Capítulo 53: El poder del fuego
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Merlina quiso descubrirse a sí misma. Le hubiera gustado congelar el tiempo unos minutos para analizar las emociones y sentimientos que cruzaban su cuerpo en ese instante. ¿Cómo había encontrado atractivo a ese sujeto en algún momento?
Aparentemente, su mente se había enfriado. Sólo sabía que estaba allí, en medio del Bosque Prohibido, atada a un árbol, en frente del hombre que, alguna vez, había sido su amigo, luego su novio y, por último, su enemigo. Estaba frente a la persona que había creído muerta por mucho tiempo.
¿Por qué el maldito destino la había llevado a conocer a ese psicópata desgraciado?
Estaba quieta, atenta a esos zapatos negros que se paseaban de un lado a otro, cuando debería haber estado temblando aterrada y orando a todos los Dioses existentes y a los calzones de Merlín. Parecía, apenas, una situación más de la vida, algo cotidiano, casi normal, como si se estuviera tomando un café con un amigo.
―Creo que tendremos toda la noche para nosotros dos ―concluyó Craig, dejando sus paseos y apoyándose en un árbol con los brazos cruzados.
Merlina corrió la vista. Era desagradable. Era desagradable saber que estaba en un cuerpo que no le pertenecía. Era algo completamente atroz. No comprendía, siquiera del todo, cómo había logrado mantenerse vivo, a pesar de que sabía su secreto. Trató de mirar con disimulo para ver dónde estaba su varita.
―¿Recuerdas mi rostro anterior, Lina? ―Preguntó Craig con curiosidad ―. Porque yo no.
―No puedo recordar tu asquerosa cara ―contestó Merlina sin mirarlo. Era mentira, sí lograba figurar su rostro, muy vagamente, pero sí lo hacía.
No tenía miedo de encontrarse con esos fríos ojos otra vez. Sencillamente, aún no caía de lleno en la cruda realidad, y no quería hacerlo demasiado pronto para no caer en pánico: ¿De verdad ese era Craig Ledger? Indudablemente, era el mismo… pero era todo tan extraño…
No se oía nada más que el canto de los grillos. Un ruido amortiguado de voces se oía apenas como un susurro. ¿Qué estaría sucediendo? ¿Cómo estaba Severus? ¿Cómo estaban sus amigas y sus hijos? El corazón le latió con fuerza por la preocupación.
―Vaya, esos modales… atrevida ―avanzó hasta ella se puso a su lado, demasiado cerca para rozar su mejilla con esa puntiaguda nariz ―. ¿Sigues con ese zoquete, no?
―¿Importa? ―Gruñó sin moverse, sintiéndose asqueada. Le hubiera gustado tragarse una pastilla vomitiva para lanzarle el último plato de comida que se había tragado, a la cara.
―Bueno… ―Craig se iba a acercar a su boca pero Merlina hizo un movimiento brusco con la cabeza.
―Sí, estoy con él ―escupió con odio ―. Soy una mujer casada.
Ledger retrocedió y sonrió con cinismo.
―Y yo que tenía la esperanza de que pudiéramos haber tenido algo ahora. Digo, para siempre.
―¿Qué quieres decir?
El mago suspiró con dramatismo.
―¿Es que no te das cuenta que es nuestra oportunidad…?
―¡No con lo mismo otra vez, por favor! ―Chilló Merlina, con un latente dolor de cabeza que comenzaba a manifestarse ― ¡Nunca te amé! Al contrario, estaba contigo para sentirme acompañada, bien lo sabes. ¡Y ahora te detesto! ―lo miró a los ojos, espantada. Craig se puso serio ― Si vuelves con el mismo sermón, eso de "si estás conmigo te perdono, sino, te mato"; entonces, es mejor que cierres la boca y me hables de algo más interesante, como qué demonios has hecho con tu vida últimamente, ¡y por qué decidiste hacerme esto, maldito idiota!
El pelo de la bruja parecía haberse disparado. Sus mejillas estaban rojas y sus manos comenzaban a arder.
Respiró con dificultad, tratando de calmarse, lo que consiguió con facilidad. Tenía fuego en sus manos… fuego.
Recordó a sus padres con dolor, pero supo lo que debía hacer. Supo cómo iba a terminar todo. Entendió cómo tenía que destruir a Craig. Allí sí que lo comprendió todo. Sintió paz, estaba aliviada.
