Me disculpo por la tardanza, digamos que escribir con el ordenador embalado en una caja, el monitor en otra y los otros componentes en otra más, mientras pintan la casa es dificil. Por ello os lanzo finalmente un episodio que hará que más de uno cague ladrillos (más aún).

Por cierto, lo de tener dos battlemechs flanqueando el trono es en realidad una copia del trono del arcontado de la Mancomunidad de Lira, solo que en este caso son dos Thunderbolt "made in Tristania" en lugar de dos Griffins. Si googleais lyran commonwealth throne podreis ver dos o tres imagenes que muestran la escena, es curioso, voy juraría que había más, yo he visto más.

Ni Battletech ni La Magia de Zero me pertenecen sino a sus respectivos dueños.

Todos los presentes tardaron varios segundos en procesar lo ocurrido. Mientras eso pasaba Wales hizo llamar discretamente a Tiffania, que apareció desde una de las puertas laterales del salón, para retirar a Louise de delante de todo el mundo. Ella se dejó llevar como si fuera un pelele, aún no entendía nada. Tiffania la llevó hasta el otro lado del salón, justo enfrente de los nobles asustados, allí un par de guardias negros se posicionaron para escoltarlas a ambas. Para entonces Henrietta llegó hasta su trono y apoyó su mano izquierda, de forma torpe, sobre el mismo. Desde allí miró a los nobles que antes habían gritado a favor de Philippe y cogió aire. Wales sonrió y lanzó otro hechizo para potenciar la voz de su prima.

- Durante tres meses he estado postrada en una cama, luchando entre la vida y la muerte, demasiado débil en ocasiones para mantenerme consciente. - Su mirada era fiera, mucho más de lo que su amiga quería creer. - Cuando supe que debido a los rumores sobre mi muerte los nobles de mi reino estaban conspirando para destruir todo lo que hice antes incluso de que el polvo se asentase sobre la habitación donde fui atacada estuve a punto de rendirme. - De pronto la expresión de su rostro perdió fuerza, pero sus ojos azules seguían con la misma furia. - ¡Fui a la guerra porque atacaron nuestro reino de una forma vil y sin honor y solo recibí quejas y escusas! - La misma expresión afloró de nuevo. - Cuando me dieron por muerta alguien podría pensar que los nobles del reino se unirían para al menos honrar mi sacrificio. ¡Pero en lugar de eso visteis una oportunidad de deshacer todo lo que yo había hecho! ¿Tal mala reina fui? ¿Acaso no permití que eligierais la forma en como colaborar con la guerra, en lugar de imponer mi voluntad por la fuerza como mi padre habría hecho? ¿Acaso no hice que el tesoro real redujera los impuestos de guerra tanto para vosotros como para los plebeyos? ¿Acaso no fui junto a mis tropas para demostrar mi compromiso? ¿Acaso no me comprometí a casarme con el emperador de Germanía, un hombre al que ni siquiera conozco, porque vosotros mismos decíais que dicha alianza protegería el reino? ¿ES QUE ACASO NADA DE LO QUE HICE FUE DIGNO DE VUESTRA CONSIDERACIÓN? - Dio un fuerte golpe con la mano izquierda sobre el trono. Los nobles se encogieron.

- ¡Su Majestad! - Casi imploró uno. - Si hubiéramos sabido que usted...

- ¡SILENCIO! - Grito ella volviéndose hacía el que había osado hablar. - Si hubierais sabido que estaba tan gravemente herida ¿que habríais hecho? ¿Sabéis acaso que pasó con Lemarchal cuando fue informado de mi estado? - Dijo nombrando a un noble que era muy cercano a la corona y el segundo en la línea sucesora del trono.

- ¿Lemarchal? - Susurró el hombres, según sabían él y sus tropas había ido con la reina a la guerra y él había muerto durante el asalto de Caterham.

[Flashback]

El cuerpo de la reina yacía inmóvil sobre la camilla mientras una multitud de tubos salían y entraban de su carne, el siseante sonido del respirador artificial junto con el pitido del lector cardíaco era todo lo que se escuchaba.

Lemarchal miró de nuevo el cuerpo de la reina, lo que quedaba de su cuerpo. Los extraños sanadores de aquella imposible ciudad subterránea habían hecho todo lo posible para mantenerla con vida, a un alto precio. Él se sentía asqueado por el estado de la misma, pero no podía negar que un mago de agua hubiera sido incapaz de mantener ese trozo de carne destrozado con vida tanto tiempo. La expresión de Mazarin parecía decir lo mismo, mientras que la del príncipe de Albión, príncipe hasta que fuera coronado en Londinium, era una mezcla entre la pena, la angustia y la rabia más descarnada.

- Entonces, la reina vive. - Dijo el noble.

- Así es, y es posible que sobrevi...

- Ella vivirá. - Dijo secamente Wales.

- Cuando recupere la consciencia tendrá que adaptarse a su nueva realidad, no volverá a ser la misma mujer que antes, su situación actual es muy precaria.

- ¿Por eso me necesitan? - Apuntó Lemarchal, Mazarin ainstió.

- Así es, usted es el siguiente en la línea sucesoria, sería un buen regente hasta que Su Majestad se recupere. Ningún noble discutiría eso.

- Pero... ¿Ella podrá reinar en su estado?

- Así es. - Dijo Wales. - Los médicos de la base tiene fe en que con el tiempo pueda llevar una vida larga a pesar de todo, tendrá que hacer muchos sacrificios, pero vivirá.

- Me alegro. - Respondió secamente mientras desviaba la mirada, ya que no podía continuar manteniendola sobre ella.

Un leve toque en la puerta hizo que todos levantaran la cabeza, alguien estaba llamando.

- Adelante. - Dijo Wales, como respuesta un soldado apareció por la puerta.

- Majestad, el brigadier general Ramírez requiere su presencia. - Dijo mientras saludaba, más por formalidad que por que ya hubiera interiorizado que de aquí en adelante viviría en el reino de ese muchacho.

- Iré a verlo enseguida. - Despidió al soldado con un gesto y miró a Lemarchal. - ¿Le supone algún problema lo que le hemos pedido?

- No... no, desde luego que no. Tendré que hablar con varios de mis colegas en el continente, hacer que tranquilicen a los nobles.

- Bien, en tal caso por favor se lo encargo.

Wales se levantó, se despidió de ambos hombres y salió de la habitación. El noble miró a Mazarin.

- ¿Tan seguro es que sobreviva?

