Gracias por esta sonrisa, gracias por sus nombres. Ahora las puedo reconocer aunque se cambien de vestido. Así el zorro reconoció al Principito, y fue único para él entre todos.
María José, yo soy bastante trillada con las preguntas… por lo que ahí va… ¿que es lo que enciende tu fuego interior? (ya lo había preguntado hace bastante).
¡Por cierto que quiero alguna confitura! ¿Se podrá mandar por encomienda?
Bueno, cortesanas de este reino mudo, ha llegado uno de los momentos de la verdad. Hoy quisiera dedicar estas emociones a los niños. A esos seres increíbles a los que les entregamos el pesado trabajo de ser mujeres y hombres, y no personas; el de ser "el futuro", olvidando en algún momento que estamos implicadas e implicados en él.
Enseñar a los niños es uno de los sentimientos más maravillosos que existen. No se pierdan de hacerlo, con humildad y paciencia, con sabiduría y amor. La recompensa a ello es un tesoro que trascenderá nuestras vidas.
Fuegos de enero.
Ahí va la niña que tomaba el sol entre sus manos,
esa que saltaba zanjas y convertía príncipes en sapos
para reír a las carcajadas.
Ahí va la niña que recogía las flores crecidas del fango
y hacía ramilletes para el fauno de turno.
Ahí va la niña que antes de nacer era criatura salvaje de los montes verdes.
Ella es como un soplo divino. ¿La ves?
Allí va, convertida en azul, corriendo, como una borrasca de verano.
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La campana sonaba desde el interior del colegio. Conversaciones de adultos y gritos de niños se escuchaban y se mezclaban a la par de los pequeños, que salían a reunirse con sus padres. En el vano de las puertas abiertas, dos maestras advertían calma y vigilaban. Pero pedían lo imposible, ya que los niños siempre se excitaban cuando alguna hora escolar se saltaba para realizar actos que irrumpían con lo cotidiano.
Dentro de las verjas, en el patio interior, los padres saludaban al enjambre de niños que lo llenaron de pronto. Los tres cursos de la promoción de Beth estaban allí.
Sin dudas era una escena bastante común, sin embargo allí había dos mujeres, algo alejadas del barullo, para las cuales aquello rompía toda estructura. Desde el exterior, una se apoyaba contra las rejas, con la cabeza gacha y totalmente pálida, y la otra, con una expresión de profunda angustia. La voz de esta última salía trémula, al hacer su tercer llamado en pocos minutos.
Quinn no elevaba la vista, solo se recargaba contra los barrotes como si su vida dependiera de esa posición.
—Y-y así… me lo dices… —tartamudeaba, sintiendo una opresión enorme en su pecho. ¿Qué había hecho Rachel? ¿Era una especie de traición? ¿Por qué la había llevado allí sin avisarle? ¿Sin… prepararla? ¡Sin preguntarle si estaba… lista!
—Yo… lo sentí, Quinn —explicaba en susurros, observando agitada todo el movimiento a su alrededor—. No… no quise hacerlo de esta manera, pero me sentí tan presionada… ¡Estabas tan incontenible esa noche!… ¡Por favor, mírame!
Y Quinn lo hizo, y la respiración de Rachel se le quedó en la garganta. Esa mirada se abarrotó de humedad, provocando la propia. Aturdida retrocedió un paso, desvió el rostro y se encontró con una cara sonriente que se le acercaba a paso vivo.
—¡Hola, Rachel! ¿Hace mucho que estás?, yo acabo de llegar —la saludó Marcus Foollen al llegar a ella. Le apretó efusivo un hombro y besó su mejilla.
Mareada, la actriz centró su visión en el recién llegado, simulando una sonrisa convincente.
—Ho-hola Marcus. Sí-sí, yo… también.
—Ya están todos adentro, ¡y veo que hay mucho jaleo por aquí! —exclamó el despistado abogado, examinándolo todo mientras alisaba con sus manos su siempre despeinada cabellera oscura. Por primera vez Rachel agradeció esa característica del cuarentón.
