LIII. Aves

"¡Oh amor, ahora olvidemos la estrella con espinas!

Por eso cuando oí que tu voz repetía

"¿Vendrás conmigo?", fue como si desataras

Dolor, amor, la furia del vino encarcelado…"

Pablo Neruda- Soneto VII

Si me pongo a observar en retrospectiva nuestras vidas… siempre hemos envidiado a los pájaros.

Estaba profundamente dormido cuando escuchó piedras chocar contra su ventanal.

Siempre hemos querido volar, siempre hemos querido huir… como si eso fuese a solucionar algo…

Cuando por fin despertó y se asomó, distinguió su figura aunque llovía a cántaros.

― ¡Chiaki!― abrió la ventana y se coló a toda prisa por ella para bajar de un brinco al piso; sin siquiera detenerse a pensar en que podía lastimarse al caer desde esa altura.

¿Qué haces aquí?― preguntó tratando de cubrirlo con una frazada que llevó consigo― no te puedes mojar… puedes-

― Sácame de aquí― pidió en una súplica mientras se aferraba a sus brazos―, por favor… ¡Mi madre quiere internarme en un hospital!

Si en aquel momento, hubiese ignorado mi propio miedo ¿podríamos haber volado en libertad?

Tenía unos siete años cuando ellos se mudaron junto a su casa; parecían una familia normal. Bueno, eso fue hasta que vio como llevaban a un hombre en una camilla con muchos aparatos orbitando su cuerpo como las lunas que veía en sus libros de astronomía. Todas las pantallas emitían luces y líneas de distintos colores mientras el hombre lucía pálido y débil.

No pudo evitar quedarse mirándolas, como si aquellas máquinas le estuvieran robando la vida y los colores para proyectarlos en sus pantallas.

―Mi mamá dice que esas pantallas nos avisan que todo está bien con papá― le dijo un niño un poco más alto que él. Su cabello castaño y sus ojos desafiantemente azules resaltaban aún más bajo aquel sol de verano― Yo no le creo. La verdad es que papá hace muchos años dejó de ser el mismo.

Bajó la mirada, un poco avergonzado de ver a ese pobre hombre como un fenómeno de circo; con la misma atención y curiosidad que se les da a los animales del zoológico.

No te preocupes― le palmeó el hombro un par de veces―, ya no me molesta que lo miren… Soy Chiaki. Chiaki Yoshino.

― Yoshiyuki― respondió― Yoshiyuki Hatori

― ¿Tori?― le miró con sorpresa― ¿Eres un ave?

Negó con la cabeza un poco confundido. Si era un ave, hasta el momento nadie se lo había dicho.

― Chiaki, ¿Cuántas veces te he dicho que no te alejes demasiado de tu hermana…?― le reprendió una mujer antes de reparar en él y sonreírle.― Tú debes ser Yoshiyuki, ¿cierto?

Asintió con cortesía y la mujer volvió a sonreírle.

Soy Kanae― le saludó― y ellos son Chiaki y Chinatsu― dejó una mano sobre la cabeza de Chiaki y con la otra señaló a una bebé de unos dos años que descansaba en una silla en la entrada― Espero podamos llevarnos bien.

Acarició su cabello con gentileza, pero con un toque melancólico y triste del cual no se percató sino hasta muchos años después. Cuando él mismo reparó en la maldición que pesaba sobre su familia.

Chiaki fruncía el ceño un poco, al parecer no le gustaba que su madre se mostrara demasiado amable.

― Ven Yoshiyuki― le dijo tomándolo de la muñeca para llevárselo―, te mostraré mis juguetes.

Entraron a la casa y subieron las escaleras hasta su habitación.

― ¿Sabes hacer grullas de origami?― le preguntó con los ojos expectantes mientras sostenía unas tijeras con una mano y un montón de hojas de papel en la otra. En la escuela había aprendido a hacer algunas cosas con papel, pero las grullas no era algo que le saliera muy bien.

― Bueno, creo que puedo hacer algunas― dijo observándole sentarse y poner manos a la obra― pero ¿por qué?

Bajó la mirada y dejó de cortar por un momento.

― Si hacemos mil de ellas podré pedir que salven a mi papá.

En el colegio notó que Chiaki era distinto de otros niños. Mientras él estaba en el club de baloncesto y fútbol, él ni siquiera podía tomar las clases de deportes con el resto de sus compañeros. Durante el invierno faltaba mucho a clases y cualquier emoción fuerte que lo alterara o agitara hacía que le costase respirar.

