —finalizó, mirando a Érewyn, entonces.
—Mmmpf... —recordó la rohir, frunciendo el ceño—. Aún no entiendo por qué Anariel me ignoró de esa manera.
—¿Lo dices en serio? ¿No lo entiendes? —preguntó Eglaron, incrédulo. Aeneth abrió los ojos al máximo pero Eglaron tampoco vio el gesto de advertencia que le dirigió esa vez—. Quizá porque Legolas la rechazó.
Érewyn se quedó estática, Rissien observó a Eglaron con ojos desorbitados y Aeneth le arrojó otra mirada cargada de reproche.
—¿Qué? —musitó la rohir. No creía haber oído bien...
—Lady Anariel le propuso a Legolas que la considerara como candidata para ser su esposa, y él la rechazó —aclaró el Príncipe—. ¡Incluso se atrevió a ir a buscarlo a su propia alcoba para seducirlo! Menuda estratagema más sucia. En fin... Ese es el motivo por el que padre e hija están tan amargados. La maniobra le salió mal a la dulce Anariel. Y, probablemente, ver que os lleváis bien con él y que sois la protegida de Galadriel y también del Rey, la saca de quicio.
Para cuando Eglaron por fin se dio cuenta de cuánto había hablado de más, el rostro de Érewyn estaba ya sombrío y el de su esposa mostraba el enojo que seguía siempre a sus descuidos.
Érewyn trató de disimular su desazón enrollando distraídamente uno de los bucles que Remdess había dejado sueltos en su medio recogido, pero la mano le temblaba al hacerlo.
¿Anariel y Legolas habían estado a solas en la alcoba de él? ¿Y ella había tratado de seducirlo? ¿De qué modo?
¿Cómo había podido olvidar su prometido explicarle algo así?
Alejó el plato de sí, sobre la mesa. Retiró su butaca unos centímetros hacia atrás y alisó la falda de su vestido. Había perdido el apetito de golpe y los nervios se estaban encargando de devorar su estómago.
Aeneth detectó enseguida su cambio de ánimo y se apresuró a suavizar las cosas.
—Pero Legolas la rechazó sin más —posó su mano sobre el antebrazo de Érewyn y la miró con convicción, tratando de transmitirle tranquilidad—. Eglaron les interrumpió justo en el momento en que él le decía que no. Anariel estaba sorprendida de que sus "artes" no funcionaran con él. De ningún modo iba a sucumbir Legolas a sus encantos.
—Sí. Anariel estaba muy, muy ofendida. Mi hermano, en cambio, tranquilo y sereno. Como siempre —añadió Eglaron. Había entendido demasiado tarde las señales de su esposa y se apresuró a tratar de arreglar el entuerto—. Legolas no sabe leer las señales de las damas.
Aeneth rodó los ojos.
—Sí... Debe ser hereditario —masculló, entre dientes.
—Y no caería en las redes de una mujer tan fácilmente —finalizó él, notando la ironía en las palabras de la elfa—. Bueno, excepto en las de la Princesa de los rohirrim.
Rissien soltó una risa en aquel momento.
—El concepto de "dama" adquiere un matiz diferente cuando mi prima aparece en la vida de uno —murmuró.
Érewyn sintió deseos de agarrar de nuevo su plato y arrojárselo a la cabeza. Pero tuvo que esconder su rabia cuando el pequeño Thanion salió como un vendaval al jardín portando una bolsa de cuero que parecía pesar lo indecible.
—Al fin apareciste —le medio regañó su madre.
El pequeño se había excusado tras engullir su cena para traer unos juguetes que deseaba mostrar a la rohir. Pero el niño ignoró a su madre y se dirigió directamente a Érewyn, con el rostro sonriente y sofocado a causa de la carrera.
—¡Tía Érewyn! ¡Los encontré todos! El mumak estaba debajo de mi cama y me costó atraparlo. ¡Pero ahora ya podemos jugar!
Y con aquella exclamación, Thanion volcó el contenido de su bolsa en la hierba del jardín.
