Galen despertó mucho antes del alba. Apenas había podido dormir, pero aún así se sentía descansado. A u lado, Wynne dormía. El príncipe se levantó con sigilo para no despertarla, y fue hacia la chimenea, al lado de la cual colgaba su traje para que el fuego lo calentara. Al sentir el frío tacto del suelo e piedra, tiritó. Hacía un frío increíble, y por el sonido del viento silbado a través de los cerrados ventanales tendría que estar cayendo una buena nevada. Se alegró de poder ponerse su ropa y de cubrirse con su capa de lana.

Una vocecilla soltó un gemido a sus espaldas. Galen giró sobre sus talones y fue de puntillas hasta la cuna situada cerca de la cama. El pequeño Hubert (nombre dado en honor de su bisabuelo paterno, que había muerto poco antes de nacer él) se había despertado junto a su padre. Galen lo cogió con cuidado y también con cierto temor, pues a pesar de toda su experiencia como padre (Wynne le había dado cinco hijos) todavía tenía miedo de que el bebé se le cayera de entre las manos. Lo meció con cariño mientras le susurraba y, al rato, Hubert se calmó y volvió a dormirse. Entonces Galen salió de la habitación; quería dar un paseo.

Lo primero que hizo fue pasarse por las habitaciones de los niños, solo por el impulso de saber que estaban bien. La primera habitación en la que entró fue en la de las mellizas, Rose y Enid. Ambas dormían en la misma cama, cada una abrazada a su muñeca preferida. Enid, una niña de larga melena morena como su madre, se había destapado otra vez y tiritaba en sueños. Su padre no se lo pensó dos veces y la arropó. Rosie, rubia y con los ojos del mismo verde que su tía, apretó la muñeca con más fuerza mientras fruncía el ceño.

-Royden...Eres idiota…-murmuró.

Galen sonrió. Las dejó dormir y fue esta vez al cuarto de los chicos, todo desordenado como siempre y con dos camas una junto a otra. En la más pequeña dormía Edwin, de tres años, con el pulgar metido en la boca. En la otra, mucho más grande, roncaba el primogénito; Royden, de ocho años. Ocupaba toda la cama: estaba tumbado justo en el centro con los brazos y los pies extendidos.

Pero todavía faltaba uno, alguien que no estaba en su cama. Galen no se alarmó, pues tenía una idea sobre dónde podría estar el pequeño trasnochador. Salió de la habitación tras acercarse a la chimenea y agarrar la capa del chico y fue directo al panteón real. La puerta estaba semicerrada, pero dentro brillaba una luz como de una vela. El príncipe abrió con cuidado y caminó entre las tumbas, para corroborar sus sospechas al instante. Frente a la tumba de su hermana, en el suelo, ardía una vela casi consumida. Y junto a ella estaba sentado un niño cubierto con una manta que seguro ya estaría fría.

Galen suspiró. Tendría que regañarle, porque le habían prohibido escaparse en mitad de la noche para venir a ese lugar, pero hoy no podía. Hoy era un día demasiado especial para reñir al niño, que al fin y al cabo había ido a ver a su madre. No era la primera vez, ni sería la última, que lo habían sorprendido abrazado a la estatua que representaba a Rose.

-Conrad –llamó. El niño alzó la cabeza y se giró, sorprendido. Se ruborizó.

-Lo siento, tío Galen –se apresuró a responder. El príncipe alzó la palma de la mano y negó. Luego le hizo un gesto para que se levantara.

-¿No podías dormir?

-No –respondió Conrad mientras miraba el rostro esculpido de su madre por el rabillo del ojo. Galen se fijó en los dos surcos secos que le recorrían la cara y en sus ojos hinchados. Se puso a su altura y le revolvió el pelo.

-No creo que a Rose le hiciera mucha gracia verte llorar –dijo a media voz-. Pero seguro que hoy está alegre. No todos los días cumple uno diez años.

Conrad giró la cabeza con aprensión, poniéndose aún más colorado. Apretó los labios.

-¿De veras lo crees?

-Por supuesto –afirmó Galen, que ponía todo su esfuerzo en alegrar a su sobrino. De pronto, recordó aquello y se le ocurrió una idea-. Espera aquí. Tengo que darte una cosa.

Le entregó la capa a Conrad y luego echó a andar hacia la puerta. Conrad se echó la prenda sobre los hombros, agradeciendo el calor, y se giró del todo para contemplar el sepulcro de su madre. Lo había visto tantas veces a lo largo de su vida…tantas que se conocía cada detalle, cada imperfección, cada milímetro de él. Sabía que el vestido tenía un tono azul ligeramente diferente al resto de la prenda en uno de los pliegues, que la rosa tenía un tallo completamente podado menos por el detalle de una espina negra, pequeña pero visible, que casi le rozaba la mano. Conocía cada curva de cada motivo circular de la parte inferior del sepulcro, y había memorizado todos los detalles de la estatua de su madre. Rose parecía dormir, y era tan bella como una diosa. ¿Habría sido ella realmente así, tan guapa? Conrad apenas recordaba detalles sobre ella y absolutamente nada sobre su padre. Recordaba su voz dulce y sus ojos verdes, y de su padre sólo conservaba un ajado muñeco hecho a mano.