Se distrajo con la marcha que retomó el hombre, de un lado a otro.
―¿Quieres saber? Bueno, eso me agrada oírlo, dado que tomaste la decisión equivocada ―Merlina arqueó las cejas ―. Sí, apenas termine con mi historia, te voy a matar. Tal vez obligue a alguien a que tome tu cuerpo ―rió. Los ojos de Merlina se abrieron como platos ―. Digo, ya que se ha convertido en una especialidad de mi parte…
―¿Qué? ¿Has hecho más Horrocruxes? ―Saltó Merlina, asustada.
―¿Disculpa? ¿Sabes mi secreto? Eres más aguda de lo que pensaba… Bueno, en serio, siempre creí que eras una tonta irremediable ―frunció el ceño ―. ¿Hacer más Horrocruxes? ¿Acaso se puede? ―Los ojos le brillaron de codicia.
―No sé, dímelo tú, dado que tú fuiste el cerdo que lo hizo.
―No, no hice más dado que dudo que pueda realizarse. Además, en un proceso complicado, ni te lo imaginas. Estaba moribundo cuando maté a este personaje ―señaló su cuerpo ―. No me dejo de asombrar. De hecho, pensé que el cadáver podría pudrirse con un trozo de alma tan débil como la mía, pero no hubo problemas. El cuerpo sobrevivió, y logró quedar entero, tal como lo había encontrado la primera vez. Lo escogí porque me pareció que teníamos rasgos similares, además, fue fácil cazarlo, ya que era un imbécil de primera ―explicó sentándose frente a Merlina, y acomodando los brazos hacia atrás para verla mejor.
―Otro rasgo similar… supongo que te refieres a lo de "imbécil de primera" ―murmuró Merlina rodando los ojos y luego hizo un puchero que le hizo ver como una vieja con indigestión. ―Bueno, he de admitir que el cuerpo que tomaste es mil veces más guapo de lo que eras tú ―añadió.
Craig soltó una risotada.
―Veo que andas graciosa. Pero no te salvará de tu destino.
La mujer puso los ojos en blanco otra vez.
―Si tienes algo más que decir, háblalo ahora… no quiero pasar los últimos minutos de mi vida teniendo que esperar a que digas algo más interesante ―replicó Merlina, preparada para quemar las cuerdas que la ataban. Podía sentir el calor en sus manos, aguardando la orden. Pero quería recuperar su varita… No quería utilizar ese plan de inmediato. ¿Y si fallaba?
―¿Quieres algo interesante? Pues bien, fui yo quien le lanzó la maldición del sueño a tu novio hace meses.
Los ojos castaños de Merlina se abrieron desmesuradamente. Eso era algo que no había sospechado y, que de hecho, había olvidado.
―Sí, fui yo. Veo que te impresiona. No debería asombrarte. Sólo quise que sufrieras un poco.
―Pues, no lo lograste del todo. Había perdido la memoria.
―Sí, detalle que recuerdo perfectamente ―corroboró con satisfacción ―. Me pregunto si te hubieras dado cuenta teniendo tus recuerdos.
Merlina no contestó. De verdad se sintió como una estúpida: probablemente no hubiera sabido con quién estaba tratando ese día en las Tres Escobas, tomando en cuenta que, con Agatha, habían tardado meses en percatarse de lo que sucedía, con el misterio del diario y todo eso. Cualquiera hubiese podido resolverlo antes con un poco más de imaginación. Trelawney, con sus locas predicciones, también fue de gran ayuda, pero no la suficiente.
―Evidentemente, no te hubieses dado cuenta ―comentó él con placer ―. Bueno ―continuó tomando una bocanada de aire con dramatismo―, como te dije, no fue sencillo. Pasé por un montón de complicaciones antes de lograr hacer el Horrocrux, guardando parte de mi alma aquí. Luego, tras pocas horas de haberlo terminado, alcancé a esconderlo y morí ― soltó como si fuera algo sin importancia ―. Minutos después, pude hacer reaccionar mi cuerpo nuevo, aunque estaba muy débil. Tardé un par de meses en recuperar mi fuerza y mi poder.
―Dejaste el diario en Azkaban a propósito, ¿no? ―Cuestionó Merlina cerrando los ojos. Le ardían. ¿Y si expulsaba fuego por los ojos como aquella vez en la ventana? Sí, aquella vez que Hogwarts había sido invadido, Craig fue el que estuvo a punto de agarrarla.