Marcus era un ser humano excepcional y un profesional de los que no había. Era uno de los abogados y colaboradores profesionales ad honorem de la fundación, que se encargaba incisivamente de los avatares legales. Asimismo, fuera de los expedientes y causas, se veía a un hombre de vitalidad inquebrantable y de una pronunciada torpeza, particularidad que no le permitió curiosear quién acompañaba a Rachel. Ni se había dado cuenta de la presencia de Quinn a unos pasos.
Rachel asintió a sus ojos azules detrás de unos gruesos cristales.
—Cierto… hay una muy buena recepción, ¿verdad?
—¡Sí, sí! Esperemos juntar muchas firmas.
Rachel lo secundó, sintiéndose sumamente intranquila. Por suerte, como si lo hubiera percibido, se pasó una vez más las manos por el cabello y le apretó otra vez ambos hombros.
—Ya voy entrando.
—Ve… yo me reuniré en unos minutos.
Afirmando efusivo, el abogado giró sobre sus talones y se marchó. Respirando con alivio pretendió volver con Quinn, pero del otro lado de las rejas divisó casualmente algo que la paralizó por completo. Sucedió en un segundo: un par de miradas la descubrieron y los gritos entusiastas la dejaron tiesa sobre la vereda. Esos chillidos llegaron a su persona como ese tibio sol que no lograba atravesar por completo las nubes. La sensación era lejana y repentinamente dejó de pisar suelo firme.
—¡Ral, Ral! ¡Rachel, hoooolaaaaaa!
Un par de niñas salían a su encuentro. Una rubia de cabellos sueltos, vestida con su equipo de gimnasia, empujaba la silla de ruedas de su amiga castaña, peinada con un rodete y ataviada de la misma forma. La castaña y la rubia eran inseparables, y corrían hacia ella a buena velocidad con sonrisas enormes.
El torbellino sonrojado las frenó a ambas y acto seguido chocó contra el cuerpo de la hermana mayor.
—¡Te vimos Ral, te vimos!
—¡Q-qué hacen aquí afuera! —soltó entrecortada Rachel, besando a su hermana y luego abrazando a Mel.
—Te esperábamos —ratificó Melanie feliz de verla, puesto que hacía tiempo no lo hacía.
El corazón bombeaba en el pecho de la adulta hasta ensordecerla. Todo se iría al demonio, porque no debía ser así como tendrían que suceder las cosas. No pretendía que una bomba estallara en el medio del cuerpo de Quinn ni de su hermana; no soportaría que ninguna de las dos se lo perdonase mañana. ¡Sería su fin!
Dentro de la turbulencia de encuentros, de ninguna manera Rachel iba a quedarse con esas primeras palabras que arrojó a Quinn. Ella encontraría un camino coherente en ese enlace excepcional, principalmente para Beth… ¡Si tan solo hubiera tenido diez minutos más! ¡Diez minutos más!
—¡Nos escapamos! —rió Beth, tomando la mano de su amiga que también reía.
—Dejen de decir tonterías. Y tú Mel, eres la mayor de las dos, debes ser más responsable ¿Donde está Norah? —rezongó temblorosa.
—Te crees todo, Ral —carcajeó la pequeña rubia—. ¡Allí está y nos ha dejado venir a saludarte! No le cuentes a nadie —susurró.
A coro y al mismo tiempo, las amiguitas señalaban la entrada. La maestra en cuestión, se le unía al par en la entrada al edificio; la mujer de gran porte y profunda simpatía elevaba una mano como saludo y Rachel intentaba hacer lo suyo. Las piernas no la sostenían, no quería mirar para atrás... y tampoco era lo correcto dejar que dos alumnas anduviesen fuera del establecimiento como si nada.
—Son dos cotillas que tienen que regresar ya al salón —murmuró inclinándose hacia Mel para tocarle la naricilla, provocándole cosquillas, y luego a su hermana, con esa caricia suya que iba del nacimiento de la frente hasta la punta de su nariz con la yema del dedo índice.
—¿Quién es ella? —cuestionó de pronto Beth, elevando un poco el mentón hacia la figura que se acercaba. Al instante, el rostro de Rachel giró y Quinn apareció a su lado con la mirada más penetrante que le había visto en su vida, percatándose de cada movimiento de la niña rubia.