Y sin entender mucho qué tenía, lo ayudó a cazar cuanto animal o criatura mágica pudiera servirles: grullas, gatos blancos, peces dorados, incluso ranas verdes. Aún recuerda como les tomó desprevenidos un torrencial aguacero haciendo que Chiaki cogiera un resfriado casi fatal que lo hizo sentirse culpable por muchos días, al punto que no se apartó de su cama hasta que sanara.

Cuando estaban en séptimo grado el padre de Chiaki falleció. Su corazón no aguantó más y simplemente dejó de funcionar. El funeral fue discreto y acudió muy poca gente; sus padres se mostraron más serviciales que nunca y le pidieron que apoyara a su amigo en todo lo que hiciera falta, pero no necesitaban decírselo: él conocía a Chiaki y éste también lo conocía muy bien a él como para saber que estaría allí así no lo necesitara.

Subió corriendo hasta su habitación cuando le acompañó a su casa luego del sepelio. Aquella carrera combinada con las emociones que alteraban su corazón, podían desembocar en una crisis, así que le siguió para intentar tranquilizarlo.

― Chiaki, trata de-

Vio con asombro como rompía las grullas de origami que había acumulado durante años. La número mil descansaba sobre la mesa de noche, pues la habían terminado el día que su padre ingresó al hospital.

¿Qué haces?― intentó detenerlo― Nos tomó años hacerlas-

― ¡Pero no sirvió de nada!― gritó con los ojos llenos de lágrimas nuevas que empujaban a las que ya se habían acumulado en sus pupilas― Fue un fraude, un engaño… ¡Estas grullas no salvaron a mi padre!

Apretó la solapa de su traje cayendo de rodillas al piso, desesperanzado.

Ni me salvarán a mí ― completó entre sollozos.

Esa fue la realización de su sentencia, y un sentimiento que le oprimió el pecho y le dejó sin aliento se hizo presente por primera vez en Hatori. Una tristeza tan grande que no podía poner en palabras; que solo podía demostrar llorando con él.

Cuando llegaron a secundaria él se hizo más alto y Chiaki tomaba aún más reposos. Tantos, que en tercer año ya respondía la mayoría de los exámenes desde casa.

― ¿Tori?― cuando comenzaron a hacerse adolescentes sustituyó su nombre por ese diminutivo de su apellido, curiosamente tomó la sílaba que significaba ave.

― Dime.

― Me gustaría ser un ave; como tú― confesó mirando hacia el cielo desde la ventana de su habitación.

― Yo no soy un ave, Chiaki― le explicó de nuevo― ya te lo he-

― Lo sé, lo sé― sonrió con pena― pero tu nombre te acerca más a ellas.

― No sé de qué estás hablando.

― Si yo hubiese nacido como un ave― desvió el tema― podría volar. Si hubiese nacido como una persona normal, yo…

Apretó el pantalón en sus rodillas, conteniendo las lágrimas.

―… tendría una vida― completó― y no terminaría postrado en una cama sin poder hacer nada, como mi padre.

Iba a decir algo, pero Chiaki se enjugó las lágrimas con el puño cerrado y le sonrió de nuevo.

― Me gustaría ir a un festival― cambió el tema― podríamos ir los tres: Yuu, tú y yo ¿no te gustaría?

Yuu Yanase era un muchacho que se incorporó a su salón a mitad de semestre en segundo año; fue el periodo en que Chiaki asistió durante más días seguidos a clases. Ambos eran fanáticos de los mismos mangas así que congeniaron rápido. También fue la primera vez que Yoshiyuki sintió que podía ser remplazado.

La sensación era terrible. No lo quería cerca de él, no quería que lo nombrase con tanta frecuencia y cualquier cosa que hicieran juntos que no lo incluyera le resultaba irritante. Fue cuando descubrió lo que eran los celos.

― Dentro de una semana es Tanabata. Habrá fuegos artificiales y todas esas cosas y… Si quieres ir…

― ¿Me llevarías?― Preguntó emocionado. Los ojos le brillaban en aquella ocasión.

― ¿Por qué no?― respondió, encogiéndose de hombros. En parte escondiendo el vuelco en el corazón que le causó mirar su rostro de esa manera.

Para ser un pueblo un poco pequeño, el festival estaba demasiado concurrido. Tuvo que guiarlo entre la multitud pues no estaba acostumbrado a caminar entre tanta gente, y Yanase; oportuno como siempre, los acompañó y eso le hizo rechinar los dientes de rabia. Él quería estar solo con Chiaki, ser testigo único de ese momento tan importante para él y estaba allí, estorbando. No entendía muy bien porque se sentía así, pero quería alejarlo y pronto.

