Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Maraton 4/4

capitulo 49

Para media tarde, Aelin había rmado todos los documentos que el Maestro del Banco había traído, abandonando a la Guarida a sus terribles nuevos dueños, y Aedion aún no había envuelto su mente alrededor de todo lo que ella había hecho.

Su carruaje los dejó al borde de los barrios bajos, y se mantuvieron en las sombras mientras hacían su camino a casa, silenciosos y sin ser vistos. Aun cuando alcanzaron el almacén, Aelin siguió caminando hacia el río varias cuadras más allá sin mucho que decir. Graham dio un paso para seguirla, pero Aedion lo cortó.

Él debió haber tenido un deseo de muerte, porque Aedion incluso levantó sus cejas solo un poco al Príncipe Hada antes de que se paseara por las calles tras ella. Él había escuchado su pequeña discusión en el tejado la noche anterior gracias a la ventana abierta de su habitación. Incluso ahora, él honestamente no podía decidir si estaba divertido o enfurecido por las palabras de Graham –No me toques de esa manera– cuando era obvio que el príncipe guerrero se sentía de forma opuesta. Pero Aelin –dioses antiguos, Aelin aún estaba descifrándolo.

Ella estaba pisoteando fuerte por la calle con delicioso temperamento cuando dijo:

—Si has venido también para darme una reprimenda –oh —suspiró—. Supongo que no puedo convencerte para que des la vuelta.

—Ni un chance en el infierno, cariño.

Ella rodó los ojos y siguió. Caminaron silenciosamente cuadra tras cuadra hasta que alcanzaron el brillante río café. Un decrépito e inmundo camino de adoquines corría a lo largo del borde del agua. Debajo, abandonados postes desmoronándose eran todo lo que quedaban del antiguo muelle.

Miró por encima del agua fangosa, cruzándose de brazos. La luz de la tarde era casi cegadora cuando se re ejaba en la superficie en calma.

—Suéltalo —dijo.

—Ahora –quien fuiste ahora...no fue una máscara por completo.

—¿Eso te molesta? Me viste derrotar a los hombres del rey.

—Me molesta que las personas que conocimos ahora ni se inmutaron ante esa persona.

molesta que fuiste esa persona por un tiempo.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que me disculpe por eso?

—No –dioses, no. Yo solo... —las palabras estaban saliendo tan mal. —. Tú sabes que cuando fui a esos campos de guerra, cuando me convertí en general... dejé a las líneas difuminarse, también. Pero aún estaba en el Norte, aún en casa, entre nuestra gente. Tú viniste aquí en su lugar, y tuviste que crecer con esos hombres de mierda, y... desearía haber estado aquí. Desearía que Arobynn de alguna manera me hubiera encontrado también, y criado juntos.

—Eras mayor. Nunca hubieras dejado a Arobynn que nos llevara. Al momento en que desviara la vista, me hubieras agarrado y huido.

Cierto –muy cierto, pero...

—La persona que fuiste ahora, y hace algunos años –esa persona no tuvo alegría, o amor.

—Dioses, tuve un poco, Aedion. No era un completo monstruo.

—Aun así, quería que supieras todo eso.

—¿Qué te sientes culpable de que me haya vuelto una asesina mientras tú soportabas los campos de guerra y campos de batalla?

—Que no estuve allí. Que tuviste que enfrentar a todas esas personas sola —agregó—. Tú viniste con ese plan completo por ti misma y no confiaste en ninguno de nosotros con él. Tú tomaste esa carga de conseguir ese dinero. Yo podría haber encontrado una forma –dioses, hubiera desposado a cualquier princesa o emperatriz adinerada si me lo hubieras pedido, si hubieran prometido hombres y dinero.

—Yo nunca te voy a vender como si fueras una propiedad —soltó—. Y ahora tenemos su ciente como para pagar un ejército, ¿o no?

—Sí —y luego algo—. Pero está más allá del punto, Aelin —él tomó una respiración—. El punto es –debería haber estado allí entonces, pero estoy aquí ahora. Estoy sanado. Déjame compartir esa carga.