—Ella…
—Hola… Beth —musito dificultosa Quinn—. Soy… una amiga de tu hermana.
Se quitó el cabello de los ojos e hincó una rodilla en el suelo, observándola intensamente. En igualdad de posiciones, madre e hija se miraron, creando un plano terrenal único y fugaz. Quinn hubiera querido hacerle esa caricia con las que varias veces Rachel la había mimado, una que ya sabía de dónde venía, que tenía dueña, y que estrujó de amor su corazón. Es más, hubiese querido inventar una nueva para Beth y ella, pero se quedó paralizada en el tiempo.
Beth frunció el ceño y le extendió la mano, la cual Quinn rodeó tiernamente. Rachel se llevó la mano a la boca, acotando su respiración agitada.
—Hola —saludó la de vivaces ojos azules. Después señaló a su amiga—. Ella es mi amiga Mel, jugamos baloncesto.
Quinn también rodeó aquella palma con delicadeza, junto con un suave y vacilante mohín.
—Encantada de conocerte, Mel. Es estupendo que jueguen baloncesto; hay que tener muy buena puntería.
Melanie estiró la boca en una gran sonrisa que expandió sus pecas.
—Yo tengo mejor puntería y más fuerza. ¿Cómo te llamas?
—Ella es Quinn —intervino la voz de Beth, que no había dejado de ver en ningún momento a esa mujer de cabellos cortos y negros—. Tú eres Quinn, ¿no es así?
Las adultas compartieron, al mismo tiempo, la incertidumbre y una aterradora maravilla que se palpaba. Allí se desarrollaba una de las escenas de su vida. Era nada más y nada menos que su hija nombrándola, hablando con ella por primera vez, reconociéndola, rindiendo cuentas de la verdad y educación que le habían dado, aseverando las palabras de Rachel de que jamás le ocultaron quién era ella.
Quinn se sentía desfallecer, la vista se le nubló, pero tomó las agallas de donde podía y se quedó enamorándose más de los ojos de esa criatura.
—Sí… soy… Quinn.
No supo cómo le había salido la voz, pero confirmó la pregunta de su hija.
—Eres diferente en las fotos —la mirada limpia de Beth se elevó a su hermana, que se secaba los ojos rápidamente.
—El tiempo cambia a… las personas, corazón —murmuró con voz congestionada, leyendo esas amadas expresiones, una por una, para ver qué sentía.
—Es la princesa de los lobos, ¿cierto, Ral?
Quinn aprovechó a llevarse la mano al rostro para esconder las lágrimas y sonrió en secreto. En una repasada a sus tenis blancos, se dio cuenta de que llevaba las agujetas de uno de ellos desatadas.
—T-tiene algo de princesa de lobos… —afirmaba la hermana.
Satisfecha, Beth continuó mirándola con la cabeza ladeada, más atentamente cuando se inclinó y comenzó a atarles las agujetas.
—¿Te vas a quedar para la charla? Ral nos hablará de dis… disle… —se llevó las manos a la boca, haciendo una mueca a su amiga.
El oído de Quinn se concentró en lo que intentaba decirle la niña, y al segundo lo comprendió todo…
—Dislexia —completó por ella. Rendida, bajó su otra rodilla al suelo y absorbió por completo su pequeña persona dentro de su corazón: esos ojos azules, brillantes como piedras preciosas, sus cabellos sueltos, sus mejillas sonrosadas, sus cejas tan parecidas a las de Puck… era su hija, su hija—. Claro que me quedaré.
—A Ral le encanta dar charlas y contar historias.
—Eso es porque tienes una hermana inteligente y genial.
Beth asintió, mirando cómplice a la otra.
—La tengo.
—Ya debemos entrar, Beth —avisó su amiga. Alzó los brazos hacia Rachel y ésta la abrazó, antes de darle un sonoro beso en la mejilla.
—Cuando termine el encuentro hablaré con tu madre.
