Cap. 50: Un león no siempre saca las uñas contra sus enemigos

Un sonoro ¡PLOP! despertó a Hermione de la ensoñación en la que se hallaba sumida. Se había vestido con rapidez y permanecía sentada en el escritorio de Severus, con la barbilla apoyada sobre la mano y la mirada perdida en el exterior ficticio que llegaba a ella a través de la ventana, y que— estaba segura— habría sido encantado por el profesor para su mero disfrute.

Miró hacia todos lados, buscando el origen de aquel sonido. Sus ojos se posaron sobre un pequeño cuerpecito de grandes orejas que llevaba un almohadón como atuendo.

— ¡Dobby*!— exclamó al reconocerlo, haciendo que el elfo se girase hacia ella con sus enormes ojos verdes muy abiertos.

— ¡Ama Granger!— exclamó él a su vez con alegría.

— ¿Qué haces aquí, Dobby?— le preguntó mientras se acercaba y se ponía en cuclillas para poder observarlo mejor.

—El Profesor Siniestro bajó a las cocinas requiriendo a alguien para llevar distintos platos de comida, y Dobby se ofreció voluntario en cuanto oyó que eran para compartirlos con la amiga de Harry Potter.

Hermione sonrió con ternura y le acarició suavemente la cabeza. Snape entró en el despacho en ese momento, y no pudo evitar alzar una ceja ante lo enternecedor de la escena. Nunca entendería la debilidad que sentían algunas personas por aquellas desagradables criaturas.

—Tú, elfo— espetó con voz seca, haciendo que Hermione se levantara sobresaltada por su presencia, de la que no se había percatado hasta el momento—, ¿acaso hay que repetirte dos veces las cosas? Creía que te habías ofrecido voluntario para traer la comida, no para dar conversación a la señorita Granger.

—Severus, no le hables así porque no ha sido culpa suya. Yo lo he entretenido.

—No se preocupe, ama Granger: Dobby está acostumbrado a que los magos como el Profesor Siniestro lo traten así.

Y sin decir nada más, se desapareció con un chasquido de sus dedos en dirección a las cocinas, para llevar los platos que le habían pedido. Severus chascó la lengua con desagrado al oír cómo se había referido a él.

Hermione se dio la vuelta hacia el profesor con el ceño fruncido, y se dio cuenta de que él la observaba de la misma manera.

—Dobby es mi amigo, Severus, así que no te dirijas a él así, y menos en mi presencia.

Snape apretó los dientes a la vez que su mirada se oscurecía un tanto, pero no dijo nada.

—Aunque parezca mentira, una de las cosas que más me molestan en el mundo es que los magos se crean con el derecho de menospreciar a los elfos domésticos y tratarlos como si fueran basura.

—Y una de las cosas que más me molestan a mí— susurró Severus con su tono más amenazador— es que los alumnos impertinentes se pasen de listos y me desautoricen delante del servicio.

Hermione enrojeció ante el tono despectivo con el que Snape se había referido a ella. Apretó los puños bajo las mangas de su camisa y se mordió la lengua para no lanzar al aire cualquier réplica envenenada que incluyera las palabras "murciélago", "bastardo" y "gilipollas" en una misma frase. Fulminó a Severus con la mirada una vez más y se dirigió a la puerta sin despegar los labios fuertemente fruncidos. Estaba decidida a no volver sus ojos al profesor ni una sola vez más hasta haber salido del despacho, y creía que iba a conseguirlo hasta que, al pasar junto a él, una mano de hierro se cerró en torno a su muñeca. Giró la cabeza con las mandíbulas apretadas y se chocó con unos pozos oscuros sin fondo. Unos pozos oscuros que estaban muy furiosos.

—Suéltame, Severus— le ordenó Hermione con una voz fingidamente calmada.

— ¿A dónde se supone que vas?

—Al Gran Comedor, por supuesto, a comer con mis amigos.

Snape no respondió, pero mantuvo inalterable su agarre.

—Si me permites...— dijo Hermione con ironía.

—No, no te lo permito.

— ¿Ahora también vas a ejercer de dictador?

—De lo que sea necesario, Granger, para que no te vayas y comas conmigo hoy.

—He dicho que me sueltes— repitió la chica, elevando un poco el tono.

—Te he oído perfectamente.

Hermione lo miró con los dientes apretados y zarandeó el brazo para zafarse, pero, como respuesta, Severus tiró de su muñeca bruscamente y la pegó a su pecho, rodeando su cintura con el brazo que tenía libre.