Decenas de figuras de madera se desparramaron a los pies de Érewyn y ella sonrió. Nada mejor para sacarse de la cabeza a la arpía de Anariel que jugar a las guerras con su futuro sobrino.
...
.:: Campamento de la Frontera Sur ::.
Días después de la agradable cena familiar, Legolas aguardaba, inmóvil, junto al margen del puesto fronterizo y con la vista clavada en el último recodo visible del camino que se perdía en el bosque. Llevaba su carcaj al hombro, repleto de flechas perfectamente afiladas y alineadas, y su arco cruzado a la espalda. Lo único que le diferenciaba del Legolas de la Compañía del Anillo era que lucía en el pecho la insignia de Thranduil y que no usaba la capa de Lórien. Ésta la reservaba para patrullar el bosque, le convertía en una sombra aún más imperceptible que sus hermanos.
Había recibido el aviso de que una comitiva de guardias procedentes de las Estancias había atravesado el primero de los tres nirt, los círculos de vigilancia que rodeaban el Campamento Base, en los que se concentraban buena parte de los centinelas que no se hallaban patrullando o cumpliendo otras órdenes.
Pronto vio aparecer la silueta de varios caballos en aquel punto del camino, emergiendo de la espesura, y sonrió al reconocer a su hermano entre ellos. Eglaron también le vio allí de pie, esperándole, y se adelantó al galope para llegar cuanto antes hasta él.
Descendió de su caballo de un salto y, con una enorme sonrisa en los labios, le abrazó.
—Me alegro mucho de verte así de bien, muindor..
—Sí, todo lo bien que puedo estar llevando casi un mes aquí —admitió Legolas, resignado—. ¿Qué novedades traes? —inquirió, separándose de Eglaron y mirando su rostro.
—Varias. Te alegrará saber que hemos replegado la mayor parte de las patrullas, en la Frontera Este. Los salvajes se han retirado hacia Rhûn y además...
—Deja eso para otro momento, Eglaron. Infórmame ahora de lo más importante.
Eglaron rió con ganas.
Acarició la frente de su caballo antes de que un mozo se encargara de llevarlo a las cuadras, y los dos hermanos comenzaron a caminar a paso tranquilo hacia la tienda del Capitán, en el centro del campamento.
—De acuerdo, Legolas —cedió el mayor—. Érewyn lo está haciendo francamente bien, a pesar de que la gente desconfía de ella, y de adar, que como puedes imaginar, no se lo está poniendo fácil, ni lo va a hacer. ¿Cómo era aquel dicho? —murmuró, pensativo—. ¡Ah, sí! Es un lobo con piel de cordero.
El más joven de los dos hermanos bufó al oír tal información de Érewyn. Saber que se estaba esforzando le tranquilizaba, pero aquella definición de su padre, improvisada por su hermano, había acabado de un tajo con toda tranquilidad.
—No pasa ni un sólo día en el que no me atormente pensando si estará bien, si se sentirá cómoda allí, si tendrá miedo... Éste es de los mayores sacrificios que he hecho en toda mi vida —admitió, a media voz.
—No. Es un castigo, no te atribuyas el papel de víctima —le reprochó Eglaron—. Estás aquí aislado por las decisiones que tomaste. Siento recordarte que, como miembro del Consejo, yo no puedo felicitarte por ellas aunque no estuviera presente en tu juicio —continuó, retomando el tono serio en la conversación. Legolas apretó la quijada y desvió la vista al bosque, y la expresión de Eglaron se suavizó—. Aunque tampoco puedo reprochártelas. Yo habría hecho lo mismo, pero eso no se lo digas a adar.
Sin mirarle, Legolas correspondió a su sonrisa.
Ambos hermanos llegaron a las inmediaciones del Campamento Base, donde la actividad siempre era constante.
En el bosque ya no predominaba el tono verde brillante y las hojas secas crujían levemente bajo el caminar relajado de los dos elfos.
—Pronto se celebrarán los festejos de otoño. La caída de las hojas siempre es un espectáculo maravilloso —comentó Eglaron.
—Yo prefiero verlas caer en el silencio del bosque —bufó Legolas.
