NOTAS: Feliz navidad y feliz año nuevo y todas esas cosas. Espero que la espera no haya sido tan larga, pero aquí les dejo mi regalo navideño. Como siempre muchas gracias por sus comentarios/reviews y sus ánimos que son lo que me alienta a seguir. Espero que les guste este capítulo y espero también sus opiniones.
Su aliento se hacía cada vez más pesado pero ya estaba más cerca. Dio las últimas zancadas, adentrándose en el callejón, aquel lugar que conocía tan bien. La noche era tranquila, las calles estaban extrañamente desiertas, parecía la calma antes de una tempestad, o simplemente eran ideas de ellas y aquel ambiente era usual antes de un amanecer.
Su mano llegó por fin a la puerta, tocando la superficie rugosa de madera. Jadeaba pesadamente cuando sus ojos se fijaron en el cartel que tenía escrito «Dal Riata» y ya no esperó más. Empujó la puerta con fuerza y se plantó en medio del bar vacío, aún con la respiración acelerada después de tamaña carrera que había hecho hasta allí. Sin embargo, pronto se dio cuenta que el Dal no estaba tan vacío como pensaba. Un hombre canoso con aparente atractivo, se quedó mirando hacia ella con sorpresa. Era un rostro conocido, pero no el que buscaba.
—La súcubo sin bando —se adelantó él al recordarla—. No deberías estar aquí.
Lo ignoró. Caminó hacia él con paso firme mientras examinaba el Dal. Ni rastro de su abuelo.
—¡Trick! —gritó.
—Está ocupado en este momento —insistió el hombre, que no dudó en aproximarse a Bo y pararse frente a ella—. Vuelve más tarde.
—Es importante —le espetó tratando de esquivarlo, poniendo atención en la puerta cerrada de las dependencias privadas del Dal.
—Están pasando cosas más importantes ahora, chiquilla —dijo él impidiéndole el paso, con un tono grave y serio—. Lo tuyo puede esperar.
Bo rodó los ojos hasta los de aquel hombre que permanecía cerca de ella, evitando que diera un paso más. De pronto reconoció el rostro de Theodore, aquel fae antiguo del que le había hablado Trick, aquel que organizaba fiestas, y recordó el evento de Dögun donde lo vio por primera vez. Se sintió realmente confusa de que aquel hombre estuviera allí. Se suponía que Trick estaba tras Dögun, que aquel grupo podía estar relacionado con su padre, ¿por qué entonces estaría Theodore allí? De repente, Bo tuvo más urgencia de querer hablar con su abuelo.
—Voy a pasar —le dijo ella con frialdad—, con o sin tu consentimiento.
—No puedes interrumpir lo que está pasando ahí abajo, puede ser peligroso —le respondió él con tono amenazante. Theodore colocó una mano sobre el hombro de Bo impidiendo que siguiera avanzando—. Espera a que termine —le insistió otra vez.
La súcubo resopló, comenzando a perder la paciencia. Si aquel hombre quería ir a las malas con ella, entonces así lo haría. Ella sonrió con fingida amabilidad mientras comenzó a acariciar la mano de Theodore sutilmente, enviándole choques de placer a través de su piel.
—¿Me vas a dejar pasar ahora? —le preguntó con un tono sugerente, observando con fijeza los ojos de aquel hombre.
—Venga ya, chiquilla —exclamó él casi riendo—. Soy un fae muy antiguo, he estado bajo la influencia de íncubos milenarios demasiado tiempo, tus poderes súcubo son muy jóvenes, no tienes nada que hacer conmigo.
De pronto, los ojos de Bo regurgitaron en un azul vivo mientras se fijaron sobre los de Theodore. Él se estremeció. El placer que recorría sus carnes se convirtió en algo intenso, pero ya no era agradable, era algo frío… oscuro. El hombre retrocedió asustado, incapaz de volver a mirar a los ojos de la súcubo, y la dejó pasar sin poder siquiera articular palabra. Ella simplemente sonrió con orgullo, adentrándose en las dependencias privadas de Trick.