— ¿Por qué no aceptas que simplemente quiera irme?— preguntó la joven contra la tela de su levita, derrotada.

—Porque sé que no quieres— murmuró el hombre con los labios sobre su cabeza.

Hermione se separó un poco de él, dejando las manos, ahora libres ambas, apoyadas en su cintura, y lo miró a los ojos.

—No, tienes razón, no quiero irme— admitió con voz queda—, pero es que... Sev, acabamos de hacer el amor, y ya estamos discutiendo otra vez, ¡por el amor bendito de Circe y todos sus animales! ¿No tenemos nada mejor que hacer que tirarnos los trastos a la cabeza?

Severus la observaba sin decir nada.

—No podemos seguir así, o acabaremos odiándonos.

—Lo siento— susurró Severus entre dientes, subiendo su mano izquierda y apartándole a Hermione con delicadeza un rebelde mechón castaño de la cara.

—No se trata sólo de disculparse, Sev... Ambos hemos tenido la culpa. Dos no si uno no, ¿recuerdas?

La mano del profesor se posó sobre su mejilla y ella cerró los ojos inconscientemente. Suspiró y movió la cabeza lo suficiente para llenar la mano de Severus.

—No quise ofender a tu... amigo— oyó que decía el hombre con voz ronca, continuando con su caricia—. Tan sólo quería que hiciera lo que le había pedido.

Hermione volvió a abrir los ojos. Brillaban.

—No sabía que te afectara tanto el tema de los elfos domésticos— añadió Snape, con algo parecido a la culpa impreso en sus intensas pupilas.

—Ya, bueno...— respondió Hermione, azorada—. Claro, es que tú no me conociste en mi etapa del P.E.D.D.O.

— ¿Del... pedo?

— ¡Pedo no, Severus! P-E-D-D-O — deletreó con el ceño fruncido—: Plataforma Élfica para la Defensa de los Derechos Obreros.

Snape no pudo contener una risotada burlona, que no hizo sino agudizar el entrecejo fruncido de Hermione.

—No le veo la gracia.

—Es uno de los términos más cómicos que he oído nunca... ¿A quién se le ocurrió semejante genialidad?— preguntó con chanza.

— ¡A mí!— exclamó Hermione con expresión herida—. ¡Yo creé el P.E.D.D.O.!

Severus recuperó su expresión seria cuando se dio cuenta de que había ofendido a la joven. Se aclaró la garganta y comentó:

—Bueno, ¿y qué fines perseguía la... organización?

—Como si te importara lo más mínimo...— contestó Hermione con un gesto de desdén—. Básicamente, acabar con la esclavitud de los elfos domésticos y conseguir salarios dignos para todos, además de mejoras en las condiciones de trabajo y, a largo plazo, incluso un cambio en la legislación sobre el uso de varitas mágicas— añadió, viendo que el hombre la observaba con interés.

Severus estaba verdaderamente sorprendido. ¿Es que la mente de esa chica no tenía límites? Dudaba que a alguien se le hubiera ocurrido antes algo parecido.

— ¿Tenías la intención de llevar la libertad a todos los elfos domésticos?— preguntó, ocultando la sorpresa presente en su voz—. No es por ser aguafiestas, pero ¿cómo pretendías comer entonces? Que yo sepa, son ellos los que se ocupan del mantenimiento y buen funcionamiento del colegio.

—Aunque no te lo creas, Severus, las personas también pueden cocinar, limpiar, etc, es decir, hacer todo lo que hace un elfo doméstico— repuso Hermione con acidez, entrecerrando los ojos.

—Muy bien, touché por ese lado... ¿Y no te planteaste que quizás ellos no quisiesen ser liberados?— replicó el hombre con sonrisa sibilina.

—Dobby quiso serlo.

Dobby... era el elfo de los Malfoy. Probablemente, de haberle ofrecido una pistola en lugar de la libertad, también habría aceptado.

—No digas esas cosas...

—Porque sabes que es verdad.

—No, porque no me gusta oírtelo decir con ese tono. Pareciera que el asunto te divirtiera hasta límites insospechables.

—Lo que me divierte, Granger— respondió, estrechándola un poco más contra él—, es tu idealismo sin medida.

—Repito que no veo dónde está la gracia.