De un momento a otro Chiaki se soltó de su mano; se distrajo viendo peces dorados y simplemente se perdió entre la muchedumbre. Habría significado muy poco para otras personas, pero no para ellos dos.

Nunca en su vida se había sentido tan ansioso o agitado. Tan desesperado.

― ¡Chiaki!― comenzó a llamar en medio del gentío, asustado― ¡Chiaki!

Corriendo de un lado al otro, empujando personas para abrirse paso sin siquiera disculparse lo encontró apoyado de un árbol, al borde del colapso.

Lo atrapó cuando sus piernas cedieron débiles. Con el corazón a millón dentro del pecho.

― T-Tori― sonrió casi inconsciente― menos mal…

― Tonto, te dije que no me soltaras.

― Pero, es que… los peces… Yuu…

― Ahí vas de nuevo con Yanase.― entornó los ojos casi por instinto― Ven, vamos a alejarnos un poco de la gente.

Sirviéndole de apoyo caminaron hasta alejarse de todos, dirigiéndose a una especie de jardín cerca del río.

― ¿Te sientes mejor?― le preguntó ayudándolo a sentarse en una banqueta para hincarse frente a él, pendiente de todo lo que pudiera pasarle.

― Nos vamos a perder los fuegos artificiales― dijo con pena después de asentir.

― No, también podemos verlos desde aquí― le respondió con gentileza.

― Gracias Tori― le dijo con sinceridad― Gracias, por todo.

― Tonto. No hables como si te estuvieras despidiendo.

Chiaki rió un poco por lo bajo y tomó sus manos. Las suyas estaban un poco frías.

― Esta bien― volvió a sonreírle― pero, gracias por traerme. Deberíamos buscar a Yuu quizás esté-

Quizás en un arrebato hizo lo que hizo, pero no pudo soportar que aun en ese momento lo nombrase. En medio de los fuegos artificiales y de la oscuridad de la noche solo menguada por lejanos faroles, acunó su rostro y lo besó en los labios.

Ya no podía negárselo, lo que sentía por Chiaki era distinto a una amistad. Había tenido algunas novias, y se había sentido cómodo con ellas; pero lo que sentía junto a él iba mucho más allá de eso: le palpitaba el corazón más rápido al verlo sonreír y su tristeza era la suya; le molestaba que estuviera tanto tiempo junto a Yanase y sólo pensar que algún día fuera a dejarlo por culpa de su enfermedad le causaba una angustia que podía hacerlo llorar.

Solo con Chiaki podía sentirse así. Con una mezcla de tantos sentimientos que no sabía cómo separar cada uno para poderlos definir.

Sus dedos se cerraron en torno a la solapa de su yukata y escuchó como su corazón comenzaba a agitarse, tanto hasta que casi no pudo respirar.

Dejó escapar un quejidito y comenzó a golpearlo en el pecho hasta que se dio cuenta que le estaba faltando el aire y podía darle una crisis.

― Yo lo- dijo tratando de disculparse, más él lo miró con el ceño fruncido, casi confundido.

― Vamos por Yuu― dijo incorporándose de repente con mucha firmeza― quiero ir a casa.

Chiaki nunca le había hablado de esa forma tan… fría.

Durante casi dos semanas no supo de él. Y eso le hizo sentir ansioso y culpable, temía que hubiese tenido una crisis y nadie le hubiese dicho, peor aún; que Chiaki no quisiese verlo nunca más por haberlo besado.

Sin embargo. ¿Qué podía haber hecho? Rebasado por los sentimientos guardados durante años sin poder comprenderlos del todo; toda esa zozobra en torno a su enfermedad, los celos porque Yanase lo alejara de él, haciendo que no lo necesitara más.

El pecho se le oprimía de angustia y de un dolor extraño que nunca había sentido.

Un día, cuando por fin se quedó dormido después de tanto meditar; escuchó unos golpes quedos a su ventana. Afuera hacía un temporal y eso parecía ser la causa.

Hasta que escuchó, en medio de las pedradas, una voz exasperada llamando su nombre.

Corrió hacia la ventana y en cuanto la abrió casi se infarta. Era Chiaki, bajo la lluvia, en pijamas lanzando piedras a su ventana.

― ¡Chiaki!― exclamó más asustado que nunca antes de abrir la ventana. Chiaki no se podía resfriar.― ¡Te abriré la puerta!

― ¡No!― respondió emparamado hasta los pies― Nadie puede saber que vine aquí, por favor baja.

Y como si todos los conflictos generados por aquel beso no importasen más; abrió la ventana y se lanzó hasta donde estaba. Haciendo a un lado que él también podía lastimarse al lanzarse desde un primer piso.