—Tú siempre has sido partidario de evitar las multitudes. Aunque no te culpo, adar puede llegar a ser demasiado insistente en su afán de casamentero, y tú demasiado inflexible. Podrías haberte limitado, de vez en cuando, en fingir que prestabas un poco de atención a las damas que adar te arrojaba encima. Así te habría dejado tranquilo durante más tiempo.
—¡Ya lo hacía! —se defendió Legolas—. Bailaba con ellas.
—¿A eso le llamas bailar? Prácticamente no las mirabas ni a la cara.
—... No es mi culpa si no sé fingir interés. Soy honesto.
—Eres el único elfo que conozco para el que la honestidad no es una virtud sino un inconveniente. Y no, interés no sabes fingir, pero desinterés sí. Lo has practicado tanto que te sale bordado —masculló Eglaron, pero Legolas no le prestaba atención.
—Y el primer año que tengo la posibilidad de disfrutar de la compañía de la mujer que amo, bailar con ella y demostrar interés de verdad, no puedo hacerlo... —se lamentó—. Será el primer festejo de Érewyn en Eryn Lasgalen. Ojalá pudiera estar a su lado. No hay nada que desee más que ver cómo los nuestros la aceptan. Espero que sea capaz de entablar relación con la gente durante los festejos.
—Sí... —respondió Eglaron.
Pero no dijo nada más. Legolas ya se sentía suficientemente mal de no poder ofrecerle su apoyo abiertamente a Érewyn, como para confesarle ahora que el Pueblo de los Elfos del Bosque la evitaba abiertamente.
Pero, entonces, tuvo una idea.
—¿Por qué no le haces llegar un regalo que le recuerde a ti? Algo que pueda llevar puesto durante la fiesta. Así aunque tú no estés con ella, no te sentirá tan lejos —propuso Eglaron—. Quedan tres semanas aún.
Legolas sonrió de medio lado y miró a su hermano de forma acusadora.
—¿Cómo osas sugerirme algo así? Eso sería como declararle la guerra abiertamente a adar, muindor... No me tientes —murmuró, con voz suave.
Eglaron se encogió de hombros y le devolvió la sonrisa.
Las damas del pueblo élfico del Bosque Oscuro solían lucir presentes de sus pretendientes en el festival de otoño, y hacerlo significaba anunciar silenciosamente una posible unión matrimonial en la siguiente primavera.
—Oh, no exageres. Tampoco es como si te hubiera propuesto escapar con ella al bosque y casaros en secreto. Eso sería muy poco original.
Legolas rió.
—Prefiero hacer las cosas a mi manera.
—Tú elijes. Pero si las cosas se tuercen con adar, si no entra en razón, deberías considerarlo.
Pero Legolas negó efusivamente y detuvo sus pasos para encarar a su hermano, frente a frente.
—Esas son medidas desesperadas que no será necesario tomar. Ella va a ganarse a adar, Eglaron. Tú sólo espera.
Dicho esto dio por concluida la discusión y lideró de nuevo la travesía hacia la tienda desde la que comandaba la estrategia. Y, mientras caminaba, no podía dejar de darle vueltas a la primera sugerencia de su hermano. ¿Qué podría hacerle llegar a Érewyn?
Con ella no iba a servir un brazalete de flores como solía regalarse a las damas a las que los elfos pretendían cortejar en las fiestas. Aunque estaba seguro de que cualquier detalle que recibiera de él la haría inmensamente feliz, debía pensarlo bien.
Pero, por ahora, debía apartar de su cabeza aquella preocupación y centrarse en la estrategia militar, que era principalmente lo que había traído a su hermano hasta la Frontera Sur.
—¿Ha sucedido algo interesante en el este aparte de la retirada de los Balchoth de nuevo a Rhûn? —preguntó Legolas, justo cuando llegaban frente a la tienda y apartaba la cortina que hacía las veces de puerta para permitir el paso a su hermano.