- Los san... médicos dicen que si, dicen que están preparando incluso varias operaciones para que ella pueda vivir una vida larga a pesar de todo.

- ¿Como? - Eso era muy vago y extraño.

- Dicen que pueden ponerle un corazón nuevo, igual al suyo, para reparar los daños que este tiene.

- ¿Es eso posible? - El hombre saltó solo al escuchar aquel cuento tan fantástico.

- Uno de los hombres que la tratan tiene uno similar. - Se limitó a decir el anciano mientras se pasaba la mano por el pecho. - Estos bárbaros tienen medios desconocidos para nosotros.

- Medios heréticos... - casi escupió.

- Eso no importa ahora, lo importante es la salud de la reina. - Mazarin se levantó de su silla y miró al noble. - Salgamos de aquí, los médicos nos pidieron que estuviéramos lo menos posible para no molestarla, puede que sean simples plebeyos, pero creo que tienen razón. Ella necesita reposo y que nos ocupemos del reino mientras ella no puede. - Esta ultima frase hizo ver a Lemarchal lo mucho que había envejecido Mazarin en los últimos días, a pesar de su conflicto con la reina, él seguía siendo fiel a ella, verla así había sido un duro golpe para el anciano.

- Salga usted, yo me quedare un minuto más para rezar por ella. - Fue lo que dijo el noble.

- ¿Quiere que lo acompañe?

- No es necesario, amigo mio, sé lo que le duele estar aquí, solo será un momento y estaré con usted.

- Como desee. - Dijo cruzando la puerta y cerrándola tras de si.

Lemarchal se quedo mirando a la reina, era imposible, no podría sobrevivir, no era posible... pero ¿y si era verdad? Henrietta era una chica fuerte, sana, y con mucha voluntad, era posible, y si lo de cambiarle el corazón era cierto... ¿qué más no podrían hacer con su cuerpo para mantenerlo con vida? El noble cerro los ojos un segundo.

Él ya era mayor, de unos cuarenta años, veinte de los cuales había sido el señor de sus tierras tras la temprana muerte de su padre, aquello había salvado el nombre de su familia, su padre era un gran hombre, pero un inútil a la hora de gestionar la fortuna familiar, si ese caballo no se lo hubiera llevado antes de tiempo él mismo dudaba que quedara mucho de su herencia, herencia que había usado sabiamente y ahora, aunque no llegaba a los niveles que nobles como Laurent de la Vallière o de Anjou, podía llevar una vida despreocupada en ese sentido, si él fuera capaz de hacer eso, e incluso ofrecer sus tropas para la guerra a la reina sin sufrir un duro daño económico.

Henrietta era una simple niña, puede que ya tuviera edad para gobernar, pero carecía de la experiencia, además, su impulsividad e ingenuidad podría dañar al reino. Ella debía crecer, madurar, y sería una gran reina. Una reina digna de seguir... algún día... pero Tristania necesitaba un gobernante con experiencia ahora. No un simple sustituto temporal, sino uno que guiara el reino ahora después de esta ordalía, y no había tiempo.

La mano de Lemarchal acarició el rostro de la reina y se cerro sobre su boca y nariz, bloqueando el paso de aire.

Nada pasó.

La reina seguía respirando, su pecho se elevaba y hundía con ese rítmico zumbido de las maquinas que respiraban por ella. El noble se sintió como un idiota, levantó la mano de la cara de la reina y toco el tubo que nacía de la garganta de la reina, notó como el aire circulaba por aquel extraño conducto, directamente a los pulmones de Henrietta sin pasar por su nariz y boca.

Lemarchal cogió el tubo y lo dobló impidiendo el paso de aire. Instantáneamente escucho como los dos fuelles de la maquinaria que introducían aire en el cuerpo de la reina dejaban de producir ese sonido rítmico, produciendo un gemido apagado.

Pronto pasaría.

Él lo sentía mucho.

Pero incluso aunque sobreviviera ¿qué vida podría esperarle?

Eso era lo mejor.

Para ella.

Y para Tristania.

¡BEEEEEP! ¡BEEEEEP! ¡BEEEEEP! ¡BEEEEEP!

Apenas habían pasado unos segundos cuando el respirador lanzo un alerta sonora, ruidosa y que hizo que el aprendiz de regicida diera un paso atrás, aún con el tubo entre las manos, asustado. Fue a sacar con su mano libre su varita para enmudecer el endiablado artilugio cuando la puerta se abrió de par en par dejando entrar a tres personas vestidas con bata blanca, mientras un cuarto intentaba que la guardia del escuadrón de armas de fuego que protegía la puerta y el cardenal Mazarin no entraran.

De pronto todas las miradas se posaron sobre él, el cual en su asombro soltó el tubo un segundo antes de que la guardaespaldas real levantara su rifle y lo descargara en su cabeza.

[Fin del Flashblack]

El cuerpo de Henrietta se estremeció un segundo, no supo si por rabia o por miedo al recordar el momento en el cual le contaron porque el duque Lemarchal estaba muerto y el motivo por el cual lo estaba, luego miró a los nobles presentes. Intentó que su rabia inicial se diluyera, no demasiado, pero si lo suficiente como para no perder el control. Cogió aire lo más profundo que pudo a pesar del pinchazo que le dio la cicatriz, aun oía de vez en cuando el zumbido de su nuevo corazón, no un latido, sino el suave sonido de 4 diminutas bombas que movían su sangre por su cuerpo, no había dado tiempo a clonar un órgano nuevo antes de que suyo comenzara a fallar.

- ¿Alguien desea disputarme la corona? - Miro a ambos lados desafiante. - ¿Nadie? Estoy dispuesta a oír su candidatura e incluso considerarla si da razones de peso, razones elevadas y vacías de toda ambición, por las cuales él, o ella, puedan ser mejores soberanos que yo.

La reina dejo de hablar y miró a todos los reunidos, muchos boquiabiertos aún, muchos asustados, aterrorizados tal vez, otros sorprendidos... su mirada barrió la estancia. Y entonces se fijo en Louise la cual estaba llorando agarrada al hombro de Tiffania. Uno, al menos uno. Dijo para si.

El duque de Anjou tosió un poco y se adelantó, su aire de superioridad se había desvanecido totalmente. Un par de partidarios intentaron que se detuviera, pero este los hizo retroceder con un asentimiento cansado. Ya fuera de la protección del grupo el noble miró directamente a los ojos a la reina, esta le devolvió la mirada: fiera, enfadada, sin miedo. Entonces después de ese ultimo acto de desobediencia, de sostenerle la mirada a su reina, él hincó su rodilla derecha en el suelo y bajo la cabeza.