Ella inclinó su cabeza hacia atrás, saboreando la brisa proveniente del río. —¿Y qué podría pedirte a ti que no pudiera hacer por mí misma?

—Ese es el problema. Sí, puedes hacer la mayoría de cosas por tu cuenta. Eso no significa que tengas que hacerlo.

—¿Por qué debería arriesgar tu vida? —las palabras salieron cortadas.

Ah. Ah.

—Porque aún soy más reemplazable que tú.

—No para mí —las palabras fueron apenas más que un susurro.

Aedion puso una mano en su espalda, su propia réplica quedó atrapada en su garganta. Incluso con el mundo yendo al in erno a su alrededor, solo escucharla decir eso, estar aquí parado a su lado –era un sueño.

Ella permaneció en silencio, así que se dominó a sí mismo lo suficiente para decir:

—¿Qué, exactamente, vamos a hacer ahora?

Lo miró.

—Voy a liberar la magia, derrotar al rey, y matar a Terry. El orden de los últimos dos elementos en esa lista podría cambiar, dependiendo de cómo salga todo.

Su corazón se detuvo.

—¿Qué?

—¿Hay algo que no haya quedado claro?

Todo. Cada maldita parte. Él no tenía dudas de que ella lo haría –incluso la parte de matar a su amigo. Si Aedion objetaba, ella solo le mentiría y engañaría y haría algún embuste.

—¿Qué y cuándo y cómo? —preguntó.

—Graham está trabajando en la primera parte de eso.

—Eso suena mucho como 'Tengo más secretos que voy a decirte cuando sea que tenga ganas como para detener a tu muerto corazón en tu pecho'.

Pero su respuesta sonriente le dijo que no llegaría a ningún lugar con ella. Él no pudo decidir si encantaba o lo decepcionaba.

ooooooooooooo

Graham estaba medio despierto en la cama para cuando Aelin regresó, horas más tarde, murmurando las buenas noches a Aedion antes de deslizarse hacia su propio cuarto. Ella no hizo mucho más que mirar en su dirección mientras comenzó a desenganchar sus armas y apilarlas en la mesa cerca de la chimenea.

Eficiente, rápida, silenciosa. Ni un sonido salió de ella.

—Me fui de cacería por Lorcan —dijo él—. Rastreé su esencia alrededor de la ciudad, pero no le vi.

—¿Está muerto entonces? —otra daga resonó en la mesa.

—El aroma era fresco. A menos de que muriera hace una hora, está aún muy vivo.

—Bien —dijo ella simplemente mientras caminaba hacia el closet abierto para cambiarse. O solo para evitar mirarle más.

Salió momentos más tarde en uno de esos delgados camisones pequeños, y todos sus pensamientos salieron de su maldita cabeza. Bueno, aparentemente había estado mortificado por su temprano encuentro –pero no lo suficiente como para usar algo más maduro para la cama.

La seda rosada se adhería a su cintura y se deslizaba sobre sus caderas mientras se acercaba a la cama, revelando la gloriosa longitud de sus piernas desnudas, aún delgadas y bronceadas por todo el tiempo que habían pasado en el exterior esta primavera.

Una tira de pálido encaje amarillo adornaba la baja línea del cuello, y él trató –los dioses lo maldijeran, honestamente trató– de no mirar la suave curva de sus pechos cuando se inclinó para subirse a la cama.

Él supuso que cualquier rastro de auto-conciencia fue desollado de ella bajo los látigos de Endovier. Incluso aunque él hubo tatuado sobre los bultos de las cicatrices en su espalda, las crestas permanecían. Las pesadillas, también –cuando ella aún se sobresaltaba despierta y encendía una vela para alejar a la oscuridad en que ellos la habían sumergido, la memoria de los pozos sin luz que habían usado como castigo. Su Corazón de Fuego, encerrada en la oscuridad.

Él les debía a los capataces de Endovier una visita.

Aelin podría tener una inclinación a castigar a cualquiera que lo hiriera, pero ella no parecía darse cuenta de que él –y Aedion, también– podrían también tener puntos a resolver a su favor. Y como un inmortal, él tenía in nita paciencia en lo que a esos monstruos concernía.