—Pues está en esta situación: Lo gracioso es, insufrible sabelotodo mía, que una muchacha que tiene tan buenos sentimientos como para tratar de acabar con la esclavitud de unas criaturas que ni siquiera son humanas esté con alguien como yo, a quien los demás nunca le han importado lo más mínimo. Me pregunto... Me pregunto qué sería lo bueno que hice en alguna de mis vidas pasadas para acabar dando contigo en ésta.

— ¿Ya vamos a volver con lo mismo?— preguntó la chica con exasperación—. ¡Por Merlín, Severus, te gusta comerte la cabeza como a nadie que haya conocido nunca!

El profesor esbozó una sonrisa torcida, rodeando a Hermione también con el otro brazo.

—No puedo evitarlo, Granger, y menos teniendo en cuenta mi precaria suerte desde el día en que nací. Es lógico que no me lo crea todavía... Puede que no llegue a creérmelo nunca.

—Eres tonto.

La sonrisa de Snape se ensanchó, a la vez que el hombre se inclinaba sobre boca de la joven.

—Perdóname, entonces.

Y, sin darle tiempo a responder, atrapó sus labios con los suyos y la besó con ardor. Hermione deslizó sus brazos por los costados del hombre y los enroscó por su espalda como si de sendas serpientes se tratara. Una de sus manos llegó hasta la nuca de Severus, hundiéndose con anhelo entre su pelo, y se pegó aún más a él.
Snape sintió la pasión arder en la piel de la chica, y se preguntó si llegaría a pasar un minuto hasta que él también hubiera sido prendido por completo. «¡Demonios, Granger! Sigue besándome así y dejaré de responder de mis actos en menos de diez segundos». Bajó una de sus manos de la cintura al trasero de la joven y la deslizó por entre sus muslos con ansia, deseando volver a sentir lo que, en su opinión, hacía ya demasiado tiempo que no sentía.

—Ejem, ejem— carraspeó una vocecita al otro lado de la habitación, haciendo que se separaran inmediatamente.

Hermione enrojeció hasta la punta de los dedos cuando distinguió la menuda figura de Dobby tratando inútilmente de taparse los ojos con sus pequeñas manos.

—Dobby no ha visto nada. Dobby ha estado con los ojos tapados todo el tiempo— decía la criatura con tono asustado ante la mirada de odio asesino de Severus.

—No te preocupes, Dobby. No ha sido culpa tuya— respondió Hermione azorada, ignorando la mirada que le dedicaba en esos momentos Severus y que parecía decir "¿Ah, no?".

—Dobby no quería interrumpir, ama Granger, pero la comida ya está dispuesta en las habitaciones del Profesor Siniestro, y Dobby quería saber si necesitaban algo más... Dobby ha estado esperando a que terminasen de hablar para no interrumpir, pero Dobby tiene que irse ya.

— ¡Ah, muchas gracias! No, no necesitamos nada más...

—Entonces Dobby los dejará solos, ama.

—Espera, Dobby... Oye, no le cuentes a nadie lo que acabas de ver, por favor— le pidió la joven.

—Dobby no dirá nada, ama Granger. Dobby sabe guardar bien los secretos de sus amigos— prometió, poniéndose una mano en el corazón.

Hermione sonrió y giró la cabeza hacia Severus, que seguía mirando al elfo doméstico con el ceño fruncido. Le dio un suave toque en el costado, señalando a Dobby con la cabeza cuando él la miró.

—Dobby— lo llamó cuando el elfo ya se había dado la vuelta para desaparecerse.

Se giró con las piernas temblorosas, preguntándose qué habría hecho esta vez para hacer enfadar al Profesor Siniestro.

—Gracias— susurró secamente Snape, mirándolo a los ojos.

Los de Dobby se llenaron de lágrimas inmediatamente, y éste dio una cabezada de asentimiento antes de desaparecerse. Severus notó que unos brazos lo rodeaban y alguien se abrazaba a su espalda. La voz de Hermione le llegó en forma de jadeo entrecortado. «¿Ya estás llorando otra vez, Granger? Está claro que, haga lo que haga, mi sino es verte con las mejillas húmedas». Cubrió las manitas que se cruzaban por delante de su cuerpo con las suyas propias y suspiró.

—Gracias, Severus.


— ¡Vaya, hasta que mi querida hermana se digna en aparecer!— exclamó Bellatrix con sorpresa cuando Narcissa entró en su cuarto.