Un casi imperceptible murmullo corrió por la sala, como si todos hubieran sido acariciados por un aire frio que atravesara la misma como una ola. Louise sintió un escalofrío cuando vio como todos los reformistas hincaban la rodilla imitando a su líder. Habían sido derrotados. La chica fue a arrodillarse ella también, pero notó como Tiffania le apretaba el brazo, mientras que el rey volvía la cabeza divertido, negando con un risueño gesto. Louise se quedo clavada al ver que Henrietta también se volvía hacia ella, como su gesto se suavizaba, incluso mostrando un infinito amor hacía ella al tiempo que alzaba levemente la mano con la palma hacia ella para que Louise no se arrodillara. Luego ese momento se cortó cuando ella se volvió hacia los otros nobles, todos ellos, incluidos sus padres y hermanas, arrodillados. Henrietta sonrió y aún cojeando bajo de su estrado avanzando por la alfombra. La chica pudo ver como varias figuras embozadas la seguían, al frente de ellas estaba Agnes, escoltando en todo momento a su reina, pero también había otra figura con una capa de oficial de la Guardia Negra, a diferencia de la rubia caballero esta no llevaba una mascara sino un visor de función desconocida para Louise, pero su piel tostada y rasgos finos de su mandíbula le hicieron reconocerla: era Nayia Higara.

La imagen era muy poderosa, la reina avanzando por su salón del trono frente a más de un centenar de nobles arrodillados en sumisión, mientras un grupo de soldados vestidos de negro seguían como su fueran su sombra a la monarca, todo esto bajo la atenta mirada de dos gigantescas maquinas de guerra situadas a los lados del trono. La chica estaba segura de que todo aquello era planificado con la intención de mandar un mensaje.

De pronto Henrietta se detuvo frente al grupo de la familia de Louise y se volvió hacia ellos. La joven maga sintió una punzada de miedo, no sabía el motivo pero algo hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

- ¡Lord Richemont! - Dijo de pronto la reina, rompiendo el preñado silencio y provocando que cientos de ojos se posaran sobre el orondo noble que portaba una túnica blanca. - ¿Por qué se arrodilla usted también? - Se acercó un poco. - ¡Por favor no se humille así!

- ¿Mi reina? - El hombre levantó a cabeza confundido, y su gesto facial así lo anunciaba.

- Digo, mi buen lord Richemont, que vos estáis exento de arrodillados frente a mi. - Inclinó la cabeza a un lado, el noble carraspeó.

-Su Majestad, desconozco que he hecho para merecer ese honor. - Parecía inquieto.

- ¡Oh! ¿No lo sabéis? No seáis humilde, por favor levantaos y acercaros. - Invito con un gesto de su mano derecha.

Richemont, visiblemente incomodo, se levantó, sacudiéndose un poco la túnica en la zona de las rodillas, y dio un par de pasos hacia la reina. Esta no paro de sonreír hasta que él salió del grupo de los Vallière, entonces levantó la mano.

- Así esta bien, lord Richemont. - Su gesto de cordialidad se había diluido un poco.

- Su majestad, dejadme deciros la alegría que ha llenado mi corazón al saber que estabais bien. - Se inclinó un poco.

- Lord Richemont, estáis disculpado de cualquier reverencia o genuflexión ante mi. - La frase no era amable, sino seca.

- Pero... - Henrietta levantó la mano y le hizo callar.

- Porque la fingida lealtad de un traidor no me agrada. - Dijo mudando su gesto por uno de asco. El noble dio un brinco hacia atras.

- ¡Su Majestad eso es un error! ¡Yo os soy totalmente fiel! - Dio un paso hacía ella suplicante, pero la Guardia Negra levanto sus armas al unisono, dos guardias flanquearon al noble, en una corta pero explosiva carrera, y le apuntaron desde dos ángulos donde no alcanzarían a ningún otro invitado. Él pareció aterrado al ver tantos cañones apuntándole. - ¡Su majestad!

-No busquéis escusas Richemont, sabemos los tratos que ha tenido con Reconquista. - Hizo un gesto hacia un lado, de donde una guardia apareció con un cofre pequeño en brazos, parecía muy pesado. Y lo era, la guardia lo arrojo al suelo, justo delante de Richemont, con un estruendo metálico tapa del cofre se desprendió al caer dejando ver una gran cantidad de monedas de oro. La reina señalo las monedas con su mano izquierda con un gesto rígido. - Son libras albionesas, el propio rey puede confirmarlo si es necesario. - Se volvió hacia su primo, el cual se acercó, con paso firme, arrodillándose y cogiendo una.

- Son monedas de Albión, pero fuera de circulación. - La reina miró a Wales, este inclinó un poco la cabeza. - No pienso permitir que monedas con un escudo que no sea el de los Tudor sigan circulando. - Se giró hacía Richemont. - Además, por lo que sé, los rebeldes redujeron la cantidad de oro en cada moneda, le pagaron con un tercio menos del oro que en realidad le prometieron. - Dijo como para clavar otro clavo en el ataúd del traidor.

- ¡Tiene que ser un error! - Chilló Richemont al tiempo que se caía de rodillas de la impresión. - ¡Alguien debió de haber fabricado pruebas en mi contra! - Avanzo a cuatro patas hacia la misma - ¡Os soy leal mi reina! - Intentó acercarse más al tiempo que su mano derecha buscaba algo en su cintura.

Una de las guardas vio el movimiento y apuntó a la cabeza del traidor al tiempo que su dedo se ajustaba sobre el gatillo.

¡Plaf! Se oyó por toda la sala cuando la reina dio un paso hacia el noble suplicante y descargo su puño izquierdo contra la cara del mismo. El movimiento fue tan brusco y sorpresivo, a la vez que inconcebible para muchos de los presentes, muchos de los cuales dieron un bote al verlo, casi como si ellos lo hubieran recibido en su lugar.

Lord Richemont cayo sobre su lado izquierdo, soltando la varita que había conseguido sacar disimuladamente de entre sus ropajes, y cayendo aturdido mientras que un chorro de sangre salía de su boca mezclado con varios dientes. El golpe había sido brutal, más de lo que muchos creerían capaz de hacer a la reina, aún usando toda su fuerza, la nariz y varios dientes se habían roto, el noble estaba consciente, pero aturdido, incapaz de entender que había pasado mientras la sangre seguía saliendo de su boca y nariz. Intentó hablar pero solo salió más sangre.