La esencia de ella lo golpeó cuando se desató el cabello y se situó en la pila de almohadas. Su esencia siempre le había encendido, siempre había sido una llamada y un desafío. Le había sacudido tan a fondo luego de siglos encerrado en hielo que él la había odiado al principio. Y ahora...ahora esa esencia lo volvía loco.

Ambos eran malditamente afortunados de que actualmente no pudiera cambiar a su forma Hada y oler lo que estaba golpeteando a través de su sangre. Había sido ya su cientemente duro esconderlo de ella hasta ahora. Las miradas conocedoras de Aedion le habían dicho lo su ciente sobre lo que su primo había detectado.

Él la había visto desnuda antes –unas pocas veces. Y dioses, sí había habido momentos en que lo hubo considerado, pero se había dominado a sí mismo. Había aprendido a mantener esos pensamientos inútiles con una correa muy, muy corta. Como esa vez cuando ella había gemido por la brisa que él le había mandado en su camino a Beltane –el arco de su cuello, la separación de esa boca suya, el sonido que salió de ella–

Ahora ella yacía de lado, su espalda hacia él. —Sobre lo de anoche —dijo a través de sus dientes.

—Está bien. Fue un error.

Mírame. Date la vuelta y mírame.

Pero ella permaneció de espaldas a él, la luz de luna acariciando la seda abultada sobre la concavidad de su cintura, la inclinación de sus caderas.

Su sangre se calentó.

—No pretendía –abofetearte —intentó él.

—Sé que no lo hiciste —haló de la manta como si pudiera sentir el peso de su mirada reposando en ese suave y tentador lugar entre su cuello y hombros –uno de los pocos lugares de su cuerpo que no estaba marcado con cicatrices o tinta—. Ni siquiera sé lo que pasó, pero estos han sido unos extraños pocos días, así que atribuyámoselo a eso, ¿está bien? Necesito dormir.

Él se debatió en decirle que no estaba bien, pero dijo:

—Bien.

Momentos más tarde, ella estaba en efecto dormida.

Él se acostó sobre su espalda y miró hacia el techo, poniendo una mano debajo de su cabeza.

Necesitaba solucionar esto –necesitaba que ella tan solo lo mirara de nuevo, así podría tratar de explicarle que no había estado preparado. Tenerla a ella tocando el tatuaje que cuenta la historia de lo que había hecho y cómo había perdido a Lyria... no había estado preparado para lo que sintió en ese momento. El deseo no fue lo que lo sacudió en absoluto. Era solo que... Aelin lo había estado enloqueciendo estas pocas semanas pasadas, y aun así no había considerado como sería tenerla mirándolo con interés.

No era de ninguna manera como había sido con todas las amantes que había tomado en el pasado: incluso cuando las había atendido, no se había preocupado realmente. Estar con ellas nunca lo había hecho pensar en ese mercado de ores. Nunca le hicieron recordar que él estaba vivo y tocando a otra mujer mientras Lyria –Lyria estaba muerta. Masacrada.

Y Aelin... si seguía por ese camino, y si algo le sucediera... Su pecho se contrajo ante el pensamiento.

Así que necesitaba solucionarlo –necesitaba ordenarse a sí mismo, también, sin importar lo que él quería de ella.

Incluso si era una agonía.

—Esta peluca es horrible —siseó Elisa, palmeando su cabeza mientras ella y Aelin codeaban su camino en la concurrida panadería junto a un tramo más agradable de los muelle—. No deja de picar.

—Silencio —siseó Aelin de vuelta—. Solo tendrás que usarla por unos pocos minutos más, no por toda tu maldita vida.

Elisa abrió su boca para quejarse un poco más, pero dos caballeros se aproximaron, con cajas de mercadería horneada, y les dieron asentimientos apreciativos. Tanto Elisa como Aelin se habían vestido con sus más nos vestidos con volantes, no más que dos adineradas mujeres en un paseo vespertino por la ciudad, cada una vigilada por dos guardaespaldas.