―Lo del diario fue un error; no debí haberlo hecho ―reconoció más molesto que avergonzado.
―Pero había partes en que parecía que te estuvieras dirigiendo directamente a mí ―replicó ella, frunciendo el ceño.
― Sólo me expresaba. Me imagino que fue lo que te ayudó en gran parte a descubrir lo que sucedía, y preferí haberlo no escrito para que te costara aún más ―hizo una pausa ―. Te estuve vigilando un montón de veces… pude haberte matado antes, pero quería darte esta oportunidad. Además, seguía débil como para luchar. Y, las veces que te vi, estabas acompañada ―volvió a sonreír ―, como la vez que saliste con ese sanador de San Mungo.
El atractivo y acosador Ackley Edelberth apareció en la mente de Merlina. Pudo recordar esa sensación extraña en el callejón. De pronto, sus neuronas conectaron ideas y sus ojos se desorbitaron, sin poder evitarlo.
―¡Mataste a Edelberth! ¡Fuiste tú! ―Acusó, espantada.
―Vaya, eso, pensé que no lo averiguarías. Has captado rápido ―reconoció reincorporándose y retomando sus paseos. Merlina lo vio mover la varita, y creyó que le haría daño, pero no sucedió nada. Le dio mala espina ―. Sí, fui yo quien lo mató. Fue muy útil, por cierto. Pude practicar maldiciones muy interesantes, en las que ahora me considero un experto.
―¿Qué harás? ¿Sacarás mis ojos de sus cuencas y me desollarás? Eso fue lo que hiciste con Edelberth, ¿no?
―Y le di vuelta la cabeza. Ese es un detalle importante. Y es lo que me sale mejor.
"No pude soportarlo. No sé qué hacías con él, pero me molestó verlos juntos. Puedes llamar 'celos' a eso, pero es mucho más. Sigo creyendo que, o estás conmigo o, simplemente, no estás.
Hizo una mueca y retrocedió, colocándose lejos de Merlina. A ella, eso no le hizo sentir mejor. Lejos o cerca, existía de todos modos. Tal vez ya era hora de actuar.
― Y tú, ¿Qué has hecho todo este tiempo desaparecida? Te busqué por mucho tiempo; ya comenzaba a pensar que estabas muerta y que lo que yo había hecho, había sido en vano.
―Estuve vagando. No te importa. Pero me ocurrieron muchas cosas ―contestó Merlina, sin mucho interés de conversar ―, por ejemplo, oí varias profecías que dictaban que, en algún momento, me encontraría contigo y te destruiría.
Craig la miró serio.
―¿A sí? ¿Y cómo me destruirás? ¿Me tirarás un escupo a la distancia o me lanzarás fuego como aquella vez, cuando estuve a punto de atraparte?
Merlina temió que descubriera lo que ocurría con ella, así que se evadió.
―Eso es lo que estoy intentando descubrir. Y jamás te he lanzado fuego por los ojos ―mintió, dando a entender que había usado la varita para defenderse.
El mago se quedó mirándola con los párpados entrecerrados.
Permanecieron en silencio y Merlina no pudo pasar por alto el ruido de las hojas crujir. Algo caminaba por el bosque… No, no algo, eran muchos.
Tratando de mantener la calma, y temiendo que fueran acromántulas, se concentró para calentar sus manos. Y funcionó, sin despedir fuego, logró tener la suficiente temperatura para poder cortar algunas cuerdas. Lo hizo con disimulo.
Craig se reacomodó y habló.
―Antes, sin embargo, de pasar a la parte más dolorosa, me gustaría que vieras a mi madre y a mi padre. Y al resto de la gente que les acompañan. Quiero ver qué hacen contigo.
―¿Qué? ―preguntó Merlina, desconcertada por la incoherencia de la información ―. ¿No que tus padres estaban desaparecidos? ―Hubo temor en su voz.
―Espera y verás.
Los pasos se hicieron más notorios. Merlina aguardó. Estaba lista para huir. Sin embargo, a la vez, estaba como clavada en la tierra.
De pronto…
Dos personas aparecieron tomadas de la mano, entre los árboles.
Un momento… eso no son magos. Son…
―Inferius. Mi madre y mi padre ―contestó Craig señalando con un brazo a los horrorosos cadáveres de ojos y mejillas hundidas. Sus bocas estaban abiertas en una mueca, como si estuvieran a punto de soltar un grito.