- ¡Creéis acaso que es solo esto! - Gritó la reina. - ¡Tenemos testimonios que prisioneros de Reconquista! ¡Sus libros de asientos contables con su nombre! ¡Incluso transmisiones de radio en las cuales se le mencionaba expresamente! - Tembló de pura rabia. - Y... los... - estaba trémula, el rey le puso la mano sobre el hombro, ella pareció recibir el contacto con cierto alivio a su furia – los espías albioneses gritaron su nombre cuando los interrogamos.

El noble consiguió moverse lo suficiente como para ponerse de rodillas al tiempo que se sujetaba la cara destrozada con las manos y gemía.

Louise, a pesar del shock, tuvo la suficiente presencia de animo como para mirar a su padre el cual miraba a Richemont con el mayor de los ascos, minutos atrás él había hablado con un traidor sin saberlo, eso le repugnaba. Puede que su padre hubiera querido usarla para sus planes, pero en el momento en el cual la reina apareció en el estrado él mismo debió descartaros automáticamente. Los Vallière eran fieles a la corona, pasara lo que pasara. La maquinación de su padre solo había durado el tiempo durante el cual la reina había sido dada por muerta.

Richemont comenzó a farfullar, intentando hablar, pero con los huecos en la boca, esta llena de sangre y la nariz rota tardo unos segundos en conseguir frases entendibles.

- ¡Mi reigna! ¡Pog fagod! ¡Eg totalmegte falso! - Henrietta levanto la barbilla al escucharlo y lo miro desde arriba, con una mirada de desprecio que ninguno que la vio pensó que la reina fuera capaz de lanzar.

- Después de las pruebas y testimonios... ¿seguís negándolo? ¿Qué más pruebas queréis de vuestra traición?

Un par de lagrimas surcaron el hasta ese momento seco rostro de la reina, la cual se agarró la manga del largo guante que llevaba en el brazo izquierdo y se pellizco, estirando un poco la tela. Wales le paso por encima los brazos, abrazándola desde atrás e intentó calmarla mientras le susurraba algo al oído. Henrietta tardó unos segundos en calmarse tras lo cual pidió a su primo que la soltara y miró Richemont.

- Tenéis suerte de que mi primo haya calmado mis ánimos. Lord Richemont... no Richemont, os retiro todos los títulos y honores de nobleza que poseíais. - El hombre gimió lastimeramente. - Además, vuestros vienes serán embargados por la corona de Tristania, la cual los cederá para obras benéficas, por muy vil que sea este dinero – señaló las monedas a sus pies – hará un gran servicio a los huérfanos que vuestra traición ha provocado. La ley normalmente pide que una traición a la corona se pague con la muerte... - meneó la cabeza – hoy no, no os haré ejecutar por habernos traicionado, pero a partir de este momento sois un plebeyo y cuando muráis lo haréis como tal. - El hombre se arrodilló como pudo e intentó tocar uno de los pies de la reina mientras gorjeaba patéticamente.

- Gacias, mi reigna... gacias. - Esta bajo un poco el rostro, pero luego se giró hacia Agnes de Milan.

- No obstante, solo os he perdonado por este crimen. - El hombre levantó la cabeza con una expresión de sorpresa rota por sus lesiones. - Junto a las pruebas de vuestra traición se encontraron pruebas de otros crímenes. Comandante de Millan - la mujer con la mascara hizo una leve reverencia a su reina y se adelantó. - proceda.

Agnes sin decir una palabra saco su pistola, apuntando a Richemont, el cual chillo al ver el oscuro cañón mirándole directamente a la cara, luego ella hizo un gesto a dos de sus subordinadas, las cuales agarraron al ex-noble por los hombros y le obligaron a levantarse.

- Richemont, en virtud de los poderes que la reina Henrietta Ana Estuardo de Tristania, soberana de este reino, os detengo por haber confabulado para provocar la destrucción de la ciudad D'Angleterre bajo falso pretexto, provocando la muerte de todos sus habitantes... todos menos uno. - Su medio rostro destilaba veneno cuando apretó el cañón contra su frente. - No había ninguna plaga en mi pueblo como vos dijisteis, era todo una mentira para destruirlo y ganaros el favor del cardenal romalio Lisim que os pidió encargaros de aquella secta de protestantes, y vuestros diarios y correspondencia así lo atestiguan. - Miro a su soberana.

- No podemos requerir a Romalia una investigación sobre el cardenal ya que este murió hace cuatro años, debido a una enfermedad contagiosa – la ironía era obvia – pero a la vista de las pruebas tan flagrantes no puedo sino declararos culpable. - Tembló un poco, pero consiguió que nadie se diera cuenta aparte de Wales y Agnes, Richemont estaba demasiado asustado para darse cuenta. - Debido a esto solo puedo emitir una sentencia. - Y miró a Agnes, la cual asintió e hizo que las dos mujeres se llevaran al berreante noble fuera mientras ella las seguía con la pistola en la mano.

Durante los instantes que siguieron a aquella imagen un silencio pesado y denso como el aceite se extendió por el salón, nadie osó siquiera murmurar, la reina mientras tanto, algo menos segura y con aspecto más cansado volvió, acompañada por el rey Wales, hasta el estrado, donde subió sola y se sentó en su trono finalmente, desde el cual miró a los nobles.

¡BANG! El sonido de un solo disparo resonó desde el patio exterior haciendo que todos los presentes se estremecieran al unisono, el hecho de los gritos de Richemont, amortiguados por la lejanía, pero no disimulados totalmente, cesaran al mismo tiempo hizo que el silencio fuera más pesado. Pero Henrietta hablo de nuevo aprovechándolo.

- Conde Andra le Parssuá – un anciano se adelantó y miró con gesto estoico a la reina a pesar de que ella acababa de mandar matar a un hombre instantes antes – tengo entendido que de Fau es amigo vuestro. - Le Parssuá no se estremeció. La reina sonrió. - No os preocupéis, y sed sincero.

- Mi reina... nuestros padres fueron compañeros de batalla... y la amistad continuó con sus hijos. - Se frotó las manos, más por costumbre que por inquietud.

- Tengo entendido que él siempre fue el impulsivo de los dos.