― ¿Qué haces aquí?― le preguntó cubriéndolo con un cobertor que tomó de su cama― no te puedes mojar, puedes-

― ¡Sácame de aquí!― suplicó aferrando sus manos a sus hombros― ¡Mi madre quiere internarme en un hospital!

En aquel momento su raciocinio se apagó por completo. La idea de huir era un absoluto disparate; pero ¿cómo podía decirle que no cuando se lo pedía de esa manera?

En un acto de ceguera absoluta lo tomó de la mano y lo llevó a uno de esos escondites que visitaban cuando eran niños, donde sabía que nadie los encontraría porque ellos mismos se habían perdido en el camino un par de veces.

Cuando llegaron a la vieja casucha estaba roída por el tiempo y el clima. Estaba en medio del pequeño bosque que rodeaba el pueblo.

Alumbró con la linterna su interior y al ver como goteaba pensó en devolverse.

― Chiaki, esto es una tontería. Te puedes enfermar aquí― dijo reflexivo.

― Pero no puedo volver― replicó― ¿Sabes lo que significa ir a un hospital? ¡Terminaré en una cama como mi padre!

Comenzó a agitarse y eso le asustó. No podía permitirse que le asaltara una crisis en ese lugar y menos en medio de una tormenta.

― Esta bien. Pasemos la noche aquí, ― dijo buscando algunas frazadas y bolsas de dormir que ellos habían dejado allí cuando niños― en la mañana veremos qué hacer.

Consiguió acomodar algunas de las cosas que consiguió en una especie de cama improvisada para que pudiera dormir. Sin embargo, su ropa estaba totalmente mojada.

― Si te quedas así te puedes enfermar― dijo extendiéndole un viejo abrigo― quítate la ropa y ponte esto.

Chiaki se sonrojó hasta lo indecible.

― ¿Q-qué cosa?

― Si atrapas un resfriado no me quedará de otra que llevarte al hospital― le reprochó― ¿Es eso lo que quieres?

A regañadientes recibió el abrigo y comenzó a quitarse el pijama. Él tomó uno un poco más delgado e hizo lo mismo. Si cogía un resfriado no iba a poder cuidar de Chiaki.

Ambos se acomodaron en medio de las sábanas y quedaron tan juntos que sus cuerpos podían rozarse. Yoshiyuki hizo lo posible por no concentrarse tanto en su cercanía; no podía cometer el mismo error de la última vez.

A propósito de eso; le debía una disculpa por su atrevimiento.

― Yo― comenzó― siento lo del otro día. No debí haberme dejado llevar.

Yoshino no respondió nada, pero si escuchó cuando tomó aire antes de empezar a hablar.

― ¿Por qué lo hiciste?

― Te he amado desde que te conozco― respondió tranquilo. Sin arrepentimientos, ni orgullos. Vio como al otro se le subieron todos los colores al rostro.

― Pero yo pensé que a ti… te gustaba Yuu.

― ¿De dónde sacaste eso?― preguntó iracundo― ¿Cómo podría gustarme un tipo como él?

― Es que… una vez los vi muy cerca y pensé…

― Supongo estábamos discutiendo, ¿De verdad no te diste cuenta?

― ¿De qué?

¿De lo que Yanase siente por ti? estuvo a punto de decir, pero prefirió no hacerlo.

― Bueno, ya no importa. De todas formas supongo que ya no puedo considerarme tu amigo

― ¿Por qué?― preguntó preocupado

― Porque hice algo indebido… y quizás tú- no pudo completar esa frase. Le causaba dolor intuir que podía odiarlo.

― Durante casi dos semanas no supe nada de ti― dijo en voz baja― Creí que te irías para siempre, ¿Cómo crees que me sentí?

― Chiaki…

― Estoy demasiado confundido… tal vez…― lo miró a los ojos ― ¡Bésame de nuevo!

― ¿Ah? ¿Es que no escuchaste lo que dije?― devolvió algo molesto.

― Si, lo sé― respondió incorporándose hasta quedar sentado sobre la especie de nicho donde estaban― Pero es que… yo no sé qué haría sin ti, no quiero que te alejes…

― Estás acostumbrado a tenerme cerca, es todo― contestó encogiéndose de hombros.

― ¡Qué no es eso!

― ¿Entonces qué es?

― No lo sé― respondió mirándolo a los ojos― pero, si lo haces de nuevo quizás pueda entenderlo. Bésame, Tori.

Hatori se llevó la palma a la frente y reflexionó por unos segundos antes de acunar de nuevo su rostro en sus manos.