―Asesinaste a tus padres ―masculló Merlina, sin poder creer lo que veían sus ojos. No se había sentido tan asqueada como en ese momento.
―Sí, pensé que serían útiles ―hizo una pausa y observó a la bruja con lástima ―. No soy como tú, Lina. Tú vives martirizada por la muerte de tus padres. Yo, en cambio, estoy feliz de que estén muertos, porque me sirven a mí.
Merlina sintió repulsión, la que se multiplicó a mil cuando aparecieron más Inferius. Era, probablemente, la misma tropa que había estado en el lago.
―Yo creé este ejército. Útil, ¿no?
Merlina ya se había imaginado que Craig había hecho eso, pero no pudo dejar de sorprenderse.
―¿Mataste a toda esta gente? ―Le salió un hilo de voz.
―Por supuesto que no ―frunció el seño ―. Ni que hubiese tenido tanto tiempo. Asalté algunas tumbas ―añadió ―. En fin, estamos perdiendo tiempo.
Chasqueó los dedos.
Merlina no reaccionó de inmediato. Cuando el grupo de muertos estaban a tres metros a la redonda, rodeándola y separándola de la vista de Craig, se zafó de las cuerdas.
Era una verdadera película muggle de zombies. Avanzaban lento, con paso pesado, las manos extendidas y hacían un ruido sordo con la boca.
Merlina Morgan respiró profundo y puso una mano a cada lado de su cuerpo. Se miró la mano derecha y la alzó. De un segundo a otro, salió una llama bien formada de color azul.
Estaban muy, muy cerca de ella, pero sabía que saldría ilesa. Podía controlar el fuego interior. Era hora de actuar.
―Uno… dos… tres ―farfulló. Extendió las manos y expulsó una potentísima llamarada que hizo estallar en cenizas a algunos cuantos.
―¡Qué demonios! ―Gritó Craig tras la pared de muerte.
Merlina se escabulló entre un hueco que había quedado y agarró su varita. Se topó frente a frente con Craig.
―¿Cómo huiste? ¿Qué has hecho?
―¡Esto! ―Merlina le lanzó fuego con la varita, directo a la cara.
―¡Aaaaah! ―Craig aulló de dolor, sin poder taparse el rostro con las manos, porque dolía más ―¡Maldita, dónde estás! ¡Expelliarmus! ¡Crucio!
La maldición le alcanzó, pero pudo huir y ponerse en guardia. Craig, con la cara tapada por una mano, comenzó combatir sin piedad.
A pesar que había mejorado mucho en lo que era el arte del duelo, no le era suficiente para vencerlo de esa manera, así que tuvo que comenzar el juego de las escondidas otra vez, hasta que Craig logró derribar un enorme árbol, que casi la aplastó, e hizo retumbar el suelo.
―Bien, bien ―dijo Merlina, apareciendo ante la vista de Craig ―, tenías curiosidad sobre el fuego que expulsé por los ojos esa vez... es verdad. ¡Mira!
Merlina repitió el acto de aquella vez, pero adrede, con mejor puntería y mejor dominio.
Craig volvió a gritar, y tuvo que soltar su varita para agarrarse la cara por segunda vez.
Merlina quiso huir rápido y sin temor, pero un nuevo grupo de Inferius apareció delante de ella.
―Ya… Si esto es lo que quieren… ―No dudó en lanzar fuego otra vez. Exterminó a varios, hasta que le dio un árbol. No tardó en encenderse.
Al segundo, tres árboles estaban en llamas.
―¡Lina! ¡Dónde estás! ¡Maldita perra!
Un hechizo pasó rozándole el hombro a Merlina. Por poco le había dado.
―¡Te encontraré y te vas a arrepentir!
Merlina miró a su alrededor. El bosque estaba ardiendo, pero eso no era lo que le preocupaba. No se quemaba. El problema eran los constantes cadáveres que seguían apareciendo; eran decenas de ellos.
Algo lloró cerca de ella. No era humano. Era un animal.
Desesperada, entrecerró sus ojos y miró a su alrededor.
Craig le había dado a un animal, dejándolo tirado en el suelo.
―Oh, no… no ahora…
―¡Lina! ¡Ven y pelea!
Por qué no te traga el fuego, idiota…
Corrió hasta el animal. Era un unicornio y tenía la pata ensangrentada.