- Si, así es. - Su gesto era serio, no parecía tan asustado como los nobles que estaban detrás suya.

- No obstante, ambos siempre fueron hombres de palabra.

- ¡Si! ¡Por supuesto! - Respondió levantando la cabeza.

- Entonces, ¿puedo confiar en su palabra cuando me dijo que vos no tuvisteis nada que ver con su levantamiento en armas? - Varios ojos se abrieron de par en par.

- Su Majestad... ¿habéis hablado con él?

- Así es, anoche en su calabozo. - Dijo ella asintiendo. - Él insistió en que la idea de su levantamiento contra mi madre era suya y solo suya, que vos no tuvisteis nada que ver. - La boca Andra le Parssuá se abrió un poco al escuchar aquello.

- ¿Él dijo eso? - Bajo un poco el rostro, por un segundo Louise creyó que el conde iba a llorar. - Estúpido y noble cabezota. - Dijo apretando los puños.

- Perdone, ¿qué ha dicho? - La reina cruzó las manos sobre el vientre, la izquierda casi cayó torpemente sobre su regazo mientras que la derecha se posó sobre la otra con gracia.

- Que él dijo la verdad... - dudó – pero que... tal vez fueron unas declaraciones mías anteriores las que lo inspiraron. - Henrietta frunció un poco el ceño.

- Por favor, ¿podríais elaborar un poco más esa afirmación vuestra?

- Su Majestad, todo el mundo sabe que de Fau es mi mejor amigo, y yo el suyo. Por eso hace unos instantes grité por su liberación... - su miraba bajo al suelo mostrando algo de furia – con poco apoyo. Jamas le dije que se levantara en armas, pero creo que soy también responsable de sus actos debido a mi inquietud ante la situación del reino. - Varías miradas se clavaron en le Parssuá, como si se hubiera vuelto loco, estaba cavando su propia tumba, y lo estaba haciendo casi sin dudar e incluso mostrando orgullo.

- Entiendo. En tal caso, ¿tomaríais vuestra parte de responsabilidad? - Levantó la mano derecha y señaló al noble.

- Él es mi amigo, es mi deber, y lo haré gustosamente. - Respondió levantando la mirada y sosteniéndola a la reina, la cual asintió suavemente.

- Entonces debéis saber que he retirado los cargos de traición de vuestro amigo. - Eso no tranquilizo a nadie, después de todo también había hecho lo mismo antes de despojar de títulos, vienes y condenar a muerte a Richemont. - No obstante eso no quita que atacara varios pueblos y les exigiera un impuesto ilegitimo, lo cual me obliga a acusarlo de bandidaje. Por ello embargaré los vienes de su familia necesarios para cubrir dicho delito... - Se detuvo un segundo durante el cual le Parssuá continuó sosteniéndole la mirada. - antes de dejarlo salir de los calabozos. - Su rostro se suavizó, no así el del noble que abrió los ojos de par en par. - Confío en que vos, su amigo, una persona capaz de decir esas palabras tan duras delante de su reina y de sus propios aliados sin importarle sus consecuencias, sepa ayudarle en su dolor por la perdida de sus hijos una vez esté libre. - El anciano se estremeció un poco y terminó asintiendo.

- Muchísimas gracias Su Majestad... yo le ayudaría aunque no me lo pidierais. - Un par de lagrimas corrieron por el tostado rostro del hombre.

- Lo sé. - Dijo ella sonriendo. - Podéis volver a vuestro sitio, pero antes de ello, os diré una cosa. Mi padre siempre dijo que vos erais un dolor de muelas. - El anciano se sorprendió al escuchar aquello de boca de la reina, él sabía de la opinión del antiguo rey sobre él, pero era una opinión que el padre de Henrietta se guardó de hacer pública. - Sois una persona de convicciones fijas, y que siempre puso el honor y el bien del reino por delante de todo lo demás. No me importa, que en tal caso, discutáis conmigo cuando creáis que estoy equivocada, valoraré vuestras opiniones, siempre y cuando me las hagáis llegar. - La reina dedico al anciano una radiante sonrisa.

- Si... ¡Si, Su Majestad! ¡Eso haré! - E hizo una profunda reverencia a pesar de su edad y retrocedió sin darle la espalda en ningún momento.

Henrietta cerro los ojos un segundo y dejo salir el aire de sus pulmones, antes de volver a llenarlos y continuar, esta, a pesar de todo y de que podía ser la más placentera, era a la vez la más difícil de todas sus declaraciones hoy.

- Acabo de honrar la sinceridad, y lealtad de dos amigos. Sería una vil hipócrita si no horrara yo ahora mismo a alguien muy cercano a mi. - Se volvió hacia Louise, la cual aún estaba casi en estado de shock por todo lo ocurrido. - Louise Françoise le Blanc de la Vallière, mi amiga. No existen palabras en ningun idioma conocido para expresar lo mucho que os debo. Una vez tras otra os pedí ayuda y una vez tras otra me la ofrecisteis, con resolución, sin duda y con absoluto desprendimiento. Fuisteis en mi nombre a Albión durante la rebelión para contactar con mi primo, aquí presente. No solo llevasteis a cabo dicha misión sino que evitasteis la muerte del, por entonces, príncipe deteniendo personalmente al traidor Wardes, el cual era un caballero grifo y, desgraciadamente, vuestro prometido. - Varios murmullos recorrieron el salón. - También tuvisteis presencia durante la detención del peligroso ladrón llamado Fouchet de la Tierra Desmoronada, acción por la cual ganasteis vuestro titulo de chevalier. Estuvisteis presente en la primera batalla de Tarbes, donde demostrasteis vuestra valentía al estar en primera línea de fuego y dar el golpe de gracia al Lexington. Más tarde fuisteis sin dudar a la guerra en mi nombre, y jugasteis un rol primordial en la finta que engañó al enemigo durante el desembarco de Rosais, desviando su atención hacía Dartanes; en Saxe-Gotha sobresalisteis en combate, matando gran numero de demi-humanos enemigos, siendo también la que descubrió la celada de Reconquista dejando tropas escondidas en los sótanos, no solo esto, sino que cuando la trampa se disparó salvasteis la vida al ahora difunto general de los ejércitos Tristanos usando vuestro propio cuerpo como escudo; tras ello fuisteis también la que me trajo a mi prima Tiffania a mi presencia y finalmente... en Catheham... - Henrietta se paso la mano derecha por el pecho intentando disipar el terrible pesar al tener que decir en voz alta aquello, no lo consiguió y su voz se mostró angustiada – a pesar de todo... a pesar de lo traicionero del ataque pudisteis formar una defensa y usar tu magia para salvar incontables vidas a pesar de que eso te costó caer prisionera del enemigo. - Tragó saliva. - Durante dos meses soportaste el tormento del enemigo, sin saber como estaban tus seres queridos, sin saber si las mentiras que te contaban sobre la derrota de nuestro reino eran ciertas o no. - Su voz se quebró un poco y comenzó a llorar. - Y a pesar de todo, de la tortura... de las mentiras, del dolor... tu... amiga mía... conseguiste escapar sola.