― Que conste que tú lo pediste― susurró antes de acercarse, besándolo de nuevo, pero con mucho más cuidado que en aquella ocasión.

De repente, sus manos bajaron por sus hombros, deslizando el abrigo hasta sentir su piel bajo las palmas. Estaba algo fría, pero aun así se sentía cálido por dentro.

Quiso besarlo más, tocarlo más, abrazarlo hasta fundirse en su piel. Supuso eso era el deseo, pero no supo ni quiso ponerle un nombre. No hay muchas cosas que explicar cuando tienes 17 años.

Chiaki tampoco se detuvo ni le detuvo. Más bien sus manos se mantuvieron quietas sobre sus hombros todo el rato, sin embargo, él también sintió como sus besos se fueron intensificando y como comenzó a respirar más rápido y más de prisa.

Intentó detenerse, pero el agarre en su brazo se cerró hasta casi arañarlo.

― ¿Estás intentando seducirme?― le preguntó sin separarse demasiado de sus labios.

― Yo…― intentó decirle que no lo sabía, pero tampoco le rechazó del todo. Chiaki podía ser tan denso a veces.

― Porque si es así…― susurró, paseando la mirada de sus ojos a sus labios, acercándose de nuevo con cierta duda hacia ellos dejando algunos besos cortos― no creo que pueda controlarme.

― E-está bien― susurró de vuelta― s-sigue.

Eso fue más de lo que pudo soportar. Estrechándolo contra su cuerpo, lo que los estaba cubriendo del frío cayó junto al resto de las sábanas y abrigos viejos.

Guiado únicamente por su instinto; sus dedos pasearon por su pecho y subieron hasta sus brazos para bajar por su espalda; mientras sus labios dejaron los suyos para subir por sus mejillas hasta sus oídos; presionando su lóbulo entre ellos.

― ¿Está bien, Chiaki?― preguntó aún temeroso― Si no me detienes voy a tomarte.

Rojo como una manzana, cerró los ojos hasta casi tensarlos y se aferró con más fuerza a sus hombros.

― No hay nada que se pueda hacer, ¿verdad?― respondió.

― Gracias― susurró en voz baja abrazándolo― Por favor, acomódate sobre mí.

― ¿Qué?

― De esa manera es más cómodo, ¿no?― le dijo, más preocupado porque hiciera el menor esfuerzo posible. No podía considerarse un experto, pero hasta donde había llegado con sus anteriores novias aprendió que hacer ese tipo de cosas puede representar un agotamiento que en su caso podría dañarle.

De la misma manera que la vulva en una mujer podía resultar lastimada en la primera relación sexual, supuso que en el caso de los hombres funcionaba igual. Claro, con la desventaja de que ese lugar no estaba destinado a esas cosas y por ende no dilataba o lubricaba con facilidad.

Solo se le ocurrió, en medio de sus circunstancias, llevarse los dedos a la boca y humedecerlos con saliva antes de prepararlo para lo que iba a hacer.

― T-Tori… t-tu dedo.

― ¿Te duele?― preguntó mientras comenzaba a moverlo en círculos dentro de él. Su respiración comenzaba a agitarse y a causa de los sonidos que se escapaban de sus labios, el corazón le retumbaba en los oídos

― No duele, pero― jadeó― se siente… extraño.

Se abrazó con más fuerza a su espalda prensando los labios para poder controlar su respiración y sus quejidos. Hatori escuchó como su corazón latía con tanta fuerza como el suyo y eso le asustó un poco.

― ¿Chiaki?

― Estoy b-bien― respondió suponiendo lo que iba a preguntar, y tomó aire para que no le faltase.

Asintió antes de continuar.

― Voy a poner otro― susurró cerca de sus labios e introdujo otro dedo, intensificando sus movimientos y empujando las paredes en su interior. Chiaki se estremeció entre sus brazos y exhaló un gemido al tiempo que afincó las uñas en sus hombros.

¿Es aquí?― preguntó, masajeando el punto que había encontrado donde al parecer era más sensible.

― S-si― jadeó casi sin aliento― ahí.

― Entonces es aquí― afirmó presionando de nuevo mientras sus dedos se seguían moviendo dentro de él. Escondió su rostro en la curva de su cuello y pudo sentir como hervía, pero no precisamente de fiebre.

― V-voy a intentar- comenzó, pero Chiaki se incorporó y lo miró a los ojos, totalmente desorientado.

― ¡Imposible!

― No voy a permitir que experimentes dolor― murmuró en su oído, abrazándolo con fuerza― por eso… déjame entrar.