—Nada en particular —confesó Eglaron. Dio un vistazo rápido a la tienda de su hermano y caminó lentamente hasta el escritorio, donde se recostó y se cruzó de brazos—. Esos salvajes estaban aún muy lejos, incluso, de Esgaroth: en la confluencia del Celduin y el Carnen —Legolas se quedó pensativo y Eglaron entornó los ojos al advertir su actitud ausente—. O te estoy aburriendo o bien eres tú quien posee las noticias jugosas esta vez. Si es así más te vale hablar y compartirlas con tu hermano.
Legolas sonrió levemente y desplegó su mapa sobre el escritorio. Apuntó con el dedo sobre el río Anduin.
—He recibido noticias de los beórnidas. Han despejado el paso de las ruinas de "La Escalera" y ya casi terminan la construcción de un nuevo puente, al norte del río Gladio —miró a Eglaron y, al hacerlo, sus ojos chispearon—. Al menos ahora tenemos la certeza de que por esa ruta no pueden llegar orcos sin ser vistos con antelación, y para Veryan supondrá un armisticio impagable —dijo, con malicia, al mentar a su mejor amigo.
—¡Sí! —exclamó Eglaron, riendo—. Puedo imaginarle besando las manos de los beórnidas por atajar con más de la mitad de su trabajo.
—De todas formas —replicó Legolas, y su voz volvió a sonar seria—, aunque tuvieran una ruta alternativa para atacar por el oeste, desde las Hithaeglir, en esas latitudes el campo es vasto y no hay vegetación que pueda ocultar el paso de un ejército de Uruk Hai. No pueden llegar a las lindes de Eryn Lasgalen sin ser vistos días antes. Pero lo extraño es que sí, llegan.
Eglaron frunció el ceño en un gesto de incomprensión.
—¿Qué quieres decir?
—Les hemos avistado aquí, aquí —Legolas señalaba varios puntos sobre el plano, en una parte de las montañas Emyn-nu-Fuin—, y aquí también. Les interceptamos, sí, pero no logramos averiguar de dónde proceden. Es como si aparecieran de la misma nada. Y los que logran escapar se pierden en la zona de roca en la que muere el camino misterioso.
—De modo que sigues sin hacer avances respecto a ese dichoso camino —concluyó Eglaron, preocupado.
—No puedo hacer más —se lamentó Legolas, y se apoyó en el mapa con ambas manos y la vista clavada en esa senda, marcada desde que la encontraron como zona principalmente conflictiva—. He peinado esa montaña varias veces ya. He enviado patrullas a inspeccionar todo sendero existente. Hemos buscado, incluso, trampillas ocultas entre la hojarasca del suelo, pensando que quizá usaran túneles bajo tierra. Pero nada, no hallamos una explicación al misterio. Se esfuman, Eglaron.
—¿Y emboscarles? ¿Hacer prisioneros y torturarles hasta que hablen? —propuso el heredero de Thranduil.
—... Ya lo he hecho —admitió Legolas—. Pero se muerden la lengua y mueren desangrados antes de confesar... Eglaron, sé que están ahí, en esas montañas —insistió, contrariado—, lo sé, pero no sé cómo hacerles salir —Eglaron observó a su hermano menor, pensativo. Ni siquiera él se había topado nunca con una complicación así. El pobre Legolas llevaba con aquel asunto ya desde el mes de junio, y estaban casi en noviembre—. Sólo se me ocurre una posibilidad para ello, pero me vas a decir que es demasiado arriesgado —musitó el menor. Y al decir aquello su voz fue tan sólo un susurro.
—¡Sorpréndeme! —pidió Eglaron, sonriente, utilizando el mismo tono.
—Creo que no tiene sentido emboscar a la nada, así que... Provocaremos que nos embosquen ellos a nosotros.
—¡¿Qué?!
—¿Por qué están aquí, Eglaron? ¿Qué motivos tienen para continuar rodeando una defensa impenetrable? —preguntó Legolas. Su hermano entornó los ojos sin conseguir llegar al punto al que Legolas se refería.
—¿Crees de verdad que tienen motivos hostiles contra nosotros y que no se trata sólo de obcecación por establecerse en las Emyn-nu-Fuin?