El ansia de Bo crecía a cada paso que daba por la estancia privada de su abuelo y no era capaz de encontrarlo.
—¡Trick! —gritaba de vez en cuando.
Ella necesitaba encontrarlo, necesitaba explicarle que algo había pasado, algo que no entendía, pero algo que la había cambiado. Y su interior se agitaba cada vez más, incrementando sus nervios. No podía recordar cómo había llegado hasta el bosque ni cómo se había lastimado las manos y la cara. ¿Cómo iba a despertar en mitad de la noche y caminar hasta tan lejos? Y aquel sueño que había tenido, ¿significaba algo? El miedo la recorrió por dentro, ¿y si su padre le había hecho algo de alguna manera? Aquel pensamiento la alteró por completo.
Fue hasta su despacho, si algo estaba sucediendo, allí debía de estar él.
—¡Trick! —gritó a pleno pulmón cuando abrió la puerta.
Pero frente a la mesa llena de papeles y libros de considerable grosor, no estaba él, aunque sí había alguien. Bo observó con precaución a la figura que estaba en el despacho de su abuelo. Ésta se giró con lentitud hacia la súcubo. A la fae no le costó reconocer a aquella mujer de pelo negro que le llegaban sobre los hombros, que poseía aquellos finos rasgos juveniles que embellecían su rostro considerablemente, ni tampoco aquellos ojos claros, entre marrones y verdes: La Ash. Al verla, Bo solo pudo pensar que algo le había sucedido a su abuelo y se acercó enfurecida hacia aquella mujer.
—¿Dónde está Trick? —inquirió la súcubo con tono amenazante.
—Cálmate un poco, ¿quieres? —le dijo ella sin inmutarse por la actitud de la otra fae.
—¿Qué le has hecho a Trick? —volvió a insistir Bo invadiendo el espacio personal de la otra mujer. Sus ojos se iluminaron en un azul amenazante mientras miraba a la Ash con ira.
Aela siguió mirando hacia la súcubo con el rostro sereno mientras ésta se acercaba cada vez más. La arconte simplemente puso una mano sobre el brazo de Bo y fijó sus ojos en los de ella. El azul desapareció de la mirada de la súcubo y las facciones de su rostro se relajaron inmediatamente.
Bo miró confusa hacia Aela. De pronto todo rastro de nervios, enfado y desconfianza desaparecieron. La fae miró la mano de la arconte sujetando su brazo y pensó que quizá tuviera alguna habilidad para calmarla. Enseguida volvió la vista hasta a Aela y trató de estudiarla atentamente.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó la súcubo en un tono evidentemente más relajado.
—Convocar a los Una Mens. Trick regresará cuando compruebe que se ha completado el ritual —le contestó sin más titubeos. Bo observó detenidamente aquellos ojos claros que no tenían miedo de mirarla y descubrió que había algo en ellos, algo que le provocaba una sensación extraña en su cuerpo. No podía explicarlo con exactitud, pero confiaba de cierta forma en lo que le decía.
—¿Los Una Mens? —dijo Bo desconociendo qué era aquello.
—Los Una Mens se encargan de mantener el orden en el mundo Fae y la tregua de paz entre la Luz y Sombra —le explicó la otra mujer mientras comenzó a alejarse de la súcubo y a caminar lentamente por la habitación—, castigando a los que no se ajustan, o que desafiaron, las normas de las Leyes de Sangre. Fueron creados por el Rey Sangriento para preservar las Leyes de Sangre cuando pudieran estar en peligro, como ahora.
—¿Por qué estarían en peligro las leyes? —preguntó de nuevo, sintiendo un misterioso temor y desconcierto por todo aquello.
