Estos capítulos han sido bastante divertidos de escribir... Sobretodo el último que subiré hoy ;) ¡Espero que os gusten! Dejarme un pequeño comentario para hacérmelo saber, ya sea aquí o por twitter :)
- No hay nada que explicar, en verdad – intentó excusarse la detective, a ver si colaba.
- ¿Cómo qué no? ¿Duermes con él y no hay nada que explicar? – replicó Lanie, ahora era ella la que tenía tono de voz amenazador.
Beckett se pasó una mano por el pelo, pensando cómo decirlo para que no sonara como no tenía que sonar.
- A ver, nos pusieron en un apartamento con una sola cama de matrimonio, ya que la habitación de la buhardilla está inservible. Caballerosamente, Castle se ofreció para dormir en el sillón pero está tan lleno de bultos que terminó con la espalda machacada, así que le dije que podía dormir conmigo.
- ¿Y no hicisteis nada? – preguntó Lanie, sospechando, y la detective supo sin necesidad de verla que tenía los ojos entornados.
- No, Lanie, no. Se puede dormir con un hombre y no hacer nada perfectamente, deberías probarlo algún día, te aseguro que sobrevivirías.
- ¡Ja! Beckett, hombres y mujeres no pueden ser amigos, siempre termina habiendo tensión sexual por el medio.
- Sabes que no estoy de acuerdo, lo hemos discutido muchas veces.
- Lo sé, pero mi opinión no ha cambiado ni un poquito.
- Lo que tú digas – suspiró la detective, rindiéndose. – Mira, tengo que ir a la casa de nuestra víctima así que te llamo otro día, ¿vale?
- Vaaale – aceptó la forense, alargando las vocales. - ¡Pero espabílate! – le gritó, antes de que Kate colgara.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
- ¿Qué tal la sesión de cotilleos diaria? – inquirí cuando Beckett entró en la habitación para vestirse.
- Muy interesante – comentó ella.
Pero no iba a picar, sabía lo que estaba tratando de hacer. Quería jugar al mismo juego que yo estaba jugando, hacerme creer que Lanie le había contado algo que yo le había dicho, pero lo que Beckett no sabía es que yo escucho pero cuento poco de mí mismo. Eso me proporciona información de los demás, y a ellos les deja con poca mía.
- ¿Qué haremos hoy? – me tiré de espaldas a la cama, quedándome totalmente estirado, con cansancio.
- Ir a Saint Michael, tratar de averiguar de quien es esa casa.
- ¿Has pensado en la posibilidad de que solo se trate de una residencia de verano? ¿O de la de invierno?
- Sí, pero un tío que se gana la vida haciendo de gánster dudo que tenga el dinero suficiente para mantener dos casas.
- O sí. Nunca sabes de dónde saca la gente el dinero.
- Claro – dijo ella, con sorna, ladeando la cabeza para mirarme – Puede jugar a hacer de ladrón, ¿no?
- Es una opción – comenté, sin darme por aludido – El amigo de un amigo lo es y no le va nada mal.
- ¿El amigo de un amigo? ¿No serás tú?
- ¿Yo? Oh, no, detective. Nunca se me ocurriría robar para ganarme un sueldo.
- ¿Seguro? – insistió ella. Me levanté de la cama, acercándome a ella con paso lento.
- Segurísimo. Tan seguro estoy yo como tú de que estás dando palos de ciego – respondí, inclinándome hacia ella.
- Yo nunca doy palos de ciego, Rick – rebatió, ronroneando, obligándome a tragar saliva.
- ¿Segura?
- Segurísima. – nos mantuvimos la mirada durante unos segundos, la tensión creciendo entre el poco espacio que nos separaba. Finalmente, Beckett rompió el contacto visual y giró sobre sus talones, dándome con su pelo en la cara.