Henrietta guardó silencio unos instantes mientras se secaba las lagrimas, Louise hizo lo mismo. Luego, durante un segundo, las dos amigas se miraron a los ojos con una mirada que transmitió un pena profunda, luego Henrietta pidió a Louise que se acercara y se pusiera frente al trono.

- Mi amiga, no existe recompensa capaz de pagar tu sacrificio, tu dolor, tu pena. - Dijo una vez que Louise se acercó al estrado. - Podría darte todo lo que poseo y solo sería un pago vacuo en comparación con lo que yo te debo. - Louise bajo la cabeza.

- Vivo para serviros.

- ¡No! - La voz de Henrietta resonó por la sala interrumpiendo a Louise. - Jamas te pediría sacrificio, ya no más. Ahora solo debo recompensarte. - Dio un paso hacia ella y extendió su brazo derecho, apuntándola con su cetro. - Louise arrodíllate, porque esta será al ultima vez que te lo pida.

Louise lo hizo, casi como si la orden la hubiera hipnotizado, bajo la cabeza también y fijo los ojos en la roja y hermosa alfombra del salón de trono, incapaz de despegarlos de la misma. A pesar de ello pudo ver como la reina bajaba los escalones, con cierta dificultad, lo que hizo sentir un nudo en la garganta, y se ponía frente a ella. Henrietta se paso el cetro a la mano izquierda y poso la mano sobre la cabeza de su amiga, ese contacto hizo que se le saltaran de nuevo las lagrimas, solo pudo dar gracias de que con la cabeza gacha y arrodillaba nadie se diera cuenta. Henrietta mantuvo el contacto unos segundos, lanzando una serie de escalofríos a Louise por la espalda. Ella había pensado que estaba muerta hasta hacía poco, incluso después de oír sobre los planes de Wales había pensado que se casaría con él, con el amor de su mejor amiga. Se sintió sucia, indigna de esas atenciones, intentó echarse un poco para atrás para que la reina no continuara con el contacto físico, pero su amiga insistió unos segundos más. Luego Henrietta levantó el cetro con su mano izquierda por encima de su cabeza y habló con voz firme.

- Yo, Henrietta Ana Estuardo, reina de Tristania, portadora de la sangre del Fundador, guardiana y servidora del Reino Azul anuncio que hoy, quinceavo día del mes de Nyð del año 6243 del Fundador [1], Louise Françoise le Blanc de la Vallière es adoptaba como mi hermana. - Louise se echo un poco para atrás al tiempo que levantaba la mirada hacia su amiga, esta le devolvió una mirada tierna, pero continuó hablando. - Como mi hermana, desde hoy ella será la nueva princesa de Tristania, y heredera al trono designada.

La mayor parte de los presentes quedaron en estado de shock, pero pronto comenzaron los murmullos, si bien era cierto que los Vallière eran unos de los nobles más importantes e influyentes del reino, aquello era sumamente irregular, la única relación sanguínea con la corona había sido una aventura de un antepasado con la corona que había dado lugar a un vástago que no solo fue reconocido, sino que más tarde pasó a ser cabeza de la familia. Pero de ahí a que uno de ellos fuera designado como el siguiente en la línea sucesoria era demasiado, si bien la corona tenía potestad para elegir el orden de sucesión de entre sus familiares la sangre real de los Vallière estaba más diluida que la de otros de los presentes. Nada les importó a los escandalizados que minutos antes fueran a elegir a un noble como Philippe de Anjou, que tenía tanta sangre real como un vendedor ambulante del mercado. Pero a nadie se le paso por lo alto que la reina madre lo había anunciado previamente: saldrían de esa reunión con un claro sucesor a la corona.

Louise apenas había salido de su asombro cuando vio como Agnes, ya de regreso de la ejecución de Richemont con un gesto de hosca satisfacción en su cara, ordeno a dos de sus guardas que se acercaran a Louise, ambas mujeres portaban un trozo de tela plegado, que dispusieron a colocar sobre los hombros de la chica. Era un capa purpura con un un fino bordado con flores de lis sobre la misma. La reina esperó a que colocaran la prenda y una de las mujeres sujetara el broche para ser ella misma la que terminara de colocar y asegurarla. Louise, a pesar de su estupefacción se dio cuenta de que no usaba en ningún momento su mano izquierda para ayudarse a cerrar el broche.

Con el broche ya cerrado la reina pidió a su amiga que se levantara y, por fin, su unieron en un abrazo. Louise aún no había procesado lo que acababa de pasar, pero poder abrazar a su amiga... era algo con lo que había soñado.

- Mi rei... - Fue a musitar, pero Henrietta la cortó

- Hermana, ahora soy tu hermana. - Dijo separándose un poco y pasándole la mano derecha por la cara. - Rompió del todo el abrazo y le cogió por la mano haciendo que subiera con ella hasta quedar ambas al lado de los tronos. Le hizo volverse hacia los nobles allí congregados y hablo con voz firme. - ¡Larga vida a la princesa de Tristania Louise Françoise le Blanc de Estuardo de la Vallière!

- ¡Larga vida! - Rugieron el rey Wales, sus acompañantes, los guardias negros y algunos de los nobles menos sorprendidos, la reina no pareció contenta.

- ¡LARGA VIDA A LA PRINCESA DE TRISTANIA LOUISE FRANÇOISE LE BLANC DE ESTUARDO DE LA VALLIÈRE! - Repitió ella mucho más alto.

- ¡LARGA VIDA! - Repitieron los presentes, esta vez al unisono. - ¡Larga vida! ¡Larga vida!


Casi flotando, incapaz de controlar su cuerpo, Louise paso por la ceremonia de juramento que los nobles estaban obligados a llevar a cabo. En ella, los nobles presentes se arrodillaron, uno por uno, frente a la nueva princesa y juraron lealtad a la misma. Louise no supo que hacer cuando vio como su familia se acercó a ella, ¿hacer a sus padres arrodillarse y jurar lealtad? La reina no podría obligares a ello ¿o si?