—Completamente —dijo Legolas, sin dudarlo un instante—. Sospecho que lo que quieren es llegar a la Caverna.
—¿Que dices? —exclamó Eglaron. Legolas le hizo un gesto con las manos para que bajara el tono de voz—. ¿Para qué iban a querer llegar a la Caverna?
—Eso no lo sé. No se me ocurre ninguna posibilidad.
Eglaron suspiró profundamente antes de prestar atención al mapa de su hermano y continuar discutiendo aquella idea de Legolas.
—Supongamos que es cierto lo que dices. ¿Qué pretendes conseguir provocando una emboscada en nuestra contra?
—A eso iba: les haremos creer que trasladamos el punto de más vigilancia a la zona este: la tuya —explicó Legolas, señalando la zona del bosque en la que Eglaron tenía su Campamento Base, en la Frontera Este de Eryn Lasgalen—, y dejaremos un hueco en las filas de mi Guardia por este lado —dijo, señalando un punto cerca del lugar en el que se hallaba su propio campamento—. Ellos lo verán como un descuido mío en la estrategia, debido a la creencia de que no pueden atacar desde el sur o el oeste ya que el nuevo puente de los beórnidas resulta una ruta muy despejada. Y caerán en la trampa. Si creen que pueden atacar y colarse hasta la Caverna, saldrán de su escondite para darnos caza y entonces sabremos dónde se ocultan de una vez por todas.
Legolas finalizó y continuó inspeccionando aquel mapa, gastado ya de tantas veces que el Príncipe lo había estudiado.
Eglaron aún miraba a su hermano, incrédulo, procesando el plan que Legolas acababa de explicar.
—Pero por supuesto es una idea que no podemos llevar a cabo rápidamente —continuó el más joven—. Tardaremos en desarrollar una estrategia creíble, por lo menos... dos meses. Si la llevamos a cabo muy deprisa podrían sospechar de una trampa, ya que, hasta ahora, los cambios de táctica los he llevado a cabo escalonadamente y de forma racional. Además tendremos que trasladar el Campamento Base y establecer nuevos límites para los nirt.
—No sé qué decirte, muindor —musitó Eglaron—. Puede ser la mayor estupidez del mundo o el mayor acierto.
—Lo mismo pienso yo. Además, quiero comprobar algo, y para esto necesito que sólo unos pocos sepan que se trata todo de una estratagema: tú, adar y una patrulla de mis guardias de más confianza, a los que encargaré la vigilancia, en secreto, de la zona rocosa en la que se esfuman esas alimañas. Los demás, incluso el resto de mis propios soldados, deberán creer que dejamos una zona sin vigilancia, justo aquí, junto a este arroyo —explicó, golpeando repetidamente el plano con un dedo—. Si hay un traidor en la corte, se enterará de la nueva estrategia y no tardará en informar a las tropas de orcos acerca de ese agujero en la defensa. Y ellos atacarán por ese punto. Intentarán llegar a las Estancias a través de ahí. Y lo harán atacando con todas las fuerzas con las que cuenten, si quieren tener éxito. Deberán movilizar a toda su hueste, y al hacerlo, dejarán visible el lugar en el que se ocultan. Mis guardias de confianza lo localizarán y, entonces, ordenaré el contraataque y entrarás tú por el flanco, desde el este, y Veryan desde el oeste. Arrasaremos con ellos.
Tras completar su compleja explicación, Legolas alzó la vista del mapa, en el que había situado varias piezas de madera señalando las zonas de vigilancia y ataque que iba describiendo, y miró a su hermano con un fuego renovado en los ojos.
Eglaron explotó en risas nerviosas. No podía creer el modo en que maquinaba la mente de Legolas. Era digno hijo de Thranduil.
—¡Podría funcionar, pero estás completamente loco!
Legolas se limitó a sonreír de medio lado y se irguió ante el mapa.