―Justo cuando no quiero ver nada que me haga detenerme, ni siquiera algo tan lindo como tú, tiene que sucederme. No es el momento.
Se agachó e hizo lo que pudo con su pata, pero logró hacer que el animal se pusiera de pie.
Y tuvo una idea.
―Me debes una.
Casi pasó para el otro lado, pero logró subirse al lomo de la criatura.
―¡Lina!
No supo si Craig veía o no, pero la había encontrado y estaba a unos metros de ella. Tras él, los Inferius más fuertes e ilesos, caminaron hacia ella.
―¿Todavía no te mueres? ¡Déjame en paz, estúpido! ¡Y púdrete en el infierno con tus queridos muertos! ¡Eres patético! ¡Y para tu información, sí pudiste haber hecho más Horrocruxes!
Merlina supo que era la hora de terminar, e hizo el último esfuerzo, bajándose del unicornio.
Se convirtió en una antorcha humana: con todo el cuerpo lanzó las llamas, sintiendo cosquillas en el interior, como si hormigas estuvieran saliendo por sus poros. Estuvo así durante lo que parecieron quince segundos. Intentó ser cuidadosa, aunque ya, a esas alturas, el bosque estaba cubierto de un humo tóxico.
Oyó a Craig gritar de dolor, y pudo distinguir su silueta retorciéndose más allá, hasta que se desplomó. No tuvo miedo, tampoco supo si fue satisfacción. Pero sí sintió dolor cuando una llama se inflamó y le alcanzó la pierna izquierda, envolviéndosela. Merlina, asustada, alcanzó a subirse al relinchante unicornio, que salió galopando disparado. Durante ese evento, la varita se le cayó al suelo.
Merlina se apagó las llamas con la mano, asustada, con la pierna doliéndole como mil demonios. Hacía tiempo que no sentía un dolor tan agudo como ese. Había perdido su poder. Se había acabado su fuego interior, eso tenía que ser: Craig estaba muerto. Si se hubiese quedado allí, en el bosque, hubiera muerto calcinada. La profecía estaba cumplida, y su cabeza iba a estallar en cualquier momento, por el dolor y los múltiples pensamientos que le atacaban y le embotaban el cerebro.
Salieron del bosque. El Unicornio dobló con brusquedad hacia el lago y Merlina cayó, pero no sintió más dolor que el de la pierna.
Estaba agitada, con el corazón a mil por hora y con la mente nublada. Se sintió mal, y estuvo a punto de perder el conocimiento, pero se dio cuenta que algo trascendental había sucedido: gritos desgarradores cruzaron el aire hasta sus oídos, quitándole ese pitido molesto y haciendo más clara su visión.
Había un grupo de gente amontonada en el centro de los terrenos. Ya no había rayos de colores atravesando el cielo, nadie luchaba. Nadie miraba tampoco el monstruoso fuego que se estaba consumiendo el bosque, ni la verde Marca Tenebrosa que seguía resplandeciendo en el cielo.
Con esfuerzo, e ignorando el dolor de la pierna, rengueó hasta el lugar de los hechos, preguntándose qué estaba sucediendo. Se hizo lugar entre las personas, pero tuvo que colocarse en puntillas para ver mejor. Alguien estaba tirado en el suelo. Vio una elegante túnica, una barba larga y plateada…
Era Dumbledore.
Quedó paralizada por unos segundos, sin comprender lo que estaba viendo.
―¡Está muerto, muerto! ―Gritaba Hagrid llorando de tristeza, desesperado.
―¡Saquen a esa mujer de aquí! ―Dijo lo que pareció ser la voz de la profesora McGonagall.
Había otra persona tendida en el césped. Más tarde supo que era Bellatrix Lestrange, la asesina de Dumbledore, que estaba sin vida. Poco antes, también, Harry había terminado con Voldemort, pero el cuerpo estaba en un montón de más allá, con varios Mortífagos más.
Los ojos de Merlina se llenaron de lágrimas y tuvo ganas de abrazar a alguien. Tuvo ganas de llorar desesperadamente. No, no solamente por el director, a quien no podía creer muerto, no aún. Él había sido tan bueno con ella... ¿Había matado realmente a Craig? Sí, lo había hecho. Lo había matado. Y había gente muerta, mucha gente muerta a su alrededor. Un mar de sentimientos y emociones se estaban apoderando de ella.