No respondió durante unos segundos que se le antojaron eternos, mientras analizaba en detalle cada recoveco de su rostro encendido de una vergüenza y un placer que nunca habían experimentado. Años después, si alguien le preguntaba; ese rostro, esa expresión, constituían el recuerdo más precioso para él.

Chiaki apartó la mirada de la suya, asintió de manera imperceptible y levantó sus caderas solo un poco para que pudiera entrar.

Lo hizo lentamente para no lastimarlo, dejando que el calor en su interior lo fuera envolviendo y fundiéndolo en él. Era la primera vez que se sentía tan ansioso, asustado y al mismo tiempo; pleno y feliz.

Una vez dentro, esperó un momento para que lo asimilara y se acostumbrara. Pero aquel deseo tan apremiante exigía más que simplemente estar quietos: quería llenar de sí cada rincón no solo de su cuerpo, sino de su memoria, de sus recuerdos. Grabarlo perenne en su cerebro y no olvidar nunca su olor, su sabor, su voz, la sensación tibia de su piel bajo las yemas de sus dedos.

― Chiaki― atrajo su rostro hacia el suyo para que lo mirara― ¿Está bien si me muevo?

Endureció sus gestos para no mostrarse tan necesitado de una respuesta. Supuso que esto para él era difícil por su condición.

― Está bien― respondió en voz muy baja, subiendo las manos por su rostro hasta sus cabellos. Cerró los ojos para embriagarse con el calor de sus palmas y el dulzor de sus labios al besarlo de nuevo mientras se movía, aferrado de sus caderas.

Intentó hacerlo lentamente, pero poco a poco fue perdiendo el control rebasado por el placer que sentía, moviéndose más rápido y con más fuerza. Arrancándole gemidos desenfrenados que retumbaban en cada rincón de aquella habitación en medio de la tormenta.

― Chiaki…― jadeó cerca de sus labios― di mi nombre.

― Tori…― gimió en respuesta― ¿Tu nombre?

― Si― serpenteó su lengua por su cuello hasta su barbilla― así.

El otro subió sus manos de nuevo por sus cabellos, moviendo la cabeza hacia atrás para guiarlo casi sin saberlo.

― Y- Yoshiyuki…

― De nuevo― rogó― dilo más.

― Yoshiyuki― llamó en una voz más procaz, casi ronca cuando sus estocadas cobraron más fuerza y velocidad.

― ¡Más!

― ¡Yoshiyuki!― casi gritó en medio del exaltación que quemaba como brasas desde su vientre hasta sus cabellos.― M-me vengo…

― Te amo, Chiaki― confesó devorándole los labios en un beso cargado de pasión y amor contenido desde que lo había conocido.

Y una ráfaga de placer similar a un choque eléctrico subió por su espina dorsal repartiéndose por todo su cuerpo, cegándolo por unos segundos mientras escuchaba distante como Chiaki también dejaba escapar un grito débil cerca de su oído al tiempo que temblaba entre sus brazos y se estrechaba más contra estos.

En medio del cansancio, apoyó su frente sobre la suya con gentileza mientras acariciaba las hebras húmedas de su cabello.

― Chiaki…― susurró.

― Esto está mal, ¿Verdad?― dijo con la voz agitada―pero mi mente está extrañamente tranquila.

Se recostó en su pecho y cerró los ojos hasta quedarse dormido. Hatori apoyó su cabeza en la pared y veló su sueño por un par de horas.

Hasta que notó que no estaba respirando y su pulso era débil.

― ¿Chiaki?― intentó despertarlo pero no respondió. En ningún momento se había quedado dormido. Se había desmayado.

¡Chiaki!― exclamó aterrado mientras lo levantaba para tomarle el pulso. Seguía sin responder a sus llamados; con los ojos cerrados, los labios casi morados y el cuerpo helado.― ¡Maldición!

Casi llorando lo cargó para envolverlo en el abrigo que le había dado antes y vestirse a medias para llevarlo al hospital más cercano. Se sentía culpable y desesperado.

Quizás si no hubiesen huido a ese lugar bajo la lluvia, si no lo hubiera desnudado bajo el frío, si no le hubiera hecho el amor agitando su ritmo cardiaco….

― Por favor Chiaki…. Resiste― gimoteó abrazándolo antes de abrirse paso entre la lluvia, llevándolo en brazos como si su propia vida dependiese de ello.

Y es que lo hacía, porque si Chiaki, su amado Chiaki moría por su culpa, él no iba a poder perdonárselo nunca.