Graham, Aedion, Alicia y Albert estaban apoyados contra los postes de madera del muelle afuera, discretamente vigilándolas a través de la gran ventana de cristal de la tienda. Estaban vestidos y encapuchados de negro, usando dos escudos de armas separadas –ambas falsas, adquiridas del alijo de Elisa para cuando se reunía con clientes reservados.

—Esa —dijo Aelin en un susurro mientras empujaban a través de la multitud esperando almorzar, jando su atención en la mujer más hostigada detrás del mostrador. La mejor hora para venir aquí, había dicho Alicia, era cuando los trabajadores estaban demasiado ocupados como para jarse de verdad en su clientela y quisieran que se fueran tan rápido como fuera posible. Unos pocos caballeros se apartaron para dejarles pasar, y Elisa murmuró su agradecimiento.

Aelin atrapó la atención de la mujer detrás del mostrador.

—¿Qué puedo ofrecerle, señorita? —educada, pero ya evaluando a los clientes agrupándose detrás de Elisa.

—Quiero hablar con Nelly —dijo Aelin—. Ella iba a hacerme una tarta de zarzamoras.

La mujer estrechó los ojos. Aelin relampagueó una sonrisa triunfal.

La mujer suspiró y se apresuró a través de la puerta de madera, dejando entrever un vistazo al caos de la panadería detrás. Un momento más tarde regresó, dándole a Aelin una mirada de Ella saldrá en un minuto y yendo directo hacia otro cliente.

Bien.

Aelin se recostó contra una de las paredes y se cruzó de brazos. Luego los bajó. Una dama no holgazaneaba.

—¿Entonces Clarisse no tiene idea? —dijo Aelin en un susurro, mirando hacia la puerta de la panadería.

—Ninguna —dijo Elisa—. Y cualquier lágrima que derramó fue por sus propias pérdidas. Deberías de haberla visto furiosa cuando subimos al carruaje con esas pocas monedas. ¿No estás asustada de tener un objetivo en tu espalda?

—He tenido un objetivo en mi espalda desde el día en que nací —dijo Aelin—. Pero me habré ido pronto, y de todas maneras, nunca volveré a ser Candy.

Elisa dejó salir un pequeño tarareo.

—Sabes que podría haber hecho esto por ti por mi cuenta.

—Sí, pero dos damas haciendo preguntas son menos sospechosas que una —Elisa le dio una mirada de complicidad. Aelin suspiró—. Es difícil —admitió—. Dejar ir el control. —No lo sabría.

—Bueno, estás cerca de saldar tus deudas, ¿no es así? Serás libre pronto.

Un casual encogimiento de hombros.

—No exactamente. Clarisse aumentó todas nuestras deudas desde que fue excluida del testamento de Arobynn. Parece que hizo unas compras por adelantado y ahora debe pagar por ellas.

Dioses –ella ni siquiera había considerado eso. Ni siquiera había pensado sobre lo que podría significar para Elisa y las otras chicas.

—Lo siento por cualquier carga extra que te haya causado.

—Haber visto la mirada en la cara de Clarisse cuando el testamento fue leído, por ello con gusto soportaré otros pocos años de esto.

Una mentira, y ambas lo sabían.

—Lo siento —dijo Aelin de nuevo. Y porque era todo lo que ella podía ofrecer, agregó—. Evangeline lucía feliz y bien tan solo ahora. Podría ver si hay alguna forma de llevarla cuando nos vayamos–

—¿Y arrastrar a una pequeña de once años a través de reinos y hacia una posible guerra? No lo creo. Evangeline permanecerá conmigo. No necesitas hacerme promesas.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Aelin—. Después de la otra noche.

Elisa miró a tres mujeres jóvenes soltar risitas entre sí al pasar a un guapo joven.

—Bien. En realidad no puedo creer que me haya salido con la mía, pero... Ambas lo logramos, supongo.

—¿Te arrepientes de haberlo hecho?