—¿No sabes lo que ha pasado? —Aela observó en la mirada de la súcubo una absoluta confusión y prosiguió explicándole—: La cúspide de los faes ha caído de manos de los humanos, lo que realmente está comenzando a debilitar a las Leyes de Sangre que resultan ser lo que evitará la extinción de los faes —La Ash suspiró y permaneció unos segundos en silencio antes de continuar, como si tratara de convencerse a sí misma de lo siguiente que dijo—: Los Una Mens van a provocar muchas muertes, pero nos salvarán, ya lo hicieron después de la Gran Guerra Fae.
—Espero que Trick sepa lo que está haciendo, esto no suena como la mejor solución —respondió la súcubo con cierta desconfianza.
Aela suspiró pesadamente mientras apoyaba las dos manos sobre la mesa de madera del despacho del tabernero. Dirigió una mirada de soslayo hacia Bo y se encogió de hombros.
—Él dice que es lo único que podemos hacer, los faes de varios países han devuelto el ataque y tanto los Ash como Morrigan hemos perdido el poder de control. Quizá es una señal para un cambio, pero no veo la forma…
Se produjo un silencio incómodo entre las dos mujeres. Bo no apartó los ojos de Aela ni un momento, pero la arconte centró su atención en las hojas que tenía el abuelo de la súcubo sobre la mesa de su despacho.
—Creo que deberías esperar a Trick en otro lugar —dijo de pronto Bo con cierta suspicacia—, tiene muchas cosas personales aquí.
—Solo estaba leyendo esto —le explicó señalando las viejas hojas del tabernero—. Dögun tenía razón, el Monarca existe, al menos la historia, pero no sabía nada sobre el Crepúsculo… —Aela levantó los ojos hacia Bo y de pronto se sintió demasiado confusa de aquella repentina confianza que estaba sintiendo con la súcubo—. No sé por qué te estoy contando esto a ti…
Bo centró su atención en las hojas que señalaba Aela y enseguida se percató de la caligrafía de Trick y de las marcas que había escrito en una de las hojas. La súcubo se asombró cuando fue capaz de traducir aquellas frases que pertenecían a aquella profecía que Odín le había hecho escribir a su abuelo con su propia sangre siglos atrás:
«Espera al Amanecer,
cuando los Hijos de Heimdal
despierten como hermanos y hermanas.
Cuando el Monarca se encuentre en el Crepúsculo,
la noche caerá sobre todo los seres.
En la espera del nuevo día,
la sangre se derramará sobre la tierra
hasta que El Monarca lleve al ocaso al Crepúsculo.
Entonces renacerá el mundo».
Una inquietud serpenteó por su estómago. Algo había cambiado aquella noche, Bo estaba segura. Al volver a leer aquella profecía recordó la posibilidad de que ella podía ser la Monarca y debía enfrentar a su padre, el Crepúsculo. ¿Y si era aquello lo que estaba pasando? ¿Y si aquella profecía se estaba cumpliendo y algo en su interior había cambiado porque eso era lo que tenía suceder?
—¿Tú sabías de estas cosas? —le dijo Aela de pronto, sacando a Bo de su ensimismamiento.
—Estoy bastante al tanto de todo este tema —le respondió de una forma un poco borde—. ¿No se supone que tú como Ash querías acabar con Dögun porque eran unos anarquistas y no sé qué?
—Ojalá lo hubiera hecho —respondió ella con pesar—, Dögun era una farsa, una herramienta de las malditas valquirias para… No tengo ni idea de para qué, pero al menos parece que no eran todo mentiras.
—¿Valquirias? —preguntó Bo totalmente intrigada.
—Sí, ellas han provocado todo este estropicio: las filtraciones a los humanos, apuesto que hasta los atentados, como el que pensé que había hecho tu humana —le confesó con cierto pesar la arconte—. Todo un extraño plan demasiado calculado… Es difícil de creer pero no es tan descabellado.
—Pero hay algo más —dijo Bo observando los extraños gestos del rostro de la Ash al hablar. Sin embargo, Aela la miró como si no supiese de qué estaba hablando—. Tienes miedo de algo —insistió Bo.