Dejó la pluma con la que estaba escribiendo sobre una hoja de pergamino y se levantó con actitud orgullosa. La luz del sol del mediodía se colaba por el gran ventanal que había tras el escritorio y se reflejaba en los rizos de la Lestrange.

— ¿Tan tocada te dejó la conversación con nuestro querido profesor, que no te has sentido con fuerzas para salir hasta ahora?

Su hermana la fulminó con la mirada. "¿Cómo sabes tú que vi a Severus?", parecían decir sus ojos.

—Vamos, Cissy... Conmigo no tienes que disimular. No me imagino ningún otro motivo por el que podrías pasarte casi una semana encerrada sabe-Merlín-dónde sin querer saber nada del mundo— hizo una pausa dramática, pero continuó—. ¿Comprobaste ya lo que yo te había dicho?

—Sí, y como suponía... Estabas equivocada.

Bellatrix alzó una ceja con sarcasmo.

— ¿Acaso me has visto cara de idiota, Cissy? No te estaba transmitiendo una sospecha, sino una certeza. Ya se encargó esa zorrita que está con él de dejármelo claro en nuestro... desencuentro en Hogsmeade.

—El furor de la batalla te hizo delirar, Bella— comentó Narcissa con tono aburrido.

—Yo no deliro, hermana. Lo que no entiendo es por qué lo sigues encubriendo cuando te ha cambiado por esa puerca sangre-sucia. Te ha reemplazado, Cissy. Prácticamente te ha humillado con esa elección.

Narcissa no contestó. Temblaba de los pies a la cabeza, aunque tenía la vana esperanza de que Bellatrix no se diera cuenta.

—Vamos, Cissy, no me digas que no te gustaría que la niña desapareciera...— susurró Bella con mirada enajenada, acercándose a su hermana y tomándole una mano—. Únete a mí, y juntas la destruiremos. Piénsalo... Tendrás al profesor para ti sola, sin estorbos de ningún tipo.

La señora Malfoy la miró sin parpadear durante un momento, tentada por lo que le ofrecía su hermana. Si Hermione Granger desapareciera, ella podría ocupar su lugar, hacerse un hueco en los brazos de Severus... Severus... Pero Severus se quedaría destrozado. Lo sabía. Lo había leído en sus ojos. «Mira, Narcissa, te explicaría lo que Hermione significa para mí, pero dudo que alguna vez hayas albergado sentimientos tan poderosos por otra persona como los que yo albergo por ella. Dudo que pudieras entenderme», le había dicho la última vez que se habían visto. No, no podría... Lo amaba demasiado como para hacerle sufrir así. Él se había enamorado de la sangre-sucia. Ella había llegado tarde. Fin de la historia. Retiró la mano del amarre de su hermana con gesto de desagrado.

—No, Bella. Ayudarte en eso no me beneficiaría a mí en nada. Severus no es para mí. Ya asumí eso hace muchos años.

— ¿Entonces por qué sigues suspirando por él? ¿Por qué sigues deseándolo? ¿Eres masoquista o qué?— preguntó la mortífaga, conteniendo su rabia.

—Porque no elegimos a quién amar, y yo AMO a Severus. No cuentes conmigo para que te ayude en tu vendetta personal contra él, porque no voy a hacerlo. No voy a ser responsable de la destrucción del hombre del que llevo enamorada más de veinte años.

Justo entonces, una voz a llamándola a su espalda le hizo contener la respiración. Se dio la vuelta lentamente, ante la sonrisa sádica de su hermana, para encontrarse con un Lucius Malfoy diez veces más pálido de lo que acostumbraba a ser. Sus nudillos se habían vuelto blancos alrededor de su bastón con cabeza de serpiente y la observaba con los ojos fuera de las órbitas.

— ¿Es cierto?

La voz quebrada de su marido se clavó en los huesos de Narcissa como un cuchillo, empezando a desgarrarla poco a poco.

— ¿Estás enamorada... de Snape?

La señora Malfoy tragó saliva, incapaz de contestar nada. ¿Qué iba a decir, si su marido acababa de pillarla gritándolo a los cuatro vientos? Lucius la observaba a su vez, sus ojos inyectándose en sangre por segundos. Bellatrix pasó su mirada de uno a otro y dijo con aire divertido:

—Bueno, veo que se acerca una disputa matrimonial... Os dejaré solos para que habléis de todo lo que tengáis que hablar.