—No. Me arrepiento... me arrepiento de no haber podido decirle lo que realmente pensaba de él. Me arrepiento de no haberle dicho lo que había hecho contigo –ver la traición y el shock en sus ojos. Lo hice tan rápido, y tuve que ir a por la garganta, y después de que lo hice, solo me di la vuelta y escuché –hasta que estuvo hecho, pero... —sus ojos verdes estaban ensombre- cidos—. ¿Desearías haber sido tú la que lo hiciera?

—No.

Y eso fue todo.

Ella miró hacia el vestido azafrán y esmeralda de su amiga.

—Ese vestido te favorece —apuntó su barbilla hacia el escote de Lysandra—, Y hace maravillas para ellas, también. Los pobres hombres aquí no pueden dejar de mirar.

—Créeme, tenerlas grandes no es una bendición. Mi espalda duele todo el tiempo —Elisa frunció el ceño hacia sus pechos—. Tan pronto como recupere mis poderes, estas cosas serán las primeras en irse.

Aelin contuvo una risita. Elisa recuperaría sus poderes –una vez que la torre del reloj des- apareciera. Trató de no dejar que el pensamiento penetrara.

—¿De verdad?

—Si no fuera por Evangeline, pienso que solo me convertiría en algo con garras y colmillos y viviría en lo inhóspito para siempre.

—¿No más lujos para ti?

Elisa quitó unos cuantos hilos de la manga de Aelin.

—Por supuesto que me gusta el lujo –¿piensas que no me gustan estos vestidos y joyas? Pero al final... son reemplazables. He llegado a valorar más a las personas en mi vida.

—Evangeline es afortunada de tenerte.

—No solo estaba hablando de ella —dijo Elisa, y mordió su carnoso labio—. Tú –estoy agradecida por ti.

Aelin podría haber dicho algo de vuelta, algo que transmitiera adecuadamente el destello de calidez en su corazón, si una mujer castaña no hubiera salido por la puerta de la cocina. Nelly.

Aelin se separó de la pared y se movió hacia el mostrador, Elisa detrás. Nelly dijo:

—¿Ustedes vinieron a verme por una tarta?

Elisa sonrió hermosamente, inclinándose más cerca.

—Nuestro proveedor de tartas, parece, desapareció con el Mercado de las Sombras —habló tan bajo que incluso Aelin apenas pudo escuchar—. Según los rumores, tú sabes dónde está.

Los ojos azules de Nelly se cerraron.

—No sé nada sobre eso.

Aelin delicadamente puso su bolso sobre el mostrador, acercándose de forma que los otros clientes y trabajadores no pudieran ver mientras lo deslizaba hacia Nelly, asegurándose de que las monedas tintinearan. Monedas pesadas.

—Estamos muy, muy hambrientas de... tarta —dijo Aelin, dejando salir un poco de desespera- ción—. Solo dinos adónde fue.

—Nadie ha escapado con vida del Mercado de las Sombras.

Bien. Justo como Alicia les había asegurado, Nelly no hablaba tan fácilmente. Sería demasiado sospechoso para Alicia preguntarle a Nelly acerca del vendedor de opio, ¿pero dos insípidas chicas ricas mimadas? Nadie lo pensaría dos veces.

Elisa puso otra moneda en el mostrador. Una de las otras trabajadoras miró hacia ellas, y la cortesana dijo:

—Nos gustaría realizar una orden —la trabajadora se enfocó en su cliente de nuevo, imperturbable. La sonrisa de Elisa se volvió felina—. Así que dinos donde recogerlo, Nelly.

Alguien ladró el nombre de Nelly desde la parte posterior, y Nelly miró entre ellas, suspirando. Se inclinó hacia adelante y susurró:

—Se fueron a través de las cloacas.

—Escuchamos que había guardias allí, también —dijo Aelin.

—No lo su cientemente dentro. Unos pocos fueron a las catacumbas debajo. Aun ocultándose allí. Trae a tus guardias, pero no dejes que usen sus sigilos. No es un lugar para la gente rica.

Catacumbas. Aelin nunca había escuchado de catacumbas debajo de las cloacas. Interesante. Nelly se retiró, dando zancadas de vuelta a la panadería. Aelin bajó la mirada hacia el mostrador.