—¿Miedo yo? —le respondió en un tono de burla—. Soy un arconte, por el amor de los dioses, yo no tengo miedo, me alimento de él, juego con él… Yo no…
—Mira, si realmente sé sobre esto del Monarca, Crepúsculo, el Amanecer y todas estas cosas, es porque no me gustan nada —le dijo Bo tratando de ser cordial con ella—. Estoy realmente dispuesta a luchar contra todo eso si lo que va a suceder es una guerra. No creo que ese sea el camino adecuado para ningún cambio en los faes. Si piensas igual que yo, estoy contigo, puedes confiar en mí.
—Odín —confesó sin dar más rodeos la arconte.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Bo algo sorprendida por la respuesta.
—¿Sabes quién es? —dijo Aela asombrada—. No muchos lo conocen por ese nombre.
—Te he dicho que estoy al tanto de todo esto —le respondió la otra mujer sin darle más importancia.
—Se supone que está muerto, pero esa valquiria me habló de él… —le explicó con cierta contrariedad—. Y sé que Trick sabe algo más, es el Rey Sangriento y estuvo detrás de todo esto cuando los faes se unieron para derrotar a Odín, pero creo que Odín no está muerto y si ni siquiera el Rey Sangriento pudo matarlo…
—¿Cómo es que conoces a Odín? —preguntó Bo totalmente intrigada por lo que estaba escuchando decir a Aela.
—Los arcontes éramos poderosos, la historia dice que nuestra especie pereció por la Gran Guerra Fae —comenzó a contarle—. La verdad es que fueron masacrados por ser una raza tan poderosa, igual que otras muchas, como los mesmers. Toda aquella clase de faes que pudiera utilizar su potencial para gobernar a los faes sería eliminada, pero todos sabíamos que la realidad era que el Rey Sangriento se veía amenazado por todas esas especies. Nadie se opuso, ¿quién iba a querer que faes más poderosos que el resto vivieran? En cualquier momento podían esclavizar al mundo entero… Algunos conseguimos evitar la muerte de otras maneras. Fue escrito que yo permaneciera en esclavitud bajo la tutela de las Sombras y así es como conocí a Odín, el antiguo rey de las Sombras.
»Fui su esclava hasta que Evony me liberó a cambio de un favor, que se cobró cuando necesitó que alguien la ayudara a ser Morrigan de nuevo… —prosiguió Aela con cierto pesar—. Otro de mis errores.
—Odín tiene a sus valquirias —rebatió Bo, tratando de no revelar demasiada información a la arconte, aún no se fiaba de las intenciones de esa mujer—, pero es lo único que tiene, si sigue vivo. Habrá una forma de aislarlo de ellas y que no tenga posibilidad de regresar jamás —dijo, aunque ella sabía que sí la había.
—Es demasiado inteligente, demasiado sabio, tendrá mil planes para regresar. Si no es con las valquirias es con otra cosa —le replicó Aela—. Estaba demasiado ocupada intentando cambiar a los faes que no me di cuenta de lo que estaba pasando en realidad. Hay que impedir por todos los medios que regrese, porque sé que sigue vivo.
—Mira, no sé por qué de pronto creo que eres de los buenos, pero no se me olvida que intentaste matar a mi chica y le hiciste la vida imposible a ella y a Kenzi —le espetó la súcubo mientras trataba de poner una pose arrogante para demostrarle a Aela que no la temía.
—Eso es pasado, Bo, ahora estamos jugando bajo las normas de los Una Mens, ni siquiera sé si sigo siendo Ash, el sistema fae ha caído y el fae más poderoso que ha conocido el mundo planea volver. Creo que tengo mis prioridades muy claras y no tienen nada que ver con tus humanas.
—Está bien —dijo Bo dándole una tregua—. ¿Qué tienes en mente?
—Hay una valquiria en la ciudad, Tamsin —le explicó Aela—. Debemos capturarla e interrogarla.
—Capturar a una valquiria no es tan fácil —intentó rebatir Bo con cierta prudencia, intentando descubrir las intenciones de Aela.