Cuando sus padres y la madre de Chiaki habían llegado al hospital; Chiaki estaba fuera de peligro. Una de sus crisis se había desatado gracias a la combinación de la exposición a la lluvia y una emoción muy fuerte que su madre asoció a la noticia de que iban a internarlo. Hatori conocía la verdad, pero prefirió guardársela para sí a fin de no complicar más las cosas.

Cuando Yanase llegó, pálido del susto, y lo encontró a medio vestir y totalmente mojado, le asestó un puñetazo que lo hizo caer al suelo.

― ¡Casi lo matas!― le gritó tratando de golpearlo una vez más, pero los médicos se lo impidieron― ¡Debiste traerlo para acá en cuanto fue a verte, imbécil!

― ¿Eso es lo que tú habrías hecho, Yanase?― le preguntó, limpiándose el labio con el dorso de la mano― No seas mentiroso.

― ¡Habría hecho lo que fuera mejor para Chiaki!― volvió a gritarle iracundo― Tú te aprovechaste de esto ¡Grandísimo bastardo!

― ¡Suficiente!― exclamó la madre de Chiaki interponiéndose entre los dos― No es momento para discutir que debimos o no haber hecho… es mi culpa que huyera en primer lugar.

Bajó la mirada y sus ojos se humedecieron luego de haber dicho eso. Eso hizo que ambos dejaran de lado su propia furia por el momento.

Yoshiyuki― reverenció la mujer ― gracias por cuidar de mi hijo, pero… de ahora en adelante es mejor que permanezca aquí, donde puedan verlo los médicos.

Aquello se sintió como un golpe en el estómago y sintió como las lágrimas se agolpaban en sus ojos.

― E-está bien― fue lo único que pudo responder sintiendo aún las manos tibias después de tocarlo.

Durante casi tres años vivieron tiempos de tensa paz. Con Chiaki en el hospital, sus crisis eran menos frecuentes y podían ser controladas a tiempo de manera que no deterioraran más su salud.

Pero la familia de Chiaki acumulaba deudas médicas con compañías de seguros que no querían perder dinero en alguien que en términos médicos estaba desahuciado.

Intentó ayudarles con trabajos de medio tiempo mientras iba a la universidad; quería sacar una carrera que le permitiera apoyarlas económicamente y pagar aquella operación que podía alargar la vida de Chiaki, pero aun así no era mucho lo que podía hacer.

Hasta que aquel día, cuando tenía veinte años…

― Nos llevaremos a Chiaki a casa― dijo su madre con pena.

Se sorprendió a niveles inhumanos y su corazón dio un vuelco en su pecho; si Chiaki volvía a casa…

― ¡Se va a morir!― exclamó Yanase a su lado, totalmente ofuscado por aquel disparate― ¡No pueden hacer eso, aquí en el hospital es donde podemos controlar sus crisis!

― ¡Pero no podemos seguir costeando los gastos!― les respondió con los ojos inundados de lágrimas― Además. Chiaki quiere que Chinatsu vaya a la universidad… él está de acuerdo.

¿Cómo podía ser tan tonto? ¿Estaba aceptando morir igual que…?

Se incorporó a mitad de la conversación y caminó hacia la puerta.

― ¿Yoshiyuki?

― Iré a hablar con él― fue lo único que dijo antes de salir.

Cuando llegó a su habitación lo encontró leyendo uno de sus mangas favoritos. Estaba tan tranquilo, tan resignado que le resultaba irritante ¿Tan rápido iba a renunciar a la vida? ¿Tan rápido iba a darse por vencido?

Al escucharle entrar solo le dirigió una mirada lastimera.

― Entonces ya te enteraste― le dijo con media sonrisa que discordaba con su expresión.

― ¿Cómo puedes hacer eso?― preguntó irritado― ¿Cómo puedes rendirte con tal facilidad?

― Es lo mejor― miró hacia abajo― Chinatsu debe ir a la universidad. Ha hecho muchos sacrificios por mí; sería demasiado egoísta de mi parte privarla de su futuro…

― ¿Y por eso vas a cederle el tuyo?

― Tori… yo no tengo futuro. Esta cama y estos aparatos son simplemente para ganar tiempo, pero en realidad yo-

― Si accedieras a operarte― su voz se tornó una súplica― puede haber una oportunidad.

― Es muy arriesgada y muy costosa… y aunque traten de ocultarlo sé que les he causado demasiados problemas a todos, incluso a ti.― Su voz se quebró un poco― Ya no quiero, Tori… quiero que mi madre, Chinatsu, Yuu… y tú puedan volver a sus vidas, puedan seguirlas… sin mí.

Aquello lo sacó de sus casillas.