Y, acercándose a la mesa, tomó el pergamino que estaba escribiendo, la pluma y el tintero, y su varita, y salió de la habitación. La pareja seguía mirándose fijamente la última vez que los observó, y se preguntó si la habrían oído. Echó a caminar por el largo pasillo en busca de un salón en el que pararse. No había dado más de veinte pasos cuando la voz en grito de su cuñado alcanzó sus oídos:

— ¡CRUCIO!

Una sonrisa cruel se formó entonces en sus labios y continuó su camino con paso vivaz.


Hermione salió del despacho unas dos horas después de que Dobby hubiera llevado la comida. Había disfrutado tanto el tiempo en compañía de Severus, que no se había dado cuenta de que ya llevaba demasiado tiempo encerrada en el despacho como para no resultar sospechoso.

Estaba segura de que los chicos ya habrían tomado la sala común para la "fiesta", y estarían disponiéndolo todo para, seguro, no dormir en toda la noche.

Llegó frente al retrato de la Dama Gorda, que le permitió el paso nada más oír la contraseña, haciendo por el camino una rimbombante apreciación de "lo muy perjudicada que iba a quedar la sala común después de la fiestecita" y esperando que "ningún mocoso inconsciente por el alcohol dañase su lienzo al intentar entrar borracho como una cuba".

La chica se sorprendió por el gran despliegue que vio en cuanto tuvo acceso a la vista completa de la habitación. El rojo y el dorado abrazaban las paredes con diversas telas, y la música de Las Brujas de Macbech hacía temblar muebles y cuadros, cuyos ocupantes habían desaparecido ya, en vista de lo que se avecinaba. A la música acompañaban los rugidos de la cabeza de león encantada que había sobre la repisa de la chimenea y que, seguramente, alguno de sus amigos le habría pedido prestada a Luna.

— ¡Hermione! ¡Hey, Herms, aquí!— oyó que alguien la llamaba por entre el gentío.

Distinguió una cabellera pelirroja acercándose a ella, y Ron apareció por entre Parvati Patil y Lavender Brown, que en esos momentos bailaban como locas con una botella de cerveza de mantequilla en la mano.

— ¡Has venido!— exclamó el chico nada más verla, con una sonrisa sincera.

— ¿Cómo no iba a hacerlo?— gritó Hermione para hacerse oír, correspondiendo a la sonrisa de su amigo con otra igual de amplia—. Oye, ¿dónde están Harry y Ginny?

—Están allí— respondió Ron, señalando hacia el final de la sala—. Te estábamos esperando.

Y, cogiéndola de la mano, tiró de ella hacia el nudo de gente, introduciéndose con habilidad por cada hueco que encontraba. Llegó hasta sus dos amigos prácticamente sin despeinarse.

— ¡La he encontrado!— les informó con júbilo, agitando la mano de Hermione que tenía cogida como si fuese un trofeo.

—Qué bien que ya hayas venido, Herms— dijo Harry sonriente.

—Sí, empezábamos a preocuparnos por ti— corroboró Ginny, guiñándole un ojo con sonrisa pícara.

— ¿Cómo es que no has venido a comer?— preguntó Ron.

—Al volver al castillo tras el partido de quidditch, me choqué con Snape en uno de los pasillos y me castigó. He estado fregando calderos hasta ahora— mintió con seguridad, alzando lo suficientemente la voz como para que la gente de alrededor pudiera oírla.

Ron la miró con gesto de no entender nada, y ya iba a replicar algo cuando un puñetazo de su hermana en el brazo le hizo no abrir la boca.

—Es que el Murciélago es de lo que no hay, Herms...— dijo entonces la pelirroja, dándole la razón a su amiga.

—Sí, no tiene otra cosa que hacer que amargarnos la vida. Así es él— afirmó Harry, mirando disimuladamente a la gente cercana a ellos, que observaban discretamente a Hermione con lástima.

— ¡Qué bastardo!— fue lo único que se le ocurrió a Ron, tras lo cual miró a Hermione con una mezcla de culpa y sonrisa inocente.

Hermione tuvo que sonreír también. Gestos como aquél hacían que volviese a ver en Ron a su amigo de toda la vida, con el que podía reírse y al que podía querer sin temor a malentendidos.

—Por cierto, chicos, que no os había dicho nada, pero muchas felicidades por haber ganado el partido— comentó la castaña para evitar que sus amigos siguiesen metiéndose con Severus aprovechando la ocasión—. ¡Estuvisteis espectaculares!