—Ya sé que Tamsin es parte de vuestro grupito, Bo, no me tomes por idiota —le dijo con molestia—. Pero deberías revisar tus lealtades en estos momentos, porque las valquirias son las que han empezado esta guerra.
—Sé perfectamente que Tamsin no tiene nada que ver con eso —le espetó con arrogancia la súcubo.
—Ya veo —exclamó la Ash con cierta ironía—. Realmente sabes mucho más de lo que dices pero no confías en mí. Creo que me lo merezco. Si realmente quieres parar lo que esté por ocurrir, te ayudaré y, créeme, si se viene una guerra querrás tener a tu lado al único arconte sobre la faz de la Tierra.
—Ya veremos —dijo con desconfianza Bo, no iba a creer en sus palabras tan fácilmente, debía demostrarle que realmente podía confiar.
—¿Quieres un consejo? —le preguntó Aela, aunque no dejó que le respondiera—. Deberías elegir un bando y reclamar a todos aquellos humanos que te importan. Si es que quieres protegerlos de los Una Mens.
Con esas palabras, la arconte se alejó de Bo y salió de la estancia. Sin embargo, una inquietud se quedó en el cuerpo de la súcubo.
Bo suspiró y sacó el teléfono móvil, que a pesar de todo llevaba con ella. Miró la pantalla durante un momento. Las palabras de Aela le habían dado algo de temor y de pronto tuvo la necesidad de llamar a Lauren. Lo último que sabía es que la doctora dormía con ella después de… Dios, Kenzi… Bo sintió como si su corazón se encogiera de dolor dentro de su pecho al recordar que Kenzi iba a morir.
Trató de sosegarse aunque las lágrimas amenazaban con salir de nuevo. Se centró en marcar el número de Lauren y esperar hasta escuchar su voz de nuevo…
—«El número al que llama no se encuentra disponible» —dijo una voz robotizada al otro lado del teléfono.
No tenía motivos para alterarse, pero Bo tuvo un mal presentimiento. Algo no iba bien.
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Era una simple puerta, pero Tamsin la observaba como si fuese el más terrible de los enemigos. Estaba congelada delante de aquel pedazo de madera, incapaz de moverse de allí y ver lo que había al otro lado. Aunque en verdad, lo que realmente temía, era lo que le esperaba si abría la puerta. Algo intenso hacía mella en su pecho y le dificultaba la respiración. Luego se dio cuenta que eran los latidos frenéticos de su corazón.
Tomó aire, tensó la mandíbula y extendió la mano hacia el pomo, que rodó con demasiada facilidad. Las bisagras chirriaron con apenas un leve empujón y, entonces, la vio allí de pie, junto a la cama donde la había visto dormir horas antes.
—Kenzi —dijo en voz baja Tamsin desde la puerta.
Ella no miró a la valquiria todavía y menos le respondió. Se quedó allí parada sintiendo una avalancha de emociones con tan solo escuchar la suave voz de la fae.
La detective se mordió el labio con nerviosismo, pensando que Kenzi estaba molesta con ella y que no le había perdonado el comportamiento ingrato que había mostrado en el Dal, cuando le dijo que lo que tenían era solo físico y que debía terminar. Dio un paso hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con mucho cuidado, y luego la miró con un miedo palpitando en su corazón.
—Kenzi —volvió a decir lentamente, intentando que la gótica volviera la vista hacia ella.
Cuando sus ojos se encontraron, olvidaron las disculpas, las palabras se quedaron atascadas en la garganta y fueron los labios quienes se llamaron sin que ninguna pudiera mediar en aquella urgente necesidad.
Kenzi no tenía ni idea de lo que había echado de menos el suave cabello de Tamsin entre sus dedos, los labios de ella moviéndose contra los suyos con aquella necesidad que desprendía un calor por su garganta y que llenaba todo su pecho de una sensación insaciable que daba hasta miedo. Kenzi no tenía ni idea, pero ya se estaba dando cuenta… Ella rompió el beso que compartían, no obstante, no se separaron todavía.