Melanie asintió y observó a las otras dos con curiosidad. El silencio formado entre ellas posteriormente fue roto por la propia Beth, y lo que dijo dejó a las adultas totalmente mudas.
—No llores, ¿está bien?
Quinn desorbitó los ojos, llevándose una mano al pecho.
—No… lo haré —farfulló, sintiendo un intenso picor en sus pupilas.
Concluyendo, Beth se acercó y le dio un beso. Tras eso dio un paso en dirección a Rachel y ésta la estrechó, emocionada.
—Es más linda que en las fotos —susurró la hermana menor para que solo ellas lo escucharan.
Sonriendo, Rachel asintió y le dio una palmadita en el trasero.
—Vete ya, cabeza hueca.
Melanie alcanzó a saludar con la mano a Quinn, aún arrodillada, y con presteza desaparecieron bajo la mirada vigilante de Rachel, que esperó a verlas reunidas con las maestras. De inmediato, una Quinn de espalda agitada y hombros hundidos tuvo toda su atención ¿Qué hacer ahora? ¿Qué decir?
Rachel no tuvo más tiempo de pensar, porque aquélla se levantó y comenzó a caminar en dirección contraria, sorteando a algunas mamás que estaban allí. Veloz, comenzó una disimulada persecución, llamándola apremiada pero utilizando toda su poderosa voluntad para no estallar en un grito vivo. Lo que habían experimentado era de una importancia trascendental, la una y la otra…
—Quinn…
Quinn no se detuvo hasta no doblar la esquina y allí cayó contra una pared, se sostuvo de las rodillas y hundió la cabeza.
—Oh, carajo, oh carajo… —soltaba sin voz, casi sollozando.
Insegura, Rachel la sujetó de un hombro, tragando saliva.
—Tranquila, por favor… cálmate.
—¡Qué me estás pidiendo! —exclamó, llevándose una mano a los ojos llenos de lágrimas—. Acabo de ver a mi hija cuando ni siquiera sabía que sucedería… esa niña… es hermosa, es suave, es cálida… es tan parecida a ti…
No había mucha gente por esas calles, era mediodía y estaban en un vecindario muy tranquilo, pero incluso si hubiese sido lo contrario, Rachel también se habría ubicado frente a ella para obligarla a elevar la cabeza, rodeándole las mejillas mojadas con sus palmas. Por que se encontraba igual, conmocionada, abrasada por sentimientos que poseían nombres concretos y recuerdos imborrables.
Sus ojos se buscaron, enrojecidos y Rachel asintió a todas las preguntas mudas, pero a la siguiente que le hizo la respondió claramente.
—Entonces… Beth… tiene dislexia Tú… tú… perteneces a la fundación.
—Sí —sus labios temblaron a la par que acariciaba su mentón—. Debemos hablar sobre ello. Quisiera que mi madre estuviese… Pero después, ahora… acompáñame, ven conmigo…
Las manos inseguras de Quinn se aferraron a sus muñecas.
—N-no puedo, me siento desmayar… Siento que no pararé de llorar…
—Sí puedes —murmuró la actriz, acercándose—. Hagamos que esto suceda —rogó, hablándose directamente al oído—. Yo también quiero besarte, pero también quiero verte al lado de tu hija.
Con un gemido, Quinn la atrapó entre sus brazos y la abrazó tan fuertemente que sus huesos tronaron, los escuchó, pero la necesitaba de esa manera, tan cerca que no cupiera ni el aire entre ellas. Se escondió en su cuello y lloró en silencio.
Respirando en paz, Rachel alcanzó a rodearle el cuello, aliviada, bendecida por esas lágrimas y ese beso maravilloso de la hija a la madre recién encontrada.
Era un cuadro significativo y hasta superficialmente bello para cualquier vistazo ajeno insistente o al paso, sin embargo, porque ellas no solían estar solas, para una mirada, diferente a todas, esos movimientos eran identificativos, uno a uno. Los entendía y simbolizaban más que ninguna otra cosa, y la razón era que involucraban afectos.