Salió de la multitud y comenzó a buscar, rodeando el círculo, rogando a los Cielos para no encontrarlo entre los cuerpos que yacían quietos en el suelo. Hasta que lo vio, allí, inconfundible entre la sollozante muchedumbre. Estaba arrodillado y parecía gravemente herido, pero estaba vivo. Una calidez le llenó el alma y un largo suspiro escapó de sus labios.
Se arrodilló a su lado, preocupada, le tomó el brazo bueno y lo zarandeó con suavidad.
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Había peleado incansablemente, a pesar de lo débil y maltrecho que se sentía, intentando no pensar en Merlina, intentando no ver a la gente que sucumbía cada minuto.
El tiempo había transcurrido lentamente, hasta el momento en que el mismísimo Voldemort se unió a la lucha. Potter peleó sin descanso, en ningún momento demostrando abatimiento o cobardía. Eso dio esperanzas y energías a los demás. De un momento a otro, Neville, apareció con la espada de Gryffindor, para rebanarle la cabeza a Nagini ―Severus no supo en qué momento el chiquillo la había adquirido, puesto que se la había entregado en las manos al mismísimo Harry Potter ―, y allí se desató la ira.
La guerra estuvo a punto de ponerse más violenta, lo que fue perjudicial para Severus: una maldición le dio de lleno en el estómago, provocándole un calambre doloroso. No se dio cuenta que la piel le comenzó a sangrar sin motivo.
Algunos intentaron ayudarlo, pero se distrajeron con Potter, que le habló a Voldemort sin vacilaciones, revelándole información importante y captando la atención de todos. Y allí fue cuando, Severus, comprendió todo lo que habían estado haciendo con el director: buscando Horrocruxes y cómo destruirlos.
Discutieron, hicieron un preámbulo, manteniéndolos a todos atentos. Luego, arremetieron. Lord Voldemort murió a causa de su propio hechizo; misterios de la magia. En ese momento, la Marca Tenebrosa de su brazo se enfrió y se hizo más clara. Las cadenas que lo ataban se esfumaron.
La gente no alcanzó a celebrar cuando, de la nada, Bellatrix Lestrange apareció de lo que pareció ser un montículo de tierra, y mató, sin miramientos, a Dumbledore. Y, casi de manera inmediata, la maldición asesina salió de la varita de alguien de la Orden, dándole a la mujer de lleno en el pecho, y enviándola al suelo también.
Eso, pareció volver a todos a la mortífera y cruel realidad. Fue todo demasiado rápido. Aún allí, arrodillado y viendo borroso del dolor, presenció lo ocurrido.
Severus, sin poder creerlo, vio el cuerpo inerte del director. La persona que había sido lo más cercano a un padre, en quien había depositado su confianza. Quien le había ayudado a salir de ese espacio infernal en el que se hallaba; quien le dio la oportunidad de intentar ser alguien nuevo.
Gritos lastimeros resonaron por los terrenos de Hogwarts.
Todo ha terminado… todo…
Los ojos se le empañaron. Fue inevitable. Y, justo en el momento en que comenzaba a necesitar de alguien, la persona que deseaba que estuviera a su lado, le tocó el brazo.
Estaba bien. Ella estaba bien. El corazón se le disparó de la emoción, aunque la tristeza estaba ganando en ese instante.
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―¿Te han hecho algo? Tienes la cara hinchada…
―No… no es nada.
Merlina lo rodeó en un abrazo y apoyó la cabeza en su hombro, derramando lágrimas. ¿Eran de felicidad? Era, en realidad, una mezcla. Ellos, eran afortunados. Estaban vivos, prácticamente completos. Pero, ver esas almas destrozadas, ver esos cuerpos sin vida… Era dañino.
Severus la rodeó con el brazo bueno y le besó la coronilla.
―Estuve preocupado, no sabes cuánto… ―Farfulló con anhelo, deseando poderla abrazar más fuerte, pero el dolor y el sufrimiento le distrajo.
Agatha… al menos no te tocó ver este paisaje infernal. Estás descansando en paz… tranquila, donde nadie más puede hacerte daño, pensó Merlina por su parte.
Harry fue el primero en acercarse al cuerpo del director. Después de él, todos comenzaron a moverse, para atender a los heridos y para llevar los cuerpos importantes a otro lado. Más tarde tendrían que enterrarlos. La mayoría, mientras hacían eso, lloraban con desconsuelo.