—Eres idiota —le dijo con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Tamsin, eres idiota! —le gritó mientras arremetía con los puños sobre sus hombros con rabia.
Y la valquiria solo sujetó con fuerza el cuerpo de la otra mujer mientras cerraba los ojos. Dejó que Kenzi descargara su rabia así, Tamsin se merecía eso, pero no escapaba de su mente que toda lo que había sucedido era su culpa. Bo tenía razón, le dio esperanzas a Kenzi, cuando sabía que nunca iba a suceder nada. ¿Pero cómo iba a saber Tamsin que una mera atracción física acabaría de esa forma? ¿Cómo iba a saber Tamsin que se enamoraría de ella? Quizá le dio esperanzas a Kenzi porque ella misma las quería, porque ella misma quería que aquello fuese algo más…
Allí, entre los gritos y reproches de Kenzi, Tamsin solo podía pensar en el brillo de sus ojos, en su sonrisa, en la calidez de su piel, en cuánto la necesitaba… Ya no lo pudo negar más y eso la llenó de miedo.
—Lo siento —dijo en medio de un sollozo—. Esto ha sido mi culpa, sabía que pasaría algo así… Lo siento —le repitió con los ojos anegados de lágrimas.
—No, todo esto pasó por mi culpa —le replicó Kenzi agachando la cabeza y agarrando con fuerza los hombros de la valquiria—, porque soy una patética y débil humana… Y estúpida por creer que Massimo me ayudaría.
—Deja de decir eso. Arriesgaste tu vida para ayudar a Bo, acudiste a Massimo por eso —trató de consolarla Tamsin—. Pero no, tú casi mueres por mi culpa y tenemos que parar esto antes de que sea demasiado tarde.
Kenzi levantó la vista lentamente hacia los ojos verdes de Tamsin. Ya empezaba a conocer aquella mirada y sabía lo que estaba intentando de nuevo la valquiria.
—¿Qué cosa? —le preguntó con prudencia Kenzi.
—Tú y yo. No voy a dejar que te involucres más. Es peligroso…
—Tamsin, no te atrevas a volver a apartarme —le replicó con un tono severo.
—No lo entiendes…
—¿Es que no te importo? —la interrumpió sin apartar sus ojos de los de ella.
Solo la miró, casi herida de escucharla decir aquellas palabras. Las manos de Kenzi se afianzaron sobre los hombros de Tamsin y entonces la valquiria ya no pudo mentir, así que solo calló la verdad.
—No es eso —susurró simplemente.
—¿Por qué de repente te preocupas por mí y eso es peligroso? —volvió a cuestionarle, en el mismo tono severo de antes—. ¿Es que nunca te has preocupado por nadie antes? —Kenzi miró a Tamsin, realmente queriendo saber la respuesta, pero los ojos de la valquiria la esquivaron con maestría mientras cubría todas sus emociones con una capa de frialdad—. Tamsin —insistió, sin embargo la detective permaneció en silencio—. Es por eso de que tu vínculo por Odín se debilita ¿verdad? —volvió a hablar ella, viendo cómo la valquiria tensaba la mandíbula. Kenzi intuyó que no estaba lejos de la respuesta, de hecho la sabía, pero necesitaba que Tamsin se lo confirmara, necesitaba saber que esta vez no estaba equivocada—. No tienes que responderme, ni explicarme el porqué. No voy a forzarte a decirlo. Solo… solo mírame para saber si es verdad.
La valquiria permaneció con la vista fija en el suelo, pero Kenzi fue paciente, y entonces los ojos de Tamsin se elevaron hasta los de ella. El interior de la gótica se estremeció. Ella no necesitó que la detective le dijera nada, de pronto todas las respuestas que necesitaba estaban escritas en el verde de su mirada.
En algún momento cerró el espacio que había entre ellas y volvió a probar labios de la fae. El sabor salado de las lágrimas se entremezcló en un beso lento, cuidadoso… La humedad y la calidez de su boca junto con el roce de su cuerpo fue todo lo que pareció necesitar Kenzi en aquel momento.