Después de ver a buena distancia la escena de Quinn junto su hija, y luego presenciar cómo se desmoronaba, fue suficiente para decidir al sargento Damprey a romper nuevamente las valiosas reglas de un duro sistema que no debía mezclar lo personal. Agarró de la guantera su móvil personal, uno inviolable y que lo comunicaba con su gente de confianza más cercana, presionó un par de teclas y se lo llevó al oído.
—Señor.
Del otro lado contestaron inmediatamente.
—Smith, quiero que me despejes Forest Hills lo más pronto posible.
—¿Forest Hills? Justamente eso no es… posible.
—No lo creo. Vamos viejo, tú puedes hacerlo —espetó taciturno, desviando la mirada de las dos mujeres que continuaban abrazadas a lo lejos—. Necesito dos malditas horas, nada más.
—Haré lo que pueda, señor.
Levar soltó el aire con un gruñido.
—No intentes, simplemente hazlo.
Del otro lado de la línea el hombre carraspeó.
—Lo mantendré informado, señor.
—Gracias, Smith.
Con un chasquido, Levar arrojó el móvil al asiento de al lado y se dispuso a encender un cigarrillo.
La gran reunión se daba en el gimnasio. Quinn lo rodeaba con una mirada perdida, recordándose en el McKinley. Cielos, casi esperaba la aparición de Schuester entre la multitud en cualquier instante, mas él no aparecería. Quien estaba al frente de la "gran clase", sobre una tarima, era Rachel con un grupo de personas. Ella hablaba encarnizadamente con una mujer y el hombre de gruesas gafas que la había interceptado en la acera.
Se frotó los ojos irritados y suspiró. Ambas habían pasado unos buenos minutos recuperándose, e igualmente no bastaban. El pecho le dolía, los ojos le dolían… y quería ver a Beth, la buscaba desesperada pero entre tanto alumnado no la distinguía.
Al entrar, Rachel le había pedido que se quedara cerca de la entrada, medio escondida entre el público adulto, así que allí estaba, observando desde el costado su ir y venir, y los revoleo de papeles que sostenía en sus manos.
Los fuertes murmullos cesaron cuando uno de los integrantes del grupo, identificado con una playera blanca con inscripciones sobre la ropa de abrigo, como llevaba la mayoría de ellos, se acercó al micrófono y comenzó a presentarse.
DisFamily agradecía a la preparatoria Horace Brearley y a sus autoridades por abrirles las puertas ese día. Agradecía a la comunidad por la concurrencia y contaba de qué se trataba la fundación. Luego de los aplausos y una atención embotada de Quinn, Rachel, también ataviada con la playera, hacía su presencia bajo una calurosa bienvenida.
Desde abajo, la chica cerró los puños sudados dentro de los bolsillos de su chaqueta. Esa mujer que hablaba tan histriónica, había llorado con ella hacía una media hora nada más. Simplemente era brillante.
—¡Hola comunidad de Two Bridges! Muchas gracias por haber venido y por querer participar de este gran encuentro que esperemos no sea el único, tal como lo dijo mi compañero Tom. Mi nombre es Rachel Berry y tengo el honor de ser parte de esta querida fundación para la dislexia…
Y así empezó todo. La verdad es que no sabía cuántas personas eran entre padres y alumnado, pero de alguna manera se empezó a dar indicaciones de la actividad con la que romperían el hielo.
Los listones de diferentes colores que fueron repartidos en momentos anteriores, servirían ahora para reunir grupos en toda la cancha. De las graderías bajaron los niños, sin excepción, y algunos de los padres más animados. Entre los que decidieron no participar estaba Quinn, pero eso no significaba que no disfrutaran de como críos de nueve y diez años, entre saltos y exclamaciones, formaban círculos guiados por las organizadoras.
Así fue como cada color tuvo a sus integrantes ordenados, permitiendo después de eso que el juego fuera explicado por una de las voceras: Rachel.
"Para conocernos mejor y para ver hasta dónde podemos llegar copiando al compañero", era uno de los enunciados. El juego consistía en que un primer participante comenzara con un movimiento y el de al lado lo repitiera y agregara otro, para que el siguiente lo imitara, y así hasta que todos en la ronda completaran y sumaran movimientos. La finalidad era repetir lo más que se consiguiera todos los gestos de manera fluida y continua, haciendo uso de la observación y atención. ¡Los últimos la tendrían difícil, pero podían ser ayudados por sus compañeros!