Otros tantos, avanzaron hasta el límite del bosque y enarbolaron sus varitas para hacer el intento de apagar el fuego que se había propagado de manera masiva, ocultando el cielo bajo una capa de humo negro. Un dúo de brujas se encargaron de borrar la Marca Tenebrosa, y un grupo de magos procuraron mantener a los Mortífagos atados y bajo vigilancia para que no huyeran.
Merlina ayudó a Severus a pararse. Se estaba acostumbrando al dolor del estómago.
―¿Qué ha sucedido? ¿Estás bien? ―Susurró el hombre, alejándose de ella para mirarla a los ojos.
―Maté a Craig ―contestó ella, sintiéndose extraña al decirlo ―. Acabé con él.
Severus asintió, pero no dijo nada más. Tal vez, captó algo de lo sucedido utilizando Legeremancia. No obstante, el tiempo les sobraba… y ya tendrían tiempo de hablar.
―¿Has visto a Phil? ―Inquirió Merlina, súbitamente asustada.
―Sí, allá está. Te hace señas.
Merlina se volteó y vio a su primo con un grupo de gente. Estaba sano y salvo. Le mostró los pulgares y le dedicó una triste sonrisa. Merlina le hizo un gesto con la mano.
Ella y Severus se unieron a los demás para ayudar. Severus no quiso quejarse o limitarse. Las cosas no podían empeorar, y debían seguir funcionando como personas útiles. Luego iría a la enfermería. Se toparon de frente con Harry, Ron y Hermione, que también sacaban chorros de agua para apagar el fuego con sus varitas.
―Hola ―dijo Merlina, haciendo una mueca a modo de sonrisa. Severus dio media vuelta y se alejó unos pasos.
―Lo siento, Merlina ―le lanzó el muchacho ―. No quise hacerte sentir mal. No debí haber dicho cosas de… sin saber.
La bruja se encogió de hombros.
―Qué más da… estamos bien, ¿no? Eso es lo que importa.
―Sí.
―Pelearon muy bien ―observó Merlina, aunque, prácticamente, se había perdido la mitad de la batalla por estar en el bosque, luchando con Craig.
―Gracias.
Estuvieron casi una hora allí. Pero, finalmente y, con mucho esfuerzo, lograron apagar el fuego del bosque, cuando más personas comenzaron a aparecer. Mucha gente que había permanecido escondida, protegiendo a sus familias, otros cobardes, y, algunos, que habían estado bajo el maleficio Imperius y no habían podido actuar por razón propia.
El mundo mágico comenzó a ponerse rápidamente en movimiento, para intentar de restaurar y restablecer lo dañado. Otros tantos desubicados, como los periodistas de El Profeta, trataron de colarse para tomar fotos del incendio, de los caídos, principalmente de Dumbledore, y de Harry Potter con sus amigos, quienes eran los principales héroes de la guerra.
Ya eran las cinco de la mañana cuando se retiraron al castillo. Madame Pomfrey atendería a los heridos de menor riesgo y, los demás, serían trasladados al hospital.
Merlina apenas podía soportar el dolor de la pierna. Cuando estuvieron bajo la luz del Vestíbulo, Severus pudo distinguir la masa de carne quemada, entremezclada con la túnica y el pantalón.
A Merlina le habían metido la pierna en la juguera y se la habían pegado con cola. Eso era lo que parecía.
―¡Te quemaste! ― observó Severus, con el ceño fruncido.
―Sí… creo que, al matar a Craig, el fuego hizo el efecto correspondiente ―concluyó Merlina, mirando su pierna con lástima ―. En fin. Vamos, que tenemos cosas que hacer.
―¿"Cosas que hacer"?
―Disculpa, Severus, te suena la frase "nuestros hijos" ¿no? ―Le espetó Merlina con una sonrisa irónica en la cara.
Severus tomó aire por la boca, sin decir nada.
Una vez en la enfermería, tuvieron que esperar a que Madame Pomfrey les atendiera. Iba por orden, dando preferencia a los más jóvenes y adultos, y, a la vez, a los más malheridos. Estaban algunos de los Weasley, personal del Ministerio que se había unido a la batalla, gente de Hogsmeade y otros pueblos mágicos que estaban a lo largo de toda Gran Bretaña, y algunos otros países colindantes.