Los muchachos sonrieron con verdadera alegría, especialmente Ron, que, además, se sonrojó entero. Los cuatro se giraron con sorpresa unos segundos después, cuando la música se apagó de golpe y el murmullo de voces a su alrededor se fue extinguiendo paulatinamente. Casi enseguida, un corro se formó en torno a la profesora McGonagall, que acababa de entrar en la sala común, y cuya expresión no denotaba una especial alegría.

— ¿Está aquí la señorita Hermione Granger?

Hermione sintió que el estómago le daba un vuelco. Tragó saliva un momento, pero después se alejó de sus amigos en dirección al hueco que había frente a la profesora.

—Hasta que aparece, Granger. Necesito hablar con usted.

— ¿Por algo en especial, profesora?

—Eso me gustaría tratarlo en privado. Si me acompaña...

La castaña miró a sus amigos con preocupación, pero un leve asentimiento de Ginny le dio fuerzas para obedecer a la profesora.

—Ya me imagino que le encantaría quedarse a disfrutar de la fiesta, pero esto no puede esperar— oyó con le decía McGonagall con tono seco.

Y sin añadir nada más, se dio la vuelta y salió de la sala común. Los tres amigos intercambiaron miradas de incomprensión, mientras la gente de alrededor empezaba a cuchichear. Ron fue el primero en reaccionar.

—Bueno, ¿no se suponía que esto era una fiesta?

Con un giro de varita, la música volvió a sonar. Miró a Harry y a Ginny, y se encogió de hombros. Esperaba de verdad que Hermione no estuviese en problemas.


La joven castaña de Gryffindor entró detrás de la jefa de su casa en el despacho de ésta. La mujer había recorrido los pasillos que separaban la sala común de los leones de la habitación en la que se encontraban a paso ligero. Tanto así, que Hermione había tenido casi que correr para no quedarse atrás.

La profesora se sentó detrás de su mesa e invitó a Hermione a que la imitara, a la vez que echaba el cerrojo a la puerta con un rápido movimiento de su varita.

—Por favor, siéntese.

La chica obedeció, confundida por la actitud de la profesora hacia ella.

—De acuerdo, señorita Granger, iré al grano: Estoy preocupada por usted. Los ÉXTASIS se acercan y usted parece no darles la menor importancia. ¿Acaso se le ha olvidado ya que su futuro depende de las calificaciones que obtenga?

A Hermione se le descolgó inconscientemente la mandíbula. «¿Eh?».

—No, profesora McGonagall— titubeó—, por supuesto que no se me ha olvidado. Usted ya sabe lo que significan los estudios para mí— ante la mirada suspicaz de la mujer, añadió—. No entiendo por qué me pregunta algo así.

McGonagall entrecerró un poco más los ojos y se colocó las gafas con su dedo índice. Hermione no estaba segura de que fuera a contestar nada hasta que la oyó decir:

—Estoy al tanto de la... relación que mantiene con el profesor Snape desde hace meses, señorita Granger. Y le diré más: No estoy en absoluto de acuerdo con ella.

Para Hermione, esto fue como una bofetada. Ya sabía que su profesora no solía andarse por las ramas, pero que se utilizase ese tono para referirse a lo que Severus y ella tenían le dolió en el alma. Trató de sonar lo menos afectada y más neutra posible en su respuesta.

—Profesora, me parece que eso es algo personal y que no tiene nada que ver con...

—También sé— la interrumpió McGonagall— que el profesor Dumbledore lleva mucho tiempo advirtiéndole a Snape acerca de lo que supone tener un idilio con una alumna en un colegio y las limitaciones que una cosa sí tiene entre los muros de Hogwarts.

—Soy consciente de ello, pero, de verdad, no veo en qué pueda influir eso en el tema que...

—Advertencias— continuó la profesora como si Hermione no hubiera dicho nada— de las que su novio ha hecho caso omiso hasta el momento.

La sangre de la castaña empezó a arder con violencia.

— ¡No es justo que diga eso!— exclamó, al parecer con demasiada vehemencia, pues las aletas de la nariz de la profesora de Transformaciones se dilataron peligrosamente.

— ¿Ah, no? Sorpréndame con sus argumentos.

La joven tomó aire antes de responder.

—Severus escuchó esas advertencias de las que habla, y acató las estúpidas restricciones del profesor Dumbledore al pie de la letra. Tanto es así, que estuvo meses sin tocarme.