― ¡¿Y tú crees que yo podría tener una vida normal sabiendo que en cualquier momento vas a morirte?!― Le gritó― ¡¿Cuán cruel puedes llegar a ser?!

Se acercó a su lecho y se arrodilló junto a él, tomando sus manos entre las suyas. Su voz temblaba y las lágrimas corrían por su cara sin detenerse.

― T-Tori…

― No me hagas esto, Chiaki― le suplicó― no renuncies, no me pidas que viva una vida donde tú no estás… no me hagas ese mal.

Paseó sus labios por sus cabellos y sintió unas gotitas caer sobre ellos.

― No es justo― le escuchó gimotear― ya yo había decidido, y tú…

― Haré lo que sea― le miró― pero voy a mantenerte con vida… lo juro.

Le sonrió. Supuso que en ese momento marcó su destino.

― Solo prométeme― le miró a los ojos de vuelta― que no harás nada peligroso.

― Está bien― respondió― si a cambio prometes no rendirte.

Asintió enlazando sus dedos con los suyos.

― Hablaré con tu madre y le diré que no dejarás el hospital.

― Pero, ¿Las cuentas?― preguntó algo nervioso.

― Yo me haré cargo de ti― dio un beso corto en sus labios― no te preocupes, todo saldrá bien.

Afianzó el agarre entre sus manos y se sonrojó un poco. Chiaki confiaba ciegamente en él.

― E-está bien― respondió algo dudoso.

Pero situaciones extremas requieren medidas extremas.

A través de rumores llegó a la Corporación Usami, buscando un internado mientras lograba graduarse o cualquier trabajo que pudieran ofrecerle. Los comentarios en torno a los Usami eran muy diversos y opuestos, pero él estaba dispuesto a arriesgarse.

Iba a hacer lo que fuese por mantener vivo a Chiaki. Así no pudiera cumplir su promesa.

Mientras esperaba su turno para la entrevista, un hombre alto se acercó a él. Llevaba un traje color café y el cabello castaño peinado y arreglado, sus ojos marrones lo inspeccionaron con minucioso detalle.

― ¿Yoshiyuki Hatori? ― preguntó con temple y firmeza al tiempo que sostenía una carpeta entre las manos. Asintió

― Soy Kaoru Asahina― le extendió la mano―, he leído tu expediente y es bastante impresionante. Por favor, sígueme.

Se levantó y caminó tras él hasta un pasillo distinto al que habían tomado los candidatos antes que él.

― Debo admitir que lo que más me impresionó de tu expediente fueron las respuestas que diste en tu examen de ingreso― dijo Asahina mientras caminaban.― Dijiste que cualquier trabajo estaba bien porque había alguien por quien querías velar ¿Es eso cierto?

― Si.― respondió sin dudarlo― Es alguien muy valioso para mí y haría cualquier cosa por él.

― Cualquier cosa ¿Eh? Esa posición es peligrosa.

― Lo sé― respondió luego de tomar aire―, y también sé los rumores que rodean a la corporación Usami, señor.

Asahina se volvió hacia él.

― ¿Y aun así estás aquí?

― Supongo que así de desesperado estoy― respondió con aplomo.

Media sonrisa se dibujó en sus labios y continuó caminando hasta el final del pasillo.

― Espero estés seguro de esto― dijo tomando la perilla de la puerta para abrirla― porque ya no hay vuelta atrás, Hatori.

Abrió, y Akihiko Usami estaba en su escritorio jugando con una pieza de ajedrez; un peón negro de cristal.

― Bienvenido, Hatori― le saludó.


Cuando lo miraba así no podía mentirle y sabía que Chiaki estaba al tanto de eso.

― Yoshiyuki― llamó de nuevo reclamando su atención. Exigiéndole que volviera al presente― Contéstame ¿has matado a alguien alguna vez?

Dudó unos segundos antes de responder. Chiaki bajó la mirada y sin quererlo sus ojos se llenaron de lágrimas mientras el nudo en su garganta se hacía más espeso.

Él juró nunca revelar ese secreto, nunca decirle a nadie. Era el pacto que mantenía con Kaoru.

Pero no podía soportar que Chiaki lo mirara así, con esa decepción, con esa tristeza.

― No― respondió mirándole a los ojos para que supiera que no mentía.

― ¿Cómo?

― Nunca he matado a nadie, Chiaki.― repitió.


Para quienes no conozcan la leyenda: el Senbazuru; son mil grullas de origami unidas con cuerdas. La leyenda dice que quien logre hacer las mil grullas de origami será bendecido con un deseo, más que todo en la salud o la cura de cualquier enfermedad.

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