—Quédate conmigo esta noche —le susurró en algún momento.
Tamsin no dijo nada pero permaneció junto a ella. Quizá porque era demasiado tarde para dar vuelta atrás, quizá porque no quería dar vuelta atrás… Algo en su mente le advirtió que estaba repitiendo los mismos pasos que con Sigurd, pero las manos de Kenzi la callaron por completo, sus labios la hicieron olvidar, su tenue voz llamándola, la tibiez de su piel la llenaron de coraje… El cuerpo de Kenzi descansando sobre el de ella es lo que necesitó para saber que Odín no ganaría esta vez. Ya no tenía miedo de él.
Los minutos corrieron más rápido de lo que pensó, cuando Tamsin tomó su teléfono móvil y observó los dígitos en su pantalla, habían pasado dos horas desde que la Morrigan le había dicho que contactaría de nuevo con ella. Dos horas. La valquiria sintió un escalofrío de terror recorrer su cuerpo. Por un momento se había olvidado de lo que sucedía fuera de esa habitación en donde ahora se hallaba junto a Kenzi.
Cuando Evony la llamó y le contó que el Círculo de las Sombras había sido destruido por humanos, Tamsin no necesitó más excusas para encontrarse con ella. Por una vez, la Morrigan parecía que había recuperado aquella entereza perdida hace ya algunos años atrás. Ella estaba reuniéndose con la gente más relevante entre las Sombras, estaba tratando que todo tuviera cierto orden y formar un pequeño gobierno entre algunos Morrigan de territorios cercanos. Eso fue a hacer, a reunirse con los Morrigan, pero no tenía todavía noticias de ella.
La valquiria comenzó a preguntarse también dónde se ha metido Dyson. De repente le pareció que la vieja casa de Bo estaba demasiado silenciosa, ¿a dónde se habían ido todos? Quizá Trick los había llamado, puede que para explicarles el lío que se estaba montando con los faes y los humanos, o solo estaban descansando después de la ardua misión de rescatar a Kenzi. A ella dirigió su atención inmediatamente. El tranquilo rostro de la humana durmiendo sobre su hombro la calmó. Le parecía irreal la sensación de sosiego que llenaba su cuerpo solo el hecho de mirarla dormir. Tamsin suspiró mientras dejaba su teléfono sobre la mesilla de noche, al lado de la cama, y luego se movió con extrema lentitud para acomodarse sobre la cama, sin perturbar el descanso de la humana.
De pronto, los dedos de Kenzi se ciñeron sobre el vientre de la valquiria mientras murmuraba palabras sin ningún sentido. Tamsin observó el rostro de la humana fruncirse como si algo la molestara. La fae deslizó una mano con ternura por el cabello azabache de la otra mujer percatándose de que Kenzi volvió a continuar su sueño de forma plácida de nuevo. A Tamsin se le escapó una sonrisa, no la pudo evitar cuando sus ojos se perdieron entre la belleza que irradiaba el tranquilo rostro de Kenzi. Igual que no pudo evitar sentir la intensidad que llenaba su pecho cada vez que miraba a aquella humana. Entonces volvió a olvidarse de todo aquello que estaba ocurriendo con los faes y terminó durmiéndose junto a ella.
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Cuando Trick se adentró en el callejón de camino hacia el Dal, no se imaginó que la figura que se postraba cerca de allí fuese quien se encontró en verdad.
La sangre del tabernero se heló y su corazón dio un vuelco cuando encontró un rostro que hacía siglos que no veía.
—Por fin —dijo la mujer con una sonrisa—. Pensé que nunca llegaría este momento.
—Aife —respondió él dando un paso prudente hacia atrás—. Hija…
—Oh, ahórrate tus malditas palabras —le espetó ella mientras la ira hacía acto de presencia en su rostro.
—Ya sé qué haces aquí —le dijo tratando de mantenerse sereno—. He hecho muchas cosas tratando de enmendar mis errores, soy consciente de lo que hice en el pasado y de todo lo que te ocurrió por mi culpa. Dejé de ser rey, huí del viejo continente y empecé aquí, como un don nadie. Me he desvivido por cuidar de tu hija y protegerla de los faes.