Extendió la mano y la colocó en la de su madre, deseando que la escultura cobrara vida y se la estrechase, que abriese los brazos y le abrazara. Lo había pedido tantas veces, en cada cumpleaños, en cada ocasión en que le habían dicho que pidiera un deseo. Cerró los ojos con todas sus fuerzas, apretando la fría mano con la misma intensidad.

-¡Conrad!

Abrió los ojos y se volvió hacia su tío, que caminaba hacia él con una pequeña caja en la mano derecha. Se la tendió.

-No pensaba dártelo hasta que fueras mayor, pero creo que te lo has ganado.

Conrad quitó la mano del sepulcro con aprensión y cogió la caja. La abrió. Dentro había una especie de collar, que consistía en dos anillos entrelazados por los que pasaba un cordón. El niño examinó los anillos y vio dos nombres grabados.

-Rose y William –murmuró.

-Esto era de tu madre. Tuve que reparar el cordón, pero lo que importan son los anillos. Ella hubiera querido que lo tuvieras tú.

Galen cogió el collar y se lo pasó a Conrad por el cuello. Le quedaba grande, pero le dio completamente igual. Esbozó una sonrisa.

-Gracias.

-Escúchame, Conrad –continuó Galen, ahora más serio-. Tanto tu padre como tu madre te querían.

-Pero…-balbuceó Conrad-. Están muertos.

Galen suspiró. Apoyó la mano en la espalda del niño y empezó a caminar de nuevo hacia la puerta. Un rayo de luz se filtró desde un ventanal. Ya había amanecido.

-Es cierto que están muertos, eso es algo que nadie pudo evitar. Pero nadie muere del todo.

Conrad le lanzó una mirada inquisitoria, curioso, pero a la vez preguntándole si es que se estaría burlando de él. Como toda respuesta Galen miró al frente.

-Sí –prosiguió-. Tu madre y tu padre han muerto, pero nunca se irán del todo. No se irán porque tú eres su legado, la prueba viviente de que ellos un día caminaron por estos mismos corredores. ¿Lo entiendes, Conrad?

El niño asintió, pero era evidente que apenas había comprendido. Galen lo dejó así, porque con el tiempo acabaría entendiendo. Entonces asomó la cabeza Royden, riendo a carcajada limpia, y se abalanzó sobre su primo.

-¿Dónde te habías metido? –le increpó en tono de broma. Luego se encogió de hombros-. Bueno, da igual, porque sin tus ronquidos he podido dormir a pierna suelta.

Royden volvió a soltar una carcajada y Conrad apretó los puños.

-¡Pero si eres tú el que ronca! ¡Ayer armaste tanto ruido que creí que teníamos a un dragón en el tejado!

Royden se limitó a hacer muecas burlonas como respuesta, y Conrad se le echó encima, súbitamente furioso. Los dos echaron a correr, Royden por delante y Conrad pisándole los talones.

-¿De dónde has sacado ese collar? –Reía el niño-. ¡Conrad lleva un collar de chica!

-¡Cállate!

Royden giró en redondo y pasó al lado de su padre. Pero justo cuando Conrad rebasaba a su tío, éste trató de agarrarle de la túnica.

-¡Antes de que te vayas, tengo algo que decirte! –dijo, mientras Royden se escabullía.

-¿Qué? –gritó Conrad, ansioso por cazar a su primo.

Pero el niño corría como un gamo. Galen se quedó con una mano extendida, observando cómo Conrad se abalanzaba sobre su primo y le arreaba un pescozón. Los dos críos estuvieron discutiendo un rato, pero hicieron las paces tan rápidamente como habían iniciado la pelea y se marcharon charlando como si nada. Galen esbozó una sonrisa de circunstancia y se encogió de hombros. Al fin y al cabo, Rose habría hecho lo mismo que su hijo.

-Feliz cumpleaños –susurró.

THE END


Bueno, se acabó. Me siento rara, aunque he de confesar que siempre me siento igual cuando termino una historia. ¿Qué puedo decir de esta en particular? Ha sido la más larga que he escrito en la vida, con cincuenta y cinco capítulos nada más y nada menos, que he matado a mucha gente, pero también he añadido personajes, y que me lo he pasado genial escribiéndola. Me gustaría dar las gracias a Ghost Steve y a Agatha Romaniev por sus comentarios y opiniones, y una vez más pediros que me comentéis qué os ha gustado, qué no, qué se puede mejorar o qué me ha quedado para el arrastre.

Espero que hayáis disfrutado leyendo esta ida de olla tanto como yo escribiéndola. Besos y hasta otra ida de olla :)