McGonagall entrecerró lo ojos.

—Matice el significado de ese "tocarme".

Hermione enrojeció por toda respuesta. Empezó a frotarse las manos, nerviosa. ¿Qué podía decir que no escandalizara demasiado a la mujer frente a ella?

—No creo que haya mucho que matizar, profesora— se atrevió a contestar, manteniendo a duras penas la mirada de Minerva.

— ¿No querrá decir...?

No acabó la frase, y Hermione no se atrevió a terminarla por ella. Se miraron en silencio durante unos minutos. La tensión estaba alcanzando niveles tan importantes que parecía que acabaría llegando un momento en que se podría cortar con cuchillo.

— ¿Puede explicarme de qué mala manera la ha embaucado ese hombre para que hayamos llegado hasta este punto?— preguntó la profesora en un momento determinado, mirándola con cansancio.

Hermione apretó las mandíbulas en un gesto muy parecido al de su Caballero Oscuro ante la cuestión de McGonagall. ¿Qué demonios quería decir con eso de embaucar de mala manera?

—Perdone, profesora, pero creo que no la entiendo— contestó, intentando controlar su lengua para que mantuviera el tono respetuoso.

—Yo tampoco lo entiendo, Hermione, yo tampoco lo entiendo...

— ¿Acaso insinúa— la cortó la chica, notando que su cuerpo se tensaba— que lo que hay entre Severus y yo no se debe a sentimientos verdaderos por ambas partes? ¿Que él está utilizándome o algo así?

—Sinceramente, eso creo.

Hermione se mordió el labio para no soltar un improperio. ¿Qué demonios le pasaba a McGonagall?

—Confíe en mí, señorita Granger— oyó que continuaba la mujer—. No tiene nada que temer. Por favor, dígame la verdad: ¿Snape la está chantajeando con algo para tenerla a su lado? ¿Le lanza maldiciones Imperius cuando nadie mira?

La chica se puso en pie bruscamente, golpeando la mesa con los puños, lo que hizo que a McGonagall se le resbalaran las gafas por la nariz unos centímetros. Hermione estaba roja de la ira.

—Sabe que la aprecio, profesora, y que la respeto más que a nadie, pero NUNCA más vuelva a insinuar algo así... Severus no me utiliza, ni me chantajea, ni me tiene hechizada para que me mantenga a su lado... Es el mero hecho de que sea ÉL lo que me mantiene a su lado, y no cualquier otra causa externa.

—Pero es que no puedo entender cómo...

— ¡Estoy enamorada de él, profesora McGonagall!— exclamó la chica con exasperación, golpeando la mesa de nuevo—. ¿Qué es exactamente lo que no puede entender de eso?

La mujer no contestó. Parecía que se había marchado a otro mundo. De hecho, la miraba como si no la conociera.

—No sé qué pretendía trayéndome aquí para hablar de esto— dijo Hermione, intentando calmarse un poco—, pero no tiene la menor importancia para mí: No voy a romper con Severus porque, según usted, ponga en peligro mis estudios— cosa que, por otro lado, no sé de dónde se ha sacado, ya que supongo que sabrá que he estado tomando clases extras de DCAO casi desde el inicio del curso—. No voy a dejarlo porque a usted no le parezca bien, profesora. Es un buen hombre, me quiere y yo lo quiero a él— hizo una pausa—. De todos modos, si de verdad le preocupa tanto mi situación a nivel académico, ¿por qué no reduce mis rondas de pasillos y las de Ron a su horario habitual? Que yo recuerde, fue usted misma quien nos las dobló porque me veía demasiado ociosa— comentó con malicia.

—No le permito que cuestione mis decisiones, señorita Granger. No sé qué derecho se cree que tiene, pero...

—El derecho que me da el que usted se esté metiendo en mi vida privada— la cortó secamente—. Disculpe, profesora, pero creo que la conversación se termina aquí. Si no tiene nada más que añadir...

McGonagall se había quedado tan pálida que Hermione llegó a pensar que le había dado un infarto. Sus miedos se disiparon cuando la vio fruncir los labios con fuerza y, señalando la puerta, decir:

—Si ésa es su última palabra, Granger, puede marcharse. Sólo espero que más adelante no tenga que arrepentirse de nada de lo que aquí ha dicho.

Hermione se puso recta y, mirando una vez más a la profesora a los ojos, se dio la vuelta para salir. Ya tenía sujeto el picaporte cuando se giró por última vez lentamente.