El juego se desarrollaba entre un gran barullo y risas. Niños y adultos se estaban divirtiendo, y Rachel arengaba a los equipos de vez en cuando.
Quinn se llevó una mano a la nuca, disfrutando intensamente de eso. Unos quince minutos después, y luego de que casi todos hayan tenido la oportunidad de empezar, el juego finalizó tras una seña de una de las organizadoras, ellas se habían comunicando de principio a fin. De nuevo Rachel regresó a la carga, esta vez cuestionando algunos interrogantes que a propósito pedía responder más a madres y padres un tanto cohibidos. No obstante, su intervención distendía al segundo.
"¿Por qué se producían las lagunas de memoria en algunos participantes después de un movimiento en particular?".
"Después de algunas repeticiones de movimientos, ¿por qué se experimentaba dificultad en encontrar el siguiente gesto sin detenerse a pensar?". Esas preguntas no estaban dirigidas al azar, tenían que ver con la profundización del tema a tratar, y era ni más ni menos que algunas de las características de ese trastorno de aprendizaje. Durante la imitación, en la repetición de movimientos, el reordenamiento de percepciones para algunos niños se daba mejor que para otros. Esencialmente se quería llegar a esa comparación, porque esas acciones eran parte de la dislexia.
"Niños, mamis y papis, cuando hablamos de copiar de la pizarra o de un libro resulta una tarea fácil, ¿verdad? Bien, para nuestros niños con dislexia no es una tarea sencilla, ya que cuando desaparece esa guía visual y se suman contenidos confunden las letras, mezclan fonemas y escriben palabras según su interpretación".
Quinn la miraba totalmente admirada. Sabía de qué se trataba la dislexia; la primera vez que había oído esa palabra había sido con Sam, pero nunca de esa manera. Rachel detallaba y explicaba conscientemente el trastorno de su hermana pequeña, sencillo, sin alarmas innecesarias, con profundo conocimiento de causa… y la emocionaba. La henchía de orgullo su pasión, los cambios de voz, sus gestos, que no veía de frente, pero que se proyectaban potentes.
"Lo importante es la detección temprana y no entrar en pánico. No es una enfermedad, es un tiempo diferente de aprendizaje del cual nos tenemos que responsabilizar, tanto en casa como en el colegio. Nuestros niños serán tan autónomos como cualquiera, realizarán sus sueños, volarán tan alto como lo deseen, pero necesitan de la comprensión de sus pares y de los adultos; esto es primordial".
Esas palabras dieron el pie para, en ese tramo de la charla, concientizar sobre el rol del Estado en la educación pública, y la falta de gabinetes especializados con maestras y maestros integradores en los establecimientos. El reclamo era justo y causó un estremecimiento en Quinn y variados murmullos disconformes.
La fundación había redactado un petitorio para un proyecto de ley que dirigiera la ayuda necesaria hacia los colegios de enseñanza primaria, junto a la capacitación para los docentes.
"¡Vamos a necesitar muchas, muchas firmas para que nuestros pequeños y nosotros tengamos la ley que merecemos! ¡Podemos hacer mucho ruido si queremos! ¡¿Verdad que sí?!".
La respuesta a esa arenga motivacional fue un aplauso ensordecedor y entusiasta de la multitud. Rachel dijo unas palabras más, anunciando a otro miembro que explicaría la parte legal y leería algunos de los fundamentos del petitorio que en breve firmarían. Agitada, entregó el micrófono después de un gran abrazo y se volvió levemente.
Las facciones hambrientas de Quinn la absorbieron por completo, y como si aquélla escuchara ese llamado, el rostro efusivo encontró al suyo; Rachel le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa demoledora. Fueron nada más que un par de segundos, porque no tardaron en llamar su atención.
Quinn simplemente cayó rendida a sus pies, tan rendida y orgullosa que sus ojos se humedecieron otra vez. Estaba rodeada de superhéroes, y eran sus superhéroes.