Las dudas de la chica desaparecieron cuando sus padres llegaron frente al trono, donde ella estaba de pie, casi clavada por en su sitio por un hechizo. Su padre detuvo y paso un segundo mirando a su hija, pero antes de que moviera un solo musculo su madre le rebasó y se arrodillo frente a su hija solo como la duquesa Karin de la Vallière lo haría: sin mostrar duda alguna y con la firmeza que ella misma se exigía. Tras ella su marido no dudó en arrodillarse, otra cosa habría sido un deshonor, y él ya había sufrido uno grande ese mismo día al quedar sus planes destruidos, no del todo, de alguna forma su familia se había elevado aún más y sin tener que pagarle las deudas a los de Piers, ni casar a Louise con ese idiota integral. De haber podido habría preferido casar a su hija con el otro hijo de de Piers, pero el viejo noble había sido bastante intransigente en ese punto, y por desgracia ahora sabía el motivo, no muchas nobles podrían aguantar a alguien como Reginald a pesar de lo que la sociedad marcara, el heredero de esa familia iba a acabar como su Éléonore, pero por otro motivo. La propia Éléonore siguió en su reverencia a su padre, y finalmente Cattleya, la cual hizo la reverencia más sentida de todas las que se habían hecho, ya que ella realmente era leal desde el principio a su hermana, incluso que Jehu remedara a su maestra encaramada a su hombro solo añadió fuerza en el gesto a ojos de Louise.

No se dio cuenta de que los dos miembros de los clanes no reaccionaron al ver pasar a su lado a una muchacha con un surat en su hombro.


Posiblemente después de una de las experiencias más agotadoras que había vivido, sobre todo a nivel mental, la ceremonia concluyó, todos los nobles pensaron que ese era el fin de todo, pero la reina no disolvió el cónclave aún. En lugar de ello, hizo subir al estrado, para incomodidad de los presentes, al rey y no permitió que Louise bajara del mismo, de hecho le hizo sentarse en una silla que situaron a su derecha, la misma silla que Henrietta había usado en recepciones reales cuando su padre estaba vivo, ya que ahora era suya.

- El rey Wales Tudor me ha solicitado permiso para llevar a cabo un anuncio y una ceremonia aquí, ya que no ha sido posible en Londinium y porque el interesado se encuentra en nuestro reino.

Nada más acabar la reina el rey se volvió hacia los presentes e hizo una leve reverencia a modo de saludo.

- Mis más sinceros saludos, nobles de Tristania. - Dijo sonriendo. - Les agradezco la paciencia que me han demostrado, soy un invitado en su reino y sé que muchos están molestos por mi interferencia con los asuntos internos Tristanos, sepan que esto se debió solo a mi deseo de proteger a su reina, la cual sufrió dos atentados casi de seguido. Uno causado por el ataque a traición de Reconquista y el otro por un noble tristano que intentó matarla para hacerse con la corona. - Un murmullo se corrió por la sala al oír esto, y Wales esperó unos segundos a que todos los presentes asimilaran la noticia antes de continuar hablando. - De no haber sido por la protección de la ya disuelta Guardia de armas de fuego, ahora conocida como Guardia Negra, ese noble traidor habría conseguido su objetivo, y ahora sería el rey de Tristania. - Abrió un poco los brazos al tiempo que daba un par de pasos hacia los oyentes. - Digo esto ahora para que entiendan el motivo de no decirles que la reina estaba viva, si el numero dos en la sucesión del reino guardaba semejantes intenciones y aún habían traidores entre ustedes, como era el caso de Richemont, no podíamos arriesgarnos hasta que la reina estuviera lo suficientemente saludable como para hacerse cargo de sus obligaciones. - Hubo varias reacciones airadas al sentirse insultados, pero tras la ejecución de Richemont muchos asintieron, algunos de ellos asustados, otros preocupados. La reina no había actuado jamas de esa forma, mandar fríamente ejecutar a un noble, su padre había sido muy duro con las disensiones internas, pero él jamas había mandado ejecutar de esa forma tan abierta a nadie, y mucho menos delante de casi todos los nobles del reino.

Wales guardó silencio unos segundos más, quería ver si alguien se atrevía a responder, y en tal caso desarmar su argumento, pero parecía que no, tal vez el hecho de que hubiera hecho publico que Lemarchal había intentado matar a la reina había hecho que más de uno se lo pensara. Cuando comprobó que no habría ninguna interrupción reseñable continuó.

- Sé que no tengo el amor de muchos de ustedes, eso hará mi futuro más difícil, pero eso no me supone un problema, sabré demostrar que soy digno de su respeto, perseveraré y demostraré que a pesar de nuestras diferencias puedo ayudar a Tristania tanto como su propio reino puede ayudar al mio. - Varias miradas confundidas se cruzaron entre los nobles, que no entendían lo que quería decir. - Digo esto porque es porque pronto ambos reinos estarán unidos por una boda real, ya que es mi intención contraer matrimonio con la reina Henrietta en cuando la dispensa papal llegue.

Decir que la declaración sorprendió a los nobles fue poco, muchos no se lo creyeron incluso cuando la reina se levantó de su trono y cogió de la mano a Wales, ni cuando este hinco una rodilla y beso dicha mano. Tristania y Albión serian un solo reino.

Tras el anuncio y la declaración del representante papal, Julio Chesare, de que la dispensa llegaría pronto Louise respiró tranquila, Tiffania debía de haberse expresado mal, tendría que preguntarle luego de donde había sacado semejante idea. Tan relajada le había dejado ese anuncio, y feliz por su ami... su nueva hermana, que se perdió las primeras palabras del rey.

- ...también he de pensar en ciertas disposiciones en mi reino, pero antes hay un tema importante que he de tratar. - Se volvió hacia Louise y le hizo un gesto para que se levantara. - Vos, princesa de Tristania, vinisteis a mi la primera vez como embajadora, pero os marchasteis como mi salvadora, ojala yo hubiera podido reclamar ese titulo también, pero no fui capaz... espero que podáis perdonar mi incapacidad.

- Su majestad, yo no... - Wales levantó un dedo y negó con él moviendolo a derecha e izquierda suavemente.