—Eso no basta, eso no va a devolverme la vida que perdí —le reprochó con enfado—. Lo que me hizo el padre de Bo no va a desaparecer. ¿Sabes cuál es la ironía? Que fue él mismo el que te tendió una trampa para capturarme, porque me quería para crear a Bo, yo no maté a ningún anciano de las Sombras.
—Aife, entiendo que me odies, me lo merezco —dijo él retrocediendo lentamente—, pero Bo es tu hija, mi sangre puede salvarla si cae en las influencias de su padre. Bo es fuerte y va a luchar, pero Odín no es tonto, él buscara la forma de atarla.
—Tu sangre… Tu sangre es una maldita maldición, si no fuera por tu sangre nada de esto hubiera pasado —dijo ella a punto de echarse a llorar.
—Por favor, Aife, podemos hablar sobre esto con tranquilidad…
—¡Estoy tranquila! —le espetó de manera cortante.
—Sé que Odín quiere a Bo, pero haré lo que sea necesario para protegerla, sé que tú quieres eso también.
Aife miró de reojo a su padre y su expresión se volvió más suave. Trick le ofreció una sonrisa y ella pareció ceder un poco, dando unos pocos pasos hacia él.
—Aife —dijo el sabio de sangre con la voz temblorosa—, sé que no es suficiente y que nunca voy a compensar todo lo que tuviste que pasar, pero ruego que me perdones por todo. Ya sé que fui arrogante, que estaba cegado por el poder, pero de verdad tienes que creer cuando te digo que os amaba tanto a Isabeau como a ti, vosotras fuisteis lo único bueno de mi época como rey.
La súcubo suspiró, bajando la mirada hacia el suelo. Trick sonrió cuando sintió la mano de su hija sobre su hombro y ella se acercó muy lentamente para abrazarlo. No dudó en estrecharla entre sus brazos cuando ella se puso de rodillas para alcanzarlo. Hija y padre se fundieron en un abrazo que echaron de menos durante demasiados siglos, al menos Trick. Lágrimas de júbilo asomaron por los ojos del tabernero cuando sintió a Aife de nuevo junto a él. Después de todo, parecía que al final había algo de esperanza.
—Padre —susurró ella cerca del oído de Trick sin separarse de él—. Esto es por mi madre, por el infierno que viví por no creer a tu propia hija y por el destino que le espera a Bo por tu culpa.
Antes de que terminara de hablar, el tabernero sintió la punzada de dolor en su estómago. Trató de detener el golpe que le había asestado su hija con un puñal, pero solo vio sangre por todas partes. Casi con certeza supo que aquel puñal no era uno cualquiera, Aife no era tan idiota, por supuesto, usaría uno mágico. También supo que iba a morir.
—No… no… Soy el único que puede salvar a Bo —masculló con esfuerzo mientras sus manos ensangrentadas se aferraban al cuerpo de su hija.
—¿Con tu sangre, verdad? —le dijo ella con odio—. Tu sangre maldita no volverá a influir en nadie más y contigo muerto Odín ya no podrá volver.
—No —volvió a decir Trick con el último esfuerzo que pudo hacer—. No… Aife…
Ella agarró con más fuerza el puñal y lo enterró más profundamente en su vientre. Sus ojos se empañaron de lágrimas cuando de la boca de Trick comenzó a escupir sangre y la mirada de su padre se fijó en la de ella, como una súplica. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Aife fue el único testigo de cómo el último suspiro de vida se escapó de los labios del sabio sangre. Y entonces su interior se inundó en un ardor que casi se parecía al dolor. La súcubo acunó el cuerpo inmóvil de su padre entre sus brazos sin poder detener las lágrimas que corrieron por sus mejillas mientras observaba el rostro sin vida de Trick.
—Lo siento —sollozó en un tono casi inaudible—. Lo siento…