Severus ayudó a Merlina a que se tendiera en una cama, y él aguardó en una silla, a su lado. Hizo un gesto de dolor, pero se aguantó. Merlina ahí pudo ver su cara, manchada de sangre, de moretones e hinchada. Él, mientras, observó su pierna. Iba a estirar una mano, pero Merlina tuvo una rápida reacción, y se la atrapó en el aire.
Severus la miró desconcertado. Merlina negó con la cabeza.
―Déjame curarte ―pidió con voz afectada ―. Sabes que puedo hacerlo.
―No, Severus.
―¿Por qué?
―Porque está horrible. Y, porque tú también debes ser atendido. Te duele el estómago y tienes la cara hecha papilla.
―No seas… ―Respiró con profundidad, cerrando los ojos con fuerza antes de mirarla exasperado ―. ¿Te avergüenzas de tu pierna?
Merlina torció la cabeza, mitad avergonzada, mitad molesta.
―No quiero que toques mi pierna repulsivamente quemada.
Severus se colocó de lado y se abrió al tajo de la túnica para mostrarle el trozo de carne que le faltaba en el deltoides.
―Y, por favor, tú no vuelvas a tocarme el brazo ―replicó con sorna ―. Deberías permitirme ayudarte.
Merlina negó con la cabeza y no dijo nada más.
Ni ella misma supo por qué no quería que Severus la tocara. Se sintió sucia, contaminada, aunque sabía que se le pasaría pronto. Estaba confundida: no era una situación fácil en la que se encontraban en esos momentos. Tampoco sabía si sentirse una buena o mala persona. Haber terminado con Craig le hacía sentirse tan… en paz.
―Veamos… ¡Gárgolas galopantes! ―Exclamó la enfermera cuando vio la pierna de Merlina ―. Haré lo posible, ¿ya, señorita Morgan? Dolerá un poco.
No, no dolió un poco, pero Severus dejó que le apretara una mano mientras le echaban un líquido para desinfectar y le quitaban los trozos de tela que tenía incrustados en la pierna.
Poppy le aplicó una crema verde con fuerte olor a menta y manzanilla y procedió a envolvérsela.
Después, atendió a Severus, por quien tampoco pudo hacer mucho. Su cara y brazo quedaron impecables, limpios, sin cicatrices. Pero faltaba parte del músculo del último. Revisó su abdomen luego, el cual parecía un trozo de alfombra escarlata. De sus poros estaba saliendo sangre. Aunque pudo quitarle el dolor, el sangrado no pararía en varios días, y tendría que utilizar vendajes.
―Acuéstate a mi lado ―pidió Merlina. Severus estaba en la cama contigua.
―Ah, ¿me dejarás? Yo, si fuera tú, no querría estar conmigo.
―No seas ridículo. Descansa junto a mí, después tendré tiempo para despreciarte. Por cierto, ¿puedes enviar un patronus a las muchachas? Para que le digas que estamos bien... Digo, tuvimos la suerte de terminar bien…
―¿Y tu varita?
―La mía la perdí hace tiempo. La que ocupaba, era la de Agatha… y se me cayó en el bosque.
Una vez enviado el mensaje, Severus se acurrucó al lado de Merlina. A pesar de que sentía que no merecía eso, estaba feliz. Quería comenzar a enmendar errores.
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Descansaron cerca de tres horas y, cuando bajaron al Gran Comedor para alimentarse, vieron que la gente estaba de mejor ánimo. Sus caras, estaban sucias y ensangrentadas aún, mas estaban alegres de compartir. Merlina y Severus no tardaron en unirse.
Aún había gente que lloraba sus pérdidas, pero se veían más tranquilos: no había nada que temer ya. La mayoría se arremolinaba alrededor de Harry para darle palmadas en la espalda y agradecerle el riesgo que había tomado.
―¿Estás nervioso? ―Inquirió Merlina con curiosidad, observando cómo Severus se llevaba un trozo de pan a la boca, pensativamente, con la mirada perdida.
El profesor se giró hacia ella y arqueó las cejas.
―Ya conocí a mis hijos. No estoy nervioso. Imaginación tuya.
Merlina sonrió con perspicacia.
―No me refiero a eso. Sino que… ¿Y ahora qué?
Severus comprendió lo que Merlina quiso decir. Ese era el punto que demarcaba el nuevo comienzo.
Ambos se preguntaron qué sucedería en los días siguientes, qué harían, cómo serían sus vidas.
―Carpe Diem… ―Farfulló el mago encogiéndose de hombros.