—Hogwarts está a punto de acabar. Mi último año. Así que no se preocupe... En algo más de un mes dejará de vernos juntos, lo que supongo que la alegrará.

—Si lo negara, sería una hipócrita.

La joven Gryffindor sonrió con tristeza.

—Buenas noches, profesora.

Y salió del despacho. McGonagall cayó derrotada entonces sobre su silla. Apoyó ambos codos sobre la mesa y enterró la cara en sus manos. ¿Cómo habían llegado a ese punto? ¿Cuándo la niña de sus ojos había dejado de serlo y se había convertido en la mujer fuerte y luchadora que la había desafiado hacía unos minutos? «Se ha hecho mujer al lado de Snape...». Sí, podía no estar de acuerdo con esa relación... Podía querer matar a Severus cada vez que se lo cruzaba por un pasillo... Podía querer pensar que Hermione sólo estaba confundida, y que algún día se le pasaría... pero también tenía que admitirlo... «Espero, Severus, que llegues a darte cuenta en algún momento de lo malditamente afortunado que eres... No muchos hombres van a tener la suerte de contar con una mujer como Granger a su lado, dispuesta a todas luces a dejarse la piel y morir luchando por aquél a quien ama... Y te ama a ti, estúpido bastardo con demasiada suerte. Por tu propio bien y el de cierta parte de tu anatomía, espero que sepas corresponder a algo así como se merece, o ya me encargaré yo de hacértelo pagar». Se levantó despacio, ligeramente mareada, y se dirigió a la chimenea. Necesitaba hablar con alguien o su cabeza explotaría. Cogió un puñado de polvos flú y se metió en ella.

—Despacho de Albus Dumbledore— pronunció con seguridad, siendo absorbida en menos de un segundo por un mar de llamas verdes.


*Dobby sigue vivo porque me da la REAL GANA, porque su muerte, junto con la de Severus, me parece un sinsentido en los libros y porque es uno de mis personajes favoritos. Por eso dedico parte de este capítulo a Eduardo Gutiérrez, que es quien le ponía la voz en las películas y, por tanto, quien le dio el alma.

¡Hola a todo el mundo!

Aquí os dejo un nuevo capítulo de la historia. ¡Con aparición estelar de Dobby incluida! El tema de la comida entre los tórtolos empieza movidita pero parece que acaba mejor que bien... Qué monos son.
Y también hemos tenido dosis de Zorratrix... Ella, tan loca y tan cerda como siempre. Con qué alegría deja que su cuñado torture a su hermana. (Fuck you, bitch!)
Y por último, la conversación con McGonagall. No sé qué os esperabais que saliera- no lo sé ni yo-, pero espero que haya quedado lo suficientemente creíble y poderosa como quería que quedara. No en vano, ha sido un duelo entre dos leonas.

Gracias a todos por estar ahí, por vuestros ánimos y por vuestros comentarios (que ya sabéis que siempre serán respondidos) .

Un abrazo

L&S

Respuestas a reviews cap. 49

SnapyL: Jajaja, sí, lo es. Wow, ¿capitulazo? Me halagas... Bueno, no ha habido exactamente un duelo entre jefes de casas, pero quizás lo haya. Todavía no sabemos cómo se va a tomar Severus que McGonagall haya ido a agobiar a su gatita.

sevillana: Anda, o sea, que tengo que sentirme halagada porque me llames mala bruja (olé esa traducción de Salamandra *tono irónico ON*). Minerva está desesperada porque ve que su mejor alumna se está saliendo del redil, y no le gusta nada la idea de que sea Snape precisamente quien la esté sacando. ¿Dumbledore, defender a Severus en algo? Pero si con decir que confiaba en él cuando nadie lo hacía cubrió su cupo de buenas acciones en esta vida (parece ser). Espero que este capítulo también te haya gustado.

Araceli: Severus actúa como aquél que está cada vez más enamorado porque ESTÁ cada vez más enamorado. Es una conducta lógica, supongo. Me alegro de que te gustara el capítulo, y espero que éste también. Sí, la película me gustó mucho. La vi dos veces en el mismo día. Y en cuanto a Alan... Una de las experiencias cumbre de mi vida, sin duda. Ese hombre es una bestia del escenario, y cualquiera que lo dude es porque no tiene dos dedos de frente. Si tienes oportunidad de verlo, no la desaproveches.

Gracias a todas!