Dejé escapar el aire de golpe, el aroma a cerezas rodeándome como un manto que desprendía sensualidad por todos lados. Sacudí la cabeza, tratando de centrarme, y bajé al salón para comprobar el tiempo en el ordenador. En lo que tardó la máquina en encenderse y cargar todos los programas, la detective ya se había preparado y estaba haciéndose una coleta al pie de las escaleras.
- ¿Segura que quieres ir hoy a Saint Michael? – pregunté, enarcando una ceja.
- ¿Qué te ha dado a ti hoy? No dejas de cuestionarme todo – inquirió ella a su vez.
- Nada, solo que tendrás que cambiarte de ropa – comenté, echándole una mirada de fingido desacuerdo a sus vaqueros cortos y su camisa vaquera.
- ¿Por?
- Detective, por si no se ha dado cuenta – que ya veo que no lo ha hecho – el sol no ha salido hoy por la sencilla razón de que se esperan lluvias para toda la semana acompañadas de fuertes tormentas y vientos de hasta 130 km/hora.
Beckett hizo una mueca, fastidiada, y se quedó parada unos instantes, considerando las probabilidades.
- Vamos a ir hoy.
- ¿Has oído lo que te acabo de decir? Aprecio mi vida demasiado como para andar en un coche por ahí con vientos tan fuertes.
- Pues no vengas pero yo voy a ir. Mejor hoy que hace mal tiempo que cuando haga sol, así no habrá fans perturbados que molesten.
- ¿Fans perturbados? – inquirí, sin saber de dónde salía eso.
- Castle, culturízate un poco.
Sin darme explicaciones se dio la vuelta y volvió a subir a la habitación para cambiarse. Muerto de curiosidad, me levanté del sillón y la seguí, queriendo saber a qué se había referido.
- ¿Qué querías decir con fans perturbados? – pregunté, mientras abría la puerta.
- ¡Castle! Podrías llamar, ¿no? – me reprendió ella, mientras se abrochaba el botón del vaquero.
- Estás vestida – dije, alzando una ceja con escepticismo.
- Da igual, podría no haberlo estado.
Se me escapó una risa.
- Ni que nunca hubiera visto una chica desnuda – resoplé, dándome aires de importancia. – Soy un escritor multimillonario, las mujeres se pegan para que les firme en el pecho en las presentaciones de mis libros.
- Una vez más me das detalles que no me interesa saber – murmuró Beckett, con cara de asco. Pero al mirarme pude ver un trasfondo de molestia por mi comentario. "Tienes que derrumbar su muro, no ayudarla a hacerlo más alto, imbécil" me susurró mi subconsciente.
- Perdona, ha estado un poco fuera de contexto.
- ¿Solo un poco?
- Tampoco te pases – avisé.
Ella sonrió de lado y vi que estaba de broma. Sacudí la cabeza, mareado. Con esta mujer era imposible saber cuándo estaba enfadada y cuándo no, cuándo te estaba tomando el pelo y cuándo decía algo totalmente en serio. Era una maestra en lo que a enmascarar sentimientos se refiere, y sus cambios de estado de ánimo eran tan repentinos que la mayor parte de las veces no los veías venir. Era un completo misterio, un enigma. Y yo era conocido por mi gusto por los acertijos, además de mi notable masoquismo.
Observé como daba saltitos para meter el pie en la bota, pero en realidad mi mente estaba muy lejos de allí, pensando en una niña de 4 añitos que hacía lo mismo cuando llovía y se tenía que poner las botas de agua. El eco de sus risas al saltar charcos y empaparme llegó a mis oídos, como si hubiera ocurrido el día anterior, casi podía oírla decirme "Venga, papá, ahora tú". Podía verla echar la cabeza hacia atrás, riéndose, o sus gritos cuando la mojaba…
- ¿Castle? ¿Te encuentras bien? – inquirió Beckett, preocupada.
Salí de mi ensoñación, notando que tenía los ojos húmedos. Parpadeé varias veces, haciendo que el mundo se enfocara y dejara de tener esa película cristalina que desfiguraba las cosas.
- Sí, sí – asentí, algo brusco, y me fui de allí.