Ambas bolsas con dinero habían desaparecido.

Ellas salieron de la panadería sin ser notadas y se encontraron con sus cuatro guardaespaldas.

—¿Y bien? —murmuró Alicia—. ¿Estaba en lo cierto?

—Tu padre debería despedir a Nelly —dijo Aelin—. Los adictos al opio son pobres empleados molestos.

—Hace buen pan —dijo Alicia, y luego se giró hacia donde Albert estaba caminando detrás de ellos.

—¿Qué aprendiste? —demandó Aedion—. ¿Y te importaría explicar por qué necesitabas saber acerca del Mercado de las Sombras?

—Paciencia —dijo Aelin. Se volvió hacia Elicia—. Sabes, apuesto a que los hombres por aquí detendrían sus gruñidos si te convirtieras en un leopardo fantasma y les gruñeras de vuelta.

Las cejas de Elisa se alzaron.

—¿Leopardo fantasma?

Aedion maldijo.

—Hazme un favor y nunca te conviertas en uno de esos.

—¿Qué son esos? —dijo Elisa. Graham contuvo una risa y dio un paso más cerca de Aelin.

Ella trató de ignorarlo. Apenas se habían hablado en toda la mañana.

Aedion sacudió su cabeza.

—Diablos disfrazados en pelaje. Ellos viven en los Staghorns, y durante el invierno se deslizan hacia abajo para depredar al ganado. Tan grandes como osos, algunos de ellos. Más malos. Y cuando el ganado se acaba, nos depredan a nosotros.

Aelin dio palmadas al hombro de Lysandra. —Suena como tu clase de criatura.

Aedion continuó:

—Son blanco y gris, así que apenas puedes identi carlos contra la nieve y rocas. No puedes realmente decir que están allí hasta que estás viendo justo en sus pálidos ojos verdes... —su sonrisa titubeó cuando Elisa jó sus ojos verdes en él e inclinó su cabeza.

A pesar de sí misma, Aelin rió.

—Dinos por qué estamos aquí —dijo Albert mientras Aelin saltaba por encima de una viga de madera en el Mercado de las Sombras abandonado. A su lado, Graham sostenía en alto una antorcha, iluminando las ruinas –y los cuerpos carbonizados. Elisa había vuelto al burdel, escoltada por Alicia; Aelin se había cambiado rápidamente a su traje en un callejón, escondiendo su vestido en una caja desechada, rezando para que nadie se lo arrebatara antes de que pudiera regresar.

—Solo guarda silencio por un momento —dijo Aelin, trazando los túneles de memoria. Graham le disparó una mirada, y ella alzó una ceja. ¿Qué?

—Has venido aquí antes —dijo Graham—. Viniste a examinar las ruinas —Por eso es que olías a cenizas también.

Aedion dijo:

—¿En serio, Aelin? ¿Acaso no duermes nunca?

Albert la estaba mirando ahora también, quizás para evitar mirar a los cuerpos apilados alrededor de los pasillos.

—¿Qué estabas haciendo aquí la noche en que interrumpiste mi reunión con Brullo y Ress? Aelin estudió las cenizas de los viejos establos, las manchas de hollín, los aromas. Ella paró

frente a una tienda cuyas mercancías no eran más que cenizas y metal retorcido.

—Aquí estamos —se estremeció, y dio zancadas hacia el puesto de roca labrada, sus piedras negras por lo quemado.

—Aún huele a opio —dijo Graham, frunciendo el ceño. Aelin barrió su pie sobre las cenizas del suelo, pateando lejos mercancías y escombros. Debía estar en algún lado –ah.

Barrió más y más, las cenizas manchando sus botas negras y traje. Finalmente una gran y deforme roca apareció debajo de su pie, un hoyo gastado cerca de los bordes.

Dijo casualmente:

—¿Sabías que además de tra car opio, se rumoraba que este hombre vendía fuego del infierno?

Graham giró la mirada hacia ella.

Fuego del infierno –casi imposible de conseguir o hacer, sobre todo porque era muy letal. Solo un barril de eso podría derrumbar la mitad de la pared de retención de un castillo.