—Te recuerdo que me caí de lo alto de la Puerta Negra. En ningún momento dije que no perdiera la razón en aquella caída —murmuró, y retiró del mapa algunas indicaciones realizadas con los punteros de madera, eliminando así cualquier pista de la estrategia encubierta bajo la apariencia de una mala gestión—. De todas formas, a nadie le sorprendería que volviera a cometer un error como el de saltarme la cadena de mando, durante la búsqueda de Érewyn. ¿Por qué no tomar ventaja de ello ahora?
Sí, sus ideas eran alocadas, eso era innegable. Pero de aquel callejón sin salida en el que se hallaban los elfos de Eryn Lasgalen frente a los escurridizos Uruk Hai, quizá sólo podrían salir urdiendo un plan aparentemente sin sentido, como el de Legolas.
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TRADUCCIONES
Sindarin
Quel andune, hethres - Buenas tardes, prima.
Lle tyava quel? - ¿Te encuentras bien?
Edhellen, an ngell nîn - En sindarin, por favor. edhellen es uno de los nombres nativos para el sindarin, o sea, sindarin en sindarin XD
Mani marte sina re? - ¿Qué te pasa hoy?
Crao su a'bara min an isull edarion atale - Hoy no estoy teniendo un buen día con mis lecciones.
Hethres - Prima.
Hethren - Primo.
Lle auta yeste' - Continuad sin mí.
ionneg, ion nîn - Hijo mío.
muindor - Hermano.
Rohirric
Níl aon úlla dearga anseo, Fanor. Ach tá siad seo saibhir cé go bhfuil siad buí. An maith leat iad? - Aquí no hay manzanas rojas, Fanor. Pero estas también están ricas aunque sean amarillas. ¿Te gustan?
ACLARACIONES
Sobre la altura de los elfos
El maestro Tolkien consideraba la altura de los elfos directamente proporcional al rango, y también a la nobleza, y no sólo a nobleza por orígen, sino también por las gestas llevadas a cabo durante su vida. Así, podéis imaginar cómo eran de altos los Noldor. Todos superaban los dos metros. Aunque se dice que el más alto de todos los elfos que vivieron en Arda no fue un Noldor, sino Elwë Singollo (el Rey Thingol de Doriath), con más de dos metros y setenta centímetros. No he encontrado registros que oficialicen su talla pero sí que es definido por Tolkien como "el más alto de los hijos de Ilúvatar"
Se habla en El Señor de los Anillos de lo alta que es Galadriel, tanto como su esposo Celeborn, y eso que él descendía de la nobleza de Doriath, era pariente del mismo Rey Thingol (sí el gigante de tres metros), y es que se dice que las mujeres de los Noldor también eran muy altas.
Y Thranduil también era pariente de Thingol por lo tanto es el elfo más alto de todo Eryn Lasgalen, seguido, por lógica, por sus dos hijos.
Sobre la carne en la dieta de los elfos
Si tiramos de textos oficiales del Quenta Silmarillion se decía que entre los Noldor se encontraban los más grandes cazadores de la Tierra Media, como Celegorm, quien iba siempre acompañado de su perro Huan o los hermanos Amras y Amrod, cazadores de Ossiriand. Incluso en el Hobbit se habla, durante el encarcelamiento de los enanos en las Estancias, de la afición de los elfos del Bosque por la caza, guiados en ocasiones por el mismo Rey Thranduil.
Así que podemos deducir que sí, comían carne. Pero también podemos esperar que jamás cazaban por deporte, sólo lo necesario para alimentarse.
Nota de la autora
Lo sé, con más de 14.000 palabras el capítulo se me fue completamente de las manos. Pero los capítulos que sucedan en las Estancias de Thranduil comprenderan intervalos largos de tiempo entre ellos. Así, en el siguiente capítulo habrán pasado tres semanas, de modo que me parecía necesario cerrar las pequeñas tramas que suceden en este, aunque resultara un texto largo.
Espero no cansar a la gente con actualizaciones tan largas, creo que la trama está siendo interesante y aún se va a poner mejor en los próximos capítulos ;)
P.D.: Quien necesite aclaraciones acerca del puto plan de Legolas que me lo haga saber y resolveré dudas encantada XD
¡Muchas gracias por leer!