- Princesa, recordar que ahora sois mi prima, esas cortesías sobran entre nosotros. - Sonrió. - Louise, tengo que recompensarte con algo, honrar tus logros. - Se volvió hacia la mujer de pelo corto y extraña indumentaria y esta le acercó un pergamino y una cinta. - Princesa, con este documento te nombro miembro de la orden de Tudor, un gran honor, pero que palidece ante lo que habéis hecho previamente por mi. - Dijo al tiempo que le daba el pergamino y le prendía la cinta. - A partir de este momento, no solo seras considerada ciudadana albionesa, sino que te has ganado el derecho a ser una caballero en mi reino y también a llevar, si lo deseas, mi apellido. Lady Louise Françoise le Blanc de Estuardo-Tudor de la Vallière.

- Su majes... tad, yo no merezco tal ho... - Tartamudeo.

- El hecho de que creas no merecerlo solo hace que esté mas convencido, además, no he acabado. - Dijo separándose de un paso atrás y mirando a los sobres un instante antes de volverse a ella. - Salvaste mi vida, un hecho por el que os estoy agradecido, pero no tanto como lo que hicistes después en Catheham, aquella noche, mi querida embajadora salvasteis Albión y el alma de su rey.

- ¿Qué? - Ella retrocedió confundida, golpeándose las pantorrillas contra su silla.

- Tu magia destruyo el terrible conjuro que controlaba las tropas tristanas, pero no solo eso, también alcanzó a las tropas albionesas que estaban asaltado también la ciudad, sesenta mil soldados, libres del control de Reconquista gracias a ti, evitando que su propio rey tuviera que acabar con la vida de uno solo de sus súbditos. ¿Cuanta gente viva puede presumir de haber salvado más de cien mil vidas en una sola noche? - Sonrió de oreja a oreja. - Por ello te tengo otro ridículo regalo, pero por favor aceptarlo.

El rey recogió de la mujer una caja cuadrada, la abrió y saco un anillo tosco, un simple cilindro dorado con aspecto viejo, donde con cierta dificultad se podían ver imágenes grabadas de leones silvestres albionenses saltando intercalados entre los cuatro zafiros que portaba el anillo.

- El León de Northumbria era el anillo de los archiduques electores de dicho reino antes de la guerra civil que unifico los cuatros reinos en los que estaba dividida Albión hace siglos. La ultima poseedora de dicha joya fue la archiduquesa Kwenthrith Surrey-Tudor, una aliada de mis antepasados hasta el día de su muerte. Ella fue llamada en su tiempo la Leona de Bamburgh y creo que vos podéis ser la siguiente. - Paso el cilindro por el dedo meñique de su mano derecha. - Antes de la guerra civil los cuatro archiduques electores y un representante de la iglesia se reunían a la muerte del anterior rey, votando cual de ellos sería el próximo soberano absoluto del continente blanco. Esto era porque cada archiduque era descendiente del rey Oswiu, el cual dividió el reino entre sus cuatro hijos, por ello eran archiduques electores, solo ellos podían elegir y ser elegidos, mientras que el representante de la iglesia solo era un voto de desempate. Sabed esto Archiduquesa de Northumbria: al concederos este viejo anillo os convertís también en mi heredera, si algo llegara a pasarnos ahora a la reina y a mi, vos seréis la soberana en ambos reinos.

- No... - susurro la chica abrumada.

- Si, mi querida Louise, ya lo hablé hace tiempo con la reina. - Dijo acercando la boca a la oreja derecha de la recién nombrada princesa de Tristania y Albión. - Te necesitamos, mucho más de lo que crees.

- Pero... - Louise se toco el anillo temblando, si recordaba algo de sus clases de historia estaba tocando una reliquia con casi mil años.

- Tranquila, Louise, no estarás sola. - Le puso la mano sobre el hombro. - Ni la reina ni yo dejaremos que afrontes esta labor sola.

Bueno, finalmente aqui esta una parte por la que me moría por publicar, por muchos motivos. Primero por compensar el mal rato de la chiquilla, segundo porque aunque ya no se parezca tanto en algunos puntos sigo la historia original y tercero porque a pesar de que en la historia original Louise era nombrada heredera al trono de Tristania jamas se la llamo princesa, siendolo en realidad.


[1] No sé si todo el mundo que lee la historia lo sabe, pero lo desarrollaré un poco aqui: Halkeginia se guia por un calendario lunisolar de 384 días, divididos en 12 meses de 32 días, que a su vez estan divididos en semanas de 8 días, uno de los cuales es el día del vacío (con similar significado al domingo en la religión cristiana). Se sabe que Tiffania entró en la academia ese año así que lo usé como referencia, después de todo entró tras la guerra contra Albión. Nyð o Naudiz es una runa nordica, las cuales se usan para nombrar el día del año en Halkeginia, pero nombrar un día como Nyð Eolh Mann (8-3-4 o 8 del 3 del 6244) es un lío de tres pares de narices, así que los mezclé un poco con nuestra forma de identificar los días, creo que no queda mal.


Poliamida: Pues no andaste nada lejos, la verdad.

¿Te gusta la limpieza o quieres más? No recuerdo a quien pero comenté en un PM que al menos habría un muerto en el salón del trono, pero después de pensarlo decidí sacarlo antes de matarlo, matarlo allí sería demasiado, y cuando cuente como pensaba matarlo el proximas entregas me dareis la razón, aunque confío en que alguien se haya dado cuenta ya.

Coronadomontes: La reina explicará lo que va a hacer cuando lo crea oportuno, por lo pronto ha sacado una vara de fresno fresca y les ha pedido a todos los nobles que se vuelvan y se quiten la parte de arriba de la ropa, y al que no quiera volverse le golpeará en la cara... o le mandará a Agnes.

Lord Arthas: Ya te lo dije, tengo muchos OC, mira: ¡Grana y Viter han regresado! Además, en esta historia solo ha muerto y vuelto de la muerte la reina Henrietta.

Shunk Kisanagi: ¿Color de hormiga? Me gusta la expresión, aunque por aqui también las hay rojas... bueno también rojo es un color de alarma.

Joder, tio lo has clavado, ¿no me habras hackeado el ordenador?

¡Oh si! Fue algo maravilloso. Quise escribir también sobre su padre obligandolo de un pescozon a arrodillarse frente a ella, pero no conseguia que ninguna version quedara a mi gusto ni creible, asi que os dejo que lo imagineis... y degusteis con sumo placer.

Nos vemos en el campo de batalla del siglo XXXI mechjocks...