—Él nunca me hablaría de ello, por supuesto —continuó Aelin—. Sin importar cuantas veces viniera aquí. A rmaba no tenerla, pero tenía algunos de los ingredientes alrededor de la tienda –todo muy raro– entonces... Debe haber habido un suministro de eso aquí.

Tiró de la trampilla de piedra para revelar una escalera descendente en la penumbra. Ninguno de los hombres habló cuando el hedor de las cloacas se desplegó.

Se agachó, resbalando en el primer peldaño, y Aedion se tensó, pero él sabiamente no dijo nada acerca de ella yendo primero.

Oscuridad con aroma a humo la envolvió mientras bajaba, bajaba y bajaba hasta que sus pies tocaron roca lisa. El aire era seco, a pesar de su proximidad al río. Graham vino después, dejando caer su antorcha sobre las piedras antiguas para revelar un cavernoso túnel- cuerpos.

Varios cuerpos, algunos de ellos no más que montículos oscuros en la distancia, cortados por el Valg. Había menos a la derecha, hacia el Avery. Probablemente habían anticipado una emboscada en la desembocadura del río e ido en sentido contrario –a su perdición.

Sin esperar a que Aedion o Albert bajaran, Aelin comenzó a seguir el túnel, Graham tan silencioso como una sombra a su lado –mirando, escuchando. Después de que la puerta de piedra hubiera rechinado al ser cerrada por encima, ella dijo en la oscuridad:

—Cuando los hombres del rey encendieron fuego a este lugar, si el fuego hubiera alcanzado ese suministro... Rifthold probablemente no estaría aquí ya. Por lo menos no los barrios bajos, y probablemente más.

—Por los dioses —murmuró Albert desde unos pocos pasos atrás.

Aelin se detuvo ante lo que parecía una ordinaria rejilla en el piso de alcantarillado. Pero nada de agua corría debajo, y sólo aire polvoriento otó a su encuentro.

—Así es como estás planeando hacer estallar la torre del reloj –con fuego del infierno —dijo Graham, en cuclillas a su lado. Él hizo ademán de agarrar su codo mientras ella alcanzaba la reja, pero se deslizó fuera de su alcance—. Aelin –lo he visto ser usado, lo he visto destruir ciudades. Literalmente puede derretir a las personas.

—Bien. Así sabemos que funciona, entonces.

Aedion resopló, mirando hacia abajo en la oscuridad más allá de las rejillas.

—¿Y qué? ¿Crees que guardó su suministro ahí abajo? —si tenía una opinión profesional so- bre el fuego del in erno, se la guardó para sí mismo.

—Estas alcantarillas eran demasiado públicas, pero tenía que mantenerlo cerca del mercado —dijo Aelin, tirando en la rejilla. Cedió un poco, y el olor de Graham la acarició cuando se inclinó para ayudarla a sacarla fuera de la abertura.

—Huele como a huesos y polvo allí abajo —dijo Graham. Su boca se torció hacia un lado—. Pero tú ya sospechabas eso.

Albert dijo desde unos pocos pies por detrás:

—Eso es lo que querías saber de Nelly –donde se escondía él. Así él te la puede vender.

Aelin encendió un poco de madera de la antorcha de Graham. Cuidadosamente lo suspendió justo debajo del borde del agujero delante de ella, la llama iluminando una caída de cerca de diez pies, con adoquines debajo

Un viento empujó desde atrás, hacia el agujero. Dentro de él.

Dejó a un lado la llama y se sentó en el borde del agujero, sus piernas balanceándose en la penumbra debajo.

—Lo que Nelly todavía no sabe es que el tra cante de opio fue en realidad capturado hace dos días. Muerto a la vista por los hombres del rey. Sabes, creo que Arobynn veces no tenía ni idea de si él realmente quería ayudarme o no —había sido su mención casual durante la cena lo que la había puesto a pensar, a planificar.

Graham murmuró:

—Así que su suministro en las catacumbas está ahora sin vigilancia. Ella se asomó a la oscuridad de abajo.

—El que lo encuentra se lo queda —dijo, y